La Tercera Carta


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Estoy destrozada, no puedo sentir salvo tristeza y rabia.

Una profunda, podrida y venenosa rabia hacia ese Saiyajin llamado Vegeta.

Una tristeza desgarradora por que ya no estas a mi lado...

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Aparto mi mirada, me niego a seguir leyendo.

Comienzo a creer que todas ésas miradas de amor que alguna vez mi madre le dirigía a mi padre no eran salvo punzadas de la mas absoluta hipocresía y traición.

Guardo la libreta, bolígrafo y el aparato musical en sus respectivos compartimientos en el maletín. Pulso el botón correspondiente, y todo queda comprimido en 10 centímetros cúbicos de volumen.

Lo tiro a mi bolsa con des ánimo.

¿Por que mamá? ¿,Odiabas tanto a papá?, ¿Qué motivos te hicieron quedarte junto a a él tanto tiempo y montar una falsa fachada de amor?.

Me levanto del piso, miro la esfera en mis manos y por alguna razón me deja de parecer tan bella como hace algunos minutos. También la guardo en mi bolso y me encamino a la cocina.

Abro del compartimiento derecho dónde encuentro los cereales y barras de granola, pero para mi desilusión veo que sólo hay cajas vacías. No hemos hecho las compras y éstos dos saiyajins con los que vivo, no dejan de devorar los refrigerios de la cocina. Lo que me molesta es que poco se preocupan por surtir la alacena, termina siendo tarea mía hacer las compras.

Niego con desaprobación mientras tomo la caja vacía para votarla en los desperdicios de cartón. Y veo detrás de ella un caja de cigarrillos. Me congelo, por que aunque me rehúse, el fantasma de mi madre lo encuentro en cada rincón de esta casa.

Tenía un pitíllo de tabaco prácticamente en cada pared, cajón y esquina, así como tantos secretos en cada línea de ésa libreta.

Tomo la cajetilla con la misma rabia, pero me doy cuenta que no soy capaz de votarla a la basura. De alguna manera me siento culpable por ese rencor inhumano que una hija no debería sentir por la mujer que la crió. Comienzo a ablandarme y mis manos se debilitan.

Miro el teléfono y hablo directo al móvil de Pan. No quiero estar en éste lugar y sólo se me ocurre desvanecer mi enojo con entrenamiento. Pan es con la única con quien podría entrenar.

Soy una vergüenza para mi ascendencia saiyajin. De niña no mostré interés por entrenarme, ahora siento que es tarde, a estas alturas no puedo pedirle a mi padre o mi hermano que me entrene. Pan es la única con la paciencia de tenderme una mano para iniciarme en el combate.

Intercambiamos un par de palabras y Pan parece entusiasmada con la idea. Llegará en cualquier momento.

En lo que espero a Pan, voy directo a la sala principal, y paseo de un lado al otro como tigre enjaulado. Imagino que de conservar mi cola saiyajin ésta ya estuviera balanceándose de un lado al otro como pelota de ping pong.

Recuerdo que tengo los cigarrillos de mi madre que me hacen bulto en la bolsa. Los saco de ella y me llega su aroma amargo.

No me es desagradable. El humo me trae buenos recuerdos del abuelo trabajando en el laboratorio o de mi madre tomando café. Recordé que a la temprana edad de 14 años prendí un cigarro sólo por hacer un estúpido e irracional acto de curiosidad. Mi madre se enfadó tanto cuando me vió, que terminé castigada la semana entera.

La idea de que yo fumara le hacía enfadar, me decía que era malo, pero no pasaba ni 10 minutos sin que se tragara sus palabras, pues ya estaba prendiendo un cigarrillo en su balcón. Siempre fue hipócrita.

Recordando esto, prendo un cigarro con torpeza, quiero fumar por que sé que ella se enojaría al verme; Me gritaría, me castigaría, me quitaría tarjeta de crédito y me prohibiría salir con Pan. ¡Pero no puede hacer nada al respecto ahora!, Kaio Sama le dirá que estoy fumando sus propios cigarrillos, en su sala y ella sólo podrá limitarse a tragarse la cólera.

Al dar el primer sorbo me siento culpable, tonta e infantil. Pero en mi cabeza hay una voz que me repite: Se lo merece. Y para convencerme de esto, se me ocurre dar una hojeada a su maldita libreta de confesiones.

Nuevamente pulso la cápsula, abro el maletín, saco la libreta y abro la tercera pagina... sigo leyendo dónde me he quedado...

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Ahora que haz muerto ,Yamsha, me doy cuenta de cuanto te amaba, no dejo de culparme por mi terquedad y mal carácter. Admito que muchos de nuestros

problemas se hubieran podido resolver si yo hubiera sido mas comprensiva.

Pensé que sería tonto y sumiso dar mi brazo a torcer y mi orgullo quedaría doblegado, pero nada de compara con lo que siento ahora. Un profundo dolor y

arrepentimiento. Recuerdo tu cuerpo inerte y no dejo de pensar en lo cruel y desconsiderada que fui.

Entiendo tu desliz, te comprendo y perdono. Fue un momento de debilidad que tuviste, y como haz dicho, eres de carne. Se que lo hiciste para darme celos y lo

conseguiste.

Podemos olvidarlo y superarlo, siempre fuimos la pareja perfecta. No renunciaré a lo nuestro, aún hay esperanza, estoy decidida a ir a Namekusei y encontrar

las esferas del dragón para revivirte. Nos casaremos, seremos marido y mujer, tan inseparables como en los viejos tiempos. No puedo imaginarme otra vida si

no es junto a ti.

Ése saiyajin, Vegeta, pensar en él me hace sacar lo peor de mi misma, me inunda la ira al recordar en cómo te mató, esa mirada mezquina digna de un

monstruo, me da escalofríos. Le rezo a KaioSama por que nunca me cruce con ésos ojos que se asemejan a los de un demonio soñando. Es un reflejo de un

corazón tan frío y un alma negra. Su crueldad no conoce límites. Por la manera en que aniquiló a su compañero, puedo pensar que no hay ni un sólo rastro de

bondad en aquél sujeto. Algún día tendrá su merecido, se ganará el odio de su propia gente, Y mientras eso sucede, mi amado Yamsha, tu estarás vivo, a mi

lado, viviendo nuestra vida perfecta.

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Siempre tuya, en vida o muerte, Bulma.

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