La muchacha luego de que saliera Adrien, había dado un último suspiro para después de unos minutos sacar la basura. Sin embargo nunca se imaginó que un hombre la estaría esperando. Uno que conocía bastante bien.
Él venia al mediodía. Siempre le coqueteaba y hacia comentarios impropios. Su padre lo frenaba siempre y cuando él llegaba. Tom se hacía cargo de atender el mostrador como llevar las órdenes.
Ninguno de la familia se imaginó que empecinamiento llegaría a este punto. Al punto de verse tomada a la fuerza por sus brazos y su boca tapada para acallar sus gritos. Hasta que al menos estuvieran más alejados de la panadería.
— ¡No! ¡Suéltenme! ¡No! ¡No! —Sentía un picor en sus ojos mientras forcejeaba y era llevada a rastros a un frio y sucio callejón— ¡No! ¡Por favor! ¡No!
Al llegar a una parte bien oscura. La empujo contra una pared, golpeándose duramente la espalda para caer sentada, mientras el hombre sonreía cínicamente.
— Ahora eres mía —Susurró en su oreja. Marinette se estremeció, comenzando a chillar y lanzar patadas. Él saco un cuchillo para intimidarla, pero ella por miedo no le importó y siguió luchando, por eso aun si por accidente el arma se clavó en su abdomen. Inmediatamente ella se contrajo y un hilo de sangre salió por su boca.
El muchacho quedÓ estupefacto. No quería matarla. Al darse cuenta lo que había hecho, huyo mientras Marinette tosía más sangre.
Unas lágrimas se deslizaron por sus ojos viendo solo oscuridad, aun si el foco de la vereda intentaba iluminar algo. Su vista le fallaba, nublado, borroso. Adrien que llegó un rato después. Se dio cuenta que llegó tarde y eso ya sabia antes de llegar hacia el callejón porque olía el olor de sangre. Ese tipo de sangre dulce, de una joven.
Aun así se acercó, en sus pasos silenciosos y la vio.
No era cualquier chica. Era Marinette.
Un reconocimiento provoco que se impresionara internamente. Veía el cuchillo clavado en su abdomen y la sangre manchando su delantal. Estaba muriendo y no podía hacer nada para salvarla. Dio unos pasos atrás cuando el olor de sangre le comenzó a molestar provocando que su estómago rugiera. No podía ser el que le robe el último aliento, alimentándose.
Cuando iba a huir. Su nombre pronunciado entrecortadamente lo detiene.
— A-Adrien —Tosió— N-no t-te vayas —Pidió mientras solloza— N-no q-quiero morir sola.
Ve sus ojos azules. Más brillantes, más hermosos. Él no se mueve, pero sabe que tiene que irse aunque fuera su última voluntad, no puede. El retrocede.
— N-no —Pronuncia Marinette alzando su mano. Adrien siente algo en la boca del estómago. Dolor.
Se acerca, impidiendo que sus colmillos sobresalgan. Que la ataque, pero la saliva de su boca se hace insoportable, sus ojos brillan de un verde más intenso y cuando se acerca lo suficiente para tomar su mano. Se le queda mirando su cuello, ese cuello blanquecino.
Hipnotizado sin poder apartar la mirada. El olor de sangre solo aumenta las ansias de alimentarse con ese líquido. Ya no era Adrien. Era Chat Noir.
Porque desde que ese imborrable suceso paso. Adrien se creó otra personalidad. El que bebe sangre y nada puede saciarlo es Chat Noir. El que no bebe sangre y le gusta lo dulce es Adrien.
Por eso en este momento en que esta hipnotizado con la sangre que ve y sobre todo el cuello de Marinette. Ese que está apunto de modelo ya que sus colmillos salieron. Es Chat Noir...
Y la muerde.
