Tercera parte.

En aquellos primeros minutos, Harry apenas se atrevió a respirar. No hacía más que pensar en lo que Draco podía haberle hecho a McLaggen, en las consecuencias que podía tener si conseguían encontrar pruebas que lo señalaran como culpable. Si iba a Azkaban… Harry tragó saliva, sintiéndose culpable. Nada de eso habría pasado si él hubiera hablado cuando debía hacerlo, nada.

Ron intentó cruzar una mirada con él, pero Harry no podía mirarlo en ese momento. Antes de enfrentarse a nadie tenía que saber qué le habían hecho a McLaggen.

-Jefe, ¿qué ha pasado? –preguntó preocupado Williamson, un Auror curtido ya en cien batallas-. ¿Cómo está Cormac?

-¿Es grave? –preguntó también Altman.

Harry temía la respuesta, pero aun así fijó los ojos en su superior, tratando de leerla en su expresión. Casi suspiró de alivio cuando vio la mueca de Robards. No sabía lo que era, pero no era la cara que tendría si McLaggen hubiera muerto o estuviera en un estado realmente crítico.

-Su vida no corre ningún peligro.-Sólo entonces, ya más tranquilo, Harry pudo darse cuenta de que Robards estaba, en realidad, bastante incómodo-. Los Sanadores están intentando solucionarlo.

-¿Qué le han hecho? –inquirió Ron.

Sí, decididamente incómodo. Harry había dejado de temer la respuesta; ahora se moría de curiosidad por oírlo. Y su curiosidad aumentó cuando Robards lanzó una incongruente mirada de advertencia a todos los Aurores presentes, como si estuviera retándoles a algo.

-Lo han encontrado hace media hora a las afueras de Las Tres Escobas, inconsciente. Parece ser que ha estado ahí toda la noche; madame Rosmerta lo vio salir de su local poco antes de medianoche. Por lo que me han dicho los medimagos en el informe preliminar que me han enviado antes de llevárselo a San Mungo… -Robards volvió a dirigirles la mirada de antes y Harry comprendió, como en una iluminación, que les estaba retando a reírse de McLaggen si se atrevían. A reírse. Harry contuvo el aliento, expectante-. Bueno, por desgracia le han grabado mágicamente la palabra "impotente" en la frente y ha sido sometido a un conjuro de impotencia.

Harry oyó a algunos Aurores lanzando exclamaciones de indignación, pero él no era uno de ellos. Su mente estaba asimilando lo que acababa de oír. Draco había dejado impotente a McLaggen. Y además se había asegurado de que todos los que miraran al auror supieran que lo era.

Si se mordía más los labios para no empezar a reírse histéricamente como un loco iba a acabar sangrando.

-¡Ese ha tenido que ser Malfoy, jefe! –exclamó uno de los Aurores que había participado en las burlas.

Robards asintió con el ceño fruncido.

-Salta a la vista. Todo esto sólo tiene como propósito devolverle la humillación pública. Hay una nota, estaba prendida a la capa de Cormac con un alfiler –dijo, de mal humor-. Si lo que dice es cierto, el conjuro tiene una duración de cinco años y nadie excepto la persona que lo lanzó puede quitárselo hasta entonces, a no ser que... en fin, a no ser que tenga relaciones homosexuales completas como pasivo.

Harry casi se atragantó al reprimir las carcajadas y le salió un ruido ahogado que transformó en una tos violenta. No fue el único. Ron estaba un poco rojo y se mordía los labios. Y aquí y allá también había un par de Aurores con aspecto súbitamente congestionado.

-¿Es magia negra? –preguntó un Auror atractivo llamado Clearwater.

-Aún no nos lo han dicho. Bien… señores, señoras, encuentro todo este asunto sumamente irritante. Medio Hogsmeade sabe lo que ha pasado: los detalles estarán mañana en El Profeta. Y todas las burlas y comentarios que provoque esa noticia son burlas y comentarios sobre los Aurores. Pueden estar seguros de que no tendré ningún miramiento con cualquier Auror que no trate este caso con el debido respeto. Les recuerdo que McLaggen es uno de los nuestros.

-Sí, señor –dijeron varios Aurores.

-Está bien. Williamson, Clearwater, quiero que vayáis a San Mungo y le toméis testimonio a McLaggen. Potter, Weasley, Altman y Kapoor, vosotros examinad la zona en la que se produjo la agresión. Tsang, Pellegrine, venid conmigo: nos encargaremos de interrogar a Malfoy.

Los Aurores se pusieron en pie casi a la vez, listos para empezar con sus tareas. Pero Harry farfulló un "esperad un minuto" a sus compañeros, salió corriendo hacia uno de los baños y una vez dentro, echó un hechizo de privacidad para que nadie pudiera oírlo y se echó a reír y a reír hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas.


Cuando llegaron a Hogsmeade se acercaron al lugar en el que habían encontrado a McLaggen. Alguien había aislado la zona con un hechizo para que los curiosos no pudieran entrar y fastidiar todas las posibles pistas. No estaba muy lejos del camino que llevaba a la posada de madame Rosmerta. Harry tuvo la intuición de que lo habían dejado inconsciente en el camino y después lo habían llevado allí, donde la vegetación, algo más abundante, protegía mejor de las miradas de posibles testigos.

-¿Creéis que Malfoy lo hizo solo? –preguntó Kapoor. Era una mujer de treinta y tres años, casada y bastante atractiva, que al averiguar lo que había pasado entre McLaggen y Draco había acusado al primero de ser un cerdo machista e insensible.

-No tenemos pruebas de que haya sido él –le recordó Harry.

-¿Lo dudas? –preguntó Altman.

-No le faltan motivos, pero sólo digo que para acusar a alguien se necesitan pruebas, y de momento no tenemos ninguna.

Después de dividir la zona en cuatro partes, cada uno se puso a examinar la suya. Harry no tenía deseo alguno de encontrar nada. No hacía más que pensar en Draco. Y en su venganza. Cuantas más vueltas le daba, más perfecta le parecía. Draco no sólo le había devuelto la humillación pública, no sólo le había herido donde más iba a dolerle; también había demostrado que no era la criatura sumisa y patética que McLaggen había dibujado. No, era un mago vengativo y habilidoso que conocía un número desconocido de hechizos sumamente inquietantes.

Harry se dio cuenta de que él también había infravalorado a Draco, aunque fuera a otro nivel. Por supuesto, conocía su faceta vengativa de primera mano, pero nunca lo había respetado como mago, al menos no hasta ese momento. McLaggen era imbécil, pero también era un Auror, y emboscarlo con éxito presentaba cierta dificultad. Y eso por no hablar del conjuro en sí, que parecía bastante complicado.

Podía considerar, pues, que el mensaje también iba para él. Draco no era un pobrecito mago traumatizado por Voldemort en busca de un hombre fuerte que lo protegiera. Ni mucho menos. De hecho, Harry pensaba que era mejor no comentarle nunca a Draco que había llegado a plantearse esa posibilidad.

Harry interrumpió sus pensamientos para observar a sus compañeros. Altman examinaba los alrededores como si le fuera la vida en ello, pero Ron y Kapoor mostraban mucho menos entusiasmo. De momento, nadie había encontrado nada. Harry no podía desearle ya más suerte de la que le estaba deseando; era un sospechoso tan claro que el más mínimo resbalón podía llevarlo frente al Wizengamot. En principio, el tribunal nunca era muy duro cuando se trataba de conjuros reversibles, pero los jueces podían llegar a la conclusión de que ya habían demostrado demasiada benevolencia hacia los Malfoy y mandarlo a Azkaban una temporada, sobre todo si el conjuro resultaba ser de magia negra.

Llevaban ya más de una hora buscando cuando vio algo, un brillo plateado al lado de una piedra. Harry frunció el ceño, preguntándose si sería alguna pista con el nombre de Draco. Fingiendo que necesitaba abrocharse los cordones de las botas, se arrodilló y lo recogió del suelo.

Era un gemelo de plata, uno que tenía forma de pequeña serpiente.

Harry lo reconoció al momento. Era de Draco, por supuesto, eso no era ninguna sorpresa. Y aunque no se trataba de la prueba más concluyente del mundo, pues Draco siempre podía decir que lo había perdido en otro momento o negar que fuera suyo, podía causarle muchos problemas. Harry lo observó unos segundos con ojos pensativos y el corazón agitado y miró disimuladamente a su alrededor. Ron y Altman estaban de espaldas a él. Kapoor estaba haciendo unos hechizos. Entonces, sin pensárselo más, se lo guardó en el bolsillo y contuvo el aliento, esperando no oír a nadie preguntándole qué diablos había hecho. Cuando se convenció de que nadie le había visto, se puso de pie y siguió buscando.


Cuando terminaron de examinar los alrededores, Harry se fue a Malfoy manor a ofrecerle a Robards un informe de los resultados y, de paso, averiguar cómo le iba a Draco. Que siguiera allí era una buena señal: si aún no lo habían llevado al Departamento de Aurores es que debía de haber presentado una coartada muy consistente.

Aquel día, las puertas de la mansión estaban abiertas de par en par. Harry caminó por los jardines, recordando a su pesar la otra única vez que había estado allí, durante la guerra. Todo estaba tal y como lo recordaba, incluidos esos ridículos faisanes albinos que imitaban la arrogancia de Lucius Malfoy, pero cuando entró en la mansión, descubrió que habían cambiado por completo la decoración del interior. Quizás habían intentado borrar así los malos recuerdos de Voldemort.

Un elfo doméstico condujo a Harry hacia el salón en el que se encontraban Draco y los aurores. Para sorpresa de Harry, Blaise Zabini, un chico de su curso que también había ido Slytherin, estaba sentado junto a Draco. Cuando Draco lo vio, frunció ligeramente el ceño y le ignoró. Harry se mordió los labios, consciente de que no podía decirle lo que quería, ni mirarle como quería, y se acercó a Robards, que en ese momento se limitaba a escuchar.

-Ah, Potter –dijo, agarrándolo del brazo y alejándolo un poco de allí-. ¿Habéis encontrado algo?

-No, señor –mintió, sin vacilaciones-. No había huellas, ni cabellos, ni fibras de ropa, lo siento. ¿Cómo va el interrogatorio? ¿Tiene coartada?

Robards apretó los dientes con frustración.

-Al parecer, él y varios amigos suyos pasaron toda la noche en un local llamado Solsticio. Estuvieron hasta casi las tres de la mañana allí.

-Imagino que el Malfoy que vieron allí era alguien con poción multijugos –dijo Harry, porque sabía que su jefe ya lo habría pensado y habría sido muy raro que él no lo sugiriera.

-Sí, por supuesto. Ya he mandado a Williamson al callejón Diagón a ver si averigua algo, aunque en estas familias siempre andan bien surtidos de pociones.-Meneó la cabeza-. Mierda, Potter, que ha sido él. Huele a Slytherin por los cuatro costados. Se ha vengado de McLaggen por lo que estuvo contando de él.

-Eso parece, jefe.

Robards se giró para observar a Draco con aire meditativo y volvió a mirar a Harry.

-No podemos permitir… McLaggen puede ser un subnormal, pero es un Auror. No podemos permitir que Malfoy se salga con la suya.

-¿McLaggen ha acusado formalmente a Malfoy?

-No, no le vio y no recuerda nada desde que salió de Las Tres Escobas.-Suspiró, obviamente seguía tan malhumorado como antes-. Los medimagos me han avisado, ya es oficial; le han echado un conjuro temporal de impotencia. Lo de la nota parece verdad, al menos lo de que se irá solo en cinco años. No hay manera de averiguar si puede quitárselo antes cumpliendo con las condiciones que ponía en la carta.

-Ya…

Robards frunció aún más el ceño.

-¿Por qué tengo la sensación de que todo esto no podría preocuparte menos?

Harry pensó un poco. No era capaz de fingir que se tomaba en serio el caso o que le importaba en lo más mínimo lo que le había pasado a McLaggen. Si lo intentaba, Robards lo sabría y lo consideraría mentiroso y poco de fiar.

-Porque no me preocupa, jefe. La verdad… creo que tengo un conflicto de intereses en este caso.

-Eso ya lo sé –replicó el jefe de los Aurores, con una mezcla de irritación y diversión-. Le diste una paliza a McLaggen; o le odias, o te gusta Malfoy o las dos cosas. Sé que no eres imparcial.

Harry miró a Draco. Se había procurado una buena coartada, pero no se molestaba en fingir inocencia. Eso, al fin y al cabo, era una batalla perdida. Su apuesta consistía en la falta de pruebas. Pero todos tenían que saber que había sido cosa suya, por supuesto. Formaba parte del plan.

-No me importa que McLaggen no pueda follar en los próximos cinco años. La verdad es que se lo ha buscado.

Robards apretó los labios, pero Harry tuvo la impresión de que no estaba enfadado con él y enseguida descubrió que no se equivocaba.

-Ese estúpido… Podría matarlo yo mismo por todos los problemas que ha causado. Kingsley me ha enviado una lechuza hace media hora pidiéndome explicaciones de por qué Rita Skeeter ha solicitado una entrevista para preguntarle sobre los prejuicios anti-homosexuales en el Departamento de Aurores. ¿Tienes idea de las ruedas de prensa e informes que me esperan? ¿Informes sobre impotencia y penetración anal? Merlín, ¿en qué estaba pensando para ir contando todas esas cosas de Malfoy?

Harry no supo qué contestar y, además, estaba ocupado intentando no reírse porque, aunque lo sentía por Robards, la imagen de un hombre con edad para ser su bisabuelo escribiendo informes con tal contenido le parecía hilarante. Por suerte, Robards no esperaba respuesta y sólo suspiró con frustración.

- Anda, vete a casa, Harry. No le hará ningún bien al caso tenerte por aquí.

Harry asintió; ya había podido ayudar a Draco, de todos modos. Después de mirarlo una última vez, dio media vuelta y se fue. Por el camino se encontró una pequeña estancia abierta y se detuvo, dudando. Había pensado en quedarse el gemelo de Draco como recuerdo o quizás dárselo más adelante, pero de pronto comprendió que Draco aún no debía de haberse dado cuenta de su desaparición. Cuando lo hiciera, iba a ponerse frenético. Era mejor dejarlo al alcance inmediato de sus elfos domésticos.

No había nadie a la vista, ni siquiera uno de los elfos. Harry se deslizó por la puerta y se sacó el gemelo de plata del bolsillo. Después lo besó en un gesto casi inconsciente mientras le deseaba buena suerte, lo dejó sobre un mueble y salió de allí.


Los aurores aún siguieron trabajando en el caso unos días más, pero tuvieron que archivarlo por falta de pruebas. Los testigos que habían visto a Draco en Solsticio durante la hora de la agresión eran una pequeña multitud, el propio McLaggen no había visto nada y todos los amigos de Draco negaban convincentemente haber tomado multijugos para hacerse pasar por él.

Mientras tanto, también recibían noticias del estado de McLaggen. Los medimagos habían descubierto que las letras grabadas en su frente estaban conectadas a su impotencia; cuando el efecto del conjuro se disipara, la palabra también desaparecería. También habían identificado el conjuro, que estaba en la fina y confusa línea que separaba la magia negra de la blanca. Era de origen español, utilizado siglos atrás para vengarse de maridos infieles. Los medimagos habían escrito a sus colegas españoles para ver si tenían más información, pero de momento todo seguía igual. El mejor consejo que habían podido darle era que se dejara flequillo para ocultar la palabra.

Harry se dio cuenta enseguida de que, como esperaba, se había producido un cambio sustancial a la hora de hablar de Draco. Las risitas despectivas habían desaparecido. Eran Aurores; quizás Draco no les daba miedo, pero desde luego ya no lo subestimaban. Y Draco ya no era "la perra sumisa de McLaggen" sino "el mago que había dejado impotente a McLaggen". Estaba claro cuál de los dos títulos imponía más respeto.

Al día siguiente de que archivaran el caso, Ron y Harry salieron del ministerio hablando de su compañero.

-Mi padre me ha contado que Cormac había empezado a decir que iba a matar a Malfoy y que…

Harry frunció el ceño.

-Si le toca un solo pelo de la cabeza, me lo cargo.

Ron puso los ojos en blanco.

-¿Por qué no me sorprende? En fin, como te decía, mi padre me ha dicho que el propio Shacklebolt fue ayer a hablar con Cormac. Malfoy le había enviado una lechuza preguntándole si él y sus padres necesitaban ahora protección oficial para defenderse de los Aurores. Lo último que le conviene al Departamento es más mala publicidad, así que… Bueno, eso, parece ser que el viejo Kingsley consiguió hacer entrar a Cormac en razón.

Harry iba a contestarle, pero en ese momento una lechuza de correo ordinario se acercó a él con un mensaje atado a una de sus patas. Cuando la leyó, su corazón pareció volverse loco de esperanza. Era de Draco, preguntándole si podían verse al cabo de una hora en un pub muggle no muy lejos del ministerio. Sonriendo de oreja a oreja, Harry contestó que sí.


Draco ya estaba allí. Iba vestido de negro de los pies a la cabeza y su expresión era adusta. Harry se sintió un poco preocupado, y se dio cuenta de que había malinterpretado el propósito de esa reunión. Draco aún estaba enfadado con él; su cara al verlo llegar sólo reflejaba una desconfianza absoluta.

-Por favor, siéntate –dijo envaradamente, señalando la silla que había frente a él.

Pero lo tenía delante, se dijo Harry. Había suplicado a los dioses una oportunidad para verlo cara a cara y darle todas las explicaciones que merecía. No pensaba desaprovecharla.

-Me alegro de verte –contestó con sinceridad mientras se sentaba.

Draco lo miró con las cejas fruncidas.

-¿Qué quieres, Potter? ¿Por qué me devolviste el gemelo de plata que perdí?

-¿Qué?-exclamó, pillado por sorpresa.

-No te hagas el tonto –dijo con impaciencia-. Sé que fuiste tú, había un cuadro de uno de mis antepasados en ese salón y te vio dejarlo en la mesita.

Harry suspiró. Esos detalles siempre le recordaban que, pese a todo, su educación había sido muggle. Un mago mínimamente inteligente criado en el mundo mágico no se habría olvidado de que los cuadros veían, oían y hablaban.

-Está bien, fui yo.-Tampoco tenía mucho sentido negarlo.

-¿Por qué me lo devolviste?

-¿Por qué? Porque todo lo que te dije en las cartas es verdad. Sé que tendría que haberte avisado de lo que McLaggen estaba diciendo de ti. Creo que al menos éramos amigos y no me gusta fallarle a mis amigos, Malfoy. Siento muchísimo haberlo hecho, de verdad. Y mierda, no quiero que vayas a Azkaban. No puedo criticar lo que le has hecho a McLaggen.-Al acordarse de él, tuvo que reír un poco-. Joder, si me parece perfecto… Por eso lo recogí y te lo devolví, porque quería ayudarte.

Aquello no suavizó la mirada de Draco.

-Yo no le he hecho nada a ese desgraciado. Y perdí ese gemelo días antes de que le atacaran.

Harry no se creyó ni media palabra y le dolió que Draco lo tratara como a un Auror, y no como a alguien en quien podía confiar. Pero intentó verlo desde su punto de vista. Era un Auror. ¿Por qué iba a jugarse Draco su plan con él?

-Claro… Es sólo… que podría haberte causado problemas. Alguien podría haber pensado… que lo perdiste aquella noche.

Draco apartó la vista un momento y pareció concentrarse en su taza de té, que aún no había tocado. Harry aprovechó para mirarlo a su antojo; no parecía haber dormido bien en los últimos días. Quizás había estado dándole demasiadas vueltas al gemelo de plata. Pero la arrogancia de la que había hecho gala durante los interrogatorios había desaparecido. Por debajo de su hostilidad parecía, sencillamente, perdido. Y de pronto Harry se preguntó si, después de todo, su actitud con los Aurores no había sido sólo una pose, un mensaje más hacia los que se habían reído de él.

La venganza de Draco podía haber arreglado su reputación, pero no había curado todas sus heridas.

-¿Y me ayudaste aunque eso podría causarte problemas a ti?

-No me importa –dijo Harry, rápidamente, cogiéndole la mano sin darse cuenta para dar más énfasis a sus palabras-. Hice lo correcto.

Para su sorpresa, Draco se puso rojo y retiró bruscamente la mano.

-Si tu ayuda es a cambio de algo… -dijo con rabia.

Harry dio un respingo.

-¿Crees eso? –preguntó, en un susurro horrorizado, ultrajado -. ¿De verdad crees eso?

Draco se reclinó un poco en su asiento y se cruzó de brazos en actitud no del todo defensiva.

-No soy idiota, Potter. Me di cuenta de cómo me mirabas en el zoo; sé cuándo alguien quiere algo conmigo. Y ya es coincidencia que yo empezara a gustarte precisamente cuando él empezó a dejarme como a una perra ansiosa de pollas. O no, espera…-Sus ojos brillaron con sarcasmo-. Se me olvidaba que te gusta pensar que eres noble. Supongo que crees que lo del gemelo me haría darme cuenta de lo maravilloso que eres y me tiraría en tus brazos, ¿verdad? Tú en tu papel de héroe y yo en el de la pobrecita víctima indefensa que necesita que la cuiden. Jódete, Potter, prefiero Azkaban.

Escocía, sobre todo porque había una parte de verdad en sus palabras: en ocasiones sí le había adjudicado a Draco el papel de pobre víctima indefensa. Pero ese era un error que Harry había reconocido para sí mismo y que no pensaba volver a cometer. Y aunque dolía verse tratado así y sintió impulsos de mandarlo a la mierda, tenía demasiado claro que aquel veneno lo había inoculado McLaggen y pensaba luchar contra él.

-Me cortaría la polla antes que obligar a nadie a tener relaciones sexuales conmigo, Draco –dijo, mirándolo a los ojos, tratando de mostrar toda la sinceridad que latía en sus palabras-. Y no te veo como a una pobrecita víctima indefensa ni creo que McLaggen estuviera siendo sincero. Quizás… quizás sus historias ayudaron a que me fijara realmente en ti, pero no por lo que tú crees. Me extrañaba tanto lo que contaba que hizo que empezara a observarte para ver si entendía lo que estaba sucediendo entre vosotros. Pero lo que pasó fue que descubrí que me gustaba lo que veía, que de repente me lo pasaba bien hablando contigo, que te encontraba intrigante con todo eso de tu sangre es mi sangre y tu honor es mi honor.

Draco frunció el ceño y apartó la vista.

-Yo siempre te he caído mal.

-Yo también te he caído mal siempre. Pero en las últimas semanas parecías estar a gusto conmigo. Cuando nos encargamos juntos de Teddy o cuando fuimos al zoo. Si tú cambiaste de idea, ¿por qué no puedo cambiar yo?-insistió.

Draco no dijo nada esta vez, sólo permaneció cómo estaba, cruzado de brazos y con el ceño fruncido. Y Harry comprendió, con una sensación de impotencia poco agradable, que probablemente no había nada más que pudiera hacer por él. Se moría de ganas de ayudarlo, pero Draco no quería su ayuda; si necesitaba a alguien, era a sus padres y a sus amigos, a su gente. Y una vocecita en su interior añadió que, además, era probable que en ese momento sus sentimientos sólo fueran un asunto menor para Draco.

Siguiendo un impulso, tomó una decisión.

-Draco, sé que ahora estás jodido. Pero… siempre te has recuperado de todos los golpes. –Sonrió un poco, con afecto-. Eres como un tentetieso, pueden tirarte al suelo, pero antes o después siempre vuelves a ponerte en pie. Lo demostraste en Hogwarts un montón de veces y después de la guerra y sé que lo demostrarás ahora. Así que… bueno, cuando todo esto haya pasado, cuando te sientas mejor… si te gusto un poco y te apetece intentarlo, avísame, ¿vale? Porque yo… creo que me he enamorado de ti y me gustaría mucho salir contigo.

Draco lo miraba con la boca entreabierta por la sorpresa. Sus ojos expresaban tantas emociones a la vez que Harry no supo por dónde empezar a analizarlas, pero lo que importaba es que al menos había conseguido llegar realmente a él a través de sus defensas. Y eso era todo lo que podía pedir por el momento.

-Cuídate –dijo, poniéndose en pie.

Entonces se marchó hacia la puerta. No era fácil, porque quería abrazarlo y besarlo hasta borrar de su memoria todos los recuerdos que le atormentaban, pero su instinto le decía que estaba haciendo lo mejor. Por mucho que doliera admitirlo, aquella no era su lucha.

-¡Potter! – Harry se giró y vio a Draco de pie, junto a la mesa. No se hizo ilusiones: la distancia entre ellos aún era mucho mayor que los pocos metros físicos que les separaban. Entonces, Draco asintió brevemente-. Gracias por lo del gemelo.

Harry volvió a sonreírle un poco, asintió también y siguió su camino.


Los días fueron pasando sin que Harry tuviera demasiadas noticias de Draco, pero no esperaba tenerlas. A él le habían roto el corazón un par de veces y sabía que no era algo que se solucionara en un par de semanas o incluso un par de meses. Las humillantes circunstancias del asunto no ayudaban nada. De vez en cuando, Teddy o Andrómeda le comentaban que había estado de visita y ella le decía que tenía buen aspecto, aunque aún parecía un poco serio. Otras veces lo veía a lo lejos por el callejón Diagón, o por Hogsmeade, o leía alguna cosa sobre él en El Profeta o en Corazón de Bruja. Y siempre sentía lo mismo, una especie de dolor dulce, y deseos de que le fuera lo mejor posible y ganas de comérselo a besos. Los amantes anónimos, casi siempre rubios, con los que se desfogaba esporádicamente no aliviaban en nada su deseo de estar con él.

Ron y Hermione no resultaban de mucha ayuda. La segunda se había enterado de lo de McLaggen cuando el chisme había empezado a correr por todo el ministerio y, a pesar de no sentir muchas simpatías por ninguno de los dos, había tildado de vergonzoso el comportamiento del Auror. Al enterarse de los sentimientos de Harry había reaccionado un poco como Ron, con resignación. Pero Harry se dio cuenta de que los dos preferían prepararle para la posibilidad de que Draco no quisiera salir con él antes que alentar sus esperanzas de lo contrario.

-Cualquiera diría que no os importa verme feliz –les echó un día en cara, algo dolido.

-No es eso, Harry –dijo Hermione, de corazón-. Pero apenas le conocemos, en realidad, y nunca os vimos juntos. ¿Cómo quieres que sepamos si Draco también siente algo por ti?

Harry miró a Ron, quien se encogió de hombros con una expresión de disculpa.

-Ya… -murmuró.

-Pero si te sirve de consuelo… creo que hiciste lo mejor –continuó ella, deseosa obviamente de animarlo-. Si hubieras insistido, probablemente Draco habría empezado a imaginarse motivos raros para tu insistencia. Así le demostraste al menos que respetabas su deseo de arreglarse sin ti, que confiabas en su propia fortaleza para resolver sus problemas. Creo que es algo que puede gustarle.

Harry suspiró.

-Eso espero.


Andrómeda le había dicho a Harry que Draco iba a acudir al cumpleaños de Teddy con Narcissa, como siempre y desde ese día, Harry apenas había parado de pensar en ello. Estaba nervioso, e impaciente, y se preguntaba con qué Draco iba a encontrarse allí. La tarde del cumpleaños, Harry se presentó en la puerta con Ron y Hermione, recién duchado, recién afeitado y con el corazón latiéndole violentamente en el pecho.

Draco y su madre ya estaban allí. Narcissa lo saludó con la misma inclinación de cabeza de siempre, pero esta vez clavó los ojos azules en él con tanta intensidad que Harry habría pensado que trataba de usar la Legeremancia. Harry se preguntó cuánto sabría; Draco, al menos, les debía de haber hablado de McLaggen para ponerlos sobre aviso. Y bien mirado, esa conversación debía de haber sido un trago bastante duro.

Pero si Narcissa quería ponerse protectora le parecía estupendo; él ignoró su mirada penetrante a favor de Draco, que le tendía la mano con una expresión casi tentativa.

-Hola, Potter.

Harry sonrió, feliz de estar con él otra vez.

-Hola, Draco –contestó, estrechándosela.

Estaba asombrosa, maravillosamente guapo. O al menos, eso le parecía a él. Y lo mejor de todo es que ya no tenía ese aire medio aturdido que le había visto en el pub. Los peores recuerdos ya debían de haber dejado de acosarle; quizás se había convencido ya de que si había algún hazmerreír en el mundo mágico ése era McLaggen, y no él.

Harry tuvo que dejar a Draco para ir a saludar al resto de invitados a la fiesta, entre ellos Molly y Ginny, y, por supuesto, para felicitar a Teddy por su noveno cumpleaños y darle su regalo. Le había comprado una guitarra, ya que el niño seguía insistiendo en querer ser cantante de rock. Teddy, entusiasmado, dio unos cuantos acordes desafinados y después le enseñó a Harry el resto de sus regalos. Draco le había regalado una bicicleta plateada, ya de adulto; no era un medio de transporte muy habitual entre los magos, pero estaba empezando a ponerse de moda entre los niños. También había recibido varios libros, una caja bien surtida de Sortilegios Weasley, ropa y una buena cantidad de juguetes.

Durante la fiesta, Harry apenas tuvo ocasión de hablar con Draco. Permanecía cerca de su madre, como hacía siempre en los cumpleaños de Teddy, porque ni Molly ni la mayoría de amigas de Andrómeda se relacionaban con ella. Otros años, Harry había aceptado aquello sin dedicarle un solo pensamiento, pero en aquella ocasión tuvo que admitir que hacía falta sangre fría para pasar por aquello año tras año. Claro que Narcissa había estado más tiesa que un palo delante que Voldemort; el ostracismo más o menos deliberado de unas cuantas matronas no podía afectarla mucho. A ella le importaban su hermana y Teddy, y ellos dos sí que estaban contentos de tenerla allí.

Como no paraba de mirar a Draco, a pesar de los codazos solícitos de Ron y Hermione para devolverlo periódicamente a la tierra, Harry veía las miradas ocasionales y curiosas que Draco le dedicaba de vez en cuando. Era como si también quisiera hablar con él. Hermione, a quien, en virtud de sus conocimientos sobrenaturales sobre sentimientos, le había sido encomendada la importante misión de estudiar a Draco y averiguar si Harry le gustaba aunque fuera un poquito, le confirmó a éste, al cabo de un rato, que a Draco no le era del todo indiferente.

-No sé si le gustas-gustas, pero lo que es seguro es que le llamas la atención –concluyó-. Pero no me puedo creer que tú solito no te des cuenta de eso.

-Sí me daba cuenta, pero ya sabes… quería escuchar la opinión de alguien objetivo.

Harry no sentía demasiados deseos de ir a hablar con Draco sabiendo que Narcissa estaría registrando y analizando todas sus palabras en busca de algún indicio de que era como McLaggen, pero justo cuando empezaba a sospechar que se arriesgaba a no pillarlo a solas en toda la tarde, una de las amigas de Andrómeda que sí se hablaba con Narcissa se acercó a ésta para charlar un rato. Draco, entonces, se acercó a la mesa a por un canapé y le lanzó a Harry una de esas miradas curiosas. El efecto fue el mismo que el de una Imperius y Harry se plantó a su lado a los cinco segundos.

-Tenía muchas ganas de volver a verte. Tienes buen aspecto.

-Estoy bien.

-Me alegro.

Draco asintió y le echó un vistazo rápido a su madre para asegurarse de que seguía acompañada.

-¿Te importa…? –le dijo a Harry, señalando el jardín, donde había menos gente-. Hay una cosa sobre muggles que me gustaría preguntarte.

-Claro.

Salieron al jardín, sorteando niños con sobredosis de azúcar, y buscaron un rincón aislado. Draco frunció ligeramente el ceño, como si estuviera buscando las palabras que quería.

-La única explicación que se me ocurre para lo que pasó –dijo al final-, es que ese cabrón lo planeó todo para dejarme en ridículo. Pero en las cartas que me enviaste decías cosas que me hacen pensar que tú crees que fue otra cosa. ¿Por qué iba Cormac a acostarse conmigo y hablar así de mí luego si no era para vengarse? ¿Es por esas ideas raras que tienen los muggles sobre sexo?

-Sí, creo que sí. Sé que no estuvo planeado, Draco.

-Pero… fue él quien me buscó. Si le daba asco acostarse con hombres, ¿por qué quiso acostarse conmigo en primer lugar?

-No le daba asco. Si le hubiera dado asco, no lo habría hecho. Pero supongo que ese es el problema, que le gustó más de lo que había pensado. Hablar mal de ti era una manera de convencerse a sí mismo de que él seguía siendo tan macho como antes. Y luego… se dio cuenta de que cuatro o cinco gilipollas estaban encantados de oírlo todo y reírle las gracias, y eso le envalentonó aún más.

Draco pensó un poco.

-Entonces… ¿crees que sí sentía algo por mí?

A Harry se le encogió un poco el estómago. Draco no sería capaz de darle otra oportunidad y volver con ese subnormal, ¿verdad?

-Probablemente.

Draco asintió, complacido.

-Bien… Así aún se estará sintiendo peor.-El estómago de Harry volvió a su tamaño habitual-. Y yo no fui tan idiota. Odiaba pensar que me había dejado engañar hasta ese punto.

Harry meneó la cabeza.

-No fuiste un idiota, Draco. Francamente, no sé qué pudiste ver en él, pero si se portaba como una persona normal cuando estabais juntos, no sé por qué ibas a sospechar que estaba mintiendo. No es algo en lo que pienses cuando estás enamorado.

Draco frunció un poco las cejas.

-Lo único que me pareció raro era que no quisiera ser bottom, pero pensé que tenía ideas raras y que necesitaba tiempo para acostumbrarse a la idea.

Harry sabía que los magos de sangre pura como Draco estaban al corriente de las creencias muggles sobre el sexo, pero también que eran incapaces de entender hasta qué punto podían afectar a un muggle o a un mago criado entre muggles. No le extrañaba que Draco hubiera reaccionado como si pensara que lo de McLaggen era una manía sin importancia que se le pasaría con el tiempo, como tampoco le sorprendía que estuviera aún tan confuso respecto a la razón del comportamiento del Auror.

-De todos modos –continuó Draco-, él es un Auror y yo soy un Malfoy. Desde luego que debería haberlo pensado.

Por alguna razón, Harry sospechó que Draco había escuchado aquella frase de labios de su padre o de su madre. Desde luego, tener que hablarles de aquel asunto debía de haber sido todo un mal trago.

-¿Y ningún Auror puede acercarse a ti si no es como enemigo?

Draco lo miró a los ojos. Parecía un poco sorprendido, como si no se le hubiera ocurrido que Harry podía darse por aludido.

-Puede que tú seas la excepción –dijo entonces, en tono un poco más suave que hizo que Harry sintiera un cosquilleo en la nuca. Después apartó la vista un momento-. Voy a entrar, no quiero dejar a mi madre sola. Ya nos vemos.


Harry no tuvo oportunidad de hablar mucho más con Draco aquella tarde, pero se quedó con una sensación definitiva de esperanza. Al menos se fiaba de él o no le habría hablado de McLaggen. Sin embargo, lo siguiente que Harry supo de él era que se había vuelto a dejar ver por los bares de ambiente que también frecuentaban magos; a partir de entonces, durante unas semanas, dio la impresión de que Draco estaba tratando de batir algún record y follarse a la mayor cantidad de hombres en el menor tiempo posible. A Harry le dolía el estómago cada vez que lo oía, pero a la vez estaba seguro de que eso era otro nuevo mensaje, una etapa más en su proceso de curación y sabía que aquellos encuentros no tenían el menor valor emocional, como tampoco lo tenían para él cuando buscaba consuelo en algún rubio anónimo.

Entonces, una tarde, salió del ministerio con Ron y otros Aurores que también habían terminado su turno, y Draco estaba allí, apoyado en un coche aparcado en la calle. Alguien masculló por lo bajo que Malfoy tenía mucha cara dura para aparecer por allí y otros sólo lo miraron con desagrado, pero Harry se quedó clavado en el sitio, contemplándolo con un sentimiento creciente de alegría, porque Draco no sólo estaba allí, sino que lo miraba como si no hubiera nadie más en aquella calle. Ron suspiró y le dio un empujoncito a Harry para que fuera hacia él, y sólo entonces pareció recuperar la movilidad.

-Hola.

-Hola –contestó Draco, con ojos que prometían mucho, muchísimo más que en el cumpleaños-. ¿Quieres venir a tomar algo?

Harry asintió.

-Por supuesto.


No entraron en ninguna cafetería. Había un parque no muy lejos de allí y se pidieron unos helados para tomárselos mientras paseaban, aprovechando que aún quedaban un par de horas de luz. Y charlaron, aunque no era muy importante de qué lo hacían; importaba más el modo en el que se miraban y sonreían cuando lo hacían, o la frecuencia con la que buscaban que sus manos se rozaran al caminar. Harry era tan consciente del cuerpo de Draco que podría haber sido el suyo propio; la piel le hervía de ganas de tocarlo, la boca le dolía de no besarlo, empezaba a costarle hasta respirar. Y aunque había tratado de dejarle espacio y todo lo demás, si Draco no daba pronto el primer paso iba a hacerlo él.

-Harry…

Oh, gracias a Dios.

-¿Qué?

-Los muggles empiezan a mirarnos mucho. A lo mejor deberíamos… ir a tu casa.

Draco estaba lejos de hacerse el inocente; su cara mostraba abiertamente a qué quería ir a su casa. Todo el cuerpo de Harry gritó de euforia, pero este aún conservó un poco de control. No quería ser un nombre más en la lista de amantes que Draco había estado confeccionando en las últimas semanas ni una prueba de sus habilidades como top.

-Sabes que quiero algo más que una noche, ¿verdad?

Draco asintió, manteniéndole la mirada.

-No estaría aquí si no quisiera algo más que una noche contigo.

Harry sonrió y señaló una pequeña glorieta.

-Si nos vamos ahí detrás no nos verán Desaparecernos.


Draco paseó la vista por el comedor una sola vez antes de fijar los ojos en Harry. Después alargó la mano para dejarla en la cadera de Harry, justo cuando éste se inclinaba hacia él.

Y se besaron.

Harry ya había imaginado que sería fantástico. Lo había deseado tanto, que conseguirlo por fin ya garantizaba que sería un triunfo absoluto. Pero no esperaba que su cuerpo se licuara, ni que la boca de Draco se ajustara tan bien a la suya que la idea de separarlas pareciera una abominación, ni que el beso tuviera sabor a chocolate gracias al helado que acababan de tomarse.

Draco le abrazó con fuerza, apretándose contra él. Harry pudo notar lo duro que estaba y el corazón se le aceleró aún más. La fricción de sus caderas se hizo más intensa y se besaron con más pasión, como si ese fuera el único modo de seguir vivos.

-Harry… -dijo Draco, entre beso y beso-, no te importa ser bottom, ¿verdad?

-No. Lo que quieras. Ven.

Harry lo condujo hacia su dormitorio. La cama estaba sin hacer, pero, por suerte, apenas había cosas por el suelo. Draco no pareció fijarse, de todos modos, sólo empezó a desnudarle con impaciencia y Harry pronto le imitó, saludando con besos y lametones la piel que iba quedando al descubierto. Era delgado, pero con músculos fibrosos y bien definidos. Su pene, ya casi erecto del todo, se alzaba orgullosamente entre una mata de rizos ligeramente más oscuros que el pelo de su cabeza; era precioso, y Harry lo acarició con la mano, saboreando el hecho de que pronto estaría dentro de él. Draco hizo un ruido gutural por la sensación y luego se tumbó sobre Harry y empezó a besarlo de nuevo, más lentamente. Harry le devolvió el beso, enredando una mano en su pelo y deslizando la otra por su espalda.

Draco abandonó su boca y buscó su cuello, besando, chupando y mordiendo, y Harry gimió cuando Draco encontró un punto secreto que tenía justo debajo de la oreja derecha y descubrió que podía reducirlo a una masa de carne temblorosa sólo con eso.

-Guau, creo que podría hacer que te corrieras así –dijo, con una sonrisa entusiasmada.

-¿Quieres arriesgarte? –replicó Harry, jadeando como si acabara de correr la maratón.

Draco soltó una risita y negó con la cabeza.

-No, hoy no.

Tras un mordisquito de despedida, Draco abandonó el cuello de Harry y se irguió para coger su varita, que había dejado al alcance de su mano. Harry culebreó un poco al notar los efectos del hechizo de preparación; esa súbita sensación fresca y hormigueante allá abajo siempre le hacía sentirse deliciosamente decadente. Después, Draco se colocó encima de él de nuevo y fue bajando a besos por su pecho hasta llegar a su estómago. Su mejilla rozó el pene de Harry y éste gimió cuando Draco empezó a pasarle la lengua por la base con un movimiento tortuosamente lento.

Harry echó la cabeza hacia atrás y se dejó llevar a donde Draco quisiera llevarle. Todo su cuerpo parecía vibrar en armonía con su lengua y su respiración era cada vez más entrecortada. Entonces notó la mano de Draco entre sus nalgas y, un segundo después, dos dedos deslizándose en su interior, probándole, estimulándole. Harry cerró las manos sobre las sábanas, sintiendo un estremecimiento de calor pulsando en su interior y recorriendo su columna vertebral, y sus caderas empezaron a moverse casi involuntariamente contra sus dedos.

-Eh, no empieces sin mí –protestó Draco, riendo.

-Oh, Dios, Draco… Vamos… Vamos

Draco se lamió los labios y asintió.

-Vale, date la vuelta.

Harry se tumbó boca abajo, controlándose para no empezar a restregarse contra el colchón como un kneazle en celo. Draco se colocó sobre él, le dio un mordisco suave en la nuca, y empezó a presionar contra su entrada para penetrarlo con un movimiento cuidadoso y firme. A Harry le encantaba esa parte, tanto si estaba haciéndolo él como si se lo estaban haciendo a él. Era como la señal de que ahora venía lo bueno. Y además era Draco, un Draco que jadeaba junto a su oreja y olía a champú y sexo.

Cuando ya no pudo avanzar más, Draco se detuvo un momento. Harry se sentía lleno y caliente como el infierno, impaciente por continuar. Unos segundos después, Draco empezó a moverse, con embestidas firmes y no muy rápidas.

-Un poco más hacia arriba –pidió Harry, con voz ahogada-. Draco, intenta…

-Voy...

Draco dio por fin con la próstata y Harry gritó ante la exquisita, abrumadora sensación de placer y alzó el culo, buscando todo el contacto posible. Sólo podía pensar que quería más, más de todo, y echó la mano hacia atrás para poder tocar la parte de Draco que estuviera más cerca. Sin dejar de penetrarlo, Draco le besó en el cuello.

-¿Así… así está bien?

-Sí… Genial… Genial…

Harry dejó de pensar, toda su atención concentrada ahora en la creciente tensión que Draco estaba provocando en el interior de su cuerpo. Ahora no paraba de gemir, de culebrear sobre el colchón, deliciosamente aplastado por el peso de Draco. Entonces le oyó decir algo ininteligible, y al momento notó su mano intentando colarse por debajo de su estómago. Harry se colocó un poco de costado y Draco empezó a masturbarlo al mismo ritmo que lo penetraba. Fue como si eso provocara una reacción en cadena dentro de su cuerpo y Harry se corrió, con un grito ronco, en la mano de Draco. Aún temblaba de arriba abajo cuando Draco le siguió, gritando también, y se desplomó sobre él.


Amalia, hola! Creo que ya ha quedado bastante claro que no, Draco no andaba buscando un Gryffindor machote que le protegiera, eso era una explicación que se había montado Harry. Te ha gustado la venganza de Draco? XD

Sara, ya has visto que aunque los Aurores han ido a investigarlo, no han podido probar nada. Y ahora Draco ya está con quien tenía que estar, con su Harry.

Lireve, Harry es que es de puños impacientes. Bueno, como ves sí que fue Draco. Pero McL se lo merecía o no se lo merecía? Jeje.

Ruka, hola. Espero que la venganza de Draco haya satisfecho tu sed de sangre, jaja. Me alegra mucho que te esté gustando tanto el fic. Y enhorabuena por tus funciones gratis.

Moses, hola, encantada de saludarte. Me alegra mucho que te hayas decidido a comentar y que te gusten tanto mis fics. Tengo tres o cuatro más en Slasheaven, puedes acceder a ellos desde mi perfil en . Es verdad que Ron está aquí más razonable de lo normal en mis fics, jaja. Pero has de admitir que, por muy buen amigo que sea de Harry, le tiene mucha manía a Draco. Quizás con motivos, pero se la tiene.