Tercera Parte

-Una fiesta de disfraces... – dijo Albert.

-¡¿Una fiesta de disfraces?! – se emocionaron Patty, Annie y Elisa.

-¿Una fiesta de disfraces? – dudó Archie.

-¡¡¡Una fiesta de disfraces!!! – se alegraron los niños, y Neil.

Nadie osó negarse al deseo de Candy, de convertir la fiesta de Navidad en una fiesta de disfraces, a pesar del corto tiempo disponible. Sólo dos semanas. Se avisó a todos los invitados de la modificación y se agotaron en pocos días los disfraces de la ciudad.

Los Andley decidieron que todos en la familia usarían una misma temática: las máscaras antiguas. Esto por idea de Candy, que deseaba que los rostros de los invitados estuvieran lo más tapados posible. Así nadie se fijaría en Malcolm, ni en el parecido de éste con Susana y Terry.

Las dos semanas que faltaban para la gran fiesta pasaron rápidamente. Susana puso el grito en el cielo cuando supo que Malcolm no iría a casa para Navidad, pero él no le hizo caso. Su madre se enojaba por todo. Le dio pena, eso sí, la resignación de su abuela y sus hermanos menores. A su padre ni siquiera pensó en avisarle.

Las enfermeras estaban muy emocionadas con el evento. Todas las que trabajaban en la sección de Candy habían sido invitadas y prepararon sus trajes con gran cuidado. Esperaban pescar un "pez gordo" entre los invitados de la fiesta.

También los niños de la casa Andley estaban felices. Los habían dejado disfrazarse de superhéroes, aunque se salieran del tema de la fiesta, así que todos decidieron se Superman y Batman. Tenían pensado hacer un pequeño acto antes de la cena, que prepararon con gran cuidado. Era una representación del Nacimiento, pero en vez de animales habría superhéroes. Lo encontraban de lo más original.

Hasta que llegó el gran día.

Malcolm se disfrazaría del Zorro. No tenía mucho de veneciano, pero a él le encantó el traje negro con la mascarita y el sombrero a tono, así que hizo caso omiso al tema de la fiesta. Ese día no hubo clases, por lo que estuvo toda la mañana probándose el traje y practicando poses elegantes frente al espejo. De pronto, llaman a la puerta:

-¡Sorpresa! – casi sin poder creerlo, Malcolm estaba siendo abrazado por su padre. Correspondió automáticamente al abrazo, hasta que reaccionó y se apartó de un salto.

-¿Qué haces aquí?

-Feliz Navidad también para ti, Malcolm. ¡Vine a buscarte! ¡Nos iremos a Nueva York! Me prestaron un avión y nos están esperando. Será una gran sorpresa para tu abuela y tus hermanos. ¡Navidad en familia!

-¡Cómo se te ocurre! Papá, yo soy adulto y tengo compromisos...

-¿Qué compromiso puede ser más importante que... – Terruce entró sin permiso a la habitación de su hijo y vio el disfraz sobre la cama – Ah, una fiesta. Así que esto es lo importante.

El padre se sentó en el borde de la cama con expresión apesadumbrada. Malcolm sintió algo de remordimientos.

-Papá, no es que no me importe la familia, sólo que...

-Es por una chica, ¿verdad?

-Algo así...

-Cómo que algo así. Supongo que no será por un varón, ¿verdad? – Terruce miró a su alrededor, fijándose en los detalles de la habitación de su hijo. Muy ordenado, tal como él. Sin fotos familiares, igual que lo hacía él. Cero apego a la familia, tal como su padre. De tal palo tal astilla. De pronto se le ocurrió algo espectacular. Sonrió con gran felicidad mirando el disfraz.

-¿Qué estás planeando? – preguntó Malcolm, suspicaz.

-El avión que pedí es del estudio. Hay trajes de época en él.

Malcolm comprendió rápidamente.

-Oh, no, papá...

-Nadie me reconocerá. Iré de Zorro, hay un traje casi igual al tuyo.

-No, papá, me opongo.

-¿Acaso te avergüenzas de tu viejo padre?

-Sí.

-No seas irrespetuoso, Malcolm. Vine a Chicago a buscarte; y si no te llevo conmigo, al menos pasaré la Navidad junto a ti.

Malcolm suspiró, molesto; iba a negarse, pero se fijó en la expresión anhelante de su padre y no tuvo corazón para decirle que no.

-Vamos por tu disfraz y después pasamos a la fiesta.

Terruce abrazó a su hijo y salió alegremente. Malcolm tomó su disfraz, suspiró con resignación y lo siguió.

Llegaron un poco atrasados a la fiesta. Como tenían el mismo disfraz y la misma contextura, lucían prácticamente idénticos.

Primero entró Malcolm, que era el que tenía la invitación. Acordaron que después la lanzaría por una ventana, Terruce la tomaría y se colaría a la fiesta.

Había por lo menos doscientos invitados, y más de la mitad eran niños. Malcolm estuvo a punto de ser atropellado por un grupo de tres Batman y dos Superman, cuando Candy apareció a salvarlo. Tenía una máscara encarnada, un hermoso vestido de igual color – escotadísimo – y el cabello suelto le caía en suaves ondas cubriendo sus hombros.

-Te demoraste, Zorro de la Vega – le reclamó ella - ¿Qué sucedió?

-Surgió un imprevisto.

-Vamos que quiero presentarte a mi familia. Estamos en un salón más pequeño, aquí la bulla es impresionante.

-Vamos. Pero antes quiero acercarme a la ventana.

-¿Para qué?

-Para ver las estrellas – respondió rápidamente. Se acercó a la ventana y tiró la invitación. Su padre, que esperaba abajo, la tomó y se escabulló a la entrada principal.

Candy miró divertida a Malcolm, sin darse cuenta de lo que hizo. Lo tomó del brazo y lo arrastró.

-Vamos que te voy a presentar – le dijo -. No menciones tu apellido.

-¿Por qué? – dudó él, desconfiado.

-Te van preguntar por tu famosa familia y no te dejarán en paz. Confía en mí, no les digas tu apellido. – Candy ya tenía preparada esa excusa - Y no te saques la máscara. Recuerda que es una de las reglas de la fiesta.

Lo llevó a un salón pequeño, donde estaban reunidos los adultos de la fiesta, huyendo del bullicio de los niños y jóvenes. Casi parecía una fiesta paralela con música suave y conversaciones en voz baja.

Candy se acercó a tres mujeres que conversaban en un sofá. Elisa, Patty y Annie dejaron de hablar y los miraron con curiosidad.

-Chicas, quiero presentarles a mi amigo Malcolm. Es estudiante de medicina en mi hospital.

-¡Vaya! ¡Hasta que conocemos al galán misterioso! – dijo Annie.

-¡Annie! – reclamó Candy, algo ruborizada. Malcolm hizo una reverencia para ocultar su turbación.

-Gusto en conocerte. Es bueno que Candy se haga de nuevos amigos – dijo Elisa.

-Y amigos tan guapos, además – coqueteó Patty. Las tres rieron fuertemente, turbando a Candy y Malcolm. Tres hombres se acercaron a ellas.

-¿Qué pasa, tanta alegría? – dijo Neil.

-Candy nos presentó a su amigo, Malcolm – dijo Patty.

Malcolm hizo otra reverencia.

-Encantado de conocerte, Malcolm. ¿Eres médico en el hospital de Chicago? – preguntó Albert.

-Soy estudiante, seré médico en cinco o seis años – dijo Malcolm. Un silencio acogió su respuesta. Los hombres estaban sacando cuentas.

-Eres muy joven... – dijo Archie.

-Sólo en edad – se defendió Malcolm.

-Pues creo que los jóvenes tienen derecho a divertirse – dijo Neil.

-¿Tu madre sabe que estás afuera tan tarde? – preguntó Archie.

-Mi madre no me controla – dijo Malcolm.

-Pues creo que un chico de tu edad debería avisarle a su madre...

-¿Por qué no vamos al salón grande? – sugirió Annie.

-Claro, Annie, escapemos de las discusiones – dijo Archie, burlesco.

-Cállate, Archie – respondió ella -, creo que has bebido demasiado ponche. Vamos al salón.

Todos siguieron a Annie, y se distribuyeron por el salón. Malcolm iba pegadito a Candy, hasta que Annie la tomó de un brazo y se la llevó al baño.

-¿Cuál es tu idea? – la encaró.

-¿A qué te refieres?

-Candy, ese niño es muy joven para ti. ¿Cuál es tu idea? ¿Qué es para ti?

-Es sólo un amigo.

-Ese amigo está totalmente embobado contigo. Se le nota en los ojos. Y creo que a ti te gusta porque sus ojos se parecen a ya-sabes-quien.

-¿Por qué dices eso? – Candy se alarmó. ¿Se habría dado cuenta del parentesco?

-Son muy parecidos. Creo que te gusta por eso. Candy, no juegues con el muchacho. Puedes romperle el corazón.

-Sólo somos amigos y él lo sabe – se defendió Candy.

-Pues te recomiendo que no te acerques mucho a tu amigo en esta fiesta. Hay muchas jovencitas que podrían enamorarse en serio de él. Déjalo que conozca a alguien.

Candy suspiró. Era verdad; ella no podía querer a Malcolm como él lo merecía. Era necesario dejarlo conocer a jóvenes de su edad, y la fiesta era el lugar preciso para hacerlo.

-Yo le presentaré a unas chicas. Ya verás que alguna le gusta. Espera acá un momento y luego sal. Él ya estará bailando para entonces.

Annie salió del baño y Candy se sentó a esperar. Pensó en Terry y en el baile en el Festival de Mayo, hace más de veinte años. Ella llevaba un traje de Julieta y una máscara igual a esta.

-¿Será que me ama? – se preguntó – No. Yo me habría dado cuenta. No es amor lo que siente por mí, es... – cerró los ojos buscando la palabra precisa -. Es amistad. Una amistad que no es amor de pareja, una amistad que comprende y acompaña. Quizás es algo así como amor... no sé.

Salió del baño y caminó por entre los invitados, rechazando a los numerosos caballeros que le pedían un baile. No quería divertirse. De hecho, le empezó a doler la cabeza y estaba pensando en retirarse de la fiesta.

-Estamos bajo el muérdago – le dijo una voz muy conocida, a sus espaldas.

Annie no logró convencerlo de bailar con alguna jovencita, pensó Candy, fastidiada...

-Pero no es buena idea – respondió, girando hacia él.

-Lo sé, pero dicen que en Navidad suceden los milagros. Y estoy viviendo uno, pecosa.

Candy miró a los ojos al hombre disfrazado de Zorro, pensando que alucinaba. Pero el aroma de ese hombre no correspondía a un espejismo, ese aroma...

-¿Terry? – murmuró, mientras acariciaba lentamente el rostro del enmascarado.

Nadie reparaba en ellos. Eran solamente una más de las parejas de ese baile.

-Estamos bajo el muérdago, y es la tradición que nos demos un beso – dijo él.

La había visto desde que ella salió del baño. Deambulaba por el lugar buscando a su hijo, cuando la vio. Se frotó los ojos y ella seguía allí. A pesar de los años transcurridos y el disfraz de Julieta, la reconoció sin problemas. Seguía igual que siempre. Más bella, si se podía. Y ese disfraz... había bailado con ella hace tantos años, ella de Julieta, y el disfraz era tan parecido... casi podía escuchar ese viejo vals.

La siguió sin atreverse a hablarle hasta que la vio bajo el muérdago. Y las palabras salieron sin que él pudiera evitarlo.

Candy miraba al hombre frente a ella sin atreverse a pestañear; quizás él desaparecería si cerraba los ojos. Sonrió.

-¿Terry? ¿De verdad eres tú?

-El mismo. No has cambiado, Candy. O sí; estás más bella que nunca.

-Tú no has cambiado. Un actor exitoso, padre de familia...

-Un hombre enamorado sin esperanzas.

-Más de veinte años sin vernos.

-Un milagro, Candy. Milagro de Navidad.

-Y bajo el muérdago...

Candy cerró los ojos y alzó el rostro con los labios entreabiertos. Terry se acercó a ella y la besó.

Fue un beso largo, sereno, suave, un beso que había tardado veinte años en nacer; ambos lo habían guardado para el otro todo ese tiempo.

-No puede ser... – dijo alguien cerca de ellos, con la voz de Terry, pero que no era Terry.

Terry y Candy se separaron y miraron azorados a Malcolm, que tenía una mueca dolorosa en el rostro. Apretó los labios y se fue corriendo.

-¡Malcolm! – exclamó Terry, pero el ruido de la fiesta amortiguó su voz. Candy se tapó la boca.

-Malcolm – susurró Candy -, perdóname...

Terry la miró.

-Tú eras la persona que detenía a Malcolm en Chicago... Lo siento, lo siento tanto... – se sentó y enterró la cabeza en las manos.

Ella se sentó a su lado y lo abrazó.

-No es tu culpa, yo debí de haber sido más precavida...

-Candy, no digas eso. Él es sólo un niño enamorado. A menos que tú y él...

-No, sólo éramos amigos. Por lo menos de mi parte.

-Gran padre que soy. Mi hijo se enamora y me ve con su amor. Me ve engañando a su madre con la mujer que él ama.

-No te culpes. Ve a hablar con él, explícale...

-¿Qué le explico, Candy? ¿Qué no amo a su madre, que aún estoy locamente enamorado de mi novia del colegio, que si de mí dependiera él no habría nacido?

-Iremos los dos.

-Será peor si te ve conmigo.

Candy reconoció que era cierto.

-Dile que no sabías quién era yo. Dile que sólo besaste a una extraña. Que yo te obligué...

-Y hacerte aparecer a ti como la mala. Eso no lo haré.

-Pues tienes que decirle algo. No puedes dejar que esto se quede así.

Terry comprendió que Candy tenía razón. Dejó la fiesta y llegó a la habitación del hotel de su hijo. Golpeó, amenazó y suplicó, pero Malcolm no se dignó ni siquiera a contestar. Se sentía como un niño traicionado, estúpido, ingenuo... ¿cómo pudo haber tenido esperanzas en ser alguien especial para ella? Seguramente todo el tiempo que estuvieron juntos ella solo estaba interesada en conocer al famoso actor Terruce Granchester, y no escuchó nada de lo que él le decía. Maldito Granchester. Maldita Candy, a quien confió sus sueños e ilusiones, que aparentaba apoyarlo para luego preferir a su padre.

Terry finalmente se cansó de llamar y suplicar, y se durmió al amanecer frente a la habitación del hijo. Éste había ordenado sus cosas, pasó por encima del cuerpo dormido de su padre y dejó Chicago para nunca más volver. Al menos eso creía él, hasta que el dolor del pecho lo hizo gritar y doblarse, para luego caer al lado de su padre con un gemido ronco.

Terry despertó de inmediato y reaccionó rápido: llamó a una ambulancia y tomó la mano de su hijo mientras la esperaban. Malcolm se sentía tan mal que ni siquiera tenía fuerzas para rechazarlo.

Antes de las nueve de la mañana estaban en el hospital. La doctora Spencer, que tenía el turno de esa hora, atendió al chico y tranquilizó al padre, aunque no le gustaban los síntomas que veía.

Terry pensó que Candy no debía saber nada; se sentiría culpable. Tan culpable como él. Se paseó nervioso por los pasillos del hospital, ignorando las miradas asombradas de los funcionarios que lo habían reconocido.

Una de las enfermeras fue la que llamó a Candy, no por la enfermedad de Malcolm, sino porque estaba emocionada de ver ahí tan famoso actor y necesitaba comunicárselo a alguien.

Candy llegó en un santiamén al hospital, creyendo que Terry era el que tenía algún problema. Grande fue su alivio al encontrarlo sano y salvo.

-Terry... ¿qué haces aquí?¿Te pasó algo?

Terry por un momento quiso mentirle, pero prefirió la verdad.

-Mi hijo... Candy, qué he hecho.

Se abrazó a ella y comenzó a llorar fuertemente, mientras le contaba que Malcolm había sufrido un ataque al corazón. Nadie se extrañó de la escena. La enfermera Andley era famosa por su capacidad de consolar a los desesperados. ¿Por qué alguien iba a pensar mal de verla abrazando a un hombre que lloraba?

Candy aguantó las lágrimas, desconcertada por la información. ¿Un ataque? ¿Tan joven? Lo sentó en el sofá del pasillo y prometió averiguar cómo estaba Malcolm.

La doctora Spencer lo estaba operando; dijeron que aún no sabían cómo saldrían las cosas. Candy volvió donde Terry y le llevó un vaso de agua.

-Bebe, te tranquilizará.

-¿Cómo está él?

-Aún no se acaba la operación; no se sabe nada. Creo que debes decirle a su madre...

-A Susana no. Es demasiado histérica, además no se lleva bien con él.

-Pero es su madre...

-Le preguntaré a Malcolm cuando hablemos.

-Te acompañaré. También quiero hablar con él.

Las horas pasaron lentamente, pero al fin la doctora Spencer salió de la sala de operaciones y se dirigió a hablar con Terry y Candy.

-Tiene una afección muy grave al corazón. Se nota que la arrastra hace años. ¿Qué medicamento tomaba?

-¿Medicamento? ¿Afección al corazón? – el rostro desconcertado de Terry le indicó a la doctora que no tenía idea.

-Gran padre es usted – masculló la mujer. Hermoso, viril, elegante... pero un descastado. Gracias a Dios ella se había casado con un hombre común y corriente, que era un buen hombre de familia.

-Le preguntaré a su madre – dijo Terry, y partió en busca de un teléfono.

-No seas cruel con él – pidió Candy, cuando se quedaron solas.

-Es que me enerva, Candy. Estos hombres que no son capaces de cuidar a sus crías. Pero me sorprende verte aquí, consolándolo. Creí que ese actor no te gustaba. Además, es tu día libre.

-Lo conozco desde hace años – confesó ella, sin reflexionar. Demasiado tarde se dio cuenta de que había dicho demasiado.

-¿Eres su amante? – preguntó Joan Spencer después de un rato. Eso explicaría muchas de las extrañas costumbres de la enfermera Andley. Candy la miró indignada.

-¡Por supuesto que no! Ayer recién nos vimos, después de veinte años.

-Y supongo que Malcolm los vio en algo.

-Yo no sabía que él nos observaba. Me dejé llevar... estúpidamente me dejé llevar. ¿Está bien? ¿Vivirá?

-Lo que pasó no fue tu culpa – dijo la doctora -, ese ataque era algo que le sucedería tarde o temprano.

Terry volvió con la cara desencajada.

-Susana no sabía nada de un tratamiento – dijo -, pero llamé a mi madre, y ella sí estaba enterada. Grandes padres que somos... – una sonrisa sarcástica asomó en su rostro –Ella vendrá a Chicago. Estará al atardecer. Susana no quiso venir. Dice que los hospitales le traen malos recuerdos.

Terry no mencionó las palabras exactas de Susana, "Él eligió vivir en Chicago, si quiere que yo lo cuide en la enfermedad, que se venga a la casa. Yo no pienso cuidarlo en un hospital, donde pueda estar rondando alguna enfermera ramera"

Aunque la doctora Spencer se moría de ganas de saber más del detalle del antiguo romance de Candy, fue lo bastante discreta para dejarlos solos. Pasaron la mayor parte del tiempo en la habitación de Malcolm, que aún estaba dormido. A eso de las seis, llegó Eleanor.

Abrazó a su hijo y miró con incredulidad a Candy. Luego le sonrió y la abrazó.

-Algo bueno salió de este problema – dijo -, te reencontraste con este cabeza hueca.

Candy no pudo más que sonreír, hasta que se puso a llorar.

-Pues yo fui la culpable de que esto pasara – y le contó la historia de su amistad con Malcolm, que terminó abruptamente el día anterior.

-No te sientas culpable del enamoramiento de ese muchacho – dijo Eleanor -. Es posible que haya visto en ti la imagen de madre perfecta, la que no tiene en casa. Un complejo de Edipo.

-¿Cómo es eso del tratamiento de Malcolm? – cambió de tema Candy.

-Malcolm tiene un problema en una válvula. Tomaba pastillas y se inyectaba, yo me ocupé eso hasta que él cumplió catorce y me dijo que deseaba administrarse él solo el tratamiento.

-No tenía idea...- dijo Terry.

-Te lo dije varias veces. Te escribí. Supongo que no hiciste caso.

-¿Y cómo es que Susana no lo sabía?

-Nunca quiso hablar del tema. Le horrorizaba la idea que Malcolm fuera al hospital.

-Grandes padres que somos. Nuestros hijos tienen problemas y son otros los que se hacen cargo. Y ahora... ¿Va a morir, doctora?

-Lo siento, señor Granchester. Lo siento mucho. – respondió la doctora.

Continuará…

Nota de la autora: Muchas gracias por leer!!! A partir de ahora la historia se pone algo rara… es que estaba con insomnio, y puede que sea extraño lo que pase en la cuarta parte.

En fin, chicas, muchas gracias por apoyar esta pequeña locura, agradezco infinitamente cada review, me encanta leerlos, ojalá que sigan llegando!!!

Chao, hasta después de Navidad…