Todo lo que Scorpius Hyperion Malfoy veía cuando miraba a Weasley, a escondidas y de refilón, por supuesto, eran pecas. Pecas por toda su nariz, mejillas y unas más deslucidas que se desperdigaban por la frente de la chica.
Todo lo que él veía cuando la chica estudiaba en la Biblioteca, unas mesas más adelante que la suya, era la costumbre tan provocativa que tenía la chica de morder su labio inferior, la pluma y así alternativamente hasta que terminaba el ensayo.
Todo lo que él veía cuando la chica caminaba por los pasillos, a una distancia prudencial, que quede claro, era un movimiento sinuoso de caderas que hacía que los rizos grana de la chica se movieran al compás.
Todo lo que él veía cuando la chica levantaba la mano para contestar una pregunta, de la cual él también sabía la respuesta, pero apreciaba más disfrutar del show que la chica hacía para llamar la atención botando suavemente en su silla, haciendo que su falda se levantara levemente en los muslos, revelando más cantidad de pecas.
Todo lo que él veía cuando estaban en Encantamientos, ella en primera fila, él al final de la clase, era la manera tan perfecta en la que la chica enrollaba sus rizos en la varita para entretenerse.
Todo lo que él veía cuando estaban en Historia de la Magia, ella tomando apuntes como un duende hace cuentas en Gringotts, él intentando mantener los párpados abiertos, era la pálida mano de la chica, moteada de pequeñas pecas, cubiertas por manchurrones de tinta verde esmeralda, verde Slytherin adheridos a su piel por pasar la mano sobre las anotaciones hechas durante la clase.
Todo lo que él veía desde la distancia cuando la chica, junto al resto de sus compañeras de curso, al igual que hacía él, se sentaban en el césped de los jardines de Hogwarts, eran las huesudas rodillas que no le restaban, a su juicio, nada de la extraña belleza de la chica.
