Muchas gracias a aquellos que han subido comentarios :). Nunca imaginé que este fic —por tanto tiempo enterrado en mis archivos y bajo la amenaza de ser eliminado— podría gustarle a alguien. De verdad, muchas gracias.

Disclaimer: Yu-Gi-Oh! y sus personajes le pertenecen a Kazuki Takahashi. Yo solo los uso para satisfacer mi placer de escribir.


-Capítulo 3-

"Padre"

Una melodía sutil y aguda como la de una campanilla comenzó a acariciar los oídos dormidos de la joven, reclamando lenta y progresivamente el retorno de su consciencia. En el lecho, su cuerpo descansaba laxo y hundido entre almohadas que parecían nubes de azúcar y las sábanas se ajustaban a su figura femenina cual guante de seda. La insistencia del tímido sonido encontró la barrera de sus ojos cerrados, la fatiga en sus músculos y el rechazo a abandonar la tibieza de la ropa de cama. Hacía algo de frío. Podía sentirlo en la punta de la nariz. Sin embargo, el murmullo neutro y lejano de las olas rompiendo en la arena la llamaba al presente, a la realidad, a la vida. La vida que, ahora, se le enredaba en las mejillas en forma de hebras castañas, y palpitaba despacio debajo de su pecho.

Sí. La vida. Esa vida que tantas veces extravió en tardes de pena, senderos nublados y comatosos sueños farmacológicos.

Estiró sus piernas por debajo de la tela suave y frunció el ceño. El recuerdo de su ensayo pendiente para el lunes y la certeza de que debía volver a su casa y encerrarse en su habitación para leer, pensar y redactar, bastó para obligar a su cuerpo a ejecutar los movimientos que, hasta el momento, únicamente podía imaginar en su mente. Sin prisa, abrió los ojos, se rascó la cabeza y se incorporó con pesadez del lecho, hasta lograr sentarse. Su vista dio con los tenues haces de luz solar que escapaban de la cortina para derramarse en la colcha y acariciar sus propias formas ocultas bajo la sábana. Suspiró. El sonidillo a su derecha había perdido su encanto en un molesto y progresivo aumento de volumen. Cogió el teléfono de la superficie de madera del velador y, con un suave movimiento de su dedo índice, apagó la alarma.

El sonido del oleaje conquistó los rincones silenciosos de la habitación. Aun somnolienta, Anzu pestañeó un par de veces y fijó su mirada azul en la imagen encuadrada en la pantalla de su móvil. Era una fotografía captada por Shizuka, cuyo ojo —que cargaba el estigma de una antigua cirugía— poseía una abrumadora habilidad con la cámara fotográfica. Ironías de la vida, pensó la castaña. Sonrió brevemente y perfiló las formas inmortalizadas por el objetivo con la yema de sus dedos, como si buscara evocar recuerdos con aquel tacto callado y ausente. Admiró la suavidad de las siluetas del último plano y su mente viajó al pasado.

El parque central de Dominó. La nieve en las copas de los árboles y los faroles encendidos. Mi mente ida y el frío en los nudillos de mis manos. Un ardor dulce en el centro de mi pecho y mi estómago encogido. Mi mejilla apegada a la suya y nuestra sonrisa cómplice. Única.

Los dos amantes miraban a la cámara con la espontaneidad que otorga la ligereza del estar enamorado. El dueño de la mirada violácea abrazaba a la castaña por la cintura en un grácil y delicioso gesto posesivo. La joven sellaba el contacto colgada a su cuello, como si ambos fuesen piezas de una misma escultura. Notó la inclinación de su propia espalda hacia atrás y, ampliando irresistiblemente su sonrisa, recordó que, en ese instante, se había puesto en punta de pies. Nunca imaginó que, alguna vez, le faltarían centímetros para besar a alguien.

Y resulta que eras alto y fuerte como un roble. Protector y amante como la sombra de un bosque en el río.

Recordaba la primera vez que lo vio de pie frente a ella, días después de su regreso. Qué sorprendente era tener que mirarlo hacia arriba, cuando algún tiempo atrás no debía hacer ningún esfuerzo para internarse en sus pupilas. Qué raro era ver el ancho real de su espalda, la fortaleza de sus brazos, la longitud de sus manos y piernas, su modo de andar, seguro y altivo, como el de un verdadero monarca... Qué sublime fue, después, sentir la piel de su rostro junto a la suya, cerca..., tan cerca, que podía oírlo respirar en su cuello y percibir su sonrisa ladeada cerca de su mandíbula, justo antes de besarla... Su aroma, el modo en el que se movían sus ojos cuando algo lo dejaba perplejo; su ceño fruncido al pensar en algo importante; la forma en la cual mordía sus labios cuando deseaba tocarla; el peso de sus manos sobre la ropa femenina... El tic en su ojo izquierdo cuando estaba nervioso, la pequeña vena visible en su cuello cuando estaba a punto de derramarse en su interior... La primera vez que hicieron el amor. ¿Cómo era posible que el sueño de fundirse labio a labio con él se convirtiera una visible y palpable realidad? El lecho, la penumbra, los suspiros, las caricias. Hacer el amor con él era flotar y caer en pocos segundos; era más placer de lo que su cuerpo de mujer podía soportar... Sufrir de gozo con un ritmo lento y suave, fuerte y profundo; su voz en el oído confesándole que se había vuelto loco por ella desde el principio. Su aliento susurrando "cómo me gustas", mientras ella enterraba los dedos en la flama magenta de su cabello, en un intento de aferrarse a algo físico para no perder la razón... para no perder el control...

Podía seguir evocando recuerdos de una intimidad celosamente oculta en su corazón por toda una eternidad. Sin duda, Shizuka había hecho un excelente trabajo. La hermana de Jonouchi le había regalado la fotografía en la escuela, a la salida del baño de chicas, luego de haberla sorprendido con la nariz colorada y los ojos llorosos, cortesía de otra de sus aplastantes crisis emocionales. "No desistas, Anzu. Él vive por ti", fue la frase que acompañó su regalo.

Y yo muero por él.

Sus labios dejaron escapar un nuevo suspiro y observó la hora brillando en la pantalla: eran cerca de las nueve de la mañana. Sintió crujir el piso y un sonido metálico proveniente de la cocina le indicó que alguien manipulaba la vajilla en el fregadero. Dejó el móvil en la mesa de noche y, con resignación, echó hacia atrás la ropa de cama. Colocó los pies en el piso de madera y miró sus dedos. Los movió un par de veces, como solía hacerlo desde pequeña y se cubrió la boca para dar un bostezo. Apretó los ojos un par de veces, aun deseando que el ensayo fuese una broma y se obligó a ponerse de pie.

Arrastró el andar hasta el baño y empujó la puerta con la mano. Una vez dentro, abrió la llave del agua de la ducha y se desnudó. Ingresó al pequeño espacio cuadrado compuesto por baldosas color marrón y cerró la mampara. Como un sueño, la tibieza del agua se metió por los poros de su piel y alivió la tensión en los músculos de su cuello, espalda y piernas. Una suave sensación homologable a la que sentía al tomar sedantes embriagó sus sentidos y, una vez más, se perdió en su dentro. Apoyó la frente en la pared y cerró los ojos.

Podría quedarse allí para siempre.

Repentinamente, dos golpes se oyeron desde la puerta.

—¿Cariño? El desayuno está listo.

Mamá. Si el desayuno estaba listo, entonces todo apuntaba a que se había despertado antes de que ella decidiera combatir la modorra y meterse en la ducha.

—Demonios... —se lamentó en voz baja.

Dejó para después su cotilleo interior y cerró la llave. Salió de la ducha y alargó el brazo para agarrar una toalla blanca. Tiritando de frío, comenzó a envolver su cuerpo, no sin antes reparar en su propio reflejo. Allí, en un largo espejo de marco dorado estilo barroco, se dibujaba una sombría figura femenina. La luz ocre del baño se hundía en un abdomen plano de costillas y huesos pélvicos prominentes y dos montículos óseos protruían por debajo de unos zafiros hundidos en el dolor malva de las cuencas inferiores. Parpadeó, sorprendida, ante la fragilidad de su propia imagen y decidió continuar cubriéndose. Recordó las veces en las que Atem, sentado a su lado durante el almuerzo, miraba de reojo lo que ella se echaba a la boca como si ejerciera una silenciosa y poderosa presión psicológica. Su estómago languidecía saturado de pena y su vista no podía siquiera admirar la belleza culinaria de los alimentos.

Entonces, Atem se acercaba a ella, rodeaba la delgadez de su muñeca con sus dedos y le susurraba al oído:

—¿Quieres una malteada?

Entonces miles de recuerdos explotaban dentro de la cabeza de la castaña y ya no podía negarse a nada.

—Desde luego...

Ella sonreía por lo bajo.

Y él le besaba la frente.

—Vuelvo enseguida —decía el joven duelista, dejando su puesto en la mesa que compartía con su novia y amigos para conseguir lo que ella deseaba.

Jonouchi meneaba la cabeza y, muy calladito, le susurraba a Yugi:

—Te apuesto toda tu baraja a que el próximo año tendremos boda y baby shower.

—O un funeral si no te quedas callado... —decía Honda.

—Pero no me van a negar qué linda se vería Anzu con una barriguita... —insistía el rubio, cada vez más despacio, temiendo encontrarse con los ojos hundidos de su compañera de clase.

—¡Sólo cállate, mierd...! —decía Yugi, en voz baja, medio aterrado, con la mano en un gesto de hacerle entender que, por todos los santos, guardara silencio. Y el joven no solía expresarse con insultos.

Otro golpe en la puerta del baño y la voz algo alterada de su madre.

—¡Cariño, tu desayuno se está enfriando!

—¡Voy! ¡Voy enseguida!

Si su madre estaba exclamando es que, realmente, debía ser muy tarde. Se secó y vistió rápidamente. Agarró el móvil y el bolso de cualquier manera y corrió escalera abajo, no sin tropezarse con una pequeña alfombra marrón ubicada en el primer peldaño.

—¡Ten cuidado, linda! —le dijo su tía, sosteniéndola del brazo.

Anzu se sonrojó furiosamente y agradeció la intervención de la hermana menor de su madre con una leve inclinación de cabeza.

—¡Ve a comer inmediatamente, fideo con ojos, que tu madre y yo ya nos devoramos nuestra parte!

Ok. Su tía también gritaba.

Realmente se había atrasado.

Corrió a la cocina y tomó asiento en el lugar que Misato le había asignado. Miró la taza blanca con flores azules; el huevo con tocino y las tajadas de queso sobre un plato de las mismas características; el pan aromático, el jugo de naranja, las galletas de avena y los trozos de fruta.

Y el jarro de leche.

Era demasiado.

Buscó el tarro de café oculto detrás de la panera y sacó tres cucharadas colmadas que fueron a dar en el interior de la taza floreada. Echó agua caliente y colocó un par de cucharadas pequeñas de azúcar al oscuro líquido humeante. Sacó, de su bolso, su frasco de pastillas y extrajo una de ellas, para luego depositarla en su lengua y tragarla de un sorbo. Su garganta ardió, pero era la sensación exacta que buscaba.

Justo cuando decidió que era todo lo que su cuerpo necesitaba, su tía irrumpió en la cocina con la excusa de buscar de algo. Contempló el rostro pálido de su hermosa sobrina y se acercó a ella con cariño:

—Hija... Esto lo preparé para ti. Hazme el favor, al menos, de comerte el huevo.

Anzu la miró perpleja. ¿Cómo se dio cuenta de que la comida no le entraba ni por las orejas? Evidentemente, era porque su tía había reparado su aspecto o bien, porque su madre le contó lo que ocurría. Ni bien había terminado de pensar, observó a Misato sentarse a su lado con una revista en sus manos. Acto seguido, la siguió su madre, diciendo que quería repetirse una taza de café para acompañar a su hija "dormilona".

Definitivamente, no había escapatoria.

Tomó un nuevo sorbo de café y acercó el plato que tenía huevo. Intentó reprimir una pequeña arcada, pero se dio ánimo para coger la cuchara —con un corazón de plástico en su extremo distal— que se hallaba junto a lo servido. Comenzó a comer mientras, de cuando en cuando, miraba de soslayo a su tía o madre. Nunca se dio cuenta de alguna de ellas la vigilaba o no, porque cada vez que subía la vista del plato, veía a la hermana de su madre con las narices metidas en un reportaje sobre la realeza española y a Ayumi manipulando su celular, al tiempo que tomaba su café con aire desinteresado y casual.

Estaba en esa pequeña lucha de "me ves, no me ves", cuando su celular vibró un par de veces sobre la mesa. Con el dedo índice de la mano izquierda, desbloqueó la pantalla y vio un mensaje de Atem. Y, de paso, la hora: 9:45 a.m. Si no se apresuraba en comerse el maldito huevo, llegaría tarde para completar su tarea. Y ella necesitaba tiempo para escribir. Pero antes, contestaría el mensaje de su novio.

[Atem_09:45]

Amor... ¿Ya vienes de regreso?

Anzu sonrió al ver, una vez más, la foto de perfil de Atem: el cartucho que ella le había regalado años atrás sobre un fondo que parecía ser una mesa de madera.

[Anzu_09:45]

Nop; me atrasé .. Aún estoy en casa de mi tía... pero salgo en unos minutos

La castaña podría imaginar claramente los dedos largos del faraón escribiendo con rapidez en la pantalla de su móvil. Estaba completa —e increíblemente— adaptado a la tecnología de otra época. Vivir en el cuerpo de su aibou por tanto tiempo le había favorecido el proceso de imbuirse en una cultura rápida y superflua de cenas familiares con celular en mano.

[Atem_09:46]

¿Ya comiste?

[Anzu_09:46]

En esto estoy :(. Tendré que apresurarme Dx

[Atem_09:46]

Nada de eso. Te ayudaré con tu tarea.

[Anzu_09:47]

¿Ya la terminaste? :O

[Atem_09:47]

No, pero los faraones tenemos poderes especiales.

La castaña soltó la risa. Misato levantó su nariz aguileña del vestido azul de Kate Middleton y miró a su sobrina.

[Anzu_09:48]

Como comediante, te mueres de hambre.

[Atem_09:48]

Lo sé. Pero te amo.

La Sra. Mazaki miró a su hermana y meneó la cabeza, divertida. Se levantó del asiento, dejó la taza en el fregadero y se dispuso a buscar sus cosas. Anzu notó el movimiento de su madre y se apresuró en escribir.

[Anzu_09:49]

Debo irme. Mamá fue por sus cosas y me está mirando con cara de Kaiba sin su Blue Eyes White Dragon.

[Atem_09:49]

Está bien, ve. Deja que ella conduzca esta vez. Yo estaré en casa, haciendo unos arreglos en la tienda, junto a Yugi.

[Anzu_09:49]

¿Arreglos?

[Atem_09:50]

El abuelo apiló unas cajas junto a la puerta que se encontraba en mal estado y se destrozó por completo. Así es que debemos instalar una nueva, además de pintar la pared dañada.

Claro... El abuelo. Por suerte, ahora tenía dos "nietos" que le ayudaban con los posibles desastres de índole constructiva que pudieran suceder en la tienda. Cosas de machos.

[Anzu_09:51]

Wow... Entonces estarás muy ocupado durante el día, por lo que veo.

[Atem_09:51]

No si me deseas contigo.

[Anzu_09:51]

Pero...

[Atem_09:52]

Descuida, hallaré el modo. No dejo nada pendiente.

Y era verdad. Lo que no sabía Anzu era cómo se las arreglaba él "para no dejar nada pendiente"...y en ningún sitio. Definitivamente, la respuesta había que buscarla en las habilidades que había adquirido en su pasado. ¿Qué adolescente se encarga de toda una nación en estos tiempos? ¿Qué joven ha llevado el destino del mundo en sus hombros por siglos?

—¡ANZU! ¡SON LAS DIEZ DE LA MAÑANA! —gritó su madre desde la puerta de la cocina. Misato había terminado de analizar los últimos chismes de la farándula internacional y se había dispuesto a guardar algunas cosas en un bolso que la castaña reconoció como "el bolso de gato Félix" de su querida madre. No tuvo que pensar mucho para adivinar que su tía estaba metiendo, en el interior del artículo, alimentos para el viaje, provocando que el estómago del felino pareciese presto a reventar sobre la tela negra.

Aprovechando que Misato se encontraba de espaldas, la delgada ojiazul apretó su nariz con dos dedos de su mano derecha y con la izquierda se introdujo, a la fuerza, una última cucharada de huevo. Luego de ello, se tomó lo que quedaba de su café —ya frío— y se levantó de la mesa, no sin antes agarrar su bolso y escribirle una última frase a su novio.

[Anzu_09:59]

Ya me voy :3

Y chocó con su madre.

Ayumi soltó la risa y se giró para regresar a la cocina en busca de los enseres que su hermana le había preparado.

[Atem_10:00]

De acuerdo. Cuídate. Te amo.

Repentinamente, la ex-bailarina recordó el extraño cambio de voz y en el modo de respirar que había percibido en Atem durante la conversación de la madrugada. Sintió una extraña punzada en el pecho, como si tuviese miedo de algo.

Entonces sólo deseó verlo.

Pero sólo pudo escribir "Te amo tanto...", antes de guardar su celular, abrazar a su tía con todo cariño y subirse al auto de un salto. Aunque fuese por una sola vez en la historia de su vida, le haría caso al faraón: dejaría que su madre condujera.

Ayumi recibió los documentos requeridos de mano de su hija y se despidió, una vez más, de su única y querida hermana, agitando una mano desde el vidrio de la ventana del auto, mientras comenzaba a internarse por el camino de árboles frondosos y luces LED.

—¡VENGAN AMBAS LA PRÓXIMA SEMANA! ¡PODREMOS DAR UN PASEO POR LOS TEMPLOS! —gritó su tía desde el porche, agitando, a su vez, su mano en señal de despedida.

Ayumi sonrió ampliamente y levantó un dedo pulgar para indicar que la había escuchado y que haría lo posible por dejarse caer en su casa, acompañada de su hija, una vez más.

Anzu colocó su codo en el borde de la ventana y apoyó el rostro sobre su mano, con la vista fija en el paisaje que dejaba y que, seguramente, volvería a ver en caso de que su madre volviese a olvidar gestionar la compra de los pasajes de vuelta a Dominó.

—Te trae loca —dijo la mujer de coletas castañas, de repente, mascando chicle.

—¿C-cómo dices, mamá? —inquirió Anzu, tratando de permanecer neutral, con la mirada perdida en los interesantes árboles del bosque que, por cierto, se veían completamente iguales entre sí.

—El rey Tutankamón. ¿Quién más?

—¿Por qué le dices así?

—Porque es gracioso... Es tan serio que provoca bromear acerca de él. Pero apuesto a que se ríe de vez en cuando, ¿no?

Anzu estaba sonrojada hasta las orejas.

—Más de lo que tú crees, mamá...

—¿Cuándo te casarás con él? Qué nietos tan hermosos tendría yo...

—Mamá, ya sabes lo que pienso de ello.

—De acuerdo, de acuerdo, hija... Sólo bromeo. Pero…

—Mamá...—interrumpió Anzu algo irritada —. Sé lo que vas a decir; por favor, basta.

—No todos los hombres son iguales, hija... Y Atem es bastante diferente. Siempre está pendiente de ti.

—Bueno, lo hace por lo de la Batalla Ceremonial...

Por culpa. Ja.

—A mí me parece que lo hace porque te ama —sentenció Ayumi mientras doblaba hacia la izquierda para integrarse al camino de tierra que conducía hacia la costanera.

Anzu quedó en silencio. No quería discutir con su madre mientras se hallaba conduciendo, pero tampoco deseaba continuar hablando del tema. Ella no se casaría con nadie, ni menos albergaría en su vientre el fruto del amor entre ella y alguien más.

El fruto del amor entre ella y Atem.

Sacudió su cabeza logrando que, en el proceso, sus lacios cabellos castaños se desplazaran de un lado a otro sobre su rostro. Le propinó un sutil puñetazo a la parte interna de la puerta del auto y frunció el ceño.

Ayumi suspiró, mientras acomodaba sus manos en el volante y continuaba conduciendo, decidiendo permanecer tranquila ante la reacción de su hija. Pensaba que no había nada de malo con no querer casarse ni traer hijos al mundo pero, a sus ojos, Anzu tenía a su lado un hombre que daría cualquier cosa por ella y la ojiazul tenía miedo de creérselo. Y el miedo se enfrenta con la verdad. Sabía, de sobra, que las cosas no habían sido fáciles para ambos, desde un principio; ella estuvo al lado de su hija durante el tiempo en el que Atem estuvo en el Más Allá. Admitía haberlo odiado con toda su alma por haber hecho añicos el corazón de su pequeña... pero conoció las razones que tuvo para irse. Y en entre ellas no estaba, precisamente, el no amar a Anzu. Supo, de su propia boca, que se encaminó detrás de la puerta luminosa con el alma partida en mil pedazos por tener que dejar atrás a sus amigos y, más que cualquier cosa, a la única mujer que había amado en toda su vida... Que no pudo con ello y decidió aceptar someterse a una especie de "juicio" del cual jamás mencionó detalle, porque honestamente no lo recordaba. Todo ello era para no creerlo, pero la prueba estaba en la claridad con la que el novio de su hija le hablaba, la forma en la que le suplicó estar al lado de ella para hacerla feliz... Y, por sobre todo y, quizás no tan sorprendente, el hecho de que sus palabras estaban dotadas de una madurez y franqueza que no esperaba oír de ningún otro chico de su edad. Lo había conocido antes en el cuerpo de Yugi, pero ante ella, ahora, se presentaba la verdadera persona de Atem, en cuerpo y alma.

—Te voy a partir esa linda cara que tienes y, de paso, enviarte de vuelta al Más Allá de una patada en el trasero si no logras sacar a mi hija del puto hoyo en el que la metiste —le había dicho en una de las tantas conversaciones que tuvo con él, en su casa, con Anzu presente.

—Puede hacer lo que quiera conmigo si ve que no cumplo mi palabra... Pero descuide: no va a ser necesario. Y no necesito jurarlo ante ningún dios —contestó tranquilo y seguro el joven, en esa ocasión.

Ahora era Ayumi la que se reía sola al volante al recordar su propia reacción ante las palabras del muchacho: se había quedado mirándolo callada, con los brazos cruzados sobre su pecho, mientras sostenía un cigarrillo en su mano derecha. Por alguna extraña razón, la sensación de estar hablando con un adulto responsable o una persona muy importante, de esas que desarman con un solo discurso, había hecho que los ratones le comiesen la lengua y no refutarle con algún tipo de argumento convincente a mano para impedir que su hija iniciase una relación con "este, el joven más raro del mundo". Ciertamente, Ayumi hubiese deseado que Anzu entregase su corazón a otro tipo de chico; uno como cualquiera de los que podían encontrarse en la calle. Sin embargo, había que ver el brillo en los ojos de su castaña cuando lo miraba, la devoción con la que él la cuidaba y protegía, cómo respetaba sus decisiones, cómo la tomaba de las manos, cómo la abrazaba... ¡Por la puta madre! Cómo quisiera ella que Takeshi la hubiese amado de esa forma y no se le hubiese calentado la polla por otra supuesta "musa"... ¡Era cosa de mirarlo y adivinar que no tenía ojos para nadie más que no fuese su hija! Si se trataba de buscar culpables de que semejante historia hubiese sido tejida, habría que retroceder el tiempo tantos años como fuesen necesarios para atar a Sugoroku de los pies e impedirle que realizara esa expedición a Egipto, en donde encontró el famoso Cofre del Milenio, y así evitar que el Rompecabezas llegase a las manos de Yugi y que ocurriera todo lo que sucedió después.

Simplemente, a veces, las cosas suceden sin razón aparente.

El día había amanecido soleado, sin nubes en el cielo. No obstante, una vez que Ayumi alcanzó la costanera que la comunicaría con el centro de la ciudad, una suave lluvia se dejó caer en los vidrios del vehículo. El paisaje pareció mudar de color, volviéndose gris verdoso, y un incipiente aumento en la humedad ambiental comenzó a ser percibido por las dos mujeres que, ahora, guardaban silencio.

Ayumi accionó el limpiaparabrisas y pensó en apagar el aire acondicionado.

—¿Tienes frío? —quiso saber, dirigiéndose a su ausente hija.

—Sí...

La otrora, famosa bailarina de Viena acercó su dedo índice a un botón oscuro con una figura de color blanco en su superficie y lo presionó una sola vez. Nuevamente, un silencio ligero se apoderó de la estancia, el cual fue interrumpido por la voz apagada de Anzu y el suave golpeteo de las gotas de lluvia sobre el vidrio.

—Lo siento, mamá...

Ayumi miró brevemente a su hija y esbozó una sonrisa triste.

—Yo también lo siento.

Anzu correspondió el gesto de su madre con una sonrisa leve, sutil, como el gris de los árboles; como el tinte melancólico del cielo ensombrecido por nubes repletas de lluvia. La Sra. Mazaki volvió la vista hacia la carretera y la pálida castaña fijó la suya en el paisaje exterior. Sus ojos se habían llenado de lágrimas y un, ya, conocido pesar se enraizó en los músculos de su pecho. Sintiendo el aire de la calefacción acariciarle el rostro, se acomodó en el asiento y cruzó los brazos en su regazo. Descansó su cabeza hacia atrás, intentando olvidar la angustia que había subido hasta su garganta y entregó su mirada al mar.

Pensó en su padre. En sus sabios ojos celestes. En sus manos blancas y grandes que salvaban vidas. En su frente inteligente, llena de respuestas. En el olor a pintura al óleo y a libros antiguos de hojas amarillentas. En su voz cantando con la guitarra. En su mirada perdida en la ventana, cuando cerraba las puertas de su mente. En el sendero otoñal que recorrió junto a ella y su madre, de la mano, cerca del mirador de la ciudad Dominó. En su promesa de estar siempre juntos, de jamás emprender un camino más allá de la vida que tenía con las dos mujeres de su corazón. Había desparecido tras la puerta de su casa, envuelto en la cegadora luz del mediodía.

Se había ido para no volver. Y su mente infantil no alcanzaba a comprenderlo.

Cerró los ojos, temblorosos. La lluvia caía del cielo con fuerza y las nubes se abrían al dolor del viento.

Él también había hecho lo mismo una vez.


N/A:

1. La frase "una sombría figura femenina" se me ocurrió al recordar los desnudos de la artista chilena Henriette Petit. Aunque esta miembro del grupo Montparnasse (agrupación artística formada en 1922) jugaba con la opulencia del desnudo, los siena, marrones, ocres y grises de sus figuras siempre se me antojaron —desde muy niña— "sombrías figuras femeninas". Me gusta imaginar el desnudo de Anzu como la antítesis de esa opulencia: un vacío sombrío. Los mismos colores de la paleta de Petit en su delgadez penosa.

2. Para describir un chat en una historia usé como referencia el formato usado en la novela "Pulsaciones", de Javier Ruescas y Francesc Miralles. Sip. Por lo que estuve investigando, aun no hay consenso acerca de cómo se debe escribir una conversación por mensajería instantánea en una novela. Se supone que el texto de la persona que está enviando el mensaje debe ubicarse a la derecha, en tanto que el texto recibido debe leerse a la izquierda (como en el Whatsapp). Lamentablemente, Fanfiction no da la opción para situar textos a la derecha, de modo que tuve que idear una forma para colocar mejor el chat. Probé varias opciones y, la mejor, fue centrada.

Eso es todo por ahora, estimados. La próxima semana hay capítulo 4.

Un abrazo,

Liz