-Pasajeros del tren con destino a Rennes, último aviso; andén cuatro.- Una metálica voz resonaba por los altavoces de la inmensa gare Montparnasse, situada en un enclave de París que hacía que nunca estuviese vacía. Siempre había pasajeros apurados, relajados o perdidos. El muchacho que baja del tranvía nacional era uno del último tipo. Dando un pequeño salto para salvar la distancia que separaba al tranvía de la acera, Francis puso sus pies en suelo parisino. No era muy diferente del pavimento que tenían en Libourne, pero a este le pareció que estaba pisando una reliquia de muchos años de antigüedad. Marchó hacia delante con paso vacilante, hacia el mapa general que siempre había en todas las estaciones. Se situó, y comprobó que había parado en la estación que más cerca le quedaba de su piso. Al ver que había acertado, soltó un breve suspiro y cobró confianza. Salió al exterior a través de las altas puertas de la estación, y se paró enfrente de los escalones centrales.

París, el corazón de la France. Aquella que era conocida por todos, pero nunca se sabía qué ocurría en sus callejones y bulevares, oscuros en ocasiones que se comparaban a la noche, también muy cerrada en la capital francesa. El azul grisáceo que tenía el cielo no invitaba mucho a recorrer sus calles, y el frío que aumentaba a la par que la noche llegaba, estaba resultando bastante molesto. Francis tenía que darse prisa, encontrar el edificio de su casero, verificar que él era el estudiante al que esperan, obtener las llaves e instalarse. El piso del hombre no quedaba muy lejos de allí, pero la distancia entre su casa y el piso compartido ya era considerable. Por lo cual, Francis partió escaleras abajo, con su maleta en la mano izquierda, y el cuello de su abrigo en la derecha.

El bullicio de la multitud era enorme, comparado con la pequeña cantidad de habitantes que residían en Libourne, y Francis agradeció internamente estar rodeado de tantas personas, le hacía sentir arropado y seguro, además de tener más víctimas para su juego.

Mientras caminaba con paso ligero hacia la rue Dareau, se encontró con una pareja joven y dos niños, uno con el pelo medio largo, como Francis, y una graciosa muchachita con un curioso mechón que sobresalía de su gorro de lana. Estaba corriendo alrededor del padre, de apenas treinta años, y sus mechones se parecían bastante. El niño, por su parte, iba calmado y de la mano de su madre, también joven, y de labios finos y rojos, y unos ojos muy azules, semejantes al hielo. Su pelo rubio estaba recogido en una graciosa trenza de espiga, que le caía por el lado derecho de su espalda. Iba al lado del niño, y parecía estar explicándole el nombre de todas las calles, mientras que el padre había cogido a su niña en brazos y ahora la levantaba como si quisiese enseñarle a volar. La niña reía, el padre sonreía y la mujer les miraba con infinito cariño.

Formaban una imagen muy alegre para tratarse de una tarde de las ocho, de marzo, en París, con el frío que regaba todos lo rincones por los que se podía colar.

Apuró el paso, dejando a la pareja y a sus hijos disfrutar de ese tiempo en familia, para dirigirse al callejón Barrault, lugar donde se encontraba el 3b del portal 28. Llamó al telefonillo, y una cansada voz le respondió;

-Qu'est-ce?- el acento parisino, con las vocales aspiradas, se notaba en las escasas dos palabras que había pronunciado.

-Francis Bonnefoy, el estudiante de Libourne.- contestó el muchacho.

-Ahh oui, sube.- dijo la voz, al tiempo que la pesada puerta cedía por la fuerza de Francis. El joven montó en el oscuro ascenor marrón y, aprovechando que había un espejo de medio cuerpo, se arregló el pelo como buenamente pudo, quitándose la boina. Al llegar, se giró en busca del 3b, y al ver una puerta abierta, se dirigió hacia ella. Tocó a la puerta antes de entrar, para avisar de su llegada, y una regordeta señora apareció desde un pasillo que se internaba en la casa.

-Bon après-midi, madame...- Francis cayó en la cuente de que no sabía el apellido de la risueña persona que había acudido a su encuentro.

-Dupin , madame Dupin, como mi marido- contestó ella, con un tono de voz calmado y acogedor, de esos que sirven para contar historias y dormir a los niños.

-Madame Dupin- repitió Francis, a fin de acordarse para la próxima vez.- Oui, ¿sabe quién soy?- preguntó éste.

-Claro que lo sé, cielo. Y me puedes llamar de tú, no soy tan vieja- madame Dupin hizo un mohín de enfado, pero que pronto abandonó su cara redonda. – Si mal no recuerdo, eres el joven que va a compartir piso con Skovgaard, ¿verdad?- madame Dupin alzó las delgadas cejas y abrió un poco los acaramelados ojos, a fin de ver a Francis mejor.

-Seguro que os lleváis bien, sois...- una decidida voz interrumpió la frase de madame Dupin.

-¡Mercedes! ¿Es que no vas a dejar pasar al chico?- monsieur Dupin hizo su entrada en la puerta del comedor, en bata, con una taza vacía en la mano y un cigarro en la otra.

-Ah, André, te presento a Francis Binnefé, el estudinte que va a compartir piso con Frederik- respondió alegre la señora.

- Es Bonnefoy, madame- intervino Francis, con una risilla en la boca. Francis Binnefé, podría usarlo como nombre artístico, pensó el joven. Aunque no dista mucho de mi apellido real, concluyó, bajando la sonrisa.

-Lo sé, lo sé, sé quién es, el rector de su lyceé se puso en contacto conmigo y me dio todos los detalles para reconocerle.- comentó André. –Así que, ¿no te soportaban más en tu instituto y te mandaron a la gran ciudad ?- preguntó monsieur Dupin, con un poco de sorna.

-¡André !- le reprochó madame Dupin.

-¿Qué ? ¿Es que no puedo preguntarle nada ?- respondió su marido, molesto.

-Pues- comenzó Francis.- Más o menos así fue, me acusaron de revolucionar las clases, y me mandaron a un lyceé público, para ver si así calmaba los humos.-explicó Francis, elevando la voz en la palabra « calmaba ».

-No creo yo que un cambio de lyceé te vaya a funcionar, muchacho.-sentenció monsieur Dupin, haciendo girar la cucharilla que reposaba dentro de la taza vacía. –Pero en fin, son las decisiones de la gente del sur, no suelen ser muy acertadas.- sonrió con la cabeza baja.

-No le hagas caso, cielo, se creer que lo sabe todo, pero no llega a comprender ni las cosas más simples- añadió Mercedes, antes de andar hacia su marido, cogerle la taza vacía y dirigirse a la cocina. –Yo os dejo solos, que tendréis que aclarar algunos asuntos. Un placer, Buonnnafé.- dijo, guiando la mirada hacia Francis.

-Es Bonnefoy, madame.- corrijió una vez más el joven, con la misma sonrisa amplia en el rostro.

-Ah oui, cierto, perdona. Bonnefoy...- Madame Dupin se alejó de la sala de estar repitiendo el apellido de Francis, para memorizarlo.

Una vez sentados en dos sillones de alto resplado y gastada tapicería, Francis y André discutieron algunos inconvenietes del piso.

-Tiene unas pequeñas goteras en el techo de la cocina, pero no llega a calar del todo. He intentado en contadas ocasiones arreglarla, pero el maldito clima de esta ciudad siempre hace que el arreglo no sirva para nada.- enumeró monsieur Dupin. –Tiene calefacción central, con horario de nueve de la mañana a diez de la noche, o sea que te recomiendo que te hagas con un buen arsenal de mantas para pasar la noche. Por lo demás, creo que el piso es suficiente para dos estudiantes de secundaria.- terminó André, recostándose en su sillón.

-De eso quería yo hablarle- retomó la conversación Francis. –Sé que voy a compartir piso con una persona más pero, me preguntaba si usted podría hablarme acerca de él, ya sabe, para que no sea un completo desconocido.

-¿Que te hable de Frederik ? La verdad es que no hay mucho que contar. Bueno, como habrás podido deducir el nombre, es danés, de Nykøbing, cerca de la costa, y su temperamento es de todo menos predecible. Recuerdo que cuando hablé con él por teléfono, su francés era más alocado que el de algunos parisinos de aquí, de toda la vida. Siempre está muy alegre, y no sabría decirte si sus comentarios son afortunados o suelen sobrar, porque tiene una berborrea que en verdad, no se le entiende nada. Pero es bastante inocente y le encanta la música. Creo recordar que toca el bajo, pero no me hagas mucho caso.

A Francis ese muchacho le había caído bien solo por el interés que sentía hacia la música, pero quería preguntar el asunto más delicado a la hora de vivir con él

-Todo eso me parece genial pero...¿es ordenado?- inquirió Francis.

-Frederik y ordenado no suelen ir en la misma frase, a no ser que haya un « no » de por medio, muchacho.- le advirtió monsieur Dupin, medio riéndose. –Pero no te preoupes, es un buenazo. Os llevaréis bien, se ve venir.- sentenció André, al tiempo que se levantaba del sillón hacia un armario pequeño situado en la entrada, para extraer de él una llaves plateadas, una más grande que la otra, y con etiquetas en ambas. Se las lanzó a Francis, que las cogió al vuelo, y entendió esto como que debía irse, con lo que el joven se levantó del viejo sillón, cogió su abrigo y su boina, y se situó enfrente de la puerta de la casa.

-Ha sido un placer, mosieur Dupin.- dijo Francis, estrechándole la mano. -Despídase de madame Dupin por mí, s'il vous plaît.

-Mucha suerte hijo, y si hay algo que no te cuadra, no dudes en llamarme. Mi número está en la puerta del frigorífico del piso.- se despidió André del joven francés, con un movimiento de mano y una leve sonrisa en los labios.

-¡Au revoir !- fue todo lo que se pudo escuchar desde dentro del ascensor.

(*)

Eran ya las diez y media largas de la noche cuando Francis llegó al 21 de la rue Corvisart, un pequeño edificio de cuatro ventanas, muy alargado y fino y con adornados marcos, que daban la sensación de haber retrocedido veinte años atrás. Francis amaba ese estilo, tan bohemio y único. No acompañaba el tiempo para quedarse en la calle, con lo que el joven galo se dirigió al pequeño portal pintado de un blanco gastado, del que se podía apreciar más madera que pintura. No había ascensor, por lo que tuvo que arrastrar la maleta escaleras arriba hasta el segundo piso. Al llegar dejó el macuto en el suelo y sacó las llaves, aunque no hicieron falta para entrar en la casa; se ve que su compañero tenía muy buen oído, y había ido a abrirle. Claro que tampoco había que ser un sabueso para darse cuenta de que alguien estaba en el edificio, el jaleo que había montado habría despertado a la mitad del bloque.

Un muchahcho joven, de aparentemente un año mayor que él por su físico, apareció tras la puerta. Tenía un curioso peinado, como si hubiese ido demasiado tiempo en una motocicleta sin casco, y sus ojos eran de un intenso azul violáceo, que a Francis le cautivaron al momento.

-¡Bonjour! Je suis Frederik, tú debes de ser Francis, supongo, encantado- dijo el danés en un muy bien descrito francés por monsieur Dupin, tremendamemente rápido y caótico.