Aviso: ¡Contenido Lemon!
NA: Bueno, pues con este último capítulo doy por concluida mi participación en el Fest :)
Muchas gracias por leer y, de nuevo, espero haber cumplido con las expectativas de la persona que propuso el Prompt. Si no, acepto abucheos por torpe. Ruego abstenerse de lanzar crucios, por favor.
¡Chau!
Capítulo 3: Traicionado.
—¿Quieres que pidamos algo para cenar? —le pregunté a mi hija cuando llegamos a mi apartamento.
Ella se encogió de hombros.
—¿Puede venir la abuela a hacerme empanada de calabaza? —preguntó, inocentemente.
Yo me reí, negando con la cabeza.
—No, la abuela Molly probablemente ya esté durmiendo… Mira, precisamente tengo en la nevera un poco de empanada de atún —dije, abriendo la puerta del frigorífico y sacándola. La puse en un plato y la metí en el microondas, acercándome a mi hija y dándole un beso en la mejilla—. Luego si quieres podemos ver una película, o jugar con tus muñecas.
A Lily se le borró la sonrisa de la cara en un instante, y empezó a mirar a su alrededor con desesperación.
—¿Qué ocurre? —quise saber, preocupado.
—Anna… Anna, he olvidado a Anna…
—¿Anna? ¿Tu muñeca?
Ella asintió, derramando un par de lágrimas y empezando a sorber por la nariz.
Suspiré, abriendo la puerta del microondas y sacando la empanada. Me acerqué a ella y le entregué el plato, alborotándole el pelo.
—Vamos a cenar y luego iremos a por tu muñeca.
Yo me calenté la pizza que me sobró el día anterior y ambos terminamos de comer enseguida.
Me recosté sobre el sofá y exhalé un largo suspiro. Había sido un día agotador… Pero Lily no me dejó descansar.
—¡Vamos a por Anna! —exclamó.
Yo me quedé mirándola mientras bostezaba. De buena gana me hubiera quedado en casa… Pero hacía tiempo que no tenía algo de tiempo para pasar con mi hija, y lo único que quería era que se sintiera a gusto estando con su padre. Así que me levanté, cogí de la mano a mi hija, así como las llaves del coche, y conduje hasta la que había sido mi casa un tiempo atrás.
—Vamos —le dije a Lily, abriéndole la puerta trasera del coche para que saliera.
Metí la llave en la cerradura de casa y abrí la puerta.
Ella entró corriendo y se puso a buscar su muñeca por el salón. Yo me apoyé en la puerta, esperando que Ginny no se molestara por el hecho de que hubiera aparecido por allí sin avisar… Pero pronto divisé algo fuera de lo normal.
Me acerqué a aquella prenda tirada en el suelo, junto a las escaleras, y me agaché a su lado.
Fruncí el ceño, tomándola entre las manos. Aquella chaqueta de cuero no era mía, y definitivamente no era de mujer.
Alcé la vista y descubrí algunas prendas más que habían ido dejando caer al suelo a medida que subían las escaleras.
Lily corrió hacia mí, dispuesta a subir al piso de arriba. Yo le corté el paso y ella me miró confundida.
—Voy a buscar en mi habitación —susurró.
—No —dije bruscamente. Luego, traté de suavizar mi voz y continué—. Sigue buscando por aquí, yo la busco por arriba, así acabamos antes.
Ella asintió y volvió sobre sus pasos, esta vez mirando bajo el sofá.
Subí las escaleras sigilosamente pero con paso firme.
Esquivé prendas de ropa masculina y otras cuantas bastante conocidas… Como la falda rosa que le regalé el año anterior por su cumpleaños.
Traté de aguzar el oído, sin saber muy bien si quería escuchar algo.
Llegué al piso de arriba y caminé lentamente por el pequeño pasillo hasta el dormitorio principal, cuya puerta estaba medio encajada, y de donde provenía algún que otro gemido.
Negué con la cabeza. No podía ser… No me podía estar haciendo esto.
Estiré el brazo y apoyé las yemas de mis dedos en la puerta, haciendo presión y abriéndola un poco.
La visión de un hombre de tez oscura sobre mi mujer, haciéndola gemir en mi propia cama, me dio una patada en la boca del estómago. La puerta chirrió levemente y Ginny abrió los ojos de repente, encontrándose con los míos. Yo di un par de pasos hacia atrás, sin poder evitar que aquella maldita sensación de traición se agarrara a mi pecho y no me dejara respirar.
Ella se tapó con la sábana y él se apartó, mirándonos a ambos, confundido.
—Maldita perra —susurré, apartando la mirada y dirigiéndome al cuarto de Lily.
—¡Harry, espera! —dijo ella a mis espaldas.
Tragué saliva mientras entraba en la otra habitación y buscaba con la mirada la muñeca de la niña que tanto se parecía a la única mujer que yo había amado.
Ella entró, atándose la bata y agarrándome del brazo.
Yo hice un gesto y me libré de sus manos de mala manera.
—No me toques —espeté.
Ginny tenía lágrimas en los ojos y una expresión rota en el rostro.
—Así que ésta era la razón de tus dudas —dije con voz helada—. Ahora lo entiendo todo.
Rodeé su cuerpo, cogí la muñeca de mi hija de encima de su cama y salí de allí, apresurándome a bajar las escaleras.
—¡Espera, por favor! —suplicó ella, pisándome los talones.
Lily me estaba esperando abajo. Yo me agaché para cogerla en brazos y me apresuré a llegar a la puerta de entrada.
—¡Hablemos las cosas, Harry, te lo ruego!
Yo me volví para clavar unos fríos y vacíos ojos en los suyos. Vacíos, porque sentía que ya no me quedaba nada. Oscuros, porque acababa de darme de bruces con la realidad.
—Tienes suerte de que esté nuestra hija delante —le dije con dureza antes de girarme para salir por la puerta.
Lily empezó a llorar cuando le puse el cinturón y arranqué el coche, pues tenía edad suficiente para saber que algo no iba bien.
Conduje distraído, sin saber dónde iba. Todavía resonaba en mi mente la infidelidad y el engaño de mi mujer, así como la sensación de gilipollas que no conseguía quitarme de encima. El llanto de mi hija se mezclaba con mis resoplidos y viceversa, y para colmo, se nos unió la lluvia. Activé el limpiaparabrisas de un manotazo, apoyándome a un lado y poniéndome la mano en la frente, secándome el sudor que me había provocado el sofocón del momento. Estaba claro que no podía volver a mi apartamento. Lo último que necesitaba en aquel instante era encerrarme entre esas malditas cuatro paredes…
No, necesitaba despejarme urgentemente. Dar un par de gritos o dejarme los puños contra una pared cualquiera. Sentir la lluvia mojándome la cara, mirar al cielo, aprovechar para que mis lágrimas se mezclaran con el agua rodando por mis mejillas.
Pero Lily seguía ahí, y no quería que me viera en ese estado tan deplorable al que su madre me había empujado. Sin embargo… ¿Dónde podía ir? Ron no estaba en el país, y no podía llegar con la cara desencajada y pedirle a Hermione que cuidara a mi hija mientras yo me iba a darle patadas al mobiliario de la calle. Me haría demasiadas preguntas y yo acabaría mandándole a la mierda a ella también.
Sabía que no tenía otra jodida opción… Así que aparqué a unas calles de su casa, en el primer aparcamiento que vi. Cogí a mi hija de la mano y la arrastré conmigo. Pronto llegamos al portal, el cual abrí con mi varita sin pararme a comprobar que no hubiera nadie mirando.
En ese momento me daba igual todo. Que me mandaran a Azkaban, a ver si la sensación que pudiera sentir allí aliviaba algo el dolor en mi pecho.
Subimos las escaleras y llamé a la puerta. Una, dos, tres veces.
Impaciente. Hastiado.
Ella abrió la puerta cuando llamaba por cuarta vez. Se me quedó mirando un par de segundos antes de abrir la boca, indignada.
—Te has acostumbrado a venir a mi casa a horas bastante inapropiadas, Potter.
Se apoyó en el marco de la puerta y se cruzó de brazos. Justo después, sus ojos se desviaron de mí hacia mi hija, y su sorpresa fue mayúscula. Abrió mucho los ojos y me miró con expresión interrogante.
—Necesito que te quedes unas horas con mi hija —dije, empujándola suavemente hacia ella.
Parkinson frunció el ceño, le puso las manos en los hombros, haciéndola girar sobre sí misma, y me la devolvió.
—Ni lo sueñes, ¿estás loco?
Yo cerré los ojos, tomando aire por la nariz y soltándola lentamente por la boca. Después de asegurarme de que no iba a perder los estribos de un momento a otro, volví a abrir los ojos.
—Necesito que te quedes unas horas con mi hija —repetí, articulando las palabras poco a poco—. Por favor.
Observé con detenimiento la expresión extrañada de Parkinson, que acabó asintiendo levemente al ver la desesperación en mis ojos.
Yo también asentí, a modo de agradecimiento. Me agaché para besar a mi hija en la mejilla y le pedí que se portara bien.
Me apresuré a salir del portal y me puse a caminar calle abajo, con las manos en los bolsillos, tratando de no ponerme a maldecir en voz alta a esas horas de la noche.
En lugar de eso le di una patada a una papelera y un disimulado puñetazo a la pared de un edificio.
Deambulé sin rumbo, sorbiendo por la nariz mientras recordaba lo que acababa de presenciar… Qué ruin y miserable traición. Qué manera de tenerme esperando mientras se cansaba del otro… ¿Cuánto tiempo habría estado haciendo el imbécil?
Estaba empapado de arriba abajo cuando empujé la puerta de un pub oscuro y cochambroso y me senté en la barra.
—¿Qué le pongo, amigo? —preguntó el camarero, un hombre regordete y calvo.
—Lo más fuerte que tenga —respondí, pasándome la mano por el pelo para quitarme el exceso de agua.
—Marchando.
Una mujer se sentó a mi lado cuando llevaba la mitad de la copa. Yo me la terminé de un último trago y la dejé sobre la barra con demasiada fuerza. La mujer me miró con curiosidad.
—¿Mal de amores?
Yo giré la cabeza hacia ella, intentando enfocar los ojos para verla.
Era guapa.
Me pregunté qué estaría haciendo allí.
Yo asentí con parsimonia y ella sonrió.
—Camarero… —dije con pesadez—. Otra.
Una vez que me terminé el líquido oscuro y fortísimo de aquella otra copa, empecé a dejar de pensar. Los tormentosos recuerdos del pasado se quedaron aparcados en lo más profundo de mi mente, y una neblina en mi memoria me impedía recordar cuántas copas más había bebido después de aquella.
Lo único que recordaba era que aquella mujer había intentado besarme y que yo la había apartado con una mano. Se había ido indignadísima soltando algún que otro improperio… Pero me era indiferente.
No fui consciente de dónde estaba hasta que no me encontré a mí mismo llamando al timbre de Parkinson… ¿Cómo diablos había conseguido llegar hasta allí? ¿Me había arrastrado? ¿Le había suplicado a alguien que me llevara? Lo cierto era que no me acordaba de nada.
Giré el torso para comprobar que mi cartera siguiera en el bolsillo trasero de mi pantalón, pero veía tan borroso que terminé rindiéndome, diciéndome a mí mismo que perderla sólo sería un insignificante daño colateral de tantos que vendrían a partir de ahora.
Alguien carraspeó frente a mí, y yo alcé la vista enseguida.
Parkinson me miraba con una mueca en el rostro.
—Devuélveme a mi hija —conseguí balbucear.
Ella olisqueó un poco y luego me miró como si me hubiera vuelto loco.
—Estás borracho.
—Y vengo a por mi hija —dije mientras asentía.
—No voy a dejar que te lleves a la niña en las condiciones en las que estás —zanjó ella, atándose un poco más la bata fina y negra del día anterior.
—¿Cómo? —pregunté, perplejo—. Devuélveme a mi hija —le advertí en voz baja.
Ella se cruzó de brazos y se negó en rotundo.
—He dicho que me devuelvas a mi hija, maldita serpiente… ¡Lily! ¡Lily!
Empecé a vociferar su nombre, y los gritos resonaron por todo el edificio.
Parkinson me mandó a callar con nerviosismo, mirando de un lado a otro del rellano, pero como no dejaba de gritar me agarró de la camiseta y jaló de mí hasta estuve dentro de su casa. Cerró la puerta rápidamente y se volvió hacia mí, más que enfadada.
—¿Qué haces? ¿Acaso quieres ponerme a todos los vecinos en contra?
—Sólo quiero que me devuelvas a mi hija —dije, asomándome torpemente a la primera habitación que vi.
—Tu hija no está ahí, ésa es la cocina —comentó, y yo entrecerré los ojos para comprobarlo. Efectivamente lo era—. La he acostado y está durmiendo, Potter… Y confía en mí, no quieres que te vea así.
La miré unos segundos, sopesando su respuesta e intentando hacerme una idea de cómo se me veía desde fuera.
—Tienes razón —dije, dirigiéndome al salón con paso todo lo firme que pude—. Me quedaré aquí a esperar a que despierte.
—De acuerdo —se apresuró a decir ella mientras tiraba de mi brazo y me impedía dejarme caer sobre la superficie más cómoda que divisé—. Pero no vas a sentarte en mi sofá de cuero empapado como estás.
La fuerza que hizo provocó que diera un traspié y mi peso cayera sobre ella, la cual tuvo que sostenerme fuertemente para evitar que cayéramos al suelo los dos.
—Yo soy Potter, Harry Potter, señorita Parkinson —comenté, agitando un dedo en el aire—. Puedo hacer lo que quiera.
La escuché bufar mientras se reía quedamente.
—Tu nombre no significa una mierda en mi casa —espetó—. Al cruzar el umbral de mi puerta te atienes a mis normas, ¿quieres hacer el favor de mantenerte en pie? Maldita sea, Potter.
Hice un esfuerzo sobrehumano por cumplir lo que me pedía, pero al final tuve que apoyarme en una pared para no caerme.
—Puedes sentarte cuando te seques —dijo ella, entrando por la puerta con una toalla doblada y unas prendas de ropa en las manos.
—¿Cuándo te has ido? —pregunté, confuso.
—Estás peor de lo que pensaba…
Me tendió la toalla y la ropa y me empujó a través del pasillo, no sin cierta dificultad, hasta otra habitación de azulejos blancos inmaculados.
—Date una ducha fría —dijo, dándome un último empujón hacia dentro—. Y trata de no ahogarte.
Acto seguido cerró la puerta tras ella, dejándome solo en el baño.
Di un par de pasos hacia el lavabo, consiguiendo apoyarme en él antes de caerme. Me quité la camiseta y logré desabrocharme el cinturón y bajarme los pantalones. Luego, me miré al espejo y me observé mientras arqueaba una ceja.
No pude evitar soltar una sonora carcajada cuando me di cuenta de la gracia que tenía aquella situación… Estaba en el piso de Parkinson, encerrado en su baño, desnudo y a punto de darme una ducha.
Si la profesora Trelawney lo hubiera predicho unos años antes en clase de adivinación, lo más seguro es que me hubiera reído en su cara y hubiera acabado de corroborar que estaba completamente loca…
Pero, sin embargo, ahí estaba, corriendo la mampara detrás de mí y abriendo el grifo.
Solté un alarido de sorpresa cuando el agua fría empezó a caer por mi cuerpo, provocando que casi resbalara y me diera un buen porrazo… Por Merlín, ¡estaba helada!
Me arrinconé en un lado de la ducha y esperé a que saliera un poco más caliente. Unos segundos más tarde estiré un brazo para tocar el agua con los dedos y comprobar que no moriría jodidamente congelado si volvía a ponerme bajo ella.
Después de darme una ducha templada de unos quince minutos, debía admitir que me encontraba sólo un poquito mejor del mareo, y al salir de ella, noté cómo mi estabilidad había vuelto… Aunque fuera parcialmente.
Me sequé y me puse el pantalón, que parecía de pijama. Luego me llevé una mano a la cabeza, confuso… ¿Dónde estaba la camiseta? Se me debería de haber caído por el camino.
Abrí la puerta del baño y caminé dando tumbos menos bruscos hasta el salón, donde me encontré a una Pansy de piernas cruzadas con un libro en su regazo. Cuando sintió mi presencia, levantó la vista e hizo una mueca.
—No te basta con venir cuando te place y dejarme a cargo de tu hija como si fuera su niñera, sino que ahora has decidido que es conveniente pasearte semidesnudo por mi casa —espetó.
—No encuentro la parte de arriba, Parkinson —respondí duramente—. No tengo ningún interés en que me veas sin ropa.
Mentiroso.
Ella pareció haber escuchado a mi voz interior, porque sonrió lentamente y se levantó del sillón, dirigiéndose hacia mí. Yo la observé mientras se ponía de puntillas y me susurraba al oído:
—No me extraña que Weasley se haya ido con otro.
Fue instintivo. La agarré bruscamente de los brazos y la empujé con fuerza hasta la pared más cercana… Pero, a pesar de golpearla fuertemente con la espalda, no dejó de sonreír.
—Cómo… sabes… eso —exigí saber, hablando muy despacio y entrecortadamente.
—No hace falta tener el coeficiente intelectual de Dumbledore para darse cuenta, Potter.
Yo clavé mis ojos en los suyos, sintiendo la rabia empezar a recorrer cada vena de mi cuerpo.
—Explícate.
Ella se rió con descaro. Yo la sacudí un par de veces sin miramientos, haciéndole entender que no estaba para bromas.
—Sólo me han bastado dos visitas tuyas para darme cuenta —respondió ella—. Despeinado, con la camisa arrugada y ojeroso. Estaba claro que tenías problemas en casa… Una mujer nunca dejaría a su hombre salir a la calle así —ella hizo una pausa en la que me miró de arriba abajo.
Yo apreté los labios un par de segundos, furioso. No había respondido del todo a mi pregunta.
—¿Y cómo sabes que estaba con otro?
Sentí algo romperse en el interior de mi pecho al decirlo en voz alta.
—Puedes haber sido muy bueno en ciertos aspectos, Potter, como en salvar al mundo mágico… pero dudo que alguna vez consiguieras hacerla disfrutar en la cama —ella se mordió el labio, divertida, mientras mis manos seguían rodeando sus muñecas y nuestros cuerpos se encontraban a escasa distancia.
—¡Explícate! —grité, empezando a hartarme de sus rodeos a la hora de responder a mis preguntas.
—¿Qué clase de hombre que lleve bastante tiempo sin sexo porque tenga problemas en su matrimonio está solo en una casa en la que hay una mujer en lencería y no hace absolutamente nada? —preguntó, alzando la barbilla. Era consciente de que se sabía vencedora… Porque tenía razón.
Yo sabía en lo más profundo de mi ser que mi matrimonio estaba muerto desde antes de que me pidiera aquel maldito tiempo… ¿Por qué me había negado a aceptarlo? ¿Por qué había seguido creyendo que tenía solución? ¿Por qué coño no había pasado página ya, como había hecho ella?
Estaba harto de todo… De dejarme la piel en un trabajo en el que no me reconocían suficiente todo el esfuerzo que hacía, de mi matrimonio, de la gente que me miraba con lástima por todo lo que tuve que enfrentar desde una edad bien temprana… ¡Estaba hastiado! Y Parkinson había conseguido hacerme sentir incluso más imbécil.
Pero ella no tenía ni idea de lo que era capaz de hacer. ¿Acaso podía decir que me conocía más allá de mi nombre? No tenía ni puta idea de nada, y aun así se había atrevido a afirmar que era un squib en la cama.
Miré su sonrisita de suficiencia un segundo, mientras sentía cómo el efecto del alcohol se iba pasando poco a poco debido a mi estado encolerizado.
Luego, solté sus manos y me separé un paso hacia atrás, antes de decir con rotundidad:
—Quítate la bata.
Ella se quedó perpleja, y pronto no quedó ni un pequeño atisbo de sonrisa en sus labios.
—¿Qué? —preguntó, incrédula.
Pero no iba a repetírselo.
Me acerqué de nuevo a ella y agarré la bata por el cuello, tirando de ella y abriéndola al instante. El nudo del cinturón se desató y la fina prenda cayó al suelo, ligera, rozando su cuerpo delicadamente.
Llevaba un conjunto de lencería, diferente al del otro día, pero también blanco. Acaricié el encaje del dorso del sostén y me mordí el labio ávidamente.
Después, deslicé las yemas de mis dedos por su cintura, recorriendo su vientre de lado a lado, y luego metí un par de dedos por el elástico de sus braguitas, tirando de ella hacia mí. Di varios pasos hacia atrás hasta dar con el sofá, donde me dejé caer. Ella pareció vacilar un par de segundos, pero luego puso piernas a cada lado de las mías y se sentó sobre mí.
Paseé mis manos por sus muslos mientras ella me daba el primer beso. Yo lamí sus labios cuando tuvo la intención de alejarse un poco… Y ella volvió a acercarse para morder la comisura de los míos.
Ella empezó a moverse sobre mí, pero no era así como quería que sucediera. No, aquella vez sería yo quien llevara las riendas, porque estaba cansado de ser manipulado por todo el mundo.
Golpeé sus nalgas con fuerza antes de agarrarlas y hacerla girar para quedar tirada sobre el amplio sofá.
Mordí el lóbulo de su oreja y ella se revolvió bajo mi cuerpo. Luego, deslicé mi lengua por su cuello hasta sus clavículas, y acto seguido metí las manos por detrás de su espalda para desabrocharle el sostén. Aquella lencería se veía buena, pero se vería mucho mejor en el suelo.
Ella no opuso resistencia y dejó que sus pechos quedaran completamente desnudos ante mí. La noté acariciar la parte baja de mi espalda mientras metía las manos por dentro del pantalón.
Yo aprisioné uno de sus pechos con mi mano y empecé a chupetear el otro con deseo, antes de volver a lamer su piel y dejar un sendero húmedo en mi camino hacia su intimidad. Aprecié cómo el fino vello de su cuerpo se erizaba a medida que me acercaba.
Le aparté las braguitas a un lado y me pasé la lengua por los labios antes de aproximar mi rostro a su sexo.
Rocé su clítoris una sola vez con la punta de la lengua y ella profirió un leve suspiro en respuesta.
Luego repetí la operación más lentamente y abarcando mucho más. Su gemido me hizo entender que lo estaba haciendo bien… Y el bulto de los pantalones que me había prestado se hacía cada vez más grande.
Después de varios minutos de hacerle sexo oral, me levanté del sofá y me bajé los pantalones, agarrándola del brazo y obligándola a incorporarse. La postré frente a mí y acaricié la parte trasera de su cabeza mientras fue su turno de complacerme a mí.
La endemoniada sabía lo que hacía, ¡Merlín, que si sabía! Eché la cabeza hacia atrás de puro placer mientras ella movía la cabeza con gran habilidad y soltura.
Agarré su pelo negro en un puño contra su nuca y la hice seguir el ritmo que yo quería.
Porque aquella vez nadie quedaría por encima de mí, porque estaba harto de desplantes, porque yo también sabía mandar.
Tiré de su pelo hacia arriba y la empujé suavemente contra el sofá, haciéndola sentar en el reposabrazos. Le bajé las braguitas y las tiré por encima de su cabeza. Ella las vio caer casi con pesar, como si sus piezas de lencería fueran realmente importantes para ella… Pero pronto le hice recordar que lo único que debía importarle en aquel momento eran mi persona y mis ganas de hacérselo.
Tomé sus piernas con mis manos y las abrí para dejarme paso.
Entró solo, y tan de repente que la hice proferir un grito ahogado de placer.
Me moví con destreza y rapidez, haciéndola agarrarse al respaldo del sofá para sostenerse sobre él y no caerse debido a mis estocadas.
Ella estuvo tentada a incorporarse, pero yo agarré sus mejillas con fuerza y besé sus labios con dureza, sin darle un solo segundo para respirar ni recomponerse.
Unos minutos más tarde, rodeé su cintura con mis brazos y la levanté, dirigiéndome a la misma pared donde la había aprisionado unos momentos antes.
Su espalda volvió a dar con ella y yo la sostuve mientras la hacía subir y bajar sobre mí.
Parkinson rodeó mi cuerpo con sus piernas y se agarró a mi cuello mientras se lo hacía de pie. Sus alaridos me instaban a no parar, pero me vi en la obligación de mandarla a callar un par de veces para que no despertara a la niña. No quería tener público en aquel momento.
Ella acarició el pelo de mi nuca y pasó sus dedos por él hasta enredarlos y hacerme mirarla a los ojos. Traté de morderla, pero ella me esquivó con destreza. Me pasó dos dedos por los labios y me los metió a la fuerza en la boca. Yo los chupé lentamente, y cuando al fin los sacó los dirigió hacia su sexo. Aprovechó la saliva que había obtenido para lubricarse aún más, y verla tocarse me puso aún más cachondo.
—Vamos a tu habitación —le susurré, sin dejar de mover mis caderas.
—Vamos a la de invitados —respondió—. En mi cama está tu hija, durmiendo.
La dejé en el suelo y ella tomó mi mano, tirando de mí por el pasillo. Caminamos desnudos y excitados por la casa hasta dicha habitación. Yo la empujé sobre la cama y la hice darse la vuelta, probando otra postura.
Ella apoyó la cara sobre el edredón y pasó una de sus manos por entre sus piernas para seguir tocándose.
Hacerlo con ella era mucho más excitante que hacerlo con Ginny, a la cual siempre le dolía la cabeza, y cuando no, parecía que lo hacía sólo para aliviarme. Para hacerme callar por un mes más. Simplemente para desquitarme y cumplir como esposa.
Sentí un pequeño retortijón en el estómago, pero sacudí la cabeza para borrarla de mi mente.
Deslizar mis dedos por la curva de la espalda de Parkinson ayudó con eso. La agarré de las caderas y la acerqué más a mí, sintiendo que ya me quedaba poco. Sus gemidos, ahora más constantes y profundos, me hicieron entender que ella también estaba a punto de llegar al clímax.
No tardamos en fundirnos en el último golpe y quedarnos así hasta que nuestros corazones empezaron a latir a una velocidad acompasada.
Cuando al fin salí de ella, se giró para mirarme con una mirada pícara en el rostro.
—Seguro que si se lo hubieras hecho así a la pelirroja nunca te hubiera dejado.
Yo me levanté, obviando su comentario, y me apresuré a salir de la habitación. Fui al salón y recogí mis bóxer y los pantalones del suelo, así como su fina lencería blanca. Me vestí y volví a donde estaba ella, lanzándole su ropa interior.
—Estaré durmiendo en tu cama, con mi hija.
Parkinson me observó unos segundos con una expresión extraña en el rostro, pero pronto se dio la vuelta en la cama, ignorando sus prendas, y pasó un brazo por debajo de la almohada.
¿Acaso se le había pasado por la cabeza que durmiera abrazado a ella? Ni de coña. Estaba harto de mujeres, y lo que acababa de pasar no había sido más que una pequeña venganza por despecho… Una demostración de que yo también podía domar a una serpiente si se me apetecía… Aunque fuera una serpiente ruda y tosca como Parkinson. Seguro que Ginny no se lo creería.
Me metí en la cama con cuidado para no despertar a mi hija y me quedé dormido al instante.
A la mañana siguiente, el sonido de la melodía de mi móvil me despertó bruscamente. Miré a ambos lados, buscándolo, y luego recordé que seguramente estuviera en el bolsillo de los pantalones empapados que me había quitado la noche anterior… Pero para mi sorpresa, Parkinson apareció por la puerta con él en la mano. Se apoyó en el marco de la puerta y me lo lanzó. Yo lo pillé al vuelo y comprobé el nombre en la pantalla, así como la hora que aparecía en la esquina superior derecha.
—¡Mierda! —exclamé, antes de contestar.
La voz de mi jefe al otro lado de la línea me hizo cerrar los ojos ante la reprimenda que me esperaba.
—¡Potter! Le dije que necesitaba el informe de su análisis del caso para hoy antes de las once, ¿ha visto la hora que es? ¡Llevo llamándole desde las nueve de la mañana!
—Señor, lo siento mucho… —intenté decir por encima de sus gritos—. Me ha surgido un problema, pero en el registro que realicé ayer en la casa de la señorita Parkinson encontré lo que me pareció una posible prueba que quizás nos lleve hasta Malfoy. Se la mandaré al equipo de investigaciones avanzadas cuanto antes.
Sentí a Parkinson deslizarse al otro lado de la cama, y me di cuenta de que mi hija ya no estaba allí. Tal vez se hubiera levantado y estuviera disfrutando de un delicioso desayuno preparado por Greta.
—¿Qué clase de prueba? —quiso saber mi jefe, intentando ocultar el atisbo de emoción en su voz.
—Verá, encontré algo sospechoso que no corresponde con Parkinson, sobre la cama había un extraño pel…
Parkinson me arrancó el teléfono de la mano con rapidez y lo cerró con fuerza.
—¿Qué diablos haces? —exclamé, mirándola con sorpresa e irritación.
—Salvar a tu amiga —respondió ella.
—¿De qué hablas?
Ella profirió un sonoro resoplido antes de clavar sus ojos en mí con una profundidad aplastante.
—El pelo era de Granger. Ella y Draco han estado usando mi casa todo este tiempo para follar en la misma cama donde tú y yo lo hicimos anoche. Ése pantalón que llevas puesto es de él, y seguramente ambos ya estén de camino hacia otro continente —observó con detenimiento mi cara desencajada por la bomba de información que acababa de soltarme y profirió un bufido—. Valiente auror… —luego, dejó caer el móvil sobre la cama y se dirigió hacia la puerta, girándose para mirarme cuando llegó al umbral de la misma—. ¿Quieres azúcar en el té?
