Fuego en la noche.

Regresé. Lo hice. Me resistí cuanto pude pero no fue mucho en realidad. Regresé a tu habitación un día más tarde que lo que podría esperarse pero volví. Lo he dicho, no pude resistirme mucho a experimentar esos labios que fueron míos por un minuto un par de noches antes. Al ver a Henry actuando normal conmigo, dentro de lo que se llamaba normal después de Camelot, no pude evitar sentirme lo suficientemente poderosa como para controlar diariamente tu memoria, y la de él si hacía falta. Volví a tu habitación tanto como pude. Y pude tanto como Hades quiso que pudiera. Si, antes de Hades te besé ante tu incrédula mirada tantas veces como se me dio la gana. Y no hice nada más solo porque no tuve tiempo. Parece que al dios del inframundo lo aburrió la comedia romántica de cine negro y decidió que las palomitas estaban desabridas, el refresco aguado y la trama demasiado aburrida para su estatus de dios oscuro. Pero que importa eso ahora si antes de Hades estuviste a punto de ser mía y por voluntad propia. ¿Cómo podría olvidarme de esa última noche? La última noche de esa que solíamos llamar vida.

He dicho que regresé ¿verdad? No sé porque te lo explicó en silencio si resulta que tú lo sabes. Al día siguiente de mi primera aventura en tu habitación, después de que solo pudieras decir "no" y yo te dejará dormida e ignorante en tu cama, fuiste a verme. Cuando te vi aparcando frente a mi nuevo hogar sentí una clase de ansiedad completamente nueva. ¿Será esta la ansiedad del acosador descubierto? Pensé que no había logrado bloquear nuestro último encuentro pero tú me mostraste que estaba equivocada cuando no viniste a hablarme de la noche anterior. De hecho, me preguntaste lo mismo de siempre: "¿Qué paso en Camelot, Emma?" Lo preguntaste con esa clase de tono conciliador que siempre pones cuando quieres verte comprensiva, honesta. Pero yo no estaba dispuesta a decir mucho más que el resto de veces que me has preguntado lo mismo.

-¿Por qué no es suficiente con saber que es mejor para todos no saber nada? – te dije - ¿Por qué seguir insistiendo con lo mismo cuando sabes que no voy a decir absolutamente nada?

Suspiraste como otras veces – ¿Por qué crees que estamos mejor sin saber?

Me reí con ironía – créeme, tú mejor que nadie estas mejor sin saber – te di la espalda mientras pronunciaba esas palabras para que no vieras que mi la mueca de dolor que aparecía en mi rostro al recordarte muerta.

Rodeaste la estancia para mirarme y te recibí con la mejor indiferencia que me salió - ¿por qué? – la pregunta existencial del nuevo Storybrooke - ¿por qué yo mejor que nadie? ¿Qué nos sucedió en Camelot? – Negué con la cabeza - ¿qué fue lo que hiciste en Camelot para que no quieras decirme?

Abrí los ojos de par en par - ¿Yo? – No lo podía creer - ¿Qué te hace pensar que yo hice algo malo en Camelot, Regina? – Levanté las manos a la nada como si quisiera quejarme con alguien invisible por mi mala suerte – ¿Eso es lo que piensas? ¿Crees qué te hice daño y qué por eso me niego a decirte nada?

-Yo no dije eso – expusiste con intensidad - entonces ¿por qué no me dices lo que paso allí? ¿Por qué no confías en mi y acabamos con esto?

-Y tú ¿por qué no confías en mí cuando te digo que es mejor para ti no saberlo? – respondí completamente a la defensiva.

-Eso es diferente… – intentaste argumentar a tu favor.

-No, no lo es, no puedo creer que lo único que saques en claro de todo esto es que quizás hice algo mal, algo en tu perjuicio – afirmé ocultando la tristeza que me causaba - ¿cómo es que llegaste a esa conclusión para empezar?

Ok, es un poco hipócrita de mi parte ya que yo te he acosado en las sombras desde que regresamos, me he imaginado cosas indecibles, oscuras y lujuriosas, incluso peligrosas para ti. Y claro, me colé en tu cuarto y te forcé a besarme. Bueno, forzar tampoco pero no pedí permiso. Pero siendo el ser oscuro podría ser peor si me dejará llevar, podría irte como a Killian. En el fondo, no pude evitar indignarme al oírte. Todo esto fue por ti al fin y al cabo. Me convertí en una asesina por salvarte otra vez.

Te recuerdo titubear en ese momento – yo… solo estaba especulando – miraste hacia el suelo un momento, muy impropio por cierto – de todas maneras, ¿no te sentirías mejor si te quitas esa carga de encima, Emma?

-Si te preocupas de que no pueda dormir por las noches – respondí con fastidio – no lo hagas querida alcaldesa porque de todas maneras no puedo hacerlo – sonreí con ironía nuevamente – ventajas del oscuro.

-Solo pensaba que tal vez quisieras contarme como una forma de… desahogarte – tratabas de convencerme como fuera, incluso ocultando en mi bienestar tu interés personal – quizás… quizás… no sé… quizás crees que lo que paso fue algo malo y en realidad… ¿no lo es?

Arqueé una ceja - ¿qué?

-¿Qué? – respondiste con extrema confusión.

-¿De qué demonios hablas, Regina? Soy el ser oscuro por si no lo recuerdas, no puedo confundir entre el bien y el mal.

-Ya… solo estaba…

-¿Divagando? – respondí por ti.

-Especulando más bien – me dijiste – parece que hoy solo puedo… hacer eso…

Se formó un silencio que fue mitad incomodidad, mitad confusión. Ahora que miró hacia atrás no entiendo como no lo vi. Cómo es que no lo noté cuando me estuvo rasgando la frente todo el maldito tiempo. Cómo es que no vi lo que sucedía. Tan poderosa me sentía que no pude notar lo ciega que estuve todo el tiempo.

-Mira – corté esta situación por la raíz – no insistas, no vas a obtener nada más de mi.

-Una vez me dijiste que querías ser mi amiga…

-Yo no, Emma Swan, pero yo ya no soy ella, yo soy alguien distinto – tomé distancia – y créeme que aún así se muy bien que Emma Swan si estuviera te diría que eres una cínica – me reí sarcásticamente – tú nunca la tomaste en serio.

-Eso no es verdad – te defendiste con disgusto – aunque digas que no eres ella, tú y yo nos hemos acercado muchísimo, te he confiado cosas que nadie sabe.

-Solo si hacían falta para salvar el mundo – sacudí las manos en señal de desdén – ¿podrías marcharte ya? No voy a decirte nada que no sepas y no creo que seas digna de confianza de ninguna manera – dije tajantemente – Solo eres una oveja descarriada que no encuentra su lugar ni entre los buenos ni entre los malos, sola estas y sola te quedaras – no sé porqué dije eso, me dolió hasta a mí – Vete, estas ocupando el tiempo que utilizó en cosas que me interesan más – mentí con descaro – ya sabes dónde está la puerta.

Te quedaste en silencio durante unos segundos y sé que tus ojos se inundaron levemente, pero lo ocultaste como la perfecta mujer que eres, con intenso desprecio aunque sé que te hice daño, lo pude sentir en la fuerza de tus palabras –Eres… ¡DIOS! No sé para que vine a intentar hablar con una persona tan inmadura como tú, nunca me has gustado y no me gustaras ahora tampoco – el portazo fue épico. Yo me quede allí saboreando amargo un momento antes de reír frenéticamente y de tratar de serenarme convirtiendo en piedra a uno de los enanos inservibles, a otro más en realidad. Creo que los he convertido en especie en extinción.

Lo cierto es que la manera en la que usaste la palabra "gustar" no fue algo que me pusiera a analizar con calma. Solo sé que desde ese día, cada periodo diurno me ignorabas o evitabas como a la fiebre amarilla. Pero después de haberme pasado la primera noche masticando mi deseo a cachitos exploté con la siguiente luna. Y desde ese momento fuiste toda mía por las noches. Al menos unos minutos.

Desde el mismo segundo que aparecí en tu habitación la segunda noche a partir de la discusión y me aseguré que la puerta estuviera cerrada, algo que no hizo falta porque tenía media vuelta de llave. Cuando me giré a observarte, estabas sentada en la cama observándome tú a mí con incertidumbre. Pero no me detuve. No me cohibió tu ceño fruncido ni tu respiración apurada. No me conmovió tu boca intentando decir algo. Solo recordaba que yo no te gustaba, que yo no te gustaba ahora tampoco. Y sin que fueras capaz de defenderte verbalmente te atravesé los labios entreabiertos con mi lengua afilada. Unos segundos más tarde eras arcilla en mis manos. Palpitante, caliente. Igual que la primera vez te dejaste hacer por mi voluntad. Te dejaste arrastrar por el maremoto de mis deseos. Y antes de que pudieras decir nada otra vez, cuando el aire se me agotaba entre tus labios, desencadené mi magia y desaparecí como llegué.

A partir de ese momento, vivimos dos vidas paralelas o algo parecido. La indiferente con el sol, la desenfrenada con la luna. La excitante, la lasciva, la impúdica, la deshonesta. Entrar, lamerte los labios hasta sentirme enferma y borrarme de tu mente. Volver a mi nido de sombras a perder el control y morirme con el ardor que me dejabas en todo el cuerpo. Así, no se cuanto, no sé cuanto tiempo pasé en una tortura que era peor que la anterior. No sé. Pero solo recuerdo con capacidad taxativa la primera y las dos últimas. Ya lo mencioné antes, hubo una última. No por mi deseo, sino porque puede que ha Hades le cansó el "casi-porno" gratis.

La anterior a esa última noche no ocurrió un día antes, sino una semana. Como una de tantas noches estaba enroscada en tu cuerpo y, como una de estas últimas, me senté y te guíe a sentarme sobre mi, a horcajadas. Seguimos besándonos incluso cuando el aire se termino. Es lo que tenían estas últimas noches, quizás tu cuerpo por una familiaridad inconsciente había dejado de intentar hablarme, solo se dejaba moldear a mis necesidades. Eso creía. Lo cierto es que esa comodidad sirvió para que mis visitas se hicieran más y más largas. Te besé el cuello mientras mis manos se hundían con violencia en mi cabello y las mías por primera vez se colaron más profundamente bajo tu pijama de seda. Subieron arrasando la piel sin delicadeza. Y se anclaron en esos pechos hermosos que escondes debajo. No puedo evitar decir que los había imaginado muchas veces en mis delirios, pero tocarlos es otra cosa. Los apreté entre mis manos y me regocijé al notar la erección de tus pezones. Dimos las dos un respingo. Sin poder controlarme los pellizque y tú, con tu voz de diosa, gemiste mi nombre por primera vez.

"Emma". Y pongo a los dioses de testigo, no lo pude soportar. Había tantos sentimientos en mi cabeza al mismo tiempo que temí por mi poca cordura y por tu vida. Con un inmenso gruñido desaparecí dejando la estela de mi magia desmemorizante por detrás.

Estallé en un grito desquiciado al verme reflejada en mi espejo. Yo no era Emma, al menos no era esa Emma que llego a Storybrooke. No era esa mujer por la que gemían tus labios. No era eso lo más difícil de digerir. Lo peor era que yo, el ser oscuro, la versión malvada de Emma Swan, aquella a la que tantos temen, yo deseaba volver a ser la estúpida salvadora. Este despojo de bruja con la humanidad deshecha clamaba a gritos tener la piel menos pálida y el corazón menos oscuro. Ser la salvadora o solo la sheriff de la chaqueta de cuero para poder ser digna de que gimieras mi nombre. Y ese pensamiento me parecía tan desquiciante que el ser oscuro que habitaba en mi nombre quería que acabe con mi existencia terrenal yo misma para mudarse a un recipiente más apto.

-ERES UNA IMBECIL EMMA SWAN – grité y destrocé el espejo con mi voz. No me importaban las supersticiones, yo ya era la mujer con la peor fortuna de todos los reinos.

Me desgarré los labios a mordiscos y las muñecas a rasguños. Ansiaba olvidarte, olvidarme de todo, ser indiferente, apaciblemente feliz. Pero eso es imposible cuando alguien que es más poderoso observa extasiado tu dolor. De poco valía ser el señor oscuro frente a un dios de la muerte. Lo aprendí la última noche que pasamos juntas en esa vida.

Luego de encerrarme en mi casa por 7 días y 6 noches no pude más con mi agonía y aparecí en tu habitación. Estabas dormida pero abriste los ojos ni bien me acerqué a la cama. Otra vez me miraste con esa expresión incierta, insondable. Y otra vez no dijiste nada. Me tomaste tú de las manos, me sentaste en la cama y te acomodaste en mis piernas. No fui consciente de que la arcilla esta noche era yo hasta que no te quitaste el pijama por los hombros y vi tu piel a mi merced. Levanté la mirada y allí estaban tus ojos pero no había nada incierto en ellos, solo deseo.

-Esta vez – dijiste y yo te deje hablar – no te vayas por favor.

Me faltó el aire al oírlo, te lo puedo jurar pero sé que lo sabes. Saqué ímpetu de algún sitio para preguntar lo obvio - ¿lo sabías?

-Desde la primera noche – respondiste con calma – desde el primer beso.

-¿Por qué no me lo dijiste? – debí preguntarme el porqué no funcionaba mi hechizo contigo pero no pude pensar en eso.

-Lo intenté – sonreíste de una manera que nunca había visto antes y me contagiaste – lo intenté y en lugar de decirte que me había gustado, te aseguré que nunca lo haría.

Me dolía la cabeza pero era imposible dejar de sonreírte y convencerme que esto seguiría siendo real si pestañeaba - ¿he perdido la razón definitivamente verdad?

-Puede que las dos – susurraste antes de unir tus labios a los míos – te echaba tanto de menos estas noches – suspiré como una niña enamorada y en el centro de la prisión oscura de mi pecho, un corazón desterrado latió después de lo que parecían siglos – creía que no volverías.

-Ya estoy aquí – sé que fue lo último que dije porque luego todo se volvió calor, calor a mi alrededor, calor en mi piel y calor en mi interior. Todo sucedía tan rápido y tan aparentemente familiar que no nos preguntamos nada más, lo dejamos suceder sin más. Esa primera noche era la primera en muchos más aspectos de los que podría enumerarte pero no solo la recordaríamos como la primera para mi desgracia, sino también como la última. Porque esa noche se terminó y nunca acabó al mismo tiempo. No pude decirte que te amaba con mis caricias porque el suelo tembló bajo nosotras. Y no solo como una metáfora retórica sino como la cruel realidad que fue. Mi destino se volvía a reír de mí.

Tú, yo, todo Storybrooke tembló y un dios que siempre espere pero nunca creía que vendría apareció para arrasarnos por completo al pueblo entero y liberarnos de los lazos terrenales. Un dios que nos prestó atención a las dos con especial simpatía. Uno que anunció a los cuatro vientos antes de engullirnos hasta su oscuro mundo: "No es divertido cuando se sienten felices".