Capítulo 3: Liberación
- ¡Más fuerte!
Eso intentaba.
- ¡Más, más!
Apoyó las palmas de las manos sobre el colchón y empujó con todas sus fuerzas en un frenético ritmo tan antiguo como el tiempo. No había tenido tanto sexo con una mujer desde que iba al instituto. Kikio se aferraba a él con uñas y dientes y le exigía que fuera más rápido, más profundo y mucho, mucho más placentero. A él no le gustaba el sexo de esa forma, a él no le gustaba el sexo. A él le gustaba hacer el amor con la mujer de la que estaba enamorado y empezaba a cansarse muy seriamente de esa relación de solo sexo con Kikio.
- ¡Ya casi está!- le gritó- ¡Vamos!
Frunció el ceño enfadado y abrió los ojos para mirar a esa mujer exigente que sólo sabía pedir más, que sólo sabía hablar por sí misma. De repente, su imagen se volvió borrosa. Cerró los ojos pensando que debía estar teniendo un ataque de ansiedad y cuando volvió a abrirlos, la vio a ella. Era su mujer especial, su musa, su diosa. Ella lo miraba fijamente, con sus suaves rizos extendiéndose a su alrededor y sus labios entreabiertos. Ella no le gritaba, ni le exigía que fuera complaciente y rudo. Ella se aferraba a él con suavidad, se movía suavemente contra él y le miraba como si fuera el único hombre de todo el universo.
Se sintió flotar en ese momento. La miró fijamente a sus hermosos ojos nublados por la pasión y se inclinó para besar sus dulces labios. La adoraba, ella era todo su mundo. Algo le mordió. Volvió a alzarse y vio de nuevo a Kikio retorciéndose bajo él, exigiendo más. ¡Ya estaba harto!
Se apartó de ella sin haber terminado y se sentó en el borde de la cama con sus manos cubriendo su cabeza. ¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Por qué se sentía tan vacio?
- ¿Se puede saber qué estás haciendo?- le gritó a su espalda- ¡Tengo ganas de follar!
- ¡Pues yo no!
Había perdido las ganas de todo. Conocía a Kikio desde hacía un mes, justamente el mismo tiempo que había estado ella sin volver al café. Pensó que Kikio lo ayudaría a olvidarla, que ella sería la mujer a la que había esperado, pero se equivocó por completo. Kikio sólo quería sexo, un poco de placer y nada más. No quería cenar con él, no quería salir a pasear cogidos de la mano, no quería ir al cine, no quería vivir con él. No quería de él nada que no fuera sexo. Y mientras que ella se ocupaba de hundirlo más en la miseria día a día, él no dejaba de pensar en su rayo de luz, en esa mujer que con tan solo su existencia, hacía más feliz su vida.
Se secó el sudor de la frente con una mano y sintió repentinamente las manos de Kikio rodeándolo. Sus manos bajaron hacia su entrepierna y las apartó abruptamente asombrada por su descubrimiento. Seguro que se había llevado una buena sorpresa.
- ¡No puede ser!- lo empujó- ¡No has terminado!
No, no había terminado, pero se había quedado flácido al percatarse por fin de que no quería a Kikio en su vida. Ella le hacía daño y destrozaba todo aquello por lo que había luchado. No necesitaba a esa mujer para sentirse mal, se bastaba consigo mismo. ¿Acaso no era suficiente el percatarse de que jamás volvería a verla? Ella no había vuelto en un mes entero y ya nunca lo haría. Apretó los puños ante la idea de no verla jamás y atesoró en su mente cada recuerdo, cada momento. Allí, nadie podría quitársela.
Cansado de esa situación, se levantó de la cama y buscó su ropa por toda la habitación de Kikio. Al menos nunca la había llevado a su casa, tenía la sensación de que era mejor que ella no hubiera descubierto dónde vivía. Aunque bien sabía que si era él quien acudía a su casa era por su comodidad. Cuando terminaban, prácticamente lo echaba en mitad de la noche a la calle.
- ¿Qué estás haciendo?- le exigió saber.
- Vestirme, ¿estás ciega?
- ¡Ven aquí ahora mismo!- le ordenó.
- Tú no me das órdenes.
A pesar de que Kikio le estuviera gritando y tratándolo como si fuera uno de sus juguetes, se las apañó para conservar la calma y contestarle en condiciones. Sabía que no ganaría nada gritando a Kikio. Esa mujer tenía muy mal genio y sólo conseguiría que se pusiera a gritar como una histérica. ¿En qué universo se le ocurrió la gran idea de liarse con Kikio Tama? Estaba deprimido, necesitaba un cambio pero no ese cambio.
- Quítate ahora mismo esos pantalones. – le dijo ella.
- No pienso hacerlo. Me voy a trabajar antes de que se me haga tarde.
- ¡Ven aquí y termina lo que has empezado!
La ignoró. Se coló la camiseta dentro del pantalón y dio media vuelta para marcharse. Salió al pasillo, entró al salón y estaba atravesándolo para dirigirse hacia la puerta cuando escuchó los pasos de la mujer a su espalda. No iba a dejarlo en paz tan fácilmente.
- ¿Adónde crees que vas?
- A trabajar, ya te lo he dicho.
- ¡No puedes dejarme así!- le gritó.
Al escucharla se giró para mirarla y la vio con su cabello enmarañado, los ojos entrecerrados, los dientes apretados y sujetando una sábana contra su cuerpo desnudo. Ignoraba que Kikio pudiera ser tan recatada de vez en cuando.
- No me apetece. – se rascó la nuca- Me voy.
- ¡No puedes irte!
- Mira como lo hago.
Agarró el pomo de la puerta, abrió el pestillo y la puerta cedió abriéndose ante él. La mano de Kikio se interpuso entre él y la salida. Ella la apoyó en la puerta evitando que la abriera lo suficiente para salir y lo miró con ojos llameantes.
- Si sales por esa puerta, lo nuestro ha terminado.
Sinceramente, no esperaba que se lo fuera a poner tan fácil.
- Eso es justamente lo que yo estaba pensando.
Terminó de abrir la puerta y salió de su apartamento ante la mirada sorprendida de la mujer. Seguro que no estaba acostumbrada a que le dieran calabazas de esa forma.
Al salir de su apartamento sin ella, sabiendo que todo había terminado por fin, se sintió liberado, se sintió él mismo una vez más. Lo primero que hizo fue irse a trabajar, sin pasarse por su casa tan siquiera. Necesitaba trabajar y recuperar su rutina sabiendo que nunca más repetiría ese episodio de su vida. Kikio era pasado y su adorable chica misteriosa también.
Desgraciadamente, pensó que Kikio lo dejaría en paz demasiado pronto. A penas acababa de servir su tercer café de la mañana cuando Kikio entró en el café hecha una furia. Estampó la puerta contra la pared, haciendo que temblara la lonja, y se dirigió hacia él con ojos llameantes y clavando los tacones en el suelo. Toda la gente de su cola se apartó asustada de verla y mientras que unos se fueron al lado de Kouga, otros se marcharon del local. Kikio sabía imponer, sin duda alguna, pero con él ya no podría nunca más.
Mantuvo la calma y la serenidad mientras sacaba de los plásticos vasos nuevos ya que se le habían terminado, y se comportó como si ella no estuviera allí hasta que se puso en el mostrador, clavando las yemas de los dedos en la madera. Decidió tratarla como una clienta más.
- Buenos días, ¿qué desea?
- A ti.
- Lo siento, sólo servimos lo que está en la carta.
Kikio gritó furiosa con él y agarró su camiseta, tirando de él hacia ella para intentar besarlo. Él pudo esquivarla a tiempo y se desasió de su agarre, intentando mantener la serenidad. No quería tener que ponerse serio de verdad.
- ¡Basta!- exclamó con voz firme y serenada- Acabamos de romper, ¿entiendes?
- ¡Tú y yo no hemos roto!- golpeó con los puños el mostrador- Nadie rompe conmigo, ¿entiendes?
- Hay una primera vez para todo en la vida.
Kikio no se tomó muy bien su comentario. Se apartó del mostrador y lo rodeó con intenciones maliciosas. Antes de que pudiera percatarse de lo que en realidad intentaba, la tenía ahí dentro, cada vez más cerca. De repente, se fijó en ella como nunca lo había hecho y se preguntó: ¿Qué había visto en ella?
Recordó a su mujer, la mujer de la que llevaba un año entero enamorado y no pudo menos que fijarse en que Kikio era todo lo contrario. Su belleza artificial y tan salvaje no se parecía en absoluto a la elegancia y la delicadeza que denotaba su chica misteriosa, su bailarina de ballet. Eso por no hablar de su mal genio. Kikio era la mujer más irascible que había conocido en toda su vida mientras que ella parecía la viva imagen de la paz y la calma. Siempre sonriendo, siempre amable con todos, siempre educada. Nunca perdía la compostura. Kikio se chocaba con alguien en la calle y lo insultaba, arañaba el coche de otro y se marchaba a la carrera sin querer saber nada. Kikio no era para él.
Dejó el paño que había estado usando anteriormente sobre el mostrador y puso los brazos en jarra para encarar a la mujer que se le estaba acercando. No pensaba acobardarse ante ella.
- Márchate. – le pidió.
- ¡No pienso hacerlo!- golpeó el suelo con su tacón- ¡Eres mío!
- Yo no te pertenezco, a ti no.
Ella se cruzó de brazos con el ceño fruncido por su respuesta hasta que una idea nueva surcó su mente. Conocía lo suficiente a Kikio como para saber cuándo se le ocurría algo y, normalmente, se le ocurrían cosas descabelladas.
- ¡Lo dices por esa mujerzuela a la que perseguías antes de que nos conociéramos!
La verdad era que no se le había ocurrido algo tan descabellado. Era cierto que él sólo le pertenecía a ella, pero había dicho algo que no le gustaba en absoluto.
- No vuelvas a llamarla de esa forma jamás.
Si pensaba meterla a ella, se pondría serio.
- ¡Ja! No merece otro mote esa pelandusca.
Furioso con ella por sus palabras, avanzó, agarró su brazo y apretó, mostrándole que empezaba a tocar un tema que sólo la metería en problemas. Kikio se sacudió, intentando liberarse de su agarre, pero no lo permitió sólo para demostrarle que en verdad usaría la fuerza si ella seguía por ese camino. De repente, en ese momento observando su mirada acorralada, se le ocurrió una idea que no le gustó nada.
- Tú no la conoces, ¿verdad?
- ¿De qué hablas?
- Tú no la conoces a ella. Tu jefe nunca salió con ella, ¿verdad?
Kikio no pudo ocultar la veracidad de sus palabras en su mirada, pero aún así tuvo el descaro de intentar continuar mintiéndole.
- Claro que la conozco… Ella…
- ¿Cómo se llama?- le preguntó- Si tan bien la conoces, dime cómo se llama.
Le dijo un nombre, un nombre que a él le costó creer que fuera el de aquella deliciosa bailarina de ballet y la apartó de él de un empujón. Si sólo no hubiera tardado más de cinco segundos en contestar, tal vez se hubiera planteado el creerla. Ahora bien, Kikio necesitó varios segundos para pensar en un nombre debido a los nervios y se traicionó a sí misma.
- ¡Fuera de aquí!- le señaló la puerta- No quiero volver a verte nunca. No eres más que una mentirosa.
- Tal vez no te dije toda la verdad… - admitió- Pero nosotros…
- Nosotros no somos, ni hemos sido nunca nada.
Ella lo miró como si se hubiera vuelto loco y a punto estuvo de discutirlo, pero él la interrumpió e hizo uso de su poder como empleado de aquel local.
- Este local se reserva el permiso de admisión a sus clientes.
- Inuyasha, ni se te ocurra…
- A partir de ahora, - no la escuchó- tienes prohibida la entrada.
Kikio volvió a gritar furiosa por sus palabras, se dio media vuelta y se marchó, empujando a los pocos clientes que se habían quedado y cerrando la puerta de un fuerte portazo. Los clientes le aplaudieron cuando ella al fin se marchó, algunos de ellos lo felicitaron por librarse de esa losa y su compañero de trabajo le preparó un café para darle ánimo por lo sucedido. Esta vez, Kikio sí que estaba acabada para siempre.
Bebió su café mientras atendía a los clientes que volvieron a su cola y a los nuevos, y justo cuando terminaba de atender, su jefe lo llamó. Lo sermoneó por el espectáculo que había dado con su "novia" y le pidió que no se repitiera nunca. Él le aseguró que esa mujer no volvería a cruzar la puerta del café jamás. Una vez que su jefe hubo terminado con él, volvió a su trabajo, suspirando de alivio por haber podido conservar su puesto. Nunca había tenido ningún problema en el café, pero Kikio había montado un numerito lo bastante molesto como para dejarlo en la cola del paro.
Eran casi las nueve de la mañana cuando ocurrió algo que pensó que jamás volvería a suceder. Justo cuando pensaba que ese día, que su vida no podían mejorar, sólo empeorar, ocurrió la más maravillosa de las cosas. Ella entró en el establecimiento. Llevaba puesto un bonito vestido blanco de encajes hasta las rodillas que le daba esa imagen de inocencia que ella siempre tenía. La bailarina de ballet lo vio, se encogió de hombros y se puso la última de su cola. Ella ya no tenía ni el menor rastro de su moratón en el rostro. Estaba tan bonita y tan magnífica como siempre.
Atendió a ritmo acelerado a todos sus clientes, deseando que llegara el momento de llegar hasta ella y cuando al fin la tuvo frente a frente, se quedó sin respiración. Pensó que nunca más volvería a verla y era todo un alivio verla sin tener la presión del lastre de Kikio sobre los hombros. Ella le sonreía tal y como lo había hecho siempre y lo miraba de esa forma tan especial que le daba esperanzas en la vida. Ella era única y no podría estar más agradecido de que hubiera regresado.
- Has vuelto. – dijo como un tonto.
- En el último mes, he estado buscando en todas las cafeterías de la ciudad un café lo bastante bueno pero… - se mordió el labio inferior- Tu café es el mejor.
No tenía que decir más. Se dio media vuelta y empezó a preparar el café con leche que sabía que ella siempre tomaba por las mañanas. Lo preparó con especial cariño y entusiasmo y se alegró de ver su expresión al tenerlo frente a ella, al poder oler su aroma. Parecía como si fuera a empezar a flotar en cualquier momento. Él también sentía exactamente lo mismo.
Ella dejó las tres libras sobre el mostrador y cogió su café.
- Siento que…
- No sientas nada. – la interrumpió- Nada podría alegrarme más que ver que has vuelto.
Ella volvió a sonreírle como bien sabía y le dio un sorbo a su café gimiendo de puro placer. Sí que debía gustarle.
- Gracias.
Se dio media vuelta dispuesta a marcharse, pero se detuvo y se volvió de nuevo hacia él antes de que su siguiente cliente le hiciera su pedido.
- No he vuelto solo por el café. – se sonrojó- Te echaba de menos. Sólo quería que lo supieras.
El mundo dejó de dar vueltas en ese mismo instante. Ella no volvía sólo para tomar su café, ella quería verlo a él, entre todos los hombres del mundo, ella lo había añorado a él. Volver a verla ya era suficiente adrenalina por un solo día pero saber que… ¡Él también la añoraba! ¿Por qué no se lo había dicho? Ella se marchó alegando que le importaba demasiado y volvió porque lo añoraba, tenía que haber algo… Ella… Él…
La vio abrir la puerta y salir del café con el corazón golpeando con fuerza contra su pecho. ¿En serio iba a dejarla marchar de esa forma? Llevaba un año entero observándola, pensando en ella, imaginando que ella le decía algo tan maravilloso como aquello y lo estaba dejando pasar. ¿Acaso iba a ser toda su vida un cobarde que no se atreviera a dar el primer paso para lo que podría ser lo mejor que le ocurriría en la vida? Ella podía rechazarlo, era bien cierto, pero si no lo intentaba, estaría toda su vida tras ese mostrador observándola ir y venir. ¡No, ya era suficiente!
Sin dar previo aviso a su compañero, saltó del mostrador al otro lado, corrió hacia la puerta y salió al exterior. La vio avanzar a unos metros de él por la calle y corrió tras ella. Puso una mano en su hombro y la vio volverse con el café a medio camino de sus labios. Ella lo miró sin entender, sorprendida por su aparición.
- Me llamo Inuyasha. – le dijo sin pensarlo demasiado.
- Lo sé. – sonrió y señaló su camiseta- Lo pone en tu placa. – se sintió tonto al escucharla- Yo me llamo Kagome.
Kagome. Era el nombre ideal para ella, era perfecto y por supuesto, no era el nombre que la mala pécora de Kikio le había dado.
- M-Me pre… Me pre-preguntaba si… Bueno, sí… - balbuceó- Si esta noche… Tal vez tú y yo… - ella lo miró expectante- ¿Querrías salir conmigo?
Kagome le sonrió y jugueteó con la tapa de su café.
- Esta noche no puedo, tengo que trabajar. – le explicó- Soy bailarina de ballet y esta noche es el último espectáculo… Yo…
- No pasa nada, otra vez será.
Ella no parecía conformarse y rebuscó dentro de su bolso hasta dar con lo que había estado buscando. Sacó un sobre y extendió la mano para entregárselo.
- Es una entrada, ¿te gustaría venir a verme? – le preguntó- Después podríamos ir a cenar.
- Eso sería estupendo.
Aceptó la entrada que ella le ofrecía y se preguntó por qué no había hecho aquello antes. Ahora sí, al fin era libre en verdad.
Continuará…
