2.- Bromas, Silencio, y una lechuza perdida.

"Tío Vernon gritando" pensó, y luego movió su cabeza, sonriendo a medias.

Hacía casi un mes que no lo escuchaba rugir por algo. No había escuchado aquel despreciativo y seco "muchacho" con el que tío Vernon usuaba llamarlo; ya no lo mandaba temprano a la cama, ni recibía media ración menos al almuerzo; incluso lo dejaban ver el noticiario de las nueve con ellos. Harry volvió a sonreír, un poco más relajado, evocando en su mente la extraña expresión de Moody al despedirse meses atrás: "No dejes que los Dursleys te traten mal. Si no sabemos de ti en tres días, alguien de la Orden te hará una visita. Y no creo que usted quiera un par de magos en la entrada de su casa" había dicho, desafiando a tío Vernon con la mirada.

Lo cierto es que Harry, en aquel extraño momento de su vida y erguido en la estación King Cross, jamás pensó que las palabras de Moody surtirían efecto, aun cuando la cara de horror de tía Petunia podía darle una pista de lo que sucedería durante el resto del verano. Y no es que le importara demasiado: Sirius acababa de morir y sólo deseaba reunirse con él, aunque tuviera que hacerlo con sus propias manos. Pero era un pensamiento demasiado nefasto y prefirió, desolado, reflexionarlo un poco más antes de cometer una locura. Entonces sólo se limitó a volver a Privet Drive, sin decir una palabra, cabizbajo, dispuesto a recibir los usuales malos tratos. Pero - con tanta sorpresa que le costó varios minutos reaccionar - esa misma tarde tío Vernon lo había llamado a cenar, forzadamente sonriente, e incluso había aceptado que recogiera algunas verduras para darle de comer a Hedwig. Y eso sólo sería el inicio. Durante más de un mes tío Vernon y tía Petunia debieron luchar contra su naturaleza hostil y hacer de la vida de Harry algo más... soportable, pero sólo si un continuo silencio pudiera denominarse así.

Hasta Dudley había cambiado de actitud, claro que él era un caso aparte. El vivo recuerdo del ataque de los Dementores el año pasado había aquietado bastante su brutal comportamiento hacia Harry. Ya no lo empujaba en el pasillo, ya no le gritaba ni intentaba comerse su cena; siguiendo el modelo de sus padres, no había compartido con él ni una palabra, ni siquiera un insulto, y ahora apenas le dirigía la mirada. Y no es que le preocupara mucho, pero sí le inquietaba que tal vez su primo hubiera quedado con algún tipo de secuela, luego de que su alma estuvo a punto de ser extraída por aquel indeseado guardián de Azkabán. Continuaba llegando tarde por las noches, y se paseaba constantemente con sus guantes de boxeo puestos, golpeando cualquier cosa que se moviese. Según Tío Vernon, faltaba muy poco para que Dudley fuera descubierto por algún agente profesional, aunque Harry tenía sus dudas al respecto. Cada vez que peleaba lo hacía con niños bastantes más pequeños que él, por lo que gozaba de una eterna amplia ventaja. Pero bueno, al menos pasaba mucho tiempo fuera de casa, ideal para que Harry no tuviera que aguantarlo espiando tras las puertas, o peor, escuchar el abrir y cerrar del refrigerador cada dos segundos para sacar un nuevo pedazo de un enorme jamón serrano, regalado por Tía Petunia luego de que ganara la última pelea. Si seguía descuidando su peso, quizá ya no podría ni subir la escalera. Ya sucedió que, siguiendo las instrucciones de silencio de su padre, no pudo pedir ayuda a Harry para alcanzar el primer escalón. Iba con sus brazos abarrotados en pasteles de crema, y ni Vernon ni Petunia se encontraban ahí a esa hora, salvo su primo. Pero no, no podía hablarle, se lo tenían prohibido. Así que, después de veinte minutos de un infructuoso intento por subir al dichoso peldaño, decidió simplemente sentarse en él y comer ahí todo su cargamento. Su pequeño cerebro no daba para más análisis.

Gritos provenientes de la calle sacaron a Harry pronto de sus pensamientos. Ni siquiera tuvo que asomarse a la ventana para saber quién los emitía: la Sra. Figg, su extraña vecina recientemente descubierta como una Squib, vestida con su usual bata rosa y con un bolso en la mano, golpeaba a Mundungus Fletcher en la cabeza, obligándolo a salir por la reja delantera. "¿Qué habrá hecho ahora...?" pensó Harry, sonriendo, para luego fijar la vista en una tercera persona, quien acaba de aparecer tras la puerta principal de la casa. Una joven, quizá de la misma edad de Harry, parecía muy divertida con la escena que presenciaba. Caminando hacia ellos, abrazó fuerte a la Sra. Figg, tal como si estuviera despidiéndose. Luego hizo un gesto con la mano hacia Mundungus, suprimiendo una carcajada, para luego cruzar la reja de calle, adentrándose en la avenida.

Harry no pudo dejar de observarla hasta que se perdió de vista. Pelirroja, de contextura media y tez blanca, parecía ser una gran conocida de la Sra. Figg, por la forma en que se despidieron. Algo evasivo a reconocerlo, pensó en la posibilidad de ir hasta su casa por la tarde y preguntarle quién era, de dónde la conocía. Pero lo veía poco viable; para eso tendría que preguntar a Tía Petunia si podía salir, y lo más probable es que evitara su mirada, como tantas veces, y regresara a sus quehaceres.

Todo había comenzado hace apenas una semana, donde hubo otro momento en que Harry ya no sabía si molestarse por aquel maldito silencio de los Dursleys, o echarse a reír. Había sido una mañana cálida y soleada, en la que en toda la casa no se escuchaba más que el murmullo monótono del televisor. Él masticaba su tostada en una esquina del comedor, cabizbajo, pero con un ojo puesto en cada movimiento de sus tíos. Vernon simulaba prestar atención a lo que sea que el canal estatal estuviera transmitiendo, hipnotizado, mientras Petunia seguía dándole vueltas a una cacerola humeante con un gran cucharón de madera. Dudley, a los pies de su padre, veía la pantalla con tanta o más devoción.

Se rió para sus adentros, al ver a esa escena tan patética... no podía creer que en vez de estar sentado al calor del fuego de Grimmaud Place, o con sus padres, estaba en una casa repleta de muggles que se estremecían al escuchar la palabra "mago", "magia" o "varita".

Subió a su habitación, lentamente, tentado a escuchar las noticias... aun sabiendo que no soportaría el maldito silencio que reinaba en su presencia.

El escritorio estaba repleto de envoltorios de Honeydukkes y una caja de grageas de todos los sabores... También estaban los famosos dulces vomitivos de Fred y George. El vidrio de la ventana estaba limpio (gracias a la lluvia) y transparentaba toda Privet Drive. Miro hacia la casa de señora Figg. Miro mas allá, en el cruce de Magnolia, donde vio por primera vez a... no podía mencionarlo... era como confirmar su muerte. Pero algo lo saco de sus melancólicos pensamientos...Una lechuza se acercaba... no eran dos, pero una mas se les sumo... una muy hermosa, de plumas rojizas en el cuerpo, y en la cola un color entre rozado y café. La primera era gris y grande y la otra blanca nívea, que reconoció como su propia Hedwig. Hedwig y la gris seguían con devoción a la otra roja. Como si fuera la líder, la jefa... movía sus plumas con orgullo y arrogancia, pero siempre elegantemente. Como si fuera una lechuza de las antiguas leyendas.

La gris se desvió hacia el Este, y sollo llegaron Hedwig y la roja, que aterrizaron en el alfeizar de la ventana. Una fatigada pero orgullosa, y otra arrogante y elegante al mismo tiempo.

Hedwig traía un ratón en el pico y un pergamino normal enrollado y amarrado suavemente a la pata. El pergamino decía lo siguiente:

Harry:

¡Hola! Lamento no haber enviado nada para tu cumpleaños. Pero parece que Ron te lo envió por mi.

Veras. Estamos con Ron en mi casa, en Londres... mis padres salieron de viaje, y como... bueno, por culpa de... ¡Oh! Por culpa de Kreacher Voldemort sabe nuestros movimientos, y también sabe donde queda el cuartel general y la dirección de la madriguera. Está la Orden, yo Ron y los demás... Espero que vengas pronto... hay muchas cosas que contarte, pero no las puedo decir, ya que la lechuza podría ser interceptada. Saludos a los muggles, y espero que te esten tratando bien, porque o sino tendrán que vérselas con Alastor.

¡Ven Pronto!

Hermione.

¡Genial! Por fin estaría pronto con sus amigos, aunque una cosa lo perturbaba. Seguro que Remus, la señora Weasley, Hermione o Ron querrían tocar el tema de Sirius. Harry no tenía ningún reparo en gritar a los cuatro vientos lo que sentía por Sirius, y lo que el había significado para el, pero no en ese caso. No como una noticia.

Dejo automáticamente de pensar en eso, y abrió la carta de la lechuza Roja. Lo dejó muy perplejo, ya que la lechuza no dejo que Harry le sacara la carta, si no que ella hizo un movimiento de cabeza, y la carta voló a sus manos. El pergamino era muy amarillo, y estaba plastificado por un forro transparente de un genero parecido a la seda. Tenía grabadas las siguientes palabras:

Querido Hyarion:

Hoy no hemos decidido nada importante en el consejo, solo que los Cauquenino serán designados desde el mundo Istari, luego de una gran selección. La persona que seleccionara será la princesa Tynuvïel. ¡Sí! ¡Mi propia hermana! No sabes lo furiosa que estoy de que me obliguen a llamar princesa a la persona que se revolcaba conmigo en el barro hace cinco años. Mi hermana menor. Que fraude. Solo por que es mas hermosa que yo. Debo confesar que amo a mi hermana, pero no estoy dispuesta a soportar ver como mis padres se arrodillan ante ella.

La mandaran a una escuela de magia. Hogwarts creo. Seleccionara a dos Istaris para tomar los puestos de príncipe y princesa Cauquenino y yo la acompañare disfrazada de una niña que le gusta la herbología. Realmente, no se que pensaron cuando nos dieron esa tarea.

Me despido, y espero que tu viaje desde el mundo Istari en "threstals".

Theroiel.

Harry Potter dejo caer la carta en estado de shock prolongado.