5. De un sueño salió un príncipe.
Feliciano recuerda perfectamente a aquel niño. Casi de su porte, ojos azules cuyas pupilas parecían un azul marino profundo en lugar de negro, cabello rubio siempre cubierto por un gorro, ropa formal, oscura. Era el señorito después de todo.
Feliciano era solo un invitado que allí estaba tras la muerte de sus padres y la desaparición inesperada de su nonno. Pese a ello, llevaba la ropa más linda que jamás había llevado, y solo había una persona en todo el lugar que conocía su condición de omega, pero Elizabeta prefería hacerlo pasar por beta, le facilitaba la vida al hacerlo aprender cosas sencillas que le servirían más una vez saliera de la casa Beilschmidt. Feliciano era bueno en todo lo que le enseñaran, y era un niño gentil y obediente, solo que se la pasaba quejando con una voz lastimera y lágrimas en sus ojos de no recibir todas las cosas que en su casa en Italia recibía. No había comida gourmet, lloraba. No había hora de la siesta, lloraba. Debía limpiar su cuarto en lugar de jugar todo lo que quisiera, lloraba. No podía pintar cuando se le diera la gana o leer libros con palabras raras. A menudo era consolado por Elizabeta quien tendría unos catorce años por la época, y conocía las noticias sobre su hermano mayor confinado en la casa del novicio Antonio por vía de Gilbert o Roderich, Feliciano amaba a Roderich como a un padre mientras que no sabía cómo actuar cerca de Gilbert, su naturaleza amable no lo dejaba golpear a aquel tipo no importa lo mucho que lo molestara, por lo que se ponía a llorar; y no sabía que decir de las noticias que recibía de su hermano mayor, quien se había marchado al extranjero antes de la muerte de sus padres para ser educado por los únicos profesores que aceptaban a un omega tan 'especial', por lo que siempre que le decían cosas como 'fue a un evento con Gilbert', 'lo presentaron a la sociedad' u 'otra vez rechazo a otro pretendiente', era como si la vida de una persona completamente desconocida llegara a sus oídos, la vida de Lovino era como un chisme, que él sabía y no creía o no imaginaba.
Su hermano era austero, caprichoso y con mal temperamento; sin embargo recibía montones de cartas de pretendientes todos los días –Lovino más tarde le diría que todos ellos estaban tras la fortuna de la familia-; tenía una hermosa piel morena por trabajar en el jardín de los Fernández Carriedo; una voz grave para cantar y una determinación por trabajar que desentonaba con su naturaleza floja. El pobre Lovino había nacido con problemas de los nervios y terrores nocturnos que lo despertaban gritando, y aun así se las arreglaba para parecer que no necesitaba la ayuda de nadie y que como omega le sentaba mejor ser Alpha. Al contrario de él, Feliciano sí que le anotaba a la descripción de un omega; sus pasatiempos eran la pintura, la danza y el canto, su voz era aguda y melodiosa, sus movimientos eran sencillos y delicados, de vez en cuando demasiado violentos y alocados pero era parte de ser un bromista incauto. Al vivir confinado en la casa Beilschmidt, no muchos lo conocían y por supuesto no tenía pretendientes. O eso pensó hasta el día en que aquel chico se le declaro.
Fue antes de que él, -el señorito de la casa, con quien se topaba siempre en los pasillos y jugaban juegos que terminaban en castigos o en llanto, con quien compartía la comida, la mesa, la cama a la hora de la siesta- se marchara al norte de Alemania y no volviera a verlo nunca más. Sus ojos azules tan sinceros, sus manos tan cálidas y sudorosas, y el primer beso. Y después la noticia de que su transporte se había volcado en el camino. Nada más que eso.
Le prometió que volvería y por proteger la promesa de esperarlo para siempre, Feliciano juro que nadie lo desposaría. Su actitud se volvió frívola, continuaba siendo un bromista y un coqueto innato, pero había dejado de interesarse por complacer los sentimientos de los demás, y de hecho muchas veces prefería ponerse a él encima de los demás para protegerse de cualquier daño venidero. Cuando su nonno les informo a los omegas, en frente de su hermano Marcello –un Alpha- que estaba pensando en enviarlos al monasterio –unos tres años después de que volvieran a vivir todos juntos en roma- Feliciano no se lo pensó y acepto de inmediato, Lovino obedeció de mala gana y Marcello declino la oferta, diciendo que prefería una vida en la que pecara de un buen amante antes que encerrarse en un viejo edificio. El abuelo los envió y a los meses ya estaban empezando sus vidas como novicios en otro país, en el monasterio.
Al principio a Feliciano le costó acostumbrarse a la disciplina pero con el tiempo todo eso dejo de importarle. Hasta que cierta tarde en que salió con una canasta y sin el velo blanco reglamentario del uniforme, en su lugar llevaba la larga túnica negra, para que aun se viera que era del monasterio, pero debajo llevaba ropa cómoda como de cualquier otra persona en la calle, dirigiéndose a la casa que los Beilschmidt tenían allí, la cual era únicamente de verano. Cuando llego y entro por la cocina saludando a Elizabeta quien le ayudo a llevar la canasta a la sala del té para saludar a Roderich, casi se cae de la impresión al ver a un hombre desconocido, del porte del marco de la puerta, con el cabello peinado hacia atrás y un uniforme militar. Estaba de espaldas hablando con Roderich quien lo noto y le dirigió una suave sonrisa paternal y le indico con la mano que se acercara a lo que Feliciano obedeció sin rodeos, ya sonriendo para presentarse, el hombre se dio la vuelta y su garganta se cayó con un 'gulp'.
—Ludwig, un gusto conocerte, Feliciano —estirando la mano, tieso como una roca, con unos ojos tristes y una postura resignada, Feliciano vio como aquel hombre se le parecía a su príncipe y a la vez no lo era; estira la mano también sin abandonar la sonrisa temerosa y se la estrecha tan vivazmente como puede hasta que Ludwig separa su mano incomodó. Roderich entonces procede a explicar.
—Feliciano, Ludwig aquí acaba de ser deportado de su país, estoy seguro de que conoces lo que está pasando en Alemania ahora y por ello, al ser el hermano menor de Gilbert, le hemos dado refugio en nuestra casa ahora que ya no tiene a donde ir.
Feliciano sintió la piel de gallina, con los ojos abiertos y algo de miedo pregunto — ¿eras uno de los malos?
Ludwig suspiro.
—por mucho tiempo creí que no, pero si, Feliciano. He cumplido con mi condena y aun me queda más por lo que pasar, el trabajo no ha terminado con la guerra. Pero si logro volver a dirigir mi camino y vivir mi vida bajo los mandamientos de mi dios, creo que habrán tiempos mejores…— aunque lo decía de esa forma, Ludwig solo era un estudiante aspirante al ejercito cuando la guerra acababa.
Feliciano le abraza en un impulso de la nada, lo estrecha tan fuerte, ocultando su cabeza en el fornido pecho con lágrimas en los ojos y palabras de consuelo; Feliciano sabe que lo han conmovido y lo han hecho anhelar otra vez, pero Ludwig asume que aquel chico es un monje muy compasivo con un cordero perdido como él.
6. Antonio.
—Dios me castiga— lloraba Antonio con los ojos secos en su delirio de ebrio. Nunca se había emborrachado, al menos no desde que pronuncio los votos religiosos hacia cuatro años atrás.
—tú le diste la idea a su abuelo ¿Por qué dices que te ha castigado dios? A mí me parece que tú fuiste el idiota— le reprende ni medio borracho pero con cerveza en mano, Gilbert, quien se peina el pelo y luego lo revuelve otra vez. Están en el sótano de la casa, Francis se había marchado un poco antes –lo conocía de pura casualidad y se habían vuelto buenos amigos- mientras que Antonio prefería quedarse a dormir allí antes de ser regañado, de todos modos hoy Lovino estaba en un pequeño viaje al pueblo vecino con las hermanas, comprando las cosas para la ceremonia en la que lo harían decir sus votos, nada realmente costoso, eran miembros de la iglesia después de todo, solo irían a comprar dulces para los invitados y revisar qué los ancianos estuvieran cómodos para el mal clima que se venía.
—pero, es que cuando conocí a Lovino era ¡así! de pequeñito— pone la mano a una altura cercana al suelo para enfatizar su punto —después cuando tenía que viajar mucho por mis estudios previos a los votos y lo veía de nuevo después de meses, apenas si crecía algo, era un niño de doce años cuando recibió su primera carta de amor ¿puedes creerlo? Le daba tanta vergüenza que yo supiera que la había recibido que la tiro a la basura sin siquiera leerla. Era tan tierno, pequeño y delicado, con unos ojos tan grandes y unas mejillas tan gordas ¡no puedo creer que mi Lovino haya cambiado tanto con solo tres años sin verlo! Si apenas había crecido nada y la voz no le había terminado de cambiar cuando se devolvió a Italia.
— ¿Lovino, eh? He oído que un montón de Alphas quieren cortejarlo, aun estando en la iglesia, tiene un sequito de Alphas mujeres en el negocio de la fama que quieren promocionarlo como la próxima voz y cara bonita post-guerra, si mal no recuerdo Roderich incluso dijo que tiene un perfil más serio que Feliciano y una actitud más atrayente también.
Antonio quedo atónito ante lo último ¿atrayente? ¿Acaso conocían a Lovino como él lo conocía?
— ¿a qué te refieres? Solo se queja y hace berrinches o me golpea… aunque también es muy reflexivo sobre sus actos y se preocupa por los demás, ah… nada lindo, nada como un omega.
—bueno, tu eres un Alpha por ti mismo, incluso con esa cara de asexual que tienes. Lovino es atrayente en el sentido de que es un desafío. Quien logre domarlo de seguro debe tener mucha fuerza.
— ¿y tú, Gilbert? No estarás interesado en mi dulce aprendiz, verdad— pregunto entre amenazándolo e intentando disimular sus celos. Gilbert suelta una risa que molesta en los oídos y golpea la mesa con su vaso.
—claro que no, idiota ¡yo pongo el ojo en un pez mucho más gordo!
Pero pese al aire que invitaba a bromear más, ambos reflexionaron por un instante en el punto de Lovino.
—ese niño siempre ha sido muy secretivo contigo ¿verdad?— pregunta Gilbert quien conocía también muy bien a Lovino, no tanto como Antonio.
—sí, pero últimamente está distinto… creo que está planeando algo.
— ¿algo?
—Creo que está esperando que Feliciano haga los votos, ha pedido otra vez que le atrasen los suyos porque no puede decidirse, el viaje de esta noche fue para intentar convencerlo— Gilbert suelta un bufido.
—jamás podrán convencerlo, si se quiere ir, no me sorprendería que lo haga cualquiera de estos días.
—no creo que se vaya, ¡estoy aquí mismo!
Pero Antonio estaba mal. Por supuesto que Lovino planeaba irse. La fecha ya estaba decidida, el camino había sido memorizado, había ido directamente en secreto a hablar con su única vía de escape. Francis no diría nada, porque si bien era un romántico por las historias, no había nada más romántico que escaparse; aun sabiendo que había una historia de pasión entre ellos dos oculta tras las paredes del convento.
Francis arrendaría un auto y para cuando todos estuvieran dormidos huirían hasta la estación de tren del próximo pueblo, ahí dejarían a Lovino junto con un agente que demostró no ser un charlatán, y desde tren irían a Londres, y luego se embarcarían para ir a estados unidos. La historia del proceder de Lovino sería suficiente para ganarle fama bastante antes de su debut y tal vez sus habilidades lo llevarían a tener una vida apacible por el resto de sus días.
Su único problema y esperaba que nadie más lo notara antes del día en que se entregaban los votos, era que sus ciclos hormonales estaban cambiando, podría no ser nada grave pero el susto de un embarazo, de la vergüenza, de las consecuencias, de las miradas, era demasiado para él. Antonio no lo sabía, no lo notaba, y sin embargo algo intuía.
Recuerda que cuando Lovino había llegado a su casa, hace diez años atrás, tenía siete años y su porte era el de una muñeca, sus mejillas se encendían en un rojo vivo cada que algo lo avergonzaba, lo hacía enojar, o lo ponía contento; ahora era más difícil saber si estaba enojado en 'serio' o simplemente intentaba comportarse como 'un adulto'. Antonio nunca entendió por qué Lovino querría comportarse como el adulto, ni siquiera las primeras veces que se puso ropa blanca y se puso perfume para sus primeras fiestas; en esos lugares siempre se paraba derecho, de puntitas, mirando a todos con el mentón elevado, los movimientos sofisticados, una timidez inusual y sin embargo preciosa, y luego cuando lo invitaban a bailar, declinaba con amabilidad o aceptaba con una pequeña sonrisa solo para más tarde en la noche esconder su cara entre sus brazos y fingir estar dormido para no tener que escuchar como su mentor lo felicitaba por su excelente comportamiento, el cual solo duro unas cuantas fiestas antes de que Lovino estallara en un berrinche, llanto y gritos y se fuera de la fiesta dando patadas a Alpha alguno que se le cruzara porque 'no soy carne en descuento'. Nadie sabe qué provoco ese cambio y aunque Antonio intento averiguarlo muchas veces, fue totalmente inútil. Lovino tendría unos trece años por aquel entonces y con frecuencia Antonio debía embarcarse para ir a Italia desde su casa en España, para así poder estar en las mejores manos durante sus estudios teológicos; recuerda cuando un día Lovino se le acerco de noche a su cama-la cual gradualmente iba dejando conforme crecía-, y le pregunto si en verdad planeaba jamás casarse con ninguna persona, Antonio no recuerda bien que le dijo pero si lo que le quería decir "no podría enamorarme de nadie que no fuera como tú", en una época en que todo era más inocente y en que Lovino no tenía ni la experiencia ni la mirada de un adulto, eso para Antonio era como decir 'no podría querer a nadie tanto como para casarme'. Para Lovino era una declaración que lo volvía todo inútil.
Para ambos muchas palabras diferían de tal forma que si 'enamorarse' para Antonio significaba querer, para Lovino significaba entregarse de forma corporal; si era 'pasión' para Antonio significaba amor físico incapaz de morir en el allí y el ahora, para Lovino en cambio significaba fidelidad hasta el último aliento. Por ello aún les continúa siendo difícil comprenderse entre ellos, y muchas de las preguntas continúan en un bosquejo de respuesta.
Y pronto, descubriría Antonio, necesitaría más esas respuestas que el aire con el que respira.
