Habían pasado un día y medio en la carretera, un día y medio que para Elena había pasado demasiado deprisa. Damon y ella se habían turnado para conducir y llegar, así, más rápido a su primer destino. Las horas habían pasado rápidas, apenas habían hablado de nada trascendental pero por primera vez desde que se conocieran habían hablado de música, de libros, de viajes, de antiguos amores, de risas, de amigos…por primera vez desde que se conocieran no estaban en peligro de muerte, no tenían por qué hablar de heridas, de miedo y nervios, no tenían por qué hablar de Stefan, aunque a ambos se les ensombreciera el corazón cuando le pensaban. Las luces iluminaban las calles de Chicago por las que circulaba el coche y Elena miraba asombrada los enormes rascacielos que pasaban junto al automóvil.

-Y bien, ¿en qué parte de chicago prefieres hospedarte, princesa?

Elena lo estaba pensando desde que había leído en uno de los carteles de la carretera que quedaban pocos kilómetros. El verdadero espíritu de la Ruta 66 era dormir en moteles y pasar las noches en bares de mala muerte bailando rock sucio. Sin embargo, acababa de empezar su nueva vida como vampira, la política de austeridad de sus padres la había obligado a no gastar más de lo que era necesario a pesar de poder haber vivido sin trabajar toda su vida con la herencia de sus padres y tras todo lo que había pasado, lo que más le apetecía era meterse en una mullida cama, disfrutar de un jacuzzi, de un Martini y disfrutar de los moteles cuando le apeteciera, sin renegar, por supuesto, a los bares de mala muerte y los bailes de rock sucios…con Damon.

-mmm ¿Qué te parece hospedarnos en el centro? -Elena sonrío abiertamente mirando a Damon.

-Bien, un Four Season nos vendría a la perfección –contestó mirándola de reojo.

De alguna manera era cierto que Damon sabía exactamente qué quería ella y por una vez Elena lo único que iba a hacer sería dejarse llevar y cuidar por él.

-Una habitación, por favor.

Damon ignoró la cara de indignación de Elena y recogió la llave que le ofrecía el recepcionista.

-¿Preferías dos habitaciones? ¿No crees que va siendo hora de dejar de andarnos con rodeos? – le preguntó a la joven una vez en el ascensor.

La mirada de Damon era totalmente seductora mientras que sus labios dibujaban una de aquellas sonrisas pícaras que tanto le gustaban. Elena movió la cabeza con desaprobación y le dio un empujón justo en el momento en que se abría la puerta.

La habitación era igual de grande que toda la planta baja de su casa, rodeada por cristaleras, con moqueta gris en el suelo. Una habitación con una tele de plasma, un sofá morado enorme, una habitación principal con una cama alta, mullida, de sábanas blancas y cojines grises y morados…pero lo mejor de todo era el baño, de mármol y con una bañera gigantesca además de una ducha hidromasaje, Elena gimió nada más verla.

Y en ese momento, su parte vampira volvió a dominarla igual que en su viaje. Mientras Damon abría las cortinas de los ventanales para observar la noche de Chicago y los rascacielos, Elena lanzó los zapatos, cayendo uno justo al lado de Damon quien, al girarse, se encontró a Elena sacándose la camiseta por la cabeza y desabrochándose los pantalones. Su tanga negro, casi trasparente apenas dejaba nada a la imaginación.

Sin darse cuenta de la cara desencajada del vampiro, Elena se metió al baño cuya puerta estaba justo enfrente de Damon. Él se limitó a observarla sentada en el borde de la bañera, llenándola de agua y espuma, su pelo echado hacía un lado y su cara completamente tranquila, cómoda. En ningún momento había cambiado esa expresión y aquello le presionaba el pecho mientras que lo volvía loco, tantas contradicciones iban a acabar con él.

Por un lado estaban todas aquellas bazofias sobre sentimientos que aquella chica le había hecho sentir, aquellas debilidades que aunque odiaba, desde hacía un día y medio había empezado a disfrutar y saborear mientras la miraba. Y luego estaba esas malditas ganas de meterse en la bañera con ella y mordisquearle los pezones mientras metía su mano en la entrepierna de ella y la hacía correrse al mismo tiempo que gemía su nombre contra su boca.

-¡Damon! –la voz de Elena casi lo mata de un infarto –¿Puedes traer mi maleta al baño cuando dejes de recrearte mientras me miras disfrutar de mi baño de espuma? –su voz sonaba divertida.

El vampiro puso los ojos en blanco, hizo una mueca y metió la maleta de la joven en el baño. Se acercó a la bañera y se agacho para meter la mano en el agua.

-¿Te das cuenta de lo arriesgado que es que me llames para que entre en el baño cuando tú estas desnuda en el agua y yo me muero por enseñarte las ventajas sexuales de ser un vampiro? –la mano de Damon le acarició el interior del muslo bajo el agua, Elena apenas podía tragar y él sonreía satisfecho de haberla puesto nerviosa.

Para lo que no estaba preparado era para la respuesta de ella: sacó su mano del agua y la puso en la entrepierna de Damon mientras apretaba, mojándolo y con la otra mano lo agarraba por la nuca y acercaba su boca a la de ella y lo miraba a los ojos: -¿y qué te dice que no lo he hecho a propósito para que me enseñes de una jodida vez las ventajas sexuales de ser una vampira?

Damon abrió y cerró la boca sin poder moverse. Elena apartó su mano de la nuca y metió la mano en la bañera para lanzarle agua al vampiro. Empapado y desorientado se puso en pie mientras la miraba ceñudo:

-Aprendes demasiado rápido, bonita y eso no me gusta nada –salió del baño mientras ella reía a carcajadas- ¡Nada! –escuchó a lo lejos.

Elena salió de la bañera, se enjuagó la espuma en la ducha y se envolvió una toalla en la cabeza y el cuerpo. Sacó de la maleta su neceser, se lavó los dientes y se puso una base de maquillaje. Salió a la habitación y miró a Damon tirado sobre la cama con los ojos cerrados y los puños apretados.

-Vamos, bonito, date una ducha y ponte guapo, nos vamos a vivir el verdadero espíritu de la Ruta 66.