Capítulo 3: La boda
Una vez que se encontraron solos en la oficina, Hashirama decidió retomar los papeles que su hermano había dejado sin terminar de revisar sobre el escritorio, bastante cargado por cierto, por lo que supo que, si los documentos por firmar eran todos así de extensos, y durante el día seguro llegarían más, estarían allí haciendo papeleo hasta altas horas de las noche. Suspiró, no había comenzado y ya se encontraba cansado. Volteó a ver a su amigo, para ver qué era lo que lo mantenía tan entretenido como para no dignarse a ayudarlo, si quiera con organizar los papeles.
Encontró al moreno mirando detenidamente por la ventana de la oficina hacia el muro izquierdo de la Aldea que estaba construyéndose en ese momento.
—¿Logras ver algo interesante? —preguntó, intentando apilar los documentos por orden de importancia.
—No lo sé —respondió tajante—, quizá el hecho de que tu hermano y tu prometida estén supervisando juntos la construcción del muro te pueda llegar a parecer interesante —comentó significativamente—, para mí no lo es.
—¿Qué? —balbuceó alzando la vista hacia su mejor amigo y posteriormente yendo hacia donde él, para comprobar que realmente estuviera hablando de su hermano y la pelirroja.
—Parecen llevarse bien.
—Sí —respondió sorprendido. Sonrió—. Es sencillo llevarse bien con ella —comentó, feliz con que su mejor amiga y el albino pudieran entenderse.
El moreno rodó los ojos, parecía mentira que con los años que llevaba su mejor amigo fuera tan inocente, él en cambio, comprendía perfectamente que esa forma tan rápida de comenzar a llevarse bien con alguien no podía no significar nada. Inevitablemente, recordó una relación que comenzó de maravilla desde el primer momento y nunca más volvió a romperse y que, justamente por la conexión instantánea que significó, le servía de argumento para justificar su creencia; la de ellos mismos, su relación fue, contra todo pronóstico, buena y fluida desde un principio.
—Bueno —dijo Hashirama—, debemos volver a los papeles, hay mucho que hacer, mi hermano dejó aquí unos pergaminos que me gustaría que leyéramos juntos para poder...
—¿Y yo porqué? —interrumpió Madara, molesto—. Yo no soy el Hokage. —dijo tajante.
Su amigo suspiró resignado; otra vez habría una discusión sobre aquél tema.
—Yo no decidí tomar el mando de esta Aldea, el resto me eligió a mi —recordó.
—Tú lo aceptaste —reprochó con voz dura.
—Pero porque no podía luchar contra lo que querían todo el resto de las cabezas de los clanes —dijo, ya cansado de aquella conversación—. Entiendo que tu Clan está presionándote porque pareciera que han perdido poder político, pero...
—No parece, lo perdimos —aclaró molesto—. ¡Y lo hicimos de la mano de la decisión unánime de un montón de imbéciles que solo se llevan por prejuicios!
—Escucha, eso lo entiendo y por eso he tenido una idea, ya hablé con el resto y se creará un consejo en el cual tú serás la cabeza.
—¿Un consejo? —repitió elevando la voz—. ¿Un consejo en el que me sentaré a debatir con un montón de viejos estirados sobre asuntos de la Aldea y al final será inútil porque tú tendrás la última palabra? ¡Vaya idea de mierda!
Su amigo se le acercó, estaba cansado de escuchar por las noches sus quejidos, cansado de que todos los días sus ojeras parecían incrementarse, y sobre todo estaba harto de que el resto de los clanes no lo mirara con buenos ojos, mientras los exigentes miembros de su Clan lo tenían contra la espada y la pared por cada decisión que tomaba. Cuando estuvo de frente a él, no sabía si pedirle perdón —en realidad, no era su culpa— o rogarle que dejara de permitir que los demás lo debilitaran, pues eso era lo que querían.
—Madara, por favor —dijo, posando una mano en su hombro, con voz cansina, casi suplicando—, no te desquites conmigo, te juro que hago todo lo que puedo para no dejar que los demás shinobis sobrepasen a tu clan. —aseguró.
No podía expresarlo, ni verbal ni físicamente, pero cada vez que el Senju ponía una mano sobre él sentía la calma inyectarse y recorrerse en sus venas, dejando paz dentro suyo. Confiaba en él, lo que sea que estuviera ideando, saldría bien y estaba destinado completamente a que ni él ni su Clan sufrieran de ninguna manera.
—Este —Señaló hacia la ventana, donde se podía ver crecer una Aldea en base a la unidad—... Este es nuestro sueño. Nosotros lo ideamos, lo creamos y nosotros mismos seremos quienes lo lideren, pues nos lo merecemos —afirmó, tomando por los hombros a su mejor amigo—. Te prometo que no permitiré que nadie nos quite y derrumbe lo que es nuestro, porque ellos lo quieren para ejercer poder sobre otros, nosotros lo queremos por la paz. —dijo firmemente.
Madara, por primera vez en mucho tiempo, sintió alivio, uno que no podía ni iba a explicar. No se notaba, pero le agradecía al Senju todo lo que significaban sus palabras. Asintió.
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El resto del día, para el albino y la pelirroja, transcurrió bastante tranquilo, pues una vez se aceleró la construcción, el resto del desarrollo fue bastante favorable y sin pormenores, lo que les dio bastante tiempo como para conversar sobre la Aldea, lo placentero que era estar un mes seguido sin enfrentar una guerra, el hecho de que varias naciones pensaban copiar este mecanismo de Aldeas, también se habló un poco sobre política y diversos temas que hicieron ver en uno la sabiduría del otro. Se dieron cuenta de que se entendían muy fácilmente, que la conversación podía dispararse hacia cualquier cuestión y nunca dejaría de ser entretenida y amena.
Ya estaba atardeciendo cuando Tobirama sugirió que un shinobi la acompañara a Mito a su departamento, pues aún quedaban varias cosas por hacer pero si ella, de seguro cansada por el viaje y al estar con él desde horas tempranas, deseaba volver a su alojamiento, entonces mandaría a alguien a que la acompañara de vuelta. Ella aceptó, había sido un día interesante, pero extenuante.
—Muchas gracias por haberme invitado —dijo, cuando llegó el shinobi que la acompañaría—. Adiós. —saludó, haciendo una reverencia.
Él le devolvió el gesto y luego la vio partir.
Su hermano había tenido razón, se trataba de una mujer sensible e inteligente, como la había imagino todo ese tiempo que supo de su existencia. Ella resultó ser todo lo maravilloso que había escuchado sobre su persona y un poco más.
No pudo evitar pensar en que le hubiera gustado conocerla antes, como lo hizo Hashirama. Era más lamentable aún que ahora tuviera que casarse —con su hermano, para colmo de males—, porque para ser honestos siempre la había visto de una manera distinta a la que veía a otras mujeres, aunque nunca logró acercarse a ella, siempre estuvo viéndola. Pero en definitiva ya no había tiempo para lamentarse, ni para revertir nada de lo que tarde o temprano sucedería entre ella y su hermano.
Se dijo a sí mismo que debía dejar de lamentarse e ir a lo suyo, ser hermano del Hokage, hacer su trabajo en la Aldea y ya. «Es solo una mujer», pensó, intentando consolarse, como si ayudara de algo. Se dio cuenta de que sería más difícil de lo que había imagino el poder convivir por lo que sentía por esa mujer cuando estaba cerca de ella, pues aún no pasaba aquello que deseaba que no sucediera; la boda.
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Todos ese día en la Aldea despertaron con una alegría inusual, aquella que reflejaba la importancia del acontecimiento que tendría lugar ese mismo mediodía, acompañada de un sol brillante, muy contrastante a el desgano con el que convivieron los protagonistas del importante evento precisamente, los novios.
Mito ni si quiera quiso desayunar, casi no habló con las entusiasmadas shinobis que la ayudaron a prepararse para la boda y mucho menos reparó en el fastuoso vestido blanco que se había confeccionado para ella y que, en otras circunstancias, la hubiese subyugado. Mientras que su prometido había leído y firmado pergaminos con una dedicación excesiva y poco usual, como aquél que intenta evadir la realidad y el correr de las horas entre el papeleo y demás deberes, casi sin despegar la vista del escritorio.
Cuando llegó la hora, todos en Konoha se hallaban reunidos, entusiasmados con la que sería la primera boda oficial de la aldea, menos Madara, que se encerró en la oficina en silencio y con una mezcla de sensaciones negativas que le retorcían el estómago y que por poco le ocasionaron náuseas, tan difíciles de explicar como de ignorar, porque tenía clara la razón de su descompostura —la boda—, pero quería al menos dejar de pensar en ello dos segundos. Obviamente no lo logró, si apenas sus ojos vieron la luz de día, estos se nublaron con la idea de escuchar decir a su mejor amigo "acepto".
La segunda persona que no abandonó de inmediato la Torre Hokage para ver el fastuoso casamiento fue Tobirama, no porque no fuera a presenciarla, debía hacerlo por su hermano, pero la verdad era que realmente no se encontraba tan feliz por él como debiera, más bien aquél parecía un día especialmente tedioso y gris, en vez de uno de jolgorio.
Cuando finalmente se dignó a abandonar el edificio e ir al evento, no pudo evitar compadecerse de los novios, ambos con la sonrisa más forzada que había contemplado nunca, pero aún así admitió ante todo la belleza de su ahora cuñada, que se hacía más evidente con ese vestido blanco que casi no la dejaba caminar de la pesadez. Otra cosa que no pudo evitar, justo cuando los tímidos recién casados tuvieron que besarse frente a todos para complacer a la audiencia, fue agachar la cabeza, en un acto que dejaba entrever una sensación que desde hacía años no experimentaba; tristeza.
Inmediatamente luego de casarse, Hashirama tuvo que abandonar nuevamente a su esposa, ahora en la habitación matrimonial de la Torre Hokage, pero prometiendo que al día siguiente podría hacer un espacio en su ajustada agenda para enseñarle la Aldea o al menos tener la oportunidad de preguntarle como se sentía con todos aquellos acontecimientos.
Ahora Mito, ya nuevamente sola en una habitación, sin tener qué hacer ni donde ir, pudo llorar todo lo que necesitó para desahogar la tristeza y desesperanza que le producía estar atada a alguien de quien no se había enamorado, una atadura de la cual se esperaba fidelidad hasta la muerte, amor incondicional, descendencia y una larga lista de exigencias por parte de todo el resto de clanes que solo empeoraba su dolor.
Ya se había consumado el matrimonio, el que sería para toda la vida. Ahora, mientras se secaba las lágrimas e intentaba dejar de hipar, no pudo evitar pensar en qué haría para sobrellevarlo hasta morirse. ¿Y ahora qué? ¿Y ahora qué con su vida?
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