¡Argh! Otro estúpido y fastidioso día.
Llegué temprano, como siempre. No tenía motivos para quedarme holgazaneando en casa, y era mejor ponerse a trabajar desde las primeras horas del día. Se hacía más productivo. Así era como se mantenía la empresa en la cúspide.
"Anderson Fashion Enterprises". Sí, el nombre suena un poco ridículo, a mi parecer. Pero, ¡qué diablos! Me gusta. Lleva mi apellido, así que está bien.
La idea fue originalmente de Cooper; él, siendo el mayor, heredó directamente la compañía, pero apenas estuve en edad y terminé mi carrera, las acciones y los derechos sobre ésta se dividieron entre los dos. Había sido de posesión de nuestra familia desde que mi abuelo era joven.
Así que, sí; prácticamente, nací en cuna de oro. Nunca pasé necesidades, ni ninguna molestia, tuve una excelente educación en las mejores escuelas de Nueva York, no tuve que aplicar para el trabajo de jefe, ya era mío por derecho natural.
Estacioné mi flamante Audi r8 Spyder negro en el aparcamiento del edificio, para luego tomar el ascensor hasta el último piso.
Así lo habíamos decidido, nuestras oficinas principales estarían en el último piso – uno, porque eran las más importantes, obviamente; y dos, porque tenía una magnífica vista de la ciudad. Claro, no es que haya nada maravilloso o extraordinario en Nueva York, pero era emocionante verlo todo desde tal altura. "Anderson Fashion Enterprises" era de los edificios más altos de la ciudad – claro, no se comparaba con el Empire States, pero era impresionante.
Subí a mi oficina, recorriendo el pasillo triunfalmente mientras los empleados llegaban como bombardeo a mi alrededor, informándome sobre todas las novedades y estadísticas del día.
Yo solo asentía y les pedía que se retiraran y siguieran con lo suyo.
Adoraba tener el poder. Se sentía de maravilla. Te hacía sentir más grande que toda esa bola de pelagatos que me rodeaban. Yo era alguien importante. Yo era el dueño de todo eso. ¡Yo soy Blaine Anderson, por el amor de Merlín! Soy el hombre más codiciado y cotizado de Nueva York, así como uno de los empresarios ejecutivos más poderosos del país. Lo tenía todo, o eso creía. Al menos, todo lo que necesitaba. El dinero era la base fundamental de todo en esta vida.
Yo no era un tipo que mantuviera relaciones serias. No tenía una "pareja", como tal. Solo sexo casual de vez en cuando, cuando me encontraba aburrido. Generalmente, el trabajo lo era todo para mí. Y la música. Cuando tenía el día libre, prefería quedarme en casa junto a mi piano y mi guitarra que salir a emborracharme por ahí con mis socios.
Y digo socios, porque no tenía amigos como tales. Me parecían una pérdida de tiempo. No los necesitaba; la gente no era sincera en estos días.
Cuando eres así de rico y poderoso, las personas dejan de acercarse a ti por quien eres o por cómo eres, solo les importa lo que tengas. Y lo que puedan obtener de ti. Lo que menos necesitaba era un montón de lame botas convenencieros. Estaba bien con mi tranquila soledad.
Después de todo, en esta vida solo se está para disfrutar de lo que se tiene, ¿no es así?
Entré en mi oficina, seguido por mi incondicional socio y confidente – lo más cercano a un amigo que tenía –: Sebastian Smythe.
Cerró la puerta tras de sí.
- ¿Qué tal su mañana, Sr. Anderson? – sonrió el ojiverde, entrando con una carpeta llena de papeles bajo el brazo.
Me senté en mi escritorio, poniendo los ojos en blanco y dedicándole una sonrisa sarcástica.
- La misma mierda de siempre.
- Imaginé que dirías eso. – respondió, con humor.
Se sentó en una de las sillas frente al escritorio, colocando la carpeta sobre la mesa, sin esperar ninguna invitación. No la requería, era algo que ambos sabíamos. Nuestra relación era lo suficientemente íntima como para que se tomara tales libertades.
- ¿Qué tienes para mí, Sebastian? – pregunté, mirando el papeleo.
- Son solo algunos contratos recientes que hemos realizado con las nuevas compañías. Se compraron parte de las acciones de NYStyle. – anunció, deslizando la carpeta sobre el escritorio para dejarla justo frente a mí.
La tomé y hojeé los documentos, frunciendo el ceño.
- ¿Quién dio la orden? – mascullé, mirando los contratos con ojo crítico.
- Cooper.
Asentí, leyendo las letras pequeñas de cada una de las hojas de los archivos que me estaba mostrando. Parecía una buena inversión. Muchas de las compañías que estaban firmando contrato con nosotros eran emprendedoras, novatas, y nos vendían parte de sus acciones para garantizar un buen desempeño y su éxito. Lo cual, por supuesto que tendrían. Y nosotros ganábamos mucho con ello.
- Bien. – murmuré, devolviéndole los papeles en la carpeta negra. – Mándale los documentos a Wes para que los analice.
- Ya lo hice, señor. – dijo, con una sonrisa orgullosa.
- ¿Ah, sí? – arqueé una ceja, mirándolo divertido. – Estás muy diligente este día, Sebastian.
- Bueno, pensaba que si terminábamos temprano el trabajo, podíamos ir a tomar algo por ahí. – me sugirió, restándole importancia.
Le sonreí, sacudiendo la cabeza.
- Ya veo. – asentí, relamiendo mis labios provocativamente, ocasionando un ligero sonrojo en mi compañero. Sin embargo, me sonrió con esa típica seducción Smythe. – Entonces, espero que no haya mucho que hacer hoy. De verdad tengo ganas de un trago. La semana ha sido estresante debido a las pérdidas de nuestra última inversión.
Esto último lo dije con una mueca, apretando los puños sobre la mesa. Solté un gruñido. Odiaba eso. Las cosas no solían salir mal para mí, en mi empresa no se podían dar el lujo de cometer un solo error, por más minúsculo que fuera.
Quizás fue todo gracias al exceso de confianza y credulidad de mi querido hermano, Cooper. Era un magnífico empresario, como yo, por supuesto. Nos habíamos ganado este éxito a pulso, con trabajo duro – relativamente hablando. Pero, a veces se le podían escapar cosas vitales para mantener la empresa invicta y funcional.
Él, que tenía una novia tan hermosa y deseable como una supermodelo, y una vida social mucho más activa que la mía, se permitía descuidar de vez en cuando su labor por no dejar de lado sus propios placeres.
Pero a mí me importaba una mierda todo eso. Por tanto, me enojaba que no pusiera la misma dedicación que yo al trabajo. Era yo quien tenía que enmendarlo siempre cada vez que un detalle no resultaba o no funcionaba de acuerdo a lo planeado. Aunque, bueno, no me quejaba.
Para eso ganaba casi un millón cada hora.
Sebastian posó su mano sobre la mía, a modo de consuelo.
- Calma, Blaine. Ya se solucionó eso. – dijo, con su deslumbrante sonrisa. – Ya verás que unas cuantas copas pueden ayudar a eliminar la tensión.
Sonreí de vuelta.
Entonces, otro detalle vino a mi memoria.
- ¿Qué hay del nuevo aspirante a Asistente de Diseño Gráfico? – le pregunté, con curiosidad. – ¿Llegó ya para la entrevista?
- Sí, señor. Me parece que está siendo entrevistado por Cooper en estos momentos.
- Bien. Me gustaría echarle un vistazo, y aprovechar para discutir con mi hermano sobre las nuevas inversiones. – suspiré, levantándome de mi asiento.
- De acuerdo. ¿Hay algo más que necesites que haga por ti, Blaine? – inquirió Sebastian, tomando la carpeta de los documentos y levantándose igualmente de su silla.
- Mmm… Ahora que lo mencionas… Quiero que Thad investigue el expediente completo del nuevo asistente, solo para estar seguros. Me gusta saber en qué clase de persona estoy confiando el trabajo. – ordené.
- En seguida, señor Anderson. – asintió el castaño, encaminándose a la salida.
Antes de que siquiera tocara la manija de la puerta, lo detuve de la corbata, tirando de él con gentileza para que se volviera a mí. Me acerqué peligrosamente a él, mirándolo con deseo. Mordí mi labio.
- Y ponte algo sexy para esta noche. Estoy de buen humor hoy. – le susurré, con voz provocativamente ronca.
Una amplia sonrisa apareció en el rostro pecoso de Sebastian, quien me guiño un ojo y salió de mi oficina.
Minutos más tarde, ya me encontraba caminando por el pasillo rumbo a la oficina de Cooper, que se encontraba del otro lado del vestíbulo.
De verdad necesitaba hablar con él sobre los contratos de inversión. Me parecía buena idea haber hecho trato con NYStyle, pero me enfurecía saber que no lo había consultado conmigo antes. ¡¿Qué carajos estaba pensando?! ¡Ambos éramos dueños de este negocio! Merecía saberlo antes de que tomara cualquier decisión; podría haber cometido una estupidez.
Antes de llegar al escritorio de la secretaria de Cooper, hubo algo que llamó mi curiosidad. Un sonido, musical y tintineante. Una risa. Miré con atención.
Frente al escritorio de la señorita Motta, se encontraba un muchacho. Lucía joven, no más de veintidós, posiblemente. Vestía con refinado gusto de la moda: camisa de un blanco inmaculado bajo un llamativo traje de color rey, que acentuaba la perfecta palidez de su piel – se asemejaba bastante a la porcelana, tersa y lisa, sin ninguna imperfección – un pañuelo púrpura sobresalía ligeramente del bolsillo superior de su caso, ceñido delicadamente a su bien torneado cuerpo. Piernas largas y esbeltas; mocasines de piel color azul marino. Su cabello era castaño, como el caramelo, estilizado y bien peinado sobre su cabeza, sin dejar un solo cabello fuera, pero no parecía portar el más mínimo rastro de gel – cosa a lo que yo era aficionado y devoto. Su perfil era grácil, singular, respingado. Sus orejas tenían un adorable aspecto élfico, y sus mejillas estaban coloreadas de un tenue rosado.
Al instante, notaron mi presencia, y ambos se volvieron hacia mí. Fue entonces que pude apreciar el maravilloso y deslumbrante color de sus ojos. Era un azul, un azul eléctrico, chispeante, arrebatador.
Me miró con asombro, casi con incredulidad. Se quedó callado, pero sin privarme de su fascinante mirada. Sin embargo, me dirigí a la secretaria.
- Señorita Motta, ¿me haría el favor de avisarle a mi hermano que he venido a hablar con él?
- En seguida se lo hago saber, señor Anderson. – asintió la castaña, dejando de lado la taza de café que tenía en mano y volviendo a la seriedad de su trabajo. – Permítame un segundo.
Se volvió a su escritorio y tomó el teléfono, marcando el número de la oficina de Cooper con disimulado apuro.
Noté que el chico desviaba la mirada hacia la habitación, como si quisiera evitar mi mirada. Era apenas más alto que yo, por escasos centímetros, pero su rostro irradiaba inocencia. Sonreí para mis adentros. Era un niño verdaderamente hermoso.
Di un paso en su dirección, sin vacilar. Extendí mi mano hacia él, como cortesía obligada, para presentarme, aunque estaba más que seguro de que sabía quién era yo.
- Blaine Anderson. – dije, permitiéndome agregar un tono un poco más profundo y seductor en mi voz.
Logré lo que buscaba. Sus ojos volvieron a mí.
Ahora que me encontraba más cerca, pude distinguir que no era un simple azul el que coloreaba su mirada; habían exquisitas vetas verdes en ellos, que se distinguían a la luz, tornando su mirada en distintas tonalidades, todas impresionantes. Sus ojos estaban bordeados de finas y rizadas pestañas.
Me miró, perplejo y aparentemente desconcertado ante el hecho de que estuviera hablando con él. Intenté disimular la sonrisa que luchaba por escaparse en mis labios. El rubor se apoderó de sus mejillas en un suave tono carmesí, aún más adorable que el anterior.
Casi con temor, me devolvió el apretón de manos. Su piel era tan suave y sedosa que por un segundo, sentí el deseo de acariciarla completamente. ¿Sería igual de blanca y perfecta en todo su cuerpo? Era algo que estaba dispuesto a averiguar.
- Kurt Hummel. – murmuró en respuesta, con una voz melodiosa y dulce. Me sonrió ligeramente, con amabilidad.
Kurt, repetí en mi cabeza, haciendo una permanente nota mental. Bonito nombre, muy bonito. Como él.
- Es un placer, señor Hummel. – repuse con sinceridad, ensanchando la sonrisa en mis labios apenas perceptiblemente.
- Lo mismo digo.
Por desgracia, la señorita Motta irrumpió en nuestro espléndido encuentro.
- Señor, su hermano lo espera en su oficina. – habló, con su voz atiplada.
- Muchas gracias, Sugar. – le sonreí de forma forzada. Dirigí a Kurt una última mirada, empleando mis innegables dotes seductores. Casi pude verlo estremecerse. – Espero verlo pronto por aquí, señor Hummel.
Me retiré rumbo a la oficina de Cooper, con una amplia sonrisa de satisfacción. ¡Oh, ya deseaba ver a ese chico por aquí! Me iba a divertir mucho con eso.
Sin duda alguna, lo había impresionado. Esto iba a ser sencillo, aunque no daba el perfil de ser un chico fácil de conquistar. Pero, nadie podía resistirse a los encantos de un Anderson.
