¡Hola! ¿Qué tal? Bueno yo ya mejor de la operación (no sé si sabrán que en Navidades me operaron de apendicitis y estuve ingresada). Siento la tardanza del capítulo, en serio, pero resulta que no tengo internet y para actualizar necesito irme a otro lado y con los exámenes no he podido apenas salir.

Me gustaría responder los reviews, pero estar en el ciber tanto tiempo me sale demasiado caro, y la economía española, en contra de lo que dice el capullo de Aznar, no va nada bien. El capítulo espero que os guste. No es muy largo y la cosa va lenta, pero tened paciencia, poco a poco se irán desentramando todo el embrollo formado por la hermosa Indra.

¡Ah! La frase de la puerta que leyó Hermione es de Renato Descartes, un filósofo del que he leído un poco y, todo hay que decirlo, me encanta su forma de pensar. Esa frase fue una de las que más me impactó, y tiene mucho que ver con la historia, por eso la puse.

Ahora sí. Besos a todos y que os lo paséis bien con el capítulo, que es mi prioridad.

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Indra: Capítulo 3

Era un lugar oscuro, lleno de libros y con frisos toscamente grabados con símbolos borrosos que apenas se entendían por el paso de los años. El aire estaba cargado con un olor nauseabundo, que te llegaba al estómago y casi te impedía continuar ¿Qué era aquello? Le resultaba familiar, sabía el camino y lo que debía de hacer incluso a ojos cerrados,  pero ¿cómo era posible si no había estado allí jamás?.

Al final de la estancia de libros había un pasillo lleno de antorchas largas y luminosas, que daban al lugar un aspecto tétrico. Era de piedra, y la temperatura bajaba con cada paso que dabas para adentrarte en él. Las paredes desnudas tenían runas antiguas grabadas donde  se podía leer con facilidad la leyenda de Indra. De su sangre. De sus secretos. Cuando tocó la piedra, y notó la frialdad de ésta se sintió poderoso, tremendamente poderoso. Era magia lo que había oculto en esas paredes.

Pero había algo, un poder que hacía que la piel se estremeciera bajo la tela de la túnica ¿miedo? No exactamente, era más bien peligro: En aquel lugar apestaba a peligro. A leyenda y maldiciones. Era el hedor de la muerte.

El pasillo daba a una sala redonda, con un altar en forma de columna de metro y medio de alto en el centro. Una luz procedente del hueco del techo de piedra iluminaba una hermosa botella depositada en él. Tenía tonos rosas y violetas, y estaba labrada con runas doradas. El tapón que la cerraba era plateado y brillante y tenía grabado un corazón roto en la mitad.

Cualquiera que no supiera leer la runas habría estado perdido sobre el contenido del objeto, pero no él, sobretodo cuando bajo el haz de luz pudo leer, esta vez en lengua humana, el nombre que tanto había buscado: Indra.

Sus finos dedos quisieron tocarla, pero el sentimiento extraño permanecía en su pecho, oprimiéndolo hasta casi impedirle respirar. Intentó acercarse más, pero algo pasó, algo que lo desconcertó hasta perder el poco color que permanecía en su pálida tez. El tatuaje de dragón que había en su brazo izquierdo brilló, y al ver su antebrazo pudo comprobar como resplandecía la marca de Lord Voldemort bajó el tatuado dragón ¿Qué significaba todo aquello?.

Pero no podía echarse atrás. No ahora que había llegado al enigma, donde el misterio se resolvía y la vida de Xana volvía a estar a salvo de la muerte. Una punzada de dolor hizo que sus piernas flaquearan frente al altar, iluminándole la luz del techo empedrado el cabello plateado y los ojos grises. El sudor surcó su rostro contorsionado por el dolor. La marca estaba cobrando vida a cada minuto que pasaba, y Draco sentía que le quedaba poco tiempo.

Anduvo casi arrastrándose hasta el altar, deslizando una de sus manos por la piedra tallada y fría de la sala. Alzó la vista. Su mano temblorosa casi rozaba ya la deseada botella. Quedaba poco... quedaba muy poco, pero algo se lo impidió. Alguien se lo impidió.

Cuando alzó sus ojos grises y vio esa mirada oscura con reflejos ámbar sintió que el corazón le estallaba en el pecho. Aunque abría y cerraba la boca en el intento de exhalar el aire del lugar no podía. La luz del techo iluminaba completamente su rostro, y era extraño que  el chico pensara que era hermosa ¿Por qué ella? ¿Por qué ahora?

- Draco no lo hagas – Hacía tanto tiempo que no escuchaba esa voz que apenas recordaba su timbre, su sonido. Había olvidado todo sobre ella, y sin embargo allí estaba.

Tragó saliva con dificultad, intentando aclarar las ideas que le venían a la mente. La marca seguía latiendo en su antebrazo con fuerza, y el corazón bombeaba sangre con rapidez ¿Era la situación o era solo ella, el hecho de que estuviera allí? No quería pensar en ello. Más tarde, se dijo, más tarde...

- Déjame terminar con esto, Hermione – Se maldijo una y otra vez por la debilidad de su voz, pero al diablo.

Quería acabar, sentirse en paz consigo mismo y no deberle nada a nadie, y en ese nadie entraba Xana. El dolor del antebrazo se hacía insoportable ¿Qué le pasaba?¿Por qué no cogía de una maldita vez la sangre de Indra? ¿Por qué la escuchaba si era una sangre sucia? Mantenía la boca cerrada y los dientes apretados todo lo que podía, respirando dificultosamente y con miedo de que Hermione pudiera escuchar el latir desbocado de su corazón.

La chica mantenía su mirada fija en él y la mano sobre las finas de Draco, que sentía un estremecimiento recorrer su cuerpo, agudizando el dolor de la marca tenebrosa del antebrazo por el simple contacto de la mujer. Sin poderlo soportar gritó, gritó con todas sus fuerzas, hasta que no le quedó aire en sus pulmones y cayó exhausto.

El cuerpo de Hermione se deslizó hasta quedar frente al chico,  arrodillada a pocos centímetros. Se sentó  a horcajadas sobre Draco, que permanecía tumbado en el suelo de piedra. Hermione apoyó sus manos en el pecho del muchacho, al cual apenas le quedaban fuerzas para abrir los ojos y observarla.

- Indra no devuelve la vida – le susurró al oído, sintiendo el aliento de la morena rozando su oreja – Indra te la quita.

- Debo de llevársela a Xana – consiguió pronunciar a duras penas – Ella...

Pero no pudo terminar la frase, porque Hermione lo besó. Y lo besó como nunca antes lo habían besado. Era salvaje y tierno, era pasión y dulzura. Física y química, la alquimia de todo el enigma residía en esos momentos allí. En ella. En su beso. Al separarse un poco y fijar sus ojos grises en los oscuros de Hermione, hubo algo, algo que no esperaba y que ella pronunció como el más puro de los sentimientos.

- Te quiero.

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El Sol no se alzaba aún en el horizonte cuando Draco despertó. Lo hizo de repente, sobresaltado y con un sudor que le nacía en la sien y caía por su rostro pálido y afilado hasta alcanzar la barbilla. Sus ojos grises miraron alrededor, preguntándose qué demonios estaba haciendo en una habitación tan vieja y llena de polvo. Pero como las olas llegan a una playa así regresaron las imágenes de los últimos días a la mente del rubio: Xana, Indra, Raven, Inglaterra... Hermione Granger.

Destapó las sábanas. Sentía la camiseta pegada a su espalda por el sudor ¿fue un sueño? Con el corazón palpitando acelerado y la cabeza llena de dudas se metió en el baño. No le gustaba recordar su pasado, pero peor aún era soñar con alguien que odiabas desde la infancia, y más cuando aquel conocido tam – tam se instalaba en su cabeza para anunciarle el próximo dolor que ya comenzaba a aparecer.

Se quitó el pijama para meterse bajo el agua caliente que caía en la ducha, apoyando las manos en la pared y viendo como el vapor subía para empañar los azulejos blancos del lugar. Fue entonces, y solo entonces, cuando se dio el lujo de pensar, de recordar aquel sueño extraño... aquel beso.

Hacía años que Hermione Granger había desaparecido de su vida, ni siquiera había formado realmente parte de ella. Era una sangre sucia, alguien a quien molestar, y un enemigo declarado por ser amiguita de Harry Potter. El agua le caía en la nuca, dejando que mechones rubios dificultaran la visión de sus ojos grises siempre abiertos. Recordó su mirada, sus labios en los suyos y aquella frase: Indra no devuelve la vida. Indra te la quita.

¿Qué significaba eso? Y lo que más le importaba ¿por qué le había dicho te quiero? ¿Y el beso? Movió la cabeza bajo el agua, salpicando los azulejos y el suelo inmaculado del baño. Y aún a esas alturas, no tenía un plan viable para ganarse la confianza de la sangre sucia.

- Lo tienes claro Malfoy – ironizó mientras una sonrisa desesperada despuntaba en sus labios – Lo tienes muy claro.

Echándose para atrás el cabello que le caía sobre la frente suspiró resignado. La verdad es que Granger era una pieza enemiga bastante difícil de derribar, pero eso no significaba que llegara a ser imposible no vencerla. Cerró los grifos y salió de la ducha, liándose una toalla de las muchas que había en un armario pequeño y girándose para quedar frente a frente del espejo empañado por el vapor, donde se veía difuminado su propio reflejo.

Estuvo así mucho tiempo, mirando absorto la imagen con formas borrosas y una mancha clara en la cabeza perteneciente a su cabello. Y es que eso era lo que Draco tenía frente a él: Una misión totalmente borrosa, a decir verdad demasiado misteriosa. Pero Draco Malfoy era un soldado, y un soldado siempre gana. Mas aún cuando se trataba de él.

Posó una mano en la esquina del espejo, deslizándola lentamente hasta que entre espacios de vapor y espacios limpios pudo ver sus ojos grises, como siempre habían sido. Grises que eran puro hielo. Grises como la tormenta que precede la calma. Grises como era la mañana antes de que el Sol apareciera sobre las montañas escocesas. Y con un destello recordó unos ojos marrones con líneas ámbar, unos ojos que le observaban como nadie lo  había hecho hasta ahora. Respiró hondo, muy, muy hondo, intentando calibrar en qué parte del trayecto se encontraba.

- Prepárate – le dijo su reflejo, con aquellos ojos fijos en el Draco verdadero – Prepárate porque esto es terreno resbaladizo.

Y Draco no tuvo más remedio que darle la razón a su reflejo. Un presentimiento le dijo que algo estaba a punto de suceder, algo para lo que él no había sido preparado en absoluto. Pero tampoco estaba entrenado para rendirse. Era Malfoy. Era Draco.

- Podré con ello – le respondió desafiante a su reflejo, que sonreía satisfecho, con orgullo.

- Así eres tú

- Así soy yo.

Pero lo que Draco ignoraba es que ni siquiera un Malfoy puede escapar a los hilos del destino.

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Había despertado con una sensación de bienestar que no sabía de dónde provenía. No recordaba nada de lo soñado, solo unos labios, unos labios finos y suaves que la desgarraron por dentro, siendo capaz de derribar hasta el iceberg más grande del mundo. Suspiró con resignación mientras bajaba las escaleras del castillo.

Fue un beso bonito, pensó, pero no sabía cual había sido su destinatario. El rostro de su príncipe estaba borroso, pero como un flash una imagen le vino a la mente. Era una mirada. Una mirada que le inspiraba ternura y odio a la vez. También una voz y una frase: Déjame terminar con esto.

Se detuvo en uno de los descansillos. Había algo en esa voz que le resultaba familiar, y sin embargo dentro de la familiaridad le inspiraba un miedo que no había sentido desde los tiempos de Lord Voldemort. ¿Quién sería?.

- Buenos días, Hermione – la muchacha dio un respingo antes de girarse y ver ante ella a Raven, que aquella mañana vestía una túnica morada. Su melena blanca y abundante estaba suelta, cayendo lisa por la espalda del anciano - ¿Qué tal tus sueños?

- Bien... bien, gra...gracias señor – mientras hablaba Hermione sintió como la temperatura de su cuerpo aumentaba ligeramente. No podía decirle a Raven que había soñado que la besaban, y mucho menos que ni siquiera sabía quién era el chico del beso. Sonaba ridículo e ilógico.

- Espero que Wendy haya hecho un desayuno abundante, porque me muero de hambre – bajó los últimos escalones hasta el descansillo donde estaba la morena y se quedó mirándola con curiosidad - ¿Te ocurre algo? Estás colorada...

Hermione negó insistentemente, desviando la mirada para no encontrar los ojos azules del anciano, que sonreía divertido ¿por qué le daba siempre la sensación de que Raven sabía más de lo que aparentaba en realidad?

Bajaron hasta el comedor, que era una estancia presidida por un hermoso cuadro de enormes dimensiones de unicornios y dragones plateados surcando el cielo. Bajo él había una chimenea (N/A: Cómo no) de madera negra, con hermosas figuras a ambos lados. Sobre la mesa ovalada y oscura del salón, un grupo de veinte velas blancas, apagadas en esos instantes, permanecían levitando continuamente. Sillones mullidos en una esquina y muebles con libros en el resto dejaban libre el centro del lugar, que estaba adornado por una hermosa alfombra verde musgo y plateada, que formaba con hilo de plata la figura de una mujer bañándose en un lago, que se cepillaba el cabello en esos momentos.

La joven de la alfombra saludó a Raven con una inclinación, y a Hermione le dedicó una mirada brillando de rencor antes de sumergirse en aquel lago de hilos plateados.

- Creo que nunca me perdonará que le pisara la nariz el primer día que llegué ¿Verdad? – dijo la morena, mientras se sentaba al lado de Raven en la mesa, dónde un suculento desayuno esperaba ser devorado.

- Todas las veelas son así de orgullosas y coquetas, incluso las bordadas en alfombras mágicas – se sirvió un poco de zumo de calabaza y luego cogió un pastel de crema – Para ellas la belleza es lo más importante, y Naëla no es la excepción.

- Una vez conocí a una chica francesa que tenía sangre de veela, se llamaba Fleur Delacour – aquel recuerdo le hizo derramar un poco de café – Fue en Hogwarts, en cuarto año.

- Conocí a la abuela de Fleur años atrás, se llamaba Diandra – chasqueó la lengua – Era hermosa, muy hermosa... supongo que la nieta tendrá la misma belleza.

- Eso dicen – respondió Hermione evasiva – En Hogwarts todos estaban atontados por ella ¿sabe? Se quedaban mirándola. Uno de mis amigos casi pierde el juicio por ella.

- ¿Y los Slytherin también? – ante la mención de la casa de las serpientes la chica se sobresaltó.

- Sí, también. Pero todos eran una pandilla de brutos, Delacour no les hacía mucho caso a ninguno. – aquello le puso de buen humor, le encantaba ver a Draco Malfoy mordiendo el polvo de vez en cuando, o siempre ¿por qué pensaba en Malfoy ahora? Su cabello rubio, la sonrisa arrogante, el arrastre de cada palabra que parecía veneno (o tal vez lo fuera). Sacudió la cabeza. Mejor no pensar en ese, mejor dejarlo enterrado donde llevaba años.

Hermione fijó su vista entonces en Raven, que observaba el cielo azul desde el arco de la ventana del castillo. El sol estaba ya muy alto, y los árboles verdes y frondosos brillaban bajo su luz cegadora. Una llama azul salió entre ellos y poco después un pequeño dragón celeste emprendió el vuelo desde el corazón del bosque.

- Creo, Hermione, que deberías tener a alguien que te ayudara en las investigaciones, con los dragones y demás – la cuchara con avena se quedó a medio camino entre el cuenco y la boca de la muchacha.

- Me las arreglo bien sola señor, no creo necesitar a nadie más. – Respondió en un tono frío y cortante que al maestro no pareció incomodarle.

La avena le supo mal, casi agria, seguramente así era como el comentario del mago le había sentado en el fondo. Siempre había estado sola en el castillo, sin nadie a su alrededor y se las había ingeniado para mantener todo en orden sin ayuda ninguna. No iba a ser después de tantos años cuando su vida empezara a cambiar.

- Solo piénsatelo, dale una oportunidad.

- ¿Una oportunidad?

PUM - PUM

La puerta de la entrada sonó antes de que el hombre pudiera responder y Wendy, una elfa doméstica rechoncha y de enormes ojos marrones fue a abrir. Hermione se preguntó quién vendría al castillo tan temprano, y recordó lo que Raven le había dicho la noche anterior: Mañana será un día agitado ¿Era, quizá, esa visita la causa de la agitación?

Hermione agudizó el oído y pudo escuchar entonces la voz conocida de Klaus Marlin. Frunció el ceño de manera inconsciente: No creía que Marlin tuviera nada que cambiara el transcurso de su tranquila vida ¿o si?.

Las enormes puertas de madera del salón se abrieron con un chirrido de solemnidad, dejando pasar el cuerpo menudo y regordete del señor Marlin. Se acariciaba los escasos mechones castaños que aún poblaban su calva y sonreía de forma amistosa.

- Raven aquí tienes al chico – sacó un pañuelo mal doblado del bolsillo y se enjugó el sudor perlado de su frente – Cada día traspasar el bosque y las montañas resultan más complicado ¿eh?

Pero nadie respondió, sino que el silencio inundó por primera vez el gran salón de piedra. El anciano se levantó de su asiento y Hermione pudo comprobar que sus ojos claros brillaban de una forma diferente. Wendy apareció entonces correteando con pequeños saltito por la estancia. Llevaba en la mano una maleta negra y una capa de viaje del mismo color.

- ¿Le hago pasar, señor? – la voz chillona de Wendy retumbó en la habitación y Raven asintió solemne, con las manos huesudas cruzadas en la falda morada de su túnica. Parecía tenso y frío, y la chica pensó que tal vez no esperaba esa intrusión tan temprano. Hermione permaneció sentada, tomando café y sirviéndose un poco de zumo de calabaza de la jarra plateada que tenía frente a ella.

Unos pasos retumbaron en el espacioso recibidor y poco a poco se fueron acercando hasta el comedor. Hermione permaneció con la vista fija en su copa, sin alzar la mirada oscura de su desayuno. No sabía porqué, pero un sentimiento incómodo le hacía permanecer ajena a la situación.

- Buenos días, señor – en ese instante la copa de la muchacha fue a parar al suelo con el jugo de calabaza. Había conocido esa voz: Era la que recordaba de su sueño. Azorada por el destrozo que había causado, se arrodilló sin levantar la mirada y ayudó a Wendy a recoger todo.

- Lo siento... lo siento mucho, Wendy – se disculpaba la muchacha, notando como sus mejillas se tornaban rosadas mientras recogía la copa con torpeza.

- No se preocupe señorita, Wendy está aquí para esto, señorita – y con una franca sonrisa la elfa doméstica desapareció dando saltito por la puerta que llevaba a la cocina del castillo.

Sentía que no podía respirar, que el tiempo se había parado y la sangre se le helaba en las venas ¿cómo era posible que soñara con alguien que no conocía? ¿Cómo fue capaz de ver a la persona que visitaría a Raven a la mañana siguiente?

- Ven, Hermione, quiero presentaros – Hermione escuchó la voz d su maestro, y aún con la cabeza gacha limpiándose en una servilleta de la mesa las manos de zumo de calabaza se acercó a dónde Raven, Marlin y el chico misterioso esperaban.

- Hermione, éste es nuestro nuevo inquilino, creo que ya os conocéis. – cuando la chica escuchó lo que el mago le decía fue cuando se permitió levantar la mirada y ver, con miedo y terror reflejado en su rostro, que el hermosos sueño de la noche se había convertido en la más absoluta de las pesadillas.

- Qué de tiempo Granger ¿eh? – la muchacha lo observó con espanto, sin moverse y con un frío recorriendo cada parte de su ser, siendo solo capaz de pronunciar la única palabra que en esos instantes ocupaba su cabeza.

- Malfoy...

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Sé que tengo que mejorar y que la cosa va lenta, pero tranquilidad que es el tercer capítulo ¿ok? La cosa ya se irá poniendo mejor ahora que mi pequeño Drakis está en el castillo de Raven. Pediros perdón de nuevo por la tardanza y espero que dejéis opiniones. ¡Besos!

                                                           Shashira