Capítulo 3: Una extraña alianza (parte 1)
1
Cuando abrí los ojos, lo primero que pasó por mi cabeza fue el nombre de Midori. Intenté levantarme, pero una punzada en el abdomen me lo impidió. A regañadientes me recosté de nuevo en la cama. Coloqué una mano en mi estómago y observé el lugar donde me encontraba, estaba en el hospital. Por un par de segundos me sentí confundido y hasta asustado, porque no lograba recordar qué era lo que había pasado. Sin embargo, unos minutos más tarde y luego de darle vueltas al mismo pensamiento, un par de imágenes en mi cabeza comenzaron a tener sentido. Apreté con desesperación las sábanas de la cama. Sintiendo como la furia e impotencia se iba apoderando de cada fibra de mi piel, con tan sólo recordar el maltrecho rostro de mi amiga.
Me contó que al salir del taller de cocina se había retirado a su casa, pero que en el camino se encontró con un sujeto que comenzó a seguirla. Ella intentó ignorarlo, pero como el tipo era tan instante a ella no le quedó de otra más que correr. Sin embargo, el sujeto la alcanzó y la golpeó en la sien, en donde, por supuesto, le quedó un gran moretón. Intentó volver a escapar, pero lo único que obtuvo fue que la volviera a golpear, esta vez en la mejilla, rompiéndole el labio. Antes de que pudiera hacer algo, la agarró del cabello y de una tajada se lo cortó con un cuchillo. Afortunadamente las cosas no pasaron a mayores, porque el presidente de nuestra clase, que casualmente pasaba por ahí, la ayudo.
Después fue el mismo presidente que la llevó a su casa y curó, porque Midori se reusó ir al hospital. Además, me dijo que había sido él, quien le había arreglado el cabello para que su hermano no se diera cuenta del tremendo moretón que llevaba en el rostro, pero como es lógico, éste se dio cuenta. Después no hay que ser muy inteligente para saber la razón por la que arremetió contra mí. Su frustración e impotencia simplemente se desbordaron hasta el punto de hacerme responsable a mí, indirectamente, de lo sucedido. Lo entiendo y no lo culpo, aunque no resuelve lo que sucedido.
Luego de que me terminara de explicar todo, le pregunté lo que habían dicho sus padres. Pero, lo que me respondió me dejó un amargo sabor de boca: su papá se encontraba en un viaje de negocios, y muy pocas veces lo veía, mientras que su mamá hacia algunos años que había muerto. Pensando que la había cagado al preguntar eso, decidí cerrar mi bocota y hablar de otra cosa, hasta que me quedé dormido.
Escuché como se abría lentamente la puerta y entraba mi mamá aún con esa mirada de consternación y preocupación que tanto me exasperaba. Me trataba como un niño chiquito ¡bah! Era desesperante que se comportara de esa forma tan sobre protectora por una pequeñez. Vale, que fue un milagro, según el doctor, no haber tenido una hemorragia interna u otras cosas peores y salir impune con un hermoso moretón en el abdomen y el dolor al estirarme demasiado. Aunque más que milagro, yo sabía que lo que me había salvado era la resistencia que había obtenido por mis años de entrenamiento, tal vez no me encontrara en las mejores condiciones, pero eso no significaba que esa cantidad de daño podía dañarme de forma grave. El dolor y el moretón bien podían solucionarse con un par de pastillas y una pomada, así que eso era algo que no me preocupaba.
— ¿Cómo estás mi niño? —susurró mi madre, cuando se percató que estaba despierto.
— Aburrido, pero bien —pasé una mano por mi frente y suspiré fastidiado —¿y Midori? —pregunté, volteando hacia el lado contrario a donde estaba ella.
— Se acaba de retirar.
Ella se quedó en silencio un momento y mi estómago dolió por la preocupación de saber que era muy probable que ya no se me permitiera convivir con Midori de nuevo por el incidente. Ellos estaban completamente en contra de que yo peleara por miedo a que me lastimaran, ahora imagínense qué sucedía si sabían que alguien me ponía un dedo encima, sí, se volvían como dos animales salvajes. Realmente estaba sorprendido que no se encontrara con el ceño fruncido y aventando pestes, porque cuando ellos se enojaban todo sentían su ira, sin importar de quién o quienes se traban.
— Mamá… —me atreví a pronunciar con delicadeza.
— Lo sé, cariño, ella no tiene la culpa.
Ese comentario me tomó por sorpresa. Vale que Midori pensaba que como ellos no le habían recriminado nada, la odiaban por lo que había pasado. Yo, obviamente, intenté convencerla de lo contrario, pero la verdad era que no sabía qué estaban pensando. Tanto podían tomarlo con calma, como podían mandarla por un tubo. Por eso, cuando la escuché pronunciar esas palabras, pude relajarme un poco, al menos pude respirar con normalidad.
— Entendemos perfectamente sus sentimientos, aunque discrepamos en sus acciones. No fue lo más inteligente, pero ya no hay nada más que hacer. Lo más importante en este momento es que tú estás bien.
— Mamá… —dije —Midori va a poder seguir viniendo a la casa, ¿verdad? —pregunté con cautela.
— Por supuesto hijo, es como la hija que nunca tuve —sonreí ante lo dicho.
— A mí también me hubiera gustado que ustedes tuvieran a una hija como ella —susurré, frunciendo el ceño.
— Naruto, —murmuró, acariciando mis cabellos —te tenemos a ti y con eso nos basta.
— Lo comprendo, mamá. Sé a lo que te refieres, pero… tú sabes… —cerré los ojos —. He cometido muchos errores desde que llegué a sus vidas, y a veces pienso que no fui la mejor elección.
— Cariño, no digas eso. Tú sabes perfectamente que a pesar de que no somos tus padres, te amamos desde el primer momento en que te vimos…
Giré el rostro y me encontré con su mirada perdida, cosa que me hizo sentir una fuerte punzada en el pecho.
— Todo es tan extraño mamá... no sé qué pensar a veces… —se me quebró ligeramente la voz.
— Sé que es difícil para ti hijo. Lo sé. Tu papá y yo hemos hablado del tema… —tomó aire —y decidimos que, si quieres saber sobre tu otra familia, nosotros te vamos a apoyar —sostuvo mi mano entre las suyas y la besó.
— Mamá… —sus palabras me dejaron helado.
Nunca tocamos este tema desde que me adoptaron, ya que siempre lo supe, sin mencionar que era doloroso para los tres abordar la situación como tal. Desde que tengo memoria ellos son mis padres y desde que yo entré en sus vidas, me convertí en su hijo. Las cosas eran así de sencillas y nunca nos complicamos la existencia pensando más allá de eso. Además, ¿cómo no amarlos, si ellos daban todo por mí? Nunca me había faltado una sonrisa cálida, un abrazo, un beso y palabras que llenaron mi corazón de vida. Si me preguntan eso es lo único que necesito para poder vivir una vida normal. Sí. El amor de mis padres.
Una vez, después de que me pidieron que dejara de pelear, hablamos sobre el tema de mi adopción y me explicaron que la razón por la que me habían adoptado era porque no podían tener hijos, pero nunca mencionaron nada sobre mi antigua familia. Pensaba que las personas del orfanato simplemente no les habían querido dar la información o si se las dieron ellos consideraron que aún no era tiempo para abordar el tema. Pero ahora ella, mi madre, porque así la consideraba, dejaba una puerta abierta para mí, invitándome a pasar si yo realmente lo deseaba. Diciéndome silenciosamente que cualquier cosa que yo quisiera saber, me la contarían, sin importar que fuera dolorosa para ellos.
Pero lo cierto era que no estaba interesado en saber nada de mi pasado, nunca lo estuve, al principio por miedo. Me aterraba enterarme de algo que no debía, sin embargo, ese pavor que sentía se fue convirtiendo en indiferencia, ya que siempre que pensaba en el tema, me imaginaba a mis progenitores teniendo una vida hecha y feliz sin mí. Así que no le veía el caso molestarlos con pequeñeces, como ir a buscarlos o intentar hablar con ellos.
Acaricié la mejilla de mi madre, al ver que una lágrima resbalaba lentamente por su bello rostro. Hacia un rato que me había quedado callado y ella respetaba mi silencio, esperando ansiosa una respuesta de mí parte; y no es que me costara tanto tomar una decisión, más bien, me tomó por sorpresa tremenda declaración.
— Helen… —la llamé por su nombre —. Eres mi madre. Tú y mi papá son mi única familia. Nada aparte de eso me importa.
Mi mamá no aguanto más y se echó a llorar como niña chiquita. Se acurrucó en mi pecho y yo la rodeé con mis brazos, acariciando sus largos cabellos rubios. Al alzar la mirada, me topé con la figura de mi padre, que se encontraba en el fondo de la habitación. Entre las sombras. Aun con la poca iluminación que había, fui capaz de ver su pequeña sonrisa, mientras pestañeaba un par de veces, para contener las lágrimas que se negaba a dejar bajar. Principalmente porque se trataba de un hombre orgulloso, demasiado a veces.
— Te amo, hijo —movió los labios sin hacer ningún sonido y sin poder evitarlo por más tiempo, sentí como mis mejillas se empezaban a empapar con mis lágrimas que no dejaban de caer.
— Y yo a ti, papá —le respondí en silencio, moviendo mis labios. Sonreí como pude, a un llorando con una felicidad que me ahogaba, pero que me hacía sentir pleno.
2
Las cosas, como era de esperase, siguieron su curso. Después de estar todo un día en el hospital, tuve que faltar otro a petición de mi mamá. Por ello Midori fue a visitarme después de la escuela, trayendo consigo un pastel para que me recuperara pronto, según ella, era la mejor medicina que podía tomar. Cuando llegó a la casa, mis padres la volvieron a tratar como siempre: Midori esto, Midori aquello, que lindo corte Midori, bla… bla… bla…, y ella no pudo evitar echarse a llorar, porque no podía creer que ellos hubieran hecho borrón y cuenta nueva. Al principio todos nos quedamos callados, pero luego de que ella se inclinara y diera las gracias una y mil veces, mi mamá la abrazó, mientras que papá le acarició la cabeza, diciéndole que siempre sería bienvenida en nuestra casa.
Después de ese acontecimiento. Nos la pasamos charlando y tonteando todo el rato, riéndonos a carcajadas por cualquier cosa que yo o ella decía, hasta que empezó a oscurecer. Mi mamá se ofreció a llevarla a su casa en el auto y yo las acompañe. El transcurso en el coche fue silencioso.
3
Así, llegamos al lunes de nuevo. Ese día en especial, recuerdo que todo estaba igual que siempre: las clases tediosas y algunas aburridas; otras más interesantes, mientras que de vez en cuando le pasaba papelitos a Midori sobre algunas cosas triviales que había visto en la televisión y ella se emocionaba. La única novedad fue que mi amiga había ganado popularidad con el nuevo corte de cabello, pero como estaba siempre pegada a mí, nadie se le acercaba. Los hombres se las ingeniaron para hacerle llegar sus sentimientos por medio de cartas o regalos, realmente me sorprendía su ingenio por conquistar la, pero para ella no era suficiente, porque cada uno de los obsequios y cartas iban a parar al bote de la basura.
Recuerdo que le pregunté que por qué hacía eso, ella simplemente me respondió que no le interesaban los hombres. Esa respuesta me dio mucho en que pensar, pero decidí dejarla pasar. No me era creíble que Midori fuera lesbiana, no por que estuviera mal, para nada, es sólo que se me hacía extraño, ya que la observé un tiempo para ver si miraba a alguna chica de forma diferente o no sé…, pero me percaté que tampoco miraba a las mujeres de una forma peculiar. Lo que me hizo llegar a la conclusión de que tal vez no le interesara tener un noviazgo, aún.
Estaba tan entrado en mis pensamientos que me sobresalté al escuchar el timbre del desayuno. Miré la pizarra con fastidio, al percatarme que la profesora había colocado apuntes, que se supondría debía de haber anotado, pero que por andar de distraído pasé por alto. Sin darle mayor importancia de la que ameritaba, me volteé hasta donde se encontraba Midori y le pedí que me prestara su cuaderno para llevármelo a mi casa y de esa forma hacer lo que fuera que estábamos haciendo. Ella me dio su cuaderno con una enorme sonrisa en su rostro, parándose de su lugar y avisándome que se adelantaría a la azotea, que me apresurara a ir por el desayuno de los dos. Asentí, tomando mi mochila y guardando los cuadernos.
Después de tomar mi cartera y dejar mis cosas en mi asiento, me puse de pie, percatándome que los únicos que quedaban en el salón era el presidente de la clase y yo. Observé su espalda un momento, recordando lo que me había contado Midori, sobre cómo él la había ayudado contra su agresor. Dude, antes de acercarme para agradecerle por salvar a mi amiga. Caminé hacia enfrete, pero antes de que pudiera llamarlo, él ya había dejado de limpiar el pizarrón, volteandome a ver.
— Este…
— Satsyu —dijo, sonriendo al darse cuenta de mi atolondramiento — Sí, lo has repetido muchas veces: no eres bueno para los nombres.
— Ehh, sí —sonreí, apenado y metiendo mis manos en el pantalón.
— ¿Qué pasa? —me preguntó borrando la sonrisa y poniéndose más serio de lo normal.
— Amm… sólo quería darte las gracias por a ver ayudado a Midori con ese loco —dije mirándolo a los ojos y percatándome como fruncía el ceño.
— ¿Cómo? —dijo él, alzando una ceja —¿Qué loco?
— Emm… el jueves, yo no la pude acompañar a su casa, y me dijo que un loco la había atacado, pero que, gracias a Dios, apareciste tú y la ayudaste.
Con cada palabra que decía me sentía como un idiota. Algo no estaba bien, pues el presidente de la clase me estaba mirando como si tuviera monos en la cara o si yo fuera el loco, por estar diciendo todos esos disparates. Me llevé la mano a la nuca, confundido, pero sin apartar mis ojos de los de él, me atreví a preguntar:
— ¿Es mentira?
Él dudo, pero con un suspiró respondió:
— No, sí la ayude, pero no de un loco —miró a la puerta —. De esto quería hablar contigo a solas, pero no había tenido la oportunidad, porque he estado ocupado con algunos asuntos, pensé hasta hablarte por teléfono, pero creí más conveniente discutir esto en persona —contestó, confundiéndome aún más de lo que ya estaba —. No pensé que Zatsumi te mintiera de esa forma, bueno en parte sí, por lo impulsivo que eres.
— ¿Mentirme en qué? —pregunté, cortante.
— Quien la ataco no fue ningún loco, fueron nuestras compañeras.
Por un segundo me quedé en blanco, antes que abrir los ojos y exclamar con el ceño fruncido y los labios apretados:
— ¡¿Qué?!
— Ellas fueron las que le cortaron el cabello y le pegaron —murmuró —¿No te das cuenta, Uzumaki? —me miró a los ojos —. Ellas la han estado acosando, ¿por qué crees que siempre anda con raspones, moretones y cortadas?
— ¿Pero… por qué? —dije sin aire y sintiendo como se me estrujaba el estómago.
— ¿Cómo que por qué? —alzó una ceja —¿No es evidente? Ellas están celosas de que Midori tenga toda tu atención… de que sea tu novia.
— Pero ella no es mi novia, es sólo mi amiga.
¿Cómo era posible tanto rencor por parte de unas mocosas?
— Sí. Lo sé. Me lo dijo —bajó la mirada—, pero ellas lo creen y van a seguir haciendo de todo, para que se aparte del camino.
— ¿Están locas o qué…? ¿Cómo pueden hacer semejante atrocidad…? Y sólo porque está conmigo —dije, con la bilis quemándome la garganta.
— Así son las cosas aquí, para mí desgracia. No todas son así, pero si la mayoría. Te recomendaría que vigilaras a Zatsumi. Sólo la atacan cuando tú no estás cerca. Cuídala- me recomendó antes de salir del salón.
Me quedé un segundo analizando toda la situación, mientras mis puños se apretaban y abrían intentando contener el odio que estaba sintiendo. Mi mente se quedó en blanco por un tiempo indefinido, pero al despertar recordé abruptamente las palabras del presidente el salón. Me pasé una mano por mi cabello y decidí dirigirme directamente a hablar con Midori sobre lo que estaba sucediendo, sin embargo, antes de poder llegar hasta las escaleras que conducían a la azotea, escuché un grito. Era la voz de Midori. Un mal presentimiento recorrió todo mi cuerpo y sin pensármelo dos veces, salí corriendo. Cuando llegué al pasillo en donde se encontraban las escaleras y me detuve en seco. En el suelo se encontraba Midori, inconsciente.
La miré como si fuera alguna especie de pesadilla bizarra. Sin embargo, cuando di el primer paso, fui consciente de que se trataba de una situación real y mi amiga en verdad se encontraba en el piso, inconsciente y son sus miembros torcidos. Corrí en el mismo instante en que salí de mi estupor. Me acerqué a ella, y sin perder tiempo, y con cuidado de no moverla más de la cuenta, coloqué mis dedos en su muñeca para tomar su pulso. Al sentir como su corazón bombeaba sangre con fuerza, me tranquilice, momentáneamente. Saqué mi celular, marcándole a la única persona a la que le confiaría la vida de mi amiga.
— ¿Naruto? ¿Pasó algo?
— Papá, necesito tu ayuda, marca a un hospital. Es urgente. Midori se cayó de las escaleras.
— ¡¿Qué?! ¡¿Cómo?!
— ¡Papá! —grité— Por favor, rápido. Me preocupa que pueda ser algo grave, esta inconsciente.
— Enseguida, hijo —me colgó y yo dejé el celular a un lado, enfocando toda mi atención en mi amiga.
— Midori, Midori… —intenté despertarla sin tocarla, no sabía dónde se había pegado y un mal movimiento podía perjudicarla—. Vamos nena, abre los ojos. Ya le pedí ayuda a mi papá, no tarda en venir con una ambulancia, pero por favor, abre los ojos. —le acaricié el cabello despacio— Lo siento, debí darme cuenta de lo que estaba pasando, por Dios, sabía que algo no encajaba con lo que decías, pero te escuchabas tan temerosas de tus propias palabras que te creí. Debí insistir más —susurré–. ¡Maldición! —apreté los labios y mi puño con desesperación. Me sentí tan impotente en ese momento, por no poder hacer nada para ayudarla y más, por tener que esperar a que la ambulancia llegara.
¿Cómo era posible que hubiera pasado por todo esto sin decir nada y sin quejarse, guardándoselo, sonriéndome todos los días, como si todo estuviera de maravilla? Lo que más rabia me daba, era que por un motivo tan estúpido ella saliera lastimada, porque estoy completamente seguro de que esto no es un simple accidente y cuando sepa quién lo hizo lo va a pagar una y mil veces. Esas perras no saben con quién se metieron.
— Uzu… —escuché susurrar a Midori, cosa que me alivio.
— Tranquila, Midori. Todo va a estar bien. Ya viene mi papá con la ambulancia, no tarda en llegar.
— Me duele el brazo y la cabeza —se quejó. Se quería mover, pero yo se lo impedí.
— No te muevas, espera a que lleguen.
— Estoy bien —sonrió dulcemente, tratando de ocultarme el dolor que se reflejaba en sus pupilas.
Por poco me echo a llorar, sino fuera porque escuché la ambulancia acercándose y mi celular sonando que logré tranquilizarme y mantener la cabeza fría a pesar de la situación.
— ¿Dónde estás? Ya casi llega la ambulancia, hijo. Estoy afuera de tu escuela.
— Estamos en el tercer piso. En el primer edificio que está cerca de la reja— dije con la voz ronca—. Caminen derecho y después doblan a la derecha, toma las escaleras hasta el tercer piso, después te vas todo derecho, doblas a la izquierda, hasta el fondo. Midori ya recupero la conciencia.
— Eso es una buena señal. En unos momentos llego. Cuídala, campeón.
— No lo dudes.
— Uzu… —volvió a llamarme Midori, mirándome con sus ojitos suplicantes—. Estoy bien, en serio. Me tropecé y me caí. Soy demasiado torpe —intentó reírse, pero hizo un gesto de dolor y desecho la idea.
— Midori, sabía que no tenía que alejarme de ti por mucho tiempo, mira lo que te paso y todo por mi culpa.
— No es tu culpa, es la mía por no fijarme por donde ir —cerró los ojos un momento y pensé que se había vuelto a desmayar.
— Mi…
— Dios mío, Kei se va a volver a cabrear… no te preocupes, esta vez lo detengo, no dejare que te golpe… lo prometo… —sonrió de nuevo respirando pausadamente.
— Ya viene la ayuda. No pienses tonterías.
Todo fue rápido, los paramédicos llegaron, la voltearon y pude comprobar con horror que tenía el brazo izquierdo torcido en un ángulo que no era posible y en la cabeza un corte, del cual emanaba sangre. Lo bueno es que no me di cuenta en un principio, porque creo que me hubiera puesto más histérico. Mi papá tenía una mano apoyada en mi hombro, mientras veíamos como le aplicaban los primeros auxilios.
4
El golpe en la cabeza no fue demasiado grave, pero el corte en su frente necesitó de cuatro puntadas. Además de que sufrió una contusión en el cuello por la caída, por lo que le colocaron un collarín, mientras que su brazo se dislocó y fracturó. Según el doctor las heridas de Midori no eran graves, pero verla con la venda en la cabeza, el labio roto, el ojo aún morado, su brazo pegado a su cuerpo y con el yeso; no daba una imagen muy tranquilizadora. Creo que parecía más preocupado yo, que ella misma, porque solo sonreía a todo lo que le decían, mirándome y tratando de calmarme con la mirada y si le preocupaba algo, era el hecho de que su hermano se enterara de lo sucedido.
Claro, que nos dieron todo este tipo de información porque mi padre mintió diciendo ser su tío. Midori no nos contradijo ni protestó, simplemente guardó silencio cuando yo le expliqué la situación. Su actitud era tan calmada e incluso sonriente que me resultó sumamente extraño. Cuando mi papá entró a la habitación, Midori se disculpó por todas las molestias causadas. Mi padre sólo sonrió, acercándose y colocando con mucho cuidado su mano en la cabeza de mi amiga, diciéndole que no tenía nada de qué preocuparse.
Unos minutos más tarde entró una enfermera para revisar sus signos vitales, inyectó unos analgésicos en la intravenosa y Midori comenzó a adormecerse, se veía cansada. ¿Y quién no se sentiría así después de ser acosada, amenazada, golpeada y, como la cereza del puto pastel, empujada por las escaleras? La miré quedarse dormida, antes de que mi papá y yo saliéramos de la habitación, mi mamá llegó prácticamente en ese instante. Entre susurros nos atacó con preguntas y exclamaciones que eran propias de ella. Se veía sumamente preocupada, intentando saber todos los pormenores tan rápido como le era posible y, cuando estuvo más tranquila, me preguntó cuándo llegarían sus padres. Le expliqué la situación de Midori, agregando que estaba saliendo para marcarle a su hermano, porque no estaba muy seguro si sabía sobre lo que había sucedido.
Caminé despacio por el amplio y bonito jardín. Mirando de vez en cuando a los pacientes que sacaban a pasear y a tomar aire fresco. Luego de mi pequeña caminata, me encontré una banca, me senté, saqué mi cajetilla de cigarros y mi encendedor. Prendí mi cigarrillo calando fuerte y soltando el aire. Miré el celular que le había quitado a Midori cuando le realizaron la radiografía, sin saber exactamente qué iba a decirle a Kei. Sabía que sin importar cómo le informara las cosas él se volvería loco. Lo entendía, pero eso no ayudaba a hacer más llevaderas las cosas. Cerré unos segundos los ojos y piqué el botón de llamar sin tener nada en claro aún, pero a pesar del tiempo que esperé del otro lado nunca contestaron. Le marqué una y otra vez sin detenerme comenzando a enojarme. Al final le mandé un mensaje diciendo que necesitaba hablar con él. Pasó alrededor de una hora cuando el celular de Midori comenzó a sonar.
— ¿Qué pasó Midori?
La voz de Kei sonaba cansada, pero no parecía para nada preocupada ni urgente a pesar de todas las llamadas que había hecho. Eso terminó por enfurecerme y darme el coraje que me faltaba para decirle cuál era la situación.
— No soy Midori, soy Uzumaki.
— ¿Por qué me estás marcando desde el celular de mi hermana y dónde está ella? Ya debería estar en la casa.
— Si hubieras contestado desde un principio tu puto celular ya sabrías que ella tuvo un accidente en la escuela, se cayó de las escaleras. En este momento está en el hospital Sanno. Ven ya mismo y deja de perder el maldito tiempo, tu hermana te necesita.
Colgué, le mandé un mensaje con la dirección exacta porque no sabía si existía otro hospital con el mismo nombre en la ciudad. Me encaminé a la entrada del hospital aún con el ceño fruncido y echando pestes, mientras masticaba un chicle. Unos minutos después vi a Kei bajarse de un taxi. Se veía visiblemente alterado y cuando se acercó a mí pude sentir su odio exteriorizarse hacia mi persona.
— ¿Ahora qué diablos pasó? — me preguntó, cuando estuvo frente a mí.
Le conté lo que me dijo el presidente de mi clase y lo que había pasado en la escuela. Él escuchó en silencio. Al terminar me pidió que lo llevara a la habitación. Mis padres que estaban dentro se levantaron al verlo. Su expresión antes amenazadora se relajó al punto de parecer otra persona. Se inclinó ante mis papás agradeciéndoles por todo y disculpándose por golpearme. La educación con la hablaba al igual que sus expresiones fue perfecta. Incluso logró que me tranquilizara y empatizará con su sentir. Era un maldito manipulador.
Midori, quien hasta el momento se había dormido despertó y al ver a Kei se echó a llorar, sin parar de disculparse. Él la abrazó suavemente. La escena fue especialmente conmovedora e intima. Mis padres y yo salimos de la habitación dándoles algo de privacidad. Mi papá aprovechó para decirme que tenía que irse, necesitaba regresar a la oficina, por su parte, mi mamá me dijo que lo acompañaría al auto y de paso compraría algo para comer para todos. A los pocos minutos Kei salió de la habitación, pidiéndome que pasara que los tres necesitábamos hablar.
— ¿Qué diablos pasa contigo Midori? ¿Cómo permitiste que las cosas llegaran a este punto? Si hubieras hablado conmigo pudimos haber hecho algo para detener a esas zorras…
— No pretendo ser el centro de tu atención, no tienes que cuidar de mí cada maldito minuto. Ya no soy una niña — lo interrumpió, mirándome a mí y después a su hermano —, aunque tampoco pensé que las cosas llegarían a este punto— admitió frustrada —. Si hubiera sabido que esas perras pensaban tirarme de las escaleras habría destrozado sus malditos rostros desde el principio, pero no. No soy una maldita vidente.
— Ellas te golpearon, humillaron y cortaron tu cabello. Creo que esa debió ser una advertencia suficientemente fuerte para saber que podían ir más allá. En cambio nos mentiste a la cara —intervine. No quería más escusas.
— No sé si te lo mencioné con anterioridad pero mi primer año de secundaria lo cursé en una escuela exclusivamente de señoritas. La razón por la que me cambiaron fue por que golpeé a un grupo de niñas que no dejaba de acosarme. Me demandaron por agresión y otras cosas. Al final gané el juicio al exponer el maltrato físico y psicológico por el que pasé durante ese año —respiró profundamente —. No quiero causar más problemas a papá, tampoco pienso dejar de lado mi amistad contigo Uzumaki ni mucho menos que esas perras loca sigan atentando contra mi vida. Me voy a vengar. No sé cómo pero lo haré.
— Tres cabezas piensan mejor que una —apunté, sonriendo de lado.
— Entonces acabemos con ellas —concordó Kei.
5
— Es una lástima que tu hermano no haya podido cenar con nosotros —dijo mi mamá a Midori, acabamos de salir del hospital.
— Sí, pero Kei aún se siente algo avergonzado con ustedes por lo que le hizo a Uzumaki.
— No tiene por qué. Todo fue un gran malentendido y Naruto ya está bien. Dile que no tiene que preocuparse y que siempre que él quiera es bienvenido en nuestra casa —apuntó mi mamá. Al parecer había olvidado excesivamente rápido que me había golpeado hasta dejarme en el hospital, cosa que me resultó increíblemente curiosa
— Gracias. Usted es muy amable señora Helen.
6
Llegamos a la casa y mamá nos mandó a mi cuarto a descansar mientras ella preparaba la cena. Nos dirigimos al balcón para tomar un poco de aire, pero justamente cuando salimos nos encontramos de frente con el idiota de mi vecino. Al parecer ya se iba, porque estaba de pie mirando hacia la puerta de su casa, pero volteó ligeramente cuando salimos entre risa y risa. No podía creer que tuviera tan mala suerte.
— Buenas noches —saludó él, dándose la vuelta completamente —. Ha sido un tiempo.
— Sí, uno muy largo —susurró Midori en un tono pausado, apretando los labios suavemente.
Sección de dudas:
1.- Tiempo transcurrido del 27 de Septiembre al 1 de Octubre
