BRANDON EL CONSTRUCTOR (2)

El ambiente estaba lleno de humo negro y olía a carne asada. Los muertos de la última batalla ardían en una gran fogata en medio de la plaza de la fortaleza. La antigua muralla de madera fue sustituida por una enorme muralla de granito de treinta y ocho varas de altura.

El grupo norteño no era los únicos habitantes de esas tierras, tal y como creía Brandon Stark. Todas las nuevas tierras salvajes estaban pobladas por unos seres extraños y peculiares. Eran de baja estatura, pues los adultos tenían la altura de un niño, morenos, ligeros y muy rápidos. En sus manos solo tenían tres dedos y un pulgar, y no tenían uñas, sino garras negras. Iban vestidos de hojas, cortezas y ramas verdes y Brandon sabía que vivían en los bosques y en cuevas remotas. Por este motivo fueron llamados desde el primer momento los Niños del Bosque. Las armas que empleaban no tenían comparación con el buen bronce de los primeros hombres. Las de los Niños eran de obsidiana, arcos de madera con puntas de flechas de obsidiana también y empleaban muchas trampas.

La guerra entre las dos razas se declaró a raíz de la tala de esos árboles blancos, a los que ellos llamaban arcianos. Los Niños acusaron a los hombres de matar a sus dioses, que habitaban en esos árboles. «Una extraña religión para un pueblo extraño», dijo en varias ocasiones el Magnar Stark.

AAAAAAAAAAAUUUUUUUUU, aaauuu, AAAAAAAAAAAUUUUUUUUU

Tres toques de cuernos, dos largos y uno corto. Tres toques que significaban el comienzo de otra batalla. Tres toques que significaban más muertes en ambos bandos. Tres toque que… «¿Cuándo acabará esta maldita guerra?», pensó Brandon. Él conocía la magia que poseían aquellos Niños del Bosque. Viejo Niño, como Stark había bautizado a uno de los jefes de los Niños, les había dicho en días anteriores que su pueblo había destruido el puente entre el continente salvaje y el este con su antigua magia, pero eso no les impidió que otros hombres saltaran a esas tierras, aunque ahora fuera más dificultoso.

–Magnar, esos enanos están cerca de las murallas –dijo Domeric Bolton. Domeric era uno de los generales nombrados por Stark y ya había conseguido una fama siniestra, pues despellejaba a sus víctimas y se quedaba con sus pieles como trofeo– y además, magnar, van acompañados por gigantes.

Brandon Stark salió corriendo a las almenas y allí a los lejos los vio. Era doce, puede que catorce. Medía cuatro o cinco varas de alturas, al lado de estos los Niños del Bosque no eran más que piedras a sus pasos. No iban cubiertos con nada, pese a que hacía mucho frío, sino que llevaban una piel muy peluda, el vello más espeso de cintura hacia abajo. Algunos eran grisáceos y otros marrón blanquecino. Las cabezas estaban inclinadas hacia adelante y los hombros hacia atrás, los ojos eran pequeños y las caras muy cuadradas. Sus brazos fueran musculosos y largos y sus piernas muy cortas. Stark ya había podido comprobar la gran fuerza que tenían estos seres. Iban armados con garrotes que habían realizado con troncos o grandes ramas gruesas de árboles. La única montura que llevaban eran unas bestias con un espeso pelaje marrón y largos, gruesos y afilados colmillos. Los primeros hombres los llamaron mamuts.

–¡Arqueros! –llamó a gritos Margnar Stark–. Preparad las flechas. A mi orden prended fuego, tensad, apuntad y disparad. ¡A mi señal!

Los arqueros se colocaron en las almenas en una fila de uno en uno con cubos lleno de flechas a sus lados y pequeñas hogueras cada cuatro arqueros.

–¡Honderos! –siguió llamando Stark– A la primera línea de batalla. Colocad montañas de piedras y coged varias hondas. A mi señal atacad. ¡Generales! ¡Guerreros! A la segunda fila. Colocaros las armaduras, el cuero y coged las espadas. Dividiros en tres grupos. Yo iré en primera línea. A mi señal avanzad.

El enemigo cada vez estaba más cerca. Ya se podían oír los tambores de los gigantes con total claridad.

PPPUUUMMM, pppuuummm, PPPUUUMMM, pppuuummm

–¡Arqueros! –gritó Brandon– ¡Prended! ¡Tensad! ¡Apuntad! ¡DISPARAD!

Fffffffffff, fffffffffff, fffffffffff, fffffffffff

Decenas de flechas ardientes volaron el cielo, partiéndolo en un sinfín de brechas. El pelaje de algunos mamuts comenzaron a arder y, con ellos, el vello espeso de los gigantes. Estos cayeron al suelo y los mamuts, histéricos y descontrolados, comenzaron a arrasar con todo lo que pillaban a sus pasos, incluso aplastaron algunos de los Niños del Bosque.

–¡Prended! ¡Tensad! ¡Apuntad! ¡DISPARAD!

Fffffffffff, fffffffffff, fffffffffff, fffffffffff

En esta oleada comenzaron a caer los Niños del Bosque que pronto se convirtieron en bolas de fuego.

–¡Honderos! –gritó luego Brandon–. Abrid las puertas. ¡ADELANTE! ¡LANZAD!

Y las piedras comenzaron a salir disparadas, al mismo tiempo que las flechas enemigas abatían a los hombres.

–¡Guerreros! –dijo Stark mientras se montaba en su caballo gris–. Es nuestra hora. Este día será recordado por todos nuestros descendientes. El día en que vencimos a los Niños del Bosque. ¡ATACAD!

Y Brandon cabalgó en primera posición al frente de un ejército de caballeros y demás guerreros. Tres enemigos se interpusieron ante Brandon. Con su espada de bronce, a la cual había bautizado como Hielo, comenzó a romper el aire y mató a los tres Niños. A su lado Jojen Reed daba estocadas a derecha e izquierda a sus enemigos. Domeric Bolton se enfrentó con su escuadrón a un gigante al que tumbaron, no sin antes haber muerto tres de los suyos aplastados por el inmenso garrote del gigante.

–¡Cuidado, Magnar! –gritó Hellman Piedemadera. Era un hombre de cuarenta años que aún conservaba su color rubio en el pelo y unos ojos azules como el mar.

Hellman se abalanzó hacia uno de los niños del Bosque que iba a apuñalar con su daga de piedra al Magnar y le rajó el cuello. A Brandon apenas le dio tiempo de girarse, para cuando lo hizo la espada de Piedemadera ya estaba teñida de rojo.

La batalla fue dura, larga y sangrienta, sobre todo sangrienta. Hubo muchas bajas, tanto de los enemigos como de los suyos, aunque la peor parte se la llevaron los Niños y los gigantes.

–Recoged los cuerpos de los nuestros y que sean enterrados como es debido –ordenaba Brandon magullado y con algunas heridas aún sangrantes– y a los enemigos quemadlos.

Brandon se encontraba ante uno de esos árboles blancos. Parecía que lloraba por la sangre de los muertos de aquel día, pero era la savia roja que le caía de los ojos tallados por aquellos Niños del Bosque. Sopló el viento, las hojas se estremecieron y el cabello de Brandon se movió ligeramente. «Invernalia», dijo el árbol. «No, no ha dicho nada, solo es el viento», se decía Brandon cada vez más intrigado. «Invernalia» volvió a susurrar el árbol, ¿o era el viento? Bran no lo supo nunca pero a continuación volvió a oír una palabra: «Brandon». Y Brandon miró hacia la ciudad en construcción. «Invernalia. Quiere que llame a la ciudad Invernalia. Pues así será: Invernalia».

El Magnar volvió hacia donde se encontraba su ejército triunfante. Estos lo celebraban con gritos, bailes e incluso habían sacado violines, tambores y flautas para celebrar el triunfo. Jojen Reed, Hellman Piedemadera, Roger Flint, Rodrik Liddle, Jeor Norrey y otros grandes caballeros más se quedaron mirando a Brandon. Reed fue el primero en golpear su espada de cobre contra su escudo.

–¡El Rey en el Norte! –gritó, agachó la cabeza y puso su espada a los pies del magnar.

A continuación lo siguieron los otros. Todos golpeaban sus espadas contra sus escudos.

–¡El Rey en el Norte! –gritaron.

Por último todo el ejército comenzó a imitarlos, hasta hacer un sonido ensordecedor.

–¡EL REY EN EL NORTE! –comenzaron a gritar todos– ¡EL REY EN EL NORTE!

Y todos ellos: caballeros, honderos, arqueros, mujeres, niños y ancianos comenzaron a arrodillarse ante Brandon Stark, el Rey en el Norte.