Leyendo Rubí
2
Cuando Lucy reaccionó de la deslumbrante sonrisa de Paul, recogió el libro que, este, aún le tendía.
Leslie se refería a nuestra casa como «un palacio noble» por el enorme número de habitaciones, pinturas, artesonados y antigüedades que contenía. Mi amiga imaginaba que detrás de cada pared se abría un pasadizo secreto, y que en cada armario había al menos un compartimento, también secreto. Cuando aún éramos pequeñas, en cada una de sus visitas partíamos en viaje de exploración por la casa.
Gwen y Leslie se sonrieron recordando todos los momentos que pasaron buscando lugares secretos en aquella casa.
—Deberíamos volver a husmear a ver si encontramos algo nuevo—. Propuso Leslie
—Claro.
El hecho de que estuviera terminantemente prohibido husmear hacía que fuera aún más emocionante. Siempre estábamos desarrollando nuevas estrategias cada vez más sofisticadas para que no nos atraparan, y con el tiempo descubrimos realmente algunos compartimentos secretos, e incluso una puerta secreta en la escalera, detrás del óleo de un hombre gordo con barba de mirada feroz, montado a caballo y con la espada desenvainada.
—Un buen lugar para esconderse de Charlotte—. Dijeron las dos a la vez.
Según nos informó la tía abuela Maddy, el hombre de aire feroz era mi tatatatatarabuelo Hugh, acompañado de su yegua para la caza del zorro Fat Annie. Ya pesar de que la puerta que había detrás de la pintura solo conducía, unos cuantos escalones más abajo, a un cuarto de baño, en cierta manera podía decirse que habíamos encontrado una cámara secreta.
— ¡Jo, qué suerte tienes de poder vivir aquí! — exclamaba Leslie siempre.
Yo creía más bien que la que tenía suerte era Leslie. Ella vivía con su madre, su padre y un perro peludo llamado Bertie en una acogedora casa adosada de North Kensington.
—Sigo sin entender porqué te gusta tanto mi casa. — Leslie negó con la cabeza con resignación.
Allí no había secretos, ni sirvientes siniestros ni parientes que te pusieran de los nervios.
Antes también nosotros habíamos vivido en un sitio así —mamá, papá, mis hermanos y yo—, en una casita en Durham, en el norte de Inglaterra. Pero luego papá murió.
Gwen agachó la cabeza mientras por toda su mente pasaban miles de imágenes de los momentos felices que pasó en esa casa, cuando todo era felicidad y luego todo le fue arrebatado. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que Gideon había puesto una de sus manos sobre las suyas y, la otra, le acariciaba la mejilla haciéndole levantar la cabeza para encontrarse con esos ojos verde esmeralda que tanto le fascinan. Gideon le dedicó una sonrisa al encontrarse sus miradas y la abrazó tratando de reconfortarla. Estaban tan abstraídos en su momento que no se acordaron de las otras 8 personas que había en la sala estaban atentos a todas sus acciones.
En esa época, mi hermana tenía medio año, y mamá se trasladó con nosotros a Londres, probablemente porque se sentía sola. Y también, tal vez, porque no le llegaba el dinero.
Mamá había crecido en esta casa junto con sus hermanos Glenda y Harry. El tío Harry era el único que no vivía en Londres; se había instalado con su mujer en Gloucestershire.
Al principio, a mí la casa también me había parecido un palacio, exactamente igual que a Leslie; pero cuando tienes que compartir un palacio con una familia de muchos miembros, al cabo de un tiempo deja de parecerte tan grande. Especialmente si hay un montón de espacios inútiles, como, por ejemplo, el salón de baile de la planta baja, que era tan ancho como toda la casa.
El salón habría ido perfecto para hacer skate, pero estaba prohibido. Era un espacio precioso, con sus altas ventanas, sus techos de estuco y sus arañas, pero desde que vivía en la casa nunca se había celebrado un solo baile, una gran fiesta o una verbena.
Lo único que se celebraba allí eran las clases de danza y de esgrima de Charlotte. La tribuna para la orquesta, a la que se podía llegar por la escalera del vestíbulo, era más que innecesaria, excepto tal vez para Caroline y sus amigas, que aprovechaban los rincones oscuros bajo las escaleras que conducían desde allí al primer piso para jugar al escondite.
En el primer piso estaba la ya mencionada sala de música, además de las habitaciones de lady Arista y de la tía abuela Maddy, un baño (el de la puerta secreta) y el comedor, en el que la familia se reunía cada noche a las siete y media para cenar. Entre el comedor y la cocina, situado justo debajo, había un monta platos pasado de moda en el que a veces Nick y Caroline se subían y bajaban el uno al otro dándole a la manivela, a pesar de que, como es natural, estaba estrictamente prohibido. Leslie y yo también lo habíamos hecho a menudo antes; pero, por desgracia, ahora ya no cabíamos.
—Eso es una verdaderamente una pena— dijo Leslie —. Era bastante divertido—. Acotó para los que la miraban con un interrogante en la cara.
En el segundo piso estaban los aposentos de mister Bernhard, el despacho de mi difunto abuelo —lord Montrose— y una enorme biblioteca. Charlotte también tenía su habitación en ese piso, un cuarto situado en un ángulo de la casa y con una galería en saledizo del que a mi prima le gustaba presumir. Y su madre ocupaba un salón y un dormitorio con ventana sala calle.
La tía Glenda se había separado del padre de Charlotte, que ahora vivía con una nueva mujer en algún lugar de Kent. Por eso, aparte de mister Bernhard, no había ningún hombre en la casa, a no ser que se cuente como tal a mi hermano. Tampoco había animales de compañía, a pesar de nuestras súplicas. A lady Arista no le gustaban los animales y la tía Glenda era alérgica a todo lo que tuviera pelaje.
Mamá, mis hermanos y yo vivíamos en el tercer piso, directamente bajo el tejado, donde había muchas paredes en ángulo pero también dos pequeños balcones. Todos teníamos una habitación propia y Charlotte envidiaba nuestro gran baño, porque el del segundo piso no tenía ventanas, y el nuestro, en cambio, tenía dos. Pero a mí también me gustaba nuestro piso porque mamá, Nick, Caroline y yo lo teníamos para nosotros solos, lo que en esa casa de locos era una bendición.
El único inconveniente era que estábamos condenadamente lejos de la cocina, como bien pude recordar, para mi desgracia, cuando ya había llegado arriba. Al menos, debería haber cogido una manzana. Ahora tendría que contentarme con las galletas de mantequilla de la provisión que mamá guardaba en el armario.
Temía tanto que volviera la sensación de vértigo que me comí once, una detrás de otra.
—Tenías que haberle dicho a tu madre lo que pasaba tan rápido como tuviste el primer mareo—. Regañó Leslie a una Gwendolyn que estaba, todavía, entre los brazos de Gideon.
—Lo sé, pero nunca se me pasó por la cabeza que todos esos vértigos fueran porque yo tenía el gen y no Charlotte.
Luego me saqué los zapatos y la chaqueta y me dejé caer como un saco en el sofá de la habitación de costura.
De algún modo, el día estaba transcurriendo de forma extraña, más extraña que de costumbre.
Eran solo las dos. Hasta al cabo de dos horas y media como mínimo no podría llamar a Leslie para compartir mis problemas con ella. Y mis hermanos tampoco llegarían de la escuela hasta pasadas las cuatro. Normalmente, me gustaba estar sola en casa. Así podía tomarme un baño tranquilamente sin que nadie llamara a la puerta porque tenía que ir urgentemente al váter. Podía poner la música fuerte y cantar muy alto sin que nadie se riera de mí. Y podía ver lo que quisiera en la tele sin que nadie viniera a fastidiarme con un «Venga, va, que ahora empieza Bob Esponja».
Gwen, sonrojada, ocultó la cabeza en el pecho de Gideon ante esta última frase, haciendo que el rosto de este luciera una sonrisa burlona.
Pero no me apetecía hacer nada de eso. Ni siquiera quería echarme un sueñecito, porque tenía la sensación de que el sofá —normalmente, un lugar de recogimiento perfecto— era como una balsa bamboleante en un río de aguas turbulentas, y tenía miedo de que saliera flotando conmigo encima en cuanto cerrara los ojos.
Para ver si se me pasaba un poco, me levanté y empecé a ordenar. La habitación de costura era como nuestra sala de estar extraoficial, porque afortunadamente ni mis tías ni mi abuela cosían, y por eso casi nunca subían al tercer piso. De hecho, allí tampoco había ninguna máquina de coser, pero sí, en cambio, una estrecha escalera por la que se podía subir al tejado. La escalera estaba reservada, en principio, al deshollinador, pero Leslie y yo habíamos convertido el tejado en uno de nuestros lugares favoritos. Desde allí arriba teníamos unas vistas fantásticas y era un sitio ideal para mantener una conversación entre chicas. (Por ejemplo, sobre chicos y sobre el hecho de que no conocíamos a ninguno que valiera la pena.)
Gwen y Leslie compartieron una significativa mirada que parecía decir "Ahora si hemos encontrado a unos chicos que valen la pena". Nadie pareció darse cuenta de ese intercambio entre las dos amigas salvo Lucy y Paul que se miraron sonriendo.
Naturalmente, era un poco peligroso porque no había barandilla, sino solo un remate decorativo de hierro galvanizado que llegaba a la altura de las rodillas; pero tampoco se trataba de practicar el salto de longitud sobre las tejas o de bailar al borde del abismo.
— ¡Gwendolyn Sophie Elizabeth Shepherd! —Gritó la tía abuela Maddy — No vuelvas a subir ahí arriba jovencita. La próxima vez que Leslie y tú queráis hablar de chicos os encerráis en tu habitación, ¿entendido?
—Sí, tía Maddy —. Dijeron las dos chicas con la cabeza gacha.
La llave de la puerta que daba al tejado estaba guardada en el aparador, en un azucarero decorado con rosas. En mi familia nadie sabía que yo conocía el escondrijo.
Si se hubieran enterado, se hubiera montado un escándalo de mil demonios, de modo que siempre iba con mucho cuidado para que nadie me viera cuando me deslizaba afuera. Allí también podía tomar el sol, hacer un picnic o sencillamente esconderme cuando quería estar sola un rato. Algo que, como he dicho, me gustaba hacer a menudo, aunque, desde luego, no en este momento.
Doblé las colchas de lana, sacudí las migas de galleta del sofá, ahuequé bien los cojines y guardé en su caja las piezas de ajedrez que rodaban por el suelo. Incluso regué la maceta de la azalea, que estaba en un rincón sobre el secreter, y pasé un paño húmedo sobre la mesa. Luego eché una mirada a la habitación, impecablemente ordenada.
Habían pasado solo diez minutos, y la necesidad de compañía era más acuciante que antes. ¿Habría vuelto Charlotte a tener vértigos abajo, en la sala de música? ¿Qué debía de pasar si uno saltaba del primer piso de una casa de Mayfair del siglo XXI al Mayfair de pongamos el siglo XV, cuando en este lugar no había casas o solo muy pocas? ¿Aterrizaba en el aire y luego se precipitaba contra el suelo y se daba un batacazo siete metros más abajo? ¿Sobre un hormiguero, quizá? Pobre Charlotte. Aunque tal vez la enseñaban a volar en su misteriosa clase de misterios.
Ante eso, Gideon miró a Gwen sonriendo burlonamente y levantando una ceja, mientras ella le desviaba la mirada sonrojada dándose cuenta de lo estúpidos que habían sido sus pensamientos en ese momento.
Y, hablando de misterios, de repente se me ocurrió una idea para distraerme. Fui a la habitación de mamá y miré hacia abajo, a la calle. En la entrada del número 18 seguía plantado, como siempre, el hombre de negro. Podía verle las piernas y parte de la gabardina. Los tres pisos de la casa nunca me habían parecido tan altos como en ese momento. Para entretenerme, calculé la distancia que había desde allí arriba hasta el suelo.
¿Se podía sobrevivir a una caída de catorce metros? Tal vez, si había suerte y se aterrizaba en terreno de aluvión. Se suponía que en otro tiempo todo Londres había sido un pantanoso terreno de aluvión, o al menos eso decía mistress Counter, nuestra profesora de geografía. Que fuera pantanoso estaba bien: así, al menos, caías sobre blando. Aunque solo para después ahogarse miserablemente en el lodo. Tragué saliva. Mis propios pensamientos me parecían siniestros.
—Gwen, cielo, a veces tus propios pensamientos me dan miedo —. Dijo Leslie
Para no tener que estar sola más tiempo, decidí arriesgarme a hacer una visita a mis familiares en la sala de música, a sabiendas de que corría el peligro de que estuvieran enfrascadas en alguna conversación súper secreta y me echaran inmediatamente.
Al entrar, vi a la tía abuela Maddy sentada en su sillón preferido junto a la ventana y a Charlotte de pie junto a la otra con el trasero apoyado en el escritorio Luis XIV, aunque estaba estrictamente prohibido rozar con cualquier parte del cuerpo su policromada y dorada superficie. (No podía creer que algo tan espantosamente barroco como ese escritorio fuera tan valioso como afirmaba siempre lady Arista. Ni siquiera tenía compartimentos secretos, como bien habíamos podido comprobar Leslie y yo hacía años.) Charlotte se había cambiado y, en lugar de su uniforme escolar, llevaba un vestido azul oscuro que parecía una mezcla de camisón, albornoz y hábito de monja.
—Sigo aquí, como ves —dijo.
—Hummm… qué bien —repuse yo, intentando no mirar el vestido con cara de horror.
—Esto es insoportable —se quejó la tía Glenda, que caminaba arriba y abajo entre las dos ventanas.
Como Charlotte, la tía Glenda era alta y delgada y tenía unos resplandecientes rizos rojos. Mamá tenía los mismos rizos, y también mi abuela había sido antes pelirroja. Caroline y Nick habían heredado igualmente ese color de pelo. Yo era la única que era morena y tenía el cabello liso como mi padre.
Antes yo también había suspirado por tener el pelo rojo, pero Leslie me había convencido de que mis cabellos negros creaban un contraste encantador con mis ojos azules y mi piel clara.
—Y es verdad — Leslie afirmaba con la cabeza las palabras de su yo del libro.
Leslie había conseguido convencerme, además, de que la marca de nacimiento con forma de media luna que tengo en la sien —que la tía Glenda llamaba siempre «ese extraño plátano»— …
—Pues a mí me gusta mucho —Dijo Gideon en alto sin darse cuenta ganándose todas las miradas de la sala que iban desde sonrojadas, pícaras a sorprendidas.
…me daba un aire misterioso y exótico. En estos momentos me encontraba francamente guapa, a lo que había contribuido en gran medida el corrector dental, que había sometido con éxito a mis dientes delanteros y había acabado con mi antigua sonrisa conejil. Aunque naturalmente seguía sin ser, de largo, tan «encantadora y gentil» como Charlotte, por utilizar las palabras de James. Cómo me hubiera gustado que pudiera verla ahora enfundada en este saco.
—Gwendolyn, angelito, ¿quieres un caramelo de limón? —La tía abuela Maddy dio una palmadita al taburete que tenía al lado—. Siéntate aquí y distráeme un poco. Glenda me está poniendo terriblemente nerviosa con todo ese ir y venir.
—No tienes ni idea de cómo se siente una madre, tía Maddy—masculló la tía Glenda.
—No, supongo que no —suspiró mi tía abuela.
Maddy era la hermana de mi abuelo, y nunca se había casado. Era una mujer menuda y rolliza con unos alegres e infantiles ojos azules y los cabellos teñidos de rubio dorado de los que no era raro que prendiera algún rulo que había olvidado quitarse.
— ¿Dónde está lady Arista? —pregunté mientras cogía un caramelo de limón.
—Está telefoneando en la habitación de al lado — contestó la tía abuela Maddy—, pero lo hace tan bajo que, por desgracia, no se puede oír ni una palabra. Para colmo, esta era la última caja de caramelos. ¿No irías en un salto a Selfridges a comprarme otra?
—Claro —dije yo.
Charlotte cambió el peso del cuerpo de una pierna a la otra, y la tía Glenda se volvió inmediatamente hacia ella.
— ¿Charlotte?
—Nada —dijo Charlotte.
La tía Glenda frunció los labios.
— ¿No sería mejor que esperaras en la planta baja? —le pregunté a Charlotte—. Así no caerías de tan alto.
— ¿No sería mejor que cerraras el pico y no hablaras sobre cosas que no entiendes? —replicó Charlotte.
—Realmente, lo último que Charlotte necesita en este momento son comentarios tontos —me sermoneó la tía Glenda. Empezaba a lamentar haber bajado.
Muchos en la sala fruncieron el ceño ante el comportamiento de las dos pelirrojas del libro para con Gwendolyn. No eran capaces de entender, salvo Lucy y tal vez Paul, como podían tratar de esa manera tan cruel a alguien de tu propia familia.
—La primera vez, el portador del gen nunca retrocede más de ciento cincuenta años—me explicó amablemente la tía abuela Maddy—. Esta casa se construyó en 1781, de manera que Charlotte está perfectamente segura aquí, en la sala de música. Como mucho, podría asustar a un par de ladies melómanas.
—Con ese vestido, seguro —repuse lo bastante bajo para que solo me pudiera oír mi tía abuela, que soltó una risita.
La puerta se abrió de golpe y entró lady Arista. Mi abuela tenía el aspecto de siempre: parecía que se hubiera tragado un bastón —o varios, uno para los brazos, otro para las piernas y otro para el torso, que lo aguantaba todo unido— y llevaba los cabellos blancos bien estirados hacia atrás y recogidos en un moño en la nuca, como si fuera una profesora de ballet con malas pulgas.
Algunos rieron ante la descripción de la señora, que se acercaba bastante a lo que ellos pensaban que le pasaba para que siempre estuviera tan recta.
—Ya han enviado a un chófer. Los De Villiers nos esperan en Temple. Así, a su vuelta, Charlotte podrá ser registrada inmediatamente en el cronógrafo. No había entendido ni una palabra.
— ¿Y si hoy aún no pasa nada? —preguntó Charlotte.
—Charlotte, querida, ya has tenido vértigos tres veces —señaló la tía Glenda.
—Tarde o temprano tiene que pasar —afirmó lady Arista—. Ven, el chófer llegará en cualquier momento.
La tía Glenda cogió a Charlotte del brazo y, junto con lady Arista, abandonaron la habitación. Cuando la puerta se cerró tras ellas, la tía Maddy y yo nos miramos.
—A veces una tiene la sensación de que es invisible, ¿verdad? — Se quejó mi tía abuela—. Sería agradable escuchar un «Hasta luego» o un «Hola» de vez en cuando, o, mejor incluso, un «Querida Maddy, ¿no habrás tenido una visión que pueda servirnos de ayuda?».
— ¿Has tenido una?
—No —respondió la tía Maddy—. Gracias a Dios. Después de las visiones siempre me entra un hambre terrible, y ya estoy suficientemente gorda.
— ¿Quiénes son los De Villiers? —pregunté.
Los De Villiers que había presentes en la sala prestaron total atención para ver que se decía de ellos.
—Puesto que me lo preguntas, te diré que un montón de engreídos insoportables —repuso la tía Maddy—.
Los mencionados fruncieron el ceño, en un claro signo de desacuerdo ante esa descripción y los que habían tenido el placer/desgracia de compartir con alguno de ellos asentían con la cabeza en total acuerdo con las palabras del libro. Lucy y Gwen se ganaron una mirada fulminante de Paul y Gideon que desapareció por completo en cuanto les regalaron una amplia sonrisa.
Todos abogados y banqueros. Son propietarios del banco privado De Villiers, en la City. Tenemos nuestras cuentas allí.
La verdad es que aquello no sonaba nada místico.
— ¿Y qué tiene que ver esta gente con Charlotte?
—Digamos que ellos y nosotros tenemos problemas parecidos.
— ¿Qué problemas?
¿También tenían que vivir bajo un mismo techo con una Abuela tiránica, una tía antipática y una prima creída?
—Gracias a Dios no —. Soltó Gideon.
—El gen de los viajes en el tiempo —dijo la tía abuela Maddy—. En el caso de los De Villiers, se transmite por la línea masculina.
— ¿De modo que también tienen una Charlotte en casa?
—La contrapartida masculina. Por lo que sé, es un tal Gideon.
— ¿Y él también está esperando a que le den vértigos?
—Él ya ha pasado por eso. Es dos años mayor que Charlotte.
— ¿Quieres decir que ya hace dos años que va saltando de un lado a otro en el tiempo?
—Sí, eso hay que suponer.
Traté de hacer encajar toda esta información con la poca que ya tenía, pero como la tía abuela Maddy se mostraba tan increíblemente comunicativa pensé que valía la pena aprovecharlo y solo me concedí unos segundos para reflexionar.
— ¿Y qué es un croni… crono…?
— ¡Cronógrafo! —La tía Maddy puso los ojos en blanco —. Es una especie de aparato con el que se puede enviar única y exclusivamente a los portadores del gen a una determinada época. Tiene algo que ver con la sangre.
— ¿Una máquina del tiempo? ¿Que está cargada con sangre? ¡Madre mía!
La tía Maddy se encogió de hombros.
—No tengo ni idea de cómo funciona ese trasto. Olvidas que solo sé lo que puedo oír casualmente mientras estoy aquí sentada haciéndome la tonta. Todo esto es muy secreto.
Falk y el doctor White fruncieron el ceño ante todo lo que había contado la mujer a una persona que no formaba parte, en ese momento, de la Logia y se preguntaron cuanto más es que le iba a contar antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
—Sí, además de muy complicado —repuse yo—. De hecho, ¿de dónde sacan que Charlotte tiene el gen? ¿Y por qué lo tiene ella y no… hummm… tú, por ejemplo?
—Yo no puedo tenerlo, gracias a Dios —respondió—. Aunque los Montrose siempre hemos sido unos bichos raros, el gen llegó a la familia a través de tu abuela. Mi hermano tuvo que casarse con ella obligatoriamente. —La tía Maddy sonrió irónicamente. Ella era la hermana de mi difunto abuelo Lucas, y, como no se había casado, ya de joven se había trasladado a vivir con él y se había encargado de llevar la casa—. Oí hablar por primera vez de este gen después de la boda de Lucas y lady Arista. La última portadora del gen de la línea hereditaria de Charlotte era una dama llamada Margret Tilney, que era la abuela de tu abuela Arista.
— ¿Y Charlotte ha heredado el gen de esa Margret?
—Oh, no, en medio lo heredó Lucy. Pobre chica.
— ¿Qué Lucy?
Los ojos de Lucy se llenaron de tristeza al pensar que Gwen no sabía nada de ella y Paul la reconfortó con un abrazo aunque a él también le dolió que su hija no supiera nada de su madre.
—Tú prima Lucy, la hija mayor de Harry.
— ¡Ah, esa Lucy!
Mi tío Harry, el de Gloucestershire, era bastante mayor que Glenda y que mamá. Sus tres hijos hacía tiempo que eran adultos. David, el pequeño, tenía veintiocho años y era piloto de British Airways, lo que, por desgracia, no significaba que consiguiéramos billetes más baratos. Y Janet, la mediana, ya tenía hijos, dos críos insufribles llamados Poppy y Daisy. Yo nunca había conocido a Lucy, la mayor. Y tampoco sabía gran cosa de ella. La familia no soltaba prenda sobre Lucy. Por lo visto, era algo así como la oveja negra de los Montrose. Con diecisiete años se había marchado de casa y desde entonces no habían vuelto a saber de ella.
Lucy sonrió con amargura ante la historia que su familia le había contado de ella a Gwendolyn.
— ¿De modo que Lucy es portadora del gen?
—Oh, sí —exclamó la tía abuela Maddy—. Se armó un follón de mil demonios cuando desapareció. A tu abuela casi le dio un infarto. Fue un escándalo terrible.
Sacudió la cabeza con tanta energía que sus rizos dorados volaron en todas direcciones.
—Ya me lo imagino.
Pensaba en lo que hubiera pasado si Charlotte hubiera hecho la maleta sin más y se hubiera largado de casa.
—No, no, no puedes imaginártelo. No conoces bajo qué dramáticas circunstancias desapareció y cómo fueron las cosas con ese chico… ¡Gwendolyn! ¡Sácate el dedo de la boca! ¡Es una costumbre horrible!
—Perdón. —No me había dado cuenta de que había empezado a morderme las uñas—. Es por la excitación. Hay tantas cosas que no entiendo…
—Lo mismo me ocurre a mí —me aseguró la tía Maddy —, a pesar de que he oído hablar de todo este lío desde que tenía quince años y de que tengo una especie de don natural para los misterios. Desde siempre, a los Montrose les han atraído los misterios. De hecho, si tengo que serte franca, mi desdichado hermano se casó con tu abuela solo por eso. Es imposible que fuera por sus irresistibles encantos, porque no tenía ninguno. —Hundió la mano en la caja de caramelos y suspiró cuando su mano se cerró en el vacío—. Vaya, me temo que me estoy volviendo adicta a estos caramelos.
—Voy corriendo a Selfridges a comprarte más —le dije.
—Ay, cariño, eres mi angelito del alma. Dame un beso y ponte el abrigo, que llueve. Y no vuelvas a morderte las uñas, ¿me has oído?
Todos sonrieron por el trato que Gwen y Maddy se daban la una a la otra.
Como mi abrigo aún estaba colgado en la taquilla de la escuela, me puse el impermeable floreado de mamá y me coloqué la capucha ante el portal. El hombre de la entrada del número 18 estaba encendiendo un cigarrillo. Siguiendo un impulso repentino, le saludé con la mano mientras bajaba saltando los escalones.
Como era de esperar, no me devolvió el saludo, el muy cretino…
Salí corriendo hacia Oxford Street. Llovía a cántaros. Tendría que haber cogido las botas de agua además del impermeable. Las flores de mi magnolio preferido de la esquina colgaban tristemente. Antes de que llegara a su altura, ya me había metido en tres charcos. En el momento en que iba a rodear el cuarto, sentí un tirón en las piernas que me cogió totalmente desprevenida. Mi estómago se encogió como si estuviera en una montaña rusa y la calle se difuminó ante mis ojos para transformarse en un río gris.
—Aquí acaba el capítulo —Anunció Lucy—.Supongo que ahí fue cuando salaste por primera vez, ¿no? —Preguntó.
—Sip —. Le sonrió amigablemente Gwen, no sabía porqué pero se sentía a gusto cuando estaba con Lucy y Paul.
— ¿Quién lee ahora?
—Yo si no os importa —. Levantó la mano mister George.
—Por supuesto que no, mister George. Todo suyo —. Le dijo Lucy dedicándole una cálida sonrisa al buen hombre.
Espero que os halla gustado el capítulo tanto como a mi escribirlo y leer vuestros maravillosos reviews. Siento haber tardado tanto en subirlo, pero en clase ya hemos empezado con los exámenes y casi no tengo libre. Trataré de subir un capítulo cada fin de semana aunque no prometo nada. Con respecto a los reviews me alegro de que esta historia os esté gustando, la verdad es que al principió no estaba muy segura de subirla pensando que no iba a gustar. Si alguien quiere traducirla o ponerla en otra página me parece bien SIEMPRE Y CUANDO SE ACLARE QUE LA HISTORIA ES DE ME AUTORÍA Y ME HALLA PREGUNTADO A MÍ PRIMERO. Con esto dicho me despido.
Matta ne.
'Cerezo'
