Siento la tardanza, casi no he tenido tiempo para seguir escribiendo. Ojalá la espera haya merecido la pena.
- Strangela -
– No sabía que leyeras novelas de vampiros – dije al ver el libro sobre la mesita de noche de Gilbert.
– No es mi género favorito – admitió –, pero esta es... interesante.
– ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que la hace diferente de las demás?
Él torció la boca en la media sonrisa de siempre, y noté un destello de malicia en sus ojos cuando me miró.
– Lo relevante no es el vampirismo en sí, sino sus... posibilidades – ¿Posibilidades? Arqueé las cejas. Él suspiró –. No son humanos, no tienen limitaciones. Cualquier cosa que la gente considere inmoral no tiene importancia para seres que chupan sangre.
– ¿Y eso implica? – no acababa de entender adónde quería ir a parar. Ni tampoco por qué nos habíamos puesto tan profundos con una novela de ficción.
Gilbert sonrió de oreja a oreja antes de contestar.
– Pfff... Orgías de sangre, litros y litros de alcohol, sexo desenfrenado, incesto homosexual, incesto heterosexual, necrof...
– Vale, vale, vale. Comprendo. Me ha quedado claro, no sigas.
Él se echó a reír. Obviamente no comprendía que las inmoralidades sexuales, y en concreto el incesto homosexual, eran un asunto delicado del que hablar conmigo.
– Claro, debería haber supuesto que al señor Don Moralidad no le agradaría demasiado esa temática.
– Cállate y ponte a dormir.
Siguió riéndose mientras se cambiaba la camiseta por una vieja y se quitaba los vaqueros. Giré la cabeza cuando me di cuenta de que lo estaba mirando muy indiscretamente, y me acordé de que mi camiseta de dormir estaba en la otra habitación.
– Ehm, vuelvo ahora – dije caminando otra vez hacia la puerta.
– De eso nada. No molestes a tu hermano – me dijo serio, adivinando adónde iba.
– Pero...
– Ludwig, por favor, no seas crío. Duerme en ropa interior.
Sintiéndome diez años más joven, hice un puchero y caminé de vuelta a la cama. Me quité la camiseta y los vaqueros y los dejé doblados en una silla.
– Oh, mira, si tienes un cuerpazo. ¿No estás ya un poco mayor para seguir con tus estúpidos complejos adolescentes?
Me sentí enrojecer. ¿Qué era peor? ¿Que me tratara como su hermano pequeño (porque lo era) o que hiciera comentarios del tipo "oh, mira, si tienes un cuerpazo"?
– Cállate. Y ponte a dormir – repetí.
– Luddy, somos hermanos, no tienes por qué ponerte así. Sabes que te he visto desnudo más veces de las que te gustaría reconocer... – me atraganté con mi propia saliva. ¡¿Q-qué?! – Bueno, sí, no tenías el cuerpo que tienes ahora – por favor, que parara ya –, pero qué más dará.
Rogando a algún ser de dudosa existencia que mi cara no estuviera tan roja como yo la sentía, me metí en la cama y me cubrí con el edredón hasta las orejas, de espaldas a Gilbert.
– Buenas noches – farfullé.
El colchón se hundió a mi espalda y el edredón se movió. Me tensé cuando noté su aliento en mi oreja. Sus labios se posaron sobre mi mejilla, aún caliente.
– Buenas noches, mi dulce y rubio hermanito – dijo él apartándose y tumbándose en su lado de la cama.
En fin, tendría que darle las gracias a Lily cuando volviese a verla. Un simple "creo que deberías hablar de esto con Siegfried" había hecho que me reconciliara con mi hermano mellizo, acabara compartiendo cama con Gilbert, y que este me diera un beso de buenas noches, cosa que no hacía desde unos... ¿once años atrás? Sí, definitivamente, un gran logro.
– Gilbert – dije ya medio dormido; el olor a Gil nunca fallaba –, ¿tienes planes para mañana?
– Uf, sí. Tengo que ir a trabajar... Ah no, espera, que ya no tengo trabajo. Ehm... tengo que ir a tirarme a la mujer de mi jefe... Ah, no, que se casa mañana. Y además ese ya no es mi jefe, es mi ex-jefe, y amenazó con matarme si me atrevía a aparecer por allí...
– Que sí, Gil, que sí, que tu vida es una mierda, pero te lo decía en serio.
– No, no tengo planes para mañana. Como mucho me tiraré en el sofá y me cebaré a base de helado de chocolate mientras veo Horrible Bosses y Horrible Bosses 2 una y otra vez. ¿Por qué?
– Es que estaba pensando que mañana no quiero ir a trabajar... – creo que fue lo último que dije antes de quedarme dormido.
Me desperté, pero no abrí los ojos. A través de mis párpados podía sentir finos haces de luz que se filtraban por los agujeros de la persiana, por lo que supuse que ya sería de día. Me dolía un lado del pecho, probablemente por haber estado soportando tanto peso durante demasiado tiempo... ¿Peso?
Oh, cierto. Lo había olvidado. Me esforcé por abrir los ojos y miré hacia abajo. De pronto sentí el estómago lleno de mariposas. La cabeza de Gilbert descansaba sobre mi pecho, y su brazo estaba extendido sobre mi cintura. Inspiré profundamente y expiré despacio. Mi corazón nunca había latido tan rápido. "Mierda, Ludwig, no puedes alterarte tanto sólo por cosas como estas".
Contemplé cómo la cabeza de mi hermano subía y bajaba con mi respiración. Sentía cada uno de sus cabellos blanquecinos haciéndome cosquillas en la piel de mi torso. Levanté una mano y rocé su sien con la yema de los dedos. Su piel estaba caliente, y su pelo era tan suave. Vi que no reaccionaba a mi toque, y me confié. Delineé el borde de su oreja con el dedo corazón, fantaseando con imágenes imposibles y pastelosas en las que Gilbert y yo actuábamos como la pareja protagonista de una de esas vomitivas teleseries que tanto le gustaba ver a Vargas en la comisaría.
Desterré esas imágenes de mi mente cuando me di cuenta de que estaba enredando los dedos en el pelo de Gilbert, lo que podría despertarle y obligarme a responder a un montón de preguntas incómodas y embarazosas que prefería posponer hasta el momento de declararme.
… ¿Declararme? ¿De verdad iba a hacerlo? Sí, iba a hacerlo. Y si en el último momento decidía echarme atrás, era muy probable que Siegfried lo hiciera por mí y lo dificultara aún más. Así que más me valía ir preparándome para hacerlo lo antes posible.
GILBERT
"Una extraña fuerza me empujaba hacia delante, hacia la iglesia que se levantaba ante mí. Intenté mirar lo que había detrás, pero era incapaz de girar la cabeza. Seguí caminando automáticamente. Debía hacerlo. Debía entrar allí y declararle... mi... amor a... ¿Vincent? Vaya gilipollez. ¿Por qué debería hacer eso? Yo no estaba enamorado de mi jefe. ¿O sí? Nein, nein, nein! ¡No podía ser! Pero mi cuerpo iba a hacerlo quisiera yo o no, y yo no podía hacer nada para detenerlo... Iba a interrumpir la boda de Isa y Vincent para decir algo que no quería decir... e iba a quedar como un completo imbécil.
Levanté mi mano para abrir la puerta. No, por favor, no. Que pasara algo... Que pasara algo que me impidiera hacer eso...
– ¡Gilbert! – esa voz... Dios, hacía tanto que no oía esa voz... Me giré. Un pequeño Ludwig de ocho años me miraba desde abajo. Me agarró el bajo de la camisa, con los ojos llorosos –. No lo hagas – sollozó –, quédate conmigo...
Me agaché y abracé sus hombros pequeñitos.
– No quiero hacerlo, Lud, pero tampoco puedo evitarlo. ¿Sería muy difícil para ti superarlo?
– Sí.
– ¿Por qué?
Una mano demasiado grande para ser la de un niño de ocho años se enredó en mi pelo. La espalda a la que estaba abrazado se había hecho mucho más ancha de repente.
– Porque te quiero – dijo mi Ludwig de ahora".
El sonido de una puerta cerrándose convirtió mi mente en un torbellino de color blanco. Poco a poco fui consciente de que estaba acostado en mi cama, y de que lo que acababa de vivir sólo había sido un sueño. Pero, a pesar de ser sólo una invención de mi subconsciente, de alguna manera me reconfortaba que Ludwig me hubiese dicho que me quería. Aunque en realidad no me lo hubiese dicho.
Muy a mi pesar, abrí los ojos. Ludwig no estaba, pero había dejado su lado de la cama perfectamente colocado y pulcro. De quién había sacado esa obsesión con el orden y la limpieza no era ningún misterio, los tres teníamos esos pequeños detalles del abuelo, pero a Lud siempre se le había dado bien. A mí siempre me quedaba alguna arruga cuando doblaba ropa y Siegfried siempre dejaba alguna mancha cuando fregaba los platos, pero Ludwig, al igual que el abuelo, había dejado más que claro que las tareas domésticas también son cosa de hombres; nadie las hacía mejor que él.
Me levanté de la cama con un ligero mareo, como siempre que dormía demasiado, e hice un esfuerzo mínimo para dejar la sábana bajera cubierta con el edredón. Me puse unos pantalones de chándal viejos, me froté los ojos para poder abrirlos bien y, con un bostezo, abrí la puerta y salí al pasillo.
A medida que iba bajando las escaleras empecé a oír unas voces que hablaban en susurros. Al llegar a los últimos escalones pude confirmar que no era debido a ninguna tara mental, sino a que Siegfried y Ludwig estaban discutiendo en voz baja en la cocina. Como no quería interrumpirlos y además me parecía increíble que estuvieran interactuando con frases de más de dos palabras, lo cual despertó mi curiosidad, me pegué a la pared a un lado de la puerta y decidí esperar a que acabasen. Escuchando toda la conversación, por supuesto.
– Siegfried, no es tan fácil.
Él me miró.
– ¿Cómo que no? Es bien simple...
– ¡Somos hermanos! ¡Es ahí dónde está el problema!
– A ver, Lud, el amor es amor. Somos humanos, las personas nos enamoramos... No elegimos de quién. El amor surge.
Resoplé. No lo entendía.
– Puede que para ti sea muy sencillo, pero para mí no. Tú te ganas la vida bailando encima de unos tacones que deberían ser considerados artefactos de tortura; yo jamás podría hacer eso. Que a ti te parezca fácil ir por ahí diciendo que estás enamorado de tu hermano no significa que para mí lo sea.
– Ludwig, ¿podrías dejar de mencionar mi trabajo en cada conversación? Y no te estoy pidiendo que vayas por el mundo adelante gritándolo a los cuatro vientos, sólo quiero que dejes de verlo como algo enfermizo y antinatural...
– ¡Pero es que es algo enfermizo y antinatural!
Siegfried suspiró, giró la cabeza y dejó su taza de café vacía dentro del fregadero.
– Haz lo que te dé la gana. Voy a ver si Emily está despierta – dijo saliendo de la cocina.
Me levanté de la silla y llevé mi taza también hasta el fregadero. Cogí el estropajo, le eché lavavajillas y empecé a fregar ambas tazas, antes de que Gilbert y Emily bajaran a desayunar y las cosas se acumularan. Justo cuando acababa de empezar a enjuagar la primera taza alguien entró en la cocina.
– Buenos días~ – era Gilbert.
– Buenos días. ¿Has dormido bien esta noche? ¿O fue incómodo dormir conmigo al lado?
– No, no, para nada, el problema fue cuando te levantaste y te fuiste – unos brazos me rodearon desde atrás. Gilbert apoyó su cabeza en mi hombro. Me sentí enrojecer –. Ludwig.
– Dime.
– ¿Tú me quieres?
¡¿Q-q-q-qué?! ¿En serio me estaba preguntando eso? Sólo esperaba que no hubiese oído mi conversación con Siegfried.
– ¿Es una pregunta con trampa?
– No. ¿Por qué iba a serlo?
– Es que no sé a qué viene eso ahora.
– Viene a que últimamente me siento muy menospreciado y tú eres mi hermanito pequeño. Di, ¿me quieres?
– ...No lo sé. ¿Por qué no se lo preguntas a Siegfried?
Gilbert se apartó, emitió un casi imperceptible sonido de conformidad y salió al pasillo.
– ¡SIEGFRIED! ¿LUDWIG ME QUIERE?
Casi se me cayó la taza. Me ardía la cara, y tenía un miedo horrible de lo que le pudiese contestar. Durante unos segundos que parecieron eternos, el corazón amenazó con salirme por la boca. Entonces, Siegfried respondió desde la planta de arriba.
– ¡Y YO QUÉ SÉ! ¡PREGÚNTALE A ÉL!
Gilbert resopló, volvió a entrar en la cocina y se dejó caer en la silla de la que yo me había levantado momentos antes.
– En esta casa nadie sabe nada.
– O quizá fingen no saber nada – Emily entró y me dedicó una radiante sonrisa. Seguro que Siegfried la había puesto al corriente de todo la noche anterior.
– Quizá – Gilbert apartó la silla que tenía al lado y le hizo un gesto para que se sentara –. ¿Quieres un café?
– Vale – respondió ella tomando asiento.
– Ludwig, haznos un café.
Suspiré.
– ¿Y limpias tú después?
Gilbert hizo un puchero, se levantó y empezó a preparar café con cara de resignación.
Llamé a la puerta de la habitación de Siegfried (que hipotéticamente también era la mía, pero en fin), que estaba dentro con Emily.
– ¿Querías hablar conmigo?
La puerta se abrió desde dentro y Emily me invitó a entrar. Siegfried estaba sentado en mi cama, a medio vestir, con cara de preocupación.
– Acabo de recibir un mensaje de un número desconocido que ha resultado ser el del novio de Em.
– ¿Y qué dice el mensaje?
– Se centra sobre todo en mi condición sexual y la usa como motivo para amenazarme y esas cosas.
Siegfried me tendió su teléfono. El texto en cuestión era un amasijo de palabras soeces con faltas de ortografía unidas entre sí de forma apenas comprensible, cada una de ellas con un intenso odio implícito, así como una obvia muestra de ignorancia.
– ¿Cuándo vas a ir a denunciar?
– Podría pasarme antes de ir a trabajar.
Asentí.
– ¿Es por ella? – quise saber. Miré a Emily –. ¿Es por ti?
– Probablemente.
Me dolía el ceño de fruncirlo tanto. No podía evitar sentirme preocupado, sobretodo al no saber qué clase de persona había escrito aquello (a parte de una no muy agradable cuya mayor afición sin duda no era la lectura). Lo que sí sabía era que ese hombre tenía actitudes violentas con su pareja, que era conocedor de su lugar de "trabajo", y que Siegfried no parecía caerle demasiado simpático.
– Bien. Vosotros id a denunciar y no os preocupéis demasiado... Si notáis algo raro u os pasa cualquier cosa, llamad a la policía, o a mí, y se hará cuanto se pueda. Yo voy a llamar ahora a comisaría para ponerles al corriente.
GILBERT
Con el bote de helado aún en la mano, subí los pies encima de la mesa de café y encendí la televisión. La noche pasada estaba decidido a ver Horrible Bosses porque creía que sería lo más desestresante, pero en ese momento tenía otras preocupaciones.
Ludwig, teléfono en mano, daba vueltas por el vestíbulo hablando en voz muy alta. Casi daba la sensación de que había perdido parte de su tan característica calma y racionalidad. Su enorme silueta se veía por la puerta abierta del salón cada vez que él pasaba por delante.
Me chocaba que, de no haber sido por aquel sueño, quizá nunca hubiese sido consciente de verdad de lo mucho que había cambiado Ludwig. Y Siegfried también, pero Siegfried seguía conservando muchas cosas. Ocupaba más espacio, sí, pero su jovialidad seguía intacta. Lud, en cambio, se había convertido en el adulto serio y responsable que yo nunca podría ser, aunque debería. Sólo tenía veintiún años y ya estaba perfectamente capacitado para independizarse e incluso formar una familia.
Algo dentro de mí se encogió ante esa idea. No. No quería perder a mi pequeño Lud. Incluso aunque Sieg...
– ¿Aún no has puesto la película? – Ludwig entró en el salón y se dejó caer a mi lado en el sofá.
Parpadeé, intentando recordar a qué película se refería.
– ¿En qué estabas pensando que te cuesta tanto volver al mundo real?
Acababa de intentar tener una conversación seria con Vargas, lo cual había resultado ser un tanto difícil y estresante, pero esa cara de Gilbert de no tener idea de lo que pasaba a su alrededor había conseguido relajarme un poco.
– En ti.
Mierda. Demasiado directo. Y eso que habían sido dos simples palabras. Sentían cómo mi cara iba aumentando de temperatura poco a poco. Oh, por favor, sólo era un ridículo sintagma preposicional. ¡Y ni siquiera sabía de qué forma estaba pensando en mí! ¡Éramos hermanos! ¡Es lo más normal del mundo pensar en tu hermano menor! ¿O no? Quizá sólo estaba planeando una venganza por haberle hecho preparar el café esa mañana... Era inútil. ¡Seguía poniéndome rojo!
– Ajá – intenté aparentar tranquilidad –. ¿Y eran pensamientos agradables?
Gilbert no respondió. Tampoco se movió. Se quedó mirando al infinito, como meditando si lo eran o no. La luz que entraba por la ventana se reflejaba en él, y el color de sus ojos parecía más vivo de lo normal. O a lo mejor era yo que lo veía a través de un velo de adoración... Como fuese, su piel se veía tan delicada, tan suave... Quería tocarla, aun sólo rozándola con el dorso de mi mano, pero no podía, sólo podía contemplarla. Estaba tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
– Luddy, guapo, me vas a gastar si sigues mirándome así.
– Entonces dejaré de hacerlo.
Aparté mis ojos de él y miré al frente. El corazón me latía a toda velocidad. ¿No estaba siendo demasiado obvio? ¿No estaba reaccionando demasiado seriamente a su comentario?
– Lud, tengo que hacerte una pregunta...
¿En serio? ¿Tan rápido?
– Di.
– ...en cuanto Siegfried se vaya.
Siegfried. ¿Qué pregunta podía tener Gilbert que Siegfried no pudiese escuchar? No iba a preguntarme nada... raro, ¿verdad?
Tragué saliva.
– ¿Por qué cuando se vaya?
– Porque es una pregunta entre tú y yo y él está con el oído puesto arriba.
– ¡ESO ES MENTIRA! – gritó Siegfried desde el dormitorio.
Asentí.
– Esperaré, entonces – dije eso aunque me moría de curiosidad.
Gilbert, con los pies encima de la mesa, se acomodó en el sofá y cogió una cucharada demasiado grande de helado. Se hizo el silencio. Al parecer, no tenía la mínima intención de poner película alguna. Tras unos cuantos minutos muy largos, Siegfried y Emily bajaron felizmente las escaleras, se despidieron y se marcharon.
– Ya puedes hacerme esa pregunta tan importante – no supe disimular muy bien mi ansiedad.
– Eh, cierto... Ludwig, me resulta un tanto extraño preguntarte esto, pero... – Gilbert subió los pies al sofá y se abrazó las piernas. Parecía un tanto cohibido, lo que hizo que mi corazón diese un vuelco – Lud, ¿tú...?
Oímos cómo se abría de golpe la puerta de la calle. La cabeza de Siegfried se asomó por el marco de la puerta del salón.
– Lo siento, Lud, pero tu coche está delante de la puerta del garaje y Emily no puede sacar el suyo.
Suspiré.
– Está bien. Ahora lo quito.
