Sé que hace mucho tiempo que no actualizo, pero no tengo palabras para explicar lo que me está pasando. Una estrella de mi constelación se está apagando, y sólo estamos esperando el momento en el que sucumba a su destino, al fin. Quizás no me entienden, no importa. Soy muy feliz sabiendo que pude encontrar un momento de inspiración dentro de tanto drama. Espero que alguien, por ahí, esté leyendo esto. No me dejen. Me gusta saber que por lo menos a una sola persona estoy llegando con esto.
Sean felices. Vivan. Amen. LLoren. Pero no se queden dormidos. No sabemos los planes que el Altísimo tiene con nosotros y puede ser tarde cuando menos te lo esperas.
Sin más, el tercer capítulo, espero, de muchos otros. Y antes de que me olvide, muchas gracias a las alarmas y los favoritos. Lo agradezco muchisimo.
Disclaimer: Sólo tengo un gato chueco y un par de libros de Corin Tellado. Todo lo demás es de la Sra. Meyer.
Capitulo 3: Negación
Edward-14 años
Era otro día nublado en Forks, y la lluvia amenazaba con caer en cualquier momento.
- ¿Vas a venir a clases o no?- Me preguntó Emmett, ansioso por el comienzo de una nueva temporada deportiva. Amaba al fútbol americano tanto como al Hummer sobre el que estábamos apoyados en el estacionamiento del colegio.
- Sabes que Rosalie no hace gimnasia con nosotros, ¿verdad?- Le respondí, recibiendo un puño en el estómago como respuesta.
- Maldito gemelo malvado- dijo, arrastrándome con él hacia el edificio donde cursábamos Historia. Desgraciadamente, Lauren cambió nuestros planes clavando sus venenosas uñas en mi brazo, y apartándome del gigante que me esperaba en la puerta de entrada del lugar.
-Edward, llamé ayer a tu casa, pero me parece que no te dieron el mensaje- dijo, frunciendo el ceño hacia Emmett, que hacía gestos obscenos a mis espaldas. Efectivamente, Emmett había atendido la llamada pero cuando le pregunté quien era, dijo que se trataba de alguien ofreciendo sus servicios de acompañante. Debí suponer que no era cierto.
- En fin, quería saber si vendrás a mi casa el próximo sábado, ya sabes, por la fiesta que estaré dando. Significaría mucho para mí que pudieras asistir- me dijo, alzando su índice sobre mi pecho y haciendo círculos sobre mi pecho, ignorando mi repentina perplejidad y las risas contenidas de Emmett, que terminó ahogándose con el chicle.
- Voy a pensarlo- le contesté, y todavía con los ojos como platos, entré a la clase de Historia, seguido por mi amigo.
- La cara que pusiste cuando hizo el papel de femme fatal, ¡no tiene precio!- sentenció el gigante, acomodándose en nuestro banco habitual, el último de la fila central.
-¿ Qué ha ocurrido muchachos?- preguntó Rosalie al entrar y acomodarse a mi lado.
- Lauren Mallory- Dijimos al mismo tiempo.
- Bah, ha estado diciéndole a todos que ustedes salen juntos. Eso es cruel, hermano. No me has contado nada- me guiñó el ojo con picardía.
- Recuérdame no besar a nadie de esta escuela, nunca más- le dije con antipatía.
-Oh, pero lo harás, amigo. No importa lo que digas ahora, todavía no has visto a la nueva-dijo Emmett- Podría parecerte interesante.
Suspiré hondo. Era feliz con mi vida tal y como era, tenía familia, una maravillosa hermana, un mejor amigo y vivía holgadamente. Los días me encontraban entre mi piano y mis entrenamientos, y ocasionalmente salía con compañeras del instituto. Las chicas no me eran indiferentes.
Pero en las noches, cuando el frío angustiante se colaba entre las rendijas de la ventana, y me hacía dar vueltas entre las sábanas, se me ocurría que esta existencia mía tenía que tener un propósito que realmente valiera la pena, aparte de las fiestas, el dinero, los aduladores y las mujeres. Un motivo que gobernara mis cinco sentidos y que llenara mi corazón de esperanza.
Necesitaba algo que me hiciera sentir...vivo. Por más que intentara ocultarlo, no podía evitar tener la sensación de que todo a mi alrededor era falso. La apatía que sentía últimamente nublaba mi mente y me paralizaba.
Mis manos ardían buscando el calor de un cuerpo ajeno, que aún no conocía. Durante todo este viaje, mientras atravesaba este desierto estéril, mis labios secos reclamaban la ternura que nunca habían conocido, pero que sin embargo, sabía que estaba allí, buscándome, un alma tan solitaria como la mía. Sólo faltaba un momento perfecto, una revelación repentina, que descubriera nuestos destinos.
El profesor de Historia interrumpió mis pensamientos cuando me pidió que llevara un libro a la profesora de Literatura. Maldiciendo entre dientes me levanté para cumplir mi misión. Desde la vez que los encontré juntos en la sala de Música, " hablando de trabajo", me convertí en el mensajero personal de los tórtolos, bajo la amenaza implícita de que no aprobaría el año con ninguno de los dos si abría la boca. Me sentía como un maldito Bart Simpson.
Seguramente el libro llevaba algún mensaje. Ni me molesté en leerlo. La idea de imaginar a mis profesores haciendo lo que seguramente estaba escrito en ese papel me revolvía el estómago.
Cuando estaba a punto de entrar a la clase, ocurrió la cosa más maravillosa y a la vez más desgraciada de mi vida: una chica que nunca había visto chocó contra mi brazo, apresurada seguramente porque llegaba tarde. Pasó como un rayo y apenas tuve tiempo de escuchar una débil disculpa mientras se alejaba torpemente, dejando caer una carpeta a mis pies.
- No es nada- le dije, pero cuando alcé la vista para entregársela, ya no había nadie. No había podido contemplar a la nueva, pero olía exquisitamente, como a jazmines y fresias.
- ¿Qué traes ahí, pequeño saltamontes?- Inquirió Emmett, intentando quitar la carpeta de entre mis manos, pero fallando miserablemente.
-¿Conocen el nombre de la chica nueva? Dejó caer esta carpeta y ni siquiera pude ver su rostro- contesté, acomodándome en mi lugar.
-Mmm, no estoy segura de su nombre, pero creo que su apellido es Swan- contestó Rosalie, ojeando con interés la carga en mi regazo- Parece ser una buena chica, hablé un poco con ella antes de entrar- y sin quitar los ojos del objeto prosiguió- parece ser una libreta de artista... me pregunto si...
- De ninguna manera- le contesté, escondiendo a mis espaldas el objeto codiciado, pero las manos de Emmett esta vez pudieron alcanzarme, y antes de que pudiera darme cuenta, el cuaderno se abrió y las hojas, que luego pude observar eran dibujos, se desparramaron por todo el salón formando una gran alfombra blanca, en el preciso instante en que una joven de cabellos oscuros y ojos grandes entraba al salón preguntándo si alguien había encontrado una carpeta muy importante, su cara pasando de una tristeza absoluta a un terror indescriptible, mientras seguía con la mirada a las hojas que todavía revoloteaban por la sala.
Rosalie, Emmett y yo miramos horrorizados como los ojos de la niña se llenaban de lágrimas y su cara se tornaba de un color casi púrpura, y se alejaba del salón a grandes zancadas.
Fue todo muy rápido, al punto de que al momento del grito del profesor (Cullen,¿qué demonios...?), Rosalie estaba tras la chica, mientras Emmett y yo terminábamos de recoger los dibujos a una velocidad envidiable, tratando de evitar los ojos curiosos.
Unos pocos habían sufrido daños menores, pero la mayoría estaban intactos, al contrario de mi autoestima, que estaba por el piso.
- Creo que nos va a odiar durante todo el tiempo que permanezca en el instituto- me dijo Emmett.
Y no podía estar más de acuerdo.
Presente...
Tic. Tac. Tic. Tac.
Tic.
Tac.
Las horas pasaban.
Días, semanas, se escurrían entre mis dedos. Sin embargo, cada segundo, cada momento de mi existencia estéril se alargaba convirtiéndose en pequeñas cuchillas que atravesaban mi garganta. Tuve la sensación de que todo alrededor se volvía más frío, más oscuro, aunque la primavera estuviera a la vuelta de la esquina; como si el universo me acompañara en mi pena. Como si comprendiera como nadie que lo que había perdido era cierto.
Como si reconociera por fin el error que se había cometido conmigo.
Desde mi habitación, la cual rara vez dejaba, escuchaba el reloj del pasillo.
Tic. Tac. Tic. Tac.
¿Cuánto tiempo seguiría así?
¿Qué era mejor? ¿Reconocer que lo mejor que me había pasado en la vida se había ido, y agradecer el hecho de que ella había existido? ¿O tratar de olvidar que la había tenido?
Pero sabía que era imposible hacerlo. No puedes, después de haber conocido la felicidad absoluta, pretender que nunca la has conocido.
Abrí los ojos por primera vez en no sé cuánto tiempo. Mientras mis ojos se acostumbraban a la penumbra de mi cuarto, pensaba que, sin embargo, muchos lo intentaban.
Negación.
Absoluta y completa negación.
Como mi madre, Esme. Luego del incidente, ella simplemente decidió olvidarlo todo, y hacer de cuenta que todo seguía como antes. Que en cualquier momento Rosalie volvería. Que en el momento que ella volteara sus ojos hacia la puerta vería entrar a Bella con una nueva pintura para decorar nuestra casa. Que su único hijo varón volvería a ser el de antes. Pero ambos sabíamos que eso no iba a pasar. No importaban todos los esfuerzos que hiciera para mantenerme a flote. Ella sabía que me había cansado de luchar hacía tiempo.
No había lugar dónde esconderse. Y no había medicina capaz de curar este enorme abismo en mi pecho que a cada momento se agrandaba con la eficacia de la ponzoña mortal con la que estaba envenenado.
Me dolía ver la esperanza en sus ojos cada vez que escuchaba un motor a lo lejos. Pero era lo único que yo podía notar. Es difícil enterarte de las cosas si te pasas encerrado en tu cuarto sin hablar con nadie.
Lo que más me dolía era que a veces yo también miraba hacia la calle esperanzado, lo que me provocaba una agonía peor unos segundos después, cuando volvía a recuperar la razón.
Creo que "zombie" fue la palabra que le oí decir a Carlisle por el teléfono. Pero creo que no se ajusta a mí, en absoluto.
Los zombies no sentían. Yo estaba desesperado por no sentir.
No podía hacerla sufrir más de lo que ya lo hacía. No podía cargarla con el peso de un hijo en pena a su dolor. Por eso preferí recluirme poco a poco en mi habitación, hasta convertirme en un verdadero recluso, solamente permitiéndome salir unas pocas horas al día.
Hacía lo imposible para que mis padres no me vieran.
Y sin embargo lo sabían.
No volví a hablar con nadie del mundo exterior. Era demasiado doloroso saber que el mundo seguía andando.
Los primeros días fueron…bueno, ni siquiera puedo hablar de eso. Era algo que tenía enterrado en mi mente, y que no iba a permitir que nadie lo desbloqueara.
Se me hacía más fácil bloquear lo doloroso antes que enfrentarlo.
Cobarde, lo sé, pero muy efectivo.
Me levanté por primera vez en horas para estirar los brazos. Un gran calendario en la pared de enfrente me llamó la atención. Ya había perdido el sentido del tiempo y no sabía que día era. El calendario sequía mostrando los datos de hace dos meses, cuando todo se había detenido. Arranqué las hojas viejas con rabia, cuando un número encerrado en un círculo de tinta captó mi atención.
Demonios-susurré por lo bajo- Esme va a matarme.
De pronto, mis pensamientos fueron interrumpidos por un golpe en la puerta.
Bang, Bang, Bang.
-Mamá, no quiero comer, ya te lo había dicho, estoy bien- contesté.
-No soy tu madre- dijo una voz grave y áspera.
Maldición.
-Emmett, no quiero hablar ahora- le dije. Durante todo este tiempo lo había estado evitando, ignorando sus llamadas y visitas, aunque sabía que sólo se preocupaba por mí. Sin embargo, tuve la impresión de que esta vez no se iba a rendir tan fácilmente.
-Edward, tienes dos opciones. La primera: Me abres la puerta y me dejas pasar, y la segunda: Tiro abajo la puerta, y te doy una patada en el estómago. De cualquier forma voy a entrar, tú eliges cómo.
Gruñí al dirigirme a la puerta y destrabar la cerradura: Si bien Emmett no era muy gentil, por lo general sus métodos eran muy efectivos.
-Puff, hermano, ¿Hace cuánto que no te bañas?- Dijo, pasándome y sentándose en mi cama destendida.
-¿Vas a criticar mi higiene o vienes por otra cosa?- le dije.
-Por supuesto que vengo a otra cosa- me dijo, señalando un lugar a su lado para que yo me sentara. –Eres mi amigo, y quiero saber cómo estás. No has hablado conmigo desde… bueno, tu sabes- me susurró.
-Estoy bien Emmett, en serio- le dije, apretando mis puños inconscientemente. Estaba tan acostumbrado a decir esa frase que ya había dejado de tener significado para mí.
-Pero Ed, no luces bien amigo. Estás muy flac, y nunca había visto esas bolsas debajo de tus ojos. Hasta pareciera que ahora yo soy el más guapo- dijo, guiñándome un ojo.
-Muérdeme- le contesté, agradecido de que me haya querido hacer un chiste.
-¿Cómo están tus padres?-me dijo, y no pude dejar de sospechar algo en sus ojos maliciosos.
-Ellos… no están llevándose muy bien. Discuten mucho, y pasan días sin hablarse. Yo… no salgo mucho de la habitación, como te habrás dado cuenta. Pero se siente la tensión…cada vez que bajo.
-¿Y ella no ha… llamado todavía?
Lo miré por un momento, y vi esperanza en su ojos. Odiaba ser yo el que lo lastimara, porque Emmett era una criatura muy noble. Había amado a Rosalie desde que éramos niños.
-No, y no creo que lo haga, Em.
.Oh, ok. Sólo quería saber- me contestó, la luz en sus ojos ahora desvanecida por completo- Entonces, ¿Qué vas a hacer ahora?- me dijo.
-¿A qué te refieres?
-Bueno, no puedes vivir encerrado en esta pocilga, especialmente tú, señor todo-debe-estar-limpio. Tienes que abrir las ventanas para que entre aire fresco, y debes, por el amor de Dios, tomar un baño, porque hasta para mis estándares, estás sucio y apestas.
-Gracias, amigo. Pero no estoy con ganas de empezar mi vida justo ahora, me gusta como estoy.
-Mira ¿Vamos a empezar a usar la violencia otra vez? Tienes dos opciones. Uno: Vas a bañarte por las buenas mientras yo abro las ventanas, o dos: Te doy una patada en el estómago, y vas a bañarte de todas maneras. De cualquier forma vas a bañarte, tú eliges. Y por favor, no me obligues a enjabonarte, no quiero traumatizarme de por vida.
-Ni yo lo quiero, no te preocupes- le dije, maldiciendo el momento en que le abrí la puerta.
Estaba a punto de decirle que no me molestara más, y que volviera a su vida normal y de gritarle en la cara que no estaba de humor para aceptar sus bromas respecto a mi persona.
Yo estaba roto, y no podía ser arreglado de ninguna forma.
Pero entonces vi otra vez esa pequeña luz en sus ojos, que hacían juego con una sonrisa nerviosa que amenazaba con aparecer de un momento a otro. Una expresión que me hizo recordar a Esme, tratando de ayudarme, pero sin saber cómo.
Quizás no podía hacer feliz a mi madre, pero no dolería mucho intentarlo con mi mejor amigo. Hacerle creer que por fin estaba subiendo a la superficie. No estaría mal hacer feliz a alguien en esta casa.
Me levanté para tomar una nueva muda de ropa, y antes de entrar a mi cuarto de baño, volteé para hablar con él, y la sonrisa amenazante ya había aparecido en su rostro.
-Em, gracias por lo que estás haciendo-le dije antes de cerrar la puerta.
-Es un placer torturar a la gente para que haga lo que yo quiero-me dijo yendo hacia mí estrechándome con sus grandes brazos y levantándome del suelo- aunque creo que muchos me van a agradecer esto, empezando por Esme y tus calzoncillos, principalmente.
-Déjame entender lo que estás diciendo-Emmett sacudió la cabeza en ademán de acomodar sus ideas y continuó -¿Me estás queriendo decir que Bella se fue el día después de que finalmente "lo hicieron" por primera vez?- sus ojos entornaron hacia el patio de mi casa, el cual podíamos observar desde la galería.
-Básicamente sí, y por favor, no pronuncies su nombre-le contesté, cada vez más consciente del error que estaba cometiendo contándole estas cosas justamente a él. Que me llevara el diablo si no lo quería, pero a veces pensaba que podía llegar a matarlo. Un pensamiento solamente, porque sería físicamente imposible.
- Vaya- me dijo- Debes ser muy malo en la cama, ¿no crees?
-¡Emmett! ¡Se supone que debes apoyarme!! - lo golpeé tan fuerte como pude en el hombro pero sólo le provoco cosquillas.
-¡Está bien, está bien! Disculpa amigo- me respondió, ahora sintiéndose realmente culpable.
-Emmett, ¿Crees que..? ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Mira las ideas que me metes en la cabeza!- Sin embargo, esa idea me había estado rondando en la cabeza hacía rato, era estúpido pensarlo, pero no podía quitarla de mi mente.
-Hey, no te alarmes- me respondió con una sonrisa, adivinando los pensamientos en mi rostro- Estoy seguro de que no fue por eso, fue sólo un chiste muy malo-se disculpó- Como tú mismo dijiste, ella había estado planeando todo desde hacía bastante tiempo. Recuerda que yo también fui engañado tanto como tú, Ed- sentenció- Rosalie me abandonó a mitad de la noche de graduación para hacer los últimos arreglos de su fuga- su cara se transformó y pude ver la tristeza que sabía que debía surgir en algún momento, pero supo esconderla brillantemente y segundos después, estaba sonriendo nuevamente.
-Lo siento Em, tú también estás involucrado en esto, ellas también jugaron contigo.
-No te preocupes por mí, Ed, yo estoy bien. Si hay algo que aprendí en todo este tiempo que conocí a Rosalie, es a ser paciente. Ella va a volver, y entonces se dará cuenta de que yo soy el hombre de su vida, estoy seguro de eso-y sus palabras cayeron como bombas en mi cabeza. De pronto, admiraba la entereza y la obstinación de aquel muchacho ya hecho hombre que no iba a darse por vencido hasta conseguir lo que quería. Yo sentía envidia y a la vez, mucha compasión por nosotros dos.
-No creo que lo haga Em, mi hermana lo dejó muy claro- No me atreví a mirarle a la cara- Rosalie siempre usó a los hombres, y tú lo sabes. Sabía que era hermosa y utilizaba eso a su favor, y tú no fuiste la excepción. No me malentiendas, se que tú la querías de buena manera, pero ella se aprovecho de tu cariño, se apovecho del cariño de todos- le dije, sorprendiéndome de mi propia amargura.
Emmett suspiró ofuscado mirando hacia el horizonte, pero pude escuchar una respuesta que fue apenas audible.
-Ella va a volver Ed, y va a arreglar todo este desastre, ya lo verás- y de pronto, sentí que no estaba hablando de Rosalie.
-Edward, ¡estás afuera!- escuché decir a mi madre, que corrió a abrazarme, estampándome contra la pared- Muchas gracias- le dijo a Emmett mientras dos grandes lágrimas recorrían su rostro, y cuando pensó que yo no estaba viendo, el gigante le guiñó un ojo a la mujer que me estrechaba fuertemente contra su pecho.
-Mamá, yo...lo lamento mucho.
- Oh no, por favor no te disculpes, ya no hay tiempo para eso, hoy es un día muy importante para tu padre, ¿lo recuerdas?
Por supuesto que lo recordaba. Papá nos había hablado de este día hacía varios meses, cuando éramos una familia. Iban a darle un premio a su trayectoria en un gran baile que se realizaba en Seattle a su nombre. Podría haber sido incluso más famoso si se hubiera quedado en la ciudad, pero él prefería la tranquilidad que Forks le brindaba, igual que a mí.Su pecho se hinchaba de orgullo cada vez que nombrábamos este día, pero por supuesto, no tuvimos en cuenta una circunstancia como ésta.
-Mamá, sé lo que estás pensando, pero no sé si pueda, no tengo ganas de ir a la ciudad en este momento- le dije, y fue como una bofetada en su mejilla.
-Hijo, todos lo estamos pasando mal, pero tenemos que estar allí para él, ¿lo harías por mí?
-Esme sabe que harías todo por ella, ¿no es así, pequeño?- Emmett respondió por mí, clavándome un codo en las costillas mientras lo hacía.
En ese momento, el teléfono de la cocina sonó. Lo contesté de mala gana para escaparme mientras mis verdugos hablaban. Pero cuando pregunté quien era, nadie respondió. Pregunté varias veces más con quién estaba hablando, pero terminaron colgando. Extrañado, me surgió una idea, tonta, pero posible.
Quizás no éramos los únicos que nos habíamos acordado de esta fecha tan especial para Carlisle. Despues de todo, él sigue siendo su padre también.
Una segunda llamada interrumpió mis alucinaciones, convencido esta vez de quién era. Rápidamente levanté el teléfono y estuve al habla.
-Rosalie, ¿eres tú? Hoy es un día muy importante para Carlisle y lo sabes. Sólo quieren saber cómo estas. No van a buscarte. Por favor, trae un poco de paz a esta casa. Rosalie, ¿me escuchas?
-Dile a tus padres que ella se encuentra bien, Edward- respondió una voz conocida, pero no esperada. Hacía tanto que no escuchaba su voz, que fue como un cubo de agua helada sobre mi cabeza.
-¿B...Be...Bella?- Fue lo único que atiné a responder,pero ya había cortado.
Me quedé varios minutos inmóvil. No podía moverme, ni hablar. Mi mundo, otra vez, se estaba cerrando al punto de escuchar lo último que sus labios me habian dicho, y nada más que eso.
-Hijo, ¿estás bién? ¿quién llamó?- Mi madre me preguntó sobresaltada. Sabía que algo andaba mal. Y yo sabía el efecto que iba a producir esta noticia en ella.
-Estaba pensando en lo que iba a ponerme para la gala del Dr. Cullen- le respondí, mostrando mis dientes en un intento por hacerle creer que estaba sonriendo.
-¡Oh! ¡No te preocupes por eso, casualmente ayer estuve de compras y ví un traje perfecto para tí!- contestó.
Bien, se lo había creído.
El viaje y la cena fueron bastante placenteros. Por lo menos, ayudó a distraerme un poco de mis propios pensamientos. No puedo imaginar como hubiera pasado todo ese día en casa con su voz grabada en mi cabeza, y mucho peor, en mi alma. Mi padre estuvo muy contento de que yo estuviera con él, cosa que terminó de convencerme de lo buena que era mi decisión. Comimos, hablamos con gente importante, adularon a mi padre, el Dr. Cullen fue llamado al estrado, el Dr. Cullen habló de sus logros y de lo agradecido que estaba por este gran honor, dió un discurso muy bonito, y se retiró rápidamente, casi en un pestañear.
Luego de los aplausos pude prender mi celular: ahora que todo había concluído, no sería tan mal visto que sonara mi ringtone de Paranoid de Ozzy en el medio del discurso de mi padre. Un virus había afectado algunas aplicaciones, y el modo vibración estaba por el momento obsoleto. Después compraría uno nuevo.
Me sorprendió lo que la pantalla me mostraba:14 LLAMADAS PERDIDAS- EMMETT.
De acuerdo, ya empezaba a asustarme.
En ese instante recibí un mensaje de Emmett: Vuelvan urgente a Forks.
Contesté rápidamente. Qué está ocurriendo?
Recibí la respuesta en un minuto. La policía está en tu casa. Alguien entró y parece que los han robado.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren...
(Contigo, Joaquin Sabina)
