Nota: Tal vez debería haber dicho desde un principio que esta historia es totalmente AU, pero como Jean aparece a las primeras de cambio y sabemos que en el universo Marvel oficial la nena está más muerta que el prota del "6º Sentido", no me pareció necesario. En otro orden de cosas... Pensé en hacer que Aurora, ya que su madre es puertorriqueña, usara varias expresiones de allí, pero luego lo descarté por no parecerme conveniente. ¿Por qué iba ella a utilizar un vocabulario distinto si esta historia está escrita en castellano (muy español, pero castellano al fin y al cabo)?
Ahhh... Star Wars... Me encanta sisar diálogos de esa película.
CAPÍTULO 3
— Muy bien, ¿se ha entendido el plan?
— No sé por qué me tengo que quedar – gruñó Aurora.
Jamie le pasó un brazo por los hombros, en actitud paternalista.
— Es necesario. Si Jean sospecha, puede que se levante, la muy z— astuta, e intente descubrir si estamos en nuestras habitaciones. Tú te encargarás de impedirlo.
— ¿Cómo? No es como convencer a tío Kurt para que te perdone, ¿sabes?
— Sé. Pero tú eres una chica muy lista, Dawn. Estoy seguro de que encontrarás el modo.
— Sin tener que matarla, claro – añadió Luc automáticamente.
Jamie se giró hacia él para echarle una mirada vitriólica.
— Gracias, Luc, muy amable por la aclaración.
— Sólo intentaba ayudar.
— Pues no lo hagas.
— No seas borde – le conminó Aisha.
— En fin, como iba diciendo… Tú, Aurora, con tu despierta imaginación serás capaz de hacer frente a cualquier contingencia que suponga Jean. Lo harás, ¿verdad? ¿Verdad que sí? ¿A que lo vas a hacer?
El muchacho esbozó una de sus mejores sonrisas. Jamie había heredado ese encanto ruin de su padre, aquel que no se podía vencer, aunque supieras que sería tu perdición. Aurora, por supuesto, no pudo resistirse y las comisuras de sus labios se elevaron.
— Está bien, lo haré. Pero sigo sin estar de acuerdo.
— Ésta es mi chica.
Jamie le frotó el brazo con energía y la besó en la coronilla. Danny se mosqueó: ¿acaso el calavera no tenía suficiente con tirarle los tejos a su hermana? Por no mencionar la complicidad sexual que mantenía con Garazi o el tonteo crónico que se llevaba con su madre.
— ¿Cómo sabré cuándo habéis vuelto? – preguntó Aurora, intentando parecer indiferente ante el contacto de Jamie.
— Escucharás el Claro de luna de Beethoven – respondió él.
— ¿Vas a volver a realizar el numerito del piano? –preguntó Sarah-. ¿No es peligroso? Al final mi madre te va a castigar.
— Ya es suficiente castigo estar aquí y acudir todos los días a clase. –Miró a su prima, resentido-. ¿Por qué no puedo tener tus privilegios e ir a clase cuando me da la gana?
— Porque no tienes un cociente intelectual que es la envidia de la Inteligencia Suprema – respondió Aisha y le sacó la lengua.
— Yo poseo mi propia y alucinante inteligencia que nada tiene que envidiar a la tuya. ¿Cómo, si no, habría podido engañar a Jean estas últimas semanas?
— Por cierto, hablando de eso –saltó Sarah-, ¿de dónde sacas el alcohol para disimular tu aliento? Porque no nos paramos por el camino cuando volvemos a casa de una misión y no veo que lleves ninguna botella de vodka encima.
Jamie metió dos dedos en el bolsillo frontal del chaleco antibalas remendado y sacó dos botellitas de cristal, de esas que suelen estar en los minibares de los hoteles.
— ¿De dónde las has sacado?
— Oh, no me creerás, pero de un armario en la habitación de tu madre.
— ¿El pequeño que se encuentra junto al tocador? – A Sarah se le ocurrió esta pregunta antes de la lógica, que le vino dos segundos después y sería: "¿Qué hacías tú en la habitación de mi madre?"
— Sí, había un montón de ellas. –Vio que los hermanos Summers-Grey palidecían y se llevaban las manos a la cabeza-. ¿Pasa algo?
— Jamie, mi madre las colecciona.
— ¿Colecciona botellitas de minibares? ¿Qué clase de colgada hace una cosa así?
— Nuestra madre – replicaron Sarah y Danny al unísono.
— Y luego me llaman pirado a mí.
Garazi iba a decir algo, pero decidió dejarlo. ¿Para qué, verdad?
Aisha, mientras tanto, espiaba por la ventana. Los dos hombres apostados bajo ella frotaban sus manos y les echaban su aliento para intentar calentarlas. Cada dos segundos, más o menos, miraban hacia su izquierda, con cara de pocos amigos. Uno de ellos, el de complexión más fuerte, hizo acopio de fuerzas y subió su manga para echarle un vistazo al reloj. Luego volvió a bajarse la manga de un tirón. Dijo algo. Por su expresión, un juramento. Dejaron pasar casi un minuto hasta que el fuerte hizo un gesto con su cabeza, señalando hacia un lado. Su compañero asintió y ambos abandonaron el lugar antes de que les relevaran. Como siempre, la segunda guardia llegaba tarde y, como siempre también, sus predecesores se habían cansado de esperar.
– Vamos, ya es la hora – avisó Aisha.
Sin prisa, pero sin pausa, con todo el cuidado que su apremio les permitía, cada uno de los adolescentes fue saliendo por la ventana. El último, Jamie, se paró un momento en el alfeizar para mirar hacia atrás.
— Contamos contigo, Dawn, no nos falles.
Para aquellos que no lo sepan, meter cinco elefantes en un mini es más fácil a que quepan seis personas con trajes de asalto en un BMW 750. Diga lo que diga BMW.
La lycra o el material de moléculas inestables ocupan menos. Pero claro, los trajes de moléculas inestables se estaban demostrando inútiles contra las nuevas armas y los hechos de lycra tendían al daltonismo cromático. Además, ambos carecían de lugar para muchos bolsillos donde guardar cosas útiles como GPS (o habanos, al estilo Lobezno. Claro que Logan era uno de esos hombres que podían ir por ahí con un traje de lycra de colores chillones sin problemas).
Conducir con botas militares, coderas y guantes ignífugos también tiene su aquel. Y si no, que se lo preguntasen a Aisha. No era la mayor del grupo (Niklaus, el universitario sempiternamente ausente lo era, y tras él, Jamie); tampoco tenía carné; pero sí que era su coche. O bueno, uno de los de su difunto padre. Pero era casi decir lo mismo. Al fin y al cabo, entraba dentro de la herencia de Aisha, y aunque ésta se encontraba bajo el fideicomiso de su madre hasta su mayoría de edad, técnicamente le pertenecía a la muchacha.
Era una suerte que en la carretera entre Salem Center y Nueva York no hubiera nunca controles de velocidad (o de cualquier otro tipo). También era una bendición que no abundaran las curvas, porque Aisha gastaba zapatilla que parecía accionista de Nike.
Salieron hacia las ocho de la Mansión, pero entre una cosa y otra alcanzaron su destino rozando la medianoche. Y rozando las paredes con los retrovisores, cuando a Aisha se le ocurrió probar su inteligencia espacial y meter el coche en un callejón.
— Tal vez… no deberíamos dejarlo aquí… No parece muy seguro. Vamos, digo yo… Que tampoco me estoy quejando… Sólo lo comentaba.
Aisha miró a Luc, quien se sentaba a su lado (porque era imposible que aquel poste telefónico entrara en el asiento de atrás), agarrando nervioso su cinturón de seguridad, como si de una boa constrictor a punto de ahogarle se tratase.
— Tranquilo, este coche tiene un sistema de seguridad a prueba de gambitos.
Posó una mano en su delgado brazo y sonrió. Luc se quedó muy quietecito muy quietecito, asustado de romper el hechizo, porque no siempre se tiene la oportunidad tan maravillosa de poder ver la sonrisa de una diosa. Jamie los observó, suspicaz. Le dio un codazo a Sarah y con una mirada le transmitió sus jocosas sospechas amorosas. Ella murmuró "ni hablar".
— Lo estás haciendo muy bien. – La voz de Aisha pareció de repente tan anciana y sabia como el mundo.
— Sí, ¡eres el amo del cotarro! - exclamó Garazi, agachada hacia él, sentada sobre las rodillas de Jamie (a alguien le tenía que tocar y Garazi dijo bromeando que estaba acostumbrada a esa posición).
Luc enrojeció y deseó evaporarse allí mismo. Normalmente, la gente sólo lo piensa en sentido metafórico, pero la gente, por lo general, no tiene el poder mutante de transformar su cuerpo en cualquiera de los estados de la materia, como sí podía hacerlo Luc. De todas maneras, no se convirtió en humo porque habían "desconectado" sus poderes cuando se acercaban… allá donde debían ir… ese sitio…
— ¿Dónde estamos? – preguntó.
— Aquí es donde se encuentra el Cuartel General de la Policía Anti-Mutante. –Aisha intentó abrir su puerta, pero se lo impedía la pared-. Tendremos que salir por el techo solar.
— Creí que el Cuartel General era ese edificio enorme del centro de Manhattan.
— Simples oficinas administrativas que sirven de tapadera a las verdaderas prisiones ubicadas aquí –explicó Jamie sujetándose a los bordes de la abertura en el techo y apoyado las plantas de los pies en el respaldo de los asientos delanteros-. Paranoias que le entraron a Haller jr. Ya sabes, papi ex presidente genocida, su hijo jefe de genocidas armados "en secreto". Pero igual de imbéciles. –Consiguió subir al techo y ofreció su brazo para ayudar a los demás-. Pensó que los mutis nunca encontraríamos su escondrijo.
— ¿Pero qué demonios es este sitio? – preguntó Luc, una vez aterrizó en la calle y miró a su alrededor.
El lugar estaba desierto. Parecía uno de esos pueblos fantasmas de las películas de serie B, solo que mucho más grande. La pintura desconchada de las paredes de los edificios dejaba ver unos ladrillos baratos. Altísimos focos, al estilo de los de los campos de fútbol, derramaban una blanca luz aséptica que iluminaba las calles de asfalto roto. Al fondo, la figura de un enorme estadio se recortaba contra el cielo oscuro. Había una octavilla en la acera, vieja y amarillenta; en su letra medio corrida aún se leía el aviso que ordenaba a todos los mutantes estar presentes en el Estadio, llamándolos por grupos clasificados por apellidos y asignándoles un horario específico.
— Es el antiguo guetto de Nueva York.
Luc se giró para mirar a Aisha. Mantenía un rictus extraño, mezcla de tristeza y rabia y él se preguntó que se sentiría al ser ella, al descender de quien descendía y saber lo que sabía.
— ¿Dónde está el nuevo?
Jamie esbozó una sonrisa atroz, irrealmente pasional en aquel paisaje muerto.
— No hay nuevo. – Abrió el maletero, sin decir más.
— Todos fueron eliminados –explicó Sarah. Se agachó y recogió el papel del suelo-. Un día, los habitantes fueron reunidos en el estadio y… - Puso sus dedos índice y medio extendidos cerca de la sien.
— ¿Así, sin más? – Luc había oído cuentos al respecto, pero nunca se los creyó.
— El método europeo no fue mejor –dijo Daniel, irritado-. Dejar morir de hambre a los mutantes en los guettos no me parece una salida piadosa.
— Jamás quise insinuar algo así – replicó Luc al instante, encogiéndose en actitud temerosa.
— El método europeo dio tiempo para que varios guettos fueran liberados -argumentó Jamie, volviendo con pequeños artilugios en las manos-. Bueno, basta de cháchara, a trabajar. Coged uno cada uno y colocáoslo en el oído.
— ¿Qué son? –preguntó Sarah. De nuevo, la lógica le llegó dos segundos más tarde. A punto estuvo de romper el pequeño ingenio electrónico entre le pulgar y el índice, presa de un ramalazo Summers-. Quiero decir… sé que son intercomunicadores, pero nunca había visto este modelo.
— Tecnología punta del MI6. No pueden ser detectados por los típicos sistemas. Utilizan un revolucionarios modelo no basado ni en ondas radiofónicas ni en infrarrojos. – Jamie se pegó el ingenio en el pabellón auricular en vez de en el conducto auditivo externo.
— ¿De dónde has sacado estas maravillas? – quiso saber Aisha, mirando emocionada su intercomunicador.
— Digamos que Jean va a echar en falta uno de los lotes del cargamento.
— ¿Los has robado? – saltó Danny, con el mismo tono que un novio gitano tradicional hubiera dicho "¿no eres virgen?".
— No, sólo los he sustraído.
— No veo la diferencia.
— Robar es quitarle a otra persona algo que es suyo. Sustraer es hacerse con algo que debiera ser suyo pero que nunca llegó a sus manos. –Daniel seguía observándolo con una ceja arqueada-. Hubo un oportuno accidente por el camino y Jean cree que perdieron una de las cajas. No te preocupes, ni siquiera la busca.
Aisha se aguantó las ganas de coger su navaja multiusos y destripar el pequeño artilugio y se lo colocó en el oído.
— Tía Jean consigue sorprenderme –dijo, sumando un punto a la imagen que tenía de la pelirroja-. Jamás pensé que tuviera contactos en el MI6.
Jamie esbozó otra sonrisa lobuna de las suyas.
— Y no los tiene.
Aisha mejoró en veinte puntos su imagen de Jean.
— Bueno, tropa, ya sabéis lo que tenéis que hacer –habló Jamie, deseoso de entrar en acción-. Sarah, Ash, Garazi, vosotras a los sótanos por las alcantarillas. ¿Habéis memorizado el mapa?
La telépata y la superdotada del grupo asintieron, mosqueadas por una pregunta tan tonta.
— Luc, Danny Boy y yo vigilaremos desde arriba.
— ¿Cómo sabemos que ese plano que nos has dado está bien? –preguntó Daniel, tan confiado como siempre-. ¿De dónde lo has sacado?
— Del único superviviente de este guetto – respondió Jamie, sin siquiera hacer ademán de explayarse.
De repente, el ruido de una camioneta se escuchó a lo lejos. Le costaba cambiar de marchas y sus bajos rozaban el suelo, produciendo un agudo chirrido.
— Si estamos preparados vámonos ya –urgió Jamie-. Y recordad, es posible que no nos quede más remedio que reconectar nuestros poderes.
— Pero sólo como único recurso –añadió Sarah. Su voz se había agravado varias octavas-. Aún no controlamos bien nuestros dones, no sabemos ni la magnitud ni las consecuencias que pueden llegar a tener. Por no mencionar que ese edificio estará lleno de detectores, rayos antimutantes y toda clase de dispositivos defensivos hechos a medida contra nosotros. –Hizo una pausa casi opaca para reforzar lo siguiente: No quiero un nuevo Día de la Catástrofe.
— En estos instantes, me gustaría estar en la piel de Aurora – susurró Danny.
Si la piel del brazo derecho de Aurora McCoy hubiera podido pensar, lo hubiera hecho en lo bien que estaría en el culito de un bebé.
Hacía dos segundos que el gato de Jamie le había pegado un zarpazo leonino cuando la muchacha acercó la mano para ofrecerle una oreo más.
— Felino del diablo – masculló Aurora, soplándose las tres perfectas rayas carmesíes cruzándole el antebrazo.
El gato siguió lamiendo su pata, indiferente, como si quisiera recompensarla por su gran hazaña. De repente, se paró, bajó la pata dibujando una mueca de desagrado y, tras unos segundos de temerosa perplejidad, eructó.
La satisfacción alivió el escozor de Aurora.
— ¡Já! Así aprenderás, Gato.
No es que el animal le cayera mal a la adolescente (aunque aquel engendro de ojos gualdas no producía muchas simpatías) y por eso lo llamara "Gato". Sino que se llamaba así. Cosas de Jamie. Ni que fuera Holly Golightly. Bueno, en realidad sí que tenía un aire a Audrey Hepburn, sobre todo en la complexión de canario desnutrido, pero ella ganaba a Jamie en masculinidad.
La reencarnación de Azrael en azabache volvió a eructar. Aurora sonrió al ver su expresión de desamparo; ese gato tenía expresividad humana. El animal le echó una mirada incisiva, casi como si la comprendiera. Luego dirigió su hocico hacia la puerta, con los ojos desorbitados por el pánico.
Se dice que los animales podían percibir el aura de una Jean Grey-Summers furibunda a 250 kilómetros a la redonda, de la misma manera que pueden notar terremotos, erupciones volcánicas… En resumen, toda catástrofe natural. En realidad, Jean Grey ostenta la calificación de catástrofe galáctica en los archivos Shi'ar, pero para el caso es lo mismo.
Aurora agarró al gato. Éste sacó sus uñas e intentó asirse a la cama; desgraciadamente para él, su panza pesaba demasiado y justo en ese momento le dio una debilera intestinal, así que tuvo que soltarse con una maullido lastimero. Arañó el aire, en una perfecta imitación de Timmy Edwards cuando se cayó al bidón gigante lleno de sirope en la última fiesta de fin de curso, pero fue en vano. De modo que la adolescente se lo llevó en volandas hacia el pasillo.
Es de admirar el aplomo de Aurora para llevar consigo, como si nada, esa bomba escatológica.
Resultaba fácil saber por dónde venía Jean Grey-Summers cuando estaba cabreada, porque los cuadros, jarrones y todo aquello que no llevara una sujeción a prueba de tornados, tenía tendencia a "saltar" ante su paso.
Aurora vio uno de los ángeles de porcelana volar, literalmente, y estrellarse contra la pared, dejando un montón de añicos sobre los que resaltaba la sonrisa de la figura, salvada del desastre. A continuación, Jean tomó la curva del corredor y apareció ante ella, con la vena de la sien hinchada, el pelo tieso a causa de la energía estática que rezumaba y dos botellitas en una mano.
Aurora y el gato se abrazaron. Nadie en esa casa había visto así a la Directora Grey-Summers desde, por lo menos, la semana pasada.
— Dónde-demonios-está.
— ¿Quién? – se atrevió a preguntar la chica, mientras estrujaba el gato para impedirle la huída.
— Ese-maldito-embaucador-mentiroso-calavera-timador-jaranero-pendenciero-traidor-y-futuro cadáver-de-¡LeBeau!
En los jardines de la Mansión, una familia entera de mapaches decidió que era un buen momento para emigrar a algún otro lugar más tranquilo, como Cabo Cañaveral o Sierra Leona.
Todo había comenzado veinte minutos atrás, cuando la líder de los X-Men Action Force, Júbilo, obsequió a Jean con dos botellitas de un hotel malayo. La pelirroja se puso muy contenta, porque no era muy común un artículo proveniente de esa región.
Diez minutos atrás descubrió, fastidiada, que ya tenía botellitas de ese lugar (regalo de Logan, quien decidió guardárselas para no bebérselas).
Ocho minutos y 46 segundos atrás, no consiguió encontrar las susodichas.
Ocho minutos y 25 segundos atrás, descubrió que había un hueco apreciable en su colección.
Siete minutos y 56 segundos atrás, percibió el característico residuo psíquico de cierto adolescente afrancesado y diabólico.
Seis minutos y 28 segundos atrás, comprobó que le faltaba una botellita de whisky (de Iverness) y otra de ron (conseguida en La Habana). Allí donde habían estado el rastro era reciente.
Cinco minutos y 40 segundos atrás, Jean había obtenido el resultado de sumar un Jamie LeBeau, unas botellitas de alcohol y unas serenatas a la madrugada: le estaban ocultando algo.
Durante dos minutos no pasó nada, pero justo dos minutos y 39 segundos atrás, los cuadros, espejos, fotografías, frascos de colonia, productos de belleza, cepillos y el tapete de tata McDouhan realizaron un doble axel que hubiera asombrado a Brian Boitano.
Dos minutos y 17 segundos atrás, Jean salió disparada hacia la habitación de Jamie. No tenía ninguna idea concreta en la cabeza, pero se iba formando una línea de pensamiento relacionada con la "castración" (seguida del "homicidio" puro y duro).
Y justo en ese instante, Aurora se encontraba frente a frente con una Jean Grey-Summers que mostraba una sanísima vena palpitante en la sien.
— ¿Por qué buscas a Jamie?
— No sé, aún estoy dudando. ¿Le practico una circuncisión sin anestesia o me dejo de chorradas y le arranco el corazón, que es más rápido?
Aurora sopesó la situación: ¿merecería la pena morir por LeBeau? La respuesta era no. Luego replanteó la pregunta: ¿si colaboraba con Jean el castigo sería menor? Otra respuesta negativa. ¿Si le echaba el gato encima ganaría el suficiente tiempo para huir? Y de ser así, ¿su padre la escondería o terminaría por venderla como a un bacalao? Y a todo esto: ¿Cuándo se daría cuenta Jean de que el rosa le sentaba fatal y tiraría esa vieja bata?
Jean expiró aire por la nariz, al tiempo que entornaba los ojos, en la mejor imitación de los toros de los dibujos animados.
— ¿Dónde está Jamie?
— No lo sé.
Aurora comenzó a girar la parte superior del gato hacia la derecha, mientras giraba la parte inferior hacia el lado contrario. Jean debía de estar hecha una furia, porque ni siquiera había mencionado el hecho de qué hacía Aurora allí, en el ala de los chicos, tras el toque de queda.
— Sí lo sabes.
— No me leas la mente.
— No lo estoy haciendo. Tus ondas cerebrales están tan descontroladas que básicamente lo vas radiando.
Al gato se le aguaron los ojos cuando su tripa hizo amistad con su columna vertebral.
— Mis ondas cerebrales están así porque me pones nerviosa.
— Eso es obvio. –Jean bajó la vista hacia el pecho de la chica-. ¿Pretendes escurrirlo?
Aurora miró al gato y vio que apenas podía respirar y sus ojos se volvían blancos. Lo desenrolló al instante.
El animal suspiró con el mismo alivio de un paciente a quien hubieran comunicado "se va a reír, pero lo del escáner no era un masa cancerosa en el cerebro, era una mancha de mostaza".
— Mira lo que has conseguido – acusó Aurora.
— ¿Yo? Perdona, pero lo único que he hecho es preguntarte una cosita.
— No ha sido la pregunta, sino el tono. –La chica acarició el lomo del pobre felino, que había adquirido rostro de "chow-chow" de tanto entristecer la expresión-. Casi lo convierto en el primer tornillo gatuno. Debería darte vergüenza, ¿no ves lo malito que está?
— ¿Y por qué lo estás cuidando tú y no su amo? –Jean esperó una respuesta durante tres latidos. Aurora no se la ofreció-. Lo cual nos lleva a la pregunta original: ¿dónde está James?
Uhhh… "James", el nombre original… Eso significaba problemas serios. Serios con "s" mayúscula. Fue entonces cuando el lado "Reyes" de Aurora tomó el control. No iba a cargársela por culpa del tarambana de Jamie.
— ¿Y yo que sé? Fuiste tú quien le dio permiso para salir por las noches. Personalmente, me importa un carajo la localización exacta de Monsieur LeBeau. Teniendo en cuenta sus gustos, estará en alguna bacanal, borracho como una cuba, con la cabeza entre los pechos de una mujer. –Levantó la barbilla, muy digna-. Yo no me intereso por tales cosas, mis padres me educaron mejor que eso.
Jean la miró indiferente.
— Pues para no interesarte, lo has descrito de manera bastante gráfica. –Suspiró, de esa forma larga y sonora que sólo podía significar "Díos, dame fuerzas"-. Muy bien, Dawn, te daré una última oportunidad- ¿Dónde-está-Jamie?
— No-lo-sé. Ya te he dicho que ha salido, pero no tengo ni la más remota idea de adónde. –Alzó el gato, como para demostrar su existencia-. Yo estoy aquí, cuidando a Gato. Es lo único que puedo decirte.
— ¿Y por qué estás tú sola? ¿Dónde están los demás?
Aurora advirtió que bajo esa patina de indignación, Jean estaba preocupada. Peor aún, el brillo tembloroso en sus ojos verdes revelaba miedo. Por eso, tuvo una punzada de remordimiento al mentir:
— Sarah se ha ido a llamar a Nick a "un sitio más privado", palabras textuales. Aisha tenía "cosas que hacer", fuera lo que fuese eso. Danny se ha marchado, todo enfadado, porque no le apetecía cuidar la mascota de Jamie. En cuanto a Luc y Garazi… Sinceramente, tía Jean, no tengo ni idea de dónde se han metido, pero apostaría por la nunca visitada sección de Teología en la Biblioteca.
— Esto es el colmo. – Jean volvió a suspirar, llevándose el cabello hacia atrás con una mano. Miro sin mirar al felino durante un par de segundos, para luego darse la vuelta.
— ¿A dónde vas?
— A buscar a Daniel, a ver qué me cuenta.
Aurora sufrió un ataque de pánico e hizo lo primero que se le ocurrió: espachurrar la panza del gato.
El pobre animal soltó un maullido estremecedor.
— ¡Jesús! ¿Qué demonios ha sido eso?
— Gato. Ya te he dicho que está malo.
Jean desanduvo su camino con el estupor pintado en el rostro.
— Una cosa es estar enfermo, pero ese grito…
Agachó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron a la altura de los del animal. Él parpadeó varias veces, en un ritmo exacto al SOS.
— Lo cierto es que tiene muy mala pinta.
— ¿A que sí?
— Deberías llevárselo a tu padre – dijo Jean, incorporándose.
— Eso pensaba hacer – respondió Aurora rápidamente, con esa voz aguda cuya finalidad es mantener al oyente junto a uno.
— Pues hazlo.
— No puedo.
— ¿Y por qué no?
— Toque de queda, ¿recuerdas? Nadie puede salir del edificio sin tu permiso. Diez días de suspensión.
— Cierto. Tienes razón. –Jean se pasó la mano por el rostro. Había cambiado el enfado por el asqueo-. OK. Tienes toda mi bendición para llevarle este engendro del diablo a tu padre.
— ¿Estás segura?
— Sí.
— Pero…
— ¡¿Qué?!
Aurora agachó la cabeza y comenzó a dibujar círculos invisibles con la punta del píe sobre el suelo.
— Me da miedo…
— ¿El gato?
— No. Salir sola.
Jean sintió su cabeza retumbar y se preguntó cuánto tardaría en volver a Su Habitación, abrir Su Botiquín y disponer su migraña a la Benevolencia de la Diosa Aspirina.
— Aurora, me mata decirlo, pero tienes 14 años, ya eres mayorcita.
— Pero hay un trecho grande hasta el muelle, campo a través, por una pista de tierra sin iluminar, rodeada de árboles, que en esta época del año son todo ramas ominosas, como huesudos dedos de bruja…
Aurora siguió desvariando y Jean pensó que su terrorífica narración perdía convicción cuando la contaba acariciando un gato negro de procedencia desconocida.
— Aurora.
— ¿Sí?
— Si te digo que te acompaño… ¿te callarás?
La chica lo ponderó en serio.
— Puede.
— Me vale. Vamos, arreando.
Aurora siguió a una decidida Jean, quien avanzaba estilo Panzer, con el orgullo brillando en su cabeza como un árbol de Navidad. Gato no parecía muy contento pero claro, los gatos nunca lo parecen.
— Ahora dime –ronroneó Jean, haciendo que Gato arquease una inexistente ceja; acercándose a Aurora en actitud de falsa despreocupación-, ¿dónde está Jamie?
El guetto de Nueva York estaba formado por edificios bajos, de cuatro pisos como máximo, de terraza plana en vez de tejado triangular, sin ningún objeto que pudiera cubrir a nadie en ninguna dirección. Imposibles para esconderse y perfectos para los francotiradores apostados en las altísimas torres de vigilancia erigidas en los puntos estratégicos.
No se parecía al guetto de París, pues éste se instauró sobre un barrio ya existente. El de Nueva York se construyó específicamente con ese fin.
Sin embargo, aunque se diferenciaban espacialmente, había algo en la propia esencia del lugar que los asemejaba; una especie de aura de terror adherida a cada partícula; el grito invisible de una masa informe de gente colgando sobre el firmamento.
El silencio. Eso era lo que más le impactaba a Jamie: el anormal silencio. Su poder era el sonido y todo lo relacionado con él: ondas sónicas, imitación de cualquier voz, prodigioso dominio de todo instrumento musical, empatía musical, oído perfecto… Podía escuchar cualquier cosa, en cualquier frecuencia, independientemente de lo lejos que estuviera (en teoría, claro, porque en la práctica necesitaba que el resto del mundo se callara). Pero allí, de cuclillas sobre la azotea cercana al Cuartel General, no conseguía captar nada. Incluso con poderes inhibidos, su oído era superior al resto, pero sólo lograba oír el ruido de Luc al revolverse dentro de su uniforme o el murmullo producido por Danny al maldecir entre dientes. Pero quitando eso, aislando los sonidos producidos por ellos mismos, no había nada. Era aterrador.
Todos los lugares, incluso la Antártida, tienen algún sonido, aunque sea el más insignificante de los chasquidos producido por el rompimiento de una capa de hielo.
En el guetto no se oía nada, ni siquiera el aire. Era el vacío absoluto.
Junto a esto, en cambio, había otra cosa que a Jamie le hacía hervir la sangre: la prepotencia. Se suponía que allí se encontraba el Cuartel General de la PAM, las cárceles donde encerraban a los mutantes aún libres e inservibles a sus fines; el lugar donde los torturaban; y, sin embargo, no habían encontrado vigilancia. Las enormes torres, construidas específicamente para ese fin, se erguían vacías. El guetto había sido creado de tal forma que fuera fácil protegerlo con el menor número posible de hombres y recursos; pero en ese momento el guetto carecía incluso de la guardia mínima. Sólo dos guardias vigilaban la puerta de entrada, asistidos por una camioneta patrullando el barrio. El único inconveniente que Jamie se había encontrado fueron unas cámaras de infrarrojos dirigidas a las azoteas cercanas, pero cualquiera con un equipo básico podía inutilizarlas, y así lo hizo él. ¿Tan seguros estaban de que nadie (y menos alguien con un gen mutante) iba a acercarse?
El muchacho estaba… decepcionado. Esperaba algo más de Nueva York, del segundo guetto más famoso del mundo (tras el de París). Al fin y al cabo, era EEUU, el país más avanzado en tecnología armamentística, y aquello era Nueva York, la ciudad donde acabaron con 500.000 mutantes en un solo día. Pero hasta ahora, no se había topado con ninguna situación que se acercara al nivel de la capital francesa. Por favor… hasta la "división infantil espartana" daba más miedo.
No resultaría difícil entrar cuando Aisha desconectara el sistema de seguridad electrónico.
Echó un vistazo al reloj, esperando que el tiempo hubiera avanzado más de los dos minutos que habían transcurrido desde la última vez que lo mirara.
— ¿Quieres tranquilizarte? –pidió Danny, una mueca contrariada afeando sus facciones-. Por mucho que estudies el reloj, las agujas no van a ir más rápido. –Observó el Cuartel General un momento, fastidiado-. Además, no es como si fuéramos a hacer algo, sólo tenemos que esperar.
El plan original era ese. Aquel fue el único plan aceptado por Sarah, pendiente como estaba siempre de que Danny no entrara en acción y le pasase algo. Habitualmente se dejaba al muchacho junto a Aurora, vigilando el coche o algún otro punto sin importancia. Daniel solía quejarse, pero como también se quedaba Dawn, no se rebelaba en exceso. Ninguno (excepto Aisha) sabía por qué Aurora y él eran inseparables. Tenían la misma edad, pero gustos muy contrarios y la mayor parte del tiempo lo pasaban chinchándose el uno al otro. Sin embargo, si se dejaba atrás a cualquiera de los dos, el otro también se quedaba. Siempre que estuvieran juntos, claro.
Daniel suspiró, con su mirada perdida en algún lugar de la memoria. Jamie se preguntó cómo se tomaría su Plan B (también llamado "ese plan que no le conté a Sarah porque si hubiera sabido mis intenciones me hubiera arrancado el escroto con un cortaúñas"). Se llevó la mano al intercomunicador de su oreja y moduló su nivel de audición antes de llamar:
— Ash… Ash… ¿Aisha, estás ahí?
— Sí, Jamie, estoy aquí. Pensaba irme a Jamaica, pero al final he decidido que esto es más bonito.
La joven lideraba el trío de chicas mientras avanzaba por las fangosas aguas del alcantarillado bajo el guetto.
— ¿En serio?
— No hay color, primo. Ninguna playa jamaicana puede compararse a estas paredes limosas, ni al agradable tacto de objetos desconocidos en lo que sólo un iluso llamaría agua. Por no hablar del perfume. Gracias, Jamie, por estos nuevos aromas que nos has hecho descubrir.
— Podría ser peor.
— Es peor. Acabo de ver un preservativo, lleno por un objeto fusiforme… que no quiero saber qué es…
— Es mi último novio –soltó Garazi-. Tenía las manos muy largas.
— ¿Tu último novio no fui yo?
— No, Jai, tú eres el último tío que tendría por novio.
Sarah sintió un alivio inmenso, como si se hubiera salvado de arenas movedizas. Aunque no era una tranquilidad completa; tras las arenas se discernían serpientes de aspecto sospechoso. Porque lo de no ser novios no quitaba lo del sexo entre ellos.
Jean impartía una clase de ética para los alumnos telépatas, pero Sarah se encontraba entre la minoría… la media… la mayoría que se saltaba un par de las reglas axiológicas. Hay diferentes clases de telépatas, con más o menos escudos psíquicos, pero todos poseen una característica común: tras conseguir filtrar las voces que inundan sus mentes, le entra curiosidad por conocer el contenido de las mismas. Por ello, los telépatas eran quienes más atención recibían en los internados Charles Xavier repartidos por el mundo. Bueno, y también porque escaseaban desde el Día de la Catástrofe. Los telépatas eran más codiciados que el oro, los diamantes, el petróleo y el silicio juntos. Los humanos utilizaban a los psíquicos para vigilar el plano astral y encontrar mutantes (pues, como todo el mundo sabe, la signatura mental de los mutantes es diferente a la de los simples humanos). Los telépatas que no trabajaban en los Comandos Psíquicos se guardaban muy mucho de usar sus poderes y pocos se atrevían a entrar en el plano psiónico solos, sin nadie que despistara a los "sabuesos mentales". Tan peligroso resultaba que la primera regla impuesta a los nuevos telépatas era: "no entres jamás en el plano astral sin avisar". La segunda, "no abuses de tu poder", englobaba muchas acciones diferentes.
Sarah nunca se había saltado la primera regla; le segunda, en cambio, había sido interpretada con innumerables matices; tantos que había dejado de ser una norma preceptiva para convertirse en un mero consejillo sin importancia, más estético que otra cosa.
Así pues… Sí, Sarah había leído las mentes de varias personas (sin necesidad de entrar en el plano astral, al tratarse de pensamientos muy claros, casi escritos a fuego en la parte frontal de la consciencia). Intentando no averiguar nada demasiado personal, pero lo había hecho. Garazi fue una de aquellas personas. Todo se debía a la preocupación, racionalizaba Sarah. Sólo quería estar segura de que la chica no pretendía dañar a Jamie. Al fin y al cabo, el pobre muchacho había sufrido mucho. No tenía nada que ver con que la chica en cuestión fuese rubia, guapa, estilizada y tuviera clase. Nada en absoluto. No. Definitivamente.
— Eso es porque no conoces a Niklaus.
El nombre de su novio pronunciado por los labios de Jamie produjo una sacudida eléctrica en Sarah. Los dioses tenían un sentido del humor extraño.
— ¿Qué pasa con Nick? – demandó.
— ¿Aparte de que es un puñetero coñazo?
— ¿Qué sabrás tú?
— Sarah, pasé los primeros seis años de mi vida viviendo bajo el mismo techo que él antes de irme. Sé lo que me digo.
Garazi iba a comentar algo, pero Sarah se le adelantó.
— La gente cambia con el tiempo.
Garazi se dio cuenta de que esto no iba con ella y de que era mejor quedarse al margen. Aisha la miró y asintió en silencio, como si apoyara su idea. Cosa un poco extraña, porque Aisha no era telépata.
— No hay forma humana de que Niklaus haya cambiado.
— No puedo entender cómo has podido convertirte en alguien tan… tan… ruin.
— Agradéceselo a tu mami y a su política de "no enfrentamiento", chére.
— Ya está bien, ¿no? –interrumpió Daniel-. Deja de meterte con mi madre.
— Ohhh… Y ahora entra Don Dannixote, caballero andante al rescate.
En la azotea, Daniel le dirigió una mirada llena de reproches que resbaló sobre la sardónica sonrisa de Jamie.
— Vamos Danny Boy, desahógate, dime lo que sientes.
El chico hizo chirriar sus dientes.
— ¿Qué pasa? ¿Acaso te faltan—
— Tú—
— ¡Basta! –exclamó Aisha en un tono de voz imperativo que hubiera servido para escribir las Tablas de la Ley-. Es suficiente. Estamos aquí para salvar gente, no para echarnos en cara asuntos pendientes. Espero un poco más de seriedad por parte de quienes se jactan de poder unirse al ejército mutante en vez de ser una panda de críos consentidos. ¿O acaso tenemos la falta de madurez que Jean nos presume? –Aisha se congratuló en la mirada gacha de Sarah y en el asombroso silencio proveniente de los intercomunicadores-. Ahora, si no os importa, tengo trabajo que hacer.
Daniel desconectó su intercomunicador y se tiró de espaldas sobre el pretil de la azotea, ahogando una maldición. Jamie le echó una mirada llena de malicia.
Mientras, en las alcantarillas, Aisha contaba sus pasos.
— Creo que la salida es ésta – comentó, señalando una abertura circular sobre su cabeza.
— ¿Estás segura? – preguntó Sarah, tras haber recuperado varios trozos de su dignidad.
— tan segura como pueda estarlo yo. –Las chicas le miraron circunspectas-. Quiero decir, si los planos de Jamie están bien…
— Pues claro que están bien, ¿por quién me tomas?
— …éste es el lugar. –La muchacha observó a su alrededor hasta dar con una plancha metálica, de unos 25 cm. de alto y 15 de ancho, incrustada en la pared-. Lo cual quiere decir que esa es la caja de control.
— ¿Cómo piensas abrirla? – inquirió Sarah.
— Tranquila, tengo un chicle – bromeó Aisha, guiñándole un ojo. A continuación, se acercó a la plancha, mientras manipulaba algo en su brazo izquierdo.
Garazi pudo ver cómo dejaba al descubierto un largo brazalete plateado. Aisha deslizó una placa apenas visible y aparecieron varios botones. Con el mayor de los cuidados, acercó el brazalete a la caja de la pared, con la muñeca girada hacia abajo, pulsó un botón y lanzó un rayo casi sólido. Aisha enfiló el rayo a través de la ranura derecha de la plancha, de arriba abajo. Cuando terminó, sacó una especie de ganzúa del mismo brazalete, lo apoyó en la ranura y, haciendo palanca, abrió la caja.
— Me mola tu brazalete –dijo Garazi meneando la cabeza afirmativamente, en ese común gesto de admiración-. ¿Te lo construyó Bestia?
— No, es un regalo de mi padre.
Esa frase tenía niveles y niveles de interpretación.
Para no soltar una incongruencia, decidió examinar el brazalete más de cerca. Se dio cuenta de que, en realidad, no era tan liso como ella creyera. Sí, la mayor parte consistía en una superficie metálica, sin más adornos, pero uno de los lados contenía una serie de hebillas que lo cruzaban de arriba abajo. Parecían cierres de algún tipo, que sujetaban unas correas apenas visibles. Una de las hebillas, la primera comenzando por la muñeca, se hallaba suelta y la segunda no parecía abrochada del todo.
— No te has cerrado bien el cacharro.
Aisha dejó un momento su tarea para atender a Garazi. Cuando comprendió a qué se refería, siguió conectando una serie de cables a los puertos de su brazalete.
— Nunca cierro todos los "sellos" –respondió-. Debo dejar, como mínimo, uno abierto.
— ¿Te molesta?
— No exactamente. –Aisha se calló un instante, mientras sacaba otro artilugio de un bolsillo-. Afectaría a mi salud.
Garazi notó a Sarah azorarse a sus espaldas. Pero su curiosidad era más lanzada que ella.
— ¿Cortaría tu riego sanguíneo?
Aisha unió uno de los cables con el aparato que acababa de sacar; al parecer, una pc-pocket último modelo.
— No.
Garazi esperó a que se explayara. Aisha, viendo que no iba a poder librarse del interrogatorio, suspiró y agregó:
— Teniendo en cuenta que llevo el brazalete todo el tiempo y dado su radical efecto, tío Hank opinó que sería perjudicial para mi salud contener mi poder de forma absoluta.
— Oh, el brazalete controla tu poder.
— Sí. Bueno, en puridad, cada uno de los sellos lo hace.
Garazi parpadeó, intentando asimilar la información.
— ¿Tienes siete inhibidores?
— Tengo siete anuladores.
Garazi dio un paso atrás instintivamente.
— Esas cosas son cancerígenas – graznó.
— Lo sé. Pero mi madre, tío Hank y yo confiamos en que este modelo no tenga unas consecuencias tan… malignas.
— ¡¿No lo sabes?!
Aisha le hizo un gesto para que bajara la voz.
— Es un modelo experimental –entró en la conversación Sarah-. El padre de Aisha lo construyó específicamente para ella, modificando los antiguos modelos desde las bases.
Aquellas palabras entraron en el cerebro de Garazi y ésta las fue aceptando, hasta toparse con algo inverosímil.
— Pero su padre murió antes de nacer ella. ¿Cómo—
— No te incumbe –cortó Aisha. Por primera vez desde que la conociera, Garazi notó en ella una visible irritación-. Ahora, si habéis terminado de diseccionar mi vida, ¿podríais callaros? Necesito un poco de silencio para configurar los controles.
— No te mosquees, primita. Es normal que la gente pregunte. Al fin y al cabo, tu padre—
— ¿Qué parte de "callaos" no has entendido, Jamie?
Durante cinco intensos minutos no se escuchó nada, más allá del chapoteo en la alcantarilla o el suave rumor producido por Jamie al canturrear "Ne me quitte pas".
Cuando Aisha conectó los cables al pc-pocket y a dos de los cables de la caja y tecleó varios comandos en la pequeña computadora, habló:
— Ya está.
— Por fin, pensaba que iba a jubilarme aquí arriba. ¿Qué te ha retrasado tanto, chére?
— Tu y esa maldita canción que ahora no puedo quitarme de la cabeza.
— ¿Entonces, podemos entrar? – cortó Sarah, deseosa de impedir cualquier discusión en ese instante.
Aisha la observó con sus ojos árticos, apretando las mandíbulas. Pero cuando Sarah pensó que le iba a replicar aceradamente, cerró los ojos, meneó la cabeza y, cuando los volvió a abrir, había recuperado su usual rostro inexpresivo.
— Aún no. Todavía nos falta una cosa.
— ¿El qué?
— Una rata.
Sarah y Garazi pusieron la misma cara de asco.
Jamie desconectó su intercomunicador.
Había llegado el momento de prepararse para llevar a cabo su verdadero plan.
Daniel lo observó inquieto, mientras abría su bolsa y rebuscaba dentro. Jamie lo ignoró, por supuesto. Al poco, sacó una pequeña ballesta y una cuerda unida a un gancho.
— ¿Qué haces?
Jamie siguió pasando del ahora escamado muchacho. Danny miró a Luc. Éste se encogió de hombros, incapaz de ofrecerle una explicación o un apoyo.
Jamie cargó la ballesta, apuntó y acertó en la cornisa del edificio frente a ellos. Sonriendo, dio varios tirones para asegurarse de que estuviera bien anclado. Luego, aseguró la ballesta al pretil, mediante unas abrazaderas metálicas.
— ¿Qué haces?
Esta vez sí, LeBeau decidió apercibirse de su presencia.
— ¿Tú qué crees? Prepararme para entrar, por supuesto.
— Nosotros no vamos a entrar. Sarah ha dicho—
— Como si tu hermana decide cantar "Cosi fan tutte". Ella no es la jefa. Ni mi dueña.
— Nuestro plan exige—
— Nuestro plan es un intento inútil para salvar a unos pobres mutantes en el peor día de su vida. Dudo mucho que Garazi consiga llegar a los calabozos. Si lo consigue, bien por ella, pero eso no es lo importante.
— ¿Y qué es lo importante?
— Eso de ahí es el Cuartel General de la PAM, chavalín. Importante no sólo por sus cárceles, sino sobre todo por sus archivos secretos.
Danny comprendió el asunto.
— De eso va todo esto. Nos has engañado para que te ayudemos y así tú puedas robar los archivos.
— Y parecías tonto.
— Voy a llamar a Sarah…
Antes de que pudiera llevar la mano a la oreja, Jamie se la agarró con una fuerza inusitada para alguien tan delgado.
— Tú no harás nada. Si se te ocurre insinuar siquiera algo de esto, te juro que doy la alarma en este mismo instante y nos largamos a casa.
Daniel no aflojó la presión, ni tampoco Jamie. Esto era más que una comparación de fuerzas, era una lucha de voluntades. Daniel podía haber mandado un grito telepático tan brutal que su madre e incluso su hermana (con sus poderes inhibidos) podrían haberlo sentido. Pero al final, no sacaría nada de ello, ni tampoco los pobres prisioneros mutantes. Por eso, optó por relajarse.
— Buen chico.
Daniel estuvo a punto de escupirle. Jamie lo notó y, para sorpresa de todos (incluido él mismo), decidió sincerarse:
— Me preocupan los mutantes encerrados ahí. Me gustaría salvarlos. Me gustaría salvarlos a todos. Y no puedo. No ahora. No así. Pero si consigo acceder a esos archivos… Lograr apoderarme de información valiosa… -Su voz flaqueó. Casi nadie lograba escuchar una inflexión en su tono no deseada por él y Daniel descubrió que la voz sarcástica que normalmente utilizaba servía para desplazar su timbre suave. Para disimular su propia turbación, Jamie carraspeó-. Saber es poder. Cuantos más datos tengamos de la PAM, más fácil será vencerlos.
— ¿Y por qué este secretismo? ¿Por qué no contárselo a los demás?
— Porque conozco a las chicas. Todas querrían acompañarme y no puedo permitir eso. Debo ir solo. Es un plan arriesgado, no quiero poner en peligro la vida de nadie. Mi vida… Bueno, eso es otra historia.
— Voy contigo.
— De eso nada.
Ya había servido suficiente amabilidad por un día. Además, Daniel Philip Summers-Grey era un niñato insufrible; no le vendría mal un rapapolvo verbal de los suyos.
— ¿Cuándo has recibido instrucción militar?
— ¿Y tú?
— ¿Has estado en un conflicto armado, en un tiroteo, en una situación remotamente violenta?
Danny negó con la cabeza, en silencio.
— ¿Te han apresado alguna vez?
— Sí.
Había conseguido coger a Jamie por sorpresa, aunque no por mucho tiempo.
— ¿Y estuviste mucho tiempo encerrado? ¿Más de una semana?
— No.
— ¿Has estado en un Campo de Reclusión? ¿Has estado en un guetto? ¿Has pasado las noches en edificios medio derruidos, sin calefacción, ventanas o, incluso, sin techo? ¿Has tratado de dormir en medio de un bombardeo? ¿Bajo el zumbido constante de los anuladores gigantes de los guettos? ¿Con los gritos de otros en la habitación de al lado? ¿Te han dado una paliza alguna vez? ¿Te han torturado? ¿Han forzado tu cuerpo y mente hasta desear la muerte? ¿Has pasado hambre? ¿Sed? ¿Frío? ¿Has sido privado de luz, comunicación, de cualquier clase de comodidad? ¿Te han arrancado del seno de tus seres queridos? ¿Has visto a tu madre morir?
Daniel meneó la cabeza. Había dejado de mirar a Jamie a los ojos, asustado por el brillo acerado en ellos.
— Hasta haber contestado "sí" a al menos seis de esas preguntas, no me acompañarás; o cuando te capturen cantarás como una joven soprano aspirante a la titularidad en la Scala. Qué pena que tengamos tan poco tiempo. Ahora, déjame prepararme. Y como te vea mover un solo músculo, te tiro azotea abajo. Te quedarás aquí. Es una orden.
Danny no contestó. En vez de eso, se llevó la mano al intercomunicador. Antes de que Jamie le pegara, informó:
— Aisha va a apagar las alarmas exteriores.
Garazi esperaba entre las sombras. Llevaba el uniforme de camuflaje y si no se movía nadie que no estuviera fijándose o equipado con un equipo de infrarrojos podría verla. Pero aún así no quería tentar a la suerte. Casi no respiraba, aún cuando el pasamontañas le daba ganas de estornudar, y si su pierna izquierda continuaba en esa posición sufriría una contractura muscular.
El plan era complicado y sus posibilidades de éxito, casi nulas. Dependía de la fidelidad de los planos, de los hombres encargados de la guardia y de la suerte. Mucha, mucha suerte. Demasiada.
Garazi debía ir desde la planta baja hasta las celdas, para lo cual debía burlar a los soldados, a las cámaras y a los sensores de cercanía de las puertas. Los dos primeros obstáculos eran manejables gracias a Aisha, quien, aunque no pudiera inutilizar las cámaras, sí podía espiar su radio de visión. Las alarmas de las puertas de seguridad, en cambio, tenían truco. Aisha no podía inutilizarlas todas, a riesgo de que sonara la alarma general. Los sensores y alarmas de cada puerta tendrían que ser desactivados uno a uno por un periodo no superior a cinco minutos. Garazi estaba obligada a ocultarse en las sombras, ser paciente, eludir la vigilancia lo más rápido que pudiera y, al final, conseguir salvar a algún prisionero. Si no lo lograba, la última salida era activar la alarma general (la pobre rata encerrada en la caja de control actuaría, con suerte, como un subterfugio perfecto) y huir utilizando todo lo posible su poder.
Por eso la habían elegido a ella. Jamie era igual de bueno (o tal vez más), pero el don de Garazi le permitía ocultarse mejor. Además, no era una cara conocida como Jamie y no poseía un poder codiciado, como la telepatía de Sarah.
Tras haber entrado por la cloaca, evitado el primer par de centinelas y rebasado la primera puerta, Garazi esperaba que los siguientes vigilantes estuviesen lo suficientemente lejos.
Por última vez, miró su reloj y suspiró.
Era el momento.
Fue entonces, justo cuando se impulsaba para correr, cuando sonó la alarma.
