Gradualmente, el paño elevó a Bella y la extrajo de oscuridad hacia el sonido de voces suaves.

-Pobrecita, debe de haber sido un viaje muy largo. Obviamente estaba exhausta. ¡Y encima tú le dices doncella, Rose!

-Estoy de acuerdo. Debe haber estado angustiada.

Bella parpadeó. Intentó utilizar las voces como un ancla, pero parecían tener el efecto opuesto; mientras más escuchaba, más deseaba caer de nuevo en la inconsciencia.

-¡Oh! ¡Por fin! Se está despertando.- la pequeña mano fue puesta sobre su frente. -¿Isabella? Soy Lady Alison. ¿Cómo os sentís? Sentimos haberos disgustado.

-No. Disgustada. – En absoluto. ¿Aturdida? Absolutamente. Disgustada ni siquiera se acercaba.

-¿Veis? Claro que no. Estabais cansada solamente. Edward puede ser tan … ignorante con respecto a las necesidades de las mujeres.

-No todos, Alison. O eso he oído. –las dos mujeres se rieron por lo bajo.

Bella abrió sus ojos del todo. Cerniéndose sobre ella, las dos chicas sonrieron conspiratoriamente. Las dos se habían quitado su tocado, y sus trenzas caían sobre ella, cayendo sobre la cama en la que Bella estaba acostada, una rubia y otra oscura. Su corazón saltó a su garganta y se quedó ahí, dificultando su respiración. Tan parecidas a sus amigas …

-¿Edward?- gimió. El nombre le resultaba familiar.

-Edward Cullen. Te trajo aquí. Te encontró en el campo de prácticas.- los ojos de Alison estaban abiertos como platos del horror. –Podrías haber sido golpeada. ¿Cómo llegaste allí?

-No lo sé.- agitó su cabeza, intentando deshacerse de la sensación de confusión. –Estaba en la feria …

-¿La feria? ¿La feria no será hasta la cosecha. Debes de haberte golpeado la cabeza. Edward tenía razón.

-Sir Edward.- Rosalind sonrió. –No dejes que Lord Cullen te oiga llamar a su hijo Edward, Alison. O Sir Jasper.

Alison se puso roja.

-¿Dónde estoy exactamente?- Bella dijo con voz ronca.

-En el Castillo Cullen, claro.- dijo Rosalind.

-¿En el Castillo Cullen?

Bella parpadeó fuerte, intentando aclarar su vista.

-Si, hogar de Su Señoría, Carlisle Cullen, Lady Esme y sus hijos; Sir Edward y Sir James.- Rosalind asintió imperiosamente.

-Y nosotras, claro.- añadió Alison.

-¿Sois …?

-¿Hermanas de Edward?- Rosalind terminó. –No. Estamos bajo la protección de Lord Carlisle.

-Estamos prometidas para casarnos con dos de sus mejores caballeros.- Alison sonrió.

-Oh.

Las otras chicas se rieron otra vez. –Oh. – la imitaron.

Bella se incorporó en la cama, preparánose para el dolor de cabeza esperado. No llegó. Agitó suavemente su cabeza, probando. Todavía nada. Se sentía mejor de lo que se había sentido en días.

-Ah. Debe de ser el aire fresco.- sonrió irónicamente para sí.

-Si os sentís mejor, Isabella, es tiempo de que fuéramos al comedor. La cena va a ser servida dentro de poco tiempo.- Rosalind y Alison pusieron un brazo alrededor suyo para ayudarla a tenerse en pie mientras se levantaba de la cama. Otra vez, Bella esperó la sensación de mareo que había sentido durante todo el día, pero, una vez más, nada. La soltaron agarrando sus tocados de un gran arcón en un lado de la habitación.

-Ese vestido es hermoso.- Alison halagó.- El color te sienta muy bien.

-Si, Alice pensaba lo mismo.- Bella frunció el ceño, pensando en su amiga y en sus extrañas circunstancias. -¿A qué estamos?

-¿A qué estamos?- Rose frunció el ceño. –Creo que son las Vísperas.

Bella agitó su cabeza fuerte. –No, no; quería decir, ¿en qué año estamos?

-Oh.- la frente de Rosalind perdió su confusión. –El año de nuestro señor, 1137.

1137. Bella se paró en seco. Había sabido que algo estaba mal cuando había conocido a Rosalind y a Alison, dos chicas tan parecidas a sus amigas en apariencia, pero completamente diferentes en la manera de hablar y actuar. Pero ella había pensado que había sido drogada y arrastrada a una extraña secta medieval. Esto … esto fue suficiente para que sus rodillas cedieran. Cayó fuertemente al suelo.

-¡Isabella!- las manos de Alison intentaron agarrarla, enredándose en las mangas demasiado largas.

-¡Oh!- Bella gimió. –Oh, esto no puede estar pasando.

-Isabella, ¿os sentís bien?

-Si.- masculló. –Me siento perfectamente bien.- Si, totalmente bien. Me estás diciendo que he sido arrastrada a 900 años de mi vida, mi verdadera vida, pero estoy estupenda, gracias por preguntar.

-No parecéis muy bien.- Rosalind confirió.

Bella suspiró. El sarcasmo obviamente todavía no había sido inventado.

-Venid, Isabella. Nos perderemos la cena.- Rose levantó a Bella por el brazo. –Y deseo ver a mi Emmett.

*****

Alison y Rose guiaron a Bella bajo la escalera de piedra. Cuando llegó abajo, casi había conseguido sujetar su falda que era demasiado larga perfectamente. Al principio, cuando la había levantado hasta sus rodillas, las otras chicas dieron un grito ahogado de sorpresa, así que Bella la había soltado y se había tropezado, y se había topado con el muro, y casi se había caído por las escaleras.

Cuando finalmente llegaron al comedor, su boca se abrió, y no pudo contener su sorpresa.

Había más caballetes alieneados alrededor de la habitación. Sobre cada mesa, enormes hombres se estaban riendo y estaban comiendo, tirando huesos o pateando a los animales desesperados a sus pies. Parecían tan grandes; casi esperaba oír el fuerte crujido de los asientos de madera bajo ellos al romerse en dos. Esto no podía ser cierto, pensó para sí. Era como el plató de una película.

Al final del comedor, en una plataforma, estaban sentadas las personas más hermosas que Bella había visto nunca. Edward estaba ahí, por supuesto; todavía en su delatador negro y dorado, y James. En el medio había un dios rubio, y a su lado una delgada belleza. Bella asumió que debían ser los mismísimos Lord y Lady del castillo. Sentados más lejos, en puntas opuestas de la mesa, había dos caballeros, totalmente diferentes. Uno era más grande que cualquier otro hombre de la habitación, sus brazos parecían del tamaño de pequeños troncos, su pelo oscuro de una longitud tan corta que estaba fuera de moda, y sus ojos azules brillando. En la otra punta había un hombre un poco más delgado, pero también musculoso y pelo rubio enmarañado y ojos un color avellana claro, que estaban fijados sobre las recién llegadas. Bella no tardó en darse cuenta de que eran Emmett y Jasper porque Rosalind y Alison la dejaron sola para ocupar sus lugares junto a sus prometidos.

Bella se quedó de pie en el hueco de la cabeza, sintiéndose incómoda y fuera de lugar. Estaba lista y a punto de correr escalera arriba, tobillos expuestos sean malditos, cuando James se levantó y le hizo un gesto para que se acerque a él, sonriendo de oreja a oreja. Soltando un suspiro aliviado, cruzó la habitación rápido, chocándose con lo que parecía ser todas las personas en su camino.

James la recibió junto al estrado. –Isabella.– Presionó sus labios suavemente sobre sus nudillos. –Os gustaría compartir mi copa?

Bella asintió, aunque no tenía idea a lo que él se estaba refiriendo. No dejando ir su mano, la condujo hasta un asiento entre el suyo y el de Edward. Edward ni siquiera alzó la visa.

Se sentó despacio, desesperada por no hacer el ridículo otra vez, y miró a su alrededor con los ojos como platos al banquete. James resumió su asiento a su izquierda.

Enormes ancas de oveja, pájaros enteros con las plumas cuidadosamente repuestas tras su cocción, grandes pedazos de pan integral.

Bella olió cautelosamente, sorprendida qué tan apetitosa olía la comida. Incluso el pastel de pescado.

James movió la mano de Bella con un cáliz de estaño. –Hmm. –ella sonrió –Sólo he visto de estos en la tele y en el cine.

-No entiendo.- él dijo.

-No es nada, no te preocupes.- levantó la copa y tomó un gran trago. Y casi vomitó.

-¿No os gusta la ale, Isabella?

-Eh, no. Gracias.

-¿Entonces agua, tal vez?

Levantó un puño y un sucio y sudoroso chico joven se apresuró hacia él. -¿Sir James?

-Un cáliz de agua para milady.

-Señor.- el chico asintió, y se alejó, hábilmente sorteando las estiradas piernas y a los hurgueantes animales.

James agarró el cáliz, cuidadosamente moviéndola para que sus labios bebieran del mismo sitio en el que habían hecho lo mismo los de Bella.

Ella se puso roja, y jugó con el pan que estaba entre ellos.

-No comas eso todavía.- una voz melódica la reprendió a su derecha. Levantó la vista para ver ojos verdes otra vez, pero esta vez con una completa visión de la cara en la que estaban.

A Bella se le paró la respiración. No se había dado cuenta de que era tan … hermoso. Incluso con su boca curvada hacia abajo en desagrado, y barba de unos días, su cara era semejante a la de un ángel. Su nariz era perfectamente recta, su pelo de color bronce caía suavemente bajo sus oídos, y sus labios carnosos eran distrayentes. Ella continuó mirándolos mientras él hablaba.

-James y vos necesitaréis eso para el próximo plato.

Paró sus manos, que todavía seguían jugando con los bordes.

La vista de Edward volvió a la mesa, y a su comida, pero Bella seguía mirándolo. La forma en que su pelo caía, cubriendo su cara, la forma en que sus largos dedos tocaban delicadamente los pedazos de carne. En completo contraste con James a su otro lado, que agarraba grandes trozos de carne y cortándolos con sus dientes.

Gradualmente, su vista viajó a través de la mesa, a donde Rosalind y Emmett estaban riendo por lo bajo, compartiendo su pan. Y luego, al otro lado de la mesa, donde Jasper sujetaba el cáliz hacia Alice para que pudiese beber. Y justo al lado de James, Esme se reía mientras Carlisle le susurraba al oído. A lo largo de toda la mesa, fluía el amor. En todas partes menos a su alrededor.

Típico, pensó para sí, rodeada de chicos guapísimos y están más interesados en la comida.

El niño volvió con su cáliz de agua, y ella lo aceptó agradecidamente.

El primer sorbo, y se acordó de qué tan diferente era dónde había ido a parar.

En casa, el agua del grifo era soportable, aunque no de la calidad del agua embotellada. Pensó que incluso si pudiera ver el agua, ésta debía de ser un color marrón. Hasta el primer sorbo estaba lleno de un extraño surtido de granos y otra cosas que no deberían estar allí. O al menos en su mente no.

Probablemente eran normales en esta época. Dejó su bebida brevemente, considerando sus opciones. La nauseabunda ale, que no parecía mejor que orina de gato, o filtrar el agua con sus dientes.

Todavía estaba pensando en esto cuando James habló. –No deseáis agua, Isabella?

-Yo … yo … -tartamudeó, preocupada.

Él suspiró, molesto. –Tal vez por hoy deberíais ompartir la copa de Edward. Tiene debilidad por el vino que el resto de nosotros no.

Ella alzó la vista brevemente, viendo de reojo la mirada de irritación que Edward le envió a su hermano.

James dio una sonrisita. –Siempre y cuando estés afable, claro, hermano.

-Por hoy.- Edward empujó su copa hacia ella. –Sois bienvenida a ella.

Bella tocó la copa suavemente, mirándolo cuidadosamente por debajo de sus pestañas. Había vuelto a ignorarla completamente. Levantó el cáliz a sus labios, sorbiendo con cautela. Casi suelta un suspiro de alivio. Aunque no ideal, esto era más familiar, similar al poche de vino que había probado en casa.

Casa. Había sido menos de una día pero ya se sentía desplazada, exasperada. Lágrimas llenaron sus ojos al pensar en sus amigas. ¿Estarían preocupadas por ella? ¿Habían ido ya a la policía? ¿Cómo iban a explicarlo?

James la sacó de su melancolía. –¿Estáis prometida en matrimonio, Isabella?

Ella se atragantó con el vino que estaba bebiendo.

-Definitivamente no.

Respuesta incorrecta, gritó su subconsciente. Algo en la sonrisa de James la hizo nerviosa.

-Ah, ¿si? Eso es … conveniente.

Ella se encogió en su asiento.

Una mirada inexplicable pasó por los ojos de James.

-Extraordinariemente conveniente.