Capítulo 3

Con una sonrisa solidaria en los labios, Ruby se acerca a la mesa ocupada por Emma y Henry, ofreciendo volver a servir café en su taza. El muchacho ni siquiera parece notar su cercanía, toda su atención metida en la lectura de una revista, regalo de Archie durante su última visita al hospital. Con un gesto silencioso, Emma acepta la oferta de la camarera, alargando la taza para otra dosis de café negro, con la esperanza de que sea suficiente para maquillar las noches de poco sueño en las que ha estado sumergida en los últimos meses.

No se le escapa a Emma las miradas curiosas que les dirigen otros clientes a ella y a su hijo. No es secreto para nadie la trágica y fantástica historia de la reina que sucumbió después de la batalla contra su propia madre y el hecho de que Henry insista en visitarla con una devoción casi fervorosa solo sirve para instigar los rumores. Aún después de sus actos de redención, Regina todavía es vista-y Emma sospecha de que siempre lo será-como la Reina Malvada.

Por un lado, Emma no puede dejar de sentirse aliviada por la distracción del muchacho, aunque eso signifique otra comida más compartida en el más absoluto silencio.

Emma no sabe ciertamente cuándo eso se volvió una rutina entre los dos. Posiblemente en algún momento entre su natural falta de buen humor matutino y las respuestas monosilábicas ofrecidas por el pre-adolescente a sus torpes preguntas, preguntas que siempre parecen forzadas en sus labios, como palabras ensayadas de lo que se espera que una madre diga, pero ante las cuales Emma nunca se sintió verdaderamente en su papel.

Ante esa desastrosa combinación, el silencio compartido entre madre e hijo se volvió una compañía bastante familiar. A lo que Emma no se adapta completamente, aprovechando oportunidades como esas para observar al chico, que sopesa las afirmaciones de sus elecciones ahora que ella es la única responsable por su bienestar.

Es extraño cómo las cosas suceden. A pesar de haber llegado a Storybrooke convencida por Henry y haber decidido quedarse por él, Emma nunca imaginó que, en algún momento, ocuparía oficialmente el papel de madre, de responsable.

Desde el primer momento, Regina se hizo presente. Y si hubo algo que la ex alcaldesa siempre dejó claro fue la indiscutible certeza de su papel en la vida de Henry como su madre y proveedora. Algo que defendió con uñas y dientes, fuesen cuales fusen las circunstancias.

Cosa que, y Emma no lo puede negar, le dejaba a ella en una posición cómoda.

La oportunidad de conocer al hijo, que en el pasado había dado en adopción, sin tener que preocuparse con las cuestiones más prosaicas de su crianza, fue una oportunidad que Emma no llegó a apreciar en un primer momento. Es hasta perdonable considerando todas las distracciones provocadas por el hecho de que la madre adoptiva de su hijo era una bruja malvada-y no figurativamente hablando-responsable de la maldición de todo un reino, incluyendo a sus padres biológicos que la abandonaron cuando ella era apenas una bebé y que se habían pasado los últimos 28 años sin tener idea de sus identidades.

Fuera como fuera, de repente las cosas cambiaron y ahora Emma se encuentra, por primera vez en once años, obligada a lidiar con las cuestiones mundanas que surgen siendo madre. Como por ejemplo, el corte de pelo de su hijo pre-adolescente o el hecho de que ha crecido tanto en las últimas semanas que todos sus pantalones le han quedado muy cortos de repente, que hace que parezca un miembro de Rústicos en dinerolandia, caminando por la ciudad con los tobillos huesudos al aire.

Ok. Tal vez exista una forma más delicada de presentar la situación al chico. Una manera que no ofenda su sensibilidad y delicado temperamento-que, para sorpresa de Emma es un desafío tan grande como derrotar a un dragón. Algo que sabía por propia experiencia.

Así que debe haber un modo de traer el asunto a la palestra.

Emma solo necesita descubrir cómo.

«Hey, chico» la rubia chasca los dedos sobre el objeto de lectura, lo que inmediatamente capta su atención «Estaba pensando, que quizás esta tarde, podemos ir a hacer algunas compras»

Tenía que haber algo mal en la forma en cómo Emma había pronunciado las palabras, porque la mirada ofrecida por Henry no indica nada más sino un completo desconcierto.

«¿Tipo comida?» Henry mueve la cabeza, y añade alarmado «¿No vas a intentar cocinar de nuevo, no?»

«¡No!» Emma descarta la posibilidad inmediatamente. Una vez es suficiente para que madre e hijo hayan optado por trasladar sus comidas permanentemente al restaurante de Granny «No te preocupes. Aprendo de mis errores. Realmente estaba pensando en otro tipo de compras. Tipo ropa y cosas de ese estilo»

«Creo que ya tienes suficientes chaquetas de cuero» El chico declaró indolentemente. Así que ahora además de cambiar de voz, Henry también estaba desarrollando un sentido del humor que se parecía sospechosamente al de su madre adoptiva.

Perfecto.

Eso era lo que Emma necesitaba.

«No estaba hablando de mí» la sheriff hizo una mueca y tiro la servilleta arrugada hacia el chico, que muestra una sonrisa sesgada que es la marca de su herencia genética «Me refería a ti»

«No necesito nada» Henry se encoge de hombros y demuestra claramente su intención de volver a la lectura. Emma suspira para dentro. A pesar de ser razonablemente sensato para casi todo, con excepción, claro está, de su obsesión con los cuentos de hadas y de una maldición que acabo siendo real-que suma puntos para Henry-solo es un chico. Es evidente que esa es la última de sus preocupaciones. Si estuviese hablando de un videojuego nuevo, probablemente su reacción sería otra.

«Chico, estoy intentando ser delicada, pero el hecho es que necesitas pantalones nuevos o cuando el invierno llegue tus tobillos se van a congelar por sobreexposición. Y ya que estamos en el asunto, un corte de pelo tampoco te vendría mal»

Y ahí se aleja la sutiliza.

Emma se abofetea mentalmente. Felicidades, Swan, he aquí tu gesto habitual: fracaso total, sensibilidad cero.

En un gesto autoconsciente, Henry levanta una de las manos hacia las puntas desniveladas de su cabello mientras crispa los labios en una fina línea y el rubor deja un leve rastro en su rostro.

«Hey, no es nada que no se pueda arreglar en una tarde» Emma ofrece una pequeña sonrisa como consuelo, sintiéndose mal por su falta de tacto.

«Creo que algunos pares de pantalones nuevos no estarían mal» admite Henry «Pero, ¿por qué tengo que ir yo? ¿No puedes ir sola?»

Esta vez es Emma quien frunce el ceño, asombrándose por la sencilla pregunta.

«¿Y cómo es que debería hacerlo sola?»

El chico se encoge de hombros con expresión neutra.

«No sé. Es lo que siempre hace mi madre»

Con una mirada asombrada, Emma rebate sin dudar, con una sonrisa irónica en sus labios

«¿Me vas a decir que también ella te cortaba el pelo?»

El silencio de Henry, acompañado por el súbito interés del muchacho por el salero más próximo es más que una respuesta.

Fantástico.

Aparentemente, cuando no estaba ocupada ejerciendo su cargo de alcaldesa de la ciudad y siendo la Reina Malvada en las horas libres, Regina también se marcaba puntos como super mamá. Cosa que, pensándolo bien, y teniendo en cuenta su naturaleza perfeccionista, es difícil decir que sea una sorpresa.

«¿Estás de broma, no?» Emma deja la pregunta escapar aunque sabe perfectamente cuál será la respuesta.

Al no saber cómo responder apropiadamente, Henry muestra sentido común permaneciendo callado mientras Emma considera sus opciones

«¿No esperarás que yo te corte el pelo, verdad? Porque, bien, yo nunca lo he hecho antes, pero teniendo en cuenta mi habilidad con las espadas, no creo que sea una buena idea»

«Ya. Definitivamente no» Estuvo de acuerdo el muchacho con los ojos abiertos de par en par y sugiere con cautela «Quizás solo debieras ocuparte de los pantalones»

«Me parece un buen plan» suspira Emma aliviada «Pero vas a tener que venir conmigo si no quieres acabar con una colección de vaqueros ajustados y chaquetas de cuero iguales a las mías»

«Los vaqueros ajustados son para las chicas» alega Henry con una mueca y por un instante el pre-adolescente desaparece por completo dejando sitio al niño que apareció en su puerta hace casi dos años. Emma esconde una sonrisa y el ímpetu de una embarazosa demostración pública de afecto, fingiendo reflexionar por un breve instante.

«Estoy casi segura de que Hook no estaría de acuerdo contigo en cuanto a eso»

Henry opta por ignorar el comentario por completo con un mero desvío de mirada.

«Pensándolo bien, una chaqueta de cuero estaría bien» añadió él tímidamente esta vez y la sonrisa de Emma se hace más evidente. Sobre todo al pensar en la reacción que tendría Regina al ver a su precioso niño vestido como un "chico malo" o peor, como su madre. Quizás el shock fuese suficiente para traerla de vuelta. Emma se lo anotó, no descartando la posibilidad de usar ese método.

«Tal vez en tu cumpleaños, chico. Si te lo ganas» ella empuja el vaso de jugo de naranja hacia el muchacho «Ahora, termínate esto, si no, vas a llegar tarde a clase»

Vale. Tal vez no haya sido una fracaso completo después de todo.

Con el coche parado frente a la escuela, cuando Henry ya estaba con casi la mitad del cuerpo fuera y Emma lo único que ve es la mochila, ella confirma como por casualidad.

«Entonces, hecho. Tú y yo de compras después de clase»

«Ok» asiente Henry sin emoción ninguna y cierra la puerta del coche al salir. Sin embargo, antes de alejarse, el muchacho vacila. Emma percibe que algo sigue en el aire. Bajando la ventanilla, ella espera en suspense, con una leve sospecha de lo que puede ser.

Sea lo que sea no pasa mucho tiempo hasta que Henry encuentra las palabras, aunque las suelte con cierto balbuceo.

«Ehhh, Emma, ¿crees que podemos esperar hasta que mi madre esté bien para que ella se encargue de mi pelo?»

Puede parecer una pregunta boba, y a juzgar por la expresión insegura en el rostro de su hijo, su propio hijo lo había pensado.

Pero para Emma la pregunta, aparentemente sin pretensiones, tiene una dimensión que va mucho más allá de lo que revela en la superficie.

En parte se trata del hecho de que Henry cree realmente en que Regina se despertará de su estado, como si nada hubiese pasado. Una señal de que a pesar de lo grande que estaba, la ingenuidad infantil todavía no lo había abandonado completamente. Pero, más allá de eso, ese pequeño y casi insignificante gesto por parte de Henry es una constatación, pura y simple, de que ha perdonado a su madre adoptiva. Algo que Emma sabe que es el mayor deseo de Regina, tal vez lo único que siempre ha tenido significado para ella-si no se tiene en cuenta su larga sed de venganza, un detalle al que Emma prefiere no atarse en ese momento en particular.

Tampoco se le escapa a la sheriff la injusticia de que, sobre todo, después de los sucesos acaecidos recientemente-lo que incluye la renuncia, lágrimas y la sangre derramada por sus propias manos- Regina no se encuentre en condiciones de apreciar el fruto de su sacrificio, ni siquiera de tener conocimiento de su existencia.

Con los labios apretados en una sonrisa triste, Emma responde a su hijo que, ansioso, espera su respuesta.

«Claro, chico, sin problema»

Sus palabras parecen tranquilizarlo y con un tímido asentimiento de cabeza le da la espalda y se junta a la horda de estudiantes que entran en el edificio de la escuela.

Por un breve instante, Emma se permite absorber el momento, que acaba con el sonido de su móvil y la pita de un coche detrás del suyo que la obligan a salir de su distracción.

«¡Hey, es el coche de la policía! ¡Un respeto por amor de Dios!» grita Emma por la ventana sin molestarse en ver quién era el conductor impaciente.

El móvil continúa sonando insistentemente, y distraída con la maniobra del coche, Emma se lleva el aparato al oído sin mirar quién llamaba.

«Mary-Snow, ¡después no vengas con el sermón de los riesgos de manejar aparatos electrónicos mientras conduzco!» habla Emma apoyando el aparato entre la oreja y el hombro y finalmente alejándose de la escuela, pero no sin antes dirigirle una señal poco amistosa al conductor nervioso que dejó atrás.

La voz que se manifiesta al otro lado de la línea, sin embargo, es suficiente para que la rubia pise a fondo el freno del coche cuando estaba girando la esquina para meterse en la calle principal.

«Sí, soy la sheriff Swan» confirmó Emma con los ojos como platos, agradecida por no haber casi tráfico a esa hora. Con el corazón latiendo desbocadamente en su pecho, la rubia pestañea rápidamente, procesando lentamente lo que se le estaba siendo dicho.

Después de unos instantes, segundos apenas-aunque estos parecieron ensordecedoramente largos-Emma intenta esbozar cualquier reacción, algo que indique que sigue al aparato.

«E-espere un momento» ella traga en seco y frunce el ceño esperando que un minuto de silencio sea suficiente para darle sentido a las palabras que está oyendo «Está diciendo que Regina…»

Sus esfuerzos se revelan un absoluto fracaso

«¿Ella, qué?»