Corazón de Espada

(Rurouni Kenshin)


III

Yahiko Myojin,

descendiente de los samuráis de Tokio.

Kenshin suspiró con hastío cuando la voz airada de Kaoru resonó por el dojo, murmurando cosas entre dientes sobre la cabezonería del pelirrojo.

Desde que habían vuelto a casa el día anterior, y tras recuperar por completo su confianza al ver que él estaba ya calmado luego del incidente con la policía armada y el posterior encuentro con el general Yamagata, la chica no había parado de regañarlo sobre lo imprudente que había sido al caer en la provocación de aquel capitán, y lo completamente estúpido que era andar por ahí con sus espadas.

—Un día de estos vas a acabar en la cárcel y nadie podrá sacarte de allí. —masculló en aquel momento la ojiazul, dando golpes al aire con su bokken en un movimiento repetitivo hacia adelante que Kenshin encontraba extremadamente aburrido.

Kaoru estaba entrenando en el dojo en ese instante y de paso, se había puesto a recordarle de nuevo que no podía seguir llevando sus armas por ahí. El samurái de rojos cabellos estaba cansado ya del tema, pero no se había tragado las quejas y se había limitado a suspirar por tener que volver a la conversación habitual sobre la prohibición de portar espada. Sabía que después de la pelea de ayer, tendría que escucharla echarle sermones por un buen par de días, y sin duda no estaba esperando con entusiasmo aquello.

Para él, andar sin su espada sería como cortarse un brazo, o algo similar. Ni siquiera podía llegar a imaginarse el abandonar realmente su arma y hacer su vida sin ella. Se sentiría desprotegido, vulnerable, y después de haber vivido todo lo que él había hecho, aquella sensación sería realmente horrible. Cuando había abandonado su katana tras la batalla de Toba-Fushimi, y un poco antes de conseguir su sakabatō, había sido bastante sombría la sensación de sentirse indefenso, tanto así que no quería volver a sentirla jamás.

—Ya sé que es difícil dejar las viejas costumbres, pero si los otros samuráis han podido hacerlo, entonces tú también. —gruñó la chica entre golpes de su bokken, bajo la atenta mirada del espadachín que la observaba con ojos críticos desde su posición relajada contra la pared, sentado en el piso con su espada apoyada contra su hombro.

"La mayoría de los otros samuráis o se han unido a la policía, o se han vuelto bandidos," pensó él con sequedad, pero decidió prudentemente no verbalizar aquello, manteniéndose en silencio mientras analizaba a la muchacha con detenimiento.

Durante los días que llevaba viviendo allí, el varón se había tomado la libertad de observarla entrenar y, con ello, estudiar el estilo de combate de la chica. Sus conclusiones habían sido que el Kamiya Kasshin era un estilo que, si bien no le terminaba de gustar pues lo encontraba poco eficiente, era útil para la defensa. Y a la larga, eso era lo que estaba destinado a hacer: defender y nada más. En esa época, donde no se necesitaba la espada, el kendo estaba sentenciado a volverse solo un método de defensa, y él ya sabía eso. Sin embargo, la chica necesitaba ayuda con algunas de sus formas, y hasta él podía verlo mientras la observaba entrenar. Era obvio que nunca había terminado completamente su entrenamiento, y que por esa razón era la maestra adjunta, y no una maestra titular.

Había estado barajando la idea de echarle una mano, pero no quería ofenderla ni nada, pues ella podía tomarse mal que él quisiese ayudarla con su estilo de combate, cuando ni siquiera era el que lo manejaba. Pero era un espadachín experto, con muchísimos años de experiencia, y era perfectamente capaz de darse cuenta que las formas de Kaoru podían ser mejoradas. Quizás si utilizase un enfoque más sutil para ayudarla, podría evitar molestarla… Bueno, pensaría sobre ello luego.

—En primer lugar, he portado esta espada por diez años, no voy a dejarla simplemente porque sí. —murmuró a la defensiva, poniendo los ojos en blanco hacia la espalda de la muchacha.— En segundo lugar, que me atraparan ayer fue consecuencia de que yo no puse todo mi empeño en huir. Si hubiera querido, habría escapado por los tejados y ellos no habrían podido alcanzarme. Y en tercer lugar, he estado preso en el calabozo por llevar la espada antes, y siempre me sueltan uno o dos días después. No es gran cosa. No me preocupa si alguien me saca o no.

Tardíamente, se dio cuenta de que aquella no era la respuesta correcta. Kaoru dejó de entrenar súbitamente y le disparó una mirada molesta, casi echando chispas por los ojos. "Si las miradas mataran, creo que ya estaría más que muerto en el suelo," pensó el vagabundo, ligeramente pálido y con una gota de sudor en su nuca al sentir la irritación en el ki de la joven.

—Eres un ingrato, me preocupo por ti y ni siquiera te importa. —le recriminó la chica a gritos, pero Kenshin dejó de escucharla repentinamente. Un molesto escalofrío le recorrió la espalda al sentir algunas presencias desconocidas en el frontis del dojo, por lo que silenciosamente se levantó, colocando su espada en su obi, y luego caminó hacia la puerta del lugar, con su mano izquierda apoyada en la empuñadura de su sakabatō. La ojiazul, sin embargo, no se inmutó por su movimiento y siguió con su perorata:— Llevar espada sólo te trae problemas, es absurdo que la sigas llevando cuando no la necesitas. Por último, podrías llevar un bokken como yo.

Bueno, eso atrajo nuevamente la atención del samurái, que dirigió su mirada azulada llena de indignación de nuevo hacia la fémina. Debía estar bromeando si pensaba que él llevaría una espada de madera. Ni siquiera podía imaginarse vagando por ahí con un bokken… Y solo podía figurarse cuál sería la reacción de cualquiera que lo conociera y que supiera que el Battousai Himura andaba con un bokken. Si ya de por sí el sakabatō lo haría el hazmerreír de muchos hombres que lo hubiesen conocido durante el Bakumatsu, sería peor si lo cambiaba por una espada de madera.

Además, había ciertos hábitos que no se podían romper con facilidad, y su uso de la espada era uno de ellos. Él era un espadachín que toda su vida había usado una katana de verdad, incluso desde sus inicios. Desde los primeros días de su entrenamiento con su shishō en las montañas, siempre había usado una espada de acero, no podía simplemente abandonar la katana ahora para reemplazarla por un bokken. La mera idea se le antojaba ridícula. ¿Qué podía hacer él con un bokken?

—Si he tenido problemas no ha sido por la espada precisamente. —replicó él colocando nuevamente los ojos en blanco hacia la pelinegra, gesto que esta vez ella vio perfectamente, y que la hizo apretar los labios con irritación.— Mi espada no me trae problemas, Kaoru-dono.

—¡Pero podría traértelos! ¡Y podrías evitártelos si llevaras un bokken! —exclamó ella, testaruda.

Pero Kenshin, decidiendo ignorar el comentario olímpicamente, frunció el ceño y volvió a mirar hacia fuera con los ojos entrecerrados y la mano izquierda aún sobre la empuñadura de su espada, a la vez que inconscientemente tensaba un poco sus músculos. Sentía que en el exterior se estaba reuniendo una multitud, y eso lo hizo ponerse en alerta inmediata.

—¿Qué pasa? —le preguntó la chica con voz molesta, desconcertada y algo encrespada al ver que la atención de Kenshin ya no estaba en ella.

Él, con los ojos helados, reanudó su camino hacia la puerta que llevaba hacia el frontis de la casa, apenas dirigiéndole una mirada a la mujer en el dojo mientras alzaba la mano derecha para abrir el shōji.

—Hace unos minutos que hay una multitud reuniéndose afuera.

La ojiazul parpadeó, confundida, encaminándose rápidamente junto al pelirrojo que solo la observó de reojo con los labios apretados antes de abrir la puerta de golpe cuando ella llegó a su lado.

Y tenía razón. Afuera, un grupo de más de una docena de personas estaba apelotonada en la entrada, y apenas los vieron comenzaron a preguntar apresuradamente por las clases de kendo. Kaoru casi dejó caer su bokken al suelo de la impresión cuando oyó esa pregunta, sin embargo, a Kenshin no le hizo mucha gracia ver que aquellas personas estaban más enfocadas en él que en ella. Claramente, querían clases de él, no de Kaoru.

—¡Deben ser al menos quince personas! —dijo la chica con emoción al terminar de contar a los que tenía más cerca, incapaz de contar bien a los que estaban más alejados.— ¡Al fin el Kamiya Kasshin Ryu va a reabrir sus puertas!

Estaba tan feliz, que a Kenshin le dolió tener que ser el que arruinara su felicidad. No quería decepcionarla, pero tampoco podía permitir que ella creyese que querían tomar clases de su estilo, cuando el ki de aquellas personas decía a todas luces que lo que querían era aprender el estilo que él usaba.

—No esté tan segura. —murmuró Kenshin en voz baja, pero la joven le escuchó y le miró confundida, sin comprender lo que quería decir. Con un suspiro, se dispuso a hundir las ilusiones de Kaoru sabiendo que el hecho de que aquella multitud se encontrase allí, luego de que nadie viniera en toda la semana, solo podía deberse al incidente del día anterior.— Disculpen. Si han venido porque vieron o escucharon sobre la pelea de ayer con la policía, me temo que hay una confusión. No pertenezco a este dojo, ni tampoco voy a tomar ningún discípulo al que enseñar mi técnica. Por tanto, si es esa la razón por la que han venido aquí, debo pedirles que se marchen. Perdón por el malentendido.

Antes de que la maestra del Kamiya Kasshin comprendiese lo que había pasado, el dojo ya se encontraba nuevamente vacío. Observó el desolado patio con los ojos amplios y la boca abierta por el shock, incapaz de entender las implicaciones de las palabras dichas por el pelirrojo. Lo único que entendía era que donde antes había quince potenciales estudiantes, ahora ya no había ninguno.

Al ver el estado de estupefacción de la joven pelinegra, Kenshin decidió hacer una retirada estratégica en dirección del mercado, o de cualquier lugar lejos del dojo... como un bonito bosque que había a las afueras de la ciudad, donde podría quizás entrenar sus katas un rato. Todo fuera para estar lejos de aquella casa mientras esperaba a que su anfitriona se le quitase el cabreo, y fuese lo suficientemente seguro volver para poder preparar la comida sin tener que mirar sobre su hombro por la enojada pelinegra. Y es que era seguro que se iba a enfadar muchísimo más que nunca antes.

Sin embargo, apenas alcanzó a dar unos pasos para alejarse de ella cuando el instinto lo hizo voltearse, alzando las manos en una posición defensiva para sujetar el bokken que había estado bajando en línea recta hacia su cabeza.

Kaoru había reaccionado antes de lo que él había pensado.

Maldijo internamente en un lenguaje que había aprendido de sus compañeros en la guerra. Jamás diría palabras como esas frente a una dama, y fue por eso por lo que solo las pensó y se las tragó antes de decirlas, mientras con un movimiento diestro, liberaba su agarre en la espada de madera y daba un veloz salto hacia atrás, esquivando por poco el segundo golpe que ella había intentado darle.

—¡Idiota! —gritó Kaoru, muy exaltada, mientras perseguía al samurái por la casa y luego por todo el patio, tratando de atizarle un golpe con su bokken o al menos poder agarrarlo para increparlo mejor, pero él se mantuvo prudentemente lejos de ella, esquivándola con su acostumbrada ligereza.—¡Por tu culpa se han ido todos!

—Pero yo no voy a enseñarles mi técnica, y no pertenezco al dojo. —se defendió el pelirrojo, esquivando un nuevo golpe. Cansado ya de aquel "baile", flexionó levemente las piernas para dar un potente salto que lo dejó en el techo de la casa, donde podría mantener una distancia segura de la chica. Kaoru estaba extremadamente rabiosa en aquel instante y, la verdad es que empezaba a darle un poco de miedo. Sinceramente, prefería enfrentarse a cien hombres armados antes que a aquella mujer enojada.

Ella lo fulminó con la mirada desde el piso, alzando el bokken hacia él en un gesto amenazante que sinceramente la hizo ver terrorífica, incluso si él había enfrentado cosas peores en el pasado. Nada nunca le había parecido más aterrador que la expresión lívida y los ojos azules indignados y furiosos de aquella chica.

—¡Pero esa no es razón para haberles dicho que se vayan! —gritó la kendoka desde el piso, mirándolo con ojos ardientes de furia.— ¡Y ven aquí, cobarde! ¡Enfréntame como los hombres!

El rōnin resopló con ligereza, para luego sentarse en posición de loto en lo más alto del techo de la casa. "No soy suicida, muchas gracias," reflexionó silenciosamente, observando a la muchacha con una expresión que dictaba a las claras que no pensaba bajar de allí hasta que se hubiese calmado un poco y dejase la violencia de lado.

Podía enfrentarse a muchos hombres sin romper a sudar, pero no iba a descender para enfrentarla a ella. En primer lugar, porque ni siquiera podría defenderse adecuadamente si lo hacía. Y en segundo lugar, era realmente agotador tener que escapar de sus golpes a cada rato, incluso para alguien como él.

—No es cierto. —replicó con una pequeña chispa de astucia brillando en sus ojos violetas, a la vez que alzaba un poco su voz para que ella pudiese escucharle con claridad desde el patio.— Técnicamente hablando, les dije que se fueran si estaban aquí por lo de ayer.

A ella no le hizo nada de gracia el chiste. Le dirigió una mirada tan iracunda que lo hizo tragar saliva inconscientemente, pensando que hacerse el listo cuando ella estaba enojada no era la mejor de sus ideas.

—¡Kenshin, eres un idiota! ¡Esas personas habrían ayudado a devolverle el honor al dojo! —gritó, furiosa, dando una patada en la tierra en un gesto extremadamente infantil, como una niña pequeña con un berrinche. El pelirrojo lo encontró enormemente divertido, pero logró tragarse la risa con algo de dificultad.

—Eso no habría sido honesto. No hay que engañar a la gente, Kaoru-dono. —replicó él débilmente, luchando para no reír por la expresión de la chica. Ella gritó algo ininteligible en respuesta, casi echando fuego por la boca mientras lo observaba con encono, lanzándole entonces su bokken como una jabalina en un movimiento tan absolutamente inesperado que tomó completamente fuera de guardia al pelirrojo, que por una vez fue incapaz de esquivar el arma y terminó recibiendo de lleno en la frente un golpe que lo dejó gravemente atontado en el techo, mareado y con los ojos en forma de espiral.

—Oro… —murmuró en voz baja, aturdido por el golpe imprevisto y luchando por mantenerse equilibrado en el techo. Una caída desde esa altura no sería muy bonita si estaba mareado, pues no podría prepararse para aterrizar y podría caer mal y romperse algo.

Se tambaleó un poco de su otrora perfecta posición de loto, pero consiguió mantenerse en el techo con algo de dificultad hasta que el mareo se desvaneció.

Enfocando nuevamente su mirada en la chica de ojos azules, frunció el ceño con irritación hacia ella correspondiendo a la airada mirada de la fémina, llevando al mismo tiempo una de sus manos hasta su frente donde una marca roja comenzaba a aparecer en el punto donde el bokken lo había golpeado.

—¿Por qué fue eso? —se quejó en voz alta el pelirrojo, de una manera que le recordó a cuando tenía 12 años y solía discutir con su maestro. Aquello casi lo hizo resoplar. Habían pasado muchos años desde que había sido un niño, pero en aquel momento su voz sonaba como tal.

—Te lo merecías. —respondió la pelinegra, aún furiosa pero ya sin gritar. Alzando la barbilla en un gesto orgulloso, se dirigió al interior de su habitación, cerrando el shōji a sus espaldas con toda la fuerza que pudo.

Kenshin suspiró, frotándose la frente con cuidado, palpando la zona dolorida y ya sintiendo algo de leve hinchazón bajo las yemas de sus dedos.

—Esto seguramente va a dejar un cardenal… —murmuró, apretando los labios ligeramente ante la idea. Resopló antes de bajar del techo de un salto, ara luego dirigirse a la cocina, maldiciendo para sus adentros mientras murmuraba en voz casi inaudible, con claro ultraje:— Insufribles mujeres violentas…

Si Kenshin se sentía ultrajado por el golpe, Kaoru estaba absoluta y totalmente ofendida por lo sucedido con aquellas personas.

La chica estuvo enfadada durante gran parte del día, y no perdía en absoluto cada oportunidad que tenía para recriminarle al rōnin el haber ahuyentado a todos esos potenciales alumnos. No solo estaba ofendida, estaba lívida de furia que no parecía tener fin, y sus gritos y broncas continuaron durante horas, para completa frustración y cansancio del pelirrojo, que ya comenzaba a molestarse seriamente con el tema.

Por eso, mientras caminaba un par de prudentes metros detrás de ella en dirección a uno de las escuelas donde la mujer impartía clases, el samurái trató de desconectar su mente de los gruñidos e insultos de Kaoru, teniendo parcial éxito en ello. Por los kamis, el temperamento de aquella chica era peor que un volcán en erupción.

No había tenido razones para acompañarla, pero ella básicamente había exigido que la escoltara hasta la escuela en caso de que algún maleante la asaltara en el camino. Sinceramente, si eso ocurría, Kenshin sentía pena por el bandido que se atreviera a atacarla estando ella en ese estado de ira. Dudaba incluso que cualquier idiota se atreviera a hacerlo, solo con verle la cara de pocos amigos que tenía ya daba un miedo terrible.

—Honestidad, ¡bah! —escuchó que rezongaba en aquel momento la chica mientras cruzaban un puente, con él siguiéndola a una distancia prudencial en caso de que ella decidiera tratar de golpearlo de nuevo.

Con un suspiro, reenfocó su atención en la pelinegra, oyendo sus insultos susurrados por lo bajo de su aliento. Aquello lo hizo alzar sus cejas ligeramente, con mal escondido asombro. Era la primera mujer que conocía que podía soltar tantas palabrotas seguidas, ninguna otra jamás había sido tan grosera. Pero, realmente, aquello no importaba demasiado, pues estaba más concentrado en preguntarse cómo era posible que continuase enojada durante tantas horas. ¿No se cansaba de estar en ese estado?

—¿Aún está molesta? —murmuró en voz baja, casi inaudible, más hablando para sí mismo que con la chica, pero ella de alguna manera logró escucharlo y se volteó un poco para dirigirle una mirada irritada.

—¡Eran más de quince! ¡Por supuesto que sigo enojada! —exclamó la joven, mirando con desprecio al pelirrojo por encima de su hombro.— Si no les hubieras espantado ahora tendría un montón de alumnos.

El varón suspiró, con una pequeña vena latiendo en su sien. Un dolor de cabeza estaba comenzando a formarse en su cráneo, producto de sentir el constante ki agresivo de la kendoka, sumado a la voz femenina demasiado alta que había estado gritándole gran parte del día. Estaba cansándose en serio, y su paciencia pendía de un hilo. En cualquier momento, si ella seguía así de irritante, se daría media vuelta y se devolvería al dojo para recoger sus cosas y largarse de allí antes de que ella pudiese decir "bokken".

—Esa gente realmente no estaba interesada en el kendo. —comentó Kenshin, luchando por mantener la compostura. Si ella estaba actuando como una niña, entonces él debía actuar como el adulto que era y evitar que la situación se saliese de control. Por mucho que quisiese gruñirle que se callara y se comportara, aquello no solucionaría nada.— Ellos estaban impresionados por la pelea de ayer. Un estudiante que estuviera solo por intriga, no habría durado más que unos pocos meses, Kaoru-dono. Debe ser paciente y esperar a que lleguen discípulos de verdad.

La chica lo fulminó con la mirada, otra vez, consiguiendo un suspiro del cada vez más irritado espadachín, que se limitó a dirigirle una mirada con un par de cansados ojos violetas. Llevaba medio día así, gritando sin control cada vez que tenía la oportunidad. De verdad, no había forma de tratar con ella cuando se enfadaba tanto.

"Himura, no pierdas los estribos," pensaba en aquellos momentos, cerrando sus ojos momentáneamente para concentrarse en respirar profundamente, buscando su calma interior. "Ella es joven, ya se le pasará este mal carácter."

En momentos como ese, cuando ella actuaba de esa manera tan irracional y arisca, él casi olvidaba la razón por la que continuaba quedándose por allí. Era fácil de borrar de la memoria el hecho de que ella era amable y dulce con él la mayor parte del tiempo, cuando estaba actuando de esa forma tan agresiva que lo repelía como nada nunca antes. Sin embargo, trató de obligarse a recordarlo mientras ella alzaba de nuevo la voz para gritarle.

—¡Tengo que ir a hacer clases a otras escuelas para instruir mi estilo! ¡Eso es indignante, si tengo mi propio dojo para enseñar! —aquello la tenía muy disgustada. Ella tenía una escuela propia y no podía enseñar su técnica en su dojo. Tenía que ir a otros dojos para mantenerse porque nadie quería regresar al suyo, todo por culpa del falso Battousai.

—Al menos no pierdes la práctica —murmuró ligeramente divertido Kenshin, tratando de bromear para calmar un poco los ánimos. Pero a ella no le cayó nada en gracia.

—¡No perdería práctica si entrenaras conmigo! —gritó tan fuerte que probablemente todo Tokio se enteró, pero el pelirrojo sólo se encogió de hombros en respuesta, sin querer comprometerse a nada.

Por un lado, sabía que entrenar con ella sería útil, pues podría ayudarla con sus formas de manera sutil, sin que ella se enterase de lo que hacía. Pero por otro, seriamente temía lastimarla.

Era cierto que había vagado en los últimos diez años, y que rara vez se quedaba demasiado tiempo en un solo lugar, pero eso no significaba que hubiese dejado de lado su entrenamiento. Se había asegurado de mantener sus habilidades afiladas como siempre, y no había perdido nada de práctica en toda aquella década, de hecho, probablemente habían crecido ya que se había tomado el tiempo de perfeccionar e incluso modificar ligeramente algunas técnicas para poder tener más velocidad al manejar la sakabatō, que no era el arma más propicia para el estilo que él usaba. Por eso, temía que si entrenaba con ella, podría lastimarla por accidente.

Claro, él sabía controlar su fuerza mejor que muchos otros espadachines, pero no estaba acostumbrado a luchar con chicas y no sabía cuánto podría aguantar ella si combatían.

—Le dije que lo pensaría. —apuntó el samurái, recordándole con tono amable que esa conversación ya la habían tenido y que él le había asegurado que reflexionaría la posibilidad de entrenar con ella.

Kaoru bufó, nuevamente insatisfecha con la respuesta del pelirrojo. Sin embargo, antes de que pudiese abrir la boca para gritarle otra vez, él frunció el ceño y se volteó ligeramente para mirar por encima de su hombro, con una postura tensa que ella reconoció como él preparándose para alguna pelea. Al instante se tragó su ira, y se limitó a mirar con preocupación como el pelirrojo analizaba la zona con su mirada aún violeta.

El rōnin, por su parte, había colocado su mano izquierda en la vaina de su espada cuando sintió un ki peculiar que lo puso en alerta momentánea. Era débil, probablemente de un niño, (lo que lo hizo relajarse un poco y dejar caer su mano nuevamente en su costado), pero aun así se sentía malicioso y con malas intenciones, y parecía estar dirigiéndose hacia él.

"Mmm…" pensó, dirigiendo su mirada violeta por encima de su hombro, buscando al origen de la curiosa energía que ahora estaba directamente detrás de él, solo a un par de metros de distancia. "Probablemente un ladronzuelo, a juzgar por la sensación."

Fue entonces cuando pudo verlo de reojo. Un niño pequeño, de no más de 11 años, con un kimono levemente anaranjado y hakama marrón, que en aquel preciso instante estaba corriendo hacia él como murciélago salido del infierno con una de sus manos estiradas, listo para meterla en el gi del pelirrojo.

Kenshin solo suspiró y en el preciso momento en que el chiquillo estaba a centímetros de colisionar con él, se movió fuera del camino para esquivarlo. El muchacho pasó de largo con una expresión de sorpresa en el rostro, incapaz de frenarse a tiempo por la velocidad a la que iba, pero antes de que pudiese alejarse demasiado el samurái lo agarró por la parte trasera de su kimono, sujetándolo con firmeza para que no escapase.

—Hey. —murmuró el pelirrojo, estrechando sus ojos hacia el pequeño, que con un gruñido comenzó a luchar contra su agarre. Kenshin lo miró con aburrimiento, en absoluto impresionado por las acciones del mocoso, esperando con paciencia a que se cansase de revolverse, cosa que pasó solo unos minutos después.— Si vas a tratar de robar, al menos no seas tan obvio al respecto. O elije un blanco más fácil.

El niño se quejó incoherentemente y continuó luchando en el agarre del pelirrojo, quien finalmente lo liberó y dio un paso atrás, guardando sus manos en las mangas de su kimono en un gesto relajado.

—Sólo te elegí porque estás usando espadas. —masculló el chaval con voz indignada, observando con sus oscuros ojos el rostro del samurái, que solo alzó una ceja en su dirección.— Vas por ahí dándote aires con esas espadas… ¡Soy Myojin Yahiko, descendiente de samuráis de Tokio! ¡Y mi padre podría haber limpiado el piso contigo!

El rōnin se limitó a dirigirle una mirada curiosa, alzado ambas cejas esta vez con clara extrañeza. ¿Un descendiente de samuráis robando en las calles? Pues parecía que las cosas estaban peor de lo que él creía si habían llegado a eso.

—No deberías deshonrar los nombres de tus padres siendo carterista. —espetó repentinamente Kaoru, de pie junto al pelirrojo que le dirigió una breve mirada al oírla hablar.— Un samurái no haría algo tan vergonzoso.

—¡Cállate, bruja! —gritó el crío en respuesta, nada contento por recibir sermones de una chica.

Kenshin se encogió ligeramente ante el improperio, absteniéndose de soltar un silbido de admiración por la osadía del chaval. Se apartó un paso de la chica furiosa, queriendo evitar que su ira lo afectase indirectamente, pues no quería terminar con el bokken plantado en la frente de nuevo. Ya suficiente tenía con un golpe en aquel día, muchas gracias. Sinceramente, no podía decidir si el niño era muy valiente o muy estúpido como para meterse con Kaoru en ese momento, puesto que ella estaba que escupía fuego por la boca, y su expresión era de terror. Y por supuesto, al oír el insulto todo el cabreo que la chica había acumulado durante el día se concentró en el agresor.

Al instante se puso a gritarle a Yahiko, quien no se amilanó y le respondió los gritos con insolencias cada vez más creativas, lo que alteraba más a Kaoru, que ya había sacado el bokken y parecía dispuesta a atizarle al muchacho.

"Pobre diablo." Kenshin los observó por unos instantes con una gotita de sudor en su sien, mientras los insultos iban y venían entre la kendoka y el niño. El ladronzuelo tenía tan mal genio como Kaoru, y lo demostraba respondiendo a los agravios de la chica con algunos incluso peores.

—Chicos… —intentó llamar su atención con voz mansa, alzando una mano para calmar los ánimos, pero fue completamente ignorado por el par que discutía. Aquello lo irritó, y momentáneamente sus ojos se volvieron de azul hielo, para luego rápidamente volver al violeta cuando el pelirrojo respiró profundo para mantener la calma.

—¡Cállate, maldito crío! —gritaba Kaoru en ese instante, con el rostro rojo de ira cuando el niño se metió con su aspecto físico.— ¡Por aquí me llaman "la belleza del kendo"!

—¡Pues entonces están totalmente ciegos! ¡Eres una bruja fea!

Al samurái se le desencajó la mandíbula cuando escuchó eso, y quedó con tal cara de impresión que era casi cómico. Olvidó su irritación con el par por el puro asombro que lo embargó, ya que no podía creer lo que escuchaba, ahora sí que el chaval se había pasado en exceso con la ofensa. Quizás autodenominarse «la belleza del kendo» era exagerar un poco, pero Kaoru era una mujer bonita, y cualquiera podría verlo. Incluso él mismo lo había pensado desde el primer día en que la conoció, y eso que no solía fijarse mucho en las mujeres desde... En fin, el punto es que ella estaba muy lejos de ser como la describía el chico.

La muchacha en aquel instante había olvidado el bokken y tenía sujeto al mocoso por el cuello de su kimono, mientras se gruñían el uno al otro como un par de perros rabiosos. Por supuesto, Kenshin decidió intervenir en ese instante, para evitar que el niño fuese víctima de una soberana paliza de la cabreada ojiazul.

—Ya, ya. —murmuró con voz firme, dando un paso hacia adelante para liberar al chico y alejarlo de Kaoru, quien protestó algo ininteligible cuando le arrancó de las manos al chaval, pero por lo demás no se opuso demasiado.— Niño, deberías reconsiderar tu moral. Robar es malo, y si realmente eres descendiente de samuráis, entonces no deberías hacerlo.

Sin más, soltó al mocoso y se dio la vuelta, avanzando un par de pasos con Kaoru siguiéndolo enfurruñada porque le hubiera impedido golpear al ladrón.

—¡No soy un niño! —gritó Yahiko a sus espaldas, dando un pequeño golpe con su pie en el piso de madera del puente y cogiendo una pequeña piedra que lanzó hacia la cabeza del samurái.

Kenshin esquivó el proyectil con facilidad, y al mirar hacia atrás supo que había herido el orgullo del chaval y no pudo evitar pensar lo diferente que sería su vida si hubiera nacido un par de décadas atrás. Probablemente hubiese sido un samurái, pues tenía el orgullo de uno. Eso también le hizo preguntarse por qué razón estaría robando… Sin embargo, no sacaba nada con pensar en lo que podría haber pasado. Estaban en la era Meiji, y los samuráis habían perdido su estatus privilegiado, dejando sin un lugar en el mundo a cientos de guerreros honorables. Y eso parecía incluir a aquel mocoso.

—Está bien, pequeño…

—¡Que no soy pequeño! —le interrumpió Yahiko con malhumor, disparándole una mirada llena de furia al pelirrojo.

—Tienes razón, es evidente que tienes el corazón de un adulto. —le dijo en cambio Kenshin, esbozando una pequeña sonrisa amable.— Perdona por haberte ofendido.

El chico se marchó entonces, refunfuñando por lo bajo, y les dejó a Kaoru y a él en medio del puente, observándolo con distintas expresiones en sus rostros. Ella estaba echando humo aún, pero el samurái lo observaba con un semblante de tristeza y compasión, que si Yahiko lo hubiese visto, seguramente le habría lanzado otra piedra.

—Menudo mocoso. —gruñó Kaoru mirando el lugar por dónde se iba el niño.

—¿Tonto orgullo o un fuerte sentido del honor? —se preguntó Kenshin, sacudiendo la cabeza con algo de diversión, pero en el fondo sentía bastante tristeza por la situación en la que había caído aquel chaval.

La chica a su lado rezongó en voz baja, apretando los labios con un gesto de clara molestia.

—Es un malcriado, si me lo preguntas. —gruñó nuevamente. El humor de Kaoru no había cambiado, seguía igual de horrible que antes del encuentro con el ladronzuelo, pero al menos parecía que su enojo ya no iba dirigido al samurái, lo que hizo que este se aliviara un poco.

Hizo una nota mental de agradecerle a Yahiko si volvía a verlo, aunque el niño probablemente no estaría nada contento con ello. Divertido, se giró de nuevo y pronto retomaron su camino hacia el dojo donde debía impartir clases Kaoru esa tarde.

—Pues yo creo que en otros tiempos, ese chico habría sido un gran samurái.


El sonido del fluir del río era lo único que se escuchaba en la desolada zona, pero Yahiko no le prestaba la más mínima atención.

Sentado en la ribera del arroyo con las piernas abrazadas contra su pecho y la barbilla apoyada en sus rodillas, el chico de cabellos castaños estaba completamente perdido en sus propios pensamientos, los cuales estaban plagados de las palabras que el pelirrojo y la ojiazul de hace unas horas le habían dicho.

No había podido dejar de pensar en ello en todo el día. Incluso, le había resultado imposible hacer un solo robo por culpa de eso. Claro, él sabía perfectamente que robar era malo, y que no debería hacerlo, pero era la única manera que tenía para poder pagar la deuda que les debía a aquellos yakuza que habían proveído de medicamentos a su enferma madre, y luego lo habían acogido a él tras la muerte de esta.

Al principio, había pensado que aquellos hombres eran buenas personas. Después de todo, lo habían acogido sin pedir nada a cambio, ¿no? Pero entonces fue que empezaron a exigirle que les devolviera el dinero que le habían prestado o sino lo golpearían hasta matarlo. Cuando les dijo que no tenía manera de pagarles, le sugirieron que comenzara a robar para saldar su deuda.

En un comienzo, el orgulloso chico se resistió ante ese destino. Nunca había tenido que vivir de esa manera tan deshonrosa, y tampoco quería hacerlo, pero entonces aquellos tipos le dieron tal paliza que rápidamente comprendió que no estaba en posición de negarse, y que la época en que había sido un niño cualquiera bajo la protección de su familia, ya estaba atrás y no volvería. Ya no tenía a sus padres para protegerlo, y tendría que empezar a valérselas por sí solo.

Yahiko no tenía la más mínima idea de cómo robar una cartera ni tampoco poseía la rapidez requerida para huir en caso de necesitarlo. Incluso en los peores tiempos junto a su madre, cuando el dinero escaseaba tras la muerte de su padre, él nunca había llegado a la necesidad de robar, por lo que no sabía en qué se estaba metiendo cuando empezó. Se había ganado varias palizas tremendas en variadas ocasiones cuando lo habían pillado sustrayendo alguna cartera o robando algo de alguna tienda. Pero más pronto que tarde, gracias a los golpes ganó experiencia, y pudo adquirir ciertas habilidades para robar sin que lo pillaran.

O al menos, así había sido hasta aquel pelirrojo que lo había sentido y agarrado como si no fuese nada.

Aquello le había dolido en el orgullo, lo admitía. Robar era malo, sí, pero él había ganado habilidades para ello a base de sangre, sudor y lágrimas, y le dolía que hubiesen sido estropeadas con el más mínimo esfuerzo de parte de un samurái que debía ser bastante arrogante como para andar por ahí con sus espadas a pesar de la prohibición del gobierno.

Y hablando de samurái… Yahiko sabía que su padre debía estar revolcándose en su tumba por las acciones de su hijo. Él había sido un hombre honrado, un samurái digno que siempre había estado muy orgulloso de haber servido a su amo. Pero su hijo estaba robando en las calles, y aquello debía avergonzarlo tanto que solo de pensarlo hacía al chaval hacer una mueca de dolor. Y ni hablar de su madre, que también probablemente estaba tan decepcionada.

Él quería saldar pronto su deuda y dejar de robar, para poder ser el niño que sus padres habrían querido que fuera. Quería abandonar a la yakuza pronto. Pero demonios, parecía que no importaba cuánto dinero robara, sus jefes siempre le pedían más y más. Era como si su deuda fuese eterna.

Estaba tan perdido en sus propias reflexiones sobre lo que había resultado ser su destino, que ni siquiera oyó a los dos matones acercarse por detrás de él hasta que fue demasiado tarde y ya no habría podido escapar ni aunque lo intentara.

—Oh, aquí estás. Estábamos buscándote, Yahiko. —dijo un hombre a sus espaldas, con una voz tan burlona que irritó al niño, aunque luchó por mantener su temperamento bajo control para no molestar al matón. Si lo hacía, seguramente sería golpeado nuevamente hasta el punto de estar casi al borde de la muerte.— El pago de este mes es hoy. Entrégamelo.

El chiquillo suspiró ligeramente, preparándose mentalmente para el golpe que sabía que iba a recibir al decir:

—Lárguense de aquí. No volveré a robar, y no estaré más con ustedes, gusanos.

Y tal como había predicho, la respuesta de uno de los hombres no se hizo esperar. Antes de que Yahiko pudiese incluso parpadear, un fuerte golpe en su nuca con la vaina de una espada lo lanzó al suelo con un quejido ahogado de dolor, que hizo sonreír con sadismo al hombre de elevada estatura que lo había golpeado.

—No vuelvas a hablarnos de esa forma, ¿entendido? —gruñó el tipo con su voz ronca, lo que permitió que Yahiko lo pudiera identificar como Gasuke, uno de los hitokiris de los yakuza. Saber que él estaba ahí hizo al chaval sudar frío, pero no se dejó intimidar y alzó un poco la cabeza mientras intentaba levantarse.— Y si no robas, ¿qué vas a hacer con tu vida?

—Eso… no importa. —masculló Yahiko, luchando por incorporarse mientras las palabras del samurái de antes resonaban con fuerza en sus oídos. "Tienes el corazón de un adulto. Perdona por haberte ofendido." El corazón de un adulto.—No volveré a hacer algo tan patético como robar, se los aseguro.

Gasuke gruñó con incredulidad por el descaro del niño, moviéndose al instante para patearlo en la nuca, con fuerza pero no la suficiente como para matarlo, consiguiendo que el chico gritara levemente por el repentino dolor.

—Maldito mocoso. —espetó el hombre, con los ojos entrecerrados hacia el pequeño que acababa de perder la conciencia tras una segunda patada.—Te mostraremos quién está al mando.

Sin más dilación, le hizo una seña al otro matón que al instante se echó el crío al hombro y emprendió el camino a su guarida, con su compañero siguiéndolo sin pronunciar ni una sola palabra.


Por la otra orilla del río, caminaba en aquellos instantes Kaoru, canturreando una pequeña y alegre canción en voz baja. Estaba cansada por la clase que había hecho, pero finalmente se encontraba tranquila después haber olvidado su anterior furia, o más bien la había desquitado machacando a sus estudiantes en el entrenamiento. Como fuera, la muchacha iba serena en dirección de su hogar con la mente distraída en otros lugares, o más bien en otra persona que en aquel instante probablemente estaba esperando por ella en casa.

"Espero que Kenshin ya haya calentado el agua," pensaba en aquellos instantes la muchacha con una pequeña sonrisa divertida en sus labios. En ocasiones, como en esa, encontraba entretenido como el samurái podía pasar de ser un peligroso hitokiri que podía matar sin pensárselo dos veces, a ser un ama de casa perfecta, incluso mejor que ella.

El samurái se había dirigido al mercado tras dejarla con seguridad en el dojo donde iba a hacer sus clases, y le había dicho que luego de eso se dirigiría de regreso a casa a lavar la ropa y seguramente limpiar el piso. Antes de despedirse, el pelirrojo le había asegurado que tendría caliente el agua para cuando ella llegara en la tarde, para que tomase su necesitado baño tranquilamente.

Distraída como estaba, casi no se percató de lo que ocurría en frente de ella hasta que un movimiento de reojo llamó su atención, haciéndola enfocar su vista hacia un lado más por instinto que por otra cosa.

Entonces fue cuando los vio. Un par de hombres de mal aspecto que le dieron escalofríos por sus semblantes. Parecían yakuza, y aquello de por sí asustaba a Kaoru, pero terminaron de detenerle el corazón en medio de un latido cuando vio que uno de ellos llevaba al hombro a un niño inconsciente, que parecía bastante golpeado.

"Ese niño es… el de antes…" pensó la ojiazul, parpadeando con asombro y mordiéndose ligeramente el labio con incertidumbre.

La escena no le gustaba en absoluto, y repentinamente la asaltó el temor por la vida del niño. Ni siquiera se detuvo a pensárselo dos veces cuando, con el mayor silencio y disimulo que pudo lograr, siguió al trío desde la ribera opuesta del río llevando su bokken al hombro. Por un instante, pensó en dejarlo caer para así no llamar la atención de nadie, pero bien podría necesitarlo para defenderse si la pillaban, por lo que lo llevó consigo sin darle más vueltas.

Caminó tras los matones a una distancia prudencial para no ser vista por ellos, siguiéndolos por media ciudad hasta llegar al sector más peligroso de la zona donde vivían simples bandidos y yakuza. Eso la asustó un poco, aunque no lo admitiría si se lo preguntaban. Quizás no debería estar siguiéndolos, ¿y por qué lo hacía, de todos modos? Lo que le pasara a ese niño insolente no era asunto suyo de ninguna manera. Pero… no podía sencillamente dejar aquello así. Insolente o no, Yahiko era sólo un niño. Y ladrón o no, merecía ser salvado, sin excusa alguna.

Solo un par de calles más adelante, los vio detenerse y entrar a una casa destartalada tras mirar hacia todos lados, haciendo que la chica tuviese que esconderse en una esquina. Kaoru sospechaba que aquella podía ser su guarida, por lo que se detuvo en medio paso cuando una nueva duda la asaltó.

Podía entrar allí y tratar de salvar a Yahiko, pero… ¿podría hacerlo por su cuenta? Aquellos hombres eran peligrosos, y seguramente también asesinos, y a ciencia cierta debía haber muchos de ellos allí. Incluso si ella era mujer, no tendrían piedad en matarla si se metía en sus asuntos. Incluso podían hacerle cosas peores que solo matarla, cosas que la hacían palidecer y estremecerse solo de imaginarlo.

Y si de algún modo sobrevivía y lograba salvar al mocoso por sí sola, en casa la esperaría un regaño monumental de un peligroso hitokiri que pondría todos sus gritos anteriores al nivel de meros maullidos de gatitos recién nacidos, y por una vez sería ella la regañada y no él. Y aunque sabía que él no le haría daño físico, aun así le temía si llegaba a enfadarse con ella.

Entonces supo quién podía ayudar sin problema alguno, sin siquiera romper a sudar. Kenshin. Cómo no se le había ocurrido antes.

Ni siquiera se detuvo a meditarlo un segundo. Impulsada por algo extraordinario, un instinto primitivo quizás, salió corriendo despedida lo más rápido posible en dirección a su dojo con un solo pensamiento en su mente: tenía que encontrar a Kenshin. Él tenía que salvar a ese niño. Y tenía que hacerlo rápido.


Mientras tanto, el chiquillo se enfrentaba a sus superiores en el interior de la casa donde lo habían llevado.

Gasuke lo golpeaba con salvajismo, haciéndolo soltar suaves quejidos de dolor pero nada más, pues Yahiko se negaba tercamente a darle la satisfacción de oírlo gritar en agonía. Aquello parecía molestar cada vez más al matón, cuya saña con el niño aumentaba a cada minuto que pasaba sin lograr su objetivo de hacer al mocoso suplicar por clemencia.

La verdad, no se explicaba cómo un simple niño podía mostrar tanta fuerza de voluntad y no flaquear ante la lluvia de golpes.

—Solo tienes que disculparte y esto quedará olvidado. —le gruñó el hombre al chico casi inconsciente que colgaba inerte de su mano, sangrando profusamente de varias heridas producto de los golpes reiterados.

Yahiko guardó silencio, limitándose a observar al mayor con una expresión de furia que dejaba claro que se estaba conteniendo las ganas de responderle. Era perfectamente consciente de que si se portaba insolente con aquel tipo, entonces su castigo sería peor. Por lo que por una vez se tragó en algo su orgullo, y no dijo nada de lo que estaba pensando.

—Hitokiri Gasuke, detente. Si sigues así, lo vas a matar, y de nada me sirve que esté muerto. —dijo tranquilamente un hombre gordo que estaba al fondo de la sala, observando el espectáculo mientras comía con calma. Sin quejas, el hombre obedeció y dejó de golpear al niño, esperando que su jefe hiciera o dijese algo más. Este, con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora pero que en su cara lucía grotesca, se dirigió entonces al crío:— Yahiko, ¿cómo vas a vivir si dejas de robar? Tu legado samurái no sirve de nada en esta época. Ahora solo importa el dinero, el honor es solo una palabra. Los samuráis que viven por honor son tratados como perros en las calles. Olvida tu linaje samurái y vive con nosotros. Estarás bien, Yahiko.

El chaval le dirigió una mirada de desprecio completo, casi rechinando los dientes por las palabras que aquel hombre asqueroso estaba diciendo. ¿Cuántas veces iba a tener que decirles que no quería seguir robando hasta que le creyesen y lo dejasen en paz?

Soltó un profundo suspiro de cansancio, cerrando momentáneamente sus ojos y agachando un poco la cabeza cuando una ola de agotamiento lo golpeó. Su cuerpo estaba tan herido que ya comenzaba a adormecerse por la pérdida de sangre, y esa era una clara mala señal.

—No me hagas decirlo mil veces. —murmuró entonces en voz apenas lo suficientemente alta para que el jefe lo escuchara.— No trabajaré más con ustedes.

Suspiró de nuevo, y estuvo a punto de gritar de dolor cuando una patada lo lanzó al suelo, pero logró contenerse a tiempo y terminó por emitir un sordo quejido nuevamente. Sus palabras habían molestado a algunos matones que se encontraban en la estancia, y que se apresuraron a darle su "merecido" al chaval que osaba hablar de esa manera con el jefe del grupo.

—¡Mocoso de mierda!

—¡¿Cómo te atreves a hablarle así al hombre que te cuidó luego de que tus padres murieran?!

Entre patadas a su cabeza y costados que seguramente le rompieron alguna costilla, Yahiko casi perdió la consciencia, pero logró evitarlo a base de pura fuerza de voluntad. No iba a demostrar tanta debilidad frente a aquellos cerdos.

Una patada en su espalda lo hizo alzar la cabeza y escupir sangre cuando estuvo a punto de ahogarse por la lesión repentina. Clavó sus ojos en el infractor, Gasuke, dirigiéndole una mirada llena de odio que prometía venganza si le era posible.

—Tus padres fueron samuráis, ¡¿y qué?! —rugió el hombre con el rostro desfigurado por la ira.— Tu padre fue un pobre hombre con tan solo tres koku de tierra y dos sirvientes. Murió como un tonto defendiendo el ejército del emperador. Y tu madre era una ramera que vendía su cuerpo a cualquiera hasta que enfermó y murió. ¡No sé a cuál de los dos saliste, pero eres igual de idiota que ambos!

Por un instante, Yahiko vio en rojo por la furia que aquellas palabras le provocaron. Y al siguiente, se lanzó hacia adelante en un sorpresivo movimiento para morder lo primero que pillase, que resultó ser la entrepierna de Gasuke.


Kenshin, por su parte, se había tomado la tarde con toda tranquilidad. Luego de llegar del mercado y de haber guardado los víveres que había comprado, el samurái se había recluido a limpiar los pisos con su extrema velocidad, mientras cantaba en voz baja una canción para sí mismo.

Tener el dojo completamente para él por una vez le hizo bien, pues además de hacer sus tareas más rápido de lo usual sin la constante presencia de Kaoru, también pudo aprovechar el tiempo y la soledad para practicar sus katas, que había dejado algo olvidadas desde su llegada a la ciudad.

Luego de haber terminado de limpiar la casa al completo, se dirigió al dojo donde rápidamente se puso a entrenar y en completo silencio pasó de una kata a otra con fluidez y calma, aumentando progresivamente la velocidad hasta llegar al shinsoku, sin siquiera tener la necesidad de detenerse a pensar cuál era la siguiente forma. Era como un baile bien coreografiado que él ya sabía de memoria y que realizaba guiándose por el instinto. Después de tantos años usando el estilo, su cuerpo se movía por inercia para pasar de una forma a la otra sin que él tuviera que ejecutar cualquier movimiento de forma realmente consciente.

El entrenamiento calmó un poco sus crispados nervios después de la constante tensión vivida con Kaoru en la mañana. Y realmente, esperaba que la práctica de la muchacha con los chicos del otro dojo la hiciera desquitarse del mal genio que se había gastado ese día, para que llegase un poco más tranquila a casa. No quería tener que andar nuevamente de puntillas a su alrededor.

Antes de que se diera cuenta ya había terminado con las formas que conocía y se encontró nuevamente inmóvil en el centro del dojo, con un suspiro apesadumbrado escapando de sus labios. Nunca había terminado su entrenamiento, había abandonado a su maestro antes de completarlo… pero aunque le doliera no ser capaz de continuar con su práctica, ya no había nada que pudiese hacer para solucionarlo.

Con el rostro carente de expresión, aunque sus ojos violetas parecían dos lagunas llenas de pesar, envainó su espada y salió del dojo.

Puesto que Kaoru iba a llegar pronto ese día, después de entrenar Kenshin se dio un baño corto para luego cambiarse de ropa, cambiando su kimono azul por uno rojo, y su hakama blanco por otros del mismo color. Desde que había empezado sus viajes por Japón, llevaba consigo esas dos mudas de ropa, pues siendo vagabundo no podía darse el lujo de tener más que eso.

Tras cambiarse y atar su pelo carmín en su usual coleta en la cima de su cabeza, se apresuró a lavar su ropa y también la de Kaoru, como había dicho que haría. No le tomó más de una hora, y al terminar, la colgó para que se secara, para luego encaminarse nuevamente hacia el cuarto de baño para prepararle el baño a Kaoru antes de que ella llegase.

Sin embargo, la hora en que la chiquilla había dicho que regresaría pasó, y no había rastros de ella. Los minutos pasaron, primero cinco, después diez… Cuando pasaron veinte minutos de la hora prometida, Kenshin empezó a preocuparse. Kaoru le había dicho que iría directamente a casa y él le había asegurado tenerle preparado el baño para entonces. Pero ella no llegaba, y desde que se habían conocido, siempre había parecido ser una persona muy puntual con sus horarios. Nunca se atrasaba más de cinco minutos.

Fue entonces cuando se levantó de su posición acuclillada, para tomar su espada y meterla en su obi junto al wakizashi, listo y dispuesto para abandonar el dojo para ir en búsqueda de la ojiazul.

Tras meter otro leño en el hueco para que el fuego siguiera activo y mantuviera el agua caliente, el samurái se dirigió a la salida, pero en ese mismo instante se quedó inmóvil al sentir el ki de la chica acercarse, para luego ver a la mencionada entrar por la puerta principal.

Y lo hizo bastante perturbada. Jadeaba y sudaba, lo que dejaba claro que había corrido un largo trayecto, y por mero instinto Kenshin buscó por detrás de ella en busca de algún posible perseguidor, pero prontamente se dio cuenta de que allí no había nada. No podía ver a nadie ni tampoco sentir energía hostil alguna.

—¿Qué sucede, Kaoru-dono? —se preocupó el pelirrojo, estrechando sus ojos azules hielo en la dirección de la joven, mientras se acercaba a ella y hacía ademán de tocar su hombro, retractándose a medio camino.

—Se… lo han llevado. —jadeó ella, con voz entrecortada por la carrera que se había pegado, y por ello a Kenshin le costó un tanto entenderla.

Suspiró profundamente, colocando nuevamente sus emociones bajo control para que sus ojos se suavizaran hasta ser violetas. No quería alarmar de más a la muchacha, que ya de por sí parecía estar bastante alterada.

—¿De qué está hablando? —preguntó entonces con voz suave, frunciendo levemente el ceño hacia Kaoru, quien inspiró profundo intentando recobrar el aliento.

—El chico. El ladrón.

—¿El niño de esta tarde? —Kaoru asintió, y al instante el reconocimiento brilló en las pupilas del hitokiri. Al entender ya más o menos lo que estaba pasando, ladeó un poco la cabeza en un gesto curioso al hacer la pregunta:— ¿Quién se lo ha llevado?

—Les seguí hasta una casa en el sector periférico de la ciudad. Allí vive una banda yakuza. —respondió la pelinegra, con una expresión de angustia tal que si Kenshin no lo hubiese sabido mejor, habría pensado que estaba relacionada de algún modo con aquel niño y que por eso mostraba tanta preocupación.—Tienes que ayudarle. Había muchos hombres allí.

Él frunció el ceño, estrechando nuevamente los ojos al oír esa información. Sabía que una banda yakuza podía constar de muchísimos miembros, era bastante usual, por lo que agradeció a cualquier ser que estuviese allí arriba por que Kaoru haya tenido la sensatez de ir a buscarlo en vez de enfrentarse sola a aquel problema. Teniendo en cuenta que se había atrevido a batirse con un supuesto battousai, y que además tenía al verdadero viviendo en su casa, pues entonces no le habría sorprendido en absoluto una cosa así de esa impulsiva chiquilla.

Sin hacer otro comentario, se giró y se dirigió a la puerta, dirigiéndole una ámbar mirada a la chica por encima de su hombro, diciendo con aquella voz tranquila y serena que usaba cuando estaba tratando con algún conflicto:

—Voy ahora a por el chico, usted quédese aquí.

—Pero…—trató de protestar la ojiazul, más al notar el peligroso brillo en la mirada del pelirrojo, decidió tragarse las quejas y asentir tranquilamente, a pesar de que el orgullo le dolía por tener que obedecer de esa manera.

Kenshin se había topado con los yakuza antes, cuando había estado buscando por Gohei en el pueblo, incluso si entonces no sabía quién era. No se había enfrentado con ellos entonces, porque no había habido razones ni necesidad para ello, pero sabía que probablemente ahora la noche no terminaría sin algo de derramamiento de sangre. No le gustaba, pero estaba preparado para ello. Sólo esperaba que el niño no fuese a asustarse si lo veía matar a alguien.

Gracias a su encuentro anterior con la banda, ya sabía dónde vivían, y no le costó mucho llegar a la destartalada casa que tenían por guarida, donde un montón de matones de poca monta hacían guardia en el exterior.

—Permítanme pasar; sólo he venido a por el niño. —expresó con voz helada, queriendo evitar enfrentarse a aquellos hombres a menos que no tuviese otra alternativa, pero ellos no se tomaron su petición a bien y de inmediato se lanzaron sobre él.

Kenshin suspiró, y con una expresión carente de emoción en su rostro, sacó su espada para defenderse de los ataques. Por supuesto, el enfrentamiento supuso unos cuantos huesos rotos para aquellos hombres, pero el pelirrojo se contuvo para no matar a nadie. No era necesario que matara a esas débiles criaturas.

En cuestión de minutos ya se estaba adentrando por los pasillos de la casa, caminando por esta con rapidez en busca del niño, dejando a su paso a montones de "guardias" tirados en el piso con lesiones de distinta gravedad, aunque aún no había tenido la necesidad de matar a ninguno de ellos.

En cuanto dejó inconsciente al último en uno de los pasillos, escuchó sonidos algo más adelante. Sólo tuvo que guiarse por los gritos para localizar la habitación donde retenían a Yahiko, y si podía juzgar por los ruidos que escuchaba, seguramente estaban golpeándolo por vaya kami a saber qué razón.

Entonces escuchó un grito de una voz masculina que sonaba un par de octavas demasiado alta, y que luego fue seguido por gritos enojados del muchacho que había acudido a rescatar.

—¡Mi padre no quiso traicionar al bakufu del emperador y se unió a las fuerzas del shogun! ¡Murió en nombre de la justicia! —gritó Yahiko desde el interior de la habitación, y Kenshin se encontró alzando inconscientemente las cejas en señal de admiración por la osadía del chico. Gritarle de esa manera a la gente que podría matarte no era lo más inteligente, pero sin duda demostraba que aquel niño tenía más honor que muchos otros.— ¡Y mi madre arruinó su vida para poder criarme hasta que su enfermedad la mató! ¡Ambos era honorables y vivieron noblemente! ¡Y no voy a permitir que hables mal de ellos!

En ese mismo momento, el pelirrojo decidió intervenir antes de que alguien quisiese matar al chico por su atrevimiento.

Ni siquiera se molestó en llamar. De una patada, tiró abajo la puerta shōji golpeando con ella al hombre que estaba hostigando a Yahiko, haciéndolo caer al suelo con un sonido de golpe que al samurái se le antojó satisfactorio cuando dio un paso por encima de él. Al mirar al chiquillo, vio que sangraba por la boca y tenía la ropa también manchada con ella, seguramente producto de una golpiza, pero además de eso parecía estar de una pieza.

—¡¿Quién es este?! —preguntó sorprendido un viejo al otro lado de la habitación. El jefe de aquel grupo, según pudo deducir el samurái con completo desdén.— ¿Y cómo ha entrado hasta aquí? ¡Todo el mundo a por él!

Kenshin estrechó sus ojos dorados en su dirección, con una expresión tan helada que algunos hombres de la sala temblaron de miedo solo de mirarlo.

—Ellos no vendrán. —informó con voz calmada, dando un par de pasos hacia adelante para acercarse aquella repugnante criatura que decía ser un hombre.— Como no quisieron dejarme entrar, los dejé tomando una siesta.

El repentino pánico en el ki del hombre que ahora estaba temblando bajo la fuerza de su mirada ambarina, casi divirtió al rōnin de rojos cabellos. Casi. Pero no podía realmente sentir diversión cuando se estaba encargando de un problema que en un principio no debería existir.

—¿Qué? —murmuró el jefe, aterrado, con sus ojos fijos en la figura del intruso

—Vengo por el chico. —expresó Kenshin con serenidad, sin molestarse en responder la pregunta del viejo. No tenía nada más que agregar, no era tan difícil darse cuenta lo que quería decir con sus anteriores palabras.

Sin embargo, antes de que el hombre pudiese responder, un fuerte y furioso ki a sus espaldas hizo que Kenshin se girase ligeramente para poder mirar de reojo al hombre que anteriormente había tirado al suelo con la puerta.

El tipo lucía francamente furioso, pero aquello ni siquiera amedrantó al samurái, que se limitó a observarlo con una expresión tan completamente carente de emociones que puso nerviosos a todos los hombres del salón. ¿Cómo alguien podía estar así, tan controlado y casi aburrido, en un sitio donde estaba superado en número? Poco sabían ellos que aquel pelirrojo estaba acostumbrado a luchar con los números en su contra.

—¡¿Cómo te atreves a entrar aquí de esa manera?! —gritó el matón, levantándose del suelo con rapidez para enfrentarse cara a cara con el rōnin que lo observaba atentamente, analizándolo en silencio.— Y más aún, ¡¿cómo te atreves a hacer exigencias?! ¡Yo, hitokiri Gasuke, te mataré a ti y al mocoso!

Aquello hizo parpadear al pelirrojo. Una vez, dos veces… para luego echarse a reír con fuerza, una risa fría y seca, dejándose llevar por la malsana diversión que las palabras del autodenominado hitokiri le habían provocado.

—¿Tú, un hitokiri? No sé si tomármelo como una broma o un insulto. —dijo con frialdad una vez que la risa cesó, deteniendo en seco al otro hombre que se había estado acercando a él dispuesto a atacarlo.

Gasuke se congeló cuando se percató del frío y peligroso ámbar que resplandecía en la mirada de su contrincante. Fue en ese instante en que se dio cuenta de que no se estaba enfrentando con un samurái cualquiera.

—¿Q-quién eres tú? —cuestionó, bajo la atenta mirada del pelirrojo que por un momento dudó, no muy seguro de si debía decir su nombre.

Tras contemplarlo un instante, esbozó una fría sonrisa, decidido a responder y con algo de curiosidad por ver cuáles serían las reacciones de sus oyentes.

—Soy Himura Kenshin. Ex Ishin Shishi… Y también el hitokiri Battousai. —respondió finalmente con frialdad, observando como el otro hombre palidecía repentinamente, y también sintiendo el miedo inundar los ki de todos los que allí se encontraban. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, cerró la distancia entre él y el supuesto hitokiri, dándole un golpe en la mandíbula con la empuñadura de su espada y alzándolo por la fuerza del golpe, dejándolo incrustado en el techo. Apenas le dirigió la mirada para ver su cuerpo colgando lánguido, probablemente desmayado por haberse golpeado la cabeza. Fríamente, le reprochó:— Y no había terminado de hablar. Es de mala educación interrumpir.

Kenshin volvió a prestar atención al viejo jefe yakuza que se encontraba temblando contra la pared, con el pánico grabado en la cara. El semblante de Kenshin se enfrió aun más de ser posible, con sus ojos dorados resplandeciendo con un brillo asesino en ellos, y cuando habló lo hizo con una amenaza velada. Estaba cansado de estar en presencia de gente tan repulsiva, por lo que se llevaría al chico ya mismo de ahí, y no pensaba perder más tiempo.

—A partir de ahora, el chico está a mi cargo. —le informó con la voz más gélida que encontró, lo cual ya era mucho decir. Por un instante, tuvo un flashback del Bakumatsu, cuando usar aquella voz había sido un hábito.— Me dejará llevármelo, o le aseguró que mataré a todos sus hombres y a usted mismo sin remordimiento alguno.

Si el anciano antes temblaba, ahora parecía que podría haberse orinado del puro pánico. Su rostro estaba tan blanco que parecía muerto, y sus ojos lucían tan amplios como los de un animal frente a un depredador. El hombre estaba aterrado, y en opinión del pelirrojo se lo tenía bien merecido.

Podría haberlo matado allí sin problema, pues era la clase de mal que no tenía reparos en eliminar del mundo, pero no quiso que el niño que lo observaba con asombro viese una escena como aquella. Ya suficiente era que supiera quién era, como para además verlo matar a sangre fría.

Prefería mantener a salvo lo que quedara de inocencia de aquel chaval.

—Es… es tuyo —gimoteó finalmente el jefe, deslizándose hacia atrás en un movimiento que seguramente él pensó que sería sutil, pero que el hitokiri vio con claridad y casi lo hizo bufar de desdén.— ¡Llévatelo! ¡Llévate lo que quieras!

—Muchas gracias —contestó irónico. Envainando su espada, se dirigió hacia Yahiko y le tendió la mano para ayudarle a levantarse—. ¿Te encuentras bien?

El niño rechazó el gesto y le golpeó la mano ofrecida, quedándose sentado donde estaba sin aparentes intenciones de ponerse de pie.

—¡No te he pedido ayuda! —recriminó con un gruñido, observándolo con molestia resplandeciendo en sus oscuros ojos.— ¡Podía yo solo!

Kenshin le miró con sorpresa por la reacción que había tenido, pero pronto tuvo que tragarse la diversión que acudió a él en respuesta a sus palabras. Acababa de herir nuevamente su orgullo, y su primera reacción fue tratar de arreglarlo, pero había algo más importante y debía dejárselo en claro al chaval.

—No te engañes. Él puede haber sido débil, pero lamentablemente tú eres más débil ahora mismo. Debes fortalecerte, y sé cómo puedes hacerlo, pero en primer lugar tenemos que tratar tus heridas.

Entonces se inclinó para coger del kimono a Yahiko, y sin detenerse se lo echó a la espalda haciendo completo caso omiso de las quejas del muchacho que ahora descansaba contra su hombro.

Seguidamente se dirigió a la salida, y mientras pasaba por encima de los hombres que había dejado tirados en el suelo, se generó un pequeño alboroto en el salón que dejaba atrás. Gracias a su fino oído, pudo escuchar algo amortiguado las palabras del jefe:

—No puedo creer que alguien como él siga viviendo en esta era Meiji… Déjenlo. No queremos problemas con él o nos matará a todos.

Aquello hizo que el hitokiri apretara ligeramente los labios para evitar esbozar una sonrisa fría. Sí, el jefe tenía razón en una cosa: si volvía a encontrarse con aquellos tipos no dudaría en matarlos.

El trayecto hacia la salida fue tranquilo, y aún más tranquilo fue el camino en dirección al dojo. Por la hora tardía, en los alrededores no se oía más que el cantar de los grillos, y el apenas perceptible sonido de sus silenciosos pasos de gato. Ah, y también las maldiciones susurradas del niño que cargaba.

—¡Rayos! —mascullaba el chico una y otra vez, completamente inmóvil en la espalda de Kenshin, algo que él agradecía. No habría sido agradable haberse llevado de esa forma a aquel niño si hubiese ido luchando por soltarse todo el camino.— ¡Rayos!

—¿Te molesta tu debilidad? —le preguntó el samurái luego de un rato, solo decidiéndose a hablar cuando le sintió llorar.

—Quiero hacerme fuerte y que nadie tenga que ayudarme. —sollozó quedamente, hablando con voz algo entrecortada por el llanto.— Así podré defender el honor de mis padres yo solo.

—Ya veo. —fue todo lo que dijo el pelirrojo, siendo incapaz de encontrar palabra alguna que pudiese servir para consolar al chaval.

Él no había crecido con alguien que fuese bueno consolando a las personas. Su maestro probablemente solo lo habría golpeado o se habría burlado de él para luego darle un consejo que él habría tardado años en entender, pero eso no era lo mismo que consolar a alguien. Y en realidad, no sabía cómo hacer sentir mejor al niño.

No dijeron nada más en todo el resto del camino de vuelta, pero Yahiko no volvió a protestar ni a decir palabra alguna. Cuando abrió la puerta del dojo Kamiya, Kaoru se encontraba de pie en el patio vestida con ropa de salir a la calle.

—¡Está muy lastimado! —exclamó, preocupada, sin siquiera molestarse en saludar cuando los vio entrar por la puerta.— Hay un carruaje afuera esperando para llevarlo al doctor.

En realidad, las heridas parecían peor de lo que realmente eran. Yahiko estaba golpeado, sí, pero durante el trayecto no se había quejado de dolor, por lo que el samurái supuso que no estaba tan mal como parecía. Sin embargo, aun así tuvo cuidado cuando bajó al muchacho y lo puso delante de Kaoru

—Yahiko, ella es la señorita Kaoru, maestra de la Escuela Kamiya Kasshin. A partir de ahora, será tu maestra.

El niño emitió un sonido de horror, girando la cabeza hacia atrás para mirar a Kenshin con absoluto espanto y luego volvió su vista a una perpleja Kaoru.

—¡Espera! ¿Pretendes que aprenda kendo de esa fea?

—¿Quieres que ese niño sea mi pupilo? —gritó la chica hacia Kenshin, quien solo le dirigió una mirada levemente divertida al ver que ambos parecían completamente horrorizados por la mera idea.

—Exacto. —dijo jovial el samurái, alternando miradas atentas de uno a otro. Le puso una mano en el hombro a Yahiko para llamar su atención, dedicándole una pequeña sonrisa tranquilizadora. El niño no había demostrado tenerle miedo en ningún momento, lo cual lo aliviaba en gran medida, pero aun así no quería sobresaltarlo.— Ahora, todo depende de ti. Aprende la técnica Kamiya y hazte fuerte.

—Lo haría incluso aunque no me lo dijeras. —masculló Yahiko mordaz, apartando la mirada del pelirrojo.

Fue entonces cuando la chica cayó en cuenta de lo que el chiquillo había dicho. Con un bufido de furia, se adelantó para coger de la ropa al niño, acercándose a gruñirle a la cara.

—¡Me llamaste fea otra vez! —exclamó a gritos, completamente irritada por la situación.

Pero el niño no se amedrentó, y en lugar de retractarse de sus palabras, respondió a gritos también e insultando nuevamente a la pelinegra.

—¡¿Cuál es tu problema, fea?!

Kenshin parpadeó, completamente atónito y viendo cómo se peleaban. Eran como un par de niños de cinco años, y parecían tener energía inacabable para discutir. Kaoru debería estar agotada después del día tan ajetreado que había tenido, y a ese crío le habían dado una golpiza que seguramente habría mandado hasta al más valiente a la cama con dolor. Ambos deberían estar buscando un futón para dormir y no enzarzados en una batalla campal que nada tenía que envidiarle a las peleas del Bakumatsu.

—Esto… oigan… —dijo con incredulidad por la escena, tratando de llamar la atención de ambos para poder terminar la disputa. Él por su parte estaba agotadísimo, y quería irse derecho a la cama, pero no podría hacerlo mientras esos dos estuviesen en su lucha.— ¿No sería mejor llamar a un doctor?