Akane volvió a alisarse el kimono y miró a su hermano. A pesar de tenerlo justo enfrente, no les estaba permitido hablar durante la cena. Definitivamente, odiaba las cenas con protocolo. Normalmente Gaara y ella cenaban juntos en su habitación o, si hacía buen tiempo, en el tejado viendo las estrellas. Sin embargo, hoy tenían que aparentar ser una familia unida y como tal debían cenar juntos en presencia del Hokage.

En una esquina de la mesa se encontraba Rasa con Temari a su derecha y Kankurō a su izquierda por ser los mayores. Por ser la menor de todos, a ella le había tocado sentarse al lado de Kankurō mientras que a Gaara le había tocado sentarse junto a Temari. En la otra esquina de la mesa se encontraba el Hokage junto a los ninjas de la aldea de la Hoja que le acompañaban y, entre ambos, se encontraban varios ninjas de la Arena.

La cena había transcurrido sin incidentes por lo que Akane, aburrida, se dedicó a observar a los comensales. El Hokage era bastante mayor y, a diferencia de su padre, parecía ser realmente amable. Todos sus ninjas lo trataban con respeto y no parecía ser tan estricto con las jerarquías como su padre ya que a su derecha se encontraba el Jōnin de pelo blanco y a su izquierda el Chūnin de la cicatriz. Se suponía que ahí deberían sentarse o los hijos del Kage o los miembros de ANBU que le acompañasen. De hecho, Akane había podido percibir una mueca de desprecio por parte de su padre al ver como ellos se sentaban a los lados del Kage mientras los miembros de ANBU se sentaban mezclados con los demás ninjas.

Tan ensimismada se encontraba la joven en sus pensamientos que no se dio cuenta de que le habían servido ya el postre y, sin mirar lo que hacía, estiró el brazo para coger su vaso y beber un poco de agua, golpeando sin querer la copa de helado con el brazo tirándola al suelo.

Todas las conversaciones se detuvieron al oír el cristal romperse y, aunque el Hokage se apresuró en reanudar las conversaciones para distraer la atención de los demás de ella, Akane sintió como la mirada de su padre la taladraba. Estaba segura de que acababa de volver a meterse en un buen lío.


Gaara deambulaba por sus pasillos en busca de su hermana. No la había vuelto a ver desde la cena y le parecía muy extraño. Conociéndola, tendría mil historias que contarle sobre los ninjas de la Hoja y estaría deseosa de hablar con él así que, ¿donde se había metido?

Estaba a punto de darse por vencido cuando, al pasar cerca del pasillo que conducía al despacho de su padre, escuchó a Rasa gritar. ¿Quien sería el desafortunado esta vez? Iba a darse media vuelta cuando recordó el incidente del postre y temió que fuese Akane la que estuviese allí con él. Enseguida sus sospechas fueron confirmadas.

—¡Mírame cuando te hablo! ¡¿Quién demonios te crees que eres?! Tu y ese monstruo que tienes por hermano me tenéis harto. Lo único que sabéis hacer es causar problemas desde que nacisteis. ¿Aunque que podría esperarse de vosotros? ¡Matasteis a vuestra madre!

Gaara se detuvo junto a la puerta al escuchar la ultima afirmación. Sentía un nudo en la garganta y los ojos llorosos. Ni él ni Akane habían pedido nacer, no era justo que se les acusase por ello.

—Me has avergonzado delante del Hokage, niña. Estoy cansado de tus impertinencias. ¡Voy a encargarme de que me respetes! ¡Ven aquí!

'No, no, no'. El corazón de Gaara comenzó a latir con fuerza haciendo que le doliese el pecho. Sentía la boca seca y las manos congeladas. ¿Qué iba a hacerle su padre a Akane? ¿Por qué tenía esa sensación de ahogo? ¿Acaso eso era el miedo?

Gaara supuso que sí, que lo que estaba sintiendo en esos momentos tenía que ser miedo. Miedo por lo que le pudiese pasar a su hermana. Era la primera vez que experimentaba esa sensación y su cuerpo no parecía responderle.

—Ya sabes lo que pasa cuando me desobedeces, Akane— añadió el Kazekage.

Un fuerte chasquido hizo reaccionar a Gaara. EL pelirrojo abrió la puerta y vio a Akane llorando en el suelo mientras a su espalda Rasa sostenía un látigo de arena dorada. Una gran línea roja recorría la espalda de la pequeña.

Gaara comenzó a temblar de rabia e impotencia. Rasa había pegado a su hermana. Akane estaba sangrando y a él no parecía preocuparle haber herido a su hija. Akane. Akane, la que siempre tenía buenas palabras para él, la que nunca le dejaba solo, la que había dejado de lado a sus amigos porque no querían acercarse a él. Akane, la que no le veía con un monstruo, la que pasaba el día con él y siempre trataba de hacerle sonreir. Akane, la persona que lo era todo para él.

«Protégela» susurró el Shukaku agitándose en su interior.

«Vamos, muchacho. Solo tienes que dejarme salir»

El pelirrojo dudó por un momento. Tenía miedo de que el Shukaku hiriese también a Akane. Sin embargo, al ver como su padre, que aún no se había percatado de su presencia, se disponía a golpearla de nuevo, dejó de resistirse.

El Shukaku sonrió.


Akane levantó la vista al escuchar un gruñido. ¿Qué hacía Gaara ahí?

—¡Ni se te ocurra tocar a mi hermana!— exclamó Gaara con voz gutural a la vez que un chorro de arena salía de su brazo y apresaba la mano de su padre.

Akane abrió los ojos asustada. El brazo de Gaara no era su brazo. En su lugar había una especie de brazo gigantesco de arena cubierto con unas extrañas marcas. Y eso no era todo. Parte de la cara de Gaara estaba cubierta por tierra y uno de sus ojos se había vuelto negro.

'Eso es... ¿Gaara?' se preguntó la joven observando los colmillos que habían sustituido los dientes de su hermano. Ese monstruo que iba tomando forma ante sus ojos tenía que ser el Shukaku.

—¿G-Gaara?— preguntó temerosa.

El pelirrojo no contestó, seguía mirando con odio a su padre que observaba a su hijo aterrado. El Shukaku sonrió macabramente al ver la expresión de Rasa y se relamió. En cuanto el niño le dejase salir por completo, iba a matar al Kazekage.

La tensión en el ambiente era palpable.

Así permanecieron un par de minutos hasta que Akane decidió poner fin a la situación. Aunque le gustaría no tener que aguantar más a su padre, la pequeña era consciente de que no podían matar al Kazekage. Adolorida, se incorporó lentamente y se dirigió hacia su hermano. A pesar de que su apariencia daba miedo, seguía siendo Gaara y Akane sabía que él nunca le haría daño.

Gaara vio como su hermana se acercaba a él y le cogía de la mano.

—Déjale ir Nii-san— susurró para que solo él la escuchase.

—¿N-no me tienes miedo?— preguntó el pelirrojo con preocupación. Era consciente de que ahora sí que parecía el monstruo que todos afirmaban que era. Sin embargo, en vez de responderle, Akane le abrazó y Gaara suspiró aliviado.

Tras soltar a su padre, Gaara envolvió a la pequeña con cuidado en sus brazos, procurando dejar algo de distancia entre el brazo de arena y ella para no hacerla daño. Extrañamente, el Shukaku no no puso resistencia cuando el chico le obligó a retirarse.

—La próxima vez... «te mataremos»— dijo dirigiéndose por última vez a su padre antes de llevarse a Akane de allí.

Seguía furioso pero lo primero era curar a su hermana. Por las palabras de su padre y el hecho de que Akane no había gritado a pesar del dolor, el pelirrojo estaba bastante seguro de que esa no era la primera vez que su padre la pegaba y sentía que había fallado como hermano al no darse cuenta antes.

'Nunca permitiré que nadie vuelva a hacerte daño, Akane. Matare a todo el que lo haga' se juró el pelirrojo, mirando la pequeña sonrisa que le dedicaba su hermana. A pesar de que había visto la peor parte de él, seguía tratándole igual.

Definitivamente, Akane era su persona preferida.