Chapter 3

La fábrica estaba muda. Un poderoso silencio parecía haberse extendido por el viejo lugar y no se oía ni a las ratas roer la madera húmeda y mohosa en los rincones.

El único sonido parecía ser el de la respiración de Sam, agitada y entrecortada, como si acabase de hacer un gran esfuerzo físico.

Astaroth desvió sus ojos del rostro del cazador y empezó a mordisquearse una uña.

Estas como una cabra, eso es lo que estas. Totalmente chalado– murmuró rápidamente y casi de manera ininteligible– Lucy no estaría de acuerdo, claro que no. Y Lev tendría una excusa para fastidiarme. Ningún abrecartas barato tiene el valor suficiente como para hacer enfadar a Lucy.

Sam escuchaba el monologo de la chica con la barbilla ligeramente levantada y sin mirarla en absoluto, Tenia la mandíbula contraída en un gesto cabezota y el ceño tan o más fruncido que antes. Astaroth empezó a sospechar que era un defecto genético, o un tic, pero no dijo nada porque estaba demasiado ensimismada balanceando los pros y los contras de la petición del Winchester.

Por una parte, una parte que llevaba un par de siglos subyugada a las políticas cada vez mas asfixiantes del inframundo, le producía unos cosquilleos en el estomago el pensar en hacer algo tan burdamente rebelde.

Hacia tanto tiempo que no dejaba ese lado suyo gobernar, tanto tiempo portándose bien para no provocarle dolores de cabeza a Nesbiros. Hasta Valefor se lo había dicho, que se estaba volviendo una gallina, pero claro, Valefor no tenia tanto que perder si se ponía a malas con Lucifer.

A Astaroth le aterraba perder su castillo, sus tierras, sus legiones… ¿Qué seria sin ellas?

Por otra parte Azazel era un viejo conocido de cama. No se les podía llamar amantes, ni amigos ni nada por el estilo, pero a lo largo de los siglos es difícil que entre un número limitado de seres no haya alguna relación.

Azazel estaba en la lista de personas valoradas de Astaroth, y su muerte le había causado un minuto de reflexión cuando ocurrió. No se puede decir que le provocase tristeza, pero sí que lo recordaba con cierto cariño. Era un demonio con unos ojos condenadamente sexys.

Ahora bien, los Winchester le habían matado. También estaba Lilith por medio. Astaroth odiaba a Lilith con su ridícula manía de vestirse de niña pequeña y chuperretear piruletas. Era una obsesa.

Obviamente la daga no merecía la pena meterse en un tinglado semejante. Seguramente había unas cuantas mas con las mismas cualidades, y aunque a la joven le atraía el exponer ese arma en su salón, donde estaba expuesta su colección de espadas, sabía que era absurdo arriesgar tanto por tan poco.

Sin embargo, siempre podía poner las cosas a su favor. El Winchester no había especificado que una vez dentro del infierno tuviese que ayudarle. Podía acercarle al lugar donde estaba su hermano y una vez allí dar la voz de alarma.

La muchacha se sonrió. Leviathan se pondría verde de la envidia cuando supiese que ella había conseguido al Cazador y se lo había traído a Lucifer en bandeja de plata. A Lilith también le daría rabia, y supuso que era una buena manera de vengar a Azazel.

Bien, Sammy. Acepto tu trato.

Sam– corrigió él rápidamente– Bien, ¿Dónde hay que firmar? ¿Me llevaras al infierno?

Tío, pareces nuevo. Los pactos se sellan con un beso, y si, te llevare hasta la puerta más cercana del infierno, te ayudare a entrar y te llevare hasta donde está tu hermano– la chica arqueo una ceja y se echó el pelo para atrás en un gesto burlón de coquetería.

Prefiero un contrato firmado.

Mala suerte.

Sam suspiro y acercándose al círculo, se inclino hasta quedar a la altura del rostro de la joven. Sus ojos se encontraron unos instantes, y rápidamente deposito un beso brusco y corto en sus labios.

Ambos notaron un cosquilleo. Era la electricidad que se producía al sellar un contrato. Eso y un segundo en el que todo adquiría colores blancos o negros, como una peli antigua.

Sam se separo como impulsado por la fuerza de un imán y se tambaleo dando unos pasos para atrás, luego inconscientemente se limpio la boca con la mano.

Astaroth se fijo en este gesto y puso los ojos en blanco. Seguidamente se levanto de la vieja silla y salió del círculo estirándose como un gato.

Tengo la pierna dormida de estar ahí tantas horas– comentó y dio un paso hacia Sam, que a su vez dio un paso hacia atrás, mientras sacaba una cruz y la ponía delante de sí.

Haz el ritual y dime donde esta Dean– le recordó Sam señalando los objetos necesarios.

Astaroth se acerco a la mesa y miro el material detenidamente. El gallo se revolvía inquieto, pero por lo demás estaba silencioso.

Sam se puso enfrente de él con la cruz todavía sacada con toda la intención de supervisar el asunto.

La demonio deposito las tres piedras de ónix en el plato de cristal e hizo un par de signos con las manos. Luego, con rapidez agarro el gallo del cuello y le arranco la cabeza.

Se oyó un crujido desagradable y luego el chapoteo de la sangre al caer. Sam ni se inmuto, aunque sus aletas de la nariz se abrieron y cerraron inconscientemente al olfatear el líquido rojo.

La mano pequeña y pálida de Astaroth se impregno bien de ella y con unos dedos cortos finos y con las uñas mordidas y pintadas de negro empezó a dibujar su signo de invocación.

Sam lo conocía, porque el mismo lo había tenido que dibujar unas horas antes.

Murmurando todo el rato una serie de palabras en latín, ¿o era arameo? Sam no podía estar seguro, deposito la verbena.

Mójate las manos– dijo ella señalándole el agua bendita. Sam titubeo un instante, pero no vio nada malo en meter las manos en agua bendita.

Nada más hacerlo, la demonio le señalo el plato con la sangre y las piedras. Dudando, puso sus manos mojadas ahí. La sangre empezó a burbujear y la demonio coloco sus manos encima de las de él.

Y entonces todo se volvió negro.