-¿Cómo estuvo su visita?- preguntó el mayordomo una vez arrancado a andar el auto.

-Bien, como una visita normal- contestó aburridamente el conde.

Luego de pasar toda la ciudad, entraron a un campo abierto en donde cada tanto se veía algún castillo. El paisaje estaba cubierto de nieve, pero con presencia de sol entre las nubes. Clima típico de Permafrost.

Al entrar en su castillo, Camus fue recibido por varias mucamas que entonaban las palabras de "Bienvenido devuelta, joven amo".

Era la hora de la cena, y el conde fue invitado a sentarse en un costado de una mesa gigantesca y larga, frente a su madre, una mujer de ojos muy claros que parecían diamantes, y con una sonrisa amplia que ansiaba charlar con su hijo. La mesa era de pino, con muchas decoraciones talladas a mano, pero no se dejaban ver por un lujoso mantel de seda que la cubría. Sobre ella se estaban posando varias clases de platos. Desde postres a sopas calientes. Los cubiertos eran de plata, con detalles muy bien elaborados, y en uno de los extremos de la mesa, se encontraba sentado seriamente el padre de Camus, un hombre igual de albino que su esposa e hijo.

El comedor era igual de enorme, las paredes eran de mármol de la mejor calidad. Al igual que el suelo. Estaba repleta de cuadros de distinguidos artistas, y atrás del asiento del padre de Camus, había una enorme chimenea que daba un calor acogedor. Al frente del pasillo, estaban las mucamas y el mayordomo Edgar, quienes sólo podían hablar o actuar cuando se necesitaba más comida o algo así.

Las cenas en Japón eran divertidas para Camus, aunque en ocasiones eran muy ruidosas. Entre los cuatro integrantes de Quartet Night se la pasaban hablando, aveces tiraban ideas para la letra de su nueva canción.

Las cenas con Quartet Night eran completamente lo opuesto que las cenas en Pernmafrost, con su familia. Generalmente eran silenciosas, sólo dejando escucharse los sonidos de los pequeños golpeteos de los platos contra los cubiertos. Cuando hablaban era sólo el padre de Camus hablando de negocios y su hijo respondiendo a sus preguntas, mientras que la madre de la familia guardaba silencio.

-¿Has ido a visitar a la princesa Rose?- finalmente el padre de Camus, tras preguntarle sobre sus negocios en Japón, hizo una pregunta que en este momento sí le importaba a su hijo.

-Sí- asintió secamente.

-Muy bien- se conformó su padre -Es muy importante que mantengas una buena relación con la princesa de Permafrost.

A Camus le enojaba, le enojaba mucho que su padre considerara a Rose sólo como la princesa de Permafrost, no como su prometida. Además él y Rose ya sabían que su padre la eligió como su prometida sólo porque ella era la princesa del país.

Pero Camus guardó silencio, apretó fuertemente la cuchara de plata, dejando que ese sentimiento lo consumiera lentamente, como siempre, como con los otros sentimientos que se guardó.

Ya era de noche, y el conde se encontraba sentado en su cama, apretando su puño. Hoy tampoco pudo decirlo, hoy tampoco pudo decir a Rose lo que sentía por ella.

Se acercó a la enorme ventana de su cuarto, mirando las constelaciones que llenaban el cielo helado.¿Cuánto tiempo pasará hasta que pueda decirle que la ama? ¿Qué pasa si nunca puede decírselo y Rose muere?.

De pronto alguien tocó la puerta, era la madre de Camus, que, como ya se dijo, era una mujer pasiva y comprendía realmente lo que pensaba su hijo.

-Hijo- se le acercó lentamente -Está bien que guardes tus sentimientos, pero debés en cuando está bueno que los sacaras para afuera. Si necesitas que te los escuche, allí estaré yo para escucharlos.

-Gracias madre, pero, ¿y si los sentimientos son buenos?- preguntó, obviamente sabía que la madre estaba hablando acerca de los sentimientos malos.

-Pues en ese caso debes armarte de valor y decirselos a la persona que le corresponden tus sentimientos- respondió sonriendo, ya sabía que se trataba de la prometida.


P.A: puse que Permafrost es un país, pero realmente no se si era un país o otra cosa (no me acuerdoo D:)