Como había dicho antes, el amor no era más que un truco de la mercadotecnia para vender literatura basura a adolescentes confundidos. Por supuesto, él iba a ser una excepción a la regla ya que sólo había comprado ese manual con fines de… investigación científica.
No es que pudiera fiarse mucho de un libro firmado bajo el nombre artístico de "El Brokas" pero… ¿Qué tenía por perder?
Había un aroma agradable en el ambiente. Olía a miel y manzanilla. El campo de flores no tenía fin y el estar ahí, rodeada de vegetación que fácilmente le llegaba a la altura de la cintura, le hacía olvidar que horas atrás se le había aparecido el mismísimo diablo con disfraz de Cacturne diciéndole incoherencias como que le gustaba y que quería que fuese su novia. Más aterrador aún fue cuando se puso a gritar por todo el pueblo cosas que en alguna dimensión debían ser piropos y halagos con su chillona voz.
¿Por qué le hacía esas cosas? ¿Qué terrible pecado cometió en su vida pasada para que en esta tuviese que lidiar con alguien como Harley? No recordaba haberle faltado al respeto, no a propósito. El problema es que él todo se lo tomaba a mal: Le decías algo bueno y se enojaba; no le decías nada y era aún peor. Tampoco entendía por qué parecía tan ensimismado con ella ya que con Drew o Solidad a penas y sostenía un par palabras cuando se veían.
"¿No crees que era muy obvio?"
No, no lo era y se negaba a aceptar que esa fuese la verdad tras sus actos. Miró a su alrededor y no detectó nada que fuese sospechoso. Cerró los ojos y lanzó un suspiro largo y tendido esperando a que, mágicamente, todos sus problemas desaparecieran.
Lo verdaderamente mágico era el cómo había salido por entre las flores sujetándola con una mano y con la otra ofreciéndole un ramo de tulipanes negros como aquel que había visto en el Centro Pokémon (momento, ¿había entrado a su habitación mientras dormía? ¡Oh, Arceus!).
—Unas flores bellas para una dama… eh… tierna —¿Se estaba esforzando si quiera? ¡Qué más daba! Las aceptó de mala gana. Volvió a cerrar los ojos e inhaló su perfume. Aquel acto le recordaba todos los buenos momentos en Hoenn y Kanto donde aquel chico de cabello verde le regalaba rosas. Oh, Drew… ¿Qué estaría haciendo en esos momentos? Los tulipanes olían particularmente bien, bastante mejor de lo que se esperaba. Tenían una esencia dulce, como de caramelo.
A los Combee que la rodearon también les gustaba el aroma…
Los gritos de dolor y desesperación de May fueron opacados por la sórdida carcajada de Harley que veía todo a la distancia. Sabía que su propia interpretación de "regale dulces flores a su dulce dama" le iba a complicar bastante más la tarea, pero…
¡Quítenmelos, quítenmelos! ¡Ah, Harley, de verdad eres un…! ¡Ay, el dolor, el dolor!
Su sufrimiento era como miel en su paladar.
"Al corazón se llega por el estómago" era una frase bien conocida, y él sabía que May se la tomaba muy pero MUY en serio. Tanto así que cuando la invitó a comer al famoso Chalet Alpino de la Ruta 213 ella no se negó, en parte porque le aterraba la idea de que Harley fuese a ofrecerle una "cena romántica" preparada por él… con laxantes y todo. Igual estaba el hecho de que se moría de hambre y a la comida no le podía decir que no.
Había gente y sólo una mesa para dos en el centro de todo, ¡qué horror! Tan pronto como llegó un mesero de cabello relamido y nariz respingada a dejar las cartas, regresó para tomar la orden.
—Tráigame una ensalada de bayas dulces con salsa mil islas. A la niña, una de hojas de Oddish y dos tés verdes, sin azúcar, por favor.
—¿¡Qué!? Pero si yo no… espere, ¡las cartas! —Ahora sí estaba enojada, NADIE se mete con ella y la comida—. ¡Harley! ¿Por qué has ordenado por mí? ¿¡Y cómo que niña!?
—Porque eres mi invitada, por lo tanto, yo decido el menú; además, si comes como Snorlax te vas a poner peor que el que tienes, y mira que desde aquí se te notan los kilos de más.
—Primera, no es así como funciona la cosa. Segunda… ¡No… estoy… GORDA! Y tercera, ¡que te quede claro que soy toda una mujer!
—Qué tengas los pechos de una no quiere decir que lo seas, cariño.
Aunque iba bien cubierta por su abrigo, instintivamente se tapó haciendo que Harley se riera como siempre lo hacía. Antes de haber podido llamar a su Blaziken para acabar con él, llegó el mesero a servir los platos y preguntó si iban a ordenar más. Sin que el coordinador pudiese reaccionar, May le arrebató la carta de las manos y con un amenazante tono de voz exclamó:
—Si tanto me consideras una niña… ¡Entonces quiero TODO el menú infantil!
—¿Disculpe, mademoiselle?
—He dicho… TODO… EL… MENÚ… INFANTIL.
—May —dijo Harley titubeando— ¿No estarás hablando en seri…?
—¡TODO! —Ese grito hubiese espantado al mismísimo Yveltal, así que al mesero no le quedó de otra más que atender el pedido.
El verdadero espectáculo aconteció al llegar los quince platos a la mesa. Unos tras otro eran devorados por la joven de Hoenn, aunque más parecía que se trataba de un pokémon salvaje que no había probado bocado en días, ni tampoco que conociera algo de modales, porque el tenedor y el cuchillo salieron volando después de haberse atragantado con los nugget en forma de Magikarp. La gente no podía evitar observar aquel espectáculo con repulsión. Las miradas también se clavaron como navajas en el insensato que había traído a la bestia a la mesa y, por más que intentó ocultar su vergüenza tras la carta, no pudo callar el grito agudo que lanzó cuando le llegó la cuenta y chirrido infernal cuando May le dijo que no cargaba ni un centavo con ella.
Antes de caer la noche, arribaron a un pequeño Centro Pokémon que servía como refugio a los montañistas que gustaban de escalar el acantilado que se encontraba varios kilómetros adelante. May estaba molida y necesita descansar con urgencia; tal vez él también estuviera cansado y, con suerte, se pudiera despertar un poco antes para perderle el rastro. En cuanto recibió la llave de su habitación corrió a encerrarse y a poner un taburete frente a la puerta. Al menos tendría una noche tranquila… o eso pensaba.
Cayó de inmediato sobre la almohada y comenzó a soñar con la victoria en el Gran Festival de Sinnoh. Por fin dejaría de ser una eterna princesa para coronarse como la reina de los concursos. A su lado, estarían sus mejores amigos y, por su puesto, su preciado príncipe felicitándole por su victoria. Él le acercaría una rosa y ella la recibiría con un sonrojo en su rostro. Entonces, por fin tendría el valor para decírselo: "Drew… tú me…"
Un sonido, algo así como un golpe, la sacó de su ensoñación. Se limpió la baba y se asomó por la ventana. Esperaba que fuera alguna rama o, en su defecto, un pokémon pájaro que hubiese perdido el rumbo intentando llegar a su nido. Pero bajo su balcón había algo salido de sus peores pesadillas.
—¡Yuju, May! Apuesto que nadie nunca antes te había traído serenata.
—Esto es… ridículo.
¡Y sí que se veía ridículo! Más que de costumbre… Había dejado su característico traje por uno mucho peor: En la cabeza un sombrero verde de ala ancha con un extremo doblado hacia arriba, con una cintilla color dorada y una enorme pluma roja; camisa color verde esmeralda de manga larga con rombos negros al frente; una capa negra exageradamente larga; unos cervantinos negros y unas mallas color musgo que terminaban con unos botines largos. Todo eso no era lo peor, el verdadero horror se reveló al momento de sacar una guitarra de fina caoba.
—Oh… no...
Y con la voz más desafinada que May había escuchado en su vida, Harley comenzó a recitar una serie de versos sin sentido alguno; eran frases con antónimos, metáforas absurdas que sólo trataban de rimar y la palabra amor cada tres estrofas. ¿A quién demonios le podía gustar eso[1]? Un Loudred gritando de dolor sonaba mejor.
Antes de terminar su primera actuación en vivo… ¡Splash! Un cubetazo de agua helada justo en la cabeza… con todo y cubeta.
—¡Piérdete y déjame dormir! —Vociferó azotando con todas sus fuerzas la ventana.
Se lanzó contra la cama y se tapó con una almohada esperando volver a conciliar el sueño. Y casi lo logra de no ser porque el ruido generado por el amplificador se escuchaba a kilómetros a la redonda. Más por la onda sonora que la hizo volar por los aires que por voluntad propia, se acercó de nuevo a la ventana.
Se llevó las manos a la cara de pena ajena.
—Si a mi galletita de jengibre le gustan las emociones fuertes, tengo justo lo que necesita.
Más que metalero del infierno parecía payaso con esas fachas: llevaba unos lentes oscuros (a plena luz de luna); se había hecho un permanente en el cabello dejándoselo como melena de Luxray ; chaleco abierto de cuero atascado de brillantina que dejaba al descubierto su falta de músculos; un cinturón con la hebilla en forma de Duskull; los pantalones más preocupantemente pegados que pudo encontrar y botas diseñadas para patear Tauros.
Al menos, su dominio con la guitarra eléctrica era bastante mejor que el de su voz, pero el ruido era mil veces peor ya que May odiaba esa clase de música. Para su beneplácito, también lo hacían los pokémon que vivían a los alrededores que se lanzaron contra Harley por osar interrumpir su sueño…
Amaneció en esa esquina del mundo y la joven de ojos azulinos despertó al quinto timbrazo del reloj; debía moverse de prisa y huir de su cazador. Asomó la cabeza de habitación en habitación, pero no vio a nadie más. Fue bastante precavida al salir, primero un pasito silencioso y luego otro… y estaba fuera. ¡Por fin! ¡Bendita libertad! Si se apuraba, recuperaría el tiempo perdido y podría llegar lo más pronto a Pueblo Valor. Continuó su viaje, esperaba poder llegar a la bahía que se encontraba en el entronque que la llevaría al pueblo y ahí podría tomar un pequeño descanso para olvidarse de su peor pesadilla.
Una brisa como salida de la nada empezó a soplar, haciendo que un papel se le estampase de lleno en la cara. Agarró la nota y vio que tenía algo escrito:
"Eres como un caramelo raro: me llevas a otro nivel".
—Ay… no.
Al momento de desechar el papelito, otro exactamente igual se le pegó al rostro. Volvió a repetir la operación:
"Me recuerdas a Deoxys: pareces de otro mundo".
Estaba que quería llorar. Volteó a su alrededor para ver de dónde procedían las notas y no vio nada extraño. Entonces, se le ocurrió mirar hacia arriba…
Y ahí había un Mothim muy familiar…
Lo que sí era extraño era que con sus diminutas patitas iba sosteniendo una bolsa que se veía bastante pesada. Confirmó el hecho de que era pesada cuando el pokémon no pudo más y cayó sobre de ella.
Harley aprovechó para salir de su escondite con manual en mano.
—A eso llamo yo "enterrar a tu 'amorsh' en cumplidos" —fanfarroneó mientras tachaba algo de una lista.
Repentinamente, la pila comenzó a arder… y de ella salió una figura que le puso los pelos de punta. Por una fracción de segundo pudo esquivar el 'lanzallamas' de Blaziken.
May echaba chispas (literalmente) y estaba dispuesta a acabar con toda esa farsa por las malas. Llamó al resto de su equipo: Glaceon, Hippowdon, Delcatty, Azumarril y Cherrim.
—¡Estoy harta! ¡Déjame en paz o te las tendrás que ver con todos mis amigos!
Le costó trabajo conservar el temple ante esa mirada asesina y el brillo en los ojos de sus compañeros ansiando mandarlo a volar por los aires. Tragó saliva y dio un paso al frente.
—Si das un paso más, yo…
—¿Me atacarás? ¿Acaso tienes las agallas para atacar a alguien indefenso?
—¿Indefenso? ¡Déjate de bromas tontas y llama a tus pokémon a combate! —Después de mucho tiempo, comprendía el ímpetu de Ash por buscar batalla, aunque fuese por motivos diferentes.
Harley se cubrió parte del rostro con su sombrero y volvió a dar un paso al frente. Blaziken estaba listo para atacar, aun si su entrenadora no daba la orden.
—Esto no tiene nada que ver con los pokémon, esto es algo únicamente entre tú y yo —volvió a avanzar.
¿Qué hacer? Aunque moría de las ganas, la moral le impedía atacar a una persona, por muy desgraciada que ésta fuese. Sus pokémon tomaron posturas defensivas y si él le hacía algo no se contendrían, el ser pokémon de concursos no los hacía debiluchos y seguro que le darían la tunda de su vida. Una vez que estuvo frente a ella, Blaziken soltó una patada, pero May gritó que se detuviera. La fornida pata del pokémon quedó rozando la mejilla del coordinador. En otro acto sorpresa, llamó nuevamente a sus compañeros a descansar a sus esferas.
May era inocente, frágil y tenía problemas para conciliar con demasiadas emociones a la vez. Por un lado, estaba sumamente molesta con él porque no dejaba de fastidiarla, de hacerla sentir menos… de humillarla mientras el muy sádico se regodeaba con su dolor. Aquello la asqueaba. Por otro lado, algo de todo el asunto le daba… miedo, mas no sabía el por qué. Su 'modus operandi' era el mismo de siempre: pretender amabilidad para que, en un momento de descuido, pudiese clavarle sus venenosos colmillos en la yugular, pero nunca antes había llegado al nivel de justificar su locura "en el nombre el amor". ¿Acaso le molestaba que estuviese corrompiendo la idea que ella tenía de ese bello sentimiento?
¿O era que muy en el fondo temiese lo peor? Que le estuviese diciendo la verdad.
Pero eso no podía ser cierto, simplemente no podía. Punto.
Seguía confundida, impotente y acorralada. Comenzó a llorar.
—¿Por qué? —Preguntó primero apenas susurrando, luego en tono desesperado—. ¿¡Qué te hice para que me hagas esto!? ¡Yo jamás quise ofenderte! Por favor… ¡Por favor! … Déjame en paz.
Verla así de vulnerable le hizo sentir un inigualable placer. Dejó caer el manual de su mano, se acercó despacio hasta ella y colocó con delicadeza sus finas manos sobre su rostro, dejando pasar un par de mechones de su castaña cabellera entre sus dedos.
—Ya te lo dije, linda, lo único que quiero… —susurró con voz ronca, enviando un escalofrío por toda su columna de May— es que tú pienses en mí siempre, como yo lo hago por ti.
La respiración de ambos comenzó a acelerarse y a sentirse pesada.
—Harley… yo... no…
Podía sentir cómo su pequeño cuerpo temblaba de pavor, había soñado por mucho tiempo el tener un triunfo así en sus manos. Se dejó perder por aquel sentimiento.
—A mí nadie me dice que no.
May sintió que había entrado a un vórtice de vacío por la falta de aire; le dolían los pulmones y sentía una terrible opresión en el pecho. Los labios le ardían, no con la sensación del fuego, sino la del veneno corriendo por su cuerpo. Le sabían como a sal.
Alguna vez soñó con ese bello acontecimiento, el del primer beso. Tal y cómo se lo había descrito su madre, debía ser uno de los momentos más lindos para cualquier persona. Se había visto a sí misma con un atuendo coqueto, bajo la luz de la luna y el firmamento con el príncipe de sus sueños portando un elegante traje blanco. Se había imaginado el rubor en el rostro de ambos, una sensación cálida y lo especial que debía ser el instante en que sus labios se sellasen.
Y él le había robado aquella ilusión.
Había mantenido los ojos abiertos por el shock, pero en el momento que su mente regresó al aquí y ahora fue cuando miró su rostro. Y no vio nada en él: ni los ojos lustrosos, ni el rosa tiñendo sus pómulos… nada.
Dio un paso atrás. A ese le siguió otro y otro; antes de darse cuenta, se había echado a correr en dirección al acantilado.
¡Maldita sea, estaba seguro de que eso iba a funcionar! Ya pensaría en comprar el enjuague bucal después y se dispuso a darle caza.
Ninguno de los dos notó que, más adelante sobre la ruta, había un cartel de "pistas para entrenadores" con la siguiente leyenda:
¡Precaución! No alejarse del sendero marcado. Pokémon extremadamente peligrosos merodeando el bosque del acantilado.
