Aquí con nuevo capítulo. Ah, ya tengo varios doodles de Integra, pero todavía no los escaneo, así que me temo que tendrán que esperar un buen rato. Disculpen ustedes.
2. Chriselle
Estuvo meditando un largo rato, mirando la misma página de un libro durante muchos minutos. Tenía que ser una más del montón por un rato, en lo que se calmaban las cosas en Londres.
No había querido usar a Alucard para que la protegiera.
— Tu deber es el mío únicamente, mi padre te capturó para servir a los propósitos de la familia Hellsing. No debo ni quiero usarte para que me protejas o me sigas, ¿entendiste? Te quedas en Londres. — tras dos años, ya había logrado medir el carácter del vampiro y "domarlo" en su totalidad. Aunque a veces le hacía sacar rabietas por no ignorar la insolencia que ya sabía que tenía que ignorar.
Al despedirla en el tren, Walter le advirtió que no tendrían contacto ni por correspondencia.
— Le vendrá bien un descanso de todo esto, Integra-sama.
Debido al altercado reciente en Londres que estaba por convertirse en guerra civil (en las palabras exageradas de la inexperta y joven Seras), la reina se había refugiado en Alemania, lo que convertía a sus leales súbditos en blanco fácil para los radicales de izquierda.
Nadie en el internado sabía su identidad verdadera, tan sólo era Fairbrook Wingates. Después de usar Integra Hellsing durante toda su vida, ser llamada por esos nombres lo sentía rarísimo y hasta ajeno a ella.
Observaba a todos: bajo el lema de libertad bajo responsabilidad del instituto, la gran mayoría eran "un montón de haraganes salvajes", según ella cuando llegó el primer día. Pero se equivocaba: cada quién hacía lo que quería sin meterse con nadie. Al principio les tuvo lástima, ya que eran casi todos los hijos segundos, los que no eran herederos a nada importante y tenían que limitarse a vivir bajo la sombra de la edad de sus hermanos mayores, o los hijos de los nuevos ricos o que nunca habían podido conseguir un puesto en la nobleza.
Sin embargo, después, lejos de sentir lástima por ellos y orgullo de ser la única afortunada de ser la heredera Hellsing, descubrió que había algo en eso que le irritaba.
Lo que su estirado círculo social le había enseñado a pensar era que ellos estaban destinados a ser nadie, una sombra, el ayudante; pero, ¿y qué si decidían desistir de ese destino? Nadie les reprocharía nada, pues no eran de gran importancia, y por lo tanto podían disfrutar libremente de sus vidas y pasiones, además con los lujos que podían permitirles ser de una familia acomodada, justo como lo hacían ahora.
— Eh, Wingates, ¿vas a usar ese libro? — ella se volvió a quien le hablaba. Sin decir nada, lo cerró y se lo entregó. El muchacho lo tomó y se dispuso a irse, pero algo lo hizo arrepentirse y regresar adonde ella.
— ¿Quieres almorzar con nosotros? — Ella levantó una ceja, y él pareció intimidarse, pero continuó — es que ya llevas dos meses aquí, y no le hablas a nadie... tal vez debas intentar integrarte al grupo.
Ella seguía callada, por dentro sorprendida, con sus ojos azules clavados en los movimientos del muchacho.
— En fin, si quieres ir estaremos cerca de las canchas a la hora del almuerzo mañana.
Parpadeó y él por fin se fue. Sonrió.
Tal vez no quería aceptar que era ella quien los envidiaba.
— Walter, déjanos.
— Sí, señorita. — el mayordomo hizo una reverencia y se retiró. Integra hizo un ademán indicándole a la invitada que tomara asiento frente a ella. También estaba sorprendida pero guardó la compostura, puso sus codos sobre el escritorio y su barbilla sobre sus manos encimadas.
— Ese bastardo de Amati no me dijo quién era la persona que tenía que refugiar. Ahora veo por qué. — Sonrió — Es la primera vez que no me desagradan sus inoportunas decisiones. Bienvenida a mi casa, Chriselle.
El candado invisible en la boca de la aludida pareció desaparecer por fin.
— ¡Fairy! ¿Cómo es que sucedió esto? Ah, mírate... ¡Estás tan cambiada! Creí que jamás volvería a verte. — la muchacha se paró e, ignorando si la mestiza la consideraba aún alguien de confianza, rodeó el escritorio para abrazarla con fuerza.
Integra llegó al lugar indicado. Sentía las miradas extrañadas de verla ahí, y sintió miedo. "Discuto con los imbéciles de la mesa redonda. Un montón de niños no me van a hacer nada". Y con este pensamiento se armó de valor, quería mostrarse segura.
— ¿Puedo sentarme con ustedes? — se sorprendió de su propia voz, tímida, casi melosa. El grupo de estudiantes se miró entre sí. Fairbrook Wingates por primera vez intentando integrarse, pensaron.
— ¡Claro! — el mismo muchacho que la había invitado le sonrió.
Al principio, la plática fue algo incómoda. Pero no se dio por vencida, aunque sí sintió vergüenza de estar tan temerosa ante la mirada de unos chicos y chicas de su edad. Poco a poco dejó la plática fluir, dejó de pensar en cada palabra que decía, se sentía casi cómoda. Se dio cuenta de que era agradable. Todos la llamaban Wingates porque no les tenía sin cuidado su actitud tan seria, y algunos ni siquiera sabían su nombre.
Y las horas del almuerzo de esa semana se fueron volando en pláticas maravillosas de libros, música, actividades y filosofías, y eran tan buenas esas sesiones que repetían por la tarde al acabar las clases. Integra jamás se sintió tan libre de decir lo que pensaba y sentía, y estaba dispuesta a aprovechar esa oportunidad, pues no le duraría mucho tiempo.
Pasó otro mes para que Integra le hablara a todos los que frecuentaba.
— Por cierto, Wingates, yo no sé tu nombre. — una joven de ojos alegres color miel que se sentaba junto a ella le habló mientras guardaba sus cosas.
— Fairbrook. — La chica murmuró un "ooh" y se quedó pensando un rato. Integra continuó su actividad.
― No me gusta. ―Integra paró en seco.
― ¿Disculpa?
― No me gusta. No te ofendas, no es feo, pero… me parece soberbio, como distante. ― Si tan sólo supiera aquella chica que el nombre por el que estaba acostumbrada a ser nombrada desde su nacimiento era Integra y no Fairbrook, ¿qué le habría dicho?
― ¿Distante? ¿Cómo un nombre puede parecer algo como eso? ― La chica se encogió hombros. ― Bueno, ese es mi nombre y con él me bautizaron. No hay nada que pueda hacer para cambiarlo, ni quiero hacerlo.
― ¡Ya sé! Te llamaré Fairy de cariño. ― Integra sintió que atravesaban su cabeza con una flecha. No podía ser: la semana pasada un chico la había llamado Dolly porque su cabello le parecía tan rubio como el de una muñeca. Era absurdo, cursi y peor que eso, y claro que no pudo evitar fulminar con la mirada al chico, aunque se contuvo. Y justo ahora deseaba tener una Beretta para agujerar la cabeza de esa mocosa insolente. Suspiró.
― No lo… ― Integra fue interrumpida por un grito.
― ¡Chris! Ven ya, o el autobús nos dejará y llegaremos tarde por tu culpa. ― Un grupo de alumnas la esperaba afuera del salón para ir de compras.
― ¡Ah! Tengo que irme. Nos vemos mañana, Fairy.
Cuando al fin la soltó, Chriselle se acuclilló frente a ella y tomó sus manos. Observó que traía guantes y que, además, vestía como hombre, ocultando cualquier curva femenina evidente. Después, la miró a los ojos.
― Cuando desapareciste, creí que no tardarían en encontrarte y que iríamos juntas a la universidad. Pero pasaron los años y perdí la esperanza, y te creí muerta. ¿Por qué no intentaste contactarme, Fairy? ¿Por qué nunca me contaste que vivías en Londres?
― Tengo mis razones.
― ¿Y por qué el escudo de tu familia dice Hellsing? ¿Por qué el mayordomo te llama Integra? ― La rubia recordó cuán irritante podía llegar a ser la que había sido su mejor amiga en la preparatoria. Siempre se había preguntado por qué estaban juntas si eran tan distintas. Mientras Integra era de un carácter tan serio y formal, selectiva y altiva, Chriselle era popular entre los chicos, dulce y alegre siempre, soñadora, muy sociable y distraída. Toda una niña.
― Porque es mi nombre. Integra Fairbrook Wingates Hellsing. ― Chriselle sintió la barrera que puso Integra inmediatamente. No era la chica seria pero amable y natural que ella había conocido. Esta no era Fairy: era una mujer que tenía pinta de tener amargada la vida y que años atrás, jugando a ser superficiales, calificaría como futura solterona. ― Y te agradecería que no me llamaras Fairy.
― Pero… ― la mujer levantó su dedo índice haciendo shh.
― Me da gusto verte también. Hablaremos después, ¿te parece? Justo ahora tengo miles de cosas que hacer ― extendió su brazo hacia su escritorio con montones de papeles ― así que puedes decirle a Walter que te lleve a tu habitación y que te muestre los sitios donde puedes estar. Pídele lo que quieras, pero no cuando lo veas ocupado. ― Se dirigió a la puerta y la abrió. Empujó (o más bien condujo) a Chriselle por los hombros suavemente hacia afuera de su despacho ― Ah, y no te asustes si en cualquier momento se te aparece algún tipo de ente.
Alucard meció el vino suavemente antes de beberlo. Estaba irritado, a pesar de que la desconocida parecía una perfecta inocente e ignoraba toda la historia de Integra. Pero se atrevía a llamarla por ese mote ridículo, se atrevía a abrazarla de buenas a primeras, e Integra lo había permitido. Así había sido también con Joseph Amati. Realmente comenzó a preocuparse: cuando vio por primera vez a Integra, supo que en su sangre llevaba la esencia de la guerra y del poder, heredada de su padre y de su abuelo y del maldito que lo había llevado a servir a la casa protestante. No pretendía decir que la joven mujer era igual a él, de ninguna manera, y jamás podría serlo (que Dios la librara a ella, ya que lo había traicionado a él); sin embargo, esas personas habían surgido de repente, casi de generación espontánea, como se sabe que no puede ocurrir.
Le molestaba no haber compartido con Integra el tiempo que ellos sí, y no sólo eso: sospechaba un lado que jamás había mostrado y que probablemente jamás volvería a mostrar, ni siquiera a sus antiguos conocidos. Ahora en su cabeza pululaban preguntas que se volvían acosadoras en caso de que eso hubiera sido cierto. ¿Cómo había sido Integra? ¿Cómo vestía? ¿Cuáles eran sus hábitos? ¿Era mejor o peor? ¿Cómo y con qué tipo de gente se relacionaba? ¿Le gustaba esa vida? ¿Tenía tiempo para pensar en lo que había dejado atrás?
Cuando regresó del internado, la había visto diferente ciertamente, ahora con una actitud más madura y un temperamento más controlado. Cuando la picaba para tantear su posiblemente nueva personalidad, ella le seguía el juego de forma sarcástica y lo terminaba pronto, sin darle importancia a sus insolencias, y así hacía ya también con la mesa redonda, así que Walter se había quitado un peso de encima y no tenía que decirle que no le gritara a los caballeros.
Pero toda ella siguió igual también, de alguna manera. Siguió siendo altiva y aguerrida, y los tiernos huesos de niña ya habían embarnecido a los de una bella adolescente que por su personalidad tan fuerte y estoica aparentaba más edad. Recordó alguna vez, un par de semanas después de su regreso, verla observándose a sí misma en el espejo, vestida solamente con su ropa interior. Se levantaba el cabello y murmuraba "¿Se vería bien así de corto?". Esa imagen, lejos de provocarle la lujuria que normalmente provocaría en un hombre al ver a una joven de un cuerpo esbelto y tonificado por los constantes entrenamientos que ella también tenía que completar, movió alguna fibra sensible que creyó muerta como su humanidad. Era casi ternura. Después de eso, pocos meses faltaron para que empezara a verla como la mujer que ya era.
Alguna vez ella había permitido que la besara. Sin embargo, todo había sido tan espontáneo y súbito que Alucard concluyó que eran tan solo las hormonas que la impulsaron a cometer esa locura. No fue tan inocente para no imaginar que ya lo había hecho antes con otra (o tal vez otras) persona. No le dio tanta importancia a eso, ya que jamás volverían a interrumpir sus años de convivencia. La mocosa lo hacía bien, y había disfrutado ese momento como ya hacía muchos cientos de años no disfrutaba otra cosa que no fuera matar. Sin embargo, ese tema no volvió a ser tocado en los cuatro o cinco años siguientes.
Y por su cabeza pasó un destello tan rápido que apenas pudo conservar la idea que en él venía. ¿Y si averiguaba quién eran Fairy y Dolly? Una sonrisa retorcida se dibujó en su rostro pálido. Sería interesante, incluso si se arrepentía después.
Ando inspirada porque acabo de ver el OVA 9 de Hellsing. Pero este capítulo debe terminar aquí, no lo concibo de otra manera. Agradeceré sus reviews, y ya les agradezco su lectura.
