Capítulo II.
A pesar de que todos querían hablar, a pesar de que, por su papel en la anécdota, Mako no quería ser el foco de atención, una idea se le ocurrió que opacó a todo lo anterior, incluso a su deseo de ser tragado por la tierra. Es que, aunque cualquiera que lea esto lo sepa, en la mesa, nadie conocía la realidad del ahora matrimonio. Suyin sólo había exaltado lo inocentes que eran, lo respetuosos y obedientes. Bien, el maestro fuego no era alguien particularmente vengativo pero, siendo su hermano, y siendo la boda del mismo, no podía dejar ir una oportunidad que no se volvería a presentar quizás nunca. Eso, produjo que, aprovechando el silencio que se había producido, alzara la voz. Todos callaron, algo indignados de que no fuera su propio turno, pero más que nada intrigados. Así empezó:
Pequeña travesía para un gran día.
Un día cualquiera, en el trabajo, aburrido. Así empezaba mi adorada semana. No había nada para hacer, sólo papeles, y ya había conseguido adelantarlos. Merecido descanso, además, por lo pesado del ambiente, el ánimo no estaba de lo mejor para moverse. La ciudad hace tiempo que perdió ese toque mágico del que los viejos hablan. Yo no creo haberlo visto nunca, siempre me pareció un lugar más bien lúgubre. De cualquier manera, Bolin había salido a comprar unas cosas. Admito que me sorprendí cuando me lo dijo, nadie sale si no es a un trabajo de campo. Nadie. Nunca. Sin embargo, Lin le había dado la autorización, y reconozco que pensé que su mente no estaba funcionando demasiado bien debido al clima, sino, no encontraba otra explicación. Mientras tanto, yo me quedaba ahí. Y pasó el tiempo, aunque no me diera cuenta de ello.
Sí, Bolin tardó en volver. Y sí, cuando lo hizo, lo primero que pregunté fue qué había ido a comprar. Pero de inmediato tuve que callarme. Estaba con las manos vacías. No tenía nada, ni una bolsa, ni una caja. Absolutamente nada. Pensé entonces que quizás sería un sobre, y que por eso no lo veía, estaría en su bolsillo. Pero, ¿quién sale a comprar un sobre? Y por más que Lin tuviera el cerebro freído en ese momento, sabía que ni en su más desquiciado juicio lo permitiría. Horas de trabajo son horas de trabajo. Lejos de ser explotación, es justicia. Pero bueno, tampoco es de discutir ese punto. Entonces, como decía, llegó Bolin, sin nada.
—¿Qué miras? —me preguntó, y recién entonces me percaté de que había estado mirándolo fijo.
—No tienes nada —le dije, incrédulo, señalándolo.
—Gracias, supongo que es lo normal, ¿no?
Se sentía algo incómodo, podía notar eso. Bolin es muy obvio, al menos para mí. Tiene una incapacidad de disimulo. Eso ha hecho que tenga que dejar de decirle muchas cosas que eran secretos, y no hablo de secretos importantes, para nada, sino algunos como una fiesta sorpresa que sé se está organizando, un regalo que compré a alguien, y demás. No porque lo diga, claro que no, pero, cuando alguien se da cuenta de que él está escondiendo algo, lo presiona hasta que confiesa. Y si no confiesa, bueno, entonces sufre de más presión aun. Es una situación algo incómoda, por eso prefiero hacer así. Pero, en ese momento, yo era ese alguien. Y a mí no podía esconderme nada.
—¿Qué sucede? —le pregunté.
—N-nada —me dijo, como tratando de cubrirse.
—Entiendo, ¿qué fuiste a comprar entonces?
—¿Comprar? —me preguntó, como si no recordara que me había dicho aquello— ¡Ah, claro! Comprar.
Se había delatado solo. Sentí algo de lástima por él, que a veces tanto se esfuerza por cubrir algo y nunca puede. Al mismo tiempo, sentí una maliciosa felicidad. Lo tenía acorralado, y no podría escapar hasta contarme qué había pasado.
—Claro… comprar —le dije, mirándolo con un claro tinte de sarcasmo—. Bolin, ¿qué pasó?
Él abrió y cerró la boca varias veces, y en ese momento entendí por qué muchas personas hacen la comparación de alguien así con un pez. Si dijera que era distinto a ello, mentiría. Es la explicación perfecta para mi hermano de ese momento. Un pez. Un pez que se debatía si hablarme o no, que estaba calculando qué consecuencias tendría contarme ese secreto, o quizás no tan secreto. Algún cumpleaños, pensé yo en ese momento, barajando varias posibilidades, algún accidente podría ser, igual que alguna muerte, o algo bueno, por qué no. Lo vi decidirse, vi en sus ojos la resignación le su confianza en mí, y vi, por un segundo, la historia formarse en sus labios. Pero, justo en ese momento, justo en el punto clave de nuestra conversación, Lin apareció, tomando a Bolin por el hombro, indicándole que pasara a su oficina un momento. Cuando él ya no estuvo presente, me dijo:
—Tendrías que dejar de atosigar a tu hermano y hacer algo útil.
¿Útil? Si ella bien sabía que no había nada útil para hacer, era ridícula su propuesta, por más que yo no fuera a decírselo.
—Ya hice todo lo que hay, adelanté papeleo de dos meses para aligerar la carga de los próximos días —le retruqué, en tono respetuoso. Los demás seguían haciendo como que trabajaban.
—Entonces podrías hacerme un favor —me dijo con una media sonrisa que no indicaba nada bueno.
—Claro que sí, siempre a la orden.
No me dijo nada después de eso, sino que me hizo un gesto para que la siguiera. Entramos a su oficina, y vi a un nervioso Bolin sentado en una de las sillas. Lin no dejó de caminar, yendo a una puerta lateral a la que yo nunca le había prestado atención. Adentro no se distinguía demasiado bien qué había, hasta que la luz se encendió. Entonces mi boca quedó como la de mi hermano momentos atrás. No era una habitación demasiado grande, apenas tendría unos quince metros cuadrados, quizás un poco más. Tenía estantes en todas las paredes, desde el techo hasta el suelo, todas atiborradas de papeles en claro desorden. El mismo patrón se repetía en el piso, con cajas amontonadas y rebosantes de expedientes. Apenas se podía entrar, apenas se podía hacer algo.
—Ya que tienes una habilidad innata para ordenar papeles, podrías ordenar todos estos expedientes, que recolectan la información de los últimos diez años de crímenes en Ciudad República.
Últimos diez años, eso sonaba a mucha cantidad. Demasiada, de hecho. Por eso, puse manos a la obra. Por un segundo creí escuchar una suave risa por parte de mi mayor y jefa, pero decidí no sólo no comentar nada al respecto, sino también hacerme el desentendido del asunto. Había pensado en empezar por una de las cajas, pero decidí que lo mejor sería empezar por los estantes, así tendría dónde ir colocando los papeles más tarde. Creo que no es necesario decir que era una misión imposible. Algunos papeles ni siquiera tenían sentido. Tardé horas, sin darme cuenta de ello. Terminé cansado de pensar, de revisar, de apilar, y de repetir. Cuando por fin salí, ya era de noche. Horas extra, era lo último que necesitaba. Ahora al menos tenía una ventaja si quería salir a alguna parte y debía retirarme más temprano. Fui directo a mi departamento, sin pensar siquiera en el extraño comportamiento de Bolin. Por eso me sorprendió cuando lo vi a mi puerta, esperando. Al parecer la culpa había podido más que él, o eso me dijo. Lo dejé entrar, le ofrecí algo para tomar y me pidió una cerveza si acaso tenía. Le di una y agarré otra para mí.
—Es una larga historia —me dijo, antes de empezar.
Es gracioso pensarlo ahora, porque le da sentido a muchas cosas que yo había tomado como un simple mal día. Cuando terminó, lo único que pude hacer fue palmearle el hombro y preguntarle si se sentía mejor o peor que antes. Lo que confesó no podría decirlo, porque quizás es algo privado de él. Confieso que yo me habría sentido igual si hubiese estado en su situación. Esa noche se fue tarde, más que tarde. Diría que a punto estuvo de quedarse en mi departamento a pasar la noche, si no hubiera sido porque no tenía cómo avisarle a Opal que no volvería y no quería preocuparla.
¿Qué fue lo que me contó? Es importante, sí, de hecho, es casi lo más importante de la historia. Pero, mejor es contar algo antes. Algo que había pasado un mes antes, si mi memoria y mis matemáticas funcionan. Opal estaba algo molesta con Bolin porque él había olvidado una fecha importante. A saber, el aniversario de su convivencia. Entiendo, no era una fecha demasiado importante, podría habérsele olvidado a cualquiera, peor hubiera sido un cumpleaños, pero, de cualquier manera, la joven no estaba demasiado contenta. Tuvieron una discusión, de las pocas que he escuchado de ellos, de las pocas que me he enterado, no creo que hayan tenido muchas más que las que todos saben, algunos quizás se perdieron de una anécdota de alguna, pero no es importante ahora. En fin, como siempre, terminaron reconciliándose. El enojo les duró unos dos días. Uno decía que era ridículo, la otra que era importante. Uno decía que ella era una orgullosa, la otra decía que él era un idiota. Así, siempre que alguien mencionaba algo remotamente relacionado al tema, ambos peleaban. Hasta que Bolin se disculpó y, después Opal también. De cómo terminó su reconciliación, asumo que casa uno imagina lo que quiera, pero no por nada dije todo esto. Ya tendrán sus propias conclusiones.
En fin, lo que había pasado el día en el que Bolin salió de 'compras' lo había asustado. Se había mantenido así por una semana. Tenía una suerte de dilema interior que no sabía cómo resolver. Sí, no, sí, no, sí, no, y se repetía. Ese día sería el definitivo. Ese día podrían comprobar si Opal estaba o no embarazada.
Todo lo posible a pasar le pasó en el trayecto de la central a su departamento, donde su novia lo esperaba. Intentaron asaltarlo, incluso lo corrieron varios metros, él sin ganas de enfrentarlos debido a su ansiedad. Casi lo atropellan, un auto que no lo vio y que a punto estuvo de pasarlo por encima. Se tropezó y cayó al piso, después una señora le pidió que por favor le ayudara con unas bolsas que eran demasiado pesadas. Para cuando Bolin volvió a su dulce hogar, había pasado un tiempo considerable. Me dijo que la cara de Opal no era ni de felicidad ni de tristeza, que parecía indecisa a cómo sentirse. Estaba con cierta inseguridad, y tardó en hablar unos minutos. Minutos que a Bolin se le hicieron eternos, y que aprovechó para calmar su respiración, el corazón latiéndole a una velocidad demasiado rápida para ser tan siquiera mínimamente normal.
—No —le dijo ella, soltándolo como si se le cayera la palabra—, resultó ser negativo.
Él, ahora en la misma situación que su novia, se sentó a su lado, le dio la mano, y se quedó en silencio, volviendo al trabajo cuando todo hubo pasado.
Al día siguiente que él me contó eso, Lin me confesó que era la única que lo sabía. Al parecer, la mujer le inspira confianza a su sobrina como para tratar de esos temas. Así fue como ambos tuvieron su primer grande susto, y quizás su primera grande ilusión. No sé si será necesario aclarar que tanto Opal como Bolin se imaginaban la reacción de Suyin al enterarse, y tal parece que en ninguna de las dos imaginaciones era una reacción demasiado prometedora u optimista.
Cabe decir, por si alguien quiere saber, que ese mismo día, el mismo día que hablé con Lin, fui a ver el cuarto de expedientes, sólo para verlo nuevamente desordenado. Al parecer, son expedientes falsos, que Lin guarda en esa habitación para hacer trabajar a los holgazanes y, en mi caso, a los curiosos.
Habría que aclarar que, cuando Mako terminó su historia, al final, Suyin tenía los ojos abiertos como platos mirando hacia su ahora yerno oficial, y que éste no aguantaba más la mirada de su suegra. Cuando la noche fue terminando, recibió un golpe de una masa de tierra que nadie nunca supo de dónde salió, pero que, en secreto, todos saben quién fue. Sólo que nadie lo dice.
