La luz se coló por las rendijas de la ventana. Había varios tablones viejos clavados en el marco, intentando hacer de barrera con el exterior. Johanna Mason se despertó dolorida. El colchón se encontraba en un estado lamentable después de tantos años. Había una densa capa de polvo sobre algunos muebles, lo que le recordó por enésima vez que debería limpiarlos y colocar alguna lona sobre ellos. No recordaba con exactitud cómo había ido a parar ahí. Pero seguramente, después de una de sus malas noches, había vuelto sin darse cuenta a la casa en la que creció. El hogar que años atrás compartió con sus padres. El mismo del que, al caer la noche, huía furtivamente por la ventana para encontrarse con Ric.

De nuevo él. De nuevo su nombre, su recuerdo.

Nunca se vive la vida de una forma tan intensa como en la adolescencia, dónde todo es una revolución interna, una parafernalia sin sentido de emociones que se entremezclan entre sí. Si se llegan a tener sentimientos fuertes de verdad o no en ese tiempo, es todo un misterio. Querría volver a aquello, a ese tiempo, a pesar de la Cosecha y de los Juegos. Querría retroceder en el tiempo solo para tomar la decisión adecuada.

En el marco de la ventana había un pequeño grabado hecho torpemente con una navaja sin filo. Tan solo dos letras formando parte de una suma sin resultado, dos letras que representaban a dos jóvenes despreocupados que se creyeron inmortales. Dos letras que ahora tan solo eran un garabato cubierto de polvo y mugre.

J+R

¿Alguna vez tuvieron algún futuro juntos?

Cuando volvió de los Juegos todo era distinto para ella, incluso ella era distinta. Se mostró débil ante sus rivales, solo para convertirse en una asesina despiadada y brutal. Ric vio todo aquello, vio como ella cambiaba, como se convertía en la clase de persona que nunca esperó que fuese. Quizás entonces se rompió su vínculo, mucho antes de que volviese a casa. Johanna dejó de ser la chica ingeniosa, graciosa y sarcástica que conseguía sacarlo de sus casillas además de arrancarle alguna sonrisa de vez en cuando. Johanna se convirtió en una máquina de matar a sangre fría. Lo hizo ella sola sin que nadie le coaccionase a ello. Maquinó esa estrategia en el momento que se subió al tren, porque supo que haría cualquier cosa para volver a casa con Ric. No se dio cuenta de que sus acciones tendrían consecuencias, que siempre las tenían. Durante todo ese tiempo se había querido convencer a sí misma de que, el día que Snow apareció en su puerta con una propuesta para ella después del Tour, su vida habría sido la misma de haber aceptado. Su familia seguiría con ella, Ric seguiría con ella.

Pero esa Johanna ya estaba perdida desde hacía mucho tiempo.


Cuando entró por la puerta lo primero que hizo fue llamar a su madre, al no obtener respuesta, probó llamando a sus hermanos. Nadie respondió. Gale no le dio mayor importancia, podrían haberse ido con las Everdeen o Haymitch podría haber engañado a su madre para que le hiciese la comida. Más le valía a su ex-mentor que no se tratase de eso último. Un olor bastante fuerte, tanto que le empezaron a picar las fosas nasales, inundaba el pasillo que daba a un pequeño despacho. Rara vez empleaban esa habitación, no tenían ninguna clase de motivo para emplearla. Según iba avanzando hacia ahí, el olor se intensificaba. Abrió la puerta con cuidado, sin saber exactamente que esperaba encontrarse.

Si hubiese hecho alguna clase de apuesta al respecto, habría perdido.

—Buenos días, Gale Hawthorne.

Se quedó en blanco sin saber qué decir. No todos los días te encuentras al Presidente del Capitolio en tu propia casa esperándote. Tardó varios minutos en recuperar el habla, y con ella vino la rabia. Ese hombre era el responsable de muchas muertes, entre ellas la de Madge. Era plenamente consciente de ello y seguro que se sentía orgulloso. Le daban ganas de escupirle a la cara, pero seguro que si lo hacía, alguno de sus lacayos lameculos aparecería para abrirle la cabeza a golpes.

—¿Se puede saber cómo ha entrado a mi casa, señor Presidente?

El hombre sonrió de medio lado, aunque era una sonrisa que no transmitía ninguna clase de emoción. Al menos no ninguna buena.

—Cuando eres el líder absoluto de un país también lo eres de cada una de sus viviendas, ¿no?

Gale apoyó la espalda contra la pared, no tenía ninguna clase de ganas de mantener esa conversación. Fuese cual fuese su propósito.

—Una forma original de decir que puede hacer lo que le apetezca, señor Presidente.

Snow no pasó por alto el tono en el que él decía cada señor Presidente, lo supo por cómo los músculos de sus manos se contraían al escucharlo. Con la misma expresión pétrea que siempre le indicó que tomase asiento. Era la primera vez que alguien se colaba en su casa y le ofrecía tomar asiento, como si él no pintase nada ahí realmente. Gale prefirió no obedecer, no veía por qué debía hacerlo si no había cámaras delante.

—He venido hasta aquí en persona a hacerte una proposición, Gale.

—Posiblemente no me interese.

De nuevo, esa sonrisa carente de emoción.

—No he dicho que puedas rechazarla.

Aquello activó una alarma interna en Gale. Haymitch le había contado cosas, no precisamente agradables. No se había cansado de repetirle que los Juegos no acababan nunca, que salir de la Arena victorioso era el comienzo. El comienzo de unos Juegos mucho peores que lo acompañarían el resto de su vida, si no acababan con él antes. Los Juegos de Snow, su pequeño espectáculo circense con unos desafortunados elegidos.

Tragó saliva.

No podía ser uno de ellos.

—Tendría que ser una proposición que me interesase lo suficiente para no rechazarla.

Intentó que su voz sonase calmada, pero no fue así. Intentó mantener la compostura, pero tenía pánico de lo que fuese a decirle Snow. Tenía pánico sabiendo que las consecuencias de darle una negativa serían terribles. Tampoco recordaba lo que acababa de decirle, las palabras habían salido solas de su boca sin él meditarlas antes.

—Verás Gale—dijo Snow pausadamente—. Resulta que en el Capitolio tienes algunas admiradoras, y admiradores, que querrían pasar más tiempo contigo. Conocerte mejor. No sé si me entiendes.

«Mantén la compostura, que no se te note que estás alterado».

—Tenía entendido que no podía salir de mi Distrito. Esas son sus reglas, señor Presidente.

Snow frunció el ceño, durante unos segundos, luego dejó escapar una risa vacía.

—Claro, Gale. Pero este año empezarás a ir al Capitolio como mentor en los Juegos, ¿no?

Hizo lo posible por no tragar saliva, por seguir mostrándose pétreo e impávido.

—Sí.

—No creo que vayas a estar todo el tiempo pendiente de los Juegos, buscando patrocinadores. Me parece que Haymitch podrá hacerse cargo de esa parte, lo que te dejaría bastante tiempo libre.

Debía resignarse, aceptar lo que Snow le proponía. Las consecuencias podrían ser terribles, podrían ir más allá de él mismo, podrían afectar a su familia.

Pero.

Pero: ¿En qué clase de persona le convertiría aquello?

—Mi respuesta es: no.

Se hizo un silencio, uno largo y tranquilo. La calma que precedía a la tormenta. Snow se puso en pie, se arregló su espléndido traje y caminó hasta la puerta.

—Lo siento mucho, Gale. De verdad que esperaba que no tuvieses que convertirme en tu enemigo.

Dicho esto, abandonó la casa. Gale dejó escapar el aire que no sabía que había estado reteniendo. Perdió el equilibrio y acabó sentado en el suelo. Se llevó las manos a la cabeza.

«¿Qué he hecho?».