Ni Frozen ni sus personajes me pertenecen, todos pertenecen a Disney.


II

La luz del sol comenzaba a golpearla directamente en los ojos, le obligaba a abrirlos y lentamente lo fue haciendo.

Sentía la cabeza darle vueltas y al principio era incapaz de enforcar su visión, cerrando constantemente los ojos puesto que la luz era muy intensa. Tenía la boca y la garganta secas. Se sentía muy débil, pero sabía que debía levantarse de la posición en la que se encontraba porque sus músculos ya la estaban matando.

Y aún más lentamente se incorporó, como si poco a poco reuniera fuerzas para realizar dicha tarea. Se restregó un poco los ojos con una de sus manos y finalmente los abrió por completo, un poco desonrientada al ver el lugar en el que se encontraba.

¿Qué hacía ahí? ¿Cómo había llegado a ese lugar?

Estar en su despacho, en el suelo, no parecía tener sentido.

Hasta que repentinamente recordó.

El compromiso de Anna, su reacción ante él... Y todo lo que pasó después.

Un suspiro se escapó de sus labios y en el acto se llevó la mano derecha a su corazón.

Latía, lo cual era evidente, pero comenzaba a sorprenderse por el hecho de seguir con vida, aún cuando hubiera jurado la noche anterior que no sería así.

Miró el hermoso vestido azul que aún llevaba y no encontró ni una sola gota de sangre en él. Es como si nada hubiera pasado. El vestido estaba impecable. Y hubiera creído definitivamente que nada había pasado y que todo se había tratado de un extraño sueño, hasta que miró la palma de su mano. Los rastros de sangre estaban ahí. Aquello era un hecho irrefutable. No había sido un sueño.

Con pesadez y aún asombrada, logró ponerse de pie. Al hacerlo, repentinamente se sintió bien, mucho más que bien.

Por un momento, cerró los ojos, maravillada ante esa sensación y calmó su respiración. Podía sentir su corazón latir con una fuerza renovada, como si un gran peso le hubiera sido quitado de encima. Con mayor libertad, por así decirlo. Inclusive también podía sentir todo su poder correr en sus venas y deslizarse en su piel. Jamás se había sentido así, tan viva, tan libre. Observó sus manos, movió lentamente sus dedos, como si estuviera reconociendo nuevas sensaciones entre sus yemas. Y al rozarlas unas con otras, pequeños copos de nieve con intrincados diseños aparecieron. Se sorprendió bastante. No era que sus poderes estuvieran fuera de su control, más bien era todo lo contrario, pero Elsa sabía el hecho de que mientras más complicadas fueran sus creaciones, más poderosa se volvía su magia. Y la Reina de Hielo, por primera vez, sintió que no había límites. Ni para su poder, ni para ella.

Se miró al espejo que había frente a ella. Y se sorprendió aún más al verse a sí misma. Era como si nunca se hubiera fijado en su propia apariencia. Ahora lucía tan viva, tan etérea, segura y poderosa. Se maravilló ante su propia imagen, e inclusive ante su propia belleza, como si jamás se hubiera percatado de ella. Y por un momento pensó que el mundo podría estar a sus pies. Que no habría reino, hombre o inclusive mujer que se resistiera ante su magnificencia. Que si así lo deseaba podía tener todo cuánto quería y deseara. Inclusive, aquello que no se le podía permitir tener y desear.

Y entonces, el recuerdo de los sentimientos descubiertos la noche anterior, también regresaron a su mente.

Se asustó ante ellos, y aún más, se asustó ante los pensamientos arrogantes que estaba teniendo. Desesperadamente y con un nuevo y desconocido sentimiento de culpa, trato de reprimirlos y reprimirse, pero se dio cuenta que ahora no podía contener tan fácilmente a lo que fuera que estuviera en su interior y que ahora gritaba por salir y ser libre. Elsa ya no era capaz de ignorar esa voz. Se vio de nueva cuenta en el espejo y casi podría decirse que no se reconoció, pero eso no impedía que se siguiera observando a sí misma con cierto aire de arrogancia.

No sabía qué, pero algo había cambiado en ella y sabía que su vida nunca más volvería a ser igual.

Decidió encarar al mundo. Con un movimiento de su mano, deshizo el vestido que llevaba puesto y en su lugar apareció un diseño mucho más sencillo y ajustado a su cuerpo, con una capa aún más larga y prácticamente transparente, con complicados diseños de copos de nieve adornándolo. Se miró una vez más al espejo y una sonrisa de aprobación se dibujó su rostro.

Pero algo que hasta no había visto llamó su atención. Se acercó más al espejo y miró atentamente sus propios ojos. Vio pequeños destellos en aquellos ojos azules, ahora fulgurantes, y al observarlos aún más detenidamente, parecían diminutos trozos de hielo ahí incrustados. Alejó su rostro lentamente del espejo, sorprendida, pero no asustada, como si aquello fuera algo de lo más normal. Definitivamente algunas cosas habían cambiado.

Le dio la espalda al espejo y simplemente salió de su despacho.

Salir de su despacho fue como ver el mundo con otros ojos. Tantos años pasó la Reina de Hielo encerrada en una habitación que el mundo en determinados momentos había llegado a aterrarle. Pero ahora, sentía que era el mundo el que debía temerle a ella. Y la reina nuevamente se sorprendió de sus pensamientos. Se desconocía, pero a la vez, no era algo que se sintiera tan ajeno a ella.

De repente un joven sirviente se cruzó en su camino, que por ir distraído casi choca contra la reina. El sirviente detuvo a tiempo sus pasos y avergonzado bajó la cabeza al darse cuenta de lo que estuvo a punto de pasar. Algo obligó al joven a levantar el rostro y observar a su reina. Lo que vio lo dejó con la boca abierta. Pensó que en toda su vida jamás había visto a una mujer tan hermosa. La Reina de Hielo prácticamente no había dado importancia al asunto por lo que sólo se limitó a sonreír de manera confiada y seguir su camino, no sin sentir como los ojos de aquel hombre no la perdían de vista ni un segundo hasta que ella se alejó lo suficiente.

Luego una sirvienta muy joven y hermosa pasó a su lado. Y Elsa podía jurar haber visto un leve sonrojo en las mejillas de la muchacha.

Pero por alguna extraña razón, las reacciones de la gente a su alrededor si bien alimentaban su recién conocido ego, no le importaban en lo más mínimo. Sólo tenía una cosa en mente. Sólo deseaba ver a una persona en especial, la única que había estado en sus pensamientos desde la noche anterior. Y hasta a esa persona es a donde la llevaban sus pasos. Sabía muy bien dónde encontrarla. Sabía muy bien lo que quería y lo que deseaba. Y sabía que sólo ella podía dárselo.

La chica perfecta finalmente se había ido.

Llegó a las puertas del comedor donde habitualmente desayunaban todas las mañana y sin dudar las empujó con fuerza para poder entrar.

Y entonces ahí sentada, la vio.

"Muy buenos días, mi hermosa princesa..."

Continuará...


Bueno, actualización también rápida, no sueldo actualizar tan rápido, pero no quiero que la musa de la inspiración se me escape de las manos. Y podría decirse que ya a partir del próximo capítulo comienza a complicarse la historia.

De nueva cuenta, muchas gracias por tomarse el tiempo de leer.

¡Saludos!