Flores para Kise

Líos

Cuando Akashi dijo "vamos", no se hizo de rogar. No quería estar ahí. No tenía intenciones de permanecer entre sus compañeros ni de sentir los sollozos de Momoi, los cliqueos de lengua de Midorima ni las insistencias de Takao y Himuro para poder ver a su amigo.

Kuroko tiró de Kagami y fueron con ellos.

Mientras volvían, en el auto de Seijuuro, él les aseguró que no habría problemas con la prensa. Ni las fans de Kise, que por supuesto, al saber del accidente y sus circunstancias se echarían encima de Aomine.

—Mi trabajo concluye ahí. No permitiré que te hagan ningún reproche cuando yo ya he dicho que no fue tu culpa. Más te vale tenerlo claro —dijo con voz parsimoniosa antes de despedirse con esa cordialidad que asustaba. Lo vio arrancar el auto y marchar, preguntándose si de verdad era legal conducir un pedazo de carro como ese en una calle como la suya y a esa edad, además.

Se dio la vuelta para encarar a la pareja, que seguía con él.

—¿Y ustedes? —Preguntó Daiki al ver que los otros dos no tenían intensiones de irse—. ¿No estaban en otra cosa?

—Las entradas al cine no son caras, podemos ir otro día —respondió Kagami de forma poco convincente. En algo se le notaba que habría sido muy feliz de poder irse. Kuroko era otra historia.

—No podemos dejarte solo. Lo que más necesitas ahora es compañía.

Pero Aomine, que hasta hacía un rato atrás estaba en relativa calma, comenzó a sentir cómo le hervía la sangre.

—Lo que más necesito ahora es que se larguen. Los dos —masculló de malas. Vio a Taiga apretar los dientes y supo que estaba preparando alguna respuesta ácida y razón no le faltaba, pues el comentario había sido más para Kuroko que para el pelirrojo.

Antes de que pudiera siquiera abrir la boca, Tetsuya lo paró de un codazo.

—¡Joder, Kuroko!

—Vale. Pero si necesitas alguna cosa, no dudes en decirlo —insistió. Daiki chasqueó la lengua y entró en el patio, cerrando tras de sí el portón sin despedirse. Cuando abrió la puerta ellos comenzaron a andar, pero alcanzó a escuchar un pedazo de su discusión.

—Como te vuelva a hablar así, te juro que se me va a olvidar que te prometí no partirle la cara a ese imbécil —Kuroko se rió por lo bajo.

—Tranquilo. No es un buen momento para él. Lo único que podemos hacer es estar ahí. Y si ya has aguantado bastante sin golpearlo, creo que podrás aguantar algo más —dijo el más bajo y luego el moreno escuchó los pasos de ambos alejándose más hasta que ya no fue capaz de oírlos hablar.

Entró en la casa y fue recibido por un silencio de ultratumba, frío y distante. Miró a su alrededor.

Desde que Kise se había ido a vivir con él una semana antes, la casa se había sentido bastante más viva. Las cortinas corridas, el insistente y dulce aroma del perfume que acostumbraba a usar el rubio… Se golpeó mentalmente al creer que podría extrañar eso. Volvió a chasquear la lengua mientras tiraba las llaves sobre la mesita del recibidor y se quitó las zapatillas.

Lo único que quería era dormirse y tal vez, comer algo, a ver si el cabreo que tenía se le pasaba un poco.

Aomine se imaginó que después de su pequeño desplante con Kuroko, podría volver a su estado de ánimo normal: calmo, flojo, aburrido. A veces, animado y susceptible a la ansiedad. Nada fuera de lo común. Craso error. En cada habitación que pisaba, no paraba de ver a Kise. Al prender la tele antes de acostarse esa noche, en los noticiarios mostraban el escenario del accidente de un chico cuya identidad se había mantenido en secreto. Como resultado, no sólo se había aislado más de lo normal, sino que también estaba más explosivo que de costumbre.

Akashi lo había llamado diciéndole que no se presentara en la preparatoria la semana siguiente, que iniciaban las clases del segundo año, que él ya se había encargado de conseguirle una licencia en la clínica donde habían internado a Kise. Lo odió por eso, ¿para qué lo hacía? ¿Tanta era su necesidad de control? No le calzaban las piezas y eso era lo que más odiaba.

Había tratado de apalear la abrumadora sensación que le causaba la casa saliendo a correr, yendo a la cancha a lanzar, dando vueltas por ahí... Pero, a fin de cuentas, no lograba despejarse nada.

Se había saltado las clases del día siguiente. Y las del martes, el miércoles y el jueves. El viernes, puramente de aburrimiento, se atrevió a ir pensando que al tratar de prestar atención se distraería. Aunque la cosa no había ido bien del todo.

Para empezar, había gritado a Momoi nada más llegar.

Su amiga ya sabía por boca de Seijuuro que Aomine no tenía permitido presentarse en la academia y tenía órdenes de, si lo veía, mandarlo de vuelta por el medio que fuera. Por lo mismo nada más entrar al salón buscó al moreno parar reprenderlo tratando de no ser brusca.

—No me jodas a estas horas del día —había respondido Daiki mientras miraba por la ventana—. Vine porque no aguantaba estar encerrado. Punto.

—Pero sería mejor que te quedaras ahí descansando —Aomine entonces la miró con molestia.

¿Descansando de qué? El herido había sido Ryota y no él. Lo que más necesitaba era gastar energía, no guardarla.

—¿Con qué mierda te salió Akashi ahora?

—No tienes por qué ser tan agresivo, *ganguro —respondió ella, tratando de picarlo. Daiki se dio cuenta de la sutil evasión de la chica, pero no le dijo nada.

Aomine sólo bufó y se dedicó a estudiar con detenimiento las manchitas de tinta que dejaban sus compañeros en los bordes de las mesas. Al ver que sería imposible mandarlo a casa, Momoi pareció rendirse y eso lo dejó más contento, porque ya no tendría a la manager molestándolo. Al menos por el resto de la clase.

Ni bien la hora hubo comenzado y Aomine se descubrió haciendo garabatos ininteligibles en el cuaderno. Prestar atención, había dicho. Para distraerse, había dicho. Se había ido sólo en lo segundo.

Así había estado hasta el almuerzo, que lo pilló sin hambre, así que subió a la azotea para apartarse del bullicio de sus compañeros de clase y de las llamadas de Sakurai, que insistía en preguntarle por el estado de su antiguo compañero de Teiko.

En eso en que estaba echado a la sombra que ofrecía un toldo que ahí había, escuchó unos pasos ligeros que se le acercaban. Si era Sakurai...

—Oye.

—¿Qué entiendes tú por "no me jodas"?

Escuchó un suspiro por parte de ella y luego sintió cómo se echaba a su lado, de piernas cruzadas. La chica trasteaba con algo que tenía en las manos. De repente sintió el olor del arroz recién hecho, pero bah, sorpresa: seguía sin hambre y con muchas ganas de arrojarle el plato caliente a quien se le cruzara primero.

—Sé que has estado mandando tu dieta por el tacho de la basura. Eres un deportista de alto rendimiento y tienes que comer como se debe —le dijo ella en ese tono maternal que usaba con él cuando quería conseguir que hiciera algo.

—Me vale con las latas de energizante —respondió cortante. De verdad que no quería seguir escuchándola más. Él quería mucho a Satsuki, en serio que sí, pero no sabía cómo reaccionaría si ella seguía molestándolo.

—Come —siguió la muchacha con un tono un poco más autoritario.

—No quiero.

—¡Daiki Aomine! Como manager del equipo, no. Como tu amiga, te digo que tienes que comer algo. Anda, hasta compré soya y en este lugar es carísima.

Sin respuesta nuevamente. Otro suspiro de parte de Momoi. Aomine esperaba que se rindiera luego.

—Dai, por favor, no actúes de esa forma —siguió insistiendo la chica—. Dai, por…

—¡Cállate la puta boca y déjame en paz! —Explotó él sin más. Las palabras salieron sin haberlas pensado antes. Había sido un gruñido furioso que dejó a Momoi de una pieza.

El impulso le salió caro.

La muchacha había soltado la cajita y el envase que tenía la soya, logrando que el contenido se desparramara y comenzado a temblar, sin poder evitar que las lágrimas se acumularan en sus ojos. Cuando Aomine cayó en cuenta de lo que había hecho, se preocupó de verdad, pues él nunca, jamás se había atrevido a levantarle la voz ni visto a Satsuki ponerse así por su culpa. Ella se levantó mordiéndose el labio y Daiki hizo lo mismo

—Satsuki —la llamó, pero ella sacudió la cabeza y le gritó:

—¡Eres un estúpido egoísta! —Comenzó, y Daiki no fue capaz de decir nada—. ¡Por eso Kise se salió de tu casa y se accidentó! ¡Porque sólo piensas en ti! ¡Idiota! —Le soltó, y sus palabras golpearon con demasiada fuerza al moreno—. ¡Que ni se te ocurra venir a buscarme, porque esta vez no te perdonaré!

Entonces Momoi se había dado la vuelta y salido corriendo en dirección del aula, dejando a su amigo hecho un manojo de molestia. Estaba enrabiado, y esta vez no supo si lo estaba con ella por no entenderlo y meterse en sus asuntos o consigo mismo por comportarse como un verdadero cretino.

•••

—Te dije que no fueras.

—Akashi, cállate.

—Debiste obedecerme.

—No necesito tus reprimendas, ¿me oyes?

—Ya, bien, paren los dos —intervino por fin Kuroko. Aomine bufó con extrema molestia y Akashi ni se inmutó. El pelirrojo movió lenta y pensadamente una pieza del tablero de Shogi, miró a Kuroko amablemente y el chico sombra sirvió un poco de café de la tetera para él y para sí mismo. Tetsuya tomó un sorbo y el capitán de Rakuzan lo imitó.

—Te lo dije.

Aomine se levantó del suelo con un gruñido, a lo que Akashi respondió lanzándole una frívola mirada admonitoria. Kuroko se tensó, mirándolos a ambos de un lado a otro; dejó ir un suspiro pesado y se levantó, poniendo una mano cariñosamente en el hombro de Daiki, quien lo miró con el ceño fruncido.

—Vamos, cálmate —pidió, y Aomine rechinó los dientes antes de hacerle caso y dejarse caer con brusquedad. El moreno se pasó una mano por el pelo, molesto—. A Kise no le gustaría que actuaras de esa forma —siguió, ganándose inmediatamente un bufido.

—Esa basura sentimentalista no va a funcionar conmigo, Tetsu —Akashi resopló de forma inmediata, ocultando una risa. Aomine la detectó y se guardó el comentario para más adelante, porque no tenía intenciones de interrogar al pelirrojo. No lo reconocería jamás, pero su actitud misteriosa lo intimidaba.

—Bien, Tetsuya —dijo Seijuuro mientras se levantaba educadamente, guardando el tablero de Shogi en la mochila de Kuroko—. Tal parece que Daiki preferiría estar solo un rato para pensar acerca de algo muy importante que ha pasado por alto a su mente brillante.

—¿Ah?

Kuroko movió la cabeza asertivamente e imitó a su amigo. Le pasó una mano por el pelo a Daiki y se echó la mochila al hombro para irse al recibidor.

—Te esperaré afuera —dijo y Akashi asintió con un movimiento de su mano—. Aomine…

—Lo que necesite te llamo, vale, demonios, lo entendí a la primera —soltó y Kuroko no pudo hacer más que sonreír y salir por la puerta—. Fantástico, ¿qué es lo que pasé por alto?

Seijuuro se acomodó el chaleco gris que llevaba para librarlo de arruguitas.

—Cuando dije que no te fueras a mostrar en la academia…

—Ya, vale, ¿quieres que me disculpe con Momoi? —Consultó de mala gana—. Pues te informo que la he llamado bastantes veces y ella no me ha contestado las suficientes como para saber que no me quiere ver ni en pintura.

—Bueno, eso era lo primero. Ahora, me vas a dejar hablar, ¿escuchaste? —Le dijo entornando los ojos, logrando que el moreno apretara la mandíbula—. Te dije que no fueras a la academia, nunca que no salieras. Por lo demás, sé que has ido a lanzar, o a correr para despejarte, ¿me equivoco? —Preguntó. Aomine asintió, preguntándose a dónde querría llegar Akashi—. Pues parece, Daiki, que te has estado saltando una salida que debería haber sido tu prioridad. Has estado tan ocupado de lo encabronado que estás, auto compadeciéndote, que no te has puesto a pensar en cómo se encuentra Ryota. Ah… —Akashi sonrió, triunfante, y Daiki detestó su sonrisa. El maldito había dado en el clavo— no me digas que acerté, porque sé que lo hice; era evidente, claro está. Perfecto —el joven capitán se alzó cuan alto era y miró al As hacia abajo en una muestra de su superioridad—, esperaré noticias de la clínica acerca de tu pronta visita a Ryota. De preferencia, ve los martes —entonces, sacó un sobrecito rectangular del bolsillo de su pantalón de tela para extendérselo a Aomine— para que puedas acomodar tus horarios de clase y entrenamientos. Más una sorpresa. No creas que porque no te culpe del accidente te va a salir más barato.

El muchacho se dio la vuelta y caminó hacia la entrada mientras Aomine abría el sobre apuradamente para leer al vuelo lo que ahí ponía.

Un trabajo de medio tiempo en una cafetería en el centro de la ciudad.

—¿Qué quieres decir con esto?

—Que Ryota una vez me dijo, en broma, pero me dijo que si algún día le pasaba algo jamás avisara a sus padres. Lo que fuera. Sabes que no se llevan muy bien —ante la cara de pregunta del otro, continuó—. Vas a ayudarme a pagar la estadía de Kise en la clínica. No voy a responder más.

—Tú familia invierte allí, ¿o no? ¿Por qué simplemente no se encargan ustedes? ¿Por qué no quería que no supiera su familia? Venga esto es muy sospechoso. Si te estás vengando de mí por lo que pasó, dímelo de frente.

Akashi dejó ir una risa y luego le puso una mueca de autosuficiencia.

—Porque para comenzar, no somos los dueños. En segundo lugar, como sabes, soy absoluto —Aomine alzó una ceja, harto de la perorata del absolutismo y el poder de Seijuuro y su omnisciencia—. Limítate a hacer lo que te digo. Yo siempre, Daiki, siempre tengo razón. Jamás lo olvides —dijo y por fin giró sobre sus talones para encaminarse hacia la salida, donde Kuroko seguramente lo seguía esperando.

Pero claro, pensó Aomine, sabes que te está esperando afuera, ¿no? Si lo sabes todo.

Hizo una mueca de desdén cuando la puerta se cerró tras él.

Maravilloso. Ahora a su culpa había que añadirle que tendría que adaptarse al empleo que Akashi le "proponía" y las visitas semanales a Kise. Mejor manera de aliviar su tensión no había. Aunque en el fondo Daiki sabía que Akashi tenía razón: no podía salir con las manos completamente limpias haciéndose la víctima del asunto cuando por culpa (indirecta) de sus niñerías, Kise estaba ahora dormido en una blancuzca y tétrica sala de hospital.

Se mordió el labio con fuerza hasta que le sangró. El sabor metálico del líquido le llenó la boca. Se echó hacia atrás y contempló sin fin el techo pintado de un color amarillo pálido, casi de un color pastel… Kise había escogido el color cuando llegó a la casa.

Ah, no. No importa que sea tu casa y me invitaras a quedar unos días, pero vamos a hacer algo con este ambiente sombrío. Me da la sensación de que si abro un estante, saldrán vampiros.

El recuerdo le provocó una risa breve y luego chasqueó la lengua.

A la hora y cuarenta y cinco minutos de estar tumbado se levantó para ir hasta su cuarto y cambiarse la ropa por algo cómodo y que no se le viera fatal. Se lavó la cara, calentó agua para hacerse unos fideos instantáneos y mientras comía decidió que por esta vez, daría en el gusto a Kuroko. Agarró el celular y lo llamó, sin preocuparse de tragar todo lo que tenía en la boca.

—¿Qué tan pronto puedes deshacerte de ese lastre que tienes por novio?

Tan pronto como te disculpes, hijo de la gran fruta —contestó la voz de Taiga del otro lado. Aomine contuvo la risa para no tirar la comida. Tragó con dificultad, quemándose—. ¿Para qué necesitas a Kuroko?

—¿Te importa? —Un gruñido le advirtió que era mejor no meterse con Kagami— Sólo necesito que lo pongas en su celular, si no te molesta —escuchó un quejido de molestia y un trasteo con el celular—. Ahora te controla el celular.

Estaba ocupado con Número Dos, ¿estás bien?

—Perfectamente; quiero cobrarte la palabra —le dijo, y Kuroko le aseguró que se verían en el centro dentro de quince minutos.

Agradeció mentalmente que todavía existiera esa pequeña conexión con Tetsuya y que el jugador sombra supiera exactamente para qué lo necesitaba.

Porque sentía que no podría ir solo a ver a Kise.


N.A: Agradezco mucho los reviews, me hacen muy feliz y me alientan a escribir (L)

*Ganguro: Hago referencia al insulto de Momoi en uno de los primeros capítulos de la segunda temporada, no recuerdo quien no lo sepa, ganguro es una moda que consiste en usar el cabello rubio o anaranjado y la piel bronceada; cada cual a su gusto, pero siempre me ha parecido un tanto perturbador... Siempre está google, en todo caso.