Summary: Alice, Bella y Rosalie son tres jóvenes universitarias dispuestas a comerse el mundo sin perder nada en el camino en el cual se cruzaran nuevas personas y no siempre para ayudarlas. ¿Podrán conseguir todo lo que se proponen permaneciendo unidas?
Nota: Esta historia nació de un regalo de cumpleaños a la maravillosa Isabella Anna Cullen y ahora ella se une a la historia para adaptarla a la también increíble saga Crepúsculo. Esperamos que os guste. Y, por favor, si os gusta tanto la historia que la queréis compartir con el mundo, por favor, pedidnos permiso primero. Esperemos que disfrutéis de las aventuras de unas universitarias tratando de alcanzar sus sueños sin perder nada en el camino. Gracias
Reaching Our Dreams
Capítulo III: Malentendidos
Alice
A la mañana siguiente me levanté temprano para que me diera tiempo a hacer una serie de trámites y así luego poder dar una vuelta. Me sorprendió ver que Bella ya no estaba en casa; no le gusta madrugar. Ya arreglada, me disponía a tomar mi café matutino cuando vi a Rose entrar corriendo haciendo malabarismos con su teléfono móvil pegado a la oreja, una funda de vestido, una caja de maquillaje, una bolsa llena hasta arriba y su bolso.
—Te juro que no he oído el despertador, no me mates por favor, ya voy, ¡corriendo si hace falta! —dijo de forma rápida cuando se tropezó y cayó al suelo amortiguada por todo lo que llevaba en las manos—. ¿Qué? Qué cosas tienes, Vera, no me he caído… Se me ha caído el móvil, ¿te crees que voy cayéndome por la vida? Ahora voy. Adiós… Sí, tranquila, paso a por el ramo. Es mi trabajo, soy la madrina. Besos.
—¿Sabes que está mal mentir? —le pregunté divertida.
—Es una mentira piadosa, por mi imagen y esas cosas —dijo sonriéndome y recogiendo las cosas.
—¿No me digas que llegas tarde a la boda?
—No, lo que pasa es que hace media hora tenía que estar arreglándola, pero este estúpido teléfono no ha sonado y me he quedado dormida. Si no llega a ser porque me ha llamado Claire, me quedo frita.
—¿Te llevo? —pregunté, recordando que era la única de nosotras que no tenía carnet de conducir y, por defecto, coche.
—No, viene a buscarme Henry, que también está invitado. —El timbre sonó y Rose miró su teléfono—. Ya está abajo tocando las narices. Le voy a abrir para que me espere en el portal.
—¿Te ayudo a bajar las cosas? —pregunté acercándome y recogiendo la bolsa que se había caído otra vez.
—No te molestes, tienes cosas que hacer.
—Déjame ayudarte, no seas cabezota, no puedes hacerlo todo tú sola. Además, ya me iba a arreglar unos papeles de la universidad —dije mientras abría la puerta.
—¡Eres la mejor, Alice! —exclamó dándome un beso con su normal entusiasmo.
Cuando salió, la puerta de al lado se abrió y yo esperé encontrarme a Jazz pero salió Emmett corriendo mirando el teléfono con los cascos puestos e ignorándonos. Cuando me quise dar cuenta, Emmett había arrollado a Rose y ésta estaba otra vez en el suelo con las cosas a su alrededor. Emmett la miró sorprendido y ella le devolvió una mirada de odio.
—Ve con más cuidado la próxima vez —gruñó Emmett mientras Rose se ponía de pie.
—¿Que qué? ¿Has dicho que yo vaya con más cuidado? —le gritó.
—Eso he dicho.
—Pero si tú me has llevado por delante, pedazo de imbécil. ¡Ah, claro! Se me olvidaba que eres hombre e idiota y no puedes hacer dos cosas a la vez.
—No es para tanto, loca —dijo Emmett—. En serio, tendrías que cambiar tu carácter. —Me giré y vi cómo la puerta del ascensor se abría y aparecía el mejor amigo de Rose. Él podría cortar la situación—. Así te vas a quedar sola.
—¡Más que tú imposible! —le gritó Rose.
—Amargada.
—Estúpido.
—Insoportable.
—¡Ey! ¿Qué pasa? —preguntó Jones agarrando a Rose por detrás, ya que parecía dispuesta a saltar sobre Emmett.
—Que tu amiguita está por civilizar.
—Yo lo mato —dijo Rose mientras intentaba escapar de los brazos de su amigo.
—Adiós, Alice —me dijo Emmett con una sonrisa amable ignorando a Rosalie y a su amigo. Después se fue. Este chico parecía bipolar.
—Suéltame, que lo mato.
—Hoy hay una boda, no me apetece ir a buscarte a comisaría —dijo Jones divertido, soltándola.
—¡La boda! —exclamó de pronto Rose—. Vera me mata. —Recogió todas las cosas del suelo, Jones y yo la ayudamos—. Mi cámara.
Miró a su alrededor, su amigo reaccionó ya que estaba mirando por un punto por encima de sus hombros. Miré en esa dirección y encontré a nuestro vecino de ojos azules mirándolos con mala cara.
—La tengo yo, me la dejaste el otro día, ¿no te acuerdas? —se apresuró a decir ante su cara de confusión—. Las baterías están cargadas, tranquila, vas a hacer un buen reportaje. No te preocupes por nada —dijo abrazándola. Ella respondió a su abrazo.
Miré a Emmett y él los seguía mirando con más mala cara si cabía. Cuando se separaron le dio un pequeño beso en la cabeza y se dirigió al asiento del conductor. Si no supiera que entre ellos no había nada, lo pensaría.
—Hasta luego, Alice —dijo dándome dos besos y entrando en el coche.
—Pásatelo bien, y no bebas.
—Eres tú la borrachilla —dijo sonriéndome.
—Mentira —le grité mientras el coche se alejaba.
Me encaminé a mi coche y conduje tranquilamente mientras la música inundaba todo. Entré a la universidad para arreglar un poco de papeleo, nada importante, y de paso me informé bien de cómo iba a ser el curso. Me gustaba tener las cosas ordenadas.
Salí al exterior cuando una voz me llamó, la reconocí pero me hice la despistada, hasta que noté que me daban en el hombro y no me quedó otro remedio que girarme.
—Hey Alice, te estaba llamando —me dijo un chico de pelo castaño y ojos oscuros.
—No te he oído, Alec, perdona. —Le dediqué una sonrisa falsa. El chico no me caía mal pero era muy pesado y demasiado poco discreto con sus indirectas.
—¿Te apetece comer algo?
Primera indirecta captada.
—Lo siento, pero es que me tengo que ir, llego tarde a... A la peluquería, sí, eso, tengo hora en la peluquería lo siento mucho.
—Otra vez será. —«Otro año u otro milenio, tal vez», pensé para mis adentros, pero como no era una mala persona no se lo dije.
—Sí, puede ser, quién sabe. Bueno, me voy que esto pesa —dije mientras señalaba los libros que llevaba en las manos.
—Deja que te ayude.
—¡No! No te molestes, puedo sola, seguro que tienes mejores cosas que hacer —le corté de forma rápida.
—No es molestia.
—Puedo sola.
—Déjame.
—Puedo sola, Alec, no soy manca —le solté de mala manera y él me miró con lástima—. Perdona, pero no me gusta depender de nadie.
—Está bien —me respondió sonriente—. Nos vemos en clase. —Se acercó y me dio dos besos—. Ciao.
—Qué pesado… —dije en un susurro cuando se fue.
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Jasper
Salí de la universidad tras una larga mañana en secretaría arreglando unos papeles de la matrícula. Era una mañana soleada y hacía un calor sofocante. Iba andando en dirección al aparcamiento donde se hallaba aparcado mi coche cuando a lo lejos me pareció ver a mi vecina revisando unos papeles. Me decidí a ir a hablar con ella pero me detuve en seco al ver que un chico de pelo castaño rizado se me había adelantado. Desde mi posición no podía escuchar la conversación, pero parecían íntimos amigos. No sabía qué podía ver en él.
Desde mi sitio podía ver claramente sus intenciones, que desde luego no eran ser solo amigos. Me sentía con ganas de romper algo, y si era en la cabeza del ricitos, muchísimo mejor. Así que retomé el camino hacia mi coche. Guardándome mis impulsos, me subí en él y cerré con un portazo. Respiré un par de veces antes de encender el motor y me fui lo más rápido que pude de aquel lugar.
Aparqué el coche en la puerta del edificio del apartamento y me encaminé hacia la casa. Al entrar me descargué cerrando con otro portazo, sorprendiendo con eso a Emmett.
—¿Y esos humos? —preguntó, tirado en el sofá donde estaba viendo un partido de tenis.
—No me pasa nada —le contesté de malos modos mientras me dirigía a la cocina a por una botella de agua y volvía al salón para sentarme a su lado.
—Se nota que no te pasa nada. La próxima vez, la puerta no tiene la culpa —dijo sin apartar la mirada de la televisión.
—Perdón, ahora mismo voy y me disculpo con la puerta, se me había olvidado que un trozo de madera barnizado tiene sentimientos —le solté, irónico.
—¿Qué narices te pasa? ¿Estás en uno de esos días o qué?
—Me matan tus estúpidas bromas. ¿Has pensado presentarte al Club de la Comedia?
—No, porque sólo me gusta reírme de ti y ellos no entenderían mis chistes —me contestó con una sonrisa burlona.
—¿Por qué no te vas con uno de tus ligues, haces tu vida de mujeriego profesional y me dejas en paz?
—Tener trescientas cincuenta y nueve novias no me convierte en mujeriego, sólo en un hombre con mucho amor para dar, y soy incapaz de negárselo a nadie. Además, esta cara y este cuerpo no se pueden desaprovechar, no es mi culpa ser tan irresistible. —Al oír eso no pude evitar reírme.
—Lo que tú digas, Don Juan.
—Venga Jazz, ¿qué te pasa?
—No puedo con una de las vecinas. No logro entender a las mujeres —dije antes de dar un trago de agua.
—¿Acaso alguien puede?
—Tú.
—Qué va, yo sólo les digo lo que quieren oír. No trato de entenderlas, si no me volvería loco.
—Eres filosofía pura. —Hice una pausa y suspiré—. Es que no la aguanto.
—Es que es insoportable.
—¿Qué te ha hecho Alice a ti?
—¿Quién está hablando de Alice? —preguntó, confundido.
—Yo hablaba de Alice ¿de quién hablabas tú?
—De la loca de Rosalie.
—¿Más problemas con ella?
—Todos los del mundo.
—A mí me parece buena persona… Es más, me cae bien.
—Pues monta un club de fans a ella y a su simpático novio. —Al oír eso no pude evitar reírme.
—¿Estás celoso?
—¿Qué? ¿De un rubio tonto y de una loca? No, creo que no —dijo mirando de nuevo la televisión, enfadado.
—Ya veo.
—¿Y a ti qué te ha pasado con Alice?
—Nada… Me la he encontrado, no he hablado con ella porque estaba muy ocupada hablando con un tío que quiere algo más con ella, tú ya me entiendes.
—Tú sí que estás celoso.
—Mentira.
—No, de eso nada.
—Entonces tú igual.
—¿Qué?
—Que si yo estoy celoso tú también lo estás, porque hemos reaccionado igual —dije, sintiéndome victorioso.
—Ahora entiendo. —Emmett frunció el ceño—. Ahora que lo pienso tienes toda la razón. Es molestia, no celos.
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Bella
Llegué a casa a las nueve de la noche y no había nadie. Justo cuando estaba cerrando la puerta, empezó a sonar el móvil.
—¿Bella?
—¿Sí?
—Soy Jake, ¿qué tal? Te llamaba para preguntar si querías ir a tomar algo conmigo esta noche. Han abierto un nuevo local en el centro y tiene muy buena pinta.
—¿Esta noche? —pregunté mientras hacía un rápido recorrido mental por mi agenda. No tenía nada planificado para hoy—. Está bien.
—Vale, entonces paso a buscarte a las diez en punto, ¿te parece bien?
—Perfecto. Nos vemos entonces. Un beso, ciao.
—Ciao.
Colgué y miré el reloj. Eran las nueve y siete minutos, tenía poco menos de una hora para arreglarme. A las diez en punto, Jacob me dio un toque para avisar de que ya estaba abajo. Estaba esperándome con la puerta de su todoterreno negro abierta para que pudiera subir.
—Gracias —dije mientras me subía.
—No hay de qué —contestó, cerrando la puerta.
Sorprendentemente encontramos un sitio para aparcar. Había una cola enorme para entrar en el local.
—Creo que se nos va a hacer de día antes de que podamos entrar —bromeé.
—No te preocupes, conozco al encargado, podemos pasar sin tener que esperar.
—¿En serio? —Me sentí un poco mal por los que estaban fuera esperando, pero tampoco había nada que yo pudiera hacer por ellos.
Dentro tampoco había mucho espacio para respirar. La gente bailaba como loca unos pegados a otros.
—¿Qué te parece si vamos hacia la barra? —gritó Jake para hacerse oír por encima de la música.
—Vale —contesté.
Me agarré a su chaqueta para no perderme en aquel mar de gente. Cuando llegamos a la barra pedí un refresco. En ese momento sonaba una canción de Mcfly llamada Party Girl. Recorrí con la mirada el lugar para ver si conocía a alguien y entonces le vi. Allí estaba Edward, bailando al son de la música. Junto a él había dos barbies de un cabello rubio de bote y vestidas con unos modelitos que más se asemejaban a los que llevaría una señorita de vida alegre que a los que llevan unas chicas decentes. Estaban muy pegadas a él y se reían con todo lo que él decía.
Jake se dio cuenta de que estaba mirando a algo en particular y siguió la dirección de mi mirada.
—¡Pero si es tu amigo Edward! Y está con dos amiguitas… Mira qué bien se las apaña. Vamos a acercarnos a saludar —dijo mientras se ponía de pie y me agarraba de la muñeca.
—¿Qué? ¡No! —exclamé—. Mejor vámonos a esa esquina de ahí a bailar.
—Si solo es un momento. Ven, le saludamos y ya está.
Jake me llevaba hacia Edward y en su rostro me pareció ver una sonrisa de superioridad. Tal vez no solo quería saludar, sino demostrar algo.
Chicos, ¿quién los entiende?
—¡Edward! Qué sorpresa, tú por aquí.
Al principio Edward nos miró sorprendido, pero luego recuperó su aspecto tranquilo de siempre.
—Sí, qué sorpresa veros a los dos juntos por aquí.
—Ya ves, aquí estamos, tomando algo —dije. Iba a continuar pero una de las barbies me interrumpió.
—Ed, tenemos que ir al baño, ¿nos esperas un segundito? Aquí hace mucho calor y se nos está corriendo el make up. —La rubia de bote le estaba agarrando del brazo—. No nos cambies por ninguna… —hizo una pausa y me miró con una ceja levantada y una expresión de asco— …tabla de planchar con pelo.
En aquel momento qué bien me habría venido saber levantar una ceja para echarle mi mejor mirada de «¿disculpa?», pero en lugar de eso le dediqué la sonrisa más falsa que pude hacer. Las rubias teñidas se alejaron y a Jacob le empezó a sonar el móvil.
—¿Sí? Lo siento, no te oigo bien, espera un segundo. —Jake me miró y dijo—: ¿Me disculpas un momento? Voy a salir afuera a ver si puedo escuchar mejor, es Paul y parece nervioso.
Paul es su mejor amigo. Es un chico majo pero que no ha tenido mucho éxito con las chicas. Es demasiado buenazo y enamoradizo, y por eso se aprovechan de él.
Jake se alejó y me quedé sola con Edward. Bueno, sola sola no, con él y con la gran marea de gente a nuestro alrededor.
—Y bien… ¿No me presentas a tus amiguitas Pili y Mili? —pregunté, poniendo una pose desenfadada.
—¿Pili y Mili? ¡Qué original! —bromeó—. Aunque también tenías la opción de Fulanita y Menganita.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también —dijo, intentando contener una sonrisa. Me miró fijamente y sentí que las piernas iban a fallarme en cualquier momento.
—Deja de mirarme así…
—¿Así cómo? —preguntó, disfrutando del mal rato que yo estaba pasando.
—Ya sabes cómo, así, como lo estás haciendo.
—¿Te pone nerviosa? —Dio un paso hacia mí. Y esa vez no consiguió esconder la sonrisa, era evidente que se lo estaba pasando en grande.
—Ni en tus sueños, chaval. Volviendo al tema de Pili y Mili, o Fulanita y Menganita, ¿de dónde han salido? De Harvard creo que no…
—Oh, qué superficial —dijo, fingiendo un tono melodramático—. Ellas que ponen todo su empeño en sacar su carrera de modelo de traje de baño y tú metiéndote con ellas. ¿Te parece bonito?
—Ja-ja.
—¿Y tú? ¿Qué haces con Jacob? ¿Estás saliendo con él?
Iba a contestar cuando llegó Jake y me dijo:
—Lo siento, tengo que marcharme, Paul acaba de romper con su novia y anda un poco de bajón.
—No te preocupes, yo también me voy.
—Te llevo a casa —dijo Jake—. Y siento mucho que haya sido tan corta la cita de hoy.
—No te preocupes. Además, estoy un poco cansada.
—La llevo yo si tienes prisa —intervino Edward—. Digo, tu amigo estará mal en estos momentos y te necesita, será mejor que vayas cuanto antes.
—Ya, pero se te olvida algo.
Hice una pausa para que él mismo recordase lo que estaba olvidando.
—¿El qué?
—¡Edward! Pili y Mili.
—¿Eh? ¡Ah! Sí, pero me imagino que no les molestará. —Justo en ese momento las aludidas llegaron hasta nosotros—. ¿Verdad, chicas?
—¿Qué nos hemos perdido? —preguntaron mientras cada una se agarraba a un brazo de Edward. Puse los ojos en blanco.
—Déjalo Edward, ya la llevo yo que no tardo nada y Paul puede esperar. Pero muy amable por tu parte —dijo Jake cogiéndome de la cintura—. ¿Vamos, Bella?
—Claro, ciao Edward… Pili, Mili.
Mientras nos alejábamos pude escuchar cómo las muñecas sin cerebro le preguntaban a Edward quiénes eran las tales Pili y Mili, que si las había conocido mientras ellas estaban en el baño y no sé qué cuantas cosas más.
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Rosalie
Llegué a la boda justo a tiempo, cargada con el ramo y todas las cosas. Me vestí mientras la novia me daba un discurso sobre lo importante que era la puntualidad y todo el amor que le tenía al novio.
Transcurrió como cualquier boda: no hubo ningún incidente y todo salió bien. Mi amiga estaba feliz, se le notaba en la cara. No podía parar de sonreír y sus ojos brillaban de la emoción. Se me escaparon un par de lágrimas que intenté ocultar, ya que estando detrás de la novia se me vería mucho más que a las demás, pero las otras dos damas de honor también estaban llorando. No tuve mucho éxito en disimular mi llanto hasta que acabó la ceremonia y los novios salieron por el pasillo central ya como marido y mujer, cuando mi mejor amigo se me acercó y me rodeo con sus brazos.
—¿Necesitas un pañuelo? —me preguntó Jones.
—No hace falta, tengo yo —dije, riéndome y soltándome de sus brazos—. Es que estas cosas siempre me emocionan.
Abrí mi bolso para buscar un pañuelo y me di cuenta de que faltaba mi cartera. El corazón me dio un vuelco. ¿Me habían robado y no me había dado cuenta? ¿Me la había dejado en casa? No, la había metido. Pero había venido en coche, no me la podían haber robado…
Entonces un par de imágenes vinieron a mi mente: Emmett chocándose conmigo y mis cosas por el suelo. Claro, debió caerse cuando me choqué con él. Pero, ¿y ahora qué iba a hacer sin mis documentos y sin dinero? No es que fuesen indispensables, pero prefería tenerlos conmigo. Le dije a Jones lo que había ocurrido y me dijo que no me preocupase, que me acercaba en un segundo a casa y ya estaba. Cuando íbamos a salir, Vera nos vio y nos cortó el paso.
—¿Adónde creéis que vais?
—Tenemos que irnos un momento, pero en un ratito volvemos.
—De ninguna manera. Tenéis que venir inmediatamente a la celebración. Nada de escaquearse. Quiero veros bailar, si no menuda dama de honor que serías.
—Pero…—empecé a decir yo.
—Nada de peros. Vamos, subid al coche y seguid al nuestro.
Miré con desesperación a Jones.
—No te preocupes, si se ha caído en tu edificio nadie la cogerá. Lo más probable es que la encuentren Alice o Bella y la lleven a tu casa —intentó tranquilizarme mi amigo—. Vamos, tú tranquila y disfruta de la fiesta.
Nos fuimos hacia el coche, aunque yo no estaba muy segura de sus palabras y estaba un poco inquieta, pero preferí relajarme y seguimos a Vera y a su recién estrenado marido.
La celebración tenía lugar a las afueras de Madrid y era al aire libre. Como hacía buen tiempo querían aprovecharlo. Era un lugar realmente bonito, lleno de plantas y flores de todos los colores. Un caminito de piedras conducía hacia las mesas. Todos los invitados de dirigieron hacia allí, pero Jones me paró tomándome de la muñeca.
—Espera un momento.
—¿Ocurre algo? —pregunté, apartando un mechón de pelo de mi cara.
—¿Ves a la chica que está en la esquina?
Miré con disimulo.
—¿Ésa no es…?
—Sí, es mi ex. Lleva unos días que no deja de perseguirme. Le he explicado de todas las maneras posibles que lo nuestro no da para más, pero no termina de entenderlo.
—Si lo dejasteis por su culpa…
—Ni me lo recuerdes, no es muy agradable pillar a tu novia con otro —dijo irónico.
—Te dije que era una… —Jones me miró de manera inquisidora—. ¿Una mujer alegre?
—Me ha visto —dijo, poniéndose nervioso.
—Tú tranquilo, respira hondo y déjame hablar a mí.
—¿Pero qué…? —preguntó, bajando la mirada hasta nuestras manos que acababa de unir.
—Henry, ¡cuánto tiempo! —dijo la pequeña rubia teñida con una voz extremadamente melosa mientras se estiraba para darle dos besos y marcar bien canalillo y enseñar piernas.
—Sí —dijo, un intimidado—. Desde que te encontré con aquel chico.
—Aquello fue una tontería —le restó importancia—. No contestas a mis llamadas.
—He estado ocupado.
—Tenemos una vida ocupada —comenté, sonriéndole a mi amigo.
—Ah, tu amiguita —dijo mirándome con cara de asco, cosa que me enfadó.
—La ex pone-cuernos —indiqué con una sonrisa irónica.
—Esto es una conversación entre él y yo —dijo, apuntándome con un dedo mientras yo le sonreía con superioridad ya que la había sacado de sus casillas en menos de un minuto. Punto para mí—. Cállate o…
—¿La estás amenazando? —saltó mi amigo poniéndose entre las dos.
—Advirtiendo. No me gusta que me quiten lo que es mío —dijo mirándolo—. Y tú sabes que lo nuestro no acabó.
Ahora parecía una loca celosa, que es lo que era. Aquel era el momento precioso para dar el toque final.
—Lo mismo digo, enana, ¿o prefieres persona con la cabeza cerca del suelo?
—¿Qué? —exclamó histérica.
—Que nos dejes a mí y a mi novio tranquilos —dije, pasando uno de mis brazos por la cintura de Henry mientras él y su ex me miraban extrañados.
—¿Es tu novia?
—Sí —contestó, sonriendo y acercándome más a él—. Y si nos disculpas, nos tenemos que ir, la novia nos llama. —Mientras nos alejábamos me susurró—: No hacía falta.
—Sí hacía falta, esa mujer está loquísima. ¿Cómo pudiste salir con eso? Que ni es guapa ni agradable ni nada.
—Bueno, tengo algo mejor ahora ¿no? —comentó divertido.
—Por supuesto —dije, y los dos estallamos en carcajadas.
La comida pasó con normalidad, exceptuando el discurso de parte del padre del novio, el cual lo más bonito que dijo fueron halagos al alcohol servido, y por su apariencia ya se había bebido todas las existencias. A parte de eso, todo lo demás fue muy bonito y romántico mezclando tradiciones españolas y americanas. Cuando llegó el momento del vals, Vera se había cambiado a un vestido más cómodo y estaba aún más guapa que antes. Los bailes se fueron sucediendo, intercalando música de todo tipo. Cuando estaba sonando la balada I'll Stand by you, mi mejor amigo se sentó a mi lado.
—Qué marcha tiene la abuela, creo que quiere algo serio conmigo —dijo. No pude evitar reírme.
—Sí es que eres irresistible.
—Lo soy, por eso eres mi novia —dijo haciendo comillas con los dedos.
—La única —indiqué sonriendo. Mi mirada se dirigió a los novios que estaban bailando abrazados mientras se susurraban cosas y se dedicaban tímidas sonrisas—. Son tan tiernos y me hacen sentir tan sola.
—Gracias —dijo, quitándose la chaqueta del traje y aflojándose el nudo de la corbata azul.
—Sabes a lo que me refiero. Quiero un novio, alguien que me regale cosas, que me diga cosas tiernas, esas pasteladas que me encantan.
—Ya sé —dijo, poniéndose de pie y haciéndome una reverencia—. ¿Me permite este baile?
—¿Qué? No, me duelen los pies. —Me agarró de las manos y me levantó—. Estoy cansada.
—Mentirosa… Venga, es sólo un baile de novios —dijo mientras colocaba una mano en mi cintura y colocaba las mías detrás de su nuca—. Además, los dos tan guapos hacemos muy buena pareja —dijo antes de guiñarme un ojo.
—Eso es verdad- —afirmé sonriend—. Novia celosa al acecho —le susurré—. Al lado de la tarta.
—Parece enfadada —dijo alegremente—. Que se aguante.
—Tengo una idea. Bésame.
—¿Qué? —Se separó de pronto—. No pienso besarte.
—Es por una buena causa.
Me volví a acercar y retomé el baile que había pasado a otra canción, ahora Lucky, que nos venía de perlas.
—No pienso besarte para darle celos a una loca.
—Llámalo venganza.
—¿Besarte para vengarme de ella?
—Sí, es solo un beso.
—¿No te importa?
—Te lo he dicho yo —dije riéndome—. Vamos, bésame.
—¿Segura? —preguntó mientras se acercaba lentamente a mí.
—Sí, bésame ya —le ordené agarrando su nuca para hacerlo más creíble.
—Pero… —susurró, todavía inseguro, a pocos centímetros de mis labios.
—Es un beso, no te pido que te cases conmigo. —Nuestros labios se juntaron en un beso de unos cuantos minutos—. No besas mal, eh —comenté divertida.
—Yo todo lo que hago lo hago bien —bromeó él—. Y me parece que cierta ex mía te quiere matar.
—Que se aguante —dije, abrazándolo.
Las horas fueron pasando y la noche iba llegando. En un momento de la noche me cambié el calzado incómodo por unas deportivas que tenía en el coche. Miré el reloj y me di cuenta de lo tarde que era, así que busqué a mi mejor amigo que estaba bailando animadamente con una niña no mayor de ocho años. Nos fuimos de allí, no sin antes recoger un sobre, cortesía de los novios, donde estaban todas las fotos de esa noche. Era un gran sobre blanco con inscripciones rosadas que no pude evitar cotillear de camino a casa.
—Llegamos —anunció mi amigo estacionando en la puerta de mi casa. Me giré para mirarlo con algunas fotos en la mano y le mostré tres de ellas—. ¿Eso es…? —preguntó, mirando perplejo.
—Nuestro beso —completé su frase, riéndome—. ¿Quieres quedarte a dormir? —pregunté mientras recogía mis cosas.
—Vayamos poco a poco —dijo serio, mirándome—. Quiero hacer las cosas bien. —No pude evitar reírme al escuchar aquello—. No hace falta, prefiero mi camita a tu sofá.
—Está bien.
Salí del coche, cosa que él imitó.
—Te ayudo con todo esto hasta la puerta.
Cogió una de mis bolsas, la más pesada, y me acompañó hasta la puerta.
—Hasta mañana —me despedí.
—¿Así te despides del hombre de tus sueños? —preguntó, divertido, abriendo los brazos.
Dejé las cosas en el suelo y me acerqué para darle un escueto beso en los labios.
—Así mejor.
Me dio un beso en la mejilla y se fue. La puerta tardó en cerrarse. Cuando me di cuenta de que tenía el sobre de sus fotos junto a mi sobre abierto, me giré de pronto para dárselo, con tan mala suerte que mi cuerpo impactó de lleno con otro, haciéndome caer encima de esa persona y desperdigando todas las fotos por el suelo.
—Lo siento, no te… —Vi que la persona que estaba debajo de mí era Emmett y que me miraba con sus ojos azules— … vi —dije mientras me ponía de pie.
—Menuda novedad, estarías pensando en tu novio rubio.
—¿Qué? —exclamé, desconcertada—. No es mi novio —respondí, reaccionando y agachándome a coger algunas fotos del suelo.
—¿Te besas con todos tus amigos
—¿Qué? ¿Cómo sabes que…?
—Os he visto en la boda. He ido a devolverte esto —dijo, sacando mi cartera de uno de sus bolsillos—. Dentro tenías la invitación de la boda y, bueno, me aburría, y pensé que la estarías echando de menos.
—Gracias —le agradecí, impresionada.
—De nada, no soy tan mala persona como tú —espetó serio en un tono convencido.
—Estás mejor callado, no dices tantas estupideces. Y no es mi novio.
—Entonces eres una chica fácil que se besa con todo el que se le pone a tiro, aunque eso es fácil de adivinar.
—¿Qué has dicho? —pregunté, mirándolo con furia.
—Que se te nota que eres una facilona desesperada.
—Y tú un idiota, pero no voy a discutir contigo, no mereces la pena —dije mientras entraba en el ascensor.
Antes de que las puertas se cerraran le hice un gesto poco femenino, pero sutil.
—Te olvidas… —empezó, pero las puertas se cerraron y ya no pude escuchar lo que me decía.
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Alice
Cuando conseguí librarme de Alec me dirigí hacia casa de mal humor. Hablar con él me alteraba. El chico no era capaz de entender las indirectas que le enviaba. Tal vez debería ser más directa.
Llegué a casa decidida a relajarme, así que me preparé algo de comer y beber. Me senté en el sofá para comer viendo la tele, al fin y al cabo me lo había ganado por tener que aguantar a ese pesado. Cuando terminé, recogí y después me puse a leer un libro con el que me quedé dormida.
Pasaron las horas hasta que una alerta del teléfono me despertó. Miré que era un mensaje de una de mis compañeras de la facultad que tenía una duda. Se la contesté de forma escueta y ahí fue cuando me di cuenta de que eran ya las nueve de la noche. Había estado durmiendo muchísimo tiempo y en ese momento, como era normal, no tenía nada de sueño, así que me puse la televisión con la intención de hacer zapping hasta encontrar algo que despertase mínimamente mi interés. No encontré nada, por lo que decidí ir a ver a mis vecinos para poder hablar con alguien.
Recogí las llaves, me arreglé rápidamente el pelo y fui a casa de mis vecinos. Jazz abrió la puerta.
—Hola —dijo de forma seca, sin mirarme.
—¿Molesto?
—Un poco. Estaba arreglando unas cosas, ya sabes… Cosas —contestó mientras se rascaba la cabeza—. ¿Necesitas algo?
—La verdad es que no, sólo estaba aburrida y me preguntaba si podíamos hacer algo, no sé.
—¿Por qué no llamas a tu novio para eso? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta en una pose muy atractiva.
—¿Qué? ¿Novio? ¿Yo?
—Sí, uno con ricitos, bajito ¿te suena? —preguntó, acercándose a mí—. Os he visto hoy en la universidad.
—¿Ricitos? —murmuré para mí misma. Entonces caí—. Espera, ¡¿qué?! ¿Crees que Alec es mi novio?
Sin poder evitarlo, rompí a reír.
—¿Qué es tan gracioso?
—Que creas que eso puede ser mi novio, qué mala imagen tienes de mí.
—¿No estás con él?
—No tengo novio, Jasper —dije con una sonrisa y vi cómo una pequeña sonrisita se dibujaba en su rostro.
—Pues parecéis novios.
—Es un pesado, se pasa la vida persiguiéndome… Y no es que me haga la superada ni nada de eso, pero es muy pesado y no entiende mis indirectas para que me deje tranquila.
—Puede que no quiera entenderlas —comentó con una sonrisa que fue seguida de un silencio en el que nos mirábamos.
—Bueno —susurré, rompiendo el contacto visual—. Si estás ocupado, te dejo.
—No, murmuró rápidamente—. Ya casi he acabado, pasa y vemos una película o algo.
—No quiero molestarte.
—Me molestaré más si me dejas viendo la película solo.
—Si insistes —dije antes de pasar y acomodarme en el sofá—. ¿Qué quieres ver?
—Eres mi invitada, elige tú. Ahí están las películas —dijo, señalando un mueble que estaba situado debajo del televisor—. Voy a ver si hay algo para comer mientras vemos la película.
Me dirigí al mueble de las películas y repasé todos los títulos. No había ninguna que me apeteciese ver especialmente, así que me decanté por una comedia romántica a las que Bella y Rose me habían hecho adicta.
—¿Has elegido ya? —preguntó, llegando con una botella, dos vasos y un bol lleno de patatas fritas en las manos.
—Ésta —señalé, levantando mi selección—. ¿Es tuya?
—Ésa no, demasiado femenino para mí —rio—. Creo que es un regalo que le hicieron a Emmett o algo así.
—Ah… —susurré, riendo también.
¿Cómo pudo pensar Jasper que yo tenía algo con Alec, si se me iluminaba la cara cada vez que me cruzaba con él? Tienen razón al decir que el implicado es el último que se entera de la noticia. Por suerte ya estaba todo aclarado y Jasper y yo estábamos bien.
—Esto, Jasper… —comencé a decir, pero me detuve al escuchar que llamaban a la puerta de la casa.
—Perdona, será Emmett que se habrá olvidado las llaves —dijo mientras se dirigía a la puerta.
La abrió pero no era Emmet el que se encontraba detrás de ella. Se trataba de una chica morena que estaba apoyada sobre un brazo en el marco de la puerta y la mano del otro sobre la cintura. Su expresión transmitía seguridad en sí misma.
—Hola, Jazz… ¿Me has echado de menos?
—María… —contestó Jasper con asombro.
La chica se acercó a Jasper y le dio un beso en la comisura de los labios, a lo que él se apartó enseguida.
—María, ¿qué haces aquí? ¿Cuándo has llegado?
—¿Qué pasa Jazz? ¿No te alegras de verme? Apuesto que no has parado de pensar en mí en estos últimos meses.
—Pues…
—¡Ah! Pero si tienes compañía —exclamó reparando en mí—. Qué maleducada soy, deja que me presente. Soy María, la novia de Jasper.
¿La novia? ¿Había escuchado bien? ¿Había dicho la novia? Pero entonces, ¿me había mentido cuando dijo que no tenía novia? No entendía nada, lo único que sabía era que me faltaba el aire y quería salir de allí inmediatamente.
—En realidad —empezó a decir Jasper, pero María le puso un dedo en los labios.
—¿Y tú eres…? —siguió la chica.
—Nadie. Ya me iba —murmuré.
—Pero Alice… —susurró Jasper, que había conseguido librarse de las manos de María.
—Pero nada, veo que estás ocupado. Me voy ya —contesté rápido mientras me acercaba a la puerta—. Ya nos veremos.
—Pero no lo entiendes… —seguía diciendo Jasper—. Ha habido un malentendido…
Y cerré la puerta detrás de mí sin dejar que mi vecino pudiese explicarse.
