Capítulo 1: Maestra

"Ante el sentimiento del deber, enmudecen las más rebeldes pasiones"

Immanuel Kant

Desde un pequeño templo circundado por un lago, se alzaba una melodía suave que estremecía con su significado a la misma naturaleza. Eran notas que hablaban de juventud y de vejez, de guerra y de paz, de risas y lágrimas... mensajes ambiguos que emergían en el corazón de la joven que, arrodillada en dirección a la zona más hermosa del jardín, tocaba el instrumento.

La brisa del atardecer que pintaba el cielo, acariciaba el rostro de la artista, colmándola de un aura de paz que muy pocos lograban alcanzar. Para ella la melodía era liberación, una manera de contar sus penas, deseos y frustraciones sin necesidad de usar palabras, un modo de llegar al corazón de las personas a través de los sonidos, de conmover en otro lenguaje.

Aunque estas notas en especial, al asignarle un rostro a ese yo que encontraba belleza en el escenario más macabro que podía recrear, prefería tocarlas en soledad. No porque no quisiera que sus allegados conocieran la faceta suya capaz de construir escenarios perturbadores, sino para que en lo posible no vieran la presencia de su lado sensible, ese que se sobrecogía con lo que sus manos hacían.

Era una parte de su ser que no sería bien recibida.

Sus dedos se movieron sobre el instrumento, veloces, haciendo vibrar su pecho. Una ráfaga de recuerdos tomó forma tras sus parpados, aportando peso a lo que quería transmitir. Su cabello se meció al ritmo de la música, como si se tratara de una fogata avivada por las imágenes que en su mente encontraban vida.

Los sonidos que viajaban a cada rincón del jardín y se perdían en el horizonte, el palpitar del delicado instrumento y las letras que sólo vivían en su mente, contaban la historia de la niña que nunca llegó a ser. De esa etapa que no llegó a tener desarrollo, de esos años que jamás había anhelado.

O que no estaba dispuesta a aceptar que anhelaba.

Las sombras que se formaban bajo sus espesas pestañas temblaron, y su pecho subió y bajó conforme se incrementaba la intensidad de la tonada. Llegaba al clímax de la historia, a esa parte en la que visualizaba una versión más pequeña de sí misma observando las sombras del mismo templo donde estaba arrodillada, ese momento en que se cuestionaba la razón de tantas cosas. El instante en que, cubriendo su piel lastimada, entendía que ella y sus compañeras eran diferentes a cualquier niña que habitara fuera de esa edificación.

Entre sonido y sonido las escenas se sucedieron con mayor velocidad, y esas emociones que mantenía bajo control todos los días y en cada momento, se desbordaron en las notas, hallando libertad. Encontrando en los insectos, las aves y los arbustos el adepto más fiel que alguien podía imaginar; ese confidente que ni bajo presión revelaría lo que se le fiara. Fue entonces, cuando se preparaba para dar la estocada final a su melodía, que lo sintió; como un baldado de agua fría, la presencia de otro individuo se infiltró en su momento de intimidad, robando su inspiración.

La corriente del viento se vio alterada, el fugaz susurro de las rocas voló como un ronquido de alerta hasta ella, algunas aves cesaron su canto y otro aroma hizo contraste con el de las flores. La dirección del aire le indicó la ubicación del intruso, las rocas señalaron que eran pisadas femeninas, el regreso del canto de las aves que se trataba de una persona conocida, y la colonia una vez reconocida le permitió darle una identidad.

Cuando dicha persona llegó a ella, la flauta descansaba sobre sus piernas y sus ojos observaban los pétalos de flores que flotaban en el lago.

—¿Qué tocabas? —preguntó una voz de niña tras ella, encendiendo las lámparas del templo. La llama iluminó los delicados detalles del lugar, el perfil de la joven mujer y la superficie del lago donde empezaba a reflejarse la luna—. Era una melodía... triste.

La muchacha apretó el entrecejo y por el rabillo del ojo observó a la niña sentarse a su lado, mientras tarareaba lo que ella antes tocaba. Se trataba de la última chiquilla que había llegado a la vivienda, una con la que ella había cometido el error de ser amable y ahora no podía despegar de sí.

—¿Qué haces aquí, Ami? —cuestionó ignorando su pregunta.

La pequeña de grandes e inquietantes ojos se giró para mirarla con precaución, acción que la mujer tomó como algo natural. La niña aún no comprendía cuál era su posición en la morada, solía cometer muchos errores y por ende recibir correcciones con bastante frecuencia. Un problema que se repetía en cada nueva persona que se les unía.

—Me abrumaba dentro.

—Eso no explica porqué saliste cuando bien sabes que n...

—¡Esas reglas son ridículas!

—Pero son las reglas y se cumplen —contestó sin dudar. La niña se encogió ante su firmeza y desvió su mirada a los peces koi que serpenteaban en el agua cristalina. La joven suspiró haciendo lo mismo—. Escucha, Ami, si no sigues al pie de la letra lo establecido, regresarás al lugar de donde llegaste... y no creo que quieras eso.

—Por supuesto que no —murmuró Ami frotando sus ropas. Su cabello castaño se agitó con el frío soplo de la brisa nocturna, haciendo temblar las llamas—. Nadie querría nunca eso.

—Entonces compórtate.

Dicho esto, ambas se silenciaron mientras admiraban el paisaje que perdía sus colores para sumirse en oscuridad. La muchacha comprendía a la pequeña, después de todo la gran mayoría de ellas presentaba problemas para adaptarse, pero al final cada una entendía que si querían tener algún tipo de bienestar, su lugar estaba allí. Era poco probable que otra persona les diera la misma oportunidad que les estaban ofreciendo en esos momentos.

No estaba familiarizada con la historia de la niña, ni de ninguna otra persona bajo ese techo, a decir verdad. No era una constante contar sus vidas antes de llegar ahí; de alguna manera, después de atravesar el genkan, era dejar atrás su pasado, volver a nacer.

Al menos para la mayoría, pues otras, como ella misma por ejemplo, no tenían recuerdos de lo que pudieron ser sus vidas antes. Tan pequeñas estaban cuando llegaron, que era imposible siquiera tener una idea difusa de una vida diferente a esa.

—¿Ha sucedido algo interesante dentro?

La niña se encogió de hombros fijando su atención en el cielo cada vez más oscuro. La luz de las lámparas realzó los rasgos redondeados de la menor y el color cobre oscuro de su cabello, mientras las delgadas cejas se juntaban en concentración.

—Bueno, creo que sí sucede algo...

—¿Qué? —cuestionó distraída, claramente poco interesada en las posibles habladurías que podían estar gestándose dentro de la mansión. Siempre había procurado no involucrarse en ellas, permanecer exenta de las continuas discusiones que bajo ese techo se formaban, le resultaba una de las cosas más inteligentes que podía hacer. Había hecho la pregunta sólo para llenar el silencio que en ese momento no se le antojaba.

—La señora acaba de arribar, no parecía especialmente emocionada de visitarnos.

La muchacha despegó sus ojos de las calmadas ondas del lago y, con un brusco movimiento de su cuello, los posó sobre la niña que, ajena a su sobresalto, perseguía con su mirada el perezoso recorrido que hacía un insecto sobre las flores blancas al otro lado de las rocas con musgo.

—¿Mito está aquí? —Abrió los ojos más de lo usual, poniéndose inmediatamente en pie cuando la chica asintió—. No es posible, la esperábamos para dentro de seis meses.

Con movimientos veloces, sin importarle ocultar la turbación que le producía el hecho de que esa mujer estuviera en ese instante pisando el mismo suelo que ella, pulió las posibles arrugas de su vestuario y tomó a la chiquilla del brazo para que la siguiera. La niña podía no entender lo que significaba una visita de Mito porque más allá del día en que la entregó a ellas, no había tenido más contacto con su persona, pero en lo que respecta a las demás, ya sabían qué traía sus visitas.

Y más si éstas eran esporádicas. Generalmente no podían ser buenas noticias.

—¿Qué pasa, señorita? —protestó su compañera entre tanto ella la urgía caminar más deprisa sobre la estrecha pizarra que las llevaría de nuevo al interior de la residencia—. ¿Por qué debemos...?

Pensó a la velocidad de un rayo cómo explicarle a la niña, lo más preciso posible, cómo se debían manejar cuando Mito estuviera presente. No era una tarea sencilla dado que su maestra era una persona complicada cuyo carácter resultaba casi imposible de describir.

—La señora Uzumaki es una persona difícil, Ami. Tiene reglamentos precisos que deben cumplirse al pie de la letra, al menos cuando ella está presente. En este momento deberíamos estar reunidas junto a nuestras hermanas, esperando sus palabras o instrucciones.

—Bueno, estábamos en el templo, no se enoja por eso, ¿o sí?

La muchacha ladeó la cabeza en un gesto que la niña no supo interpretar. Para ese momento ya habían dejado atrás los últimos senderos de arbustos y llegado al estrecho arco de piedra que conducía a la entrada. Cuando pasaron junto a las antorchas que iluminaban los escalones de madera, una de ellas terminó por consumirse entre hilos de humo que abrazaron los insectos que bailoteaban alrededor.

—Nunca se sabe. —Con la mano que agarraba la flauta se tocó el cabello, recordando de súbito que al ser ese su día de descanso, se había limitado a desenredarlo y llevarlo suelto a su espalda. Masculló entre dientes al saberse sin tiempo para hacerse algún arreglo —. Escucha, Ami, lleva esto a...

Ahogó una exclamación cuando una mano se cerró sobre su brazo, deteniendo en el acto sus palabras y su caminar. Aquellos dedos ajados la giraron con inusitada rudeza, sorprendiéndola más que el hecho de no haber precisado la presencia de alguien más antes de tenerlo encima.

—Muchacha imprudente —rezongó sobre su rostro una anciana de vestidos oscuros con hilados exquisitos, casi zarandeándola. La muchacha entreabrió los labios y los volvió a cerrar, turbada—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo buscándote?

—¿A mí? —Arqueó las cejas confundida, sin hacer esfuerzo alguno por liberarse. Yumi era la encargada de ellas cuando Mito se encontraba ausente, lo cual era casi todo el tiempo; y mientras a la una le tenían un creciente temor, a la segunda le guardaban profundo respeto.

—Por supuesto, ¿ves acaso que le esté hablando a alguien más? —No esperó a que respondiera, en vez de ello vio por encima de su hombro y le envió una mirada reprobatoria a la niña que las observaba sin saber qué hacer—. Vete a tus labores, niña insolente.

La pequeña ofreció una rápida disculpa, pero antes de irse la joven le alcanzó a entregar el instrumento y hacerle señas para que lo regresara a su sitio. Luego se dejó arrastrar por la mujer que sobrepasaba los 65 años de edad, quien se mostraba cada vez más ansiosa e impaciente.

—Justo cuando necesito que estés dónde te necesito, madura y arreglada como debe ser, decides esconderte de todos junto a esa criada. ¿Cuándo empezarás a comportarte como se debe?, ya no eres la mocosa a la que podía defender ante la señora, lo sabes, ¿verdad?

Yumi le dirigió una mirada molesta, y ella, mordiéndose la lengua para no protestar, se limitó a asentir al mismo tiempo que trataba de reconocer el camino que estaban tomando. Yumi caminaba sin pausa, abriéndose paso entre las paredes corredizas con maestría. Llevaba en su mano libre una mecha con la que daba luz a los solitarios caminos.

—Estaba meditando.

—Por supuesto, al igual todas las ocasiones en que te he atrapado saliendo o llegando a altas horas de la madrugada, ¿verdad?

La muchacha contuvo el temblor de una sonrisa ante la acusación. No pasaba mucho tiempo con Yumi y sus compañeras, había ocasiones en que se sucedían meses, e incluso años, antes de verlas. Pero siempre, por algún motivo de extraño origen, terminaba involucrada en problemas o generando algunos.

—En esta ocasión es cierto, estaba meditando.

—Considero tener los motivos suficientes para no creerte.

—Estar lejos del bullicio del pueblo me relaja. Sabes que no me gusta este lugar —debatió apretando sus rojas cejas, entre tanto pasaban por una sala completamente desprovista de ornamento. Observó por el rabillo del ojo a Yumi y le sonrió a modo de disculpa luego de reparar en su mirada de reprobación. Bastantes conversaciones habían tenido sobre el perfil que debían mantener de cara a los moradores de ese pueblo como para saber que sus objeciones no precisaban de aceptación. Ellas tenían un rol, una máscara y un trabajo en el que no les convenía dejar el secretismo—. No importa, ¿a dónde me llevas?

—Mito quiere hablar contigo.

Su estomagó se redujo al tamaño de un puño al escuchar aquello. Su maestra, su líder, aquella mujer que pocas veces se dejaba ver y de quién se sabía poco, la convocaba a hablar con ella. Todavía siendo conducida por Yumi, mordió la cara interna de su mejilla con creciente recelo.

—¿Qué puede querer ella de mí?

Atravesaron otro panel que daba paso a otro pasillo semioscuro. Desde niña, cuando por primera vez Mito y compañía la llevaron allí, había comparado ese lugar con un castillo de piedras lamosas que formaban un confuso laberinto imposible de descifrar; un castillo con incontables pasillos que albergaban horrores desde tiempos inmemoriales. En su momento esa creencia la llegó a intimidar, después de todo para una niña que no había visto mucho de ese mundo, era perfectamente factible que monstruos putrefactos la esperaran en cada esquina para acabar con ella antes de siquiera darse cuenta. Pero ahora que había visto, hecho y oído tantas cosas, entendía que los monstruos no eran precisamente de aspecto grotesco, no olían mal ni con sólo mirarlos se podían identificar.

La vida era más compleja que eso. Después de todo quién la mirara en las calles, por muy letrado o sagaz que se creyera, sólo vería a una joven mujer de buen parecer. Débil, inocente y quizá, si se sentían generosos, talentosa con las artes.

—Lo desconozco —respondió Yumi descorriendo una de las puertas y deslizándose luego al recién descubierto pasillo—. Pero debe ser bueno. Ya sabes que Mito no gusta de perder el tiempo, si llama a una de ustedes es porque tiene un trabajo grande entre manos.

La joven no le creyó, por supuesto. Yumi siempre aparentaba no saber muchas cosas, pero ella estaba segura que esa supuesta ignorancia no era más que una tajante estratagema para que no preguntaran más. La muchacha las conocía, a ella, a Yumi y a sus maestras, más que cualquiera de sus compañeras. No por nada, a diferencia de las demás, desde que empezó a ser consciente de su mundo había estado con ellas. Desde que tenía recuerdos ellas habían sido, de una manera un tanto tétrica, su familia.

Cualquiera pensaría que ello había forjado lazos de cariño entre ellas, pero en caso de insinuarlo, aquella joven estaba dispuesta a contradecir para luego explicar que lo único que se podía tener para con Mito una vez hubiera convivido bastante tiempo con ella era cautela y, llegados más allá, un implacable respeto que les robaba la voz cuando ella estaba presente. Sus compañeras, llegadas a ese sitio ya mayores o con un grado de conciencia que superaba a la de un infante, veían a Mito de una manera un tanto distinta; como una amable señora que las había auxiliado y brindado otra vida a cambio de sólo su lealtad, un precio bastante bajo si se tenía en cuenta lo que las calles y los prostíbulos les habían cobrado en lo que llevaban de existencia.

Pero ella no estaba dispuesta a sacarlas de, lo que consideraba, era un error. El aprecio era una de las cosas más subjetivas del mundo, en esa vida innumerables vicisitudes llevaban a que se quisieran a las personas que menos lo merecían. No es que ella odiara a Mito, ni más faltaba; todo lo que sabía, esa mujer se lo había enseñado. Todo lo que había vivido y todo lo que tenía era gracias a ella. La joven no era de ninguna manera ingrata, en su fuero interno sabía que siempre se esforzaba por agradar a su maestra al igual que todas sus compañeras, pero ello no quitaba que conociera una de las facetas más aterradoras de ella y por ello tratara de prevenir encontrarse a solas con su persona.

Mito la intimidaba. Aquella muchacha estaba segura que jamás intentaría ir en contra de sus propósitos.

Ambas mujeres guardaron sus palabras varios minutos, limitándose a caminar y admirar la belleza de los pasajes adyacentes a la sala. Los motivos gravados en las paredes ilustraban las ramas de un bello árbol cuando llegaba la caída de sus cobrizas hojas. Para la joven representaban el fin de una fase y el inicio de otra, como la caída del sol y la salida de la luna. Cambios que la llenaban de optimismo, esperanza y serenidad; la promesa de encontrar un mejor camino.

La muchacha inspiró hondo cuando los grabados dejaron de aparecer, y en su lugar ante ella tuvo los sombríos paneles de madera que antecedían la sala donde Mito la esperaba. Un contraste que no le gustaba en absoluto.

Yumi la soltó y procedió a inspeccionar el aspecto que tenía la joven pupila. No pasó mucho tiempo para que empezara a refunfuñar por el vestido soso que llevaba encima y el poco decoro de su cabello. A la muchacha no le importó, bastante preocupada se encontraba observando con aprensión las puertas corredizas de madera como para encima dejarse aplastar por las quejas de Yumi. Un tenso nudo tomó forma en su garganta al percibir el olor del incienso y cera que traspasaba las puertas, reviviendo recuerdos que tenía de haber estado en aquella sala.

Ello no ejercía sobre su ser motivación alguna de, por su cuenta, encerrarse a solas con su maestra.

—Esto no me gusta. —Se encontró diciendo, y Yumi, que en ese momento quitaba de su cabello carmín una hoja que el viento en el jardín seguramente había llevado hasta allí, entrecerró los ojos, fastidiada.

—Deja de quejarte por todo.

Sus ojos, coloreados por un extraño purpura que en ese instante brillaba, se prensaron en los acuosos de la mujer mayor.

—No me estoy quejando, sólo digo lo que pienso sob...

Yumi alzó su mano instándola a callarse. Sus hombros se cuadraron tensos en una posición que la muchacha conocía bien; en pocos segundos empezarían a recriminar sus faltas y a corregirla.

—Pues no lo digas. Nadie ha pedido tu opinión, entonces mantente en silencio —Yumi endureció su voz—. Una Kunoichi debe tener total dominio sobre sus instintos, sabe leer lo que no está escrito y oír lo que no se ha dicho. Sabe meterse en su rol y mantener lejos de sí las distracciones, sabe ser ella sin dejar el papel que está interpretando. No es impulsiva, es observadora y entiende en qué momento debe hablar y cuando no. Los tres últimos puntos son cuestiones de las que debes tomar nota y corregir.

Entonces, tras dirigirle otra mirada de censura y creyendo que eso era suficiente, Yumi se dispuso a correr las puertas e informar sobre la presencia de la chica a Mito. Pero la muchacha, siéndole imposible detenerse después de ocurrírsele otra idea, habló detrás de ella.

—¿Estoy en problemas?

No alcanzaba a recordar haber hecho algo mal, de hecho podía sacar pecho y decir que sus últimos trabajos habían sido un total éxito. Pero cuando se trataba de Mito, quien parecía tener una habilidad especial para detectar los más mínimos errores en cada una de ellas, nunca se podía estar segura.

—No seas ridícula —rezongó la anciana, acercándola a la puerta con impaciencia—. A veces creo que he perdido todos estos años contigo, es claro que la mitad de lo que digo se pierde de camino a tus oídos.

—Yumi...

Ella de nuevo alzó una mano, silenciándola.

—Escúchame, muchacha, la señora no está aquí por un asunto banal. En estos momentos está bajo presión, lo último que debes hacer es formular preguntas que ella ahora no quiere escuchar —Ella apretó la mandíbula y la anciana arrugó su ceño respondiendo a su gesto—. Fuiste la primera niña que estuvo en sus manos... la primera a la que formó desde antes de siquiera tú saber qué te rodeaba. Has tenido buenos maestros, incluso la tuviste a ella antes de que este negocio pudiera ponerse en pie, sería un total inaudito que resultaras ser un fracaso.

—No soy un fracaso.

Yumi observó el rostro de la joven, que ahora exhumaba desde cada ángulo frialdad y frigidez. No logró hallar ni en sus ojos, lo más expresivo que podía una persona como ella tener, señal alguna de su anterior curiosidad. No, en vez de ello se encontró con la oscuridad que parecía llenarla cuando entrenaba o partía en una faena. Una que transformaba sus rasgos, su forma de ver, oír y hablar.

La anciana en ocasiones se preguntaba cuál de esas dos facetas era la verdadera, ¿la que reía o sonreía cuando visitaba los jardines, esa risueña artista que encontraba en cada detalle un motivo de alabanza?, ¿o el cascaron incapaz de mostrar emociones que entrenaba, caminaba por los pasillos y no le temblaba un dedo para hacer lo que se le ordenaba?

Creía a veces que las dos eran la verdadera, pero ese planteamiento daba paso inmediato a otro dilema; una de esas dos partes, tarde o temprano, terminaría por someter a la otra. Dependía de la entereza de la persona para que ambas hallaran un punto de equilibrio. Pero a lo largo de su vida, Yumi había constatado que las personas rara vez se topaban con tan ansiado punto, siempre sucumbían ante una de las dos partes.

Mito, por ejemplo, pertenecía a ese último grupo. Una muchacha que ante su padre no supo negarse y se forzó a ser lo que otra persona quería que fuera. Ella había renunciado a una de sus partes cuando lo creyó necesario.

Sacudió la cabeza y procedió a arrastrar la puerta, no hacía falta recordar esos episodios, pensar que ella tuvo que ver en ese deceso siempre le producía malestar. El embriagador aroma del incienso invadió sus cavidades nasales y las velas parecieron parpadear cuando dio un paso al interior obrando una sutil reverencia.

Sintió sobre ella la mirada de su señora, aún así se negó a alzar la cabeza y devolverle el gesto. Empezaba a sentir los mordiscos de la inquietud en su estomago, esa sensación que sobrevenía cuando su inconsciente sabía que algo no iba bien.

—La muchacha está aquí, señora.

—Haz que pase.

Sin ver en dirección a Mito, se hizo a un lado apremiándole a la joven que entrara. Ésta, viéndose tan infranqueable como cuando afirmó no ser un malogro, se adentró acompañada del susurro de sus ropas y esa voluntad que Yumi siempre había admirado de ella; esa que a veces creía, ni esa misma joven era capaz de apreciar. Una voluntad peligrosa que ella misma había visto en su señora cuando tenía la misma edad de esa muchacha.

Siguió con su mirada el recorrido que hacía, la forma en que se reverenciaba, la manera en que los ojos desprovistos de sentimientos de Mito la evaluaban, el momento en que ésta parecía arquear sus labios satisfecha con lo que veía.

De pronto se sentía deseosa por dejar esa sala, sentía que un fantasma helado y con un aura de malos presagios pasaba por su costado, salvaba el camino hasta las dos mujeres y se sentaba entre ellas. Inexplicables nauseas burbujearon en su estomago y tuvo de improviso el presentimiento de que aquel era un punto de no retorno; el inicio de otra historia.

—Retírate, Yumi.

Un relámpago de aprensión recorrió su cuerpo, y así, sin ofrecer palabras de apoyo a la muchacha que ahora se postraba ante su maestra, dejó la habitación con una gracia y silencio que nadie creería, serían propios de una mujer de su edad.

Entonces, mientras desandaba el pasillo iluminado por las parpadeantes velas, rogó no haber cometido un error al recomendar a aquella chica para ese espinoso trabajo. No se sentía capaz de cargar con otra culpa como la que atenazaba su corazón cuando bajaba sus defensas, ese sentimiento demoledor que llevaba décadas arrastrando consigo.

Ya estaba vieja para eso.


¡Hola!

Bien, bien, aquí está el primer capítulo. Debo decir que es bastante sencillo y no muestra mucho sobre la trama (como tenía planeado que fuera), pero siento que para ser introductorio está bien. Vamos conociendo un poco a la protagonista y su entorno y nos preparamos para entrar en lo realmente turbio del fic. A partir del tercer capítulo estaremos de lleno en lo que quiero mostrar.

Además de eso también quería decirles que trataré de no subir capítulos superiores a las 5.000 palabras, aunque siendo yo la verdad dudo que aguante a escribir capítulos largos. (Este capítulo tenía 10.000, pero tomé la decisión de dividirlo) A veces simplemente no puedo evitarlo, me disculpo de antemano si llega a suceder.

Espero que les haya gustado, me gustaría saber qué piensan y conocer sus puntos de vista.

Ya sin más, procedo a despedirme. Gracias por leer ^^

¡Adiós!

Palabras: 4.260


Los personajes de Naruto no me pertenecen, ellos son propiedad de Kishimoto.