Capítulo I.

Todos los miembros que yo conocía de mi familia eran muggles. Tal vez el único que podría llegar a apartar de esa clasificación era mi tío Stefan. Era uno de mis tíos más lejanos y casi nunca lo veía, pero siempre había sospechado que había algo en él que no encajaba totalmente con el resto de nosotros.

Desde la primera vez que lo vi siempre mostró un interés especial en mí, lo cual no era nada del otro mundo. Al ser las más pequeñas de la familia, los adultos se solían fijar más en nosotras, consintiéndonos, prestándonos más atención de la que deberían, y era normal que algunas veces mostraran un favoritismo tanto por Petunia como por mí.

Pero su caso era totalmente diferente: no parecía poder hacer "conexión" con ninguno de sus parientes…, excepto conmigo.

Recuerdo que una vez de pequeña -aún cuando no sabía nada de magia- estaba muy triste porque Petunia, por una malcriadez, había matado a los lirios que mi madre me había regalado. Él había entrado en mi habitación cuando yo estaba llorando, era Navidad y no lo había escuchado entrar por el ruido ensordecedor que había en mi casa, ya que todos nuestros parientes habían venido a pasar las fiestas en ella.

¿Por qué lloras, pequeña? —me había preguntado, sentándose al lado mío en la cama.

Yo me limpié los ojos con prisa, no me gustaba que me vieran llorar, me hacía sentir débil, además de que mamá decía que era de mala educación llorar en reuniones familiares.

Pero era difícil dejar de llorar cuando sabía que mis flores, a las cuales les había puesto tanto empeño en cuidar, se habían ido para siempre.

Él levantó mi rostro, tomándome de la barbilla y obligándome a mirarlo directamente a los ojos. Mis orbes estaban llenos de lágrimas y no podía distinguir mucho. Él sonrió enternecido y me abrazó, tal como si comprendiese mi pérdida.

Lo sentí sobarme la espalda y no me soltó hasta que me calmé, me dio una pequeña sonrisa y yo no pude evitar devolvérsela, agradecida en silencio por su apoyo. Ya cuando estaba él en la puerta, apunto de irse, me dio una última mirada.

Nunca había visto unos lirios tan hermosos —murmuró con una sonrisa radiante, señalando mis flores con un movimiento de cabeza.

Mi ceño se frunció y mi mirada de inmediato se dirigió al lugar donde antes habían estado mis flores. Para mi completa sorpresa, estas se encontraban intactas, incluso más hermosas que antes. Atónita, lo miré.

Stefan se limitó a guiñarme un ojo.

Sin poderlo creer, me dirigí con prisa hacia mis espectaculares lirios, para contemplarlos con admiración y algo de confusión. Toqué uno de sus pétalos, aún creyendo que lo que estaba observando no era más que una ilusión. Pero sí, eran reales.

Cuando me volví a girar para preguntarle cómo aquello era posible a mi tío Stefan, él se había ido.

Con mis ojos clavados en la grama, me di cuenta que aquel recuerdo había provocado una sonrisa en mis labios. Extrañaba al tío Stefan, no lo veía desde que tenía diez años.

Sin embargo, todo esto había venido a mi mente porque estaba pensando en mi familia… y la imposibilidad que tenían para darme 100 galeones si perdía la apuesta.

No éramos ricos, ni tampoco pobres, pero pagar esa cantidad de dinero -más bien, oro- nos afectaría. Mis padres me iban a matar si se los pedía. También éramos muggles, lo que quería decir que todos nuestros ahorros estaban en un banco de libras esterlinas, no en Gringotts.

En pocas palabras, estaba jodida por cualquier lado que lo viera.

—¿Lily? —una voz conocida captó mi atención y de inmediato reconocí aquel oscuro cabello.

—Severus —respondí a modo de saludo, sin mucha efusión en mi voz. Verlo ahí, al frente de mí, me hizo pensar en cuánto lo extrañaba.

Sus ojos seguían siendo justo como los recordaba: más oscuros que la noche y su cabello seguía teniendo ese desagradable aspecto grasoso. Sabía que Severus odiaba su cabello y que había intentado muchas cosas para cambiar su aspecto, pero ninguna lograba funcionar. Aunque estaba ligeramente más corto, eso sí podía decirlo con propiedad, a pesar de que a él le gustaba llevarlo largo. También se encontraba ligeramente más flaco, puesto que la túnica le quedaba algo ancha, casi como si no fuese de él. Pude notar que lucía algo demacrado, como si tuviese muchos días sin las adecuadas horas de dormir.

Sus manos estaban en muy mal estado, rasgadas, rojas, rotas…, casi pude sentir dolor al verlas, pero me abstuve de preguntar a qué se debía aquello… y entonces fue cuando lo recordé: él ya no era mi mejor amigo.

Y dolía como la mierda el verlo tan cerca y sentirlo tan lejos. Dolía ver a aquella persona que significó tanto para ti, consciente de que aún la querías y sabiendo que muy en el fondo, todo tu ser guardaba con ahínco la pequeña esperanza de que las cosas volviesen a ser como antes… y eso era todo a lo que uno se podía aferrar: a una patética ilusión que impedía que te derrumbases.

—¿Qué haces aquí? —y ahí estaba de nuevo, esa inusual sonrisa en él.

No tenía unos dientes resplandecientes ni tampoco la más bonita de las sonrisas pero sabía que eso era lo mejor que él podía llegar a hacer. Apreciaba esa sonrisa, apreciaba el gesto, lo apreciaba a él.

Me encogí de hombros y me fui acercando a él. Severus no se alejó como lo hubiese hecho con el resto de las personas.

—Ya sabes, pensando… —respondí, omitiendo olímpicamente el hecho de que me la estaba ingeniando para no tener que fingir ser la novia de una persona que ni siquiera quería tener a menos de cinco metros cerca de mí.

Él colocó una expresión de entendimiento, sin querer preguntar demasiado. Supongo que sabía que no tenía mi confianza, así que no forzaría las cosas, lo cual agradecí enormemente.

—Ya…, una de las crisis existenciales de Lily Evans, supongo —bromeó, recostándose del árbol donde yo me encontraba. Sonreí, inevitablemente.

—Sí, supongo… —respondí, mirándolo.

Nos quedamos así por unos segundos, mirándonos el uno al otro, queriéndonos decir tantas cosas y sin ninguno encontrar el valor suficiente para hacerlo… o tal vez lo que no encontrábamos era una razón lo suficientemente buena para arriesgarnos.

—¿Lily? —preguntó él, en un susurro.

—¿Mmm?

—Te extraño.

Severus nunca hablaba de sus sentimientos, le parecía ridículo y creía que lo hacía ver como alguien frágil. Tal vez tenía razón, porque jamás lo había visto tan vulnerable, tan desesperado. Sus ojos brillaban como nunca antes lo habían hecho, demostrándome que había mucho más de un simple "te extraño" bajo sus palabras. Era casi como si me necesitase.

Me quedé detallándolo con mis orbes esmeraldas mucho más tiempo del que debí, buscando algún indicio de mentira, porque a pesar de que quisiera que fuese verdad con todo mi corazón, había algo en mí que me decía que no confiase en él.

De todas maneras, ni siquiera pude tener la oportunidad de responderle, porque fui abruptamente interrumpida por una desagradable risa, una que conocía muy bien.

—Evans… —me saludó Bellatrix Black, con una alegría tan falsa como su sonrisa.

Observé a Severus tensarse y de inmediato dejó de estar recostado en el árbol para colocarse totalmente rígido. Tal vez muchos dirían que no podía culparlo por comportarse así, ya que yo también lo imité… la diferencia era que ella supuestamente era su amiga; un amigo no debía de inspirar tensión en uno.

Ella se colocó al lado del que alguna vez fue mi mejor amigo y me miró con diversión, totalmente satisfecha de que me haya puesto alerta.

—Black… —murmuré entre dientes.

—Así que… —comenzó ella a decir, colocando uno de sus brazos sobre el hombro de Severus, recostándose de él mientras que disfrutaba de mi reacción al ver aquella escenita—, ¿qué haces aquí tan tarde?

—No es de tu incumbencia.

La Slytherin soltó una risita y se encogió de hombros, restándole importancia.

—Solo estoy preocupada por ti, Lily —me dijo, fingiendo una preocupación que los tres sabíamos que no existía, solo se estaba burlando de mí—. No deberías estar aquí, tan cerca del bosque prohibido, a estas horas de la noche… menos cuando es luna llena.

Fruncí mi ceño y ella solo rio como si supiera algo que yo no. De acuerdo, esa era una de las cosas que más odiaba. Era una fiel creyente de la frase "el conocimiento es poder" por lo que detestaba que alguien supiese algo que yo ignoraba, ¡me encontraba en desventaja!

—No hay hombres lobos en Hogwarts —declaré, aunque no sonaba tanto a una afirmación, sino a una enunciación que necesitaba una afirmación.

—¿No sabe? —preguntó mirando a Severus, conteniendo una carcajada, claramente disfrutando de mi desesperación por saber de qué hablaban ellos dos.

—¿Saber qué? —demandé, comenzando a sentir que mi paciencia se estaba agotando.

—Creo que es hora de que te vayas —intervino por primera vez Severus, ganándose una fulminante mirada de mi parte. No me iba a ir de aquí sin saber a lo que se referían esos dos.

Iba a replicar pero la mirada de mi ex-mejor amigo me detuvo, era una clara advertencia.

—Oh, no, ella no se va a ir para ninguna parte —de inmediato, mis ojos se posaron en Bellatrix, sin embargo mis reflejos no fueron tan rápidos, ella ya había sacado su varita mientras que la mía estaba en algún lugar de mi bolsillo. ¡Dementores! —. ¡Bombarda!

Lo último que alcancé a ver fue un destello saliendo de aquella particular varita antes de ser lanzada por los aires un poco lejos de ellos a causa de la explosión.

Al instante que toqué el suelo mi cabeza comenzó a palpitar, veía borroso y mis oídos no estaban funcionando bien. Clavé mis manos en la tierra, tratando de estabilizarme y buscar apoyo. Maldita sea.

No era una chica que solía maldecir, pero esta situación me sobrepasaba.

Aún estaba anonada pero podía escucharla reír con una satisfacción que puso mis pelos de punta. La odiaba, por supuesto que sí. La odiaba a ella y a todas las personas que actuaban como ella.

Rebusqué en los bolsillos de mi túnica mi varita con desesperación, sintiéndome impotente.

Expelliarmus —exclamó ella, una vez que tenía mi varita en mano y pude ver cómo esta volaba lejos de mí. Gruñí internamente—. ¿No creíste que fuese tan fácil, o sí? —preguntó con sorna, agachándose para quedar a "mi altura".

Quería escupirle, realmente quería hacerlo, pero yo era mucho más que eso así que tuve que controlarme. Buscando levantarme del suelo para no parecer tan inofensiva, la observé dirigirse hacia el otro Slytherin.

Movió su varita de un lado al otro, divertida por la forma en la que las cosas se habían desarrollado. Me apuntó con dicho instrumento, dándome la espalda.

—¿No crees que deberíamos mostrarle los peligros a los cuales se enfrenta, Sev? —sabía perfectamente que ella no le decía así, solo lo hizo para burlarse de la forma en la cual yo solía llamarlo de pequeña. Eso solo me enfureció aún más.

Severus, por su parte, parecía que quería huir de la situación. Él parecía desconcertado, como si no supiese en qué momento la situación se había transformado en… esto.

—Yo creo que eres patética —dije, sin poder contenerme, causando que la susodicha se girara hacia mí con una velocidad sorprendente—, tratando de ganar poder y respeto a costa de los demás porque no eres capaz de hacerlo por ti misma.

—¡Asquerosa sangre sucia! ¡¿Cómo te atreves?! —gritó estupefacta, como si realmente no pudiese creer que tales palabras salieran de mi boca, o más bien sin creer que una sangre sucia como yo le hubiese hablado así a una sangre pura. Tomando con fuerza exagerada su varita, me apuntó nuevamente. Respiré profundo, tratando de ignorar el creciente temblor en mis piernas— ¡Confrin…!

¡Expelliarmus! —cuando vi la torcida varita de la Slytherin saltar por los aires mis ojos se cerraron con fuerza, volviendo a sentir que respiraba con tranquilidad, quitándome un enorme peso de encima.

Confringo. Estaba segura de que ese era el hechizo que estuvo a punto de decir.

Gracias a Merlín no lo terminó de lanzar, puesto que poniéndolo en la situación más favorable, hubiese terminado en San Mungo. Podría hasta haber muerto y ella lo sabía.

Escuché a Black soltar un grito ahogado de frustración al darse cuenta de que ahora ella también se encontraba desarmada. La observé clavar sus ojos furiosos en la persona que tenía a mis espaldas. Claro que yo no necesitaba voltearme para saber quién era, reconocería esa voz entre miles.

—¡Potter! —exclamó ella, con los puños cerrados y retorciéndose de la rabia— ¿Qué no tienes nada mejor que hacer que jugar al príncipe azul? —distinguir la frustración en su voz hizo que valiese la pena tal desagradable encuentro.

Creo que nunca antes me había alegrado tanto de ver a James Potter.

En realidad, creo que ese "tanto" está demás. Jamás me había alegrado de verlo. Punto y final.

Era una mujer independiente, por supuesto que sí. No me gustaba depender de nadie o deberle algo a alguien. Me gustaba saber hacer las cosas por mí misma, valerme por mí misma y nunca antes -a excepción de mis padres- la presencia de alguien me había hecho sentir tan… segura.

Claro estaba que eso no tenía porqué saberlo nadie.

Y fue justo en el preciso momento en el que dicha sensación de tranquilidad me invadió que fui consciente de lo asustada que había estado.

—Creo que le debes a la señorita una disculpa —respondió Potter, ignorando lo que Bellatrix le había dicho anteriormente. Eso pareció molestarla aún más.

Traté de ocultar una sonrisa.

—Ni siquiera lo pienses… —advirtió ella en un siseo. Si las miradas mataran, probablemente Potter ya llevase encima cinco Avada Kedavras.

—Oh, sí que lo pienso… —mis ojos se posaron en Potter y pude ver el resentimiento brillando en sus ojos chocolates. Había tanto que dudaba que fuese por solo por este acontecimiento— ¡Diffindo!

No transcurrieron ni dos segundos cuando oí un agudo y desgarrador chillido salir de la garganta de Bellatrix y pude observar cómo comenzaban a aparecer cortes algo profundos en las palmas de sus manos. Con urgencia me giré hacia mi compañero, estupefacta.

—¡Potter!

—¡Maldita sea! ¡Esta me la pagas!

—¡¿Qué estás haciendo?! —exclamó, por primera vez en mucho tiempo, Severus. Acercándose a su compañera, tratando de ayudarla.

—Eso no suena a una disculpas, Bella… —él estaba realmente molesto. Fúrico. Nunca antes había conocido esa faceta de Potter, es tanto así que pensaba que su sonrisa era irremovible de sus carnosos labios.

Al comprender que la serpiente no cedería tan fácilmente, aumentó la intensidad del hechizo con un ágil movimiento. El estremecimiento de ella fue inmediato.

—¡De acuerdo! ¡Mierda! ¡Disculpa, Lily! —Potter volvió a hacer un grácil movimiento con su varita. El grito que soltó Black fue tal que pude sentir una corriente eléctrica deslizarse por mi columna vertebral, erizándome los vellos— ¡Maldita sea, Potter! ¡Disculpa, Lily! ¡No se volverá a repetir!

Estaba tan desesperada que tuve que dirigirle una mirada de advertencia al Gryffindor para que aceptara sus disculpas. Este, a pesar de que pareció costarle tomar la decisión de dejarla en paz, lo hizo, pero en vez de apuntar su varita hacia el suelo, la alzó contra Severus.

—¡¿Qué haces?! —chillé, realmente sin poder creer que fuese capaz de hechizar a otra persona después de haber visto las graves consecuencias de lo que había hecho. ¡Estaba demente!

Mientras la amiga de Snape se encontraba agarrándose las manos con efusividad, retorciéndose aún del dolor, el susodicho había sacado su varita. Esto pareció irritar a Potter. Lo oí soltar un gruñido para que después me señalase con la cabeza.

—Las disculpas, Snape, estoy esperando.

La expresión de odio puro reflejada en el rostro de mi antiguo mejor amigo solo me indicó que el rechazo por mi compañero Gryffindor solo había ido aumentado con los años. No podía culparlo, tampoco.

—Yo no hice nada —se defendió la serpiente, murmurándolo entre dientes. Sabía que tenía ganas de caerle a golpes a Potter… y tampoco podía culparlo por ello, ¿cuántas veces no había estado yo en su situación?

Estaba por abrir la boca para defenderlo cuando la voz de mi compañero de Encantamientos me calló.

A mí no me hechizó, ni nada por el estilo, pero sus palabras tuvieron un filo tan inminente que sentí cómo cortaban una parte de mi alma al escucharlas y entender a lo que se refería.

—Por eso exactamente.