III – Nos volvemos a ver
Su padre y Gaz se habían marchado. Ninguno insistió para que regresara a casa con ellos cuando Dib les dijo que prefería quedarse un rato más. No precisamente en el local de El Cerdo de la Pizza que inundaba sus fosas nasales con un terrible olor a grasa, aunque en ese momento cualquier lugar que no fuera su casa estaría bien. Antes solía quedarse en la terraza, viendo las estrellas, tratando de captar alguna señal extraterrestre o simplemente pensando en silencio, pero en ese momento la terraza no bastaba. Dib desencadenó su bicicleta del poste de luz en la que la había dejado antes de entrar al restaurant y se puso a pedalear colina arriba, donde estaba el observatorio de la ciudad.
La reunión con Los Ojos Hinchados lo había dejado muy confundido: según las últimas observaciones, un cambio bastante extraño estaba sucediendo en el polo sur y el polo norte. Cada cierto tiempo el nivel del agua de uno crecía y luego volvía a bajar mientras la masa de agua en estado sólido aumentaba. Todos llegaron a la conclusión de que nada tenía que ver el calentamiento global y aparentemente tampoco la mano del ser humano. Uno de los agentes comentó que hacía un año trató de comunicarse a la base de investigación de la Antártida, pero la mujer a cargo no supo responderle, o mejor dicho, evitó hacerlo.
«No puede tratarse de Zim ni de los irken, lo último que ellos querrían hacer es tratar con agua ―pensó Dib. Un par de gotas de sudor empezaron a bajar por su rostro mientras se acercaba al observatorio―. O quizás desarrollaron algo que los hiciera inmunes, tal vez Zim les explicó sobre el efecto del pegamento sobre el agua, eso sería una gran ventaja. ¡Por Venus, ¿por qué no mencioné eso en la reunión?». En el apuro por seguir pedaleando y llevarse una mano al bolsillo de su mochila y hurgar hasta encontrar su celular, Dib perdió el equilibrio y se balanceó para caer a un costado del camino en lugar de bajar a toda velocidad y romperse la mayoría de los huesos.
―Tiene que ser Zim ―balbuceó adolorido―. No hay otra explicación…
―Es Zim porque tú quieres que sea Zim, Dib-apestoso ―le reprochó una voz muy cerca de él.
El muchacho de sobresaltó, girando la cabeza a todas direcciones. Ese fue Zim definitivamente, y no aceptaría estar escuchando voces ni nada por el estilo. Fue Zim. Zim. Zim estaba en la tierra.
―No quiero que seas tú. Pero tengo razón, eres tú y aquí estás, respondiéndome. Ya basta, ¡muéstrate, Zim! ―ordenó poniéndose de pie y acomodándose las gafas.
Hubo un momento de silencio absoluto y luego, detrás de un árbol, Zim se mostró. Dib quedó boquiabierto, con el corazón latiéndole rápidamente. Tenía unos deseos terribles de abrazarlo, de sentir que era real, de empujarlo y darle manotazos como cuando él estaba en la escuela primaria, de oírlo gritar incoherencias.
De escuchar que a todo lo que hacía tenía una respuesta.
Zim. Zim estaba de nuevo delante de él.
―¿Por qué sonríes así, humano tonto?
―No estoy sonriendo ―mintió―. ¿Y qué haces aquí? Registré toda tu base al menos un millón de veces y no has regresado. ¿Qué pasó?, ¿la Tierra fue demasiado para el pobre invasor?
Había dicho eso para que Zim olvidara su obvia sonrisa, en realidad no fue nada del otro mundo, es más, ni siquiera lo insultó. Sin embargo, por alguna razón, el invasor se abalanzó sobre Dib, tirándolo sobre la hierba mientras le arañaba el rostro con sus puntiagudos dedos enguantados. El muchacho tardó en reaccionar hasta que sintió un hilo de sangre bajando por su mejilla. Tomó las muñecas de Zim e hizo fuerza para sentarse y hacerlo a un lado, mas no pudo. La fuerza del otro provenía de una rabia que nunca le había visto antes, quizá porque su expresión reflejaba además, impotencia y quizá algo de dolor.
―¡No te atrevas a llamarme así, humano idiota! ―chilló, jadeando entre golpe y golpe. Pero cuando Dib consiguió inmovilizar sus brazos desistió de apoco, bajando la cabeza―. No vuelvas a llamar así a Zim…
―¿Invasor? Eso es lo que eres, al menos de eso alardeabas todo el tiempo.
―Lo era. Y estaba orgulloso de eso, Dib-apestoso. ¿Tienes idea de lo que significa ser un invasor?, ¿sabes lo que es capaz de hacer un irken para llegar a complacer a los Más Altos? No es como aquí, donde protestan cuando no les gusta lo que hacen sus inferiores líderes. Mi raza es diferente.
―No entiendo a qué viene todo esto, Zim. Acaso… ¿acaso has tenido problemas con tus líderes?
Dib arqueó una ceja algo confundido. Comprendió que quizá él se había forjado una mala imagen de Zim; siempre había pensado que le asignaron la conquista de la Tierra como una misión de suma importancia, que Zim era respetado y envidiado por sus pares. Ahora parecía ser que no y que probablemente en su propio planeta Zim era el hazme reír como lo seguía siendo Dib para los seres humanos.
En el fondo eran tan similares…
Estuvo a punto de preguntarle si lo habían castigado por culpa suya, por haber frustrado sus planes de conquista, y pese a que no había ninguna mala intención en esa pregunta, supo que el extraterrestre lo tomaría muy mal y no querría seguir hablando de nada.
Al final de cuentas, fue Zim quien comenzó a contarle que fue de él después del día de la misteriosa desaparición. Cada tanto hacía largas pausas en las que recordaba en silencio todo lo sucedido…
―Fui llevado a juicio. Estaban presentes los Cerebros, los Más Altos y otros irkens.
Había conseguido escapar, pero no tan ileso como pensaba. Al llegar a su base bajó hasta el piso donde se encontraba lo que los humanos llamaríamos recámara. Pocas veces se vio necesitado de ir allí, un invasor no necesitaba descansar ni reflexionar en privado, podía con todo cuándo sea y en dónde sea. Sin embargo, las revelaciones en el juicio del que acababa de llegar fueron bastante fuertes.
Estaba fallado. Es decir, ni siquiera debería estar.
―No estaba haciendo las cosas tan bien como creía. ¿Increíble, no? El gran Zim, cometiendo errores. Primero pensé que los equivocados eran mis Altos, pero eso no tiene sentido, los Altos jamás se equivocan. Zim tenía que ser…
―¿Ejecutado?
¿Cómo podía ser? Casi podría jurar que su pak estaba en orden, de haber algún problema él lo habría notado. Los incidentes que le mostraron en la pantalla eran cosas que podrían pasarle a cualquiera y nunca fue su intención estorbar a los Más Altos y su plan de conquista universal.
Se hizo un ovillo en aquella "cama" en forma de capsula-huevo, repasando detalladamente todas sus memorias. Un ruido proveniente del otro lado de la puerta lo distrajo, las risas de Gir y un anuncio de la basa.
"Amo, una señal proveniente de La Inmensa intenta localizar nuestra ubicación exacta."
―Digamos que cuando un equipo está fallado…
―Entiendo.
Silencio de nuevo. Dib se inquietó.
―¿Necesitas ayuda? ―preguntó finalmente.
El alíen entrecerró los ojos, ofendido y enfadándose de nuevo. Dib abrió la boca para aclararle que lo dijo con buena intención, que la situación no ameritaba a burlarse de él, que el tiempo ya había pasado y que, aunque nunca le permitiría a Zim conquistar su planeta, no era un chiquillo insensible que se aprovecharía de una situación tan devastadora. Él entendía lo que significaba defraudar a las personas que uno considera importante, su padre era el primer ejemplo que se le venía a la cabeza, y si había que hablar sobre el rol del hazmerreír nadie lo entendería mejor que Dib.
Pero de ahí a que quisiera desechar a alguien por no cumplir las expectativas.
―¡No! ¡Un invasor no necesita a nadie! ―se defendió Zim apuntándolo con el dedo.
―Nunca imaginé que los irken pudieran ser crueles con su propia gente ―murmuró ignorando los gritos del otro―. Todo el tiempo que te creía desaparecido, en realidad te estabas ocultando. Te ocultaste de esos líderes a los que sigues siendo devoto, ¿cierto, Zim?
―¡No sabes de lo que estás hablando, larva humana!
―¿Entonces por qué viniste a hablar conmigo? Vamos, esto no es un encuentro casual.
Enseguida se arrepintió de haber dicho eso. Acabó con la paciencia de Zim, quien le dio la espalda, insultándolo y desapareciendo entre los arbustos. Dib estuvo a punto de seguirlo, pero una fuerte corriente de aire acompañada del familiar sonido de la nave irken despegando lo detuvieron. No tenía cómo alcanzarlo.
Sólo contaba con que se volvieran a cruzar.
El eco dejó de escucharse y todo volvía a ser un frío vacío a su alrededor.
La tercera entrega. Zim aparece y sólo se cruza con el único humano que cree que vale la pena, ¿o si fue casualidad?
Dudas, quejas, sugerencias, todo es aceptado.
Se agradecen de corazón sus comentarios y favoritos. No pensé que esta historia podría llegar a agradar a más de un lector.
Saludos~
