Dos días más tarde, Austria se ajusta las gafas, se baja del carro arreglándose su uniforme de general del ejército mira hacia el cielo viendo la fachada del Palacio Eliseo donde está el gobierno de Francia. Le acompañan varios hombres, por supuesto mientras espera que vayan a recibirles.
Los soldados se mueven adentro, con sorpresa, y un par de minutos mas tarde una comitiva dirigida por un hombre con uniforme de mayor rango, se le acerca a Austria.
Austria, que ya se encuentra mejor de la vista, gracias por preguntar, les mira por encima de las gafas.
—Bonjour, le general —saluda con una inclinación de cabeza —, ¿sería tan amable de acompañarme?
Asiente suavemente y empieza a andar tras suyo apoyándose en un bastón por que esta un poco herido de la pierna izquierda y cojea.
—Mi general invita a sus hombres a tomar una copa en el salón azul —agrega el hombre mirándole mientras caminan.
Austria les mira e reojo sabiendo sobre la posibilidad del veneno y como de beneficioso seria para el desenlace de la guerra.
—Estarán muy agradecidos de aceptar durante la audiencia privada —responde.
El hombre le sonríe un poco y anda en silencio delante de el hasta detenerse frente a una enoooorme puerta. Vacila un instante, mirando el bastón.
Austria levanta la barbilla esperando a que le diga algo, como si no se hubiera dado cuenta.
—¿Me permite un segundo su bastón?
Austria se lo tiende sin reparo.
El hombre lo toma en sus manos y después de un instante se lo devuelve con un gesto de cabeza, haciendo una seña a los soldados que guardan la puerta para que la abran.
Austria se apoya nuevamente en el bastón esperando y mirando alrededor tranquilamente pero fijándose dónde está todo.
El soldado francés le hace pasar a una cámara enorme al tiempo que se recoloca las gafas y sigue sin perder detalle.
—Ah! Autriche! ¡Que gusto verte! —le recibe el francés, con una sonrisa enorme, vestido con los clásicos pantalones blancos y saco con cola
Austria le sostiene la mirada sin quitar su expresión neutra, escrutándole para comprobar si esta armado.
—Frankreich —saluda en casi un susurro haciendo un ligero gesto de cabeza con mucha menos pompa.
—Me pregunto exactamente qué es lo que te ha hecho venir a meterte en la boca del lobo —sonríe burlón.
—Lo dudo —responde cínico sin sonreír.
—Siéntate —le ofrece un lugar en el sofá que acepta gustoso por que le duele la pierna. El rubio nota el bastón, y un leve parpadeo al sentarse y sonríe satisfecho sentándose en el sillón individual.
—Mírate, en la cima del mundo —empieza el moreno mirándole. Francia se cruza de piernas y levanta la barbilla con soberbia a lo que Austria hace un movimiento similar inconscientemente con cierto cinismo y el francés sonríe.
—Es un placer verte —ronronea levantándose, camina hasta situarse donde no le ve y sirve dos copas de coñac.
—Supongo que lo es si disfrutas torturando a tus subordinados. Dime, ¿eras consciente desde el principio que no iba a funcionar o solo se trata de curiosidad morbosa?
—¿Tú qué crees? —pregunta volviendo y entregándole su copa en la mano.
—Que es patético —responde descaradamente, tomando la copa. Francia sonríe y se sienta en su sitio.
—Suisse no es precisamente uno de mis subordinados —aclara.
—No tengo ni idea de cómo consideres a un pobre pastor de cabras amargado y solitario ―se escusa por el termino con un poco de desprecio. Francia le mira a los ojos y sonríe de lado.
—Interesante definición la tuya.
—¿Te parece desacertada? ―levanta las cejas levemente sosteniéndole la mirada.
—Me parece engañosa —le da un trago a su copa. Austria sonríe de lado.
—¿Cómo se encuentra Spanien? —pregunta cambiando de tema aparentemente.
—Bien. Le Russie?
—Como un cencerro.
Francia se ríe estando de acuerdo.
—Patetique
—El caso es que alguien como tu.. —deja su copita sobre la mesa intacta—. Coronando el mundo en un creciente imperio ¿en compañía de un quesero sucio y torpe? La gente habla sobre rencor, ¿quién puede creer tan sibilina habladuría sobre el emperador?
—Autriche, mon amour... Suisse ya no es tan torpe, como creo que debes haberlo descubierto ya —se relame los labios y Austria se sonroja un poco sin poder evitarlo.
—Por mis comprobaciones lo es aún más que antes —asegura mirándole a los ojos. Francia se ríe un poco, bajito.
—Mírate, mintiendo como un simple bellaco —declara sosteniéndole la mirada
—En absoluto, pondría mi mano al fuego por que antes no hubiera fallado un blanco tan sencillo.
—Tú y yo sabemos bien que ni siquiera ha disparado.
—Más a mi favor para considerarlo como un completo inútil.
—No estoy seguro de que él esté tan feliz cuando sepa todas las cosas que le has llamado.
—No estoy seguro de porqué crees que me importa si está feliz. Solo he venido a decirte que parece ridículo que intentes esto solo por despecho por mi matrimonio con Spanien.
Francia curvea los labios hacia arriba levemente.
—¿Has venido aquí, a media guerra, arriesgando tu vida, dos días después de su... encuentro en el bosque, solo para indicarme que algo que hago te parece ridículo? —pregunta en tono de burla.
—Mírate, tus rizos rubios, tu voz suave, me parece a mi que puedes aspirar a algo mejor —sigue, acercándosele y levantando una mano para ponérsela en la mejilla con suavidad. Francia levanta las cejas sin fiarse ni un poquito, aunque sin quitarse.
—Algo mejor...
—¿Crees que puedas enseñarme a mi? —susurra acercándosele más.
—No te creo ni por un instante que después de estar doscientos años con Espagne necesites que te enseñe algo —sonríe y levanta una mano, tomándole de la barbilla.
Austria se humedece los labios.
—Aun así no es de Spanien de quien dicen ser el mejor ―sigue susurrando y Francia le acaricia la barbilla dirigiéndole hacia sus labios.
—¿Qué es lo que te propones, Autriche? —susurra de vuelta. Austria aprieta los ojos e intenta relajarse.
—¿A ti qué te parece? —pregunta nervioso. Francia le acaricia el pecho con suavidad con la otra mano, sabiendo muy bien que esta nervioso y Austria aguanta pensando que el francés es mucho más irresistible de lo que planeaba, pero es la mejor forma de que Suiza les odie a los dos y luche por su independencia.
—No confío en ti —le acaricia la mejilla y el cuello, jalándolo hacia él con suavidad y besándole la barbilla—, pero eres bastante atractivo... Y bastante Cabrón —sonríe besándole los labios.
Austria trata de besarle como si estuviera muy interesado en él, pensando en España y en que él opina eso mismo de Francia. El rubio se arriesga del todo, girándose hasta quedar sobre él, tratando de encontrarle el punto exacto para impresionarle lo más posible.
El moreno intenta resistirse olvidándose cada vez de que no debe hacerlo intentando no gemir, metiendo la mano en su bolsillo y Francia, que no confía en Austria ni un poquitín y que no es la primera vez que le intentan matar mientras alguien lo seduce, le detiene de la muñeca e intensifica el beso.
El austríaco pierde un poco más el sentido y el francés aprovecha para desamarrarle un poco los pantalones, aun en el beso, sin soltarle la muñeca.
El de las gafas se lo permite, siguiéndole mientras Francia le jala la muñeca para sacarle la mano del bolsillo y él lo hace dejando dentro el arma y esperando, por que aún es pronto para eso y si utiliza otra forma será más fácil que piensen que está siendo forzado a esto.
El Francés frunce el ceño y se separa un poco de sus labios, mirando de reojo la mano y aprovechando para desabotonarle al moreno la camisa
La mano está vacía y Austria respira agitadamente, levantando la mano y hundiéndosela en el pelo, atrayéndole hacia sí de la nuca. Francia entrecierra los ojos y se acerca al moreno, maldiciendo a España por haberle enseñado bien
—Algo me dice que esto va a salirme caro —susurra antes de besarle mientras el austríaco empieza a desnudarle acariciándole por el camino, claro y besándole de vuelta.
Y el francés hace lo mismo, aunque aun muy pendiente de las manos del austriaco... Sin poder evitar perderse un poquito. Austria le obliga a quitarse la camisa entera, no solo a abrirla acariciándole la espalda y lanzándola lejos al conseguirla.
Francia se separa un poco otra vez empezando a bajarle los pantalones con las dos manos mirándole a la cara con media sonrisa, escrutándole. El austríaco sigue tenso y sin sonreír con la respiración agitada.
El rubio le acaricia los muslos y las piernas. Austria las mueve, incomodo y Francia sonríe de lado, con burla. El moreno le sostiene la mirada sin sonreír.
—¿Estas bien? —pregunta parpadeando lentamente, sin dejar de acariciarle el abdomen ahora.
Sin que venga a cuento, el de la gafas da un grito lo bastante fuerte para que todo el palacio lo oiga esperando que se presenten ahí todos los guardias y sus hombres por que lo que quiere es que todo el mundo se entere.
Francia entrecierra los ojos y sonríe más aún, inclinando la cabeza. Los guardias de la puerta vacilan un poco, puesto que quien ha dado el grito no ha sido Francia.
—Esto tenía toda la pinta... —murmura el francés, tomándole de las regiones vitales.
Los hombres de Austria corren hacia allí haciendo todo el ruido posible por que de hecho si además Suiza esta ahí y les ve aun será aún peor.
El moreno sigue sosteniéndole la mirada aunque se estremece un poco.
Los soldados franceses intentan detener a los hombres de Austria y Suiza, que está trabajando un piso más abajo, levanta la cara y frunce el ceño, creyendo reconocer el timbre de voz.
—¿Tantas ganas tienes de destruirle, con todo lo que te quiere? —pregunta Francia lentamente, sin dejar de mover la mano sobre las regiones del austríaco.
—Creía que no era solo tu subordinado.
—No es precisamente mi subordinado —repite lo mismo que dijo un rato antes —, y no he dicho que a mi no me quiera, mucho más de lo que yo le quiero a él —se encoge de hombros.
—Entonces habla en plural —sonríe de lado y aprieta los ojos por un movimiento que el cabrón de Francia sabe hacer con su maestría única.
El rubio se agacha hacia adelante y le besa el cuello haciendo ademán de abrazarle, buscando su daguita entre los cojines del sillón.
—Yo no soy el que tiene una perpetua historia de amor con Suisse, mon cher —susurra.
Austria le agarra del pelo con fuerza separándole la cabeza de su cuello y besándole en los labios cuando las puertas se abren y todo el mundo se queda en silencio, he de decir que los soldados de Francia no especialmente sorprendidos, mientras Francia le corresponde el beso con fuerza y Austria le muerde con rabia.
Suiza, que era imposible que no subiera con el escándalo que estaban haciendo, mueve a los guardias y entra al salón con su rifle en la mano.
Ah, y Francia pega un grito de nena, llevándose una mano a los labios, mientras le coloca la cuchilla de la daguita en el cuello al austriaco.
Austria se separa empujando a Francia haciéndose un corte de propina mientras sus hombres se acercan a socorrerle para salir de ahí cuanto antes.
Suiza mira a Francia con rabia y odio, y luego a Austria con tristeza, recordando que hace no más de dos días... le había negado esto mismo en el bosque.
Austria cruza un instante su mirada con la del helvético antes de que le saquen corriendo intentando explicarle que fue ahí a reventarle la cara al francés y acabó haciendo un sacrificio de dama para quitarle algo mucho más importante.
Suiza aprieta los puños sin entender y esa misma noche se vuelve a su montaña a volverse un ermitaño.
Bueno, un poco fuerte, pero ahora sabemos cómo es que Francia siempre se quedará con las ganas de Austria... y cómo es que Austria nunca va a dejarle acercarsele a menos de un metro. Me encantan las escenas de ellos dos, hay siempre TANTA tensión.
