Pues aquí está el siguiente capitulito!

Algunas me decíais que cómo pasó que Rose acabó en Slytherin y cómo se lo tomaron los demás. Espero que este capítulo solvente todas las dudas.

Gracias en especial a DianaYeye, solpotterblack y a Abril por vuestras reviews! Son mucho para mí, de verdad. Gracias también a aquellos que leéis y no dejáis review! Pero recordad: Una Leara con review es una Leara contenta!!

Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a JK Rowling.


"Si no eres una Gryffindor, te desheredaremos"

Desde que llegó a Hogwarts y el Sombrero Seleccionador gritó Slytherin, en lugar del esperado Gryffindor, esas palabras han perseguido a Rose Weasly día tras día y noche a noche… sin llegar a saber porqué, sin encontrarle ningún tipo de explicación. Nada. Vacío y sorpresa, y por encima de todo una inevitable soledad. Una vida entera pensando que eres un aguerrido león para descubrir que has ido a parar de cabeza a un nido repleto de serpientes.

Quedan menos de dos horas para que el verde y el rojo se enfrentes eufóricos en el campo de juego, y aunque sabe que debería estar observando a su equipo entrenar y planear alguna estrategia para el partido, Rose no puede evitar pensar en aquel primer año que pasó en Hogwarts. Aquel que debería haber sido uno de los más felices de su vida fue un auténtico infierno desde el comienzo. Cuando escuchó aquellas palabras no reaccionó, aquello no podía ser real, ella no podía estar en Slytherin.

Su nueva casa no vitoreó, no escuchó nada, todo el Gran Comedor quedó en silencio. Despacio, deslizó su mirada hacia la mesa de Gryffindor donde todos sus primos la miraban boquiabiertos, sin saber qué decir, ni qué hacer… ¿Qué demonios había salido mal?

La gigantesca mano de Hagrid sobre su hombro fue lo que la devolvió de nuevo a la realidad. Rose solo vio aquellos gigantescos ojos y su sonrisa.

Cinco años atrás…

-Rose, cariño, ¿estás bien?

La niña seguía con el Sombrero Seleccionador sobre su cabeza, negándose a volver a la realidad.

-Pequeña Weasly, deberías ir a tu mesa. Hay otros esperando –oyó decir al sombrero con su voz chirriante.

-¿Por qué? ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Yo debería estar en Gryffindor.

La respuesta no tardó mucho en llegar.

-Hay valentía en ti pequeña, pero la grandeza que Slytherin te dará la eclipsa por completo. Has roto la tradición, no por nada eres más Granger que Weasly. Anímate niña, ya sabes lo que dicen: lo que no te mata, te hace más fuerte.

El semi-gigante le quitó el sombrero de la cabeza impidiéndole replicar y la instó a levantarse y a dirigirse a su mesa para así poder seguir llamando a más alumnos al sombrero. Rose vaciló, volvió a mirar a su familia que aun no había salido de su estupor y se dirigió a su mesa. A su llegada nadie la saludó, solo la miraban, como si fuera un extraño espécimen de babosa carnívora con largos colmillos naranjas. La niña se sentó en el primer hueco que vio y se pasó toda la noche con la mirada fija en su plato vacío, sin probar bocado y cuando aquella misma noche fue a su habitación y conoció a sus compañeras, supo que sería el año más largo de su vida.

Los días pasaron y Rose se convirtió en un fantasma más vagando por Hogwarts. La noticia de su nombramiento no tardó ni un día en llegar a La Madriguera y desde entonces solo había recibido carta de su madre, día tras día, animándola y pidiéndole que tuviera paciencia con su padre. Él acabaría aceptándolo, o al menos eso esperaba.

Por un lado, recibía la ley del silencio por parte de sus compañeros de casa. Por el de su familia, fugaces holas y adiós en los pasillos y cambios de clase. Aquello no podía estar pasando, se repetía una y otra vez, pero cada mañana al despertar se daba cuenta que sus peores temores se hacían realidad. Maldecía sus sábanas de seda verdes y se lamentaba porque no fueran rojas.

Una mañana, antes de marcharse a clase, se miró al espejo, intentando buscar a la niña que había atravesado el andén 9 y ¾. Ante ella, una Rose bastante más pálida y demacrada con el pelo enmarañado y gafas de pasta le devolvió la mirada. No le gustó, pero tampoco tenía ánimos para cambiarlo.

Suspiró resignada, cogió sus libros y se marchó.

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-¿Qué tal, Weasly? –la niña apartó la mirada de su enorme libro sobre la Historia de Hogwarts que le había regalado su madre para toparse con unos ojos grises que la miraban maliciosamente.

-Déjame en paz, Malfoy.

El chico pareció no escucharla, dio la vuelta a la mesa de la biblioteca donde Rose siempre acostumbraba a esconderse y se sentó a su lado.

-¿Cómo te va el periodo de adaptación al verde y al plata? –viendo que la niña había vuelto a su lectura y no le hacía el menor caso cerró su libro de golpe. Rose se giró hacia él enfadada. –Debe ser difícil dejar de gruñir para aprender a sisear.

-¿Qué es lo que quieres?

-Veo que no te andas por las ramas, Weasly –él esbozó una sonrisa de medio lado. –Estoy aquí para hacer un trato contigo.

Ella le devolvió la mirada escéptica.

-¿Qué clase de trato? –algo dentro de ella la obligaba a no confiar en ni una sola palabra de lo que decía. Aún así no pudo evitar preguntar.

-Uno en el que nos beneficiemos los dos. –el chico hizo una pausa dramática para darle más énfasis a la conversación. –Tú tienes ciertos problemillas sociales con mi gente y yo con… -señaló la montaña de libros frente a ella. -… con la tuya.

-No entiendo.

-Te lo diré más claro: tú me ayudas con el profesor Binns y con Longbottom y yo te ayudo a no terminar convertida en una antisocial.

-Llegas tarde, Malfoy, por si no te has dado cuenta: ya soy una antisocial.

El rubio chasqueó la lengua disgustado.

-Esa no es la actitud. –se acercó más a ella, con los ojos brillantes, hasta quedar a menos de cinco centímetros. Nariz contra nariz. –Los Slytherin siempre encontramos la manera de alzarnos, sea cual sea la dificultad. Y eso es algo que vas a tener que ir metiéndote en esa cabezota. Cuando acabe contigo, toda mujer que pise Hogwarts se lamentará por no ser tú.

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-¡No, Malfoy! ¡Por enésima vez no! ¡William el Iluminador no fue el que sumergió la Atlátida bajo el océano sino el que hizo erupcionar el Vesubio y destruyó Pompeya! –los dos Slytherin iban caminando por uno de los pasillos menos transitados de Hogwarts a comienzo del trimestre. El pasillo hacia la biblioteca.

-¡Menuda estupidez! ¿Por qué haría eso?

-La gente hace cosas realmente estúpidas por amor, ¿no lo sabías?

-Scorpius –terminó él la frase.

-¿Cómo dices? –ella se paró en seco y lo miró.

-Mi nombre es Scorpius. Estoy harto de que me llames Malfoy todo el rato.

El semblante serio del chico no dejaba lugar a contradicciones. Rose le miró confusa y se preguntó de dónde habían salido todos aquellos prejuicios por el apellido Malfoy que tan a rajatabla había llevado esos días. Y en seguida encontró la respuesta: su padre.

Él ladeó la cabeza hacia un lado y le sonrió.

-¿Qué?

-Nada, Malf… Scorpius. Vamos dentro, aún tenemos mucho que estudiar.

Como ya era costumbre, se fueron directamente a una de las últimas mesas de la mesa en la sección de herbología. Ella dejó todos los libros que llevaba sobre la madera y se fue a buscar más a las estanterías. Scorpius se sentó en una de las sillas y empezó a ojear el primer libro del montón.

-¿Sabes, Rose? Anoche estuve pensando sobre mi parte del trato –un ruido parecido a un gruñido dos estantes más atrás le instó a continuar. –Y he llegado a la conclusión de que tú también deberías poner de tu parte. Lo primero que deberíamos mejorar es tu imagen.

Rose llegó con una montaña de libros, los dejó de golpe sobre la mesa y se volvió indignada hacia el rubio.

-¿Qué es lo que se supone que pasa con mi imagen?

Él la miró de arriba abajo, con una expresión que decía que la respuesta era demasiado obvia como para ser dicha en voz alta. Sin embargo, viendo que intentar razonar con ella era como hacerlo con una varita se levantó, se acercó a la castaña y comenzó a darle vueltas.

-Para empezar tendríamos que hacer algo con tu pelo, el largo de tu falda, esa camisa tan ancha, ¿la corbata perfectamente anudada? Me parece que no –se paró frente a ella y desanudó la prenda. –Y esas gafas. Sin duda tenemos que hacer algo con esas gafas.

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Rose tuvo que reconocer con una sonrisa nostálgica en los labios, que aquel cambio de imagen le costó más de lo que ambos esperaban. Concretamente cuatro años, la pócima especial que Pansy Zabini, madre de Stella, había hecho crear para que los rizos de sus hijas permanecieran completamente lisos y continuos gritos de frustración de Scorpius cuando la veía aparecer con chándal y la camiseta vieja que, con la pérdida de pudor y el aumento de confianza, la castaña le había "tomado prestada".

A pesar de todo, Rose era una Granger y había aprendido a la perfección el estilo y refinamiento característico de una Slytherin. Ahora llevaba el pelo largo, muy liso y con flequillo recto al ras de las cejas. Su falda estaba en el límite de lo que podría considerarse casi correcto para una señorita. Su blusa había encogido dos tallas y ahora que por fin su cuerpo había adquirido apariencia de mujer, con sus curvas y pechos voluptuosos, la rellenaba estupendamente bien. Su corbata ya no sabía lo que era un buen nudo y esas horribles gafas habían sido sustituidas por los que los muggles llamaban lentillas.

El resultado era bueno. Ella lo sabía. Todas esas miradas masculinas se lo decían. Scorpius había sido bastante fiel a su promesa, aunque él insistiera en que aún no había terminado con ella.

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Se acercaban las vacaciones de navidad y la popularidad de Rose no había crecido ni un ápice, sino justo lo contrario. El hecho de que Scorpius Malfoy, heredero de una de las familias más antiguas y prestigiosas de todo el mundo mágico pasara el 90 de su tiempo con aquella intrusa sangre sucia, no hacía más que avivar el descontento de los Slytherins.

-¡Date prisa, Weasly, o llegaremos tarde a Defensa! Ya sabes cómo es Nott.

-Ya voy. Ya voy. –se apresuró subiendo las escaleras desde su habitación hacia la sala común de casa. –Estaba terminando de copiar el ensayo. Lo siento. ¡Vamos!

Tuvieron que correr para llegar justo en el momento en el que el profesor cerraba la puerta.

-Señorita Weasly, Señor Malfoy. La próxima vez tendrán que quedarse fuera. –les reprendió. Ellos no contestaron, entraron al aula y se sentaron en una de las últimas mesas. Theodore Nott volvió a centrar su atención en toda la clase. –La próxima semana, por motivos que no les incumbe, tendré que ausentarme y no podré dar clases –una alegría general se extendió entre el alumnado. –Pero son se preocupen, dejaré suficiente tarea para tenerlos ocupados. –el ánimo descendió. –Por eso y porque ya es hora de ponerlos a prueba, hoy, nuestro último día antes de las vacaciones, se batirán en duelo poniendo en práctica los hechizos que les he enseñado.

Todos se miraron entre sí.

-Y qué casualidad, solo estamos Gryffindors y Slytherins. El equipo ganador tendrá 50 puntos extra para su casa.

Una joven Gryffindor levantó ceñuda su mano.

-¿Es esto legal, señor?

-Dependerá del hechizo que ustedes utilicen. Bien, empecemos: Robins y Baddock.

Uno a uno, pareja a pareja, se iban levantando al llamado del profesor. Unas veces tocaba caer a Gryffindor, otra a Slytherin. Las reglas eran sencillas, se batían en parejas, quien ganara se batía con otro y así hasta que el último quedara en pie. Scorpius ya se había deshecho de cinco Gryffindors, pero cuando Albus se subió a la tarima y se enfrentaron, el rubio quedó desarmado y fue lanzado al otro lado de la habitación.

Rose corrió a ver cómo estaba su amigo.

-Vaya, ¡qué interesante! –Nott miró divertido a la niña. –Solo quedan Rose Weasly y Albus Potter. –la niña tragó saliva y se llevó la mano a la varita, dubitativa. -¿Qué familia eliges Rose?

Por primera vez desde que llegara allí, escuchó cómo los Slytherin clamaban su nombre. Scorpius se irguió y se unió a los vítores. Las voces de los Gryffindors animando a Albus también se oyeron.

La castaña se subió a la tarima y adoptó una postura de combate frente a su primo. Éste se limitó a sonreír, confiado. Aquello irritó a Rose.

-Vamos prima, sabes que James me ha enseñado prácticamente todo lo que sabe. Ríndete. Además, somos familia. No te atreverás. –el moreno se giró a sus compañeros cuando el grito de su prima lo hizo frenarse.

-¡Date la vuelta, Albus y encárame! No pienso atacarte por la espalda.

-¡Vaya! Será la primera vez que un Slytherin piensa así.

Las serpientes sisearon ante la provocación y los leones se rieron a mandíbula abierta.

-¿No será que el bravo león tiene miedo de enfrentarse a su primita, verdad?

Albus se volvió furioso, alzando su varita.

-Te vas a enterar.

Antes de que el niño pudiera siquiera pensar en un hechizo de ataque, Rose ya había terminado de recitar el suyo. Una luz verde y plata salió de su varita impactando directamente en el pecho del chico y lanzándolo al otro lado de la clase.

-¡50 puntos para Slytherin! –gritó el profesor.

Los vítores de los chicos pudieron escucharse en todo el ala del castillo. Los Slytherin se subieron también a la tarima y hundieron a Rose en un mar de abrazos y felicitaciones. La niña, superada la sorpresa inicial, sonrío. Una sonrisa amplia y sincera que no hizo más que ensancharse aún más cuando escuchó las palabras de su amigo susurrándole al oído.

-Y así es como la melena y las garras dieron paso al veneno y los colmillos.


Sí, ya sé que es totalmente un capítulo de transición, pero es que se me alargó demasiado y de todas formas tarde o temprano había que hacer este pequeño flashback.

Espero que os haya gustado y que me dejéis reviews! Dadle al GO!

Saludines