Este capítulo me había quedado bastante largo y al final he tenido que recortarlo un poquito, pero creo que se puede leer con facilidad. También me gustaría advertir que en este capítulo os vais a encontrar con dos personajes (uno del anime y otro de la novela fantástica) que muy posiblemente conoceréis bien. Gracias sobre todo a Solitudely por haber respondido a mi Mensaje Privado y haber leído mi fic (en serio, no creía que lo ibas a leer XD) y a todos vosotros que me estáis brindando vuestro apoyo (también creía que nadie lo iba a leer.)
También advertiros que os vais a encontrar un Inglaterra muy frágil y con instintos suicidas, algo muy impropio de Arthur, pero no os alarméis XD. Por cierto ¿os gustan mis Seis Pilares de una Nación? Espero impaciente vuestros reviews.
Muchos besos a todos! :)
Disclaimer: esta historia no me pertenece, ni tengo ningún derecho sobre ella, simplemente la estoy haciendo por diversión.
*Nota: este fanfic tratará tanto de la Guerra de la Independencia (1783) como diez años después, con lo cual el primero estará en letra normal y el segundo en letra cursiva para diferenciarlos.
oooooooo
Año 1793
Londres
-¿De verdad que no quiere que le acompañe, señor? –Me preguntó Sebastian por décima vez.
-No hace falta, Sebastian. Sólo estaré un par de días en París, no tardaré mucho en volver. Recuerda lo que te he dicho, mi ausencia deberá ser llevada con mucha discreción. Ni el rey, ni los nobles ni nadie deberán enterarse de que no estoy. Ocúpate también del conde de Phantomhive, creo que está metiendo mucho las narices donde no le interesa.
-Yes, my lord. –Me dijo él arrodillándose ante mí, a pesar de que yo le había dicho mil veces que no hiciera algo tan vergonzoso.
Apenas había subido al barco, cuando un marinero muy alto y tostado por el sol, me dijo que el capitán había solicitado mi presencia. Cogió mi maleta sin esperar a que yo rechistara y, como un perro bien entrenado, me llevó hasta el puesto de mando.
Me encontré al capitán en el puesto de mando. Estaba revisando unos mapas de navegación tras unas gafas redondas que escondían unos ojos muy oscuros. Cuando me miró, me di cuenta de mi error. Sus ojos en realidad eran de color esmeralda, brillantes, y rodeados de pequeñas arrugas, a primera vista parecía muy mayor pero en cuanto me sonrió con elegancia juvenil me di cuenta que no tendría más que treinta y cinco años. Se levantó de la silla (por supuesto, era un par de cabezas más alto que yo) y me estrechó de la mano.
-Bienvenido a la "Dios salve al rey" señor Inglaterra. Es un gran honor conocerle por fin. Sin usted, no habría nación.
-El gusto es mío, capitán.
-Grumete, deja la maleta en el camarote del señor Inglaterra. Él irá más tarde. –Ordenó el capitán.
-Sí, mi capitán. –Dijo el marinero antes de salir de la estancia con mucho sigilo.
-¿Quiere una taza de té, Señor Inglaterra?
-No, muchas gracias. Capitán, creo que lleva sangre en la frente.
-¡Oh, rayos, otra vez! –El capitán cogió un paño que tenía en la mesa de navegación y se lo colocó suavemente en la frente. –Discúlpeme, me he dado un buen golpe con el palo mayor y una astilla bien grande se me incrustó en la frente. No para de sangrar.
-Vaya, le ha tenido que doler. -Tomé asiento mientras esperaba que el capitán dejara de tratarse la herida. -¿Qué necesita de mí, capitán?
-Nada, señor Inglaterra. Sólo quería darle la bienvenida a mi barco y decirle que mis marines están a su servicio para lo que necesite. –Me contestó, sonriéndome de nuevo. –Quería presentarle mis respetos únicamente.
-Pues resulta que yo sí necesito que haga algo por mí.
-Dígame lo que quiera, estoy a su servicio.
-Mi partida a Francia no debe saberlo nadie, de hecho usted ni siquiera debería de saber que yo estaba aquí. Ha sido un error que estoy intentando remediar. Nadie en este barco ni fuera de él deberá saber que estoy yo aquí.
-Por supuesto, señor Inglaterra. Su secreto está a salvo conmigo.
No me fiaba ni un pelo. Había sufrido muchas traiciones a lo largo de mi vida, pero sabía qué debía de decir para que la gente hiciera lo que pedía.
-Por supuesto, si guarda usted bien el secreto, además de utilizar su barco cada vez que necesite ir a Francia, se verá usted recompensado. El país entero sabrá su nombre.
-¿Y cómo pretende conseguir eso, señor Inglaterra?
-Ya pensaré en algo. –En los ojos del capitán estaba el brillo de la codicia, podía verlo perfectamente. –No dude en mi palabra. Un inglés es un hombre de honor.
-Me fiaré de usted, señor Inglaterra. Sé que es usted un hombre de honor. La historia lo ha certificado con creces.
-"Bueno, menos en mi época de pirata…" –Recordé, pero no tenía intención de comentárselo al capitán. Lo último que me podía pasar era que desconfiara de mí. En vez de eso, dije:
-Usted diga su nombre y durante años los ingleses y todas las personas de este mundo lo reconocerán.
El capitán sonrió de nuevo. Se quitó su sombrero de capitán dejándome ver su pelo negro y desaliñado y la herida que tenía en su frente. Extrañamente, tenía forma de rayo…
-Me llamo Potter, señor. Harry Potter.
-No lo olvidaré.
Un inglés es un hombre de honor…
Año 1783
París
No sabía qué hacer. Tenía unas ganas horribles de tirarme por un puente y desaparecer, quería ahogarme en una botella de alcohol, quería romper cada cuadro de cada estúpido rey que había en el Palacio, quería tirarme del pelo de desesperación y sobre todo, quería salir de allí.
-Es tarde, señor. –Me dijo uno de los cinco mayordomos para intentar que yo no saliera a los jardines. –No le aconsejo que esté solo.
-Apártate, no es como si me fuera a escapar.
Pero en cuanto me dejó vía libre, cogí uno de los preciosos caballos de España-san y cabalgué a través de la oscuridad con la esperanza de que el caballo se rompiera una pata y me lanzara despedido por los aires. Bueno, siempre había querido volar…
Llegué a la ciudad a una hora en que sólo había prostitutas, borrachos y gatos callejeros en el exterior, pero yo no los veía. Yo no veía nada de lo que había alrededor, simplemente una oscuridad inmensa que me inundaba en mi interior y hacía que mis lágrimas, que hacía mil años que no las sentía, recorrieran mis mejillas como gotas de agua recorren un cristal, haciendo que el dolor de mi pecho se intensificara mil veces. Dos mil. Millones de veces. Jamás había sentido tanto dolor en mi vida y había sido muy larga. Larga y solitaria.
-"Y así seguiré por siempre…" –Me prometí a mi mismo mientras el caballo español recorría las calles empedradas a velocidad vertiginosa.
No sé cómo había llegado hasta el Palacio del Louvre, pero en cuanto lo vi de lejos me di cuenta de que aquél había sido mi destino desde que había salido del Palacio de Versalles como un animal herido. Dejé el caballo que descansara en los patios del Louvre y que lo recorriera como quisiera. La puerta estaba cerrada con un candado enorme, pero en la base tenía un agujero en el que un niño cabría sin problemas, así que entré y la oscuridad me engulló. Recorrí los pasillos con inseguridad, tocando las rugosas paredes intentando ubicarme, tropecé varias veces con los instrumentos que los maestros de la construcción habían dejado en el suelo. El ambiente era muy húmedo a pesar de que estábamos a finales de verano y olía a madera cortada y a masilla, cosa bastante rara en el Louvre, antes olía siempre a pato a la naranja, vino y quesos.
Allí era. Sus manos le habían llevado por buen lugar. Había entrado a una estancia muy alargada en la zona este del Palacio, llena de ventanas todavía sin cambiar, los maestros todavía no habían tocado esa estancia. La luz de la luna llena se filtraba por ellas así que me hacía ver que aquella estancia, que normalmente estaba llena de cuadros, tapices y comida por doquier; estaba completamente vacía.
Me acerqué a una de esas ventanas, la que estaba más al fondo.
Casi podía escuchar de nuevo la música, las conversaciones entre aristócratas, las risas, los halagos, los cumplidos, los suspiros de aburrimiento. Casi podía ver la sala completamente iluminada por las velas, la comida esparcida por las mesas de pino, los vestidos de las damas, los sombreros de los caballeros, los ojos de peligrosos de Francia persiguiéndome a todas partes… y a él.
América, en ese tiempo, ya había superado la etapa de la adolescencia y se había convertido en un joven bastante apuesto, algo más alto que yo y muy risueño. Miraba el patio con aburrimiento y observaba cómo los carruajes iban y venían dejando más y más nobles a la fiesta que había dado el rey.
-¿Cómo te encuentras? –Pregunté, poniéndome a su lado. -¿No te diviertes? Es tu primera fiesta, deberías de hablar con la gente. El rey quiere conocerte.
-Ya me conoce, lo que pasa es que está tan borracho que no se acuerda. –Me respondió él secamente. –Falta algo.
-¿Cómo?
-En el patio, falta algo. Es muy feo con sólo lleno de piedras. Debería de haber algo que lo adornara.
-¿Cómo qué? –Pregunté apoyándome en el alféizar.
-¡Una pirámide! –Me contestó alegremente. Yo suspiré, América siempre había estado obsesionado con las pirámides, le parecían la construcción más bonita del mundo. –De cristal. –Completó con una sonrisa.
-Deja de decir tonterías ¿cómo va a haber una pirámide de cristal en medio del patio? ¿Tú sabes lo grande que es eso?
-No hace falta que sea tan grande como las de Egipto, con un par de metros de alto sería suficiente. ¡Y con un ojo encima! Para que todo el pueblo sepa que lo están vigilando por si hacen algo malo.
Una piedra se despegó del alféizar en donde estaba apoyado, haciéndome dar un respingo y caer a su lado con la piedra en la mano.
-¿Estás bien, Iggy? –Me preguntó él, mirándome directamente a los ojos. –Será mejor que pongamos esto en su sitio. No le digamos nada a nadie, será nuestro secreto. –Y puso sus manos encima de las mías para poner el pedrusco en su sitio.
Fue entonces cuando lo supe. Me había enamorado de mi hermanito, de aquel niño con ojos azules, sonrisa sincera, abrazo cálido. Amaba sus locuras, sus pensamientos fantásticos, sus inventos extraños, su forma de hablar, su forma de estar callado, su forma de andar, de saludar, de despedirse. Todo en él era perfecto.
En eso estaba pensando cuando cogí la piedra de nuevo. Seguía suelta pero seguía pesando tanto como entonces. Para mi vergüenza eterna, la abracé, como esperando sentir el calor de América a través de ella.
-Así que ahí estabas. –Dijo él al entrar en la estancia.
Del susto se me cayó la piedra al suelo, y con suerte no me dio en un pie, pero estaba aterrado igual. ¿Qué hacía América allí? Debería de estar con el rey, riéndole sus bromas y contándole anécdotas como sólo él sabía hacer.
La verdad es que América presentaba un aspecto bastante lamentable. Se había despeinado mucho el pelo rubio, su camisa blanca se había rajado por completo haciéndome ver su torso desnudo y llevaba una bota suelta.
-Son cosas que pasan cuando intento pasar por el hueco minúsculo de la puerta. –Me explicó él. Ah, por eso tenía un aspecto tan horrible, porque había intentado entrar por el mismo hueco del que había entrado yo.
Iba a preguntarle cómo me había encontrado, pero al abrir la boca, me salieron otras palabras.
-Lárgate. No tengo nada que hablar contigo. –Le espeté, intentado devolver la piedra a su sitio con la mayor dignidad que pude reunir.
-¿Por qué has venido aquí, Iggy? –Me preguntó él.
-¡A ti qué te importa! Mañana firmaré tu Independencia, así que no tengo nada ver contigo.
-Tú mismo lo has dicho, mañana. Así que todavía puedo estar preocupado por ti, Iggy.
-¡No me llames así! Jamás vuelvas a llamarme así, traidor. –Le grité señalándole con el dedo acusador. No quería verle, no en esos instantes. Quería estar solo, como estaría a lo largo de toda mi vida a partir del día siguiente.
América retrocedió como si le hubiese dado un puñetazo (y la verdad, ganas no me faltaban) pero se recuperó rápidamente y en menos de un suspiro, se puso a mi lado y me cogió la mano.
-¿Crees que yo deseaba esto, Iggy?
-¡Suéltame! –Le dije asustado por su presencia. Pero él, en vez de soltarme, me apretó más fuerte.
-¿Crees que yo deseaba enfadarme contigo, Iggy, que me odiaras, que me despreciaras? ¿Crees que yo deseaba la guerra, ver morir a miles de americanos y matar a miles de ingleses?
-No quiero escucharte. No te estoy escuchando. –Susurré, pero no era verdad. Cada una de esas palabras era con un dardo en mi alma que me destrozaba en mil pedazos, ni siquiera le estaba mirando a los ojos, mi cara roja de vergüenza y rabia miraba al suelo.
-Yo sólo actué como una Nación, como debería de ser una Nación, como tú quisiste que fuera.
-¿Qué?
-"Una Nación vive por y para su pueblo. Una Nación tiene un deber con su pueblo. Una Nación cumple siempre las exigencias de su pueblo. Una Nación sirve al pueblo, tanto para lo bueno como para lo malo. Una Nación luchará por su pueblo hasta el final de sus días. La Nación y el pueblo serán siempre UNO."
-Los Seis Pilares de una Nación. –Aquellas palabras se las había enseñado yo. Se las había hecho repetir cien veces en cinco idiomas distintos y las había escrito hasta que le dolió la mano. No podía creer que me las estuviese repitiendo en esos momentos.
-Los Seis Pilares, sí. –América me apretó contra el cristal. La luz de la luna brillaba en su cara haciéndole parecer un ángel etéreo. –Mi pueblo… deseaba independizarse de ti. Yo… yo intenté calmarles, pero tus impuestos no paraban de subir y subir. Cuando sucedió lo del té en Boston*, yo me di cuenta que todo se me había escapado de las manos.
-Entonces ¿tú en realidad no querías Independizarte de mí? –Pregunté con voz temblorosa.
-¿Bromeas? Jamás me habría independizado de ti. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
-Entonces ¿por qué hiciste escribir el artículo once? –Pregunté, haciendo caso omiso a esas últimas palabras tan vergonzosas.
América dudó, apenas un segundo, antes de volver a hablar.
-Porque me había enamorado de ti. Y creía que, en cien años, a lo mejor olvidaba lo maravilloso que eras.
*Se refiere al Motín del Té de Boston, donde los americanos, como protesta a los excesivos impuestos que les pedían los americanos, tiraron al mar un cargamento entero de té procedente de Inglaterra.
