3. Tiempo de rosas.
Sansa/Willas
En el día del nombre del rey se celebró un gran festival.
Aquel día era fiesta nacional. Aquel día no se pagaban impuestos, nadie iba a trabajar y se indultaban presos. La Guardia de la Noche recibía un cargamento de comida, ropa, armas y caballos, y en cada aldea los necesitados recibían alimentos y ropa nueva. Cada año, saltimbanquis, magos, compañías de actores y titiriteros…todo tipo de artistas ambulantes, de todo Poniente y hasta de las Ciudades Libres, venían a instalar sus tenderetes, tiendas y carromatos alrededor de la Colina de Visenya. No cobraban nada a los asistentes a la feria por sus espectáculos, la corona pagaba sus servicios. También se celebraba una pequeña feria de ganado, e incluso un torneo local, en el que participaban los caballeros locales y de lugares cercanos.
Cuando Sansa vio como se levantaban las cartas y el aire se llenaba con olor a comida, empezó a emocionarse. Nunca había visto un auténtico festival. Había escuchado los cuentos de la Vieja Tata sobre la Ciudad Invernal, la ciudadela de Invernalia, que durante el invierno acogía a la gente de todo el Norte, gente que venía huyendo del frío y de la hambruna que traen los campos congelados. La Vieja Tata les contó que la ciudadela se llenaba entonces de risas y vida, de mercados y ferias. Pero Sansa había sido demasiado pequeña el invierno anterior como para recordarlo, y para ella la Ciudad Invernal solo eran un montón de casas vacías, con apenas dos o tres docenas de habitantes. Cuando era más pequeña había rezado porque llegara el invierno y la Ciudad Invernal se llenara. Se la imaginaba como un lugar lleno de risas y fiestas, bailes y juegos.
Justo como el Festival del rey.
Después del anuncio de su compromiso, Arya se marchó con los Targaryen a Desembarco. Pero no lo hizo sola. Con ella se fueron Alys Karstark, Willa Manderly y Lyanna Mormont, las doncellas que lady Catelyn escogió para que fueran sus damas, además de una guardia de casi ochenta personas. Fue Bran, como escudero del rey, camino de cumplir su sueño de ser caballero, y lady Catelyn, como carabina, aunque ésta volvería a Invernalia después de la boda. Sansa también había ido con ellos, pero aún no había decidido si volvería con su madre a Invernalia o no.
Sin duda amaba la corte. Aquel era el lugar donde habían vivido los nobles caballeros y las bellas doncellas de los romances y canciones que ella tanto amaba. Y sin duda era el lugar donde vivían los protagonistas de los cuantos que oirían sus nietos. Ella misma había oído hablar, allá en Invernalia, de la bella y sabia reina Elia, que defendió a capa y espada el trono de su hijo cuando muy pocos querían a una mujer como regente, o sobre el rey Aegon VI, que fue el rey más joven de toda la historia. Y Sansa no dudaba que en algún lugar, una niña abrazaría una espada de madera mientras oía hablar de Arya Stark, la chica que usaba pantalones y practicaba esgrima y que acabó comprometiéndose con el rey.
``¿Hablará alguien de mí?´´ se preguntaba Sansa ``¿Habrá en algún lugar una niña deseosa de escuchar hablar de la hermana de la reina? ¿Recuerda alguien a la hermana de la reina Nymeria?´´
Eran éstos pensamientos los que le impedían tomar una decisión. La reina Elia ya le había informado que si deseaba quedarse con ellos, ella estaría encantada. La reina solicitaba su compañía a menudo, y parecía disfrutar de su compañía. Le decía que Desembarco podía ser su hogar.
Y una parte de ella ya lo sentía así. Siempre habría un lugar en su corazón para Invernalia, pero allí no podría cumplir sus sueños y en Desembarco sí. A sus ojos, Invernalia era una ciudad aburrida y fría, mientras que Desembarco era el lugar con el que siempre soñó. El lugar donde los cuentos no se contaban, se vivían. el lugar con el que siempre soñó.
Y sin embargo, era ver su sueño convertirdo en pesadilla. Desde el primer momento en que supo que tenía posibilidades reales de convertirse en reina, fue su único sueño. Vivir en Desembarco del Rey, siendo la reina del apuesto rey que todos la amaran.
Y ahora la que sería la reina del apuesto rey y a la que todos amarían era a su hermana pequeña, la misma que nunca había demostrado interés alguno en todas esas cosas. Sansa había pasado toda su vida viviendo de ilusiones, y ahora le habían arrebatado la oportunidad de hacerlas reales ante sus ojos. Se sentía traicionada, despojada y humillada. ``Pude haber sido reina. Pero ya no. Y todo gracias a ella. ´´
No había dirigido la palabra a Arya desde el día del compromiso y, francamente, dudaba que algún día fuera a hacerlo de nuevo. Y una pequeña parte de ella sabía que estaba siendo injusta y hacía que se sintiera mal consigo misma. No tenía ni la más remota idea de qué hacer.
El día del festival lo cambió todo.
Una de las primeras atracciones del día era el torneo. Era algo que hubiera encantado a Sansa, de no ser porque ella se sentaba en las gradas de la nobleza y Arya en el palco real.
Arya Y Aegon estaban en la primera fila. Arya llevaba un vestido de brocado de seda color crema y el cabello al estilo norteño, suelto sobre los hombros descubiertos, con el grueso de la melena retirado de la cara y sujeto con horquillas de plata y ópalo. Al parecer la reina había descubierto que si dabas vestidos sencillos y no muy incómodos a Arya y dejabas que el resto del tiempo vistiera como quisiera, se los ponía sin rechistar. Las modistas que se ocuparon del nuevo vestuario de Arya compensaron la sencillez del corte de su ropa usando telas más lujosas y bordados más intrincados. Sobre su pecho seguía llevando el dragón de tres cabezas de Daena, su regalo de compromiso. Aegon iba vestido de pies a cabeza de negro y rojo y lucía la corona de Aegon el Conquistador, de oro y los rubíes más grandes que Sansa había visto jamás, que solo se ponía en ocasiones especiales.
Sansa no podía oír lo que decían, pero por sus expresiones parecía que Arya estaba haciendo comentarios desdeñosos sobre los participantes al torneo y a Aegon le parecía muy gracioso. A veces hasta la reina elia se echaba a reír.
Sansa tenía que apretar los labios para no decirles a todos que las mozas de cocina también son muy graciosas y que seguramente eran menos groseras que Arya.
Se mordió la lengua y clavó la vista en ser Loras, que había sido derribado por un caballero gigantesco de Tarth. Su hermana Margaery estaba sentada con sus doncellas justo delante de Sansa. Y ésta se había perdido cómo lo derribaban por mirar a esos dos.
La gente aplaudía al caballero de Tarth.
-No puedo creerme que ganara a ser Loras- decía Jeyne- Con esa armadura tan vieja y sucia…
-Debería haber vencido ser Loras- asintió Sansa, mirando de reojo a Arya.
Ahora el rey había susurrado algo al oído de Arya y ésta se echó a reír a mandíbula batiente. Esperó a que alguien la regañara por ser tan vulgar pero nadie hizo nada, al contrario. El rey le sonrió. La reina Elia giró la cabeza y le sonrió también. A Sansa le rechinaron los dientes.
-De hecho, deberían prohibir que los caballeros de baja cuna participasen- añadió Sansa.
Y entonces el caballero vencedor se quitó el yelmo y Sansa Y Jeyne boquearon de espanto.
-¡Una mujer!- jadeó Jeyne- ¿Cómo han podido permitir que participe?
-Deberían descalificarla.- asintió Sansa.- Está claro que ser Loras sabía que era una mujer y se contuvo.
-¿Eso creéis?- lady Margaery se giró hacia ellas.- Conozco a mi hermano, y opino que ha luchado con todas sus fuerzas. Simplemente no ha podido contra lady Brienne.
``Así que ese es su nombre. Al menos su nombre es bonito. Porque lo que es ella...´´
-Deberían descalificarla.- sentenció Sansa.
-El rey, Sansa.- le avisó Jeyne.- Creo que va a descalificarla.
Aegon se había puesto en pie y se dirigía hacia la baranda del palco. Todo el mundo guardó silencio.
-Doncella de Tarth-comenzó- habéis luchado con valentía y despertado la admiración de mi dama. Eso no es algo fácil de lograr, creedme.
-Claro que no.- susurró Jeyne- A Arya Caracaballo ni siquiera le gustan las justas. A Arya Caracaballo le gusta jugar en el establo, entre el estiércol.
Sansa soltó una risita, que se cortó en seco al ver la expresión que puso la septa.
-Tu madre se enterará de esto.- prometió.
Desde los asientos de delante se oyó las risillas de Margaery y sus damas. Sansa apretó aún más los dientes. ``no es justo. Delante de Margaery...antes no me regañaban por ésto. Pero como Arya va a ser reina ahora, la mala soy yo´´
-Así pues, en vista de tan maravilloso logro, os concedo una merced.- continuó Aegon- Pedid lo que queráis y será vuestro.
Lady Brienne clavó la rodilla en tierra.
-Su Majestad, mi único deseo es serviros a vos, a vuestra reina y a la corona. Deseo entrar en la guardia de vuestra prometida, Su Majestad.
Se levantó un murmullo.
-No puede ser ¿verdad?- preguntó Jeyne- No la dejarán, ¿verdad?
-¿Y por qué no?- preguntó Margaery, pero a quien miraba era a Sansa.
Mientras, el rey se encogió de hombros.
-Si eso es lo que deseáis y mi prometida no tiene inconveniente, que así sea. Entrareis a las órdenes del capitán de la guardia de lady Arya de inmediato.
Se levantó un corro de aplausos y ovaciones.
-No puedo creerlo- susurró Jeyne- Debe de ser cierto que los Targaryen están locos.
-¿Y qué hay de malo en ello?- preguntó Margaery de nuevo.- Lady Brienne es sin duda una guerrero muy superior al resto de los participantes.
-Nunca ha habido antes una mujer en la guardia de una reina- respondió Sansa.
-¿Y qué? ¿Qué tiene eso que ver?- respondió Margaery, con una sonrisa divertida- Nunca antes había llevado éste vestido, ¿significa eso que no puedo llevarlo porque no lo he hecho antes?
-No es eso a lo que me refiero.-respondió Sansa, irritada- Me refiero a que las cosas ya están bien tal y como están. Como estaban- se corrigió.
-¿En serio creéis eso?- preguntó Margaery con voz seria.
Luego se giró hacia sus damas.
-Ahora sé porqué Su Majestad escogió a lady Arya- les dijo, y todas estallaron en risas.
Sansa sintió como las mejillas se le enrojecían y los ojos se le llenaban de lágrimas. Se levantó de las gradas y salió de allí, sin prestar atención a la septa Mordane.
-¡Sansa, vuelve aquí! ¡Sansa, ni se te ocurra! ¡Sansa!
Pero Sansa se perdió entre el gentío que desalojaba las gradas y la septa ya no la pudo encontrar.
Sansa echó a andar hecha una furia, huyendo de las personas. Sentía que iba a echarse a llorar y no quería que nadie la viera.
Cuando se dio cuenta estaba en los jardines que había tras las carpas.
Sansa se dejó caer en un banco y se esforzó por tranquilizarse. ¿Por qué cambiar lo que ya estaba bien? ¿Por qué nadie quería que las cosas fueran bonitas y amables? ¿Por qué todos querían mujeres guerreras y poco femeninas? ¿Qué había de malo en querer ser delicada y llevar vestidos bonitos? ¿Qué había de malo en eso?
Estaba tan disgustada que enterró la cara entre las manos y empezó a llorar. Y ni siquiera sabía por qué lloraba. Solo sabía que de repente lo único que quería hacer era llorar y llorar, así que lloró hasta que se le acabaron las lágrimas.
``¿Qué está pasando con el mundo? Desde que estamos aquí la septa no ha regañado a Arya por ponerse pantalones ni una sola vez, o por ser malhablada, o descortés. Ahora me regañan a mí. Quiero volver a como estaban las cosas antes. Quiero volver a cuando era bueno ser una dama, y todos me querían y nadie prestaba atención a Arya por ser descarada y vulgar. No es justo. Antes todos la regañaban. Me arrebata mis sueños y encima ahora todo el mundo piensa que todo lo que hace ella es maravilloso, cuando antes hacía lo mismo y era espantoso.´´
Cuando lo peor ya había pasado se dio cuenta de que la esperaba una buena. Primero se había reído de las burlas de Jeyne hacia Arya y luego había huido, todo delante de la septa.
``Bueno; ¿y qué? Ya tengo casi diecinueve años. Edad suficiente para estar casada. Ni siquiera necesito septa. Debería quedarse en Invernalia y no salir de allí hasta que yo tuviera hijos.´´ decidió.
Se puso en pie y se limpió las lágrimas con la manga, a falta de pañuelo. Y al tener la cara tapada con la larga manga no pudo ver a la persona con quien tropezó. Solo supo que de repente estaba caminando, se topó con algo, se oyó un sonoro crack y se vio en el suelo.
Cuando Sansa logró apartarse la manga del rostro vio que había derribado a un hombre.
-Lo siento mucho, mi señor- dijo, poniéndose en pie a toda velocidad- ¿Le he hecho daño?
El hombre esbozó una sonrisa a través de una mueca de dolor.
-Estoy bien, pero me temo que necesitaré vuestra ayuda para ponerme en pie.
El hombre parecía sano y joven, así que a Sansa le extrañó un poco, al menos hasta que vio lo que había provocado el `crack´´. Un bastón, que se había partido en dos limpiamente. El hombre estaba cojo.
-Lo siento, he roto vuestro bastón.- se disculpó, acercándose a él.
Avergonzada, ya que nunca había estado tan cerca de ningún hombre excepto su padre o sus hermanos, le pasó el brazo por la cintura y dejó que él le pasara el suyo sobre los hombros y la usara como apoyo para ponerse en pie.
-Ayudadme a llegar a ese banco, por favor- pidió él, apretando los dientes.
-Por supuesto-
No fue fácil, sin embargo. Pesaba mucho, ella no tenía apenas fuerzas y él solo podía una pierna. Para cuando lo ayudó a dejarse caer en el banco, estaban los dos sin aliento. Él estiró su pierna mala y ella fue a recoger los trozos del bastón.
-Lo siento mucho- dijo- Se ha partido. No podéis andar sin vuestro bastón, ¿verdad?
Él negó con la cabeza.
-Ésta pierna está totalmente destrozada.- explicó- Mi caballo cayó sobre mi pierna cuando me desmontaron en mi primer torneo.
-Lo siento mucho, mi señor.- respondió ella.
Él alzó el rostro y le sonrió, aunque aún estaba un poco pálido.
``Es apuesto´´, pensó Sansa, sin pensarlo ``Que lástima que esté cojo.´´
Aquel hombre tenía el cabello castaño, la piel tan clara como padre, Arya o el primo Jon y los ojos azules. No era tan apuesto como el rey, su tío Viserys o ser Loras, pero era bastante guapo. Llevaba un jubón verde musgo, unos pantalones negros y botas negras, una de las cuales (la de la pierna mala, claro) llevaba algo dentro, para mantenerla derecha.
-No importa.
-Os conseguiré otro bastón- dijo Sansa, decidida.
-No es necesario, mi señora.
-Por supuesto que sí.- sentenció Sansa.- Esperad un momento.
Y sin darle más tiempo a protestar dio media vuelta y caminó hacia la feria lo más deprisa posible. Antes había pasado por el puesto de un tallista, donde había admirado un lobo de madera que pensaba llevar a Rickon. Como no quería ir cargada, lo había reservado para ir a comprarlo luego. Tal vez ese hombre tuviera bastones, también.
Se levantó al verla.
-¿Venís a recoger el juguete, mi señora?- preguntó el tallista.-Os lo he apartado.
-En realidad no. ¿Tienes bastones?
-De la mejor calidad, mi señora.- explicó el hombre, casando de bajo el puesto un montón de bastones finamente tallados.
Sansa los examinó, queriendo comprar uno fuerte y resistente.
-¿Porqué casi todos tienen rosas talladas?- preguntó Sansa.
-Eso es porque lord Willas siempre pasa por aquí y compra algunos, y las rosas son el emblema de su casa.
-¿Lord Willas?
-El hermano de el Caballero de las Flores. Está cojo.
``¿Será él?´´
Escogió el más bonito, y a la vez, el más resistente. Al pagar se dio cuenta de que era la primera vez que compraba algo en toda su vida. El dinero lo llevaba la septa Mordane, o una de sus doncellas. Aquella vez llevaba dinero porque su señora madre se lo había dado para el festival. Se sintió extrañamente importante.
El hombre estaba allí donde lo había dejado, por supuesto. Había recuperado algo de color y ya no parecía dolerle tanto.
-Os he conseguido un maravilloso bastón- dijo Sansa.- Y además, creo que se quién sois
Él cogió el bastón, agradecido.
-Es de roble- anunció Sansa- El tallista me contó que era una de las maderas más resistentes.
Él sonrió de nuevo.
-Muchas gracias, mi señora. Sois muy gentil. ¿Y qué habéis averiguado de mí?
-Que tenéis un hermano que es un gran caballero. Ser Loras. Sois su hermano pequeño y os llamáis Willas.
-Casi. Ciertamente me llamo Willas, pero ser Loras no es mi hermano mayor, sino mi hermano pequeño.- explicó- Pero habéis estado muy acertada. Y yo sé quien sois vos. Sois lady Sansa, hija de lord Stark, prima del príncipe Jon y la hermana de la prometida de Egg.
-¿Egg?
-Así es como llamamos al rey.- explicó Willas- Por Aegon IV, que viajó de incognito con ser Duncan el Alto, y tomó ese nombre.
``Me pregunto si Arya lo llamará Egg.´´ Pero la sola idea le causó ardor de estómago y pensó en otra cosa.
-Vos sí habéis acertado de lleno. ¿Qué tal vuestra pierna? ¿Podéis andar?- Era de mala educación preguntar por un defecto físico, pero Sansa tenía la sensación de que a él no le importaría. Aún así, se sintió terriblemente descarada.
-Solo me duele un poco. Caí mal, pero no me hice demasiado daño. En un rato volveré a ser capaz de ponerme en pie.
``Tengo que volver pronto, antes de que la septa Mordane se enfade de verdad.´´ Pero le sabía mal dejarlo solo e incapaz de moverse, sobre todo cuando había sido su culpa. Y tampoco tenía ganas de volver.
-Si no os molesta, me quedaré aquí con vos un rato.- dijo Sansa- No me apetece volver en éstos momentos.
Lord Willas sonrió pero bajó la mirada, a todas luces avergonzado, posiblemente creyendo que Sansa se quedaba con él solo porque no quería dejar a un cojo solo.
-Me he enfadado con mi septa.-explicó Sansa, para que no se sintiera mal.- No puedo volver ahora. Salí corriendo. Tengo que esperar a que se le pase el disgusto y empiece a preocuparse por mí. Tal vez así me regañe menos.
-No parecéis el tipo de chica que hace eso.- dijo lord Willas, pero no parecía escandalizado, sino más bien divertido.
-No lo soy. No hice nada demasiado atroz- explicó Sansa.- Pero soy una chica tan buena que las pocas veces que hago algo malo les parece horrible.
``Y probablemente, con Arya es al revés. Están acostumbrados a que haga tantas cosas malas que el hecho de que no las haga les parece un comportamiento ejemplar. Y aquí en Desembarco… Con que solo la mitad de cosas que he oído sobre la princesa Rhaenys sean ciertas, Arya debe de parecerles un modelo de corrección.´´ pensó ``¿Qué hago excusándola?´´
-¿Qué hicisteis?
-Me reí de un comentario que hizo mi amiga burlándose se Arya y…bueno, discutí con vuestra hermana.
-¿Con Margaery?
-Exacto.
-Margaery es maravillosa.- dijo Willas- Tan maravillosa que casi siempre tiene razón. Está tan acostumbrada a llevarla, que se cree que siempre tiene razón. Incluso cuando no la tiene. Entonces puede ser bastante irritante. Si lo sabré yo.
Sansa no pudo evitar reírse. Se sentía bien, después de pasar toda la mañana irritada o llorando.
``Y sin motivo alguno´´ pensó. Luego quiso decirse a sí misma que si tenía motivos pero lo cierto es que no, no los tenía.
-Creo que ya puedo levantarme.- dijo Willas, poniéndose en pie con ayuda del bastón- Sí, ya estoy bien. Si no queréis volver tan pronto con vuestra septa; ¿queréis ir conmigo a ver la carpa de los caballos? Me han dicho que lord Oberyn ha traído un caballo maravilloso para regalárselo al rey.
-Me encantaría.
Willas le tendió el brazo y ella lo tomó.
-Gracias, mi señor.- le sonrió.
La carpa de Dorne era la que estaba más llena, pues se consideraba que era uno de los mejores criadores de todo Poniente. Además, dada la cercanía de Dorne con las Ciudades Libres, Oberyn no dudaba en ir y volver cada pocos meses, solo para comprar caballos.
Casi todo el mundo estaba arremolinado en torno a un caballo inmenso, negro como la noche y con crines y cernejas rojas. Los colores Targaryen, muy propio.
-Es un caballo de shire- explicó Willas.- Oberyn me habló de él en una carta. Viene de las Ciudades Libres. Iba a regalarle un caballo color plata, pero decía que éste era más magnífico. Yo opino que debería regalarle el de color plata.
-Así haría juego con el color de cabello de los Targaryen. Aunque el príncipe Viserys tiene el cabello algo más claro que el resto, creo.
Willas soltó una risita.
-No se lo digáis a nadie, pero cuando éramos pequeños Egg, Jon, Rhae y yo lo llamábamos ``la lagartija descolorida.´´
-Ajá, lo he oído. En cuanto lo vea se lo contaré.- dijo una voz a sus espaldas.
Ambos se giraron para ver a lord Oberyn sonreír de oreja a oreja, con su amante Ellaria del brazo. La gente de Dorne siempre había intimidado un poco a Sansa, y Oberyn más que nadie.
-Entonces yo le diré que tú lo llamas insecto palo.- rebatió Willas.
-Bueno, puede que no le diga nada, pero solo porque te respeto. No porque tema que vayas a decirle nada.- respondió Oberyn.- Hablando de temer, parece que a quien hay que temer es a ti. En cuanto me despisto, apareces con la mujer más bella de todo Desembarco del brazo. Lady Sansa.- saludó, besándole la mano, mientras ella se ruborizaba de pies a cabeza.
-A quien deberías temer no es a mí, sino a Ellaria.- señaló Willas.
-Disculpadme, mi señora- dijo Oberyn.- No me he expresado bien. Me refería a la mujer más bella de todo Desembarco después de ti, por supuesto.
-Sí, ya.- respondió Ellaria, con una sonrisa sardónica en el rostro.- Si me disculpáis, voy a tomar un poco el aire. Lady Sansa. Lord Willas.- los saludó con una inclinación de cabeza antes de soltarse del brazo de Oberyn y salir de la carpa.
-Fantástico.- suspiró Oberyn- Ahora tendré que comprarle la joya más grande de todo Desembarco para que me deje volver a entrar en su cama. Empiezo a sospechar que se ofende a posta por cualquier nimiedad para conseguir más joyas. Las mujeres hermosas son terriblemente caras, muchacho. Disculpadme- dijo, y luego salió en pos de Ellaria.
-Disculpad a lord Oberyn.- dijo Willas, al ver que Sansa había alcanzado el grado de rubor más alto que él jamás había visto.- Los dornienses son…bueno, muy liberales.
-Ya veo.- asintió sansa- ¿Sois muy amigo de lord Oberyn?
-Desde lo de la pierna nos escribimos constantemente- explicó él- Ambos criamos halcones y caballos.
-¿Lo de la pierna?
-Él fue el jinete que me desmontó cuando mi caballo cayó sobre mí.
Sansa lo miró con los ojos como platos.
-Él os dejó cojo… ¿y vos sois su amigo?
-Él no me dejó cojo. Fue un accidente. No lo hizo queriendo. Pudo haberle pasado a cualquiera, no fue su culpa.-
Sansa siguió mirándolo, atónita.
-Yo no habría vuelto a hablarle en toda mi vida- dijo.
-Mi familia tampoco se lo tomó muy bien. Los Martell y los Tyrell nunca se han llevado demasiado bien, así que aquello cayó especialmente mal. Pero Oberyn y yo nos llevamos bien. Compartimos gustos similares. Y odiarlo no va a devolverme la movilidad en la pierna.
-Supongo que no, pero…
-Y al menos mi hermano pudo llegar a ser un caballero famoso.- añadió.
-¿Eh?
-Ese era mi sueño. Ser un caballero famoso. Aquel era mi primer torneo, y ya no puedo participar en más porque necesito una silla especial que va contra el reglamento, y si me desmontan me podría hacer mucho más daño. Pero al menos Loras sí lo ha logrado.
Sansa lo miró aún más estupefacta.
-Pero ese era vuestro sueño…él os lo arrebató.
Él la miró, confuso.
-¿Arrebatármelo? No sé a qué os réferis. ¿Cómo que arrebatármelo? Si yo no pude lograrlo, me alegro de que mi hermano sí lo lograra. Cumplió su sueño y trajo honor a nuestra casa. ¿Qué más puedo pedir? Si yo no puedo, mejor él que cualquier otro desconocido. Como mi hermana Margaery. Siempre quiso ser reina. Pero cuando el rey no la escogió a ella, sonrió y dijo: ``Bueno, mejor lady Arya que cualquier otra dama que fuera inferior a mí. Me alegro por ella´´ ¿Por qué odiar a aquellos que triunfan donde nosotros fracasamos? Eso no va a hacer que las cosas cambien. Deberíamos estar felices por ellos. ¿Debo odiar a Loras solo por logar lo que yo no pude? Yo tuve mi oportunidad y él la suya. No puedo culparlo por aprovecharla mejor.
``Exactamente igual que Arya y yo…pero en vez de alegrarme por ella, yo la odié. Y la culpa no es suya. Ni mía, tampoco. La culpa no es de nadie. ¿Porqué yo no puedo ser como lord Willas?´´
Salieron de la carpa en silencio.
-Hace dos noches, cené con vuestra hermana y el rey- dijo Willas.-Una dama…interesante.
-A mi me lo vais a decir…-suspiró Sansa, y se mordió la lengua.
No sabía cuan amigo era de Aegon. ¿Y si se ofendía? O peor, ¿y si le decía algo a Aegon y se ofendía éste?
Pero Willas no parecía ofendido. Al contrario. Parecía pensativo.
De repente alzó la vista y se paró en seco.
-Mirad eso- dijo.
Sansa miró hacia donde él señalaba y vio un tenderete, tan lleno de gente que casi bloqueaban todo el camino. Ella era alta, pero aún así tuvo que ponerse de puntillas para ver lo que vendían. Cuando vio lo que eran se echó a reír. Nunca se había reído así, sin que le importase quien podía verla. Ella reía como una dama, inclinando la cabeza y tapándose la boca con una mano. Pero aquella vez no le importó. Echó la cabeza hacia atrás y rió a mandíbula batiente. Y se sintió bien. Hacer por una vez lo que realmente deseaba, sin pensar que los demás pudieran pensar mal de ella, la hizo sentirse relajada. Se sentía libre.
-Vamos, quiero comprar una- dijo, aún entre risas.
-Vos compráis una y yo compro el resto.- respondió Willas.-Estoy seguro de que esa va a acabar rota y que a Egg le gustaría tener una.
A mediodía hubo un gran banquete, y después se presentaron los regalos al rey.
Oberyn le entregó el inmenso caballo, y lord Willas, un halcón blanco como la luna. La reina, un medallón de oro con el dragón tricéfalo de los Targaryen hecho en rubíes y obsidiana, y Jon un arco de plata y palosanto. Arya un anillo de oro con intrincados dragones labrados en tres tipos diferentes de oro. Los regalos se iban acumulando a los pies de Aegon. Parecía que cada casa de Poniente había traído algo. Los más ricos joyas, los menos pudientes, vinos, licores y dulces, perfumes o inciensos, libros o tapices. Tyrion Lannister y Myrcella Greyjoy se adelantaron para entregar un cinto de espada hecho en oro macizo. Y detrás de ellos iba Robb, que entregó en nombre de su padre una capa de brocado de seda rojo sangre con hilos de laca negra, ribeteada en zorro negro. Cuando Robb dejaba su regalo, Sansa se adelantó y dejó el suyo junto a la capa. De reojo pudo ver a Willas sonreír. Esperaba que no lo notasen hasta que la mirasen más de cerca, pero la princesa Rhaenys alzó una ceja.
-Lady Sansa- dijo- ¿Os importaría acercarme esa muñeca, por favor?
Sansa contuvo la sonrisa y entregó la muñeca. Rhaenys la observó con el ceño ligeramente fruncido, y luego se echó a reír.
-Hermano, creo que sin duda éste es tu regalo favorito.- alzó la muñeca para que la examinara- ¿No te resulta familiar?
Aegon miró la muñeca largo rato antes de abrir los ojos como platos.
-¡Es Arya!- exclamó, cogiéndola- ¡Es idéntica a ella!
-¿Qué?- exclamó Arya, saliendo de su lugar y corriendo hacia el trono.-¡Dámela!
-No, que seguro que la rompes.- dijo Aegon, poniendo la muñeca lejos de su alcance.
Arya gruñó algo.
-Deja que la vea, al menos.
El rey dejó que la examinara, pero sin soltarla.
En efecto, era ella. Sansa había reconocido la muñeca como una réplica de su hermana en cuanto la vio. El cabello era de verdad, castaño y liso como el de Arya. El rostro era de loza blanca, pero el pintor era muy diestro y había sabido imitar los rasgos de Arya con mucha exactitud. El vestido, una réplica del que llevaba Arya el día que bajó del barco y pisó por primera vez Desembarco, con todo el pueblo esperando en los muelles para conocer a su futura reina. La tela era una versión barata de la que llevó Arya, pero el corte era asombrosamente parecido. En el costado llevaba a Aguja, tal y como la llevó aquel día, y era una espada tan bien imitada que casi parecía que hubieran encogido la original. Y cosida a la mano, un lobito de trapo del mismo colorido que Nymeria, aunque mucho más pequeño. Incluso llevaba al cuello el colgante de Daena.
-¡Dame esa muñeca!- gritó Arya, sin importarle que todo el mundo estuviera delante.
-Es mi regalo y lo quiero. Es mía- dijo Aegon con firmeza.- Si quieres una muñeca, hazte tú una. Yo te la regalo.
-No es eso. Quiero esa muñeca.
-Y yo de pequeño quería que lloviera zumo de moras, mi favorito, pero no pudo ser.
-Te lo advierto, dame esa muñeca o…
-¿O qué?- sonrió Aegon, desafiante.
-Te juro que convertiré tu vida en un maldito infierno.
-¿Aún más? Buena suerte intentándolo, amor mío, pero creo que eso es imposible.
-Tú vuelve a llamarme eso otra vez y verás cómo sí es posible.- gruñó Arya- ¡Sansa! ¿De dónde has sacado esa muñeca?
-La encontré en un puesto del festival de hoy.
-¿Estás diciendo que hay más?- musitó Arya, palideciendo.
-¡Rápido, que alguien vaya a comprarlas todas!- ordenó Aegon.
-Mucho me temo que no queda ninguna- dijo Willas- Yo compré el resto.
-Dame esas malditas muñecas.- dijo Arya.
- Yo soy tu rey y exijo que me las des a mí.
-No voy a permitir que haya muñecas de mí en toda la fortaleza- se quejó Arya.
-Mucho me temo que las habrá en todo Desembarco.- continuó Willas- Las muñecas ya estaban a la venta mucho antes de que yo las viera. Y eran muy populares. Deben de haber vendido al menos varias docenas.
Arya se puso pálida y luego muy roja.
-Muy bien- siseó.- Esto no va a quedar así- juró.
Pero sí quedó. Willas le dio las muñecas, pero jamás logró recuperar la de Aegon.
Un mes más tarde, tenía lugar la boda.
En realidad fueron dos. Una pública, en el sept de Baelor, y otra privada en el Bosque de los Dioses. Todos los miembros de la casa Stark acudieron, excepto Rickon, a quien no gustaba el sur y se quedó al cuidado del maestre Luwin. De todas formas, siempre debe de haber un Stark en Invernalia.
Mientras Arya avanzaba por el sept de Baelor del brazo de Ned y flanqueada por Nymeria todos la miraban. Con el cabello suelto y un vestido de encaje myriano con hilos de plata sobre seda blanca, una cola de tres metros y mangas flotantes como alas de mariposa bajo la capa de los Stark era difícil no mirarla. Nunca había parecido tan frágil y tan hermosa. Sansa la observaba desde su puesto secundario, con el corazón encogido, pero ésta vez de auténtica admiración y no de celos. Ni siquiera cuando Arya se arrodilló frente al trono y Aegon le colocó en la cabeza la corona, ni cuando volvió a la fortaleza para el banquete entre una lluvia de pétalos de rosa y vítores.
No sintió celos ni una sola vez.
Porque sentía en la nuca la mirada cálida de Willas, que hacía que el estómago le revoloteara como si tuviera dentro mariposas del tamaño de murciélagos, y porque había conocido a Margaery y resultó no ser tan vanidosa ni malintencionada como creía, sino cálida y amable, y a Garlan el Galante, que hacía honor a su nombre, a ser Loras, que no le parecía ya ni remotamente tan apuesto como antes, pero que también era gentil y a lady Alerie, que era dulce y amable y ya la quería casi tanto como a su madre. Porque se sentía a gusto entre ellos, casi tan a gusto como entre su familia. Porque al final había tomado su decisión. No iba a volver a Invernalia, ni tampoco se quedaría en Desembarco. Porque en dos semanas iría a Altojardín y se casaría con Willas entre las rosas doradas que crecían en su jardín. Porque no había visto nunca ese lugar, pero ya lo sentía como su hogar.
