Y hola mis amores del alma. Aquí su escritora querida vuelve con el ULTIMO CAPITULO de este breve fic de tres capítulos.
¡Lo sé! Tardé milenios en tenerlo listo, hubo muchos problemas, muchos conflictos, muchos cambios, pero lo logré. Aquí les tengo su anhelado final.
¿Qué habrá? ¿Aceptación o rechazo?
Pues… ¡Hora de leer para saberlo!
3- Declaración
El exterior se sentía frío y solitario, a diferencia del acogedor ambiente del interior de la casa.
Rebecca estaba de pie, apoyada contra la pared de la vivienda, muy cerca de la puerta. A pesar de lo frío del clima y de sentir que las puntas de los dedos de sus manos se estaban congelando, nada se podía comparar al dolor que estaba experimentando.
Llevaba una vestimenta simple, vestido color blanco de mangas largas, calzas moradas, botas azules y una bufanda del mismo color. Pero sentía su cuerpo entumecido. No del frío, sino de tristeza. Sus ojos estaban a punto de desbordarse en gruesas lágrimas, las cuales parecían haberse congelado, negándose a escapar, provocándole un escozor en la delicada piel.
No podía evitarlo, por más que quisiera.
Agradecía de corazón que Yugi le abriera las puertas a su círculo de amistades. Eso siempre se lo agradecería. Pero…
Para ella, la palabra "amistad" en cuanto a su relación con el tricolor, ya le dolía cada vez más. Anhelaba ser algo más para él. Quería ser la mujer a la que él mirara con amor, dulzura y deseo. Quería ser quien lo recibiera en la puerta de su casa cuando volviera agotado de su trabajo. Quien fuera su mano derecha en todos sus proyectos de vida. Quien le animara cuando se sintiera desesperanzado. Ser su compañera de vida. Formar una familia juntos. Crecer y morir juntos.
Ser su mujer y solo de él. En cuerpo y alma.
Ante sus propias fantasías propias de una niña, no pudo evitar soltar las primeras lágrimas acompañadas de un ligero sollozo. Esos eran cuentos de hadas. En la vida real, ya asumía que era imposible que la mirada de Yugi cambiara de una amistosa a una afectuosa.
Es más, estaba segura que el corazón de Yugi ya le pertenecía a alguien más y que él lo había callado por ya asumirlo como parte de su rutina. Apostaba cualquier cosa, a que esa mujer era aquella que siempre estuvo en el corazón de él.
Anzu.
Después de todo, más de una vez cuando se vieron en el pasado, los orbes amatistas de Yugi siempre se iluminaban con la sola presencia de la castaña.
Claro. Aquí la única estúpida había sido ella, por creer en la mínima posibilidad de que podía estar junto a Yugi.
Todo para ella había terminado. Lloró un poco más fuerte, empañando accidentalmente sus lentes. Se sentía pequeña, frágil e ingenua.
- ¿Rebecca?
La voz que la llamó la hizo alzar levemente la mirada. No estaba sorprendida. El dolor le impedía sentir cualquier emoción, excepto tristeza y desilusión. Vio al dueño de sus pensamientos saliendo por la puerta de la casa, cubierto por una chaqueta negra y una bufanda gris, resguardándose del frío. Su mirada reflejaba consternación por el estado de la menor.
Esta, solo desvió la mirada y se mordió el labio inferior, en un vano intento por controlar sus sollozos, pero las gotas salinas que rodaban por sus mejillas la delataban. Escuchó pasos acercarse, pero se quedó donde estaba. El dolor era aun más intenso que el frío exterior que intentaba colarse por su ropa, y le petrificaba el cuerpo y las posibilidades de huir de allí en ese mismo instante.
Las manos tibias de él, sostuvieron su helado rostro, obligándola a alzar su llorosa mirada y encontrarse con la de él. Los labios le temblaron, incapaces de hablarle con coherencia. Él parecía aparentar una expresión neutral y a la vez, esconder un universo de sentimientos tras el color peculiar de sus orbes.
Con cuidado, le retiró los ya empañados lentes del rostro y después, con el suave tacto de sus dedos, le quitó las gotas cristalinas que mojaban sus mejillas. Una caricia sutil y devota que provocó que el dolor de Rebecca creciera a borbotones. Muy contrario al pasado, donde el más pequeño tacto por parte del tricolor le causaba gran regocijo.
Sin embargo, el miedo le arrebató el alma al sentir como la mano de él se separaba de su rostro. En un gesto claramente desesperado, sostuvo el brazo unido a la mano del tricolor, de modo que el tacto de esta se quedara aun sobre su mejilla húmeda de llanto. Sus propias manos blanquecinas y heladas recorrieron la extremidad superior del chico, hasta tocar la mano que reposaba casi involuntariamente sobre su pómulo. Se atrevió, solo en ese momento, a mirarlo a los ojos. Pero seguía incapacitada de decir palabra alguna.
Yugi, desde su perspectiva, no pudo evitar que una daga se le clavara en el corazón. Desde que vio ese rostro de porcelana cubrirse de lágrimas, contener el llanto, callar sus palabras, tragarse el dolor.
"Un caballero nunca deja que su princesa llore" leyó alguna vez en una de esas actuales novelas cliché. Y esta vez, esas palabras tenían un profundo y doloroso significado, restregándole en la cara lo idiota que había sido. Peor aun. Lo seguía siendo.
Sintió sus propios ojos humedecerse cuando Rebecca hundió el rostro en su mano, con clara señal de no querer soltarlo. Aferrándose a él con angustia, miedo y por sobre todo, un amor desbordado que no creía ser correspondido. Apartó la mano del rostro ajeno, solo para tomarla de un hombro y acercarla a su persona, envolviéndola en sus brazos, en un abrazo cálido y posesivo. La menor no tardó en corresponder a su gesto y se aferró con fuerza a él, ocultando el rostro entre el cuello y el hombro del chico. Rompió a llorar con fuerza, sin poder callar más. Gotas cristalinas que humedecían el ropaje de Yugi, transmitiendo en un mensaje implícito cuanto dolor portaba su alma. Sintió las manos de él acariciarle la espalda y el cabello, sujetándola con fuerza. La cabeza de él reposaba sobre la suya, creando un cuadro triste a la vista de cualquiera que les hubiese visto en ese momento.
El cielo, único espectador de aquella pareja, no pudo evitar conmoverse y comenzó a llorar. Gotas pequeñas e intensas cayeron sobre la ciudad. En aquella calle en especial, nadie se encontraba. Nadie.
Salvo ellos dos. En su pequeño mundo a la espera de un nuevo paso que dar.
- Te amo.
Una frase tan simple. Dos letras. Un significado tan profundo como el mar, tan hermoso como el más sublime de los sentimientos. Tan comprometido por ser una promesa y una confesión del corazón. Todo aquello y más, significaban las palabras que Yugi acababa de confesar en un susurro que el viento no se llevó. Aquel mensaje llegó al corazón de Rebecca.
- Yugi…
La voz de ella se oía sorprendida, incrédula.
- Te amo, te amo… ¡Te amo! – repitió el tricolor con la voz cada vez más ahogada por el llanto atascado en su garganta – Te amo, Rebecca Hopkins. Te amo solo a ti.
La aludida sentía que en cualquier segundo su corazón se detendría. Bombeaba a toda velocidad como si se le fuera a salir del pecho. Aun con los ojos muy abiertos, los marcados senderos de agua y sal provenientes de sus orbes seguían cayendo de forma incontrolable.
- No es verdad.
Sus palabras fueron puñales que se clavaron en lo más hondo del corazón de Yugi, sin necesidad de atravesar físicamente su pecho. Apenas si sentía que el aire le entraba a los pulmones.
- Rebecca…
- ¡No, no! ¡No es verdad lo que dices! – ella se apartó con brusquedad de él y lo empujó, haciéndolo trastabillar, pero no perder el equilibrio.
- Yo nunca…
- ¡Tú NO me amas! – gritó ella con más fuerza. De sus ojos caían lágrimas sin freno alguno, pero ya no le importaba. Hizo un esfuerzo enorme por no permitir que sus piernas se doblegaran y le hicieran caer – ¡Me estás mintiendo!
- ¡Rebecca, por favor escúchame!
- ¡NO!
De solo escuchar la voz de la rubia desquebrajarse más a cada segundo y aun así gritar embargada por el dolor, solo provocó que Yugi se sintiera aun peor. Sus ojos se vieron cubiertos por un velo de lágrimas. Solo fue capaz de mirar sin reaccionar como Rebecca proseguía con sus quejas llenas de congoja.
- ¡Ya no puedo soportarlo! Me duele. ¡Me duele estar contigo y ser solo tu amiga!
- Rebecca…
- ¡¿Acaso no te ilusionaste con alguien que jamás te vio como tu querías?! ¿Escribiste su nombre incontables veces en tus cuadernos soñando con su rostro? ¿Imaginaste como sería su vida, juntos? ¿Lloraste… cada noche en tu cama, suplicando por su presencia a tu lado? ¡¿Has sentido todo eso?! ¡¿SABES… LO QUE SE SIENTE SUFRIR POR AMOR?!
- ¡LO SÉ PERFECTAMENTE!
Esa respuesta nunca la esperó. Tal vez imaginó que no hablaría o que admitiría su error, pero nunca imaginó algo como aquello. Así como tampoco imaginó ver aquel rostro portando un ceño fruncido, con las lágrimas surcándole las mejillas y los dientes apretados. Era una faceta del tricolor que Rebecca no conocía. Que no sabía que existía.
- ¡Sé lo que se siente amar y no ser correspondido! – prosiguió Yugi, no hablaba con odio, sino con rabia y sufrimiento impreso en cada sílaba que escapaba de su boca - ¡Cometí el maldito error de callarme lo que sentía porque fui un idiota y un cobarde! ¡Un maldito cobarde! – se insultó sin piedad alguna, deseoso de herirse a si mismo como si fuera un masoquista – Me quedé callado hasta que ese sentimiento murió. ¡Hasta que la ausencia de Anzu me dejó de doler! Hasta antes de eso… sufrí creyendo que ella nunca me vería de otra forma.
Rebecca se quedó helada al oírlo confesar aquello. Eso quería decir… ¿Qué Anzu y él, nunca estuvieron juntos, como pareja? Un atisbo de culpa le creció por dentro. Como si tuviera un peso muerto en el estómago. Parte de sus ideas eran erróneas.
- Yo la amé – Yugi sentía que debía de confesar todo, tanto lo que sintió, como lo que sentía ahora – Pero ya no es así. Creí que… nunca más volvería a sentirme así, hasta que reapareciste en mi vida, Rebecca.
Las fuerzas que lo sostenían de pie, abandonaron su cuerpo, causando que cayera de rodillas. Se apoyó con sus manos en el suelo, dejando que las lágrimas chocaran contra el duro pavimento de la vereda. Rebecca lo observó, incapaz de reaccionar físicamente, pues por dentro se estaba carcomiendo sin pausa.
La lluvia aumentó su caudal, de tal modo que cada gota transparente al caer rebotara contra el suelo, creando un escándalo leve que solo provocó que aquella imagen de ambos involucrados, fuese aun más dolorosa a la vista ajena.
- Fui un cobarde por dejar ir a Anzu y un iluso por creer que algún día ella me escogería a mí – habló Yugi nuevamente, con la voz quebrada – Mis sentimientos por ella comenzaron a morir el día que ella se fue. Cuando llegó el momento, en que oír su voz… no me causaba una alegría desbordante o recibir sus cartas no hacía latir mi corazón con más fuerza, fue… que me di cuenta que ya no estaba enamorado de ella. Que mi amor estaba muerto.
Empuñó las manos aun apoyadas en el suelo cubierto de lluvia. Las gotas que caían del cielo sobre su rostro se confundían con sus propias lágrimas, pero ambos caían a raudales crudos y fríos.
Rebecca estaba en shock. Fue como si todos sus rencores contra Yugi hubiesen sido borrados de golpe, y en su lugar, una profunda empatía nació. Acompañado de un dolor causado por las palabras de él, comprendiendo que no solo ella había sufrido por amor.
- Me negué a volver a sentir lo mismo, creí… que podría evitar volver a sentir lo mismo y así no sufriría nunca más – Yugi parecía ahogarse con sus palabras, el dolor le quemaba el alma, un dolor que creía haber sepultado para siempre – Pero… fue una mera tontería de mi parte. Lo comprendí, cuando tú volviste a aparecer en mi camino, Rebecca – Alzó la mirada y conectó sus orbes amatistas con los verde agua de ella – Aun en poco tiempo, volví a sentir esas sensaciones maravillosas, esas que me provocaban que el corazón se me acelerara de una forma inexplicable. Solo ocurría cuando tú estabas a mi lado. Cuando te veía sonreír, cuando me abrazabas sin avisar, cuando decías que eras feliz si yo estaba allí. Pero…– volvió a ensombrecer su mirada, pero no la apartó, sus lágrimas aumentaron, si es que eso era posible – Sentí miedo.
- Yugi – murmuró Rebecca con apenas un hilo de voz frágil.
- Miedo a que no funcionara, a que me rechazaras, que no correspondieras a lo que sentí y siento por ti – sonrió entre lágrimas – Pero ya no. Tú decidirás que harás al final de todo, pero quiero que lo sepas – alzó la voz al pronunciar sus siguientes palabras –¡Estoy perdidamente enamorado de ti, Rebecca Hopkins!
La aludida abrió los ojos, impresionada de su confesión. Ni en sus más remotos sueños imaginó que sería Yugi quien confesara sus sentimientos hacia ella, o que tuviera esos temores en el corazón. Temor a perder una vez más.
- Ahora sé que el destino siempre me dio a alguien para que estuviera siempre a mi lado, pero el ciego fui yo, por ir tras otra que jamás me vio de ese modo – habló Yugi de forma entrecortada, a punto de llorar a gritos – Pero ya no cometeré ese error. Dejaré que tú tomes la decisión. Y si escoges irte, no insistiré, porque eso significará… que llegué muy tarde.
Rebecca sintió una vez más que sus luceros se llenaban de lágrimas, mientras un torbellino de emociones desbordadas le llenaba el pecho. Alegría, tristeza, dolor, alivio, conmoción. Todo caía sobre ella.
No. Sobre ambos.
Yugi le sonrió con ternura y de forma forzada, cerró los ojos sin dejar que las lágrimas dejaran de brotar y agachó la cabeza… en una señal de derrota.
Todo había acabado para él.
- Yugi…
La voz rota y entrecortada de Rebecca lo obligó a alzar la mirada, para ver con sorpresa como la menor caía de rodillas junto a él y lo rodeaba con sus brazos, sujetándolo de forma posesiva y desesperada.
- ¡¿Cómo pudiste pensar algo así?! – lo regañó de manera forzada – ¿En serio… crees que yo sería capaz de rechazarte? ¿Después de todo lo que hiciste por mí? ¿Alejarme de ti, cuando lo que más quiero es estar contigo hasta el final?
- Rebecca…
- Tienes razón… ¡Eres un idiota!
- …– guardó silencio, incapaz de siquiera corresponder a la muestra de afecto de la rubia, o a su insulto forzado.
- ¡Yo también te amo, maldita sea! – exclamó ella en un grito desesperado – ¡Te he amado desde que te conocí, Yugi Muto! Y nunca dejé de hacerlo. No hubo día en que no te recordara o pensara en ti. En que me preguntara, si algún día te volvería a ver.
El aludido al oírla confesar aquella dolorosa verdad, la estrechó con fuerza entre sus brazos, ocultando su rostro en el hombro de la susodicha. Dolía mucho, dolía el descubrir todo el daño ocasionado sin haber querido hacerlo.
- ¡Te amo, idiota! – repitió ella envuelta en un torbellino de emociones, derramando lágrimas sobre el hombro del joven adulto.
- Perdóname por hacerte esperar, Rebecca – murmuró él, volviendo a llorar – Perdón por todo.
La menor respondió dejando escapar un grito angustioso y después ocultó su rostro en el hombro de Yugi, llorando a gritos, dejando ir el dolor, expresando su felicidad de ser correspondida. Dejando caer el peso insoportable que le había acompañado por tanto tiempo.
Ambos, cubiertos por la lluvia, llorando con la misma intensidad que el cielo, abrazados como si la vida se les fuera en ello, de rodillas en el suelo.
Nada de eso importaba. No ahora que estarían juntos para siempre.
Los rayos del sol atravesaron las gruesas nubes del cielo, pero no detuvieron la lluvia. La luz intensa atravesó cada gota que caía e iluminó las calles de Domino, creando una imagen digna de una postal o un cuadro artístico. Incluyendo a los dos amantes que acababan de confesar su amor, dándole el broche de oro a la imagen producida por la naturaleza del cielo y los sentimientos del corazón.
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Conversaba animadamente con su amigo de la infancia a través de su teléfono celular. Ya llevaba tres veces que se disculpaba por no haber asistido a la reunión ocurrida hace ya un año. Solo sabía que en aquella reunión habían estado todos presentes, menos ella. Y eso le dolía. Pero su carrera como ya reconocida bailarina le arrebataba muchas horas de libertad. No se quejaba, pero si lamentaba el hecho de que eso le quitara las preciosas oportunidades de ver a sus amigos. En especial a Yugi.
- ¿Aún siguen en contacto? ¿No se han distanciado ni nada parecido? – inquirió algo preocupada.
"Descuida Anzu" afirmó Yugi desde el otro lado de la línea, y desde Ciudad Domino "No ha habido conflictos y de hecho nos hemos logrado contactar mucho más seguido desde aquella reunión".
- Eso me alegra mucho Yugi – dijo la castaña sintiéndose más calmada.
"Es una pena que no hayas podido ir en esa ocasión" comentó Yugi algo más entristecido "¿Qué tal tu vida en Nueva York?"
- Agitada – respondió ella, algo extrañada del repentino cambio de tema, pero supuso que era para no hacerla sentir mal respecto a su constante ausencia. Sonrió al respecto –Nueva York es demasiado grande, a diferencia de Domino.
"Lo sé. Estuve allí hace poco más de un año, cuando Kaiba-kun presentó el juego que yo había creado" rememoró el tricolor emocionado.
- Fuiste la noticia del año en todas partes, Yugi – le halagó ella con una risilla – Siempre supe que ibas a llegar muy lejos.
"No fui el único" respondió Yugi "Tú también has llegado muy lejos, Anzu. He visto tu nombre y tu rostro en varios videos musicales de famosos artistas. Fue una noticia internacional cuando abriste tu propia academia de danza".
- No es para tanto – se sonrojó la ojiazul – Después de todo, esto fue lo que siempre deseé desde niña.
"Lo recuerdo como si hubiera sido ayer" comentó el tricolor con una voz suave y melancólica.
- También me enteré de lo de tu enfrentamiento contra Jonouchi – agregó la castaña, tratando de que ambos no cayeran en la tristeza de sus respectivas ausencias – Fue un torneo transmitido por todo el mundo. Cortesía del petulante de Kaiba.
"¿Lo viste?" inquirió sorprendido el joven. Anzu podría haber jurado que aun sin verlo, debía de haberse sonrojado. Lo sospechaba por su voz tenuemente avergonzada y sorprendida.
- Por supuesto. No podría perderme de algo acerca de ustedes – afirmó la castaña fingiendo sentirse ofendida.
"Lo admito. Fue una enorme paliza la que me dio en ese duelo" reconoció Yugi entre risillas nerviosas "Realmente ha mejorado como duelista".
- Y aun así, sigues tú con el titulo del Rey de los Duelistas – se rió Anzu, recordando como en un giro inesperado, Yugi había logrado bajar los puntos de vida de su adversario y amigo a cero, cuando estaba al borde de la caída.
Del otro lado de la línea, una notable carcajada se pudo oír. Anzu se contagió de aquella risa. A ello, le siguieron diez segundos de silencio absoluto.
- Te extraño, Yugi – se sinceró ella con algo de pesar.
"Yo también, Anzu"
La aludida estaba segura de que su amigo no la había comprendido del todo. Detrás de ese "Te extraño" se ocultaba el deseo de correr a sus brazos. A los brazos de su perdido amor.
Si. Lo había reconocido a si misma.
Cuando la distancia y las metas la alejaron físicamente de sus amistades, Mazaki no pudo evitar sentirse horriblemente sola. La ausencia de cada uno de ellos era aun más potente con cada mes transcurrido.
Pero Yugi…
Para ella, el dejar de ver su rostro dulce y a la vez masculino, fue como un millón de dagas clavadas en su alma. En los primeros ideas, se repetía en voz alta que aquel deseo de verlo era ocasionado por el hecho de que ambos eran más cercanos que con los demás por ser amigos desde pequeños. Se lo repetía una vez tras otra, como si rezara un mantra.
Pero era un engaño a su propia persona.
Decir que quieres ver a alguien, aceptar que tus sentimientos por esa persona hayan cambiado y que ya no lo ves como antes, nunca ha sido tarea fácil.
Yugi ya no era el pequeño niño aferrado a los juegos, tímido y frágil que conoció en la primaria. Ahora era otra persona. Alguien que iba tras sus sueños, que lograba sus metas. Firme y decidido a pelear sus batallas. Un hombre.
Anzu ya no lo veía como un amigo o un hermano pequeño asustado. Para ella, Yugi ya era un hombre.
Y en parte… por eso se negaba a ir con sus amigos, porque sabía que estaría él. Y decirle la verdad, daba miedo. Más miedo que cualquier desafío en un Yami no Game.
Pero ahora era diferente. Estaba decidida a dar la cara.
Lo confesaría. Confesaría su floreciente amor por Yugi Muto, su amigo de la infancia, cuando lo viera a los ojos una vez más.
"Anzu… ¿Estás ahí?" preguntó el dueño de sus pensamientos, obligándola a volver a la tierra.
- ¡Ah, si! Lo siento, creo que la línea está fallando – se excusó ella de mala gana. No podía evitarlo. Mentir no era una de sus habilidades.
"Entiendo" respondió él ¿Por qué de un momento a otro, su voz parecía más ansiosa? "Anzu… ¿Vendrás pronto a Ciudad Domino?"
- Iré para allá en unos cuatro meses – contestó ella, extrañada de la pregunta. Yugi no era así.
"¿Puedes venir, en dos meses más?" inquirió él con timidez.
- ¿Dos meses? – repitió ella, sintiendo esperanzas. Al parecer, el tricolor deseaba verla cuanto antes. Mantuvo la compostura – ¿Por qué?
"Anzu, yo… tengo algo importante que decirte" admitió este.
- ¿Qué pasa? – preguntó Anzu. Tanto misterio la estaba haciendo comer ansias.
-"Anzu… dentro de un par de meses… me voy a casar".
Cuatro palabras. Un choque brutal con la realidad que ignoraba. Una estaca que le atravesó el corazón y lo dejó en miles de pedazos. Sintió como si el mundo a su alrededor hubiera desaparecido y hubiera quedado solo ella en medio de un vacío existencial sin principio ni fin. Su cabeza era incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.
- Yugi…– fue todo lo que pudo decir. Estaba petrificada.
"Lamento avisarte de forma tan abrupta" escuchó al contrario disculparse "No había logrado contactarte antes y nunca respondías a mis mensajes".
- Lo siento – se disculpó Anzu de forma automática – Puede sonar raro… pero ¿Quién…?
"Rebecca" Yugi captó de inmediato la interrogante, aunque no se percató de la quebradiza voz que se lo preguntaba "Llevamos un poco más de un año juntos y… se lo propuse hace un mes. Aceptó de inmediato".
Esto solo acrecentó el dolor en el pecho de Anzu. Su amigo de la infancia llevaba ya un buen tiempo con la chica mencionada. Lo que quería decir que ya lo había perdido desde hace mucho tiempo, sin siquiera saberlo.
Y además, había sido él quien había hecho la propuesta.
"En verdad quisiera que estuvieras allí" insistió Yugi "Ese sería el mejor regalo que me podrías dar, Anzu. Eres mi mejor amiga y quiero que estés allí".
- Lo… lo intentaré Yugi – respondió ella mordiéndose el labio inferior por la rabia y el dolor.
"Espero verte allá, Anzu" dijo Yugi, su voz destilaba entusiasmo "Te enviaré un mensaje con los detalles y la dirección".
- Gracias – murmuró ella. Sus ojos ya se llenaban de gotas cristalinas y frías.
"Te quiero Anzu" mencionó el tricolor, ignorando cuan punzante resultaba esa frase para su amiga de la infancia "Adiós".
La llamada se cortó, dejando un incesante silencio desde el otro lado. La castaña no colgó. El aparato electrónico se resbaló de sus manos, estrellándose contra el suelo sin romperse. La joven cayó de rodillas con pesadez, con el llanto atascado en la garganta. De sus ojos brotaron a caudales todas sus lágrimas, mojando sus mejillas. Un quejido correspondiente a un amago de sollozo se escuchó en la habitación.
Estúpida.
Era la única palabra que ahora la podía definir a ella y a su comportamiento.
Por dejar el camino libre y el tiempo volar, había perdido al hombre que amaba.
Él había hallado el amor en los brazos de alguien más. De una chica que lo amaba desde que era una preadolescente inmadura.
Al menos, la "otra" si había tenido el valor para confesarse.
Eso era lo único que se repetía la chica de orbes azules. Cuyo océano antes sereno, ahora era un mar violento y opaco.
Si Mazaki Anzu hubiese sabido cuanto amor le había profesado Yugi desde el inicio, seguramente su corazón habría acabado aun más destruido por la culpa, el dolor y la sensación de ceguera idiotez.
Eso era algo que ella nunca llegaría a saber, y era lo mejor.
Para ella, y para todos.
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Los pétalos de sakura volaban al compás de las campanas de la iglesia. Millares de aplausos y voces exclamando buenos deseos y felicitaciones, llenaban el lugar donde una joven pareja acababa de contraer nupcias.
Ella, ataviada de blanco con un largo vestido con decorados bordados del mismo color, luciendo cuan ángel de luz, su cabello rubio recogido en una coleta y cubierto por un largo velo blanco transparente y en sus manos un ramo de rosas rojas y lilas entremezcladas con destacada belleza.
Él, vestido con smokin negro, zapatos y corbata del mismo color más una camisa blanca inmaculada.
Observaban ambos a su alrededor. Viendo y reconociendo los rostros de sus amigos y familiares, quienes llenaban de gozo sus almas. Mucho más de lo que ya estaban. Pues hace tan solo unos momentos acababan de declarar sus votos, dar el "Si, acepto" y junto a un beso lleno de amor pasional y dulce, habían unido sus vidas para siempre.
El estar acompañados de sus seres amados solo lograba hacerlos sentir aun más dichosos.
Rebecca fue cobijada en un cariñoso abrazo por parte de su abuelo, quien estaba a punto de llorar de felicidad al ver a su pequeña vestida de novia, casada con un hombre maravilloso, quien a sus ojos no había mejor candidato para ella. Posteriormente, la rubia fue abrazada por su querido amigo Otogi, quien le deseaba la mayor felicidad de todas. Para su sorpresa, el amante de los dados no estaba solo. Una hermosa muchacha de cabello azabache con algunos mechones teñidos de recargado púrpura, le hacía compañía. Era su novia, a quien había conocido en América. Esta felicitó a la menor de igual forma y halagó su suerte de hallar a tan "buen espécimen" como lo era Yugi, arrancándole un sonrojo involuntario.
Por su lado, el tricolor fue casi asfixiado por un enorme abrazo grupal por parte de sus amigos, quienes entre risas y lagrimas mal disimuladas, manifestaban su alegría por el acontecimiento recién sucedido. Jonouchi y Mai, formalmente vestidos, le halagaban por su apariencia y no dejaban de felicitarlo por haber dado finalmente el paso definitivo de su vida junto a Rebecca. Mai le advirtió que la cuidara como lo merecía, y que a la primera lagrima que la menor derramase, ella misma lo ahorcaría con sus propias manos. Eso recibió como respuesta una carcajada forzada por parte del tricolor y un ligero reproche de su rubio novio.
Por unos segundos, la rubia rió suavemente y con la yema de sus dedos acarició su poco notable vientre de ya dos meses y se preguntó si en algún momento Yugi y Rebecca planificarían una vida como familia, pero calló al respecto. No quería apresurar las cosas entre esos dos.
Honda, acompañado de Shizuka, también se unió a aquel momento. Él y la menor abrazaron efusivamente a la pareja, deseándoles que la vida los colmara de alegría y fortuna.
Bakura le entregó los mismos deseos al respecto y se sinceró al decir que esperaba que algún día él mismo tuviera la misma suerte que su amigo. Yugi le sonrió con amabilidad, asegurando que cuando llegase el momento, el albino encontraría a su "media naranja".
Incluso Seto Kaiba había llegado a la celebración. Aunque se abstuvo de alguna muestra afectiva y solo le recomendó a su socio en el campo de los juegos que no desaprovechara ahora su vida como casado.
Sugoroku Muto abrazó a su querido nieto y entre lágrimas llenas de júbilo le deseó la mayor felicidad y que cuidara muy bien de Rebecca. Después de todo, el hombre mayor consideraba a la rubia como su propia nieta al ser pariente de su mejor amigo Arthur.
En medio de aquella caótica celebración a las puertas de la iglesia, Mai no pudo evitar sentir un ligero malestar emocional. No estaba vinculado a su estado como mujer encinta, sino por la gélida sensación de la ausencia de alguien. No era por Atem, eso era obvio. Sino por alguien más.
- Mai-san ¿Estás bien? – le habló inocentemente Shizuka al notar el cambio en su semblante.
- Tranquila Shizuka-chan, estoy bien – respondió la rubia – Pero, me entristece que Anzu no haya llegado.
- Yugi-san deseaba verla – agregó la menor – Después de todo, son mejores amigos.
- Todos queríamos verla – dijo Mai.
- ¿Por qué no habrá llegado? – inquirió la chiquilla con semblante pensativo.
- No lo sé – mintió Mai.
En realidad, creía conocer el porqué. Solo era una sospecha que su instinto femenino le decía. Y que se vinculaba al corazón de la castaña ausente. Pero no tenía manera de confirmarlo, así que guardó silencio.
A la vez, en medio de la multitud, Yugi terminaba de saludar a sus amigos, acompañado de su esposa. Si. Le era extraño referirse a Rebecca de ese modo, pero ya se acostumbraría. Estaba seguro que a ella no le costaría dentro de mucho presentarse como la señora Muto, y eso lo hizo reír.
Pero sus orbes amatistas recorrieron con vehemencia en búsqueda de una sola cara que deseaba ver que aun no encontraba. No la había visto en la ceremonia o un poco antes. Y en medio de aquella multitud, tampoco la encontró. Suspiró, dándose por vencido. Debía aceptarlo. Su querida amiga Anzu nunca llegó a su matrimonio como lo había prometido el día anterior cuando le llamó confirmando su asistencia.
No se derrumbó por eso. Siguió con la sonrisa en los labios. Este era uno de los momentos más importantes de su vida, y no se iba a arruinar por nada del mundo.
Desconocía que desde una distancia larga, oculta de las miradas de los invitados, observando como si fuese más una intrusa que otra cosa, una chica castaña de orbes azules, miraba con semblante decaído el final de la ceremonia, comprendiendo y aceptando al verlo con sus propios ojos.
Yugi se había ido para siempre.
Siempre serían amigos, pero sus posibilidades de ser algo más ya se habían extinguido.
Sollozó en silencio, cubriendo su boca con sus manos al ver a la feliz pareja unirse en un dulce beso lleno de amor y cariño, antes de subir a un auto de color negro que se hallaba frente a la iglesia, en cuya parte trasera se leía, la más cliché y maravillosa frase:
"Recién Casados".
Frase que para ella al parecer, no estaba destinada a vivir en el futuro
Detrás de ellos, el resto de los invitados subían a sus respectivos autos y seguían el auto de color ensombrecido, seguramente para alguna posterior celebración familiar en casa del tricolor antes de que él y su mujer se fueran de luna de miel.
Anzu no los siguió. Regresó por el mismo camino que había tomado al llegar. Sintiendo esta vez, que no tenía lugar a donde ir.
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2 años después.
En una modesta casa cuya entrada era una tienda de juegos, el silencio reinaba de forma imperativa. Solo tres personas ocupaban el espacio allí. Una joven mujer rubia de mirada esmeralda, una mujer castaña de orbes azules y un joven adulto de cabello tricolor de joyas amatistas por ojos. Ellas sentadas sobre un extenso sofá, y el otro estaba de pie. A la vez, él sostenía a una frágil y pequeña criatura entre sus brazos la cual estaba cobijada por unas mantas rosadas y blancas. La pequeña dormía placidamente mientras él tarareaba una melodía suave para que no se despertara a la vez que la mecía con cariño paternal. La infante tenía un dedo de su manito derecha dentro de su boca y sus ojos estaban cerrados y serenos.
- Rebecca – murmuró Yugi muy despacio, mirando fijo a su esposa. La aludida se levantó del sofá con lentitud y se acercó.
- ¿Está dormida? – preguntó.
- Si. Nuestro angelito ya se durmió – contestó él en un murmullo suave.
- La llevaré a su cuna.
La rubia tomó con extremo cuidado a su bebé, retirándolo de los brazos de Yugi. Una vez que estuvo en los suyos y ya sin riesgo de que despertara, sonrió con ternura al ver la cara de su bebé mientras dormía. Se acercó a su marido y le dio un beso corto en los labios, sonriendo con picardía, antes de retirarse a la habitación de la niña para dejarla en su lecho.
Una vez que la menor de los tres adultos presentes se retiró, Yugi sonrió por inercia. Ya era difícil arrebatarle esa curva de la boca desde que su hija había nacido hace solo tres meses.
- Tu hija es hermosa, Yugi – comentó la castaña aun sentada en el sofá.
- Es el regalo más maravilloso que me ha dado la vida – dijo él en respuesta, mirándola a los ojos, mientras se sentaba a su lado.
Anzu le sostuvo la mirada y no pudo evitar sentir nostalgia al ver aun rasgos de inocencia en la mirada amatista de su amigo. Ese rasgo de él era algo que nunca iba a desaparecer. Era la base de la esencia de su persona. Aun con el paso de los años, esa chispa seguía con vida.
- Me alegra que hayas logrado venir a vernos – comentó el tricolor.
- Perdóname por no haber asistido a tu boda, Yugi – dijo Anzu con voz culposa y triste – Sé que deseabas verme y yo…
- Anzu – la interrumpió su amigo – No insistas. Ya te has disculpado muchas veces por eso. Yo no estoy molesto porque no hayas llegado. No tengo rencor en contra tuya.
- Gracias.
Ambos guardaron profundo silencio.
Anzu había ido a visitarlos tras años de ausencia. Ella calló el hecho de haber visto desde lejos el final de la boda de su amigo más querido. Pues no tenía ningún sentido que este lo supiera. Por supuesto, la culpa la había carcomido por el hecho de haberse ausentado de tan importante momento en la vida del tricolor, pero él, con tan buen y bondadoso corazón, la perdonó desde el comienzo.
Y ahora, Anzu disfrutaba de su breve estadía en casa del matrimonio Muto. Había aprovechado algunos días para visitar a los demás, ganándose tantas sonrisas como reproches del resto por no haber aparecido antes.
Pero estaba feliz. Estaba en casa. Así lo sentía ella.
Además las lesiones de su alma ante la decepción amorosa con Yugi ya parecían haber cicatrizado por completo. Y no había sido tarea fácil olvidar a Yugi como una posible futura pareja.
Cuando se trata del amor, nunca ha sido fácil.
Así como tampoco lograba olvidarlo. Aun lo amaba en lo más profundo de su ser, pero el pensar mucho en ello le causaba dolor, y por eso prefería no hacerlo en un intento de protegerse a si misma.
- Anzu – habló de pronto el tricolor con más seriedad enseñada de forma repentina.
- ¿Pasa algo? – la castaña no se tomó la molestia de disimular su preocupación ante el cambio de semblante del joven adulto.
- Han pasado muchas cosas en este ultimo tiempo – comenzó a hablar de nueva cuenta el tricolor – Cosas muy buenas. La más hermosa, fue formar una familia con Rebecca. Tenemos una bebé preciosa, una vida plena y feliz, cada quien dedicado a lo suyo – inhaló y exhaló antes de seguir – Jonouchi-kun y Mai-san también tuvieron una hija. Honda-kun y Shizuka-chan pronto se casarán. Otogi-kun y Bakura-kun se fueron a América a seguir con sus vidas. Incluso Kaiba-kun conoció a alguien.
- Yugi – le interrumpió Anzu con confusión – ¿Por qué me dices todo esto?
- Anzu, sé que tienes una vida estable en Nueva York, que tienes una carrera como bailarina llena de éxitos, que eres feliz – la miró a los ojos, recalcando su expresión decidida – Pero, por lo que me has contado, tú estás sola.
Una pequeña aguja se incrustó en el corazón de la castaña. Una vez más, su amigo había escarbado en su alma, encontrando lo que era ciego a la mirada de los demás.
- Sé que no te gusta hablar de ello – se apresuró a explicar el tricolor – pero no voy a insistir. Lo que quiero es… preguntarte algo.
- ¿Qué cosa? – la mujer ya comenzaba a sentirse nerviosa.
- ¿Te gustaría… ser la madrina de mi pequeña hija? ¿Unirte a nuestra pequeña familia?
Una petición dicha de forma simple, albergando un sinfín de significados. Anzu se quedó en shock, aun procesando lentamente las palabras dichas por Yugi. Un torbellino de emociones le entró en su ser. Felicidad, sorpresa, dolor, nostalgia, miedo.
Y lo único que manifestó todo aquello a la vez, fue la reacción física del llanto, el cual se intentó colar en forma de lágrimas por los orbes de Anzu.
- ¿Anzu? – la llamó suavemente el tricolor, algo consternado por su reacción.
- Y-Yugi – tartamudeó con la voz entrecortada, le tomó las manos a su amigo, en señal de confianza – Creo que no llegará el día en que dejes de sorprenderme con tu maravilloso corazón – las gotas salinas se escaparon de sus ojos, pero no alejó la mirada y la mantuvo fija sobre los iris amatistas de su amigo – Y… m-mi respuesta es si.
El corazón de Yugi rebozó de alegría con la respuesta.
- Muchas gracias Anzu – dijo el tricolor con una amplia sonrisa, antes de abrazarla con fuerza. La sintió corresponder y soltarse a llorar sobre su hombro – Ahora sé que mi hija estará en buenas manos, si algo me llega a pasar a mi o a Rebecca. Sé que la vas a cuidar y a querer, Anzu.
La susodicha sollozó con más fuerza, aferrándose con ahínco a su amigo y amor imposible.
Si. La herida que creía cerrada había vuelto a abrirse al aceptar ahora cuidar también a la pequeña hija de Yugi. Porque la pequeña era igual a su padre, porque era el fruto de un amor ajeno a ella, porque era sinónimo de estar más cerca de la persona que amaba y recordar constantemente que su corazón nunca le iba a pertenecer.
Pero…
No era capaz de negarse a esa petición. Porque la bebé solo era una criatura inocente, nacida en el seno de una familia hermosa y pequeña. Porque aquel amor que jamás vio la luz, solo había sido por culpa de ella misma.
Así que ahora, buscaría el consuelo y el perdón para si misma por su falta de decisión. Protegiendo con su vida y amor a aquella criatura. Queriéndola como si fuera su propia hija. Y así, tal vez un día, sus heridas de amor podrían sanar.
Pero en aquel segundo, se conformó con estar siendo consolada en los brazos de su amigo.
Soñando por última vez con él.
Anhelando una ultima vez su amor.
Wooooooooooooooooow!
¿Qué les pareció este final?
¡Este fic se ha terminado! (Es raro acabar un long fic, muy raro, me entra la nostalgia)
¡SI! Al final el amor triunfó para el Replayshipping, pero la pobre Anzu tuvo que sufrir esta vez.
Les comentó una curiosidad:
El final de este fic iba a durar solo hasta la escena de la boda. La idea de mostrar a mis queridos Yugi y Rebecca ya formando una familia y con Anzu como madrina del bebé de ambos, fue sugerida por mi media naranja (Si mis lectores, tengo pareja y NO es un personaje ficticio de anime jajajajajaja). ¿Creyeron que él le bajaría el perfil a mi maldad de escritora? Pues no. Él me alienta a que prosiga con eso. Varias veces cuando me he "quedado en blanco" él me ha ayudado a desbloquearme, y me da sugerencias que aumenta mis niveles de maldad. Muajajajajajajajajajaja.
Pero bueno, que le podemos hacer…
Ahora, contestando reviews:
Carlos29: gracias por seguir esta historia desde el inicio. Y si, comparto tu opinión con respecto a que Anzu en realidad le gusta el faraón y solo ve a Yugi como su pequeño amigo. Bueno, aquí le gustó y lo perdió. Espero que te haya gustado este final.
CatoneHistorias: Bueno compañera escritora. Mi proyecto más corto de Replayshipping dentro de mis long fics ha acabado. Y con respecto a tu comentario, te entiendo. Apegarse al 100% a las personalidades de los personajes a veces es difícil, pero con práctica se logra. Y bueno, allí tuviste la confesión como plato fuerte jajajaja. Espero que te haya gustado. Y si, agarré el gusto de contestar reviews viendo a otros fickers. Es una forma de agradecer a quienes siguen mis alocadas ideas xD. Últimamente, a varios les dio por escribir Replay (curiosamente cuando yo empecé a hacerlo -_-), pero ellos son mi OTP y por eso les regalo el escenario xD. Gracias por todo tu apoyo.
Mackenzie Monyer: ¡Hola! Y gracias por apoyar este fic Replayshipping y estar al tanto de esta historia. Es lindo saber que a otros les guste esta pareja xD ¡Saludos y espero que te haya gustado el final!
Guest: Bueno, el final llegó para ti jajajaja. Lo sé, esta pareja es de lo más kawaii de todo el mundo. Los ADORO. Son mi OTP. Vaya sorpresa que sea tu placer culpable. Y bueno, aquí tuviste el final de esta breve historia. Ojala lo hayas disfrutado.
Y eso vendría siendo todo por ahora mis lectores. Si quieren leer más Replayshipping, busquen en mi perfil de Fanfiction. Tengo otros proyectos y one shots para ustedes esperando xD.
¡Saludos, abrazos y cariños!
¡ARIGATO!
