Más allá del Bien y del Mal
by Silenciosa
Sentencia Cuarta: "¡Qué viejo había sido ya de joven! ¡Cómo la conciencia de no tener un hogar en ningún sitio había logrado paralizarlo y asfixiarlo interiormente! ¡Qué hermoso era pertenecer a alguien en el odio o en la impaciencia, en el amor o en la melancolía! Un triste entusiasmo se apoderaba de él (...); desde alguna ventana abierta sentía que el mágico calor de un hogar se reflejaba en él, el solitario, el errante, el apátrida, de pie en medio de la calle fría. " R. Walser, El ayudante.
CAPITULO III
Allende de la línea irregular que conformaba los trazos circunscritos de las Montañas Rocosas, el sol seguía elevándose sigilosamente por el firmamento de color azul infinito. En su recorrido sus haces brillantes de luz se colaron por los cristales de la ventana y despertaron, con bastante molestia, a Kenny McCormick; al que quemó dócilmente, cual caricia, los párpados, para luego embestirle; iluminándole por completo su esbelto cuerpo y producirle debido a ello almibaradas cosquillas.
Kenny reaccionó y arrugó el rostro al sentirse cegado por el manto luminoso que lo bañaba. Gimió con un quejido rezongón y se desperezó estirando brazos y piernas. Bajo el liviano peso de unas sábanas blancas. En un principio se sintió infernalmente desorientado. Desorientado y dolorido por la jaqueca que martilleaba sin piedad su cabeza como producto de la resaca. Sin abrir todavía los ojos, rodó sobre su estómago hacia un lado y atrapó con su brazo un cuerpo que yacía dormido a su lado.
Alto. Espera un segundo. ¿Un cuerpo…?
En reacción de sorpresa, se apartó de golpe y abrió rápida y costosamente los ojos, quienes quedaron prácticamente cegados por la dósis feroz de luz que penetraba, casi aullando, por la ventana; con la misma fiereza que el finale in crescendo de Nessun Dorma de Puccini. Es decir: del mismo modo que los focos de la ópera al iluminar desde lo alto y proyectar su potencia lumínica sobre la figura del cantante lírico situado en el escenario. Kenny obtuvo una visión borrosa y confusa que perduró hasta que sus negras pupilas se adaptaran a la luz y al sentido del espacio. Estando habituados sus ojos, se encontró con que un joven dormía plácidamente a su lado. Y tan desnudo como lo estaba él; imbuido en una respiración acompasada y profunda. Un rápido vistazo a la izquierda y luego a la derecha le advirtió que se encontraba en una habitación que no era la suya y en la que jamás había estado antes. Tampoco pudo reconocer o mínimamente recordar con exactitud cómo había conocido aquel chico moreno con el que había compartido más que una sonrisa de doble sentido. De lo que sí tenía constancia Kenny era en la belleza que rezumaba por todos los poros su esporádico amante. Kenny comprendió que aquel joven poseía un rostro severo como el de los actores americanos de la década en la que los western estaban de moda. Muy, muy varonil. De atractivos rasgos sureños. ¿Sería natural de Houston, Dallas, o quizá, Phoenix…? El rubio ni siquiera se acordaba del nombre. ¿Joshua? ¿Joseph? ¿O era John…? Vaya, ahí se las den todas: no tenía ni puñetera idea. Y precisamente su cabeza no estaba pidiendo recordar nada tal y como ésta palpitaba debido a la resaca.
Kenny se sentó posando su espalda contra el respaldo de la cama; le daba vueltas la cabeza y tenía el estómago revuelto. Fijó nuevamente su alicaída mirada hacia el cuerpo vigoroso y atlético situado a su lado. Era el prototipo de varones que más le atraía: veinteañeros de hercúleos miembros y músculos abultados que fuesen capaces de tumbar a una bestia de un solo puñetazo. Este hecho le sorprendió al reconocer que Craig no era ese tipo de hombres, sino que era más bien de un físico semejante al suyo: delgado y de poco volumen muscular. Y Craig con solo un año y pocos meses mayor que él. Cuando Kenny prefería los que ya vivían en la plenitud y experiencia sexual de la veintena. Aquel chico sureño que yacía a su lado, en particular, poseía un cabello provisto de rizos gruesos bien definidos, caracterizados por poseer un sugestivo color castaño semejante al chocolate cuando se tuesta al candor del fuego. En pocas palabras: era tentador para la vista. Y, posiblemente también para el sentido del gusto. Literalmente. Y es que había pieles que debían estar prestadas a ser catadas, como el mejor de los vinos. Admirando su textura, su color, su delicada suavidad y también el aroma al incurrir melodiosamente sobre los labios.
Kenny quedó durante unos segundos en el más profundo silencio. Intentó hacer memoria de lo ocurrido. Después del intento fallido de conseguir a Craig Tucker decidió volver a la fiesta, bebió hasta perder el hilo de la compostura y acabó por liarse con aquel chico sureño que no conocía de absolutamente nada. En puro acto de despecho.
Muy a pesar de haber tenido una noche apasionada tan digna como para ser inscrita, de recuerdo, en el epitafio de su tumba, en su mente seguía persistiendo el recuerdo de Craig. Encima, el muy idiota del pelinegro había cedido a su moralidad y lo había rechazado cuando decidió besarle, para luego arrepentirse e insultarlo sin ningún tipo de remordimiento.
― Maldito imbécil ―murmuró entre dientes, en voz trémula. Pensando por enésima vez en Craig.
Kenny descubrió, para su sorpresa, que una nueva sensación estaba siendo saboreada enteramente por su cuerpo. Entreverada por un vago malestar de inquietud que le carcomía el ánimo hasta hacerlo trizas.
¿Ese era, pues, el sentimiento amargo del rechazo, del que tanto la gente huía y temía?
Por supuesto, Kenny nunca había probado ni de lejos esa sensación, que la sintió tan amarga como el sabor de la canela pero, de la misma manera, tan aromática y arrebatadora como ésta.
¿Quién le iba a decir a él que ser rechazado iba a avivar más aún el fuego que crecía sin control en sus adentros?
Su cuerpo estaba experimentando una mezcla de dolor y deseo creciente, de un cierto vacío que no sabía si se hallaba alojado en el corazón o en la cabeza.
En parte también se sentía ofendido. ¿Sólo eso? No: también se sentía abandonado, despojado, repudiado y prescindido como uno de esos tantos cachivaches inservibles que se amontonan en lo más recóndito de un desván. Ni siquiera Kyle, su amigo de toda la vida, había puesto obstáculos cuando su debilidad decayó devastada y le permitió el paso. Kenny reconocía que lo mantenido con el pelirrojo era una historia aparte. Un beneficio de compañía que se resumía en mutuo. Y toda culpa la tenía Stanley Marsh por haberse apartado, de la misma manera que de la mierda, del que había sido su mejor amigo durante casi una década y del que nunca tuvo necesidad de volver a ver una vez hubo marchado de South Park para no regresar jamás. De eso hacía ya siete largos años. Desde el divorcio de los Marsh. Con lo cual, Kyle quedó fuera de órbita, incapaz de trabar amistades después de haber quedado su vida reducida a lo que había vivido con el pelinegro de ojos claros. Stan, había sido siempre el planeta; y Kyle… Kyle fue siempre el diminuto satélite que había estado girando en derredor del magnetismo fulminante del otro. Kyle, quedándose abandonado, fuera de órbita y con un Universo infinito ante sus ojos, miró a su alrededor y lo encontró a él, a Kenny, y como alma pendida sobre un fino hilo, se arrojó a él en motivo de aliviar su rechazo particular.
Nada, absolutamente nada tenía que ver la relación que tenía con Kyle y con lo que su propio cuerpo estaba experimentando ahora tras lo ocurrido con Craig Tucker.
¡Dios Santo! ¡Craig lo había rechazado!
¡Lo habían rechazado por primera vez en toda su vida…! ¡A él! ¿Cómo era eso posible?
Tragó saliva con cierta dificultad. ¿Tan duro era asumir y admitir querer ir a por un segundo asalto con Craig?
Sonrió con una mueca pintada en los labios. ¿Cuántas veces se había burlado de su amigo Stan cuando Wendy cortaba con él y quedaba como si estuviera en estado catatónico? ¿O cuando Stan se marchó y Kyle había quedado reducido en un verdadero despojo humano? Muchas, muchas veces se había mofado de los sentimientos de sus dos amigos. Y él estaba más que seguro de que eso no le iba a vivir en sus propias carnes. Estaba seguro de que nunca, nunca pasaría por eso de ser rechazado.
A él no le ocurriría. ¡Qué va…!
La imagen de Craig seguía persiguiéndole como si fuese su propia sombra. Su cabeza rememoraba una y otra vez la forma con que Craig lo había llamado zorra. Alegando luego sentir lástima por él. ¡Maldita sea, cómo le había dolido escuchar eso en los labios de aquel chico! Las palabras de Craig, dichas en un amago de ira, las sintió como puñaladas. Mucho, mucho más dolorosas que los golpes que le asestó luego.
¡Al menos no vivía como un misántropo recluido del mundo! ¡Él, Kenneth McCormick, era mucho más feliz porque sabía enfrentarse a la vida real! ¿Quién cojones se creía Craig para decirle eso?
¡Él era mucho más feliz!
¡Él era…! ¡Él era más, más…!
Cerró con ahínco sus grandes orbes color de cielo. La sangre fluyó por sus venas hinchadas con una fuerza implacable. Semejante a un afluente de río desbordado o a una colada de lava fundida que devasta, colérica, todo lo que se le interponga a su paso.
¿…Era feliz?
Con la impotencia in crescendo y sus ojos reducidos en lágrimas ardientes de puro arrebato, Kenny arremetió duramente contra Craig. Dedicándole una sarta infinita de maldiciones y epítetos dentro de su cabeza.
Al cabo de unos segundos no quiso pensar más. Hacerlo sólo le estaba proporcionando más dolores de cabeza. Se deslizó como pudo de entre las sábanas; sin apenas hacer crujir al catre de la cama. Buscó su ropa a tientas. La camiseta, casi a la entrada; el pantalón, sobre las patas de la cama… Dispersa desordenadamente se encontraba ésta a lo largo de la habitación. Se vistió según la iba encontrando. Luego, bajo el mismo sigilo con que se había levantado, frunciendo sus labios cuarteados, miró el pomo de la puerta en actitud indecisa. Dirigió una última mirada al que había sido su amante y comprobó aliviado que éste seguía durmiendo como si nada. Abrió la puerta mientras rezaba a que las bisagras no hablasen por él.
Su corazón no dejó de repiquetear como loco hasta verse fuera de aquella casa.
Después de caminar durante unos minutos más, comprendió que no sabía dónde estaba. Aquel compendio estructurado de casas y calles no era South Park, pero sí poseían ambos lugares una similitud impresionante. La deducción lo llevó a pensar que se encontraba algo más al norte. En el pueblo más alpino y solitario del mundo: North Park.
Ahora tendría que tomar un autobús para regresar a casa.
El sol ascendía lentamente hacia el cenit. Hacia el punto más álgido del cielo. Pronto sería mediodía y el calor comenzaría a desahogarse en cada golpe de aire, en cada vapor ardiente que emanase del asfalto. Bendito mes de mayo, agradeció Kenny para sus adentros. No había nadie que agradeciera el advenimiento del buen tiempo tanto o más que él. Con el calor invadiéndole agradablemente el cuerpo, no tendría por qué taparse hasta los ojos con su sudadera anaranjada.
Un momento…
Kenny paró en seco cual resorte.
La sudadera.
Tanteó con las manos en torno a su cintura. Rodó la vista hacia atrás y luego, por todo su alrededor. Nada; no estaba.
― ¡Joder! ―farfulló molesto― ¡Mi sudadera…! ¿Dónde coño la habré dejado?
A lo lejos quedaba la casa de la cual había salido como alma que lleva el diablo. Posiblemente se la habría dejado allí dentro. Visto tal y como estaba la cosa, no pensaba irla a recoger por mucho que fuera ésta su prenda de ropa preferida. Maldiciendo nuevamente su suerte, Kenny desanduvo desorientado los entresijos de varias calles para dar con la avenida principal del pueblo y esperar en la parada del autobús hasta dar con la que le llevaría hasta South Park en menos de media hora. Miró el reloj que estaba inscrito en la torre perteneciente al campanario de la iglesia. Vio que aún era temprano, apenas las diez de la mañana.
Suspiró aliviado.
Tendría tiempo de hacer una breve visita nada más llegar a South Park.
oOo
De arriba abajo se abrochó los botones de la camisa blanca de manga larga que se había puesto. Según ascendía abrochando hacia su cuello, iba ocultando una piel de tersa blancura. Su vientre plano, que se hinchaba y se hundía al respirar, se describía juvenil al no estar enmarcado por músculos, aunque sí se encontraba invadido por un chisporroteo de pecas ambarinas. Finalmente éste quedó oculto tras la camisa; cual tesoro enterrado bajo las arenas de la isla más remota del Caribe. Al igual fueron escondidos su pecho y sus enmarcadas clavículas que hacían resaltarle los hombros, si bien masculinos en su forma, poco voluminosos; como los de un muchachito imberbe que no ha alcanzado, ni de lejos, la madurez física de la veintena.
A fin de cuentas él sabía que el día se preveía caluroso, y que, efectivamente, iba a pasar un verdadero infierno al ir de etiqueta; forrado de pies a cabeza. No se había puesto todavía la chaqueta y ya se sentía acalorado.
Se ajustó con habilidad las solapas de la camisa sin colocarse antes, en torno a su cuello, la corbata, definida ésta por la opacidad negruzca de su color. Con idéntica agilidad comenzó a enlazar los extremos de la misma hasta conformar un bonito nudo de corbata. Sobria visualmente pero desempeñaba bien su función de sujetarse al cuello.
Desde el espejo, en el cual podía ver su propio reflejo, prestó atención a lo que había tras de sí: observó el vaho húmedo de gotitas que anidaban, del mismo modo que el musgo en las paredes de un pozo, en los cristales de la ventana de su habitación. Y, tras éstos, adivinó la plenitud lumínica que desprendía un cielo vacío de nubes pero poblado ocasionalmente por pajarillos. De alondras de picos finos y plumajes moteados dedicadas a sus vuelos irregulares llevados de rama en rama.
Sus ojos de gato, denominados así por poseer un bonito matiz verdegris ―y que se acentuaban mucho más al ser pelirrojo―, se buscaron en el reflejo que el espejo le proporcionaba de su propia imagen. Echó un vistazo a su cabello y quedó profundamente hastiado. Por mucho que intentara colocarlos de una manera ordenada y presentable con los dedos, los mechones terriblemente rizados que componían su cabello, caracterizados por un vistoso cobrizo-anaranjado natural, volvían a su posición inicial en señal de protesta. Después de haberlo intentado variadas veces, y sin conseguir efecto alguno, suspiró desistiendo y, apartándose del espejo, buscó la kipá por toda la habitación. Hacía tiempo ―concretamente desde la celebración de su Bar Mitzvá a los trece años― que su madre Sheila Broflovski le había obligado a ponérsela cada vez que tuviese que estar presente en los actos de la sinagoga. Él, si hubiera tenido oportunidad de escoger, se hubiera fundado su ushanka verde; ya vieja y desgastada por los lavados, pero a la que había tomado un singular afecto con el transcurso de los años. Era la ushanka una de las pocas cosas que le remitían a la infancia. A veces, cuando estaba solo o deprimido entre las cuatro paredes de su habitación, o cuando no podía conciliar el sueño, buscaba la ushanka de los cajones de su mesa de noche y se la ponía. Eso sí: con cierta dificultad al quedarle muy ajustada. Una vez puesta, le transmitía una sensación de paz y de añoranza que jamás conseguiría con mil y una oraciones y plegarias.
Danzó de un lado a otro por la habitación tanteando cada rincón y desordenándola más si cabe. Cuando dio con la kipá se percató que una figura ágil había abierto la ventana para luego entrar por ella en un plazo de tiempo equiparable a lo que dura un suspiro. Nada más volverse él y quedar cara a cara con su inesperada visita, un rostro hermoso como el mejor verso poético hecho carne, le había dado la bienvenida con una sonrisa acogedora.
― Shabat Shalom, querido Kyle ―le dijo aquel ser cándido. Poniendo en sus labios el saludo típico que se hacía la comunidad judía todos los sábados.
El pelirrojo sonrió iluminado e inclinó la cabeza por toda respuesta. Se entretuvo estudiando los rasgos que definían ese rostro tan conocido para él.
Era Kenny McCormick.
Tenía ojeras, algo nada habitual, pero inexplicablemente le quedaban hermosas. Dándole una imagen de un alocado bohemio de la Francia revolucionaria de finales del XIX. Tenía la ropa arrugada de haberla dejado tirada vaya a saber Dios dónde, pero ni poniéndose harapos se vería mal. Tenía el pelo alborotado en total plenitud mañanera, mas vaya que sería una blasfemia si admitiera que no era embaucador para cualquiera que lo mirase. Hablando en plata: estaba para comérselo. Kenny no era la manzana prohibida. No. Él era algo más que eso. Era la serpiente que se enrosca en las ramas del manzano. Esa misma serpiente que había seducido a Eva en el Edén para incitarla a pecar. O, en su efecto, como la reencarnación de la mismísima Lilith hebraica: aquella que tanto temían los rabinos y demás sabios conocedores de la Torá.
― ¿Ken? ―le volvió a dedicar una sonrisa mientras lo miraba perplejo ya no por su innata belleza, la cual se había acostumbrado, sino más bien por tenerlo allí desde tan temprano― Vaya, vaya… Diría que es todo un milagro ver que te levantas un sábado antes del mediodía. ¿A qué se debe semejante honor?
El rubio vaciló repitiendo a modo de mofa sus últimas palabras según le arrebataba la kipá negra de las manos y colocársela a él sobre su cabeza repleta de rizos. Hecho que no fue nada dificultoso al ser Kenny más alto que él. Sólo necesitó elevar un poco los brazos y ajustarle la kipá con delicadeza.
― Perfecto ―añadió Kenny plácidamente mientras observaba el resultado que producía la kipá sobre su rizada cabeza. Casi hablando más para sí mismo que para con él.
Luego Kyle le escuchó canturrear una canción y de ritmo aletargado que desconocía.
― ¿Qué cantas?
― ¿Uhm...? ―Kenny ladeó un poco su cabeza mientras se arrastraba en dirección a la cama, para decirle antes de desplomarse sobre ella: Ah, bueno…, es una canción que aprendí hace tiempo. Cuando estudié canto en Rumanía durante todo un verano. ¿Te acuerdas de eso?
Kyle carcajeó debido al sedante nostálgico del recuerdo. ― ¡Dios! ¡Claro que me acuerdo! Cuando estuvimos intentando crear un circo con aquellas quintillizas acróbatas. Y tú te convertiste en un hacha cantando lírica.
― Sí. Aunque al final acabé volviendo de Rumanía metido en un ataúd.
― ¿Cómo has dicho? ―se sobresaltó al escuchar aquello.
A Kyle no le gustaba que hablasen de la muerte como si fuera algo con lo que bromear. Y Kenny lo hacía muy a menudo. Kyle no sabía muy bien por qué motivo lo hacía.
― Ah, nada. Cosas mías…
Y con la misma Kenny siguió canturreando aquella canción de ritmo lacónico y triste. Tendido y con la mirada perdida lúgubremente hacia arriba, hacia el techo.
¡Si la miel hablase…! ¡Si las aguas de un arroyo tuvieran el poder de la palabra…! Sin lugar a dudas, tendrían un resultado semejante a la increíble voz de su amigo Kenny. Las sirenas y ninfas pocos hechizos podrían provocar cantando a su lado.
― Dormí fuera ―urgió diciendo el rubio de repente―; por eso me he levantado temprano.
Kyle no necesitó saber más porque era innecesario. No obstante, le sorprendió la cara de circunstancia que tenía su amigo. Normalmente le hablaba de sus aventuras con una alegría picaresca y desmesurada. Kenny se lo contaba todo con pelos y señales; por muy extravagantes que éstas fuesen o por mucho que hubiese deseado después el no haberlas sabido de lo explícitas que eran. En vez de eso, la voz de Kenny sonaba débil y lejana. Alicaída. No por el efecto de la resaca, de eso estaba seguro, sino por un hecho que supuso más complejo.
― Pues por la forma en que lo has dicho, parece que estuviste en un funeral.
Kyle se dirigió hacia el armario y sacó de allí la chaqueta formal que debía ponerse en consonancia con lo que llevaba puesto. Después de colocársela y abrocharse los botones de la misma, se sentó al lado de su amigo.
― Puede que no haya ido al cumpleaños de Clyde, pero prácticamente me la gocé desde aquí. El volumen de la música estaba una mierda de alto. Fíjate que apenas he podido pegar ojo por culpa del ruido. Oye, Ken, ¿no te lo has pasado bien allí?
Sin embargo, la respuesta fue evadida por Kenny con un ambiguo silencio. Tenía la mirada perdida y bajo un mutismo poco convencional en él.
― ¿Vas ahora a la sinagoga?
Kyle asintió serenamente con la cabeza. Sin objetar nada por el cambio de tema. Pero vaya si Kyle era tozudo. Tanto o peor que Eric Theodore Cartman.
― Tienes mala cara. ¿Te encuentras bien?
El rubio le miró entre asombrado y asustado. Era como si hubiera descubierto algo que no debiera de Kenny.
― Es por la resaca, tío. No le des más vueltas al tema ―le respondió el angelado en actitud nerviosa. Estaba pensando evidentemente en otra cosa. Quizá, en la verdadera causa de su estado―. Oye… ¿puedes hacerme un pequeño favor?
Colocándose las gafas que estaban situadas en la mesa de noche, Kyle se tornó hacia el rostro de Kenny y asintió mientras encogía un poco los hombros.
― Sí, claro. Dime qué puedo hacer por ti.
― ¿Ya has rezado el agradecimiento a Dios al despertar?
― No; aún no. ¿Por qué me lo preguntas?
En eso Kenny tiró de él para hacerle sentar en el centro justo de la cama. Uno delante de otro. Con las rodillas flexionadas y recogidas en posición india. Luego, muy delicadamente, le tomó el rubio de ambas manos, a modo de plegaria conjunta, luego, las estrechó entre las suyas con cariño.
― Reza ―le dijo―. Reza para mí en voz alta.
― ¿Q-qué? ―preguntó alarmado él. De la misma manera que hacía su madre Sheyla cuando se sobresaltaba― ¿Ahora?
― Sí; quiero que lo hagas ahora. Y yo delante de ti para escucharte. ¿No tienes que rezar de todos modos por obligación? ―Kyle afirmó en una secuencia corta de asentimientos con la cabeza. Los rizos bermejos se movieron conjuntamente con el movimiento. Kyle después tragó saliva empleando un esfuerzo descomunal, de tal modo, que parecía estar tragando agujas. Su nuez de Adán subió y bajó en acto reflejo. Entretanto Kenny seguía persistiendo con su mirada, con aquel par de ojos etéreos observándole con total seriedad. Aquellos mismos por los que muchos darían/harían lo que fuera por el mero hecho de complacerlos―. Oírte rezar me tranquiliza. Y, ¡buf…! Hoy realmente lo necesito.
― P-pero Ken, yo no creo que…
― ¡Oh, vamos! No es tanto lo que te estoy pidiendo. ¿O sí?
Kyle soltó sonoramente una bocanada de aire. A modo de un ademán que no consiguió convertirse en reproche o queja. ― Vale, vale. Está bien... Pero será algo cortito; mis padres estarán a punto de avisarme para que baje y vaya con ellos. Y no creo que sea buena idea que te vean aquí en mi habitación sin haber llamado ni entrado por la puerta.
― ¡Ja…! ¡Por supuesto! ¡No vaya a ser que la señora Broflovski ponga el grito en el cielo al descubrir a su hijo recitando versos de la Torá a un cristiano católico apostólico, románico y toda esa retahíla de mierda…!
El pelirrojo rió nerviosamente. Para él era impensable despotricar contra la religión en la que uno había sido criado desde la cuna; cosa que Kenny hacía con bastante asiduidad y sin ningún tipo de reparo en hacerlo. Sobre todo lo hacía cuando estaba borracho: el rubio no paraba de blasfemar a aquella divinidad que tenía por "dios" hasta agredirla y dejarla abandonada y moribunda en la mismísima boca del Infierno.
Kyle cerró los ojos parcialmente ocultos por las gafas de pasta. Primero memorizó mentalmente lo que iba a decir y, luego, declamó recitando, casi envuelto en un imperceptible susurro, como si otra voz tomase puesto en la salida de sus labios. Una voz que hablaba de pasado, de legado, de historia. Pero de vida; sobre todo de vida. Vida encerrada en palabras para ser recordadas y añoradas cual poeta exiliado en tierra de nadie. Era una voz íntima a la par que cercana, como si estuviera revelando el secreto más codiciado: el deseable secreto compartido. Pronunció la escueta oración. Muy, muy despacio:
― Modé aní lefaneja Melej jai vekaiam shehejezarta bi nishmatí behemlá; Rabá emunateja.
Y tomando un hálito de aire de sus sonrosados labios, finalizó a modo de plegaria:
― Sh'ma Yisrael: Adonai Elohenu, Adonai Ehad. Baruj Shem Kevod Malijutó LeOlam Vaed.
Cuando abrió los ojos vio que los de Kenny permanecían cerrados. Ocultos bajo enmarcados párpados y pestañas invisiblemente rubias. Lo contempló y comprobó que Kenny había quedado aparentemente más sereno. Verlo así, con una inocencia angelical, posiblemente innata, le ablandó el corazón. Kyle se inclinó lenta y tímidamente hacia delante hasta que su nariz rozase y acariciase la mejilla del otro. Sus labios se tocaron. Fue un beso casto, o así le gustaba llamar Kenny a aquel tipo de besos en los que no se abría la boca para explorar con la lengua. El tipo de besos que dan los que todavía están limpios. Y Kyle era virgen.
― Ahora márchate, anda ―le pidió al rubio sin malicia después de dar por finalizado el beso―. Tengo que bajar ya antes de que venga mi madre a buscarme histérica.
Kyle se levantó de la cama pero Kenny no hizo lo mismo.
― ¿Al final te lo has pensado?
― ¿El qué? ―Kyle preguntó al rubio mientras se reajustaba la chaqueta con la ayuda del espejo.
― Lo de venir esta noche al concierto que daremos en el gimnasio del instituto.
― Sabes perfectamente que es Shabat.
― ¿Y…? ― Kenny ladeó la cabeza y repitió cual chiquillo malcriado que no acepta un "no" como respuesta.
― Y que no puedo, joder. Vienen amigos de mis padres a cenar también y…
Kenny le refunfuñó también como un chiquillo malhumorado. Se irguió el rubio hasta permanecer sentado, con los brazos cruzados sobre el pecho y justamente en el borde de la cama.
― ¡Venga ya! ¡No seas un amargado como…! ―se voz descendió en fuerza hasta quedar en un balbuceo. Como si de pronto un pensamiento se presentase en su cabeza y lo dejara aturdido como el infierno.
"…Como Craig." Pensó Ken, terminando la frase mentalmente.
El rubio se deshizo de los brazos hasta apoyarlos a tientas sobre las rodillas. Como si buscara aire después de haberlo perdido a trompicones. Pálido cual hoja de papel.
Kyle se volvió hacia él; las manos sobre las caderas. No se había perdido la reacción de Kenny. Carraspeó la garganta para despertarle de tal mesiánico ensueño. Ya estaba comenzando a preocuparse de verdad por los mutismos repentinos de aquel chico. Al cabo de unos segundos más Kenny volvió en sí.
― ¿Se puede saber qué demonios te pasa hoy, Ken?
― Uhm, pues nada… Pensaba en eso mismo. Deberías pensar un poco más en ti. En disfrutar de la vida, ya sabes.
― ¿Es que quieres que mate de disgusto a mi madre o qué? ―le espetó― Si le digo que no estaré en la cena de esta noche, me podré considerar huérfano. No voy y no conseguirás que cambie de idea.
Sus ojos felinos rogaron al rubio a que fuese más comprensivo. Kenny, por su parte, respondió con un resoplido. Parecía que había vuelto a la normalidad tras el reciente mutismo. Luego aquel cuerpo alargado y delgado del rubio, se levantó de la cama y avanzó hacia él hasta colocarse cara a cara. O cara a hombros, mejor dicho, pues Kyle ―aunque le jodiera un infierno el admitirlo― le llegaba a Kenny a la altura de los hombros.
― Seguro que cambiarías de idea si supieras quién va a venir al concierto a verme, Kyle.
La ahora firme voz de su amigo le hizo estremecer un poco. A veces le sacaba de quicio los repentinos cambios de humor del ojizarco. Kenny podía pasar de estar contento como una maraca para luego terminar en un mutismo depresivo digno de un trastorno bipolar. Kyle parpadeó, mirándole con los ojos fuera de las órbitas; acto seguido apartó la vista, ruborizado y con la frustrante sensación de la curiosidad. Kyle tomó el ánimo suficiente y a continuación volvió a mirar a Kenny de nuevo.
― Ve al grano, ¿quieres?
― Muy bien. Pensé no decírtelo para que fuese una sorpresa. Pero en fin... ―asintió el rubio encogiendo los hombros: Llamé al móvil de Stan ayer y hablé con él.
― ¿Y qué?
― Me prometió que iba a venir. Es mi debut con los chicos y vaya que le patearé hasta que pierda sensibilidad en el culo si no viene a vernos.
Kyle intentó hacer que no le importaba lo más mínimo aquella información. Pero en el fondo… no era así. Jodidamente era todo lo contario: la tensión corrió por sus nervios hasta producir que sus rodillas comenzaran a aflojarse y perder estabilidad.
Había transcurrido bastante tiempo desde la última vez que escuchaba hablar del que había sido su mejor amigo de la infancia. Después de la marcha definitiva de Stan a Denver, tras la inesperada separación de sus padres, la fuerte amistad que una vez los había unido, se rompió. Se resquebrajó literalmente. Para su sorpresa, el joven chiquillo pelinegro lo había eliminado de sus contactos del Messenger, no había respondido ni una sola vez a sus llamadas y había desaparecido de cualquier red social. El contacto terminó de la noche a la mañana y Kyle no podía negar que, ante aquel dantesco rechazo, había llorado tanto como para llenar un embalse entero y desbordarlo a base de lágrimas.
Le había dolido tanto haber sido reducido a la nada…
Después de instar durante casi un año en contactar con Stanley, decidió que era mejor dejarle en paz. Si era eso lo que quería Stan, lo había conseguido. No volvería a joderle más con su presencia. Se lo había jurado a sí mismo tantas veces que había perdido hasta la cuenta.
Si hubo algo que le molestase aún más fue sin duda que, a diferencia de él, Kenny sí seguía manteniendo contacto con Stan. Incluso había ido el rubio varias veces a visitarle. Era cierto que Kenny instó en llevárselo con él a Denver para visitar a Stan, pero Kyle se había negado en rotundo. No se atrevía a ir para que luego Stan lo tratase como si fuera un completo extraño. No; él tenía dignidad y, además, nunca sintió que Stan se molestara demasiado en que Ken lo llevase consigo o no para ir juntos a verle. Es más: Stan siempre evadió todas las peticiones de visitar South Park, todas las quedadas entre los cuatro como en los viejos tiempos. Nunca deseó reunirse si él, Kyle Eprhaim Broflovski, estuviese presente. Incluso le había sonsacado a Cartman si lo había ido a visitar junto con Kenny y, para su sorpresa, el castaño le respondió que sí y que Stan había aparecido para verle.
¿Cómo podía tomarse Kyle ese tipo de evasiones?
Pues como el culo, honestamente. Dicha evasión hizo que se sintiera a la misma altura de un miserable gusano.
¿Y qué pudo hacer con aquel vacío que dejó Stan? Rellenarlo. Rellenarlo como buenamente pudo. Se aferró a Kenny de la misma manera que un pecador que de rodillas reclama, con los brazos en alto, dirigiéndose al cielo, el perdón divino. Se abrazó a él con necesidad y sin querer mediar con las consecuencias.
Kyle desvió su atención mirando hacia la ventana. Desorientado como el infierno. Tomó aire y le espetó a su amigo rubio sin remilgos:
― ¿Y tú le crees? No sé si te habrás dado cuenta pero desde que se marchó, nunca, nunca ha vuelto a South Park y dudo mucho que lo haga esta noche. ¡Oh!, bueno ―rectificó esta vez en síntoma de despecho―, quizá venga. Como sabe que no apareceré por allí… Le importo una verdadera mierda. Así que es mejor que te pires de una buena vez porque paso de hablar más sobre cualquier tema que tenga que ver con él.
Kyle ya no podía siquiera pronunciar el nombre del que había sido su mejor amigo. ¿Qué extraño, no…? Sí. Era extraño con qué rapidez uno pasa a decir el nombre de una persona hasta entre suspiros para luego enterrarlo definitivamente en ese lugar remoto llamado Olvido.
Se dirigió hacia la puerta ante la mirada insistente de Kenny. Con los nervios a flor de piel. Pero antes de abrirla y desaparecer, la mano de Kenny se apoyó sobre uno de sus hombros y le obligó a girarse sobre sí mismo para poder mirarle de nuevo frente a frente.
― Escucha: Hoy he aprendido que ser rechazado hace crecer el deseo de tener lo que parece imposible. Y no puedes negar que te mueres por verle. Debes saber, además, que yo no estaré siempre para hacer de tu paño de lágrimas ―le dijo. La misma mano que lo estaba sujetando se colocó bajo su barbilla para luego alzarle el rostro, obligándole a contemplar aquel mar brillante de ojos azules que rezumaban gloria bendita. Kenny rozó ligeramente los labios en la rojez grosella de los suyos propios, sin ninguna indulgencia. Los separó unos milímetros y añadió en pocas palabras: Sabes perfectamente a lo que me refiero.
Antes que pudiera defenderse con palabras, Kenny le había guiñado el ojo y prosiguió:
― La vida es la hostia de corta como para que los dos estén esquivándose eternamente. Así que tenéis que arreglarlo de una puta vez. Es lo mejor para los dos, créeme. ¡Ah, y una cosa antes de irme…! ―se alejó unos pasos para volverse― El Shabat terminará a medianoche, ¿no? Pues a esa hora te pasaré a buscar. Y ni se te ocurra decirle nada a tu madre porque te sacaré de aquí a rastras si hace falta. ¿Te ha quedado claro, Broflovski?
Él asintió aturdido mientras Kenny desaparecía por la ventana con la misma agilidad de un gato. Sin darle oportunidad a responder.
Kyle suspiró en objeto de tranquilizarse.
"¿Pero qué mosca te ha picado hoy, Ken?" pensó extrañado. Dejando atrás su habitación para reunirse con su familia en la planta de abajo.
FIN CAPITULO III.
En pocos días subiré más capítulos; tanto de este fic como los demás que tengo. Disculpen la tardanza, pero bufff, el verano me ha sido jodidamente movidito. Gracias por los reviews y por las visitas! Un besako y, nuevamente, gracias por leer! ^^
