Disclaimer: Saint Seiya y sus personajes son propiedad de M. Kurumada. Yo solo me divierto con ellos.
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya".- El principito
Su mente era como un prodigioso manantial, las ideas fluyendo como agua y vertiéndose a sí mismas, generando conocimiento. A través de sus sentidos y a su vasta memoria, había logrado capturar cada uno de los espacios en el Olimpo y a cada uno de sus habitantes, sus costumbres, sus hábitos, sus diálogos e incluso sus aromas.
Pronto, su curiosidad se vio superada y el Olimpo no fue suficiente. Su mirada acerada tuvo que emprender la búsqueda de algo nuevo y así fue como descubrió el mundo del hombre.
La Tierra había capturado por completo su atención. Podía permanecer días completos contemplando el colorido revoloteo de las aves, el brillo cristalino del agua corriendo por los ríos, el cálido color de la tierra siendo bañada por los primeros rayos del sol, el carmín en los pétalos de las flores, el envolvente color turquesa de las aguas del mediterráneo.
Pero lo que más le impresionó del mundo, fue la propia humanidad, a la cual calificó como la "bella y apasionada creación de los Dioses". Solía permanecer quieta como una estatua escondida entre las nubes, observando a los hombres desde el mirador principal del Olimpo, encontrando en ellos una belleza que nadie más en el magnánimo Olimpo parecía ver.
-No comprendo porque pierdes el tiempo con ellos – susurró alguien a sus espaldas -Podrías pasar la eternidad intentando comprenderlos y jamás lo lograrías.
-El hombre ha tomado las manos de la mujer y le ha recitado hermosa poesía…- contestó ajena a su comentario y totalmente centrada en los acontecimientos en la Tierra – La mujer ha tomado las manos del hombre y ha hecho lo mismo… todos a su alrededor parecen jubilosos… ¿qué es lo que están haciendo?
-Se convierten en uno.
Atena giró su rostro hacia la mujer que había tomado lugar a su lado. Su hermana poseía un rostro hermoso, níveo como el mármol, adornado por carnosos labios rojos y grandes ojos color zafiro, que contrastaban con una abundante y sedosa cabellera rojiza que caía como una cascada de fuego sobre su espalda. No obstante, pese de que la palabra "belleza" perdía significado a su lado, Afrodita lucía profundamente triste.
-¿Cómo es eso posible? – cuestionó tras reflexionar un momento sobre aquellas palabras. Su lógica le decía que dos cuerpos extraños y tan diferentes entre sí, simplemente no podían ocupar un mismo espacio.
-Ellos están intercambiando promesas de amor eterno y fidelidad… - explicó disfrutando de la ceremonia – He visto a los hombres durante siglos hacer esto, una y otra vez, aunque cada historia termina de forma diferente - Afrodita meditó un instante, antes de proseguir con su relato –El amor es la cosa más complicada de la creación. Verás, algunos hombres viven felices con su amor juramentado, otros más sucumben a la tentación cuando alguien más se cruza en su camino, y están los otros, los que viven siempre preguntándose si su decisión fue la correcta y viven miserablemente…
La Diosa del Amor suspiró pesadamente mientras despegaba los ojos de aquella escena, solo para descubrirse observada por su hermana.
-Si tienen tantas dudas en su corazón… - preguntó con sus ojos titilantes de curiosidad- ¿para qué prometer lo que no pueden cumplir?
-Algunos simplemente no tiene opción… - replicó la Diosa mayor, poniéndose de pie de inmediato. Se despidió con un leve asentimiento, para dirigirse lenta y elegantemente al interior del Olimpo.
Sus ojos no podían asegurarlo, pero entre las sombras del pasillo hacia el cual se dirigía Afrodita, había otro Dios. Atena se había percatado de su presencia, aunque había optado por ignorar su presencia y estaba complemente segura que su hermana también lo había sentido.
Confusa, bajó la mirada y meditó un instante. Muchos eran los rumores que rodeaban a la Diosa de la Belleza y por primera vez, la pequeña deidad se debatió entre seguir centrando su atención o no hacia el mundo humano, mientras en aquel recinto se vivían tribulaciones mayores a las de los hombres.
-Atena - Afrodita, quien estaba por perderse en la oscuridad del pasillo principal, había girado delicadamente su cuerpo hacia ella y le sonreía de una forma que no alcanzaba a descifrar - No deberías preocuparte por eso… Zeus te dará a ti, lo que no le ha dado a nadie más: la libertad de elegir su camino.
Capítulo 2: Almas gemelas.
Solo había sido un segundo.
Había bajado la guardia por un segundo y eso bastó para que su contrincante atravesara su defensa y propinara una fuerte patada a su estómago, obligándolo a retroceder y soltar el aire. Lo había doblado del dolor, pero no podía tomarse el tiempo para recuperarse, ya que su atacante le había lanzado otra patada que apenas alcanzó a detener, para su fortuna.
Los gritos de los espectadores inundaron el viejo coliseo de entrenamiento. Mientras unos reconocían la habilidad y tenacidad del legendario Caballero de Pegaso, el resto clamaba por la victoria de su contrincante, que lejos de estar feliz, se había ofendido por la falta de compromiso de Seiya.
Y es que a pesar de ser feroz en la batalla, era una mujer y su intuición le decía que el motivo de la distracción de Pegaso era aquella persona que estaba sentada entre la multitud, contemplando la batalla, sonriendo y eventualmente intercambiando comentarios con el resucitado Caballero de Sagitario.
Shaina bufó.
Qué predecibles eran los hombres.
Por enésima vez en su vida, la amazona agradeció portar una máscara. Una mueca de fastidio se había formado en su rostro, mientras contemplaba la tensión en los ojos de Pegaso. Seiya, que aún conservaba su posición defensiva, mantenía la mirada fija en Aioros y el guardián de la novena casa ni siquiera se había enterado del asunto, pues permanecía sentado en las gradas del coliseo a un lado de su joven Diosa, ligeramente inclinado hacia ella. La Santo de Ofiuco casi podía asegurar que estaban bromeando, por la sonrisa que la deidad apenas pudo disimular.
Atena.
Aprovechando la oportunidad que se le presentaba, la mirada de Shaina recorrió escrupulosamente a Saori Kido. La amazona era lo suficientemente imparcial para reconocer cuando otra mujer era hermosa, aunque tal vez en esta ocasión fuera más incómodo aceptarlo.
La forma en que aquel sencillo vestido de verano amarillo, tan común entre las jóvenes del pueblo cercano, destacaba la belleza natural de la joven reencarnación era innegable. Lo lucía con un porte natural y elegante que hasta la más adiestrada amazona se sentiría torpe a su lado. Incomoda dirigió su atención hacía su cara, para descubrir que aun cuando sus ojos brillaran divertidos como los de una niña, su rostro mostraba rasgos de la preciosa mujer en que se convertiría.
El pensamiento se reforzó al analizar la forma en que había sostenido su cabello color lavanda con una cinta roja, dejando a la vista el delicado arco de su cuello...
Shaina soltó un suspiro con fastidio.
Maldito Zeus por no dejar nada al azar.
Repentinamente, la mirada de Atena se posó en ella y la amazona devolvió la atención a Seiya, en un movimiento muy sutil, comprendiendo que tal vez la Diosa se había percatado de lo que estaba haciendo.
-¿Vas a quedarte ahí parado como estúpido? – ladró mordazmente, llamando la atención del Caballero de Pegaso, que solo atinó a musitar entre dientes algo y le devolvió una sonrisa para nada impregnada de felicidad.
-Venga con todo, Shaina… - retó Seiya, preparado para contestar el siguiente golpe.
-Bien, creo que con eso bastará.
Seiya agradeció a Shun con un gesto, al tiempo que colocaba un par de analgésicos en su boca y los pasaba con un trago de agua. La voz del caballero más joven había tan sonado complacida, que Pegaso casi podría jurar que estaba sonriendo al contemplar su trabajo terminado.
- Solo a ti se te ocurriría darle la espalda a alguien como Shaina a mitad de una pelea…- Hyoga lo fastidió con una sarcática expresión de burla - ¿En qué demonios estabas pensando?
El castaño lo miró con odio, mientras su subconsciente le hacía la misma pregunta.
¿En qué estaba pensando?
-No lo molestes Hyoga – intervino la voz apacible de Shiryu– Cada hombre tiene un demonio que conquistar.
-Pues espero que su "demonio" no haya estado presente en la batalla – el comentario mordaz del Caballero del Cisne fluyó como el agua – aunque es muy probable que no tarde en venir a preguntar si su nivel de estupidez sigue siendo el mismo o si lo hemos perdido para siempre…
Aún con la punzada en la cabeza, Seiya no podía estar más en acuerdo. De hecho si el pudiera volver el tiempo hacia atrás, se patearía a sí mismo por su idiotez.
-¿Cómo te sientes, amigo? –la voz de Andrómeda no concordaba en absoluto con la mirada de reproche que le dirigió al rubio.
Además de soportar la terrible humillación de haber perdido por un descuido más que notorio, Seiya tendría que vivir con la preocupación constante de que todos se hubieran dado cuenta del origen de su distracción. Nunca en su vida había sentido algo similar, pero la sensación era desesperante.
¿En qué demonios estaba pensando?
La convivencia entre su Diosa y otros caballeros era algo necesario, pero el sentimiento de angustia y la creciente ira quemando en sus entrañas al contemplar a forma en que Atena había colocado su mano sobre la mano del mítico Aioros y le había sonreído mientras conversaban amenamente, lo había descolocado por completo.
Lo suficiente para bajar la guardia en el último momento, quedando a merced de Shaina.
No fue sino hasta que reparó en la forma en que ella lo abordó cuando terminó el combate, el doloroso reproche en el matiz de la voz de la amazona por no haber prestado atención en la batalla, que por fin ese desesperado sentimiento tuvo nombre.
Celos.
Estaba celoso.
Nunca en su vida había sentido celos por nada o por nadie y no saber cómo afrontar ese sentimiento, lo hacía sentir incómodamente vulnerable, inseguro de sí mismo.
-Quiero dormir un poco… - susurró el castaño, al tiempo que se tendía sobre la cama y cubría su rostro con el brazo.
El sonido de los pasos de sus compañeros seguido del chirrido de la puerta le indicó que se había quedado solo en aquella vieja cabaña. Soltó un suspiro profundo al tiempo que abría los ojos y contemplaba fijamente el viejo techo de madera.
¿En qué demonios estaba pensando cuando le dijo a ella que "no"?
Si antes, le había sido bastante lógico renunciar al amor y llevar una vida célibe, protegiendo a la Diosa que amaba, jurándole lealtad y permaneciendo a su lado como su fiel protector, ahora no estaba tan convencido de ello. Podía intentarlo cuanto quisiera, pero Seiya no veía más a su Diosa como el ser divino y etéreo que se supone, debería proteger hasta la muerte.
Con la punta de sus dedos acarició de un extremo a otro su boca, recordando la calidez y el suave tacto de los labios de Saori.
"Esto no volverá a suceder, no hasta que tú me busques a mi"
El caballero soltó un sonoro suspiro, mientras apretaba el puño.
¿Cómo es que se habían complicado las cosas hasta ese nivel? Obviamente, desde aquella noche la situación entre los dos había cambiado radicalmente. En su intento por permanecer ecuánime como Caballero y mantener su palabra de honor, había iniciado el entrenamiento intensivo de los caballeros más jóvenes, aquellos en los que había descubierto habilidades especiales y en los que vislumbraba un futuro prometedor. Gracias a ello y a que conocía el Santuario como la palma de su mano, se había logrado mantener alejado del Templo Principal, rehuyendo de las reuniones sociales en el Santuario, aunque eventualmente le había sido imposible ignorar una orden directa del Patriarca.
A regañadientes, se dirigia a la Sala del Patriarca para recibir órdenes sobre una misión importante. Estaba casi por llegar a su destino cuando la brisa del Mediterráneo llegó hasta él, acompañada de un aroma sutil pero poderoso, que golpeó su estómago dejándolo petrificado.
Rosas.
Rápidamente se escabulló hacia una de las columnas del templo para evitar ser visto y contuvo la respiración inconscientemente. Los segundos le parecieron una eternidad, hasta que el sonido suave de sus pisadas se hizo presente.
¿Cuánto había pasado desde la última vez que la vio?
Ahí estaba ella, su pequeña y preciosa Diosa caminando por el Jardín del Caballero de Piscis. Su corazón galopó como caballo salvaje apenas escucho su risa mientras Kiki, el travieso pelirrojo aspirante a caballero de Aries corría y brincaba frente a ella haciendo pantomima y media.
¿Debía acercarse a ella? No debería suponer ningún peligro estando Kiki presente. Ninguno traspasaría la línea impuesta entre los dos.
Aquel último pensamiento lo hizo sentir profundamente infeliz.
Debatiéndose entre una cosa y otra, no prestó suficiente atención hasta que la llegada de otra persona lo sacó de su ensoñación.
-¡Aioros! – exclamó Kiki corriendo hasta el joven, mientras le sonreía y sus ojos brillaban gritando toda la admiración que le despertaba el caballero.
Apesar de ser lucir tan joven como los miembros de la orden de bronce, el Santo de Sagitario portaba su majestuosa armadura con un porte gallardo y varonil que era difícil de ignorar. Aioros era especial en muchos sentidos. Luego, de entre toda la orden dorada, su alma había sido la única en no ser sellada por los Dioses. Su resurrección en esta época era aún un misterio para todos, incluyendo a la propia Atena.
-Atena - dijo el recién llegado colocando una rodilla en el suelo e inclinándose ante la joven.
-Llegas tarde, caballero… - lo acusó la deidad con una sonrisa risueña – Shion va a disfrutar recordándote que la puntualidad es una virtud.
El Santo de Sagitario levantó el rostro con una expresión de horror muy graciosa que arrancó una leve risa a la Diosa.
-¿Acaso Seiya ya llegó? Venía justo detrás de él.
Atena dejó de sonreir, al tiempo que Seiya soltaba mentalmente una grosería.
-¿Seiya? – preguntó con el ceño fruncido. Aioros asintió. La joven levantó la mirada y observó a su alrededor, mientras el aludido se pegaba totalmente al frio mármol de su escondite y contenía el aliento.
-¿Dónde se habrá metido?… - Kiki cruzó los brazos meditando un instante y luego exclamó – ¡Iré a buscarlo enseguida!
El alumno de Mu desapareció de la Doceava Casa sin esperar una respuesta. Para Aioros, la decepción en el rostro de la Diosa no pasó inadvertida.
-Cuando se ha pasado tanto tiempo aquí – dijo tratando de consolarla - moverse dentro del Santuario se convierte en un juego de niños. Seguramente encontró alguna forma de llegar a la Cámara del Patriarca, sin atravesar esta casa.
-Comprendo – contestó ella con un dejo de nostalgia en la voz – Esperaba poder despedirme de él, antes de enviarlo contigo a una misión. Por favor Aiorios, dale mis saludos.
-Por supuesto. Si me disculpa… - dijo incorporándose en un movimiento –…debo ir con su Santidad de inmediato.
Seiya relajó su postura para mirar a Atena dar media vuelta hacia la Casa de Acuario, mientras el santo dorado se dirigía en sentido opuesto. No quería espiar, pero la curiosidad era más grande que su voluntad.
-¡Atena! – la voz de Aioros literalmente lo hizo brincar en su sitio, por lo que solo atinó a pegarse completamente al mármol para no caer de frente ante la sorpresa.
El Caballero de Sagitario había regresado rápidamente sobre sus pasos sosteniendo un pequeño libro. Faltando completamente al protocolo, se había acercado hasta la Diosa para tomar una de sus manos y colocar el libro sobre ella. La Diosa tardó un par de segundos en reaccionar.
-¿Qué te pareció la historia? – le cuestionó expectante, mirándolo a los ojos.
-¡Es fantástica! – dijo sonriente, sin soltar la mano de la joven deidad –En este recinto solo existen pergaminos, manuscritos y algunos libros que son muy antiguos, así que nunca antes la había leído.
-¡Excelente! – contestó la Diosa de vuelta con una sonrisa, afianzando con la mano que tenía libre aquel libro y de paso la mano del caballero - Voy a hablar con Shion para que actualicemos y abramos la biblioteca a toda aquella persona que viva en el Santuario. Nuestros caballeros no deben abocarse únicamente a comprender la historia, sino también que también deben saber navegar en mundos imaginarios.
De nueva cuenta, el rostro del Santo de Sagitario reflejó aquella expresión de horror.
-Espero que el Patriarca no me incluya en las tareas de remodelación – comentó tragando saliva.
-¿Por qué no? – Atena levantó una ceja con incredulidad.
-Bueno… - explicó el joven griego con visible vergüenza – Digamos que para mí, "existen empresas en las cuales el verdadero método lo constituye un cierto y cuidadoso desorden"(1).
Atena y el Caballero de Sagitario volvieron a reír de buena gana, mientras a distancia Seiya solo mantenía los ojos sobre sus manos que permanecían unidas por aquel pedazo de papel.
"Muy bien Aioros, ya hiciste lo tuyo. Ahora, lárgate"
Como si el pensamiento de Seiya hubiera sido dicho en voz alta, el Caballero Dorado y la Diosa se soltaron de inmediato al ser conscientes de la forma en que sus manos se aferraban la una a la otra, las risas cesaron cuando cada uno dió un paso hacia atrás. El libro cayó en medio de los dos, pero ambos se miraban entre sí con una expresión que era una mezcla de sorpresa, miedo y algo más que Pegaso, ni ellos mismos no alcanzaban a descifrar.
- De-debo… - musitó Sagitario bajando la mirada pensando en un escape rápido, mientras Atena lo observaba con ojos enormes - …debo retirarme… con su permiso.
El guerrero dio la vuelta sin levantar la mirada y caminó rápidamente hacia la salida.
- Aioros.
Aquel llamado lo detuvo en su sitio, mientras sentía el golpeteo de su sangre en los oídos.
-¿Alteza?
-La Cámara del Patriarca está hacia allá… – dijo apenas conteniendo la risa, mientras señalaba con la mano la dirección opuesta hacia donde caminaba el Caballero de Sagitario.
El rostro de Aioros pasó de la palidez a un rojo encendido que reflejaba su vergüenza. Sin poder evitarlo, de inmediato una sonora carcajada salió de su pecho. La joven comenzó a reir igual que su santo, hasta que sus ojos brillaron con lágrimas de diversión.
La tensión que prevalecía entre la Diosa y el guardian de Sagitario se disolvió en un instante.
-Por eso digo, que voy para allá… -contestó corrigiendo su camino.
Atena movió la cabeza en negativa mientras apretaba los labios, en tanto Aioros regresaba sobre sus pasos. Al cruzar junto a ella, la Diosa le extendió el libro que había levantado apenas hacía un instante.
-¿Sabías que a pesar de haber sido escrito hace más de 166 años, muchos analistas y expertos siguen debatiendo sobre el significado de los sucesos que se narran en Moby-Dick?
Un ceño se marcó en la frente del Caballero.
-¿Debo de leerlo de nuevo, entonces?
La joven deidad asintió. El caballero de oro lo observó detenidamente unos segundos, antes de que una sonrisa se dibujara en su rostro y lo aceptara de nueva cuenta. Para Seiya, no pasó desapercibido la forma en que Aioros tomó el libro, dejando una leve caricia con las yemas de sus dedos sobre la mano de Atena.
-Cuando regreses de tu misión, lo discutimos - sonrió la deidad- Hasta entonces, Caballero de Sagitario.
-Hasta entonces, su Alteza.
Seiya abrió sus ojos de golpe, con la frente sudada y un terrible dolor de cabeza. Tardó unos minutos en reaccionar que aún permanecía en la cabaña. Se incorporó lentamente y dirigió su mirada hacia la ventana. Las primeras estrellas de la tarde ya habían comenzado a brillar.
El recuerdo de aquella plática entre Aioros y Saori, era algo que lo perseguía constantemente. No podía describir el sentimiento que aquel encuentro le ocasionaba, pero tenía la sensación de que entre el Caballero de Sagitario, al que tanto admiraba, y su amada Diosa se había creado un vínculo diferente al que ella guardaba con el resto de la orden.
Seiya había descubierto que entre ellos dos había una complicidad que no existía con ningún otro caballero. Es decir, el mismo la amaba, pero el sentimiento le había creado un miedo irracional a traicionar a sus hermanos y gracias a eso, había mantenido bajo control sus emociones, o al menos eso creía.
Durante el combate, al contemplarlos platicando amenamente en presencia de otros caballeros, intercambiando bromas, ese gesto tan íntimo de tocarse las manos y la forma en que ambos sonreían en presencia del otro, parecia como si ambos se hubieran conocido mucho tiempo atrás y se hubieran vuelto a encontrar.
¿Acaso a eso es a lo que llamaban "Almas gemelas"?
No podía asegurarlo, pero aquello le daba miedo.
Mucho miedo.
(1) Cita textual extraida de Moby-Dick
