Hola, soy nueva por aquí pero después de leer varios fanfics adaptados a libros me di cuenta de la diferencia que hacia leerlo con la mentalidad de que son nuestros personajes favoritos (Edward&Bella), no sé si este permitido hacer esto pero quería compartir con ustedes libros que he encontrado por allí o me han recomendado y me han encantado y adaptarlo. Amaría que dejaran sus comentarios y me dejaran saber que les parece la historia y si quisieran recomendarme libros para leerlos y adaptarlos, para así leerlo todos (hay chicos aquí?). No sabía cómo adaptar el nombre del protagonista ya que sus siglas son como una especie de chiste para ellos, pero bueno algo especial debe tener, así que si ven algo raro con el nombre u otra cosa, háganmelo saber y lo cambiare. La historia es de Collen Hoover y los personajes de Stephanie Meyer.
Disfruten!
Capitulo 2
Edward
Está aquí. Justo aquí, de pie en mi estudio, mirando mí arte. Nunca pensé que la vería de nuevo. Estuve tan convencido de que la probabilidad de que nuestros caminos se cruzaran otra vez sería mínima, que ni siquiera puedo recordar la última vez que pensé en ella.
Pero aquí está, frente a mí. Quiero preguntarle si me recuerda, pero sé que no lo hace. ¿Cómo podría cuando ni siquiera intercambiamos palabras?
Sin embargo, yo la recuerdo. Recuerdo el sonido de su risa, su voz, su pelo, a pesar de que su pelo solía estar mucho más corto. Y a pesar de que sentía como si la conociera en ese entonces, nunca conseguí mirar detenidamente su rostro. Ahora que la estoy viendo de cerca, tengo que esforzarme para no mirarla demasiado. No a causa de su modesta belleza, sino porque es exactamente como imaginé que se vería de cerca. Traté de pintarla una vez, pero no podía recordar lo suficiente sobre ella para terminarla. Tengo la sensación de que lo intentaré de nuevo después de esta noche. Y ya sé cómo voy a llamar a la pintura Más De Uno.
Mueve su atención a otra pintura y aparto la mirada antes de que me atrape observándola. No quiero que parezca demasiado obvio que estoy tratando de averiguar qué colores mezclar para crear la tonalidad de su tono de piel, o si voy a pintarla con el pelo recogido o suelto.
Hay tantas cosas que debería estar haciendo en este momento que no sea mirarla. ¿Qué debería estar haciendo? Ducharme. Cambiarme. Preparándome para todas las personas que están a punto de presentarse en las próximas dos horas.
—Tengo que tomar una ducha rápida —digo.
Se da la vuelta, rápido, como si la hubiera sorprendido.
—Siéntete libre de mirar los cuadros. Voy a repasar todo lo demás cuando acabe. No tardaré.
Asiente y sonríe, y por primera vez pienso, ¿Cuál Hannah?
Hannah, la última chica que contraté para ayudarme. Hannah, la chica que no podía soportar estar en segundo lugar en mi vida. Hannah, la chica que terminó conmigo la semana pasada.
Espero que Bella no sea como Hannah.
Había tantas cosas que no me gustaban de ella, y así no es como debe ser. Hannah me decepcionaba cuando hablaba, por lo que pasamos mucho de nuestro tiempo juntos sin hablar. Y siempre, siempre hizo un punto en decirme que su nombre, cuando se deletreaba al revés, todavía era Hannah.
—Un palíndromo —le dije la primera vez que me lo dijo. Me miró, perpleja, y fue entonces cuando supe que nunca podría amarla. Qué desperdicio de palíndromo era esa Hannah.
Pero ya puedo ver que Bella no es como Hannah. Puedo ver las capas de profundidad en sus ojos. Puedo ver la forma en que mi arte la mueve mientras se concentra en él, ignorando todo lo demás a su alrededor. Espero que no sea como Hannah en absoluto. Ya se ve mejor en la ropa de Hannah de lo que ella alguna vez lo hizo.
Hizo(1). Otro palíndromo.
Entro en el baño y miro su ropa, y quiero llevársela de vuelta. Quiero decirle que no importa, que quiero que lleve su propia ropa esta noche, no la ropa de Hannah. Quiero que sea ella misma, que esté cómoda, pero mis clientes son ricos y de élite y esperan faldas negras y camisas blancas. No vaqueros azules y esta blusa rosa (¿es rosa o rojo?) que me hace pensar en la señora Dennis, mi profesora de arte de la escuela secundaria.
La señora Dennis amaba el arte. La señora Dennis amaba a los artistas. Y un día, después de ver lo increíblemente talentoso que era con el pincel, la señora Dennis me amó. Su camisa era de color rosa o rojo, o tal vez ambas cosas, ese día, y eso es lo que recuerdo cuando miro la blusa de Bella, porque ¿Cuál señora Dennis?
No era un palíndromo, pero su nombre escrito al revés era todavía muy apropiado, porque Dennis = pecar(2) , y eso es precisamente lo que hicimos.
Pecamos por una hora entera. Ella más que yo.
Y no creas que esa fue una confesión convertida en pintura. Fue una de las primeras que he vendido. Lo nombré: Ella Pecó Conmigo. Aleluya.
Pero no quiero pensar en la escuela secundaria o la señora Dennis o Palíndromo Hannah porque son el pasado y el presente es el presente, y Bella es... de alguna manera ambos. Se sorprendería si supiera cuánto de su pasado ha afectado mi presente, por lo cual no voy a compartir la verdad con ella. Algunos secretos nunca deben convertirse en confesiones. Lo sé mejor que nadie.
No estoy seguro de qué hacer con el hecho de que acaba de aparecer en mi puerta, con sus enormes ojos y su tranquilidad, porque no sé qué más creer. Hace media hora creía en coincidencias y casualidades. ¿Ahora? La idea de que su presencia aquí no es más que una coincidencia es de risa.
Cuando bajo las escaleras, está de pie inmóvil como una estatua, contemplando el cuadro que llamo No Existes, Dios. Y Si Existes, Deberías Estar Avergonzado.
No fui yo quien la nombró, por supuesto. Nunca soy quien nombra los cuadros. Todos están titulados por las confesiones anónimas que los inspiraron. No sé por qué, pero esta confesión me inspiró a pintar a mi madre. No como la recuerdo, pero como me imaginé que se veía cuando tenía mi edad. Y la confesión no me recuerda a ella a causa de sus opiniones religiosas. Las palabras sólo me recordaron a lo que sentí en los meses siguientes a su muerte.
(Pintura 3)
No estoy seguro de si Bella cree en Dios, pero algo en esta pintura la tocó. Una lágrima rueda por su mejilla y se desliza lentamente hacia su mandíbula.
Me escucha, o tal vez me ve de pie a su lado, porque roza su mejilla con el dorso de la mano y toma un respiro. Parece avergonzada de haber conectado con esta pieza. O tal vez sólo está avergonzada de que la vi conectar con ella.
En lugar de preguntar qué piensa de la pintura, o por qué está llorando, solo miro la pintura con ella. La he tenido guardada durante más de un año y ayer decidí ponerla en la exhibición de hoy. Normalmente no me las quedo por tanto
tiempo, pero por razones que no entiendo, esta fue más difícil de renunciar que el resto. Todas son difíciles de abandonar, pero algunas más que otras.
Tal vez temo que una vez que dejen mis manos, las pinturas serán malinterpretadas. Poco apreciadas.
—Esa fue una ducha rápida —dice.
Está tratando de cambiar el tema, a pesar de que no estábamos hablando en voz alta. Los dos sabemos que a pesar de que hemos estado callados, el tema de los últimos minutos ha sido sus lágrimas y lo que las ocasionaron y, ¿por qué te gusta tanto esta pieza, Bella?
—Tomo duchas rápidas —digo, y me doy cuenta que mi respuesta es mediocre y ¿por qué estoy incluso tratando de ser impresionante? Me doy vuelta y la miro, hace lo mismo, pero no antes de mirar primero a sus pies, porque todavía está avergonzada de que la vi conectar con mi arte. Me encanta que mire a sus pies primero, porque me encanta que este avergonzada. Si ella está avergonzada, es una persona que se preocupa por las opiniones de los demás.
Eso significa que le importa mi opinión, aunque sólo sea una fracción. Y me gusta eso, porque, obviamente me importa su opinión de mí, o no estaría secretamente esperando que no haga o diga cualquier cosa que me recuerde a Palíndromo Hannah.
Se da vuelta, lentamente, y trato de pensar en algo más impresionante que decirle. Sin embargo, no es tiempo suficiente, porque sus ojos están de vuelta en los míos, parece que está esperando que sea el confiado y sea el primero en hablar.
Voy a hablar primero, aunque no creo que la confianza tenga algo que ver con eso.
Miro hacia mi muñeca para comprobar la hora, ni siquiera estoy usando un reloj, y me rasco rápidamente un picor inexistente por lo que no me veo como si no estuviera confiado. —Abrimos en quince minutos, así que debo explicarte cómo funcionan las cosas.
Exhala, pareciendo más aliviada y relajada de lo que lo estaba antes de que esa frase saliera de mi boca. —Suena bien —dice.
Camino hacia No Existes, Dios y señalo la confesión grabada en la pared. —Las confesiones son también los títulos de las piezas. Los precios están escritos en la parte trasera. Todo lo que haces es marcar la compra, los pones a llenar una tarjeta de información para la entrega de la pintura, y adjuntas la confesión a la tarjeta de entrega, así sabré dónde enviarla.
Asiente y mira fijamente a la confesión. Quiere verla, así que la quito de la pared y se la entrego. Observo mientras lee la confesión de nuevo antes de girar la tarjeta.
—¿Crees que alguna vez la gente compra sus propias confesiones?
Sé que lo hacen. He tenido gente admitiéndome que ellos son los que escribieron la confesión.
—Sí, pero prefiero no saberlo.
Me mira como si estuviera loco, pero también con fascinación, por lo que lo acepto.
—¿Por qué no querrías saberlo? —pregunta.
Me encojo de hombros y sus ojos caen a mi hombro y quizás se detienen en mi cuello. Me hace preguntarme lo que está pensando cuando me mira de esta forma.
—¿Cuándo escuchas una banda en la radio y tienes esta visión de ellos en la cabeza? —Le pregunto—. ¿Pero luego ves una imagen o un video de ellos y no es nada como lo asumiste? No necesariamente mejor o peor de lo que imaginaste, ¿sólo diferente?
Asiente en comprensión.
—Eso es lo que es cuando termino una pintura y alguien me dice que su confesión la inspiró. Cuando estoy pintando, puedo crear una historia en mi cabeza de lo que inspiró la confesión y de donde vino. Pero cuando me entero de que la imagen que tenía mientras la pintaba no se ajusta a la imagen real de pie delante de mí, invalida de alguna manera el arte para mí.
Sonríe y mira a sus pies de nuevo. —Hay una canción llamada "Hold On" de la banda Alabama Shakes —dice, explicando la razón detrás de sus mejillas sonrojadas—. Escuché esa canción por más de un mes antes de ver el video y darme cuenta que el cantante era una mujer. Una completa desilusión.
Me rio. Entiende exactamente lo que estoy diciendo, y no puedo dejar de sonreír, porque conozco esa banda, y me resulta difícil creer que alguien pudiera pensar que el cantante era un hombre. —Dice su propio nombre en la canción, ¿no?
Se encoge de hombros y ahora estoy mirando a su hombro. —Pensé que él se refería a otra persona —dice, todavía llamando a la cantante él, a pesar de que sabe que es ella ahora.
Su mirada se aleja, y camina alrededor de mí hacia el mostrador. Todavía está sosteniendo la confesión en la mano, y la dejo sostenerla. —¿Alguna vez has pensado en permitir que las personas compren anónimamente?
Camino hacia el lado opuesto del mostrador y me inclino hacia delante, más cerca de ella. —No puedo decir que lo he pensado.
Pasa sus dedos sobre el mostrador, la calculadora, las tarjetas de información, mis tarjetas de presentación. Toma una. Le da la vuelta. —Debes poner confesiones en la parte trasera de estas.
Tan pronto como esas palabras salen de su boca, sus labios se presionan en una línea apretada. Cree que estoy insultado por su sugerencia, pero no lo estoy.
—¿Cómo me beneficia si las compras son anónimas?
—Bueno —dice, hablando con cuidado—, si yo fuera una de las personas que escribió una de estas —Sostiene la confesión en su mano—. Me daría mucha vergüenza comprarla. Me daría miedo que supieras que fui yo quien la escribió.
—Creo que es raro que la gente que escribió la confesión en realidad venga a una exhibición.
Finalmente, me da la confesión, y luego cruza los brazos sobre el mostrador. —Aunque no escribí la confesión, estaría demasiado avergonzada para comprar la pintura por miedo que asumas que la escribí.
Tiene un buen punto.
—Creo que las confesiones añaden un elemento de realidad a tus pinturas que no se puede encontrar en otras obras de arte. Si una persona entra a una galería y ve una pintura con la que conectan, podrían comprarla. Pero si una persona entra en tu galería y ve una pintura o una confesión con la que conectan, puede ser que no deseen conectar con ella. Pero lo hacen. Y están avergonzados de que conectaron con una pintura sobre una madre admitiendo que podría no amar a su propio hijo. Y si entregan la tarjeta con la confesión a quien sea que marque su compra, est{n esencialmente diciéndole a esa persona "conecté con esta horrible admisión de culpa".
Estoy impresionado, e intento no mirarla con tanta fascinación. Me enderezo, pero no puedo quitar el repentino impulso de hibernar dentro de su cabeza. Fermentar en sus pensamientos.
—Tienes un buen argumento.
Me sonríe.
—¿Quién está discutiendo(3)?
No nosotros. Definitivamente, no nosotros.
—Entonces, hagámoslo —digo—. Colocaremos un número por debajo de cada pintura y la gente te puede traer el número en lugar de la tarjeta con la confesión. Les dará una sensación de anonimato.
Me doy cuenta del más mínimo detalle de su reacción mientras camino hacia ella alrededor del mostrador. Crece unos cuantos centímetros y toma un pequeño respiro. Llego a su alrededor y recojo un pedazo de papel, y me estiro en frente de ella por las tijeras. No hago contacto visual cuando hago estas cosas tan cerca de ella, pero me mira, casi como si me estuviera pidiendo que la mirase también.
Miro alrededor la habitación y empiezo a contar los cuadros cuando me interrumpe y dice—: Hay veintidós. —Casi parece avergonzada de que saber cuántas pinturas hay, porque aparta la mirada y se aclara la garganta—. Las conté antes... mientras estabas en la ducha. —Toma las tijeras de mis manos y comienza a cortar el papel—. ¿Tienes un marcador negro?
Saco uno y lo dejo sobre el mostrador. —¿Por qué crees que necesito confesiones en mis tarjetas de presentación?
Sigue meticulosamente cortando los cuadrados mientras me responde. —Las confesiones son fascinantes. Distinguen a tu estudio del resto. Si tienes confesiones en tus tarjetas de presentación, vas a despertar interés.
Tiene razón otra vez. No puedo creer que no haya pensado en eso todavía. Debe tener una licenciatura en negocios. —¿Qué haces para ganarte la vida, Bella?
—Corto el pelo en un salón a unas calles de aquí. —Su respuesta carece de orgullo y me da tristeza por ella.
—Deberías estudiar una licenciatura en negocios.
No responde, y temo haberla insultado su profesión. —No es que el cortar de pelo sea algo por lo cual no deberías estar orgullosa —digo—. Sólo creo que tienes cerebro para los negocios. —Cojo el marcador negro y empiezo a escribir los números en los cuadrados, del uno al veintidós, porque esa son las pinturas que dijo están colgadas y le creo lo suficiente como para no contarlas.
—¿Con qué frecuencia abres? —Ignora por completo mi insulto/elogio respecto a su profesión.
—Primer jueves de cada mes.
Me mira, perpleja. —¿Sólo una vez al mes?
Asiento. —Te dije que en realidad no es una galería de arte. No presento a otros artistas, y rara vez abro. Es sólo algo que empecé a hacer hace unos años y tuvo éxito, sobre todo después de que el año pasado logré un artículo en primera plana en el Dallas Morning News. Lo hago bastante bien la noche que abro para ganarme la vida.
—Bien por ti —dice, genuinamente impresionada. Nunca he tratado de ser impresionante antes, pero me hace sentirme un poco orgulloso.
—¿Siempre tienes un número determinado de pinturas disponibles?
Me encanta que esté tan interesada.
—No. Una vez, hace unos tres meses, abrí con una sola pintura.
Se gira y me encara. —¿Por qué sólo una?
Me encojo de hombros, restándole importancia. —No estaba muy inspirado para pintar ese mes.
Eso no es del todo cierto. Fue cuando empecé a ver a Palíndromo Hannah, y la mayor parte de mi tiempo lo pasé en su interior ese mes, tratando de concentrarse en su cuerpo e ignorando el hecho de que no conectaba tanto con su mente. Sin embargo, Bella no necesita saber nada de eso.
—¿Cuál fue la confesión?
La miro inquisitivamente, porque no estoy seguro de lo que está hablando.
—La pintura que hiciste ese mes —aclara—. ¿Cuál fue la confesión que la inspiró?
Vuelvo a pensar en ese mes y de nuevo en la única confesión que parecía querer pintar. A pesar de que no era mi confesión, de alguna manera se siente como si lo fuera ahora que me está preguntando cual fue mi única inspiración durante todo ese mes.
—La pintura se llama Cuando Estoy Contigo, Pienso en Todas las Grandes Cosas que Podría Ser Si Estuviera Sin Ti.
Mantiene su enfoque en mí y su ceño se frunce como si estuviera tratando de llegar a conocer mi historia a través de esta confesión.
Su expresión se relaja y sigue cayendo hasta que se ve perturbada. —Eso es muy triste —dice ella.
Aparta su mirada, ya sea para ocultar que esta confesión le molesta o para ocultar que todavía intenta descifrarme a través de la confesión. Mira a algunas de las pinturas más cercanas a nosotros, así puede evitar mirarme. Estamos jugando a las escondidas y las pinturas son perfectas para ocultarse, al parecer.
—Debes haber estado extremadamente inspirado este mes, porque veintidós es un gran número. Eso es casi una pintura en un día.
Quiero decir: "Sólo espera hasta el próximo mes", pero no lo hago.
—Algunas son pinturas viejas. No todas las hice este mes. —Me acerco a ella un poco más, buscando la cinta esta vez, pero es diferente. Es diferente porque toco accidentalmente su brazo con la mano y en realidad no la había tocado hasta ahora. Pero definitivamente hacemos contacto y ella es absolutamente real y me aferro a la cinta con fuerza porque quiero tocarla más tiempo de lo necesario.
Quiero decir: ¿sentiste eso también?, Pero no tengo que hacerlo porque puedo ver los escalofríos deslizarse en su brazo. Quiero terminar con la cinta y tocar una de esas pequeñas protuberancias que acabo de crear en su piel.
Se aclara la garganta y rápidamente da un paso atrás hacia el espacio abierto de la habitación y lejos de nuestra cercanía.
Respiro, aliviado por el espacio que ha puesto entre nosotros. Parece incómoda, y, sinceramente, me está poniendo incómodo, porque todavía estoy tratando de comprender el hecho de que ella realmente está aquí.
Si tuviera que adivinar, diría que es una persona introvertida. Alguien que no está acostumbrada a estar con otras personas y mucho menos con personas que son desconocidas para ella. Se parece mucho a mí. Una solitaria, una pensadora, una artista con su vida.
Y parece como si tuviera miedo de que llegue a alterar su lienzo si me permite acercarme demasiado.
No tiene por qué preocuparse. El sentimiento es mutuo.
Pasamos los siguientes quince minutos colgando los números debajo de cada cuadro. Observo mientras escribe el nombre de cada confesión en un pedazo de papel y lo correlaciona con su número. Actúa como si lo hubiera hecho un millón de veces. Creo que podría ser una de esas personas que son buenas en todo lo que hacen. Tiene un talento en la vida.
—¿La gente siempre se presentan a estas cosas? —pregunta mientras caminamos hacia el mostrador. Me encanta el hecho de que no sepa nada acerca de mi estudio o mi arte.
—Ven aquí. —Camino hacia la puerta principal, sonriendo a su inocencia y curiosidad. Me da una sensación de nostalgia que me recuerda a la primera noche en que abrí hace más de tres años. Ella trae un poco de esa emoción y me gustaría que siempre pudiera ser así.
Cuando llegamos a la puerta principal, alejo una de las confesiones para que pueda echar un vistazo fuera. Observo sus ojos ampliarse cuando mira a la fila de personas que conozco que están esperando en la puerta. No siempre solía ser así. Desde el artículo en primera plana el año pasado, el boca a boca ha aumentado la cantidad de gente que recibo y he sido muy afortunado.
—Exclusividad —susurra, dando un paso atrás.
Coloco de nuevo la confesión en la ventana.
—¿Qué quieres decir?
—Es por eso que lo haces tan bien. Porque restringes la cantidad de días en que está abierto y sólo así puedes hacer tantas pinturas en un mes. Eso hace que tu arte valga más para la gente.
—¿Estás diciendo que mi éxito no se debe a mi talento? —Sonrío cuando lo digo, para que sepa que sólo estoy bromeando.
Empuja mi hombro juguetonamente. —Sabes lo que quiero decir.
Quiero que empuje mi hombro de nuevo, porque me encantó la forma en que sonrió cuando lo hizo, pero en lugar de eso gira y se enfrenta al espacio abierto del estudio. Exhala una lenta respiración. Esto me hace preguntarme si el ver a toda la gente afuera la ha puesto nerviosa.
—¿Estás lista?
Asiente y fuerza una sonrisa. —Lista.
Abro las puertas y la gente empieza a entrar. Esta noche hay una gran multitud y durante los primeros minutos, me preocupa que eso logre intimidarla. Pero independientemente de lo tranquila y un poco tímida que parecía cuando apareció por primera vez aquí, es exactamente lo contrario ahora. Está floreciendo, como si de alguna manera esté en su elemento, cuando probablemente esta es una situación en la que nunca ha estado antes.
Sin embargo, no podría saberlo desde donde estoy mirándola.
Durante la primera media hora, se mezcla con los invitados y discute de arte y algunas de las confesiones. Reconozco algunas caras, pero la mayoría de ellas son personas que no conozco. Actúa como si supiera todo de ellos. Con el tiempo, camina hacia el mostrador cuando ve que alguien tira del número cinco. El número cinco se correlaciona con la pintura titulada Fui a China Durante Dos Semanas sin Decírselo a Nadie. Cuando vuelvo, nadie se ha dado cuenta de que me marché.
Me sonríe desde el otro lado de la habitación, ya que está facturando su primera transacción. Sigo trabajando entre la multitud, mezclándome, mirándola todo el tiempo por el rabillo del ojo. Esta noche, la atención de todo el mundo está
en mi arte, pero la mía se centra en ella. Es la pieza más interesante de toda esta habitación.
—¿Tu padre está aquí esta noche, Edward?
Aparto la mirada de ella el tiempo suficiente para responder a la pregunta del juez Vulturi con un movimiento de cabeza. —No podía hacerlo esta noche —miento.
Si yo fuera una prioridad en su vida, lo habría hecho.
—Es una vergüenza —dice el juez Vulturi—. Estoy redecorando mi oficina y me sugirió que viniera a ver tu trabajo.
El juez Vulturi es un hombre con una altura de 1.68 m, pero con un ego del doble de su tamaño. Mi padre es abogado y pasa mucho tiempo en el Palacio de Justicia del centro de la ciudad, donde está la oficina del Juez Vulturi. Lo sé porque mi padre no es un fan del juez Vulturi y a pesar de que el juez Vulturi muestre interés, estoy bastante seguro de que tampoco él es un fan de mi padre.
Amigos superficiales es como lo llamo.
Cuando tu amistad no es más que una fachada y son enemigos en el fondo. Mi padre tiene un montón de amigos superficiales. Creo que es un efecto secundario de ser abogado.
Yo no tengo ninguno. No quiero alguno.
—Tienes un talento excepcional, aunque no estoy seguro de que sea muy de mi gusto —dice el juez Vulturi, moviéndose a mí alrededor para ver otra pintura.
Una hora pasa rápidamente. Ella ha estado ocupada la mayor parte del tiempo e incluso cuando no lo estaba, encontró algo que hacer. No se sentó detrás del mostrador pareciendo aburrida como un palíndromo, como ocurrió con Hannah. Hannah perfeccionó el arte del aburrimiento, limando tanto sus uñas durante las dos exposiciones en que trabajó para mí que me sorprendió que tuviera uñas para el final del evento.
Bella no parece aburrida. Pareciera como si se estuviese divirtiendo. Siempre que no hubiera alguien en el mostrador, se levantaba, mezclándose, sonriendo y riendo de los chistes que yo sabía que ella consideraba tontos.
Ve al juez Vulturi acercarse a la mesa con un número. Le sonríe y le dice algo, pero él sólo gruñe. Cuando baja la mirada al número, veo que se forma una mueca en sus labios, pero rápidamente forma una sonrisa falsa. Sus ojos se encuentran brevemente con la pintura titulada No Existes, Dios..., Y entiendo de inmediato la mirada en su cara. El juez Vulturi va a comprar la pintura y sabe tan bien como yo que él no se la merece. Rápidamente me dirijo al mostrador.
—Ha habido un malentendido.
El juez Vulturi me mira molesto y Bella me mira sorprendida. Tomo el número de su mano.
—Esta pintura no está a la venta.
El juez Vulturi resopla y apunta al número en mi mano.
—Bueno, el número todavía estaba en la pared. Pensé que eso significaba que estaba a la venta.
Pongo el número en mi bolsillo.
—Se vendió antes de abrir —digo—. Supongo que olvidé quitarle el número. —Señalo con la mano hacia la pintura detrás de él. Una de las pocas que quedan—. ¿Podría algo como esto gustarle?
El juez Vulturi rueda sus ojos y guarda su billetera en el bolsillo. —No, no me gusta —dice—. Me gustó la naranja de la otra pintura. Coincide con el cuero de mi sofá de la oficina.
Le gusta el naranja. Que Dios lo salve.
Hace una señal a una mujer que está a varios metros de distancia y comienza a caminar hacia ella. —Ruth —dice—, nos detendremos en Pottery Barn mañana. Aquí no hay nada que me guste.
Observo cómo se van, luego giro y me enfrento a Bella otra vez. Está sonriendo. —No podías dejar que se llevara a tu bebé, ¿verdad?
Dejo escapar un suspiro de alivio. —Nunca me lo hubiera perdonado.
Mira detrás de mí que alguien se acerca, así que me hago a un lado y la dejo hacer su magia. Otra media hora pasa y la mayoría de las pinturas han sido adquiridas cuando la última persona sale por la noche. Cierro la puerta detrás ellos.
Me doy la vuelta y todavía está de pie detrás del mostrador, organizando las ventas. Su sonrisa es enorme y no está tratando de ocultarla en absoluto. Cualquier estrés con el que entró en este estudio, no está acosándola en este momento. Ahora mismo, está feliz y es embriagante.
—¡Vendiste diecinueve! —dice, casi en un chillido—. OMG, Edward. ¿Te das cuenta de la cantidad de dinero que acabas de ganar? ¿Y te das cuenta de que acabo de utilizar tus iniciales en mi oración?
Me rio porque sí, me doy cuenta de la cantidad de dinero que acabo de hacer y sí, me doy cuenta de que acaba de utilizar mis iniciales en una oración. Pero está bien, porque fue adorable haciéndolo. También debe tener una habilidad natural para hacer negocios, porque honestamente puedo decir que nunca he vendido diecinueve pinturas en una noche.
—Entonces —pregunto, esperanzado de que esta no sea la última vez que me ayude—. ¿Estarás ocupada el mes que viene?
Ya está sonriendo, pero mi oferta de trabajo hace que su sonrisa sea aún más amplia. Niega y me mira. —Nunca estoy ocupada cuando se trata de a cien dólares la hora.
Está contando el dinero, separando los billetes en pilas. Toma dos de los billetes de cien dólares y los levanta, sonriendo. —Estos son míos. —Los dobla y los mete en el bolsillo delantero de su (o del palíndromo de Hannah) camiseta.
Mi entusiasmo comienza a desvanecerse al comprender que ha terminado y no sé cómo prolongar el tiempo entre nosotros. No estoy listo para que se vaya todavía, pero está metiendo el dinero en efectivo en un cajón y acomodando las órdenes en una pila sobre el mostrador.
—Son más de las nueve —digo—. Probablemente estás hambrienta.
Puedo usar eso como una invitación para ver si quiere algo de comer, pero inmediatamente sus ojos se abren ampliamente y su sonrisa desaparece. —¿Ya son más de las nueve? —Su voz está llena de pánico y rápidamente se vuelve y corre por las escaleras. Las toma de a dos a la vez; No tenía idea de que fuera capaz de mostrar tanta urgencia.
Espero que venga corriendo de vuelta por las escaleras con la misma celeridad, pero no lo hace, así que hago mi camino hacia las escaleras. Cuando llego al escalón superior, puedo oír su voz.
—Lo siento mucho —dice ella—. Lo sé, lo sé.
Está quieta durante varios segundos y luego suspira. —De acuerdo. Eso está bien, hablare contigo mañana.
Cuando la llamada llega a su fin, camino por las escaleras, curioso de qué tipo de llamada telefónica podría causar que alguien sienta tanto pánico. La veo, sentada tranquilamente en el bar, mirando fijamente el teléfono en sus manos. La veo limpiar una segunda lágrima esta noche y de inmediato me molesta quien estaba al otro extremo de esa llamada. No me gusta la persona que la hizo sentir de esta manera, cuando hace apenas unos minutos no podía dejar de sonreír.
Pone su teléfono boca abajo en el bar cuando se da cuenta de que estoy en la cima de las escaleras. No está segura de sí vi esa lágrima—lo hice—así que fuerza una sonrisa. —Lo siento mucho —dice.
Es muy buena en ocultar sus verdaderas emociones. Tan buena, que me asusta.
—Está bien —digo.
Se pone de pie y mira hacia el baño. Está a punto de mencionar que es hora de cambiarse de ropa e ir a casa. Tengo miedo de que si lo hace, nunca vuelva a verla de nuevo.
Tenemos el mismo nombre. Eso podría ser el destino, ya sabes.
—Tengo una tradición —digo. Estoy mintiendo, pero parece ser el tipo de chica que no querrá romper la tradición de un chico—. Mi mejor amigo es el camarero al cruzar la calle. Siempre voy a tomar una copa con él después de terminar mis exposiciones. Quiero que vengas conmigo.
Mira el baño una vez más. Basado en su vacilación, sólo puedo concluir que, o no frecuenta bares o no está segura de sí quiere ir a uno conmigo.
—También sirven comida —digo, tratando de restarle importancia al hecho de que sólo le dije que fuéramos a un bar para tomar una copa—. Aperitivos su mayoría, pero son muy buenos y me muero de hambre.
Debe tener hambre porque sus ojos se iluminan cuando menciono aperitivos. —¿Tienen palitos de queso? —pregunta.
No estoy seguro de si tienen palitos de queso, pero no diré nada al respecto justamente para pasar unos minutos más con ella. —Los mejores de la ciudad.
Una vez más, su expresión es vacilante. Baja la mirada al teléfono en sus manos y luego regresa su mirada hacia mí. —Yo... —Se muerde el labio inferior, avergonzada—. Probablemente primero debería llamar a mi compañera de piso. Sólo para que sepa dónde estoy. Normalmente estoy en casa ahora.
—Por supuesto.
Mira a su teléfono y marca el número. Espera a que la otra persona responda.
—Oye —dice en el teléfono—, soy yo. —Me sonríe tranquilamente—. Voy a llegar tarde esta noche, iré a tomar unas copas con alguien. —Hace una pausa por un segundo y luego me mira con una expresión incómoda—. Umm... Sí, supongo. Él está aquí.
Sostiene el teléfono hacia mí. —Ella quiere hablar contigo.
Doy un paso hacia ella y tomo el teléfono.
—¿Hola?
—¿Cuál es tu nombre? —dice una chica en el otro extremo de la línea.
—Edward Gentry.
—¿A dónde llevarás a mi compañera de cuarto?
Me está interrogando con una voz monótona y autoritaria. —Al McCarthy's Bar.
—¿A qué hora estará en casa?
—No lo sé. En un par de horas a partir de ahora, ¿tal vez? —Miro a Bella por su confirmación, pero simplemente se encoge de hombros.
—Cuida de ella —dice—. Le daré una frase secreta para que la utilice si necesita llamarme para pedir ayuda. Y si no me llama a media noche para hacerme saber que está a salvo en casa, voy a llamar a la policía y reportar su asesinato.
—Um... bien —digo con una risa.
—Déjame hablar con Bella de nuevo —dice ella.
Le entrego el teléfono a Bella, un poco más nervioso que antes. Puedo decir por la expresión confusa en su cara que está oyendo sobre la regla de la frase secreta por primera vez. Supongo que ella y esta compañera de piso no han estado viviendo juntas por mucho tiempo o Bella nunca sale.
—¡¿Qué ?! —dice Bella al teléfono—. ¿Qué tipo de frase secreta es "Pequeña Polla"?
Golpea su mano sobre su boca y dice—: Lo siento —Después de que accidentalmente lo dejara escapar. Está tranquila por un rato y luego su rostro se contorsiona en confusión—. ¿En serio? ¿Por qué no puedes elegir palabras normales, como pasas o arco iris? —Sacude la cabeza con una sonrisa genuina—. Está bien. Te llamaré a la medianoche.
Termina la llamada y sonríe. —Alice. Ella es un poco extraña.
Asiento, estando de acuerdo con la parte extraña. Apunta al baño.
—¿Puedo cambiarme primero?
Le digo que siga adelante, aliviado de que regrese a la ropa que la encontré. Cuando desaparece en el baño, saco mi teléfono para mandarle un mensaje de texto a Emmett.
Yo: Voy a tomar una copa. ¿Sirven los palitos de queso?
Emmett: Nop.
Yo: Hazme un favor. Cuando te pida palitos de queso, no digas que no los sirven. Simplemente di que se acabaron.
Emmett: Esta bien. Rara petición, pero como sea.
(1) Referencia a did (hizo), lo cual leído al revés es lo mismo.
(2) Referencia a Dennis que leído al revés es Sinned (pecar).
(3) Juego de palabras: argument (argumento), arguing (discutir).
(Pintura 3) En mi perfil dejare los links hacia las fotos o sino creare un grupo en Facebook donde las publicare y podremos compartir mas cosas, también estáran en mi perfil.
