III. ¿Volver a sonreír? Absurdo

Los dos chicos salieron del taxi, el moreno se adelantó a la chica, y pagó él mismo todo el trayecto. Poco después, las luces traseras del taxi se alejaban en la oscuridad de la noche, dejando a los dos jóvenes solos, iluminados únicamente por una farola, que parpadeaba, dando señales de la poca vida que le quedaba.

La morena dio la espalda al chico, todavía no entendía como no le había dicho nada, ni por qué la había ayudado hacía apenas unos minutos. Pero había algo que estaba claro, aquel chico no la había reconocido. Nico Robin seguía sujetando el bajo de su vestido, el cual había perdido su color rojizo para adoptar un tono más oscuro, a causa del agua que subía poco a poco por el vestido. Siguió su camino, sin saber a donde, ni con quién… Sólo quería irse.

-¡Eh! –Gritó el chico- ¿Adónde vas? Por lo que he visto hace un momento en el taxi, no tienes muchos sitios a los que acudir.

-Cállate… -la voz de la cantante casi pasó desapercibida.

-No sé quien eres, no sé adonde vas, no sé por qué te he ayudado, -el chico tenía sus oscuros ojos clavados en la nuca de la morena- al menos dime como te llamas, y si me lo permites, déjame invitarte a mi casa a tomar algo caliente, debes estar helada… Además…

-¡Te he dicho que te calles! –La morena explotó- ¿Qué importa quien sea? ¿Qué importa si mi ropa esta está hecha polvo? ¿Qué importa lo que me pase?

-…estás descalza…

Se hizo el silencio. Robin respiraba agitadamente, conteniendo las lágrimas, había pagado todo lo sucedido con aquel chico, y encima, no lo conocía de nada.

-¿Me puedes dejar unos zapatos? –susurró ella, mirándole a los ojos. En aquel momento, Robin se percató del chico, era realmente apuesto, sería un poco más bajo que ella, pero no mucho, su cabello era muy oscuro, opaco, casi sin brillo. Realmente era muy guapo. ¿Cuánto hacía que no se fijaba en un chico?

-Si subes a tomar algo y a cambiarte de ropa –el chico esbozó una sonrisa, y sus ojos oscuros se cerraron. Su rostro era igual que el de un niño que consigue lo que quiere, igual que un niño que es feliz, que lo tiene todo, pero que en realidad no tiene nada.

Poco después, la morena se encontraba en una habitación pequeña, con bastante iluminación. La cama estaba perfectamente hecha, así que decidió no sentarse, no quería causarle más molestias a aquel chico. Encima de la cama, el chico no paraba de sacarle ropa, la mayoría suya.

-Siento no tener ropa de… ¿mujer? –dijo con cara de frustración.

-No te preocupes, ya has hecho mucho dejándome entrar a tu casa, de verdad –dijo Robin con una sonrisa en el rostro.

El chico finalmente alzó unos pantalones, eran de color negro, y por lo que parecía eran piratas. También consiguió encontrar una camiseta oscura, estrecha, que seguramente se ceñiría perfectamente al cuerpo de la morena.

-¡Toma! –Exclamó el chico- Estoy seguro que esto te ha de quedar…

Calló. Cuando giró su rostro para mirar a la morena, se fijó realmente en ella. Tenía un rostro delgado, fino, con unos labios estilizados y rojos, pero sus ojos. ¿Dónde los había visto antes? Ese azul que rodeaba su pupila era precioso. Y su cuerpo, su delgada figura, y sus pechos tan...

-Perfecto, muchas gracias –exclamó la morena, ajena a todos los pensamientos del chico- una última cosa, ¿me podrías desabrochar el vestido?

El moreno asintió, y poco a poco, y con las manos temblorosas se acercó a ella. La morena, se recogió el cabello con las manos, dejando a la vista la minúscula cremallera a la vista del moreno, este, con cautela se la fue bajando, con cuidado de no hacerle daño.

La morena notaba sus cálidas manos por su espalda, todo el frío que había pasado debajo de la lluvia estaba desapareciendo. Finalmente, el vestido cayó al suelo, y el moreno pudo ver completamente el hermoso cuerpo de aquella muchacha. Ella, ni corta ni perezosa, se giró, quedándose en un hermoso conjunto de lencería delante del chico. Pasó por su lado, y se dispuso a ponerse la ropa ofrecida por él.

El chico salió de la habitación. Aquella mujer era realmente hermosa, pero también era demasiado mayor para él. El chico esbozó una sonrisa, ¿en qué estaba pensando? De pronto, la puerta del comedor se abrió, y la morena se colocó justo al lado del joven. La ropa le quedaba un tanto ancha, los pantalones se le caían, dejando ver lo que podían ser sus bragas, y la camiseta se le caía hacía un lado, dejando ver la tira oscura de su sujetador. Aún así, Robin era feliz.

-Oye, -exclamó de golpe el moreno- ya que he engañado a un taxista, te he dejado entrar en mi casa, te he prestado la ropa y dentro de nada te voy a decir que te quedes a cenar… ¿no crees que podrías decirme cómo te llamas?

La morena se echó a reír. ¿Cuánto tiempo hacía que no conseguía reírse de aquella manera? Demasiado, casi ni lo recordaba. Desde que había entrado en aquella casa, todo lo sucedido en los últimos años había sido olvidado, todas las entrevistas, todas las cámaras, las mentiras, el dinero, sus canciones… Su hermano… ¡Su hermano!

La morena dejó al chico con la palabra en la boca, y como una desesperada y con cara de angustia volvió a la habitación, rebuscó entre el vestido mojado, debajo de su cama. No estaba. Su bolso. Se lo había dejado en la mesa dónde habían comido hacía apenas unas horas.

-¡Por favor! – El chillido asustó al moreno- déjame hacer una llamada, sólo eso, no te pediré nada más… Me iré enseguida, no te causare más molestias…

-¡Eh! –El moreno la hizo callar- Primero, no me has causado ninguna molestia; segundo, el teléfono está en el comedor; y tercero, no te vas a ir de aquí hasta que comas algo y me digas cómo te llamas.

Las palabras que dirigió a su hermano fueron cortas. Llamó a su casa, esperando que sonase el contestador, y las palabras salieron solas, casi sin ser pensadas con cautela: "Sanji, soy Robin, ¿quién si no? No te preocupes, no me perdones por lo que he hecho esta noche, pero no quiero volver. Finalmente, sé que se siente al volver a sonreír, de verdad… Te quiero, hermano."

No era agradable, esto era lo peor de huir, dejar a su hermano, dejarlo con todo, pero ella sabía que él podía arreglárselas, sabía que desde hacía poco se veía con una hermosa muchacha de cabello azulado, sabía que, sin que la famosa Nico Robin estuviese a su lado, la vida de su hermano iba a ser mucho más fácil. "Él lo ha de entender", se decía una y otra vez a sí misma.

-¿Mi nombre? –finalmente Robin se decidió a contestar la pregunta del muchacho- Robin…

-¡Buah! –El chillido asustó a la morena- ¡Como mola el nombre!

Las sonrisas de aquel muchacho eran como una droga para la morena, a penas llevaban unas horas juntos y ya era incapaz de estar dos minutos sin verlo sonreír.

-Yo soy Monkey D. Luffy, aunque ya que llevas puesta mi ropa, te permito que me llames sólo Luffy, así que siéntete afortunada, ya que te considero una amiga. –Otra cálida sonrisa- Por cierto, si quieres puedes colgar el vestido en la terraza, seguro que mañana ya estará seco.

-Perfecto –concluyó la morena- pero no quiero que se seque, de hecho, creo que tiraré ese vestido. Aún así, me gustaría ver la terraza; y ya puestos, me gustaría que me acompañases…

El chico no salía de su asombro. ¿Quién era en realidad aquella mujer? ¿Por qué no le había contado nada de su vida? Y lo peor de todo, ¿por qué no podía dejar de mirarla…?