CHAPTER 3- CAZADORES
Sam iba por la carretera de Wisconsin cuando recibió una llamada de un número oculto. Frunció el entrecejo y encendió el teléfono.
-¿Diga?
-Hola alce, ¿te gustaría recuperar a tu querido hermanito?
-Crowley –siseó Sam al teléfono. Su primero impulso fue gritarle y amenazarle antes de colgar el teléfono, pero en vez de eso, respiró hondo y trató de calmarse - ¿Dónde está Dean?
-Este es el trato, alce. Voy a darte una dirección y vas a venir hasta aquí. Nada de trucos. Ah, y tráete un traje.
Sam levantó una ceja, pero antes de que pudiese preguntar, el Rey del Infierno le estaba dando las coordenadas. Giró el volante del coche y dio la vuelta. Sabía que era una trampa, pero no tenía otra opción.
Dean conducía el Bentley de Crowley. No sabía muy bien a dónde ir, pero pensaba dejarse llevar hasta que la gasolina alcanzase. Si hubiera sido completamente humano, habría disfrutado de lo lindo conduciendo ese coche, pero no lo era y por lo que a él respectaba, simplemente era un coche viejo que curiosamente sólo sintonizaba Queen.
Curiosamente el lugar al que le llevó el coche fue Portland, donde se paró para estirar las piernas un rato, cerca de un restaurante. Gracias a su nuevo instinto demoníaco, sintió a bastantes almas malignas por allí, pero como ya no era asunto suyo, pasó olímpicamente. Pidió una hamburguesa por puro aburrimiento en el restaurante y mientras la masticaba, tratando de averiguar por qué esa cosa le gustaba tanto antes, sintió una fuerza extremadamente grande que entraba por la puerta.
Por lo que escuchó del camarero, el chaval era policía. Nick, se llamaba. Estaba con su mujer y se sentaron a unas mesas de Dean, a quien empezó a latirle el pecho. Sentía un terrible deseo de abalanzarse contra ese… ¿humano? Pero algo le decía que conocía a ese tipo de personas. Algo antiguo, de su vida pasada…ah, sí.
Pagó la cuenta, dejando la hamburguesa casi intacta. Sería mejor que se fuera, no le apetecía montar jaleo tan pronto. Aunque el tipo estaba de buen ver, eso sí.
Cuando salió por la puerta dos tipos iban a entrar. Dean los sintió antes que ellos a él. Los tres se quedaron quietos, Dean con los ojos negros, sonriendo.
-Tenéis suerte de que no me apetezca entretenerme.-señaló hacia el restaurante- Pero ahí dentro tenéis un cazador, por si os aburrís.
Los dos vampiros se miraron el uno al otro, después a Dean y finalmente le dieron las gracias con la cabeza y se fueron corriendo.
Dean se los quedó mirando. Por un momento se le pasó la idea por la cabeza de dominar a todos los demonios, como hacía Crowley. Estaba claro que ahora él era el más fuerte y le seguirían. Pero entonces todo el tiempo estarían pidiéndole cosas y consejos y al final acabaría aburrido en una silla matando gente.
Con una sacudida gruñó y se montó en el coche. Él era un espíritu libre. Haría el mal a su manera. Es decir, que haría lo que quisiera cuando quisiera. Y a quien quisiera.
Una sonrisa empezó a dibujarse en su cara mientras salía de Portland. Cogió el móvil que le había robado a Crowley y marcó un número de memoria.
-Hola, Cas. ¿Dónde andas?
Sam y Crowley estaban llegando a Portland. Sam conducía el Impala, aunque Crowley le había dicho repetidas veces que él conduciría más rápido, pero la respuesta del Winchester siempre era algo así como: "Cierra la boca".
Después de llevarle el traje y conseguir convencerle para que le dejara montar en el coche con él, Sam había decidido que algo había pasado con Crowley, algo que no quería contarle. Así que, en cuanto llegaron a una carretera secundaria, salió del coche, cogió un colt y le apuntó con ella.
-Eh, eh, Sammy - no irás a matar a un humano, ¿verdad? No a uno que tiene tu propia sangre.
-Tú no eres humano, Crowley, eres un maldito demonio.
-Tengo sangre humana y estoy sin poderes demoníacos, eso me convierte en humano. ¿No?
-Dime, ¿por qué debería seguir llevándote en vez de dejarte atado en cualquier cruce de caminos para que tus esbirros te devoren?
-Sé dónde está Dean.
Sam le quitó el móvil de las manos y miró el GPS. Luego miró a Crowley.
-Ahora yo también.
Crowley se quedó en silencio unos segundos y luego se cruzó de brazos.
-Muy bien, pues adelante. Primero me quieres hacer humano y ahora que soy básicamente humano quieres librarte de mí. Igual que tu maldito hermano, que simplemente me engañó para luego usarme como…- se calló en el momento en que lo recordaba, muerto de rabia.- ¡Vamos, Winchester, a qué esperas!¿Vas a disparar o no?
Sam se lo quedó mirando. Una idea horrible se le estaba formando en la cabeza.
-¿Por qué querías un traje?
Crowley tragó saliva y se arrebujó en el asiento del coche.
-Me lo robó tu hermano.
-¿Y por qué querría mi hermano un traje?- Sam cada vez se estaba temiendo lo peor. Cuando había llamado a la puerta del motel de Crowley, éste le había abierto con una toalla a modo de vestimenta, había cogido el traje y le había cerrado la puerta en las narices. Pero no lo suficientemente rápido como para que Sam no se percatara de los moratones en su cuerpo. Oh, cielos, no eran moratones, ¿verdad?
Crowley se había encogido de hombros. Y se le había puesto la cara roja.
-Oh, no.- Sam bajó la pistola. Tenía la cara blanca. -¿En serio?
Crowley lo miró con ojos como platos, abrió la boca y la volvió a cerrar. Miró a todas partes menos a Sam y al final abrió los brazos.
-¡Me tatuó una trampa para demonios con tinta invisible! Estaba indefenso, ¿vale?
Sam bajó el arma con los ojos vidriosos, se dio la vuelta y subió de vuelta al coche.
Crowley esperó que arrancara, pero Sam parecía completamente en shock.
-Es un demonio, ¿sabes? – el Rey del Infierno intentó animarle, dubitativo- se supone que hacemos esas cosas…aunque normalmente no a otros demonios. Bueno, una vez que Lucifer…
-Basta. No quiero oír nada más. –Sam puso las manos en el volante y le miró- Aunque no tengas poderes, sigues pudiendo hacer tratos, ¿verdad?
-Ahá…
-Bien, el trato es este: encontramos a Dean y tú te llevas esa quijada maldita al culo del mundo. Yo me encargaré de volverlo humano.
-Buena suerte-murmuró Crowley. Dudaba que después de todo lo que había hecho y sentido Dean pudiese volver a ser humano.
-¿Qué has dicho?
-Que sí, claro. Trato hecho.
Y así, en silencio y con Sam tratando de no imaginarse a su hermano con Crowley en la misma cama (y sin conseguirlo) llegaron a Portland. Se estaba haciendo de noche y discutieron sobre si quedarse o seguir. Crowley se negaba a dejarle conducir con esa "cara de muerto viviente" porque él, el Rey del Infierno, no pensaba morir de nuevo en algo tan humillante como un accidente de coche.
Por su parte Sam no quería perder más tiempo y quería encontrar a Dean cuanto antes. Así que mientras discutían, un coche al que no habían visto, se cruzó amistosamente en su camino mientras ellos se saltaban el ceda el paso.
Crowley maldijo todos los círculos del infierno en el momento del choque mientras pensaba que lo último que le faltaba para humillarle era un latigazo cervical culpa del otro Winchester. Sam se quedó de piedra por un momento y la palabra HUIR en letras mayúsculas apareció en su cabeza. Pero cuando intentó poner el coche en marcha de nuevo y constató que no funcionaba, el tipo que salió del coche le enseñó una placa de policía de Portland.
Mierda.
-Crowley-dijo Sam mientras el policía hablaba con un compañero que acababa de salir del lado del copiloto.- Prepárate para correr.
-No puedo.
-¿Qué? –Sam parpadeó mirando al exdemonio- ¿Cómo que no pue…? Oh. Ah, dios, de verdad no necesitaba saberlo.
-Es igual. El poli viene, alce. Sonríe.- y Crowley sonrió como un lunático mientras un policía se masajeaba la nuca mirando por su ventanilla.
Sam bajó la ventanilla cuando el otro policía le dio unos toquecitos en ella.
-Mire, agente, lo siento mucho de verdad, pero…
Y por un momento Sam se quedó en blanco. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué eran agentes de paisano persiguiendo a un fugitivo? Los trajes estaban en el maletero junto a los treinta y dos pasaportes falsos y unos cientos de armas a la vista. Aparte de lo que probablemente parecería un círculo satánico pintado en el maletero. Les cogerían en el acto y les meterían en la cárcel. Y su hermano escaparía y se perdería en cualquier ciudad de América a hacer cosas horribles a todo el mundo y no volvería a verlo jamás.
Estaba muy cansado. Tan cansado que ya no podía ni mentir.
Miró la cara del agente, parecía amable, pero duro. Y su boca se movió sin pensarlo.
-Mira, soy cazador de demonios. Estoy persiguiendo a uno muy muy malvado que ha pasado por esta ciudad hace unas diez horas y si nos detienes, se escapará y probablemente matará a mucha gente y acabará dominando el mundo. Es alto, pelo corto y se le ponen los ojos negros cuando está cabreado. Le gustan las hamburguesas. O ya no, la verdad es que no lo sé. Pero tenemos que cazarlo. Y exorcizarlo. Para que vuelva a ser humano. Es que es mi hermano y no quiero perderlo… otra vez.
El policía se lo quedó mirando sin hacer nada. Sam pensó que ahora era cuando lo sacaba del coche y lo llevaba al manicomio. Crowley se había tapado la cara con las manos y se moría de vergüenza, probablemente imaginándose en una jaula para mortales rodeado de borrachos.
-¿Un demonio?-dijo al fin el policía. Se había agachado y estaba apoyado en la ventanilla del coche, mirándoles a los dos.
-Sí.- Sam sintió que ya no le importaba nada.
El policía torció la cabeza mirando a Crowley.
-¿Cómo ese de ahí?
Crowley apartó las manos y le miró lentamente.
-¿Qué?- el Rey de los Infiernos sabía que los mortales no podían verle a menos que él lo quisiera.- ¿Yo? Eh, yo soy una persona normal y corriente.
-Puedo verte. –dijo sin más. Después miró a Sam.- ¿También eres un Grimm?
Sam parpadeó. Era una situación surrealista.
-¿Grimm? No, soy… soy un cazador.
-¿Un cazador de monstruos?
-Sí.
-Vaya, qué casualidad.-el policía le dio la mano- Nick Burkhardt. Soy lo que llamarías el cazador de esta ciudad. Tenemos que hablar.
