Capítulo 3
La bruma mañanera acariciaba la superficie del océano. Korra estiró las piernas y echó un vistazo a los árboles que había un poco más adelante, junto a la orilla. Muy pronto sus hojas brillarían como llamas contra el azul del cielo. Adoraba el otoño.
Respiró hondo y saltó desde el paseo de madera para comenzar su cotidiana carrera en medio de la fría atmósfera de la mañana. A medida que se aproximaba al agua fue acortando deliberadamente el paso para quedarse en la parte seca de la arena, donde debía esforzarse más para correr. Ocho o diez años atrás, ni se le habría ocurrido que podrían llegar a gustarle aquellas rutinas ya familiares. Nunca había podido controlar su tiempo ni su vida, de modo que el hecho de diseñar y mantener sus propios horarios le proporcionaba una agradable sensación de poder. En aquella lejana época le había sido muy difícil obligar a obedecer a aquel mismo cuerpo que ahora respondía con tanta facilidad a sus exigencias.
Casi podía oír a Katara Quinn aconsejándole que no se castigase a sí misma por lo que había tenido que padecer mucho antes de poder apañárselas sola. Korra la recordaba con cariño, pues había sido la primera persona adulta que fue capaz de llegar hasta ella en muchos años.
A los veintiuno Korra se sentía destrozada, desilusionada, descuidada por sus mayores y llena de odio. Katara, que por entonces tenía casi cincuenta años, trabajaba como voluntaria en el Centro Juvenil de Providence. En sólo seis meses, Korra aprendió a respetar primero, y después a querer, a su mentora. Habían seguido en contacto todos aquellos años, pero últimamente no conseguía localizarla, lo cual la tenía apenada y preocupada.
Cabeceó para librarse de tan tristes pensamientos y respiró hondo. «¡El maravilloso aroma del otoño, mi época favorita del año!» También era buena estación para su negocio, aunque sin la agitación de las muchedumbres veraniegas. La playa estaba casi vacía. Así era como le gustaba a Korra. Corrió durante diez minutos más antes de distinguir que alguien se aproximaba. La misma brisa que se llevó las brumas de la madrugada hacia el mar agitó el abrigo color caramelo de la mujer.
Al acercarse más en su carrera Korra pudo ver que la mujer no estaba sola, sino que la flanqueaban dos enormes perros. Redujo el paso para no alarmar a los dos animales de raza Gran Danés, al tiempo que caía en la cuenta de que aquellos debían de ser Perry y Mason, los perros de Asami. No era que aquella raza fuese poco habitual en Nueva Inglaterra, pero, que ella supiera, nadie de la vecindad tenía perros así. Unos pasos más y pudo distinguir la larga cabellera de Asami, alzada al viento como una vela de seda.
Korra acabó andando en lugar de correr, y por fin se detuvo junto a ella y comenzó a estirar una pierna cada vez, llevándola hacia atrás lo más posible.
—Me alegro de volver a verte, Asami.
Asami parecía necesitar un pequeño descanso, pues no dejaba de esforzarse por controlar a los excitados animales al tiempo que intentaba apartarse el pelo de la cara.
—¡Korra! ¡Veo que has madrugado!
—Es una costumbre, siempre corro a primera hora de la mañana. Nunca te había visto por la playa.
—Perry y Mason se empeñaron hoy en explorar nuevas zonas, y pensé que sería mejor hacerlo antes de que esto se llenase de gente.
—Bien pensado. Así que estos son tus chicos… son muy lindos.
—Esa no es la palabra que yo utilizaría para describirlos, pero ahora se están portando bastante bien. Algunas veces se ponen fuera de sí y no hay quién los controle —rió Asami mirándolos con afecto.
Korra no pudo evitar sonreír. «¡Qué risa la suya! ¡Nunca había oído nada tan bello!» Miró a los enormes perros con respeto.
—Son una maravilla… ¿Puedo acariciarlos?
—Por supuesto, son muy sociables.
Korra se acercó cautelosamente al que creía que era Mason y lo miró a los ojos al tiempo que tendía la mano hacia él. Se relajó al ver que el animal la lamía al momento y daba unos pasos hasta apretarse contra su cadera.
—¡Dios Santo! ¡Cuando dije que eran sociables no creí que tanto! Mason nunca se encariña así con nadie —dijo Asami acercándose a ella—. Normalmente es muy reservado, especialmente con los extraños. Perry es el más adulador de los dos.
—Oh, sé cuál es el motivo: huelo a bollos recién horneados — sonrió Korra, sorprendida de lo mucho que le atraían aquella excéntrica mujer y sus perros—. Seguro que cree que hay algo apetitoso en mi bolsillo.
—Puede ser —contestó Asami riendo de nuevo.
Dio un paso hacia delante al tiempo que el otro perro se colocaba frente a ella y la hacía tropezar. Tambaleándose, intentó apoyarse en Korra, pero perdió el equilibrio.
—¡Merde!
Korra apartó de en medio a Mason y deslizó los brazos bajo Asami, evitando que cayese.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, sí, gracias —jadeó Asami apoyándose en Korra—. No he prestado atención, eso ha sido todo.
De pronto Korra sintió una repentina y alarmante urgencia por sujetar a Asami con más fuerza, por protegerla. Notó otro empujón contra una de sus piernas y bajó la vista.
—Parece que a Perry también le gusto mucho —dijo, cambiando de tema, al ver que el gemelo de Mason le olisqueaba los bolsillos—. Tendré que traer unas galletas para perros, por si volvemos a encontrarnos.
Sin dejar de apoyarse en Korra, Asami tomó fuerzas antes de contestar:
—Estoy segura de que nos veremos. Pienso acostumbrar a los perros a estos paseos mientras pueda, aunque no sé exactamente cuánto tiempo me quedaré en East Quay.
Korra dudó un momento pero finalmente se apartó de Asami. No deseaba reanudar su carrera; se limitó a quedarse allí, hechizada por los ojos de aquella mujer, que le recordaban el color del Bosque y a la luz del día eran todavía más verdes, sin el excesivo maquillaje que llevaba en televisión.
—Tengo entendido que eres cantante de ópera.
—Sí. Después de actuar para la Fundación Winter pienso tomarme unos días de descanso. Lo creas o no, serán mis primeras vacaciones en estos dos últimos años —contestó Asami, para después mirarla con gentileza—. Tú también pareces ser una gran trabajadora. En eso somos iguales.
—Supongo que sí —dijo Korra, notando que sus mejillas se acaloraban al sentirse observada—. Cuesta mucho mantener el negocio a pleno rendimiento, de modo que tengo que trabajar casi las veinticuatro horas del día, con un descanso de vez en cuando para echar una siestecita.
Los perros comenzaron a tirar hacia la dirección de la que había venido Korra.
—Están impacientes —comentó Asami; hizo una pausa y después señaló una casa construida sobre unas columnas, a unos cincuenta metros de la orilla del mar—. La casa de mi agente está allí mismo. ¿Te gustaría beber algo, un zumo, o una taza de café?
Korra iba a utilizar su negocio como excusa para declinar la invitación, pero de repente cambió de idea. «Nunca salgo a ningún sitio, y seguro que ella descubrirá enseguida que no soy nada sofisticada. Pero creo que le gusta hablar conmigo, y desde luego yo podría estar contemplándola toda la vida.»
—Un zumo estaría bien, gracias —contestó devolviéndole la sonrisa.
Mientras caminaban hacia las dunas, Korra se dio cuenta de que, aunque no conocía a Asami, deseaba vivamente hacerlo.
Asami soltó los perros antes de subir las escaleras. Sonrió al ver lo mucho que se habían encariñado con Korra. Aquella reacción le pareció de buen augurio, ya que Korra era la primera persona a la que invitaba a su casa, y la perspectiva la hacía sentirse tensa. Había recibido muchas veces a sus colegas del mundo de la ópera, sí, pero aquello eran negocios. Sin embargo, el hecho de recibir la imprevista visita de una joven la intimidaba todavía más que el inminente recital.
Asami invitó con un gesto a Korra a sentarse en el patio, antes de entrar a toda prisa en la casa. Tomó una jarra de zumo de naranja de la nevera y la colocó sobre una bandeja de plata junto con un par de vasos. Respiró hondo al tiempo que la alzaba en el aire, se mordió la punta de la lengua para concentrarse en mantener el equilibrio y la llevó al patio, esperando no tropezar ni derramar nada en el trayecto. Cumplida con éxito su misión, colocó la bandeja sobre la mesa de hierro fundido.
—Aquí tienes.
—Gracias —dijo Korra, que seguía acariciando a los perros—. Perry, Mason, sentados.
Asami contempló atónita cómo sus chicos se echaban obedientemente a los pies de Korra, mirándola como si estuviesen ansiosos de recibir sus elogios.
—Buenos perros —les dijo Korra, y sus palabras fueron recibidas con miradas de adoración y meneos de cola—. Me alegro de que no les hayas recortado las orejas ni el rabo.
—No —dijo Asami, agradeciendo de corazón aquel comentario—. La verdad es que me parece innecesario y antinatural someter a una mascota a ese tipo de tratamientos.
—Sé lo que quieres decir. Habías mencionado que son hermanos, y la verdad es que son muy parecidos.
—Sí; algunas personas me advirtieron de que podrían volverse hostiles el uno con el otro al hacerse mayores, pero después de seis años siguen sin hacer más que jugar juntos.
—Son muy amigos, ¿eh, chicos? —les dijo Korra acariciándoles las orejas—. Son geniales.
Asami bebió un poco de zumo y le hizo un gesto a Korra para invitarla a coger el otro vaso. Examinó atentamente a Korra: el pelo castaño, el rostro de un color moreno y aquellos ojos de un azul oscurísimo, los más oscuros que había visto nunca. Delgada, Korra parecía frágil, pero su manera de correr sugería la existencia de fuertes músculos bajo su suave piel.
Se dio cuenta de que sentía una inesperada atracción por ella, extraña e inoportuna a la vez. Era cierto que últimamente se estaba comportando de una forma poco habitual en ella, y por una buena razón, pero la verdad era que no tenía tiempo que dedicar a desentrañar misteriosas sensaciones. Sería mejor que optase por un tema de conversación neutro.
—¿Así que te criaste aquí?
—Viví en el otro extremo de la ciudad la mayor parte de mi vida, al sur de East Quay, en las afueras, a cuatro paradas de bus de la estación. Ahora han construido toda una comunidad allí, como un nuevo barrio residencial, aunque suena bastante ridículo que lo tenga una ciudad tan pequeña.
—A no ser que tengas en cuenta la temporada turística y el gran número de visitantes que eso supone.
—Cierto. En verano está esto a tope de familias que se traen hasta sus perros. No me refiero a ustedes, por supuesto —añadió con un guiño.
Asami deseó que su sonrisa no pareciese tan forzada como ella creía. Mantener una expresión relajada le estaba costando más de lo que esperaba.
—Por supuesto. Sé exactamente a lo que te refieres. Yo me crié no lejos de aquí, algo más hacia el centro, en Delivery Street, y en cuanto tuve la ocasión me alejé de allí lo más que pude. Lo odiaba entrañablemente. Era tan caduco y deprimente… —dijo haciendo una mueca—. Supongo que por eso…
—Por eso, ¿qué?
—Por eso me sorprende tanto que el regreso a East Quay haya sido tan agradable. Me siento como en casa, ¿entiendes? Es muy extraño, porque ya no conozco a nadie de aquí, excepto a mi agente y a Elsa Winter.
—Pero no se puede decir que hayas vuelto a los arrabales, ¿eh? —dijo Korra haciendo un gesto al tiempo que miraba a su alrededor, contemplando la lujosa estancia—. Este es el mejor barrio de East Quay.
—Como ya he dicho, no es mía.
—Pero seguro que ganas más que tu agente —contestó Korra con un mohín—. Si no, será que eres una ingenua o que estás haciendo algo mal.
Asami echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada.
—¡Cierto, cierto! Desde luego este no es ningún apartamento diminuto situado sobre un almacén. Sienta bien poder regresar a «la zona decente de Quay» y ayudar al hospital de la ciudad haciendo lo que mejor sé hacer.
—Y así debe ser. No hace falta ir a demostrar nada a los barrios pobres.
«¡Increíble, lo ha entendido!» Asami deseó posar la mano sobre la de Korra y apretársela cariñosamente para agradecérselo, pero en lugar de eso se decidió por juguetear con las sedosas orejas de Perry. «Si ella lo entiende, tal vez sea cierto que puedo volver a casa.» Seguían doliéndole algunos de los comentarios que habían hecho los periodistas durante la conferencia de prensa, tal vez porque, en el fondo, estaba convencida de que estaban justificados. «Es cierto que abandoné este lugar sin mirar atrás hasta ahora, a pesar de todos los intentos que hicieron por que viniese a actuar aquí. Y resulta que ahora necesito a esta gente mucho más de lo que ellos me necesitan a mí.»
—Vas a actuar gratis, ¿verdad? —preguntó Korra interrumpiendo sus pensamientos—. Eso es genial, muy generoso por tu parte.
—Gracias. Sí, es cierto. Seguro que esas entradas a mil quinientos dólares cada una serán de gran ayuda para construir la nueva ala infantil del hospital. Elsa Winter espera que acuda la mayoría de los aficionados a la ópera de Nueva York.
—¡Magnífico! —aprobó Korra—. Con todos los recortes presupuestarios que ha sufrido últimamente, no hay duda de que el hospital necesita esos fondos.
Asami pasó los dedos por el borde de su copa, creando un delicado y hechizante sonido que hizo enderezar las orejas a sus perros.
—Lo sé. Después de que Elsa y yo hablásemos del proyecto, mi agente se ocupó de todos los detalles. Él al principio tenía sus reservas, pero le dije que, puesto que pensaba dejarlo, esta sería una fabulosa manera de dar por terminadas mis giras. Si te soy sincera, Korra, he estado viajando durante mucho tiempo, y…
«… Ahora todo esto me supera.» Menos mal que sabía que Wu se ocupaba de todo, mientras ella no hacía más que ir a sus citas médicas una y otra vez. Era mucho más que su agente. Antes de conocer a Elsa, Wu y su esposa eran sus únicos amigos, y así había sido desde la adolescencia. Las hordas de admiradores y de fanáticos de la ópera que la rodeaban constantemente, aparte del pianista que tocaba con ella, la maquilladora y los periodistas, no eran que digamos una buena fuente de nuevas amistades. Además, ella había sido siempre una ambiciosa trabajadora compulsiva.
Asami se dio cuenta de que estaba dejándose llevar por sus pensamientos.
—Debo hacer unos cuantos cambios —añadió con viveza—, por eso decidí tomarme un descanso aquí. El tiempo dirá si ha sido una decisión sensata.
Tomó un nuevo sorbo de zumo antes de continuar:
—Y dime, ¿cómo fue que acabaste siendo la propietaria de esa cafetería tan exitosa?
—Pema y Tenzin me ayudaron a convertir una cafetería situada bastante a desmano en el punto de reunión favorito de los propietarios de yates y, más adelante, de la gente de East Quay en general —explicó Korra, con cierta reserva—. Más tarde conseguimos atraer a muchos forasteros, gracias a una fuerte campaña publicitaria. Hasta ahora no podíamos acoger a muchos clientes más. A la hora del desayuno y al mediodía tenemos sobre todo clientes fijos, y por la noche viene gente de todo tipo a cenar y tomar un café.
—Por lo que parece, tienes mucho trabajo.
—Se hace interminable, sí. Por eso es tan importante para mí correr todas las mañanas. Gracias a eso puedo… respirar.
Cuando vio la cauta sonrisa que apareció brevemente en el rostro de Korra, Asami recordó aquella otra, sorprendentemente bella, que había podido ver una vez, a pesar de que desapareció tan pronto como había asomado. ¿Cómo podía haberle hecho tanto efecto una simple sonrisa?, se preguntó, buscando desesperadamente algo que responder.
—Ya me lo imagino. La mayoría de la gente no se da cuenta del esfuerzo físico que conlleva ser cantante de ópera. Es como si trabajase de leñadora.
—¿Leñadora?
—El cuerpo acaba machacado después de actuar durante toda una velada.
—Me alegro de haberte encontrado esta mañana. Esto es magnífico —dijo Korra, haciendo un gesto que abarcaba a los perros, los vasos y las vistas sobre el océano.
—Estoy de acuerdo. ¿Cuántos años tienes, Korra?
La pregunta escapó de sus labios sin poder evitarlo. «¡Maldita sea! ¿Adónde han ido a parar mis modales?»
—Treinta y cuatro —contestó Korra, sin asombrarse ni lo más mínimo—. ¿Y tú?
—Cincuenta y tres —replicó Asami, aliviada al oír la rápida contestación a su impulsiva pregunta—, aunque cumpliré cincuenta y cuatro en unos meses.
—Pareces mucho más joven.
—Gracias, tú también. La edad no es más que un número. Los cantantes de ópera no somos como la mayoría de los actores de cine y teatro: hasta bien avanzados los sesenta, podemos seguir encontrando trabajo. El maquillaje ayuda, pero nuestra actuación no se basa en el aspecto físico, sino en la voz.
—En ese tema no necesitas ninguna ayuda —dijo Korra impulsivamente.
Azorada y complacida a la vez, Asami cambió de tema.
—Puedo comprender perfectamente qué es lo que hace que la gente acuda a tu cafetería: ¡es tan cálida y acogedora…! Además, seguro que atraes a todo tipo de amantes del buen café.
Korra jugueteó con su vaso, aturdida ante aquella alabanza.
—Lo sé. Los entendidos se preocupan mucho de la forma en que molemos y preparamos sus cafés. Y ha valido la pena ser meticulosa. Mi mejor inversión, sin contar a Pema y Tenzin, fue nuestra cafetera exprés último modelo. Me pasé toda la primera noche admirándola, haciendo capuchinos, cafés con leche, cafés moca y diez especialidades más. Tenzin no hace más que decir que me encontró dormida y abrazándola, pero no lo recuerdo.
—Pues ya tienes una nueva clienta que añadir a tus habituales — anunció Asami, sonriendo ante su repentina promesa, por muy limitada que fuese—. Me encanta el ambiente, y las vistas son maravillosas.
—Gracias. Esa era la idea. Cuando el sol se pone y el cielo se tiñe de púrpura y naranja, el puerto es un lugar bastante romántico. Al menos si crees en el amor —añadió Korra con una mueca sarcástica.
—¿Tú no? —preguntó dulcemente Asami.
—No.
—¿Nunca has creído en él?
—No lo busco —dijo Korra encogiéndose de hombros, algo incómoda—. Tengo un negocio que atender.
Asami reconoció con demasiada claridad su propia vida en aquella frase y eso la hizo entristecer. Al parecer tenían en común la soledad. Korra se levantó de su silla; Perry y Mason alzaron la cabeza, atentos.
—¿Debes volver al trabajo?
—Me gustaría quedarme más tiempo, pero… —contestó acariciando a ambos animales, que se pusieron en pie, expectantes—. Y ahora, chicos, pórtense bien, y la próxima vez les traeré galletitas para perros, si a su mamá le parece bien.
Sus mejillas enrojecieron cuando miró a Asami.
—Maldita sea, no pretendía invitarme a mí misma.
Deseando que Korra dejase de mortificarse, Asami posó una mano sobre su hombro.
—Puedes venir cuando quieras. Yo estaré aquí casi siempre, cuando no vaya al ensayo.
—Muy bien entonces. ¡Hasta luego!
Korra acarició los perros y asombró a Asami al tocarle suavemente el brazo, un contacto tan breve que apenas pudo notarlo.
—Que tengas un día magnífico —añadió.
Después bajó corriendo los escalones hacia la playa y comenzó a correr a un armónico paso, justo al borde del agua.
Asami se tocó el brazo, en el que seguía notando la caricia de Korra. El cielo estaba completamente en llamas, pero se resistió a la urgencia de cerrar los ojos. En lugar de ello se quedó mirando a Korra hasta que desapareció de su vista.
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Deilys leon: verdas?? jajajaja yo también la hubiera puesto de bailarina erótica digo bailarina. tal vez nos da una danza. me alegro que te haya encantado.
miguel: me alegro que te guste y no hayas visto tan atrevido lo que puse, lo que pasa es que a la mayoría no le gusta o lo siente raro.
Deilys len: jajajaja estas historias tienen su algo que atrae. Asami tiene 53 y Korrita tiene 34 es un crio jajajaja. Es sorpresivo pero cuadra.
Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
