Delante de un agujero en la tierra donde descansa un ataúd de madera tan oscura que parece negra, Harry Potter, Ginny, Ronald y toda su familia, junto a los padres de Hermione, derraman lágrimas de pena, lágrimas de ira hacia quien se la haya llevado, y lágrimas de una intensa rabia hacia cierto rubio que debería de estar con ellos pero no.
Draco Malfoy no asistió al velorio de su esposa, ni tampoco al entierro. Mucho menos planea ir al cementerio a despedirse de su amada castaña.
Porque él, el "cerdo egoísta" (como lo ha llamado Ron Weasley, hirviendo de rabia al darse cuenta que ese imbécil que le robó a su novia no la quería lo suficiente como para dejar de hundirse en ese pozo de auto compasión en el que se sumió hace aproximadamente un mes, cuando el médico muggle dio el mismo diagnóstico que el medimago, y no se dignó a aparecer para siquiera a mostrar sus respetos a los señores Granger, que lucen devastados por la tragedia), no tenía en sus planes recordar a Hermione como lo que era en sus últimos tiempos, con la piel pálida y agrietada, sin cabello gracias a un intento desesperado de un joven médico de ayudar a la dama (luego de haber oído como Draco Malfoy le insultaba y amenazaba, hasta acabar de rodillas en el suelo víctima de sollozos incontenibles, en lo que su esposa le apretaba los hombros con fuerza en un intento callado de decirle que todo iba a estar bien, de mentirle a la cara), los huesos marcados y los ojos carentes de brillo... Él prefería pensar en ella como la chica que siempre levantaba la mano en clase, la muchacha mas hermosa en el baile de Navidad de cuarto año, y también del Baile de Graduación, la criatura bendita que le había sacado de ese pozo oscuro que era su vida en su séptimo año, la leona que rugía cuando alguien se metía con sus seres queridos (incluyéndole a él), y le había dado un cobijo en sus brazos en cada momento en que la había necesitado de los últimls años.
No, haber evitado vislumbrar su cadáver siquiera era algo que le había dolido, pero lo había hecho de cualquier forma, convenciéndose a si mismo de que a ella ya no le podía afectar su reacción, y que le había dejado solo ahí, así que tenía el derecho a actuar como quisiese.
Era plenamente consciente de que ella no había escogido irse, porque fue evidente en cada una de las lágrimas que no derramó frente a él, en los silencios que guardó en lo que él se encargaba de estallar en cólera ante la incompetencia de los muggles y la magia, fue evidente en cada «Todo va a estar bien, Draco» susurrado en su oído cuando en la noche era víctima de las pesadillas, en las que la perdía... Siempre acababa despertando, notando estar en una realidad aún peor a todos los sueños que había tenido en que ya no estaba a su lado: porque la Hermione que estaba a su lado en esos momentos no solo se estaba muriendo, sino que esta desvaneciéndose, perdiendo todo lo que la hacía ser ella misma.
Pero, aunque sabía todo eso, que ella había sido su pilar durante la enfermedad en vez de ser él quien la sostuviera en los momentos de debilidad, no podía evitar oír una voz que recriminaba en el interior de su cabeza que ella se hubiese ido, abandonándole a él que le había dado todo lo que había podido... Y si, era un cerdo egoísta, como bien lo llamó la Comadreja, que solo pensaba en sí mismo y sus emociones y no lo que Hermione hubiera querido.
Él no había ido a su velorio, y tampoco a su entierro, inundado como estaba en Whisky de Fuego, encerrado en su casa (que de forma tan hermosa ella había llamado infinidad de veces su hogar) y siendo visitado continuamente por el fantasma del taconeo de sus zapatos en el ático, donde guardaba los documentos, o su voz en la cocina tarareando una canción desconocida para él (extrañamente la misma en cada ocasión, pese a que Draco siempre se sorprendía de escucharla), o su voz hablando con delicadeza con su antiguo gato grande y naranja, que había muerto hacía un par de años, o su voz diciéndole que lo quería, o su voz diciéndole que siempre iba a a estar ahí, para guiarle por el bien, su voz diciéndole hasta el último momento que había esperanza, no mintiéndose a si misma (ya sabía lo que venía), sino a él, que era tan débil, tan frágil...
«Draco...»
Él sabía que solo era su mente jugándole una mala pasada, pero no le importó en ese momento, arrastrado como estaba por seguir los susurros dulces de la que sabía era su esposa.
«Draco, ven...»
La voz le hablaba desde encima de las escaleras, y eso despertó un recuerdo que al parecer había permanecido dormido hasta el momento, dispuesto a aprovechar ahora, que estaba hecho mierda, para devorarlo con sus fauces ensangrentadas.
Ellos acababan de mudarse a esa casa, la pintura fresca color salmón dejaba un aroma encantador en la sala de estar. Y él, exhausto, se había dejado caer en una de las butacas que la castaña había traído de su apartamento. La susodicha le había llamado desde una habitación en el segundo piso, luego de haber encontrado una caja con objetos muggles para enseñarle: había artesanías en tela, madera y demás y él quedó enamorado de una de ellas... Era una simple pulsera de un color marrón (entre oscuro y claro) que le había recordado a ella, ya fuera por su cabello, ya fuera por sus ojos, ya fuera por su esencia: una joven que se consideraría del montón, pero que resultaba una obra de arte y se permitía uno tomarse un tiempo para interpretarla libremente.
Hermione vio qué estaba observando y le puso la pulsera en la palma de la mano derecha.
Para que se la quedara, para que no la olvidara jamás.
Y eso no era justo.
Él quería estar junto a la ella, y no dudaría en saltar al vacío para hacerlo...
Así que tomó carrera, y lo hizo.
¡Holanda!
Este final no acaba de cerrarme, pero no se me pudo ocurrir nada mejor.
Gracias a la persona que llegue hasta aquí, espero que la idea haya quedado clara.
REVIEEEWS PLIS ah xd.
Nat.
